2 Oct 2026, Vie

Vida del joven Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales

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«Así pues, yo soy la tela; sea usted el sastre». Con estas palabras, el 2 de octubre de 1854, en Becchi, un muchacho de doce años se encomendó a Don Bosco. Domingo Savio llegó a Valdocco el 29 de octubre y permaneció allí menos de tres años: murió el 9 de marzo de 1857. Fue poco tiempo, pero suficiente para que el trigo madurara y fuera recogido en el granero del Señor. En las páginas de Don Bosco no aparece como un joven ajeno a la vida cotidiana, sino como un compañero capaz de hacer del estudio, la oración, la amistad y el recreo un camino de santidad. Su «Quiero hacerme santo» sigue interpelando a todos los muchachos: «Si él lo consiguió, ¿por qué no yo?». Presentamos el texto íntegro de la cuarta edición (1878), la última preparada personalmente por el autor.

 

 

CAPÍTULO I. Patria – Carácter de este joven – Sus primeros actos de virtud

CAPÍTULO II. Conducta moral observada en Murialdo – Hermosos rasgos de virtud – Su asistencia a la escuela de aquella aldea

CAPÍTULO III. Es admitido a la primera Comunión – Preparación – Recogimiento y recuerdos de aquel día

CAPÍTULO IV. Escuela de Castelnuovo d’Asti – Episodio edificante – Sabia respuesta a un mal consejo

CAPÍTULO V. Su conducta en la escuela de Castelnuovo d’Asti – Palabras de su maestro

CAPÍTULO VI. Escuela de Mondonio – Soporta una grave calumnia

CAPÍTULO VII. Mi primer conocimiento de él – Curiosos episodios en aquella ocasión

CAPÍTULO VIII. Llega al Oratorio de San Francisco de Sales – Su primer tenor de vida

CAPÍTULO IX. Estudio del latín – Curiosos incidentes – Conducta en la escuela – Impide una riña – Evita un peligro

CAPÍTULO X. Su decisión de hacerse santo

CAPÍTULO XI. Su celo por la salvación de las almas

CAPÍTULO XII. Episodios y su agradable manera de conversar con los compañeros

CAPÍTULO XIII. Su espíritu de oración – Devoción a la Madre de Dios – El mes de María

CAPÍTULO XIV. Su frecuente recepción de los santos Sacramentos de la Confesión y de la Comunión

CAPÍTULO XV. Sus penitencias

CAPÍTULO XVI. Mortificación de todos los sentidos externos

CAPÍTULO XVII. La Compañía de la Inmaculada Concepción

CAPÍTULO XVIII. Sus amistades particulares – Sus relaciones con el joven Camilo Gavio

CAPÍTULO XIX. Sus relaciones con el joven Juan Massaglia

CAPÍTULO XX. Gracias especiales y acontecimientos particulares

CAPÍTULO XXI. Sus pensamientos sobre la muerte y su preparación para una muerte santa

CAPÍTULO XXII. Sus cuidados a los enfermos – Deja el Oratorio – Sus palabras en aquella ocasión

CAPÍTULO XXIII. Se despide de sus compañeros

CAPÍTULO XXIV. Curso de su enfermedad – Su última confesión – Recibe el Viático – Episodios edificantes

CAPÍTULO XXV. Sus últimos momentos y su preciosa muerte

CAPÍTULO XXVI. Noticia de su muerte – Palabras del profesor don Picco a sus alumnos

CAPÍTULO XXVII. Emulación de la virtud de Savio – Muchos se encomiendan a él para obtener favores celestiales y son escuchados – Un recuerdo para todos

 

 

Queridísimos jóvenes:

 

 

      Muchas veces me habéis pedido, queridísimos jóvenes, que os escribiera algo acerca de vuestro compañero DOMINGO SAVIO; y yo he hecho cuanto he podido para satisfacer este piadoso deseo vuestro. Aquí tenéis, pues, su vida, escrita con aquella brevedad y sencillez que sé que os agradan.

      Dos dificultades se oponían a la publicación de este trabajo. La primera era la crítica a la que suele quedar expuesto quien escribe sobre hechos de los que existen muchos testigos todavía vivos. Creo haber superado esta dificultad procurando narrar únicamente las cosas que fueron vistas por vosotros o por mí, y de las cuales conservo casi todas por escrito y firmadas por vuestra propia mano.

      Otro obstáculo era tener que hablar muchas veces de mí mismo. Puesto que este joven vivió unos tres años en esta casa, me corresponde referir con frecuencia hechos en los que yo mismo tomé parte. Creo haber superado también este obstáculo ateniéndome al deber del historiador, que consiste en escribir la verdad de los hechos sin consideración de personas. Sin embargo, si encontráis algún episodio en el que hable de mí con cierta complacencia, atribuidlo al gran afecto que sentía por el amigo difunto y que siento por todos vosotros; afecto que me lleva a abriros lo íntimo de mi corazón, como haría un padre que habla con sus amados hijos.

      Alguno de vosotros preguntará por qué he escrito la vida de DOMINGO SAVIO y no la de otros jóvenes que vivieron entre nosotros con fama de virtud ejemplar. Es verdad, queridos míos, que la Divina Providencia se dignó enviarnos varios modelos de virtud: tales fueron Gabriel Fascio, Luis Rua, Camilo Gavio, Juan Massaglia y otros; pero las acciones de estos no fueron tan conocidas ni tan notables como las de SAVIO, cuyo tenor de vida fue manifiestamente extraordinario. Por lo demás, si Dios me concede salud y gracia, tengo el propósito de recoger las acciones de estos virtuosos compañeros vuestros, para poder satisfacer vuestros deseos y los míos dándooslas a leer y a imitar en aquello que sea compatible con vuestro estado.

      En esta nueva edición he añadido además diversas noticias que, espero, la harán interesante incluso para quienes ya hayan leído cuanto se imprimió en las ediciones anteriores.

      Entretanto, comenzad a sacar provecho de cuanto voy a describiros y decid en vuestro corazón lo que decía san Agustín: «Si ille, cur non ego?». Si un compañero mío, de mi misma edad, en el mismo lugar, expuesto a los mismos y quizá a mayores peligros, encontró, sin embargo, tiempo y modo de mantenerse fiel seguidor de Jesucristo, ¿por qué no puedo yo hacer lo mismo? Recordad bien que la verdadera religión no consiste solo en palabras; es preciso pasar a las obras. Por tanto, cuando encontréis algo digno de admiración, no os contentéis con decir: Esto es hermoso, esto me gusta. Decid más bien: quiero esforzarme por hacer aquellas cosas que, leídas en otros, despiertan mi admiración.

      Que Dios os conceda a vosotros y a todos los lectores de este librito salud y gracia para sacar provecho de cuanto en él lean; y que la Santísima Virgen, de quien el joven SAVIO era fervoroso devoto, nos obtenga poder tener un solo corazón y una sola alma para amar a nuestro Creador, el único digno de ser amado sobre todas las cosas y fielmente servido todos los días de nuestra vida.

 

 

DECLARACIÓN

Para obedecer al decreto del sumo pontífice Urbano VIII, de santa memoria, declaro que no pretendo atribuir a todos los hechos sobrenaturales aquí referidos otro valor que el de autoridad humana, hasta que la Santa Sede los haya aprobado con su autoridad infalible.

 

 

CAPÍTULO I. Patria – Carácter de este joven – Sus primeros actos de virtud

 

Los padres del joven cuya vida emprendemos a escribir fueron Carlos Savio y su esposa Brígida, pobres pero honrados habitantes[1] de Castelnuovo d’Asti[2], población situada a diez millas de Turín. En el año 1841, hallándose los buenos esposos en graves estrecheces y sin trabajo, fueron a vivir a Riva[3], pueblo distante dos millas de Chieri, donde el marido se dedicó al oficio de herrero, que había ejercido en su juventud. Mientras vivían en aquel lugar, Dios bendijo su matrimonio concediéndoles un hijo que habría de ser su consuelo. Nació el 2 de abril de 1842. Cuando lo llevaron a ser regenerado en las aguas bautismales, le impusieron el nombre de Domingo, circunstancia que, aunque en sí indiferente, fue más tarde objeto de seria consideración para nuestro niño, como veremos.

Domingo cumplía el segundo año de edad cuando, por algunas conveniencias de familia, sus padres decidieron volver a su tierra y fijaron su residencia en Murialdo, aldea de Castelnuovo d’Asti.

Las preocupaciones de sus buenos padres se dirigían por entero a dar una educación cristiana a su hijo, que ya desde entonces era objeto de sus complacencias. La naturaleza le había dotado de una índole buena y de un corazón verdaderamente nacido para la piedad. Aprendió con admirable facilidad las oraciones de la mañana y de la noche, y a la edad de solo cuatro años ya las rezaba por sí mismo. Incluso a esa edad, tan propensa por naturaleza a la distracción, dependía en todo de su madre; y si alguna vez se apartaba de ella era únicamente para ponerse en algún rincón de la casa y poder rezar con mayor libertad durante el día.

«Desde su más tierna edad —afirman sus padres—, en la que por falta de reflexión los niños son continuo estorbo y preocupación para sus madres, edad en que quieren verlo y tocarlo todo y por lo general lo estropean, nuestro Domingo no nos causó jamás el menor disgusto. No solo era obediente y estaba pronto a cumplir cualquiera de nuestras órdenes, sino que procuraba anticiparse a aquellas cosas que veía que podían agradarnos».

Eran curiosas y al mismo tiempo agradables las acogidas que hacía a su padre cuando lo veía llegar a casa después de sus trabajos ordinarios. Corría a su encuentro, lo tomaba de la mano y a veces se le echaba al cuello. «Querido papá —le decía—, ¡qué cansado está! ¿Verdad? Trabaja tanto por mí y yo no sirvo más que para darle molestias; rezaré al buen Dios para que le dé salud y me haga bueno». Mientras decía esto lo acompañaba a casa, le acercaba una silla o un taburete para que se sentara, le hacía compañía y le prodigaba mil caricias. «Esto —dice el padre— era para mí un dulce consuelo en mis fatigas, y estaba casi impaciente por llegar a casa para dar un tierno beso a mi Domingo, que poseía todos los afectos de mi corazón».

Su devoción crecía más deprisa que su edad, y con solo cuatro años ya no era necesario recordarle que rezara las oraciones de la mañana y de la noche, antes y después de las comidas, ni el Ángelus; es más, él mismo invitaba a los demás de casa a rezar cuando se habían olvidado.

Sucedió un día que sus familiares, distraídos por cierto alboroto, se sentaron sin más a comer. «Oh, papá —dijo el atento Domingo—, todavía no hemos pedido la bendición». En otra ocasión, un forastero acogido en su casa se puso igualmente a comer sin hacer ningún acto de religión. Domingo, no atreviéndose a advertírselo, se retiró afligido a un rincón de la casa. Interrogado después por sus familiares sobre aquella novedad, respondió: «No me he atrevido a sentarme a la mesa con uno que se pone a comer como las bestias del Señor, sin darle gracias por nuestros alimentos». Dicho esto, él mismo hizo la señal de la santa cruz y recitó la oración acostumbrada.

 

 

CAPÍTULO II. Conducta moral observada en Murialdo – Hermosos rasgos de virtud – Su asistencia a la escuela de aquella aldea

 

Aquí hay cosas que apenas se creerían si quien las afirma no disipara nuestras dudas. Me atengo al relato que el capellán de aquella aldea[4] tuvo la bondad de hacerme acerca de su querido alumno.

«En los primeros días —dice— después de llegar a esta aldea de Murialdo, veía con frecuencia a un niño de unos cinco años venir a la iglesia acompañado de su madre. La serenidad de su rostro, la compostura de su persona y su actitud devota atrajeron sobre él mis miradas y las de los demás. Si al llegar a la iglesia la encontraba cerrada, entonces tenía lugar un espectáculo encantador. Lejos de correr de un lado a otro o hacer ruido, solo o con otros, como suelen hacer los muchachos de aquella edad, se acercaba al umbral de la puerta, se arrodillaba y, con la cabecita inclinada y las inocentes manos juntas ante el pecho, rezaba fervorosamente hasta que abrían la iglesia. Adviértase que a veces el suelo estaba cubierto de barro, o caía nieve o lluvia; pero él no hacía caso de nada y se ponía igualmente de rodillas a rezar. Admirado y movido por una piadosa curiosidad, quise saber quién era aquel niño que se había convertido en objeto de mi admiración, y supe que era hijo del herrero Carlos Savio.

«Cuando después me encontraba por la calle, comenzaba desde lejos a dar señales de alegría y, con un aire verdaderamente angelical, se adelantaba respetuosamente a saludarme. Empezó también a asistir a la escuela y, como estaba dotado de inteligencia y era muy diligente en el cumplimiento de sus deberes, hizo en poco tiempo notables progresos en el estudio. Se veía obligado a tratar con jóvenes díscolos y distraídos, pero nunca me ocurrió verlo en disputa. Si surgía alguna riña, soportando con paciencia los insultos de sus compañeros, se alejaba enseguida de ellos. Tampoco recuerdo haberlo visto tomar parte en diversiones peligrosas ni causar el menor trastorno en la escuela. Muchos compañeros lo invitaban a ir con ellos a gastar bromas a personas de edad avanzada, a tirar piedras, robar fruta ajena o causar daños en el campo; pero él sabía desaprobar con habilidad su conducta y se negaba a participar.

«La piedad que ya había demostrado rezando en el umbral de la iglesia no disminuyó con el crecimiento. A los cinco años ya había aprendido a ayudar a la santa Misa y la servía con grandísima devoción. Iba todos los días; si otro quería ayudarla, él la oía; de lo contrario, se prestaba a servirla con la conducta más edificante. Como era pequeño de edad y de estatura, no podía transportar el misal, y era curioso verlo acercarse ansioso al altar, ponerse de puntillas, estirar los brazos cuanto podía y hacer todos los esfuerzos por alcanzar el atril. Si el sacerdote u otro hubiera querido hacerle la cosa más grata del mundo, no debía llevarle el misal, sino acercarle el atril lo suficiente para que pudiera alcanzarlo; entonces él, lleno de alegría, lo llevaba al otro lado del altar.

«Se confesaba con frecuencia y, tan pronto como fue capaz de distinguir el pan celestial del pan terreno, fue admitido a la santa Comunión, que recibía con una devoción verdaderamente admirable. A la vista de aquellas hermosas obras que la gracia divina realizaba en aquella alma inocente, me dije muchas veces para mí: He aquí un jovencito de excelentes esperanzas. Quiera Dios que se le abra un camino para llevar a madurez frutos tan preciosos». Hasta aquí el capellán de Murialdo.

 

 

CAPÍTULO III. Es admitido a la primera Comunión – Preparación – Recogimiento y recuerdos de aquel día

 

Nada le faltaba a Domingo para ser admitido a la primera Comunión. Sabía de memoria todo el catecismo pequeño; tenía claro conocimiento de este augusto sacramento y ardía en deseos de acercarse a él. Solo se oponía la edad, pues en los pueblos ordinariamente no se admitía a los niños a hacer la primera Comunión hasta los once o doce años cumplidos. Savio apenas estaba en su séptimo año. Además de su aspecto infantil, tenía un cuerpecito que lo hacía parecer todavía más joven; por eso el capellán dudaba en presentarlo. Pidió también consejo a otros sacerdotes, los cuales, después de ponderar bien el precoz conocimiento, la instrucción y los vivos deseos de Domingo, dejaron de lado toda dificultad y lo admitieron a participar por primera vez del alimento de los ángeles.

Es muy difícil expresar los afectos de santa alegría con que tal anuncio llenó su corazón. Corrió a casa y se lo dijo con entusiasmo a su madre; unas veces rezaba, otras leía; pasaba mucho tiempo en la iglesia antes y después de la Misa y parecía que su alma habitaba ya con los ángeles del cielo. La víspera del día fijado para la Comunión llamó a su madre: «Mamá —le dijo—, mañana voy a hacer mi Comunión; perdóneme todos los disgustos que le he dado en el pasado. En adelante le prometo ser mucho mejor; estaré atento en la escuela, seré obediente, dócil y respetuoso con todo lo que me mande». Dicho esto se conmovió y se puso a llorar. La madre, que de él no había recibido más que consuelos, se conmovió también y, conteniendo apenas las lágrimas, lo consoló diciéndole: «Ve tranquilo, querido Domingo, todo está perdonado; ruega a Dios que te conserve siempre bueno, y ruega también por mí y por tu padre».

En la mañana de aquel memorable día se levantó temprano y, vestido con sus mejores ropas, fue a la iglesia, que encontró todavía cerrada. Se arrodilló, como ya había hecho otras veces, en el umbral y rezó hasta que llegaron otros niños y se abrió la puerta. Entre las confesiones, la preparación y la acción de gracias de la Comunión, la función duró cinco horas. Domingo fue el primero en entrar en la iglesia y el último en salir. Durante todo aquel tiempo ya no sabía si estaba en el cielo o en la tierra.

Aquel día fue para él siempre memorable y puede llamarse verdadero principio, o más bien continuación, de una vida que puede servir de modelo a cualquier fiel cristiano. Varios años después, haciéndole hablar de su primera Comunión, todavía se veía reflejar en su rostro la alegría más viva. «¡Oh! —solía decir—, aquel fue para mí el día más hermoso y un gran día». Se escribió algunos recuerdos que guardaba celosamente en un libro de devoción y que leía con frecuencia. Yo pude tenerlos entre las manos y los inserto aquí en su sencillez original. Eran del tenor siguiente: «Recuerdos hechos por mí, Domingo Savio, en el año 1849, cuando hice la primera Comunión teniendo siete años.

  1. Me confesaré muy a menudo y comulgaré todas las veces que mi confesor me dé permiso.
  2. Quiero santificar los días festivos.
  3. Mis amigos serán Jesús y María.
  4. Antes morir que pecar».

Estos recuerdos, que repetía con frecuencia, fueron como la guía de sus acciones hasta el fin de su vida.

Si entre los que lean este librito hubiera alguno que todavía tuviera que hacer la primera Comunión, quisiera recomendarle encarecidamente que tomara por modelo al joven Savio. Pero recomiendo además, cuanto sé y puedo, a los padres y madres de familia y a todos los que ejercen alguna autoridad sobre la juventud que den la mayor importancia a este acto religioso. Estad persuadidos de que una primera Comunión bien hecha pone un sólido fundamento moral para toda la vida; y sería extraño encontrar a alguien que haya cumplido bien aquel solemne deber y no haya seguido después una vida buena y virtuosa. Por el contrario, se cuentan por millares los jóvenes díscolos que son la desolación de sus padres y de quienes se ocupan de ellos; pero si se va a la raíz del mal, se descubre que su conducta comenzó a manifestarse así por la escasa o nula preparación para la primera Comunión. Es mejor aplazarla, incluso es mejor no hacerla, que hacerla mal.

 

 

CAPÍTULO IV. Escuela de Castelnuovo d’Asti – Episodio edificante – Sabia respuesta a un mal consejo

 

Terminados los primeros estudios, Domingo habría debido ser enviado mucho antes a otro lugar para continuarlos, cosa que no podía hacer en una capellanía rural. Domingo lo deseaba, y también sus padres lo tenían muy en el corazón. Pero ¿cómo llevarlo a efecto faltando por completo los medios económicos? Dios, dueño supremo de todas las cosas, proveería los medios necesarios para que este niño pudiera avanzar por la carrera a la que lo llamaba.

«Si yo fuera un pájaro —decía algunas veces Domingo—, quisiera volar mañana y tarde a Castelnuovo y así continuar mis estudios».

     Su vivo deseo de estudiar le hizo superar toda dificultad y resolvió acudir a la escuela municipal del pueblo, aunque estaba a casi dos millas de distancia. Y he aquí a un niño de apenas diez años emprender un camino de seis millas al día entre ida y vuelta de la escuela. A veces soplaba un viento molesto, ardía un sol abrasador, había barro o una lluvia opresiva. No importaba: soportaba todas las incomodidades y superaba todas las dificultades; veía en ello la obediencia a sus padres y un medio para aprender la ciencia de la salvación, y esto bastaba para hacerle soportar con gusto cualquier molestia. Un día, una persona ya entrada en años vio a Domingo ir solo a la escuela a las dos de la tarde, mientras golpeaba un sol ardiente. Como queriendo aliviarlo, se acercó a él y mantuvo este diálogo:

—Querido mío, ¿no tienes miedo de caminar completamente solo por estos caminos?

—No estoy solo; tengo al ángel de la guarda, que me acompaña en todos mis pasos.

—¡Al menos te resultará penoso el camino con este calor, teniendo que hacerlo cuatro veces al día!

—Nada es penoso, nada cuesta trabajo cuando se trabaja para un amo que paga muy bien.

—¿Quién es ese amo?

—Es Dios Creador, que recompensa hasta un vaso de agua dado por amor suyo.

Aquella misma persona contó este episodio a algunos amigos suyos y terminaba siempre su relato diciendo: «Un joven de tan tierna edad, que ya alimenta tales pensamientos, hará ciertamente hablar de sí en la carrera que emprenda».

Al ir y volver de la escuela corrió una vez un grave peligro para su alma a causa de algunos compañeros.

Muchos jóvenes acostumbran, durante los calores del verano, a ir a bañarse unas veces en acequias, otras en arroyos, estanques y lugares semejantes. El encontrarse varios muchachos juntos, desnudos y a veces bañándose en lugares públicos, resulta peligroso para el cuerpo, hasta el punto de que, por desgracia, con demasiada frecuencia tenemos que lamentar ahogamientos de niños y de otras personas que terminan su vida en el agua; pero el peligro es mucho mayor para el alma. ¡Cuántos jóvenes lamentan la pérdida de su inocencia y hacen remontar su causa al hecho de haber ido a bañarse con aquellos compañeros en esos lugares desafortunados!

Varios condiscípulos de Savio tenían la costumbre de ir allí. No contentos con acudir ellos mismos, querían llevarlo también a él y una vez habían conseguido seducirlo. Pero, advertido de que aquello estaba mal, se mostró profundamente afligido; nunca más fue posible inducirlo a ir, y más de una vez lamentó y lloró el peligro en que había puesto tanto su alma como su cuerpo. Sin embargo, dos de los compañeros más desenvueltos y charlatanes volvieron a asaltarlo hablándole así:

—Domingo, ¿quieres venir con nosotros a divertirnos un poco?

—¿A qué diversión?

—A nadar.

—¡Oh, no! Yo no voy; no sé nadar y temo morir en el agua.

—Ven, que es muy agradable. Los que van a nadar ya no sienten el calor, tienen muy buen apetito y adquieren mucha salud.

—Pero yo temo morir en el agua.

—¡Bah! No tengas miedo; nosotros te enseñaremos cuanto sea necesario. Primero mirarás cómo lo hacemos nosotros y luego harás lo mismo. Nos verás movernos por el agua como peces y dar saltos de gigante.

—Pero ¿no es pecado ir a lugares donde hay tantos peligros?

—En absoluto; va todo el mundo.

—Que vaya todo el mundo no demuestra que no sea pecado.

—Si no quieres meterte en el agua, puedes empezar mirando a los demás.

—Basta; me habéis dejado confundido y no sé qué decir.

—Ven, ven; fíate de nuestra palabra. No hay nada malo y nosotros te libraremos de todo peligro.

—Antes de hacer lo que me decís, quiero pedir permiso a mi madre. Si ella me dice que sí, iré; de lo contrario, no voy.

—Cállate, tonto, y guárdate bien de decírselo a tu madre; seguro que no te dejará venir y, además, se lo contará a nuestros padres y nos hará pasar el calor con unos buenos bastonazos.

—¡Oh! Si mi madre no me deja ir, es señal de que está mal; por eso no voy. Y si queréis que os hable con franqueza, os diré que fui engañado y acudí una sola vez, pero no volveré nunca más, porque en esos lugares siempre existe peligro de morir ahogado o de ofender al Señor de alguna otra manera. Y no volváis a hablarme de nadar. Si eso desagrada a vuestros padres, tampoco vosotros deberíais hacerlo, porque el Señor castiga a los hijos que hacen cosas contrarias a la voluntad de su padre y de su madre.

Así nuestro Domingo, dando una sabia respuesta a aquellos malos consejeros, evitó un grave peligro en el que, de haberse precipitado, quizá habría perdido el inestimable tesoro de la inocencia, al que siguen mil tristes consecuencias.

 

 

CAPÍTULO V. Su conducta en la escuela de Castelnuovo d’Asti – Palabras de su maestro

 

Mientras frecuentaba esta escuela, comenzó a aprender cómo debía comportarse con sus compañeros. Si veía a un compañero atento en clase, dócil y respetuoso, que sabía bien las lecciones, hacía sus trabajos y era alabado por el maestro, este se convertía enseguida en amigo de Domingo. ¿Había un díscolo, un insolente, que descuidaba sus deberes, hablaba mal o blasfemaba? Domingo huía de él como de la peste. A los que eran algo perezosos los saludaba y les prestaba algún servicio cuando se presentaba la ocasión, pero no trababa familiaridad con ellos.

La conducta que observó en la escuela de Castelnuovo d’Asti puede servir de modelo a cualquier joven estudiante que desee progresar en la ciencia y en la piedad. A este propósito transcribo el juicioso informe escrito por su maestro, el sacerdote don Alejandro Allora, que todavía es maestro municipal de esta cabecera de distrito. Dice así:

«Me complace mucho exponer mi juicio acerca del joven Domingo Savio, que en poco tiempo supo ganarse toda mi benevolencia, de manera que llegué a amarlo con la ternura de un padre. Acepto de buen grado esta invitación, porque conservo todavía viva, clara y completa memoria de su estudio, de su conducta y de sus virtudes».

«No puedo decir muchas cosas de su conducta religiosa porque, viviendo bastante lejos del pueblo, estaba dispensado de la congregación; si hubiera asistido a ella, ciertamente habría hecho resplandecer su piedad y devoción».

«Terminados los estudios de 1.º elemental en Murialdo, este buen muchacho pidió y obtuvo fácilmente la admisión en mi escuela de 2.º elemental, precisamente el 21 de junio de 1852, día dedicado por los escolares a san Luis Gonzaga, protector de la juventud. Era de constitución algo débil y delicada, de aspecto grave mezclado con dulzura y con un no sé qué a la vez serio y agradable. Tenía una índole mansísima y dulcísima y un humor siempre igual. Su comportamiento en la escuela y fuera de ella, en la iglesia y en cualquier lugar, era tal que cuando la mirada, el pensamiento o la palabra del maestro se dirigían a él, dejaba la más hermosa y grata impresión. Esto, para un maestro, puede llamarse una de las queridas compensaciones de las duras fatigas que tantas veces tiene que soportar en vano al cultivar los ánimos áridos y mal dispuestos de ciertos alumnos. Por eso puedo decir que fue Savio de nombre y sabio también de hecho. Lo demostró con sus obras, es decir, en el estudio, en la piedad, en el trato con sus compañeros y en todas sus acciones. Desde el primer día en que entró en mi escuela hasta el fin de aquel curso escolar, y durante los cuatro meses del curso siguiente, progresó en el estudio de manera extraordinaria. Mereció constantemente el primer puesto de su clase, las demás distinciones de la escuela y casi siempre las máximas calificaciones en cada materia que sucesivamente se enseñaba. Tan feliz resultado en los estudios no debe atribuirse solo a la inteligencia nada común de que estaba dotado, sino también a su grandísimo amor al estudio y a su virtud».

«Es también digna de especial admiración la diligencia con que procuraba cumplir los más pequeños deberes de un escolar cristiano y, en particular, la asiduidad y admirable constancia en la asistencia a la escuela. De modo que, débil como fue siempre de salud, recorría cada día más de cuatro kilómetros de camino, y repetía el trayecto cuatro veces entre ida y vuelta. Y lo hacía con maravillosa tranquilidad de ánimo y serenidad de rostro aun en medio de las inclemencias del invierno, con frío intenso, lluvia o nieve; cosa que su maestro no podía dejar de reconocer como prueba y ejemplo de raro mérito. Entretanto, este digno alumno enfermó durante el mismo curso 1852-1853, y sus familiares cambiaron después de domicilio; por ello, con verdadero pesar, ya no pude continuar la enseñanza de un alumno tan querido, cuyas grandes y hermosas esperanzas se iban ensombreciendo al crecer en mí el temor de que no pudiera proseguir los estudios por falta de salud o de medios económicos».

«Fue luego para mí un gran consuelo cuando supe que había sido acogido entre los jóvenes del Oratorio de San Francisco de Sales, pues así se le abría el camino para cultivar su rara inteligencia y su luminosa piedad». (Hasta aquí el maestro de escuela).

 

 

CAPÍTULO VI. Escuela de Mondonio[5] – Soporta una grave calumnia

 

Parece que la Divina Providencia quiso hacer ver a este jovencito que este mundo es un destierro en el que vamos peregrinando de un lugar a otro; o, mejor aún, quiso quizá que fuera conocido en distintos pueblos y así mostrara en más lugares un eminente espejo de virtud.

Hacia finales de 1852 los padres de Domingo dejaron Murialdo y fijaron su residencia en Mondonio, pequeño pueblo limítrofe con Castelnuovo. Allí continuó el mismo tenor de vida que había practicado en Murialdo y en Castelnuovo; por eso tendría que repetir cuanto escribieron de él sus anteriores maestros, pues don Cugliero[6], que lo tuvo como alumno, hace una relación casi idéntica. Escogeré de ella solamente algunos hechos particulares, omitiendo lo demás para no repetir.

«Puedo decir —escribe— que en veinte años dedicados a instruir muchachos nunca tuve ninguno que igualara a Savio en piedad. Era joven de edad, pero sensato como un hombre maduro. Su diligencia, su asiduidad en el estudio y su afabilidad conquistaban el afecto del maestro y lo convertían en la delicia de sus compañeros. Cuando lo contemplaba en la iglesia, me llenaba de profunda admiración al ver tanto recogimiento en un muchacho de edad tan tierna. Más de una vez me dije: He aquí un alma inocente a la que se abren las delicias del paraíso y que con sus afectos va ya a habitar con los ángeles del cielo».

     Entre los hechos particulares, el maestro cuenta el siguiente:

«Un día se cometió una falta entre mis alumnos, y era de tal naturaleza que el culpable merecía ser expulsado de la escuela. Los responsables se anticiparon al castigo y, presentándose al maestro, se pusieron de acuerdo para echar toda la culpa sobre el buen Domingo. Yo no podía creerlo capaz de semejante desorden; pero los acusadores supieron dar a la calumnia tal apariencia de verdad que me vi obligado a creerla. Entré, pues, en la escuela justamente indignado por el desorden ocurrido; hablé en general al culpable y luego me volví hacia Savio: “¿Tenías que ser tú —le dije— quien cometiera esta falta? ¿No merecerías ser expulsado inmediatamente de la escuela? Menos mal para ti que es la primera de esta clase que cometes; de lo contrario… procura que sea también la última”. Domingo habría podido decir una sola palabra en su defensa y su inocencia habría quedado reconocida. Pero guardó silencio, inclinó la cabeza y, como quien es justamente reprendido, no volvió a levantar los ojos».

«Pero Dios protege a los inocentes, y al día siguiente fueron descubiertos los verdaderos culpables y quedó así manifiesta la inocencia de Domingo. Lleno de pesar por las reprimendas hechas al supuesto culpable, lo tomé aparte y le dije: “Domingo, ¿por qué no me dijiste inmediatamente que eras inocente?”. Domingo respondió: “Porque aquel muchacho, siendo ya culpable de otras faltas, quizá habría sido expulsado de la escuela; por mi parte, esperaba ser perdonado, pues era la primera falta de la que se me acusaba en la escuela; además pensaba también en nuestro Divino Salvador, que fue injustamente calumniado”».

«Callé entonces, pero todos admiraron la paciencia de Savio, que había sabido devolver bien por mal y estaba dispuesto a soportar incluso un grave castigo en favor del mismo que lo había calumniado». (Así don Cugliero).

 

 

CAPÍTULO VII. Mi primer conocimiento de él – Curiosos episodios en aquella ocasión

 

Las cosas que voy a contar puedo exponerlas con mayor riqueza de detalles porque casi todas sucedieron ante mis ojos y, en su mayor parte, en presencia de multitud de jóvenes que coinciden todos en afirmarlas. Corría el año 1854 cuando el mencionado don Cugliero vino a hablarme de un alumno suyo digno, por su piedad, de particular consideración. «Aquí en su casa —decía— podrá tener jóvenes iguales, pero difícilmente tendrá quien lo supere en talento y virtud. Póngalo a prueba y encontrará un san Luis Gonzaga». Quedamos de acuerdo en que me lo enviaría a Murialdo con ocasión de una de las veces en que acostumbro a ir allí con los jóvenes de esta casa para hacerles disfrutar un poco del campo y, al mismo tiempo, hacer la novena y celebrar la solemnidad del Rosario de María Santísima.

Era muy temprano en la mañana del primer lunes de octubre cuando vi acercarse a un muchacho acompañado de su padre para hablar conmigo. Su rostro alegre y su aire sonriente, pero respetuoso, atrajeron hacia él mis miradas.

—¿Quién eres? —le dije—. ¿De dónde vienes?

—Soy Domingo Savio —respondió—, de quien le ha hablado don Cugliero, mi maestro, y venimos de Mondonio.

Entonces lo llamé aparte y, puestos a hablar de los estudios realizados y del tenor de vida seguido hasta entonces, entramos enseguida en plena confianza, él conmigo y yo con él.

Reconocí en aquel joven un alma enteramente conforme al espíritu del Señor y quedé no poco admirado al considerar las obras que la gracia divina había realizado ya en edad tan tierna.

Después de una conversación algo prolongada, antes de que yo llamara al padre, me dijo estas precisas palabras: «Y bien, ¿qué le parece? ¿Me llevará a Turín para estudiar?».

—¡Eh! Me parece que aquí hay buena tela.

—¿Para qué puede servir esta tela?

—Para hacer un hermoso traje que regalar al Señor.

—Entonces yo soy la tela; sea usted el sastre. Lléveme consigo y hará un hermoso traje para el Señor.

—Temo que tu débil salud no resista el estudio.

—No tema por eso; aquel Señor que hasta ahora me ha dado salud y gracia me ayudará también en adelante.

—Pero cuando hayas terminado el estudio del latín, ¿qué querrás hacer?

—Si el Señor me concede tan gran gracia, deseo ardientemente abrazar el estado eclesiástico.

—Bien. Ahora quiero probar si tienes suficiente capacidad para el estudio. Toma este librito —era un fascículo de las Lecturas Católicas—, estudia hoy esta página y mañana volverás para recitármela.

Dicho esto, lo dejé en libertad de ir a divertirse con los otros jóvenes y me puse a hablar con su padre. No habían pasado más de ocho minutos cuando Domingo se acercó sonriendo y me dijo: «Si quiere, puedo recitar ahora mi página». Tomé el libro y, con gran sorpresa, comprobé que no solo había aprendido literalmente la página señalada, sino que comprendía perfectamente el sentido de cuanto contenía.

—Bravo —le dije—. Tú has adelantado el estudio de tu lección y yo adelanto mi respuesta. Sí, te llevaré a Turín y desde ahora quedas contado entre mis queridos hijos. Comienza también tú desde este momento a pedir a Dios que nos ayude a ti y a mí a cumplir su santa voluntad.

No sabiendo cómo expresar mejor su alegría y su gratitud, me tomó la mano, la estrechó, la besó varias veces y finalmente dijo: «Espero comportarme de manera que nunca tenga usted que lamentarse de mi conducta».

 

 

CAPÍTULO VIII. Llega al Oratorio de San Francisco de Sales – Su primer tenor de vida

 

Es propio de la edad voluble de la juventud cambiar con frecuencia de propósito acerca de lo que se quiere; por eso no es raro que hoy se decida una cosa y mañana otra; hoy se practique una virtud en grado eminente y mañana lo contrario; y si no hay quien vigile atentamente, muchas veces termina mal una educación que quizá habría podido tener el más feliz resultado. No fue así con nuestro Domingo. Todas aquellas virtudes que hemos visto nacer y crecer en las diversas etapas de su vida crecieron siempre maravillosamente y crecieron juntas, sin que una perjudicara a la otra.

Llegado a la casa del Oratorio, fue a mi habitación para ponerse, como él decía, enteramente en manos de sus superiores. Su mirada se posó enseguida en un cartel en el que, con grandes caracteres, estaban escritas las palabras que san Francisco de Sales solía repetir: Da mihi animas, coetera tolle. Se puso a leerlas atentamente y yo deseaba que comprendiera su significado. Por eso lo invité, y hasta lo ayudé, a traducirlas y sacar este sentido: «Oh Señor, dame almas y llévate todas las demás cosas». Pensó un momento y luego añadió: «He entendido: aquí no hay negocio de dinero, sino negocio de almas; he entendido. Espero que también mi alma formará parte de este negocio».

Durante algún tiempo su tenor de vida fue del todo ordinario; no se admiraba en él otra cosa que la exacta observancia de las reglas de la casa. Se aplicó con empeño al estudio. Cumplía con ardor todos sus deberes. Escuchaba con gusto las predicaciones. Tenía profundamente arraigado en el corazón que la palabra de Dios es la guía del hombre por el camino del cielo; por eso toda máxima oída en un sermón se convertía para él en un recuerdo invariable que ya no olvidaba.

Toda instrucción moral, todo catecismo, toda predicación, por prolongada que fuera, era siempre para él una delicia. Cuando oía algo que no había entendido bien, enseguida pedía explicación. De aquí tuvo comienzo aquel ejemplar tenor de vida, aquella exactitud en el cumplimiento de sus deberes, más allá de la cual difícilmente se puede llegar.

Para ser instruido acerca de las reglas y de la disciplina de la casa, procuraba con mucha gracia acercarse a alguno de sus superiores; lo interrogaba, le pedía aclaraciones y consejos, suplicándole que tuviera la bondad de advertirle cada vez que lo viera faltar a sus deberes. No era menos digna de alabanza la conducta que guardaba con sus compañeros. ¿Veía a alguno disipado, negligente en sus deberes o descuidado en la piedad? Domingo lo evitaba. ¿Había un compañero ejemplar, estudioso, diligente y alabado por el maestro? Este se convertía enseguida en amigo y compañero íntimo de Domingo.

Al acercarse la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, el Director dirigía todas las noches algunas palabras de aliento a los jóvenes de la casa para que cada uno se esforzara en celebrarla de manera digna de la gran Madre de Dios; pero insistió especialmente en que pidieran a esta celestial protectora aquellas gracias que cada cual reconocía necesitar más.

Corría el año 1854, cuando los cristianos de todo el mundo se encontraban en una especie de agitación espiritual porque en Roma se trataba de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María. También entre nosotros se hacía cuanto nuestra condición permitía para celebrar aquella solemnidad con decoro y con fruto espiritual para nuestros jóvenes.

Savio era uno de los que se sentían arder en deseos de celebrarla santamente. Escribió nueve florecillas, es decir, nueve actos de virtud que debía practicar, sacando uno a suerte cada día. Se preparó, hizo con gusto la confesión general y se acercó a los santos Sacramentos con el máximo recogimiento.

La tarde de aquel día, 8 de diciembre, terminadas las sagradas funciones de la iglesia, por consejo del confesor Domingo fue ante el altar de María, renovó las promesas hechas en la primera Comunión y después repitió varias veces estas precisas palabras: «María, os doy mi corazón; haced que sea siempre vuestro. Jesús y María, sed siempre mis amigos; pero, por piedad, hacedme morir antes que tenga la desgracia de cometer un solo pecado».

Tomada así María como sostén de su devoción, su conducta moral apareció tan edificante y unida a tales actos de virtud que desde entonces comencé a anotarlos para no olvidarlos.

Llegado a este punto en la descripción de las acciones del joven Savio, veo ante mí un conjunto de hechos y virtudes que merecen especial atención tanto de quien escribe como de quien lee. Por eso, para mayor claridad, juzgo conveniente exponer las cosas no según el orden cronológico, sino según la semejanza de los hechos que tienen entre sí una relación especial o se refieren a la misma materia. Dividiré, pues, las cosas en otros tantos capítulos, comenzando por el estudio del latín, que fue el motivo principal por el que vino y fue acogido en esta casa de Valdocco.

 

 

CAPÍTULO IX. Estudio del latín – Curiosos incidentes – Conducta en la escuela – Impide una riña – Evita un peligro

 

Había estudiado los principios de latín en Mondonio; y así, con su gran asiduidad en el estudio y su capacidad nada común, consiguió pronto ser clasificado en la cuarta, o como diríamos hoy, en la segunda gramática latina. Hizo este curso con el piadoso y caritativo profesor José Bonzanino, pues entonces todavía no se habían establecido las escuelas de enseñanza secundaria en la casa del Oratorio, como lo están actualmente. También aquí debería expresar su comportamiento, su aprovechamiento y su ejemplaridad con las mismas palabras de sus maestros anteriores. Por eso expondré solamente algunas cosas que durante este año de latín y en los dos siguientes fueron observadas con particular admiración por quienes lo conocieron. El profesor Bonzanino dijo más de una vez que no recordaba haber tenido nunca un alumno más atento, más dócil y más respetuoso que el joven Savio. Aparecía como modelo en todo. No era nada rebuscado en el vestir ni en el peinado; pero con aquella modestia de vestidos y en su humilde condición aparecía limpio, bien educado y cortés, de manera que sus compañeros de condición acomodada e incluso noble, que en buen número asistían a aquella escuela, disfrutaban mucho tratando con Domingo, no solo por su ciencia y piedad, sino también por sus maneras corteses y agradables. Si al profesor le sucedía advertir a algún escolar algo charlatán, sentaba a Domingo a su lado, y él con habilidad procuraba inducirlo al silencio, al estudio y al cumplimiento de sus deberes.

Fue durante este año cuando la vida de Domingo nos ofrece un hecho que tiene algo de heroico y apenas resulta creíble a su joven edad. Se refiere a dos compañeros de escuela que llegaron entre sí a una riña peligrosa. La disputa comenzó por algunas palabras que se habían dicho mutuamente en desprecio de sus familias. Después de algunos insultos se dirigieron injurias y se desafiaron a hacer valer sus razones a pedradas. Domingo llegó a descubrir aquella discordia; pero ¿cómo impedirla, siendo los dos rivales mayores que él en fuerza y edad? Intentó persuadirlos de que desistieran de aquel proyecto, haciendo observar a ambos que la venganza es contraria a la razón y a la santa ley de Dios; escribió cartas a uno y a otro; los amenazó con referir la cosa al profesor e incluso a sus padres; pero todo fue inútil. Sus ánimos estaban tan exacerbados que cualquier palabra resultaba inútil. Además del peligro de hacerse grave daño corporal, se cometía una gran ofensa contra Dios. Domingo estaba sumamente afligido, deseaba oponerse y no sabía cómo. Dios le inspiró obrar de este modo. Los esperó después de la escuela y, cuando pudo hablar con ambos aparte, dijo: «Puesto que persistís en vuestro brutal propósito, os ruego al menos que aceptéis una condición». «La aceptamos —respondieron—, con tal de que no impida nuestro desafío». «Es un canalla», replicó enseguida uno de ellos; «y yo no estaré en paz con él —añadió el otro— hasta que él o yo tengamos la cabeza rota». Savio temblaba ante aquel brutal altercado; sin embargo, deseando impedir un mal mayor, se mantuvo firme y dijo: «La condición que voy a poneros no impide el desafío».

Compañeros. ¿Cuál es esa condición?

Savio. Solo quiero decírosla en el lugar donde queréis mediros a pedradas.

Compañeros. Nos estás tomando el pelo o intentarás ponernos algún obstáculo.

Savio. Estaré con vosotros y no os engañaré; estad tranquilos.

Compañeros. Quizá quieras ir a llamar a alguien.

Savio. Debería hacerlo, pero no lo haré. Vamos, yo estaré con vosotros. Solo mantenedme la palabra. Se lo prometieron y fueron a los llamados prados de la Cittadella, fuera de Porta Susa[7].

Tan grande era el odio de los dos contendientes que Savio apenas pudo impedir que llegaran a las manos durante el breve trayecto que tenían que recorrer.

Llegados al lugar señalado, Savio hizo algo que ciertamente nadie habría imaginado. Dejó que se colocaran a cierta distancia; ya tenían las piedras en la mano, cinco cada uno, cuando Domingo habló así: «Antes de llevar a cabo vuestro desafío quiero que cumpláis la condición aceptada». Dicho esto sacó el pequeño Crucifijo que llevaba al cuello y, sosteniéndolo con una mano, dijo: «Quiero que cada uno fije la mirada en este Crucifijo y después, arrojándome una piedra, pronuncie en voz alta estas palabras: Jesucristo inocente murió perdonando a quienes lo crucificaron; yo, pecador, quiero ofenderlo y tomar una solemne venganza».

Dicho esto fue a arrodillarse delante del que se mostraba más enfurecido, diciendo: «Da el primer golpe contra mí; lánzame una fuerte pedrada a la cabeza». Este, que no esperaba semejante propuesta, comenzó a temblar. «No —dijo—, jamás. No tengo nada contra ti; al contrario, te defendería si alguien quisiera ofenderte».

Al oír esto, Domingo corrió hacia el otro diciéndole las mismas palabras. También él quedó desconcertado y, temblando, dijo que, siendo Domingo su amigo, nunca le haría daño alguno.

Entonces Domingo se puso en pie y, adoptando un aspecto serio y conmovido, les dijo: «¿Cómo? Los dos estáis dispuestos a afrontar incluso un grave peligro para defenderme a mí, que soy una miserable criatura, y no sois capaces de perdonaros un insulto y una burla sufridos en la escuela para salvar vuestra alma, que costó la sangre del Salvador y que vais a perder con este pecado?». Dicho esto calló, manteniendo siempre el Crucifijo levantado con la mano.

Ante aquel espectáculo de caridad y valor los compañeros quedaron vencidos. «En aquel momento —afirma uno de ellos— me sentí profundamente conmovido; un escalofrío me recorrió los miembros y me llené de vergüenza por haber obligado a un amigo tan bueno como Savio a recurrir a medidas extremas para impedir nuestro impío propósito. Queriendo al menos darle una señal de buena voluntad, perdoné de corazón a quien me había ofendido y pedí a Domingo que me indicara algún sacerdote paciente y caritativo para ir a confesarme. De este modo, después de haber vuelto a ser su amigo, quedé reconciliado con el Señor, a quien ciertamente había ofendido gravemente con el odio y el deseo de venganza».

Este es un ejemplo muy digno de ser imitado por todo joven cristiano cuando le suceda ver a su semejante a punto de vengarse, o cuando él mismo sea de algún modo ofendido o insultado por otros.

Lo que en este hecho honra de modo singular la conducta y la caridad de Savio es el silencio con que supo guardar cuanto había ocurrido. Todo habría quedado completamente ignorado si quienes participaron en ello no lo hubieran contado repetidas veces.

La ida y vuelta de la escuela, que es tan peligrosa para los jóvenes que desde los pueblos vienen a las grandes ciudades, fue para nuestro Domingo un verdadero ejercicio de virtud. Constante en cumplir las órdenes de sus superiores, iba a la escuela y volvía a casa sin dirigir siquiera una mirada ni prestar oído a cosa alguna que no conviniera a un joven cristiano. Si veía a alguno detenerse, correr, saltar, tirar piedras o pasar por lugares no permitidos, enseguida se alejaba de él. Un día fue invitado a ir de paseo sin permiso; otra vez le aconsejaron faltar a la escuela para ir a divertirse, pero siempre supo responder con una negativa. «Mi diversión más hermosa —les respondía— es el cumplimiento de mis deberes; y si sois verdaderos amigos, debéis aconsejarme que los cumpla con exactitud y nunca que los quebrante». Sin embargo, tuvo la desgracia de tener algunos compañeros que lo importunaron hasta tal punto que Savio se encontró a punto de caer en sus lazos. Ya se resolvía a ir con ellos y así faltar aquel día a la escuela. Pero, después de recorrer un breve trecho, comprendió que seguía un mal consejo, sintió gran remordimiento, llamó a los malos consejeros y les dijo: «Queridos míos, el deber me impone ir a la escuela y yo quiero ir; estamos haciendo algo que desagrada a Dios y a nuestros superiores. Me arrepiento de lo que he hecho; si otra vez me dais consejos semejantes, dejaréis de ser mis amigos».

Aquellos jóvenes acogieron la advertencia de su amigo; fueron con él a la escuela y en adelante ya no intentaron apartarlo de sus deberes. Al final del año, gracias a su buena conducta y a su constante aplicación al estudio, mereció ser promovido entre los mejores a la clase superior. Pero al comienzo del tercer año de gramática, al parecer algo empeorada la salud de Domingo, se juzgó conveniente dejarle hacer el curso de forma privada aquí, en la casa del Oratorio, a fin de poder prestarle los debidos cuidados en el descanso, el estudio y el recreo.

En el año de humanidades, o de primera retórica, pareciendo estar mejor de salud, fue enviado al benemérito profesor don Mateo Picco. Este había oído hablar varias veces de las hermosas cualidades que adornaban a Savio, por lo que lo acogió gustosamente y de forma gratuita en su escuela, que se contaba entre las mejores aprobadas de nuestra ciudad.

Muchas son las cosas edificantes dichas o hechas por Savio durante el año de tercera gramática y primera retórica; las iremos exponiendo poco a poco al narrar los hechos con los que están relacionadas.

 

 

CAPÍTULO X. Su decisión de hacerse santo

 

Dado así un breve resumen de los estudios realizados en las clases de latín, hablaremos ahora de su gran decisión de hacerse santo.

Hacía seis meses que Savio vivía en el Oratorio cuando allí se predicó sobre el modo fácil de hacerse santo. El predicador se detuvo especialmente en desarrollar tres pensamientos que produjeron profunda impresión en el ánimo de Domingo, a saber: es voluntad de Dios que todos nos hagamos santos; es muy fácil conseguirlo; y hay un gran premio preparado en el cielo para quien se hace santo. Aquella predicación fue para Domingo como una chispa que inflamó su corazón de amor de Dios. Durante algunos días no dijo nada, pero estaba menos alegre que de costumbre, de modo que lo advirtieron los compañeros y lo advertí también yo. Juzgando que aquello procedía de alguna nueva molestia de salud, le pregunté si sufría algún mal. «Al contrario —me respondió—, sufro algún bien». «¿Qué quieres decir?». «Quiero decir que siento un deseo y una necesidad de hacerme santo. Yo no pensaba que pudiera hacerme santo con tanta facilidad; pero ahora que he comprendido que esto puede conseguirse incluso estando alegre, quiero absolutamente hacerme santo y tengo absoluta necesidad de hacerlo. Dígame, pues, cómo debo comportarme para comenzar esta empresa».

Alabé su propósito, pero lo exhorté a no inquietarse, porque en las conmociones del ánimo no se distingue bien la voz del Señor; antes bien, lo primero que quería de él era una alegría constante y moderada; y, aconsejándole que perseverara en el cumplimiento de sus deberes de piedad y estudio, le recomendé que no dejara nunca de tomar parte en el recreo con sus compañeros.

Un día le dije que quería hacerle un regalo de su gusto, pero que deseaba que él mismo lo escogiera. «El regalo que pido —añadió enseguida— es que me haga santo. Quiero entregarme del todo al Señor, para siempre al Señor, y siento necesidad de hacerme santo; si no me hago santo, no hago nada. Dios me quiere santo y yo debo hacerme tal».

En una ocasión el Director quiso dar una señal especial de afecto a los jóvenes de la casa y les permitió que, por medio de una nota escrita, le pidieran cualquier cosa que estuviera en su poder, prometiendo que la concedería. Cualquiera puede imaginar fácilmente las peticiones graciosas y extravagantes que hizo uno u otro. Savio tomó un pedacito de papel y escribió solamente estas palabras: «Le pido que salve mi alma y me haga santo».

Un día se explicaban algunas palabras según su etimología. «Y Domingo —le preguntaron—, ¿qué significa?». Se respondió: «Domingo significa “del Señor”». «Ya ve —añadió enseguida— si no tengo razón en pedirle que me haga santo: hasta mi nombre dice que soy del Señor. Por tanto, debo y quiero ser enteramente del Señor; quiero hacerme santo y seré desgraciado mientras no lo sea».

El afán que mostraba por hacerse santo no provenía de que no llevara ya una vida verdaderamente santa. Hablaba así porque deseaba practicar penitencias rigurosas y pasar largas horas en oración; cosas que el Director le prohibía por no ser compatibles con su edad, su salud y sus ocupaciones.

 

 

CAPÍTULO XI. Su celo por la salvación de las almas

 

Lo primero que se le recomendó para hacerse santo fue trabajar por ganar almas para Dios, puesto que no hay cosa más santa en el mundo que cooperar al bien de las almas, por cuya salvación Jesucristo derramó hasta la última gota de su preciosísima sangre. Domingo comprendió la importancia de esta práctica y se le oyó decir muchas veces: «¡Si pudiera ganar para Dios a todos mis compañeros, qué feliz sería!». Entretanto no dejaba pasar ocasión alguna de dar un buen consejo o advertir a quien hubiera dicho o hecho algo contrario a la santa ley de Dios.

Lo que le causaba gran horror y perjudicaba no poco su salud era la blasfemia, oír tomar en vano el santo nombre de Dios. Si en las calles de la ciudad o en otro lugar le sucedía oír alguna de estas palabras, inmediatamente inclinaba la cabeza dolorido y decía con corazón devoto: «Alabado sea Jesucristo».

Un día, mientras atravesaba una plaza de la ciudad, un compañero lo vio quitarse la gorra y pronunciar en voz baja algunas palabras. «¿Qué haces? —le preguntó—. ¿Qué dices?». «¿No lo has oído? —respondió Domingo—. Ese carretero ha tomado en vano el santo nombre de Dios. Si hubiera pensado que servía de algo, habría corrido a advertirle que no lo hiciera nunca más; pero, temiendo que dijera cosas todavía peores, me limito a quitarme la gorra y decir: Alabado sea Jesucristo. Hago esto con intención de reparar en algo el insulto hecho al santo nombre del Señor».

Su compañero admiró la conducta y el valor de Domingo y todavía se complace en contar el episodio en honor de su amigo y para edificación de los demás.

Una vez, volviendo de la escuela, oyó a un hombre ya bastante entrado en años proferir una horrible blasfemia. Nuestro Domingo tembló al oírla; alabó a Dios en su corazón y después hizo algo verdaderamente admirable. Con el modo más respetuoso corrió hacia el imprudente blasfemo y le preguntó si podía indicarle dónde se encontraba el Oratorio de San Francisco de Sales. Ante aquel rostro celestial, el hombre dejó a un lado su rudeza y dijo: «No lo sé, querido niño; lo siento».

—¡Oh! Si no sabe eso, quizá podría hacerme otro favor.

—Dime; lo haré con mucho gusto.

Domingo se acercó cuanto pudo a su oído y, hablando en voz baja para que nadie más lo entendiera, añadió: «Me haría un gran favor si, cuando se enfada, empleara otras palabras y no blasfemara el santo nombre de Dios».

«Bravo —dijo el otro, lleno de asombro y admiración—. Sí, tienes razón. Es una maldita costumbre y quiero vencerla cueste lo que cueste».

Un día, un niño de unos nueve años comenzó a reñir con un compañero cerca de la puerta de la casa y, durante la disputa, tomó en vano el adorable nombre de Jesucristo. Al oír aquellas palabras, Domingo, aunque sintió en su corazón una justa indignación, se interpuso sin embargo con calma entre los dos contendientes y los apaciguó. Después dijo al muchacho que había tomado en vano el nombre de Dios: «Ven conmigo y te alegrarás de haberlo hecho». Su modo amable indujo al niño a aceptar. Domingo lo tomó de la mano, lo condujo a la iglesia ante el altar, después lo hizo arrodillarse a su lado y le dijo: «Pide al Señor perdón por la ofensa que has cometido tomando en vano su nombre». Como el muchacho no sabía el acto de contrición, Domingo lo recitó con él. Después añadió:

«Di conmigo estas palabras para reparar el insulto hecho a Jesucristo: Alabado sea Jesucristo, y sea por siempre alabado su santo y adorable nombre».

Leía con preferencia la vida de aquellos santos que habían trabajado de modo especial por la salvación de las almas. Hablaba con gusto de los misioneros que tanto trabajan en países lejanos por el bien de las almas; y como no podía enviarles ayudas materiales, cada día ofrecía alguna oración al Señor por ellos y al menos una vez por semana recibía la santa Comunión por sus intenciones.

Lo oí exclamar varias veces: «¡Cuántas almas hay en Inglaterra que esperan nuestra ayuda! ¡Oh, si tuviera fuerzas y virtud, iría allí enseguida y, con la predicación y el buen ejemplo, procuraría ganarlas todas para el Señor!». Se lamentaba a menudo consigo mismo, y muchas veces hablaba con sus compañeros, del poco celo que muchos tienen por instruir a los niños en las verdades de la fe. «En cuanto sea clérigo —decía— quiero ir a Mondonio, reunir a todos los niños bajo un cobertizo, enseñarles el catecismo, contarles muchos ejemplos y hacerlos a todos santos. ¡Cuántos pobres niños quizá van a la perdición por falta de quien los instruya en la fe!». Lo que decía con palabras lo confirmaba con los hechos, pues, en cuanto lo permitían su edad y su formación, enseñaba gustosamente el catecismo en la iglesia del Oratorio; y si alguno lo necesitaba, le daba lecciones y lo instruía en el catecismo a cualquier hora del día y cualquier día de la semana, con el único fin de poder hablar de cosas espirituales y hacerle comprender la importancia de salvar el alma.

Un día, un compañero indiscreto quiso interrumpirlo mientras contaba un ejemplo edificante durante el recreo. «¿Qué te importa todo esto?», le preguntó. «¿Qué me importa? —respondió Domingo—. Me importa porque las almas de mis compañeros fueron redimidas por la sangre de Jesucristo; me importa porque todos somos hermanos y, como tales, debemos amar las almas unos de otros; me importa porque Dios nos manda ayudarnos mutuamente a salvarnos; me importa porque, si logro salvar un alma, aseguraré también la salvación de la mía».

La solicitud de Domingo por el bien de las almas tampoco disminuía durante las breves vacaciones que pasaba en casa de su padre. Toda estampa, medalla, crucifijo, librito u otro objeto que hubiera ganado en la escuela o en el catecismo lo guardaba para utilizarlo durante las vacaciones. Más aún, antes de salir del Oratorio acostumbraba a pedir especialmente a sus superiores que le dieran tales objetos para, como él decía, mantener alegres a sus compañeros de juego.

Apenas llegaba a casa, se le veía enseguida rodeado de muchachos de su edad, de otros menores y hasta mayores, que encontraban verdadero gusto en estar con él. Distribuyendo sus regalos en el momento oportuno, los animaba a estar atentos a las preguntas que les hacía, unas veces sobre el catecismo y otras sobre sus deberes.

Por estos medios agradables conseguía llevar a varios consigo al catecismo, a la oración, a la Misa y a otras prácticas de piedad.

Me aseguran que dedicó bastante tiempo a instruir a un compañero. «Si aprendes a hacer bien la señal de la santa cruz —le decía—, te daré una medalla y después pediré a un sacerdote que te dé un hermoso libro. Pero quiero que se haga bien: mientras dices las palabras con la boca, la mano derecha debe comenzar en la frente, bajar al pecho, tocar después bien el hombro izquierdo y luego el derecho, y terminar juntando de verdad las manos al decir: Amén». Deseaba ardientemente que esta señal de nuestra redención se hiciera bien, y él mismo la hacía varias veces ante ellos, invitando a los demás a hacer lo mismo.

Además de ser exacto en el cumplimiento de todos sus más pequeños deberes, cuidaba también de dos hermanitos menores, enseñándoles a leer y escribir y a recitar el catecismo, y ayudándoles en las oraciones de la mañana y de la noche. Los llevaba a la iglesia, les daba agua bendita y les enseñaba la manera correcta de hacer la señal de la santa cruz. El tiempo que habría podido emplear en ir de un lado a otro divirtiéndose lo dedicaba, en cambio, a contar ejemplos edificantes a sus familiares o a otros compañeros dispuestos a escucharlo. También en casa acostumbraba a hacer cada día una visita al Santísimo Sacramento; y consideraba una verdadera ganancia cada vez que conseguía persuadir a algún compañero para que fuera a hacerle compañía. Puede decirse, por tanto, que cada vez que se presentaba la ocasión de hacer una buena obra o dar un buen consejo encaminado al bien de un alma, nunca la dejaba pasar.

 

 

CAPÍTULO XII. Episodios y su agradable manera de conversar con los compañeros

 

El pensamiento de ganar almas para Dios lo acompañaba en todas partes. Durante el tiempo libre era el alma del recreo; pero cuanto decía o hacía tendía siempre al bien moral de sí mismo o de los demás. Tenía siempre presente aquella hermosa regla de educación: no interrumpir nunca a los demás cuando hablan. Pero si sus compañeros callaban, enseguida proponía cuestiones de escuela, de historia o de aritmética; y tenía siempre a mano mil cuentecillos que hacían agradable su compañía. Si alguno llevaba la conversación hacia murmuraciones o cosas semejantes, la interrumpía y sacaba alguna broma, fábula u otro relato divertido; así, haciéndolos reír, desviaba la conversación de la murmuración e impedía una ofensa a Dios entre sus compañeros.

Su aire alegre y su carácter vivaz lo hacían querido incluso por los compañeros menos inclinados a la piedad, de modo que todos se complacían en tratar con él y aceptaban de buen grado los consejos que de vez en cuando les daba.

Un día un compañero quiso disfrazarse, pero Domingo no lo aprobó. «¿Te gustaría —le preguntó— convertirte de verdad en lo que quieres representar con el disfraz, con dos cuernos en la frente, una nariz de un pie de largo y la ropa de un saltimbanqui?». «Ciertamente no», respondió el otro. «Entonces —añadió Domingo—, si no deseas tener semejante aspecto, ¿por qué quieres parecer así y desfigurar los hermosos rasgos que Dios te ha dado?».

Una vez, durante el recreo, entró entre los jóvenes que jugaban un hombre que, dirigiéndose a uno de ellos, comenzó a hablar en voz tan alta que todos los que estaban cerca podían oírlo. El astuto, queriendo atraerlos a su alrededor, comenzó contando historias extrañas para hacerlos reír. Los muchachos, atraídos por la curiosidad, pronto se agolparon a su alrededor y escuchaban atentamente sus singulares relatos. Cuando se vio rodeado, llevó la conversación a la religión y, como suelen hacer personas de esa clase, profirió afirmaciones escandalosas que hacían estremecer, burlándose de las cosas más santas y desacreditando a todas las personas eclesiásticas. Algunos de los presentes, no pudiendo soportar tanta impiedad y no atreviéndose a oponerse, se limitaron a retirarse. Un número considerable continuó imprudentemente escuchando. En aquel momento llegó por casualidad Savio. Apenas comprendió de qué trataba la conversación, dejando de lado todo respeto humano, se volvió inmediatamente hacia sus compañeros: «Vámonos —dijo—. Dejad solo a este desgraciado; quiere robarnos el alma». Los muchachos, obedientes a la voz de un compañero tan amable y virtuoso, se retiraron todos prontamente de aquel emisario del demonio. Viéndose abandonado por todos, el hombre se marchó y no volvió a ser visto.

En otra ocasión algunos jóvenes querían ir a bañarse, cosa que, si es peligrosa en otros lugares, lo es mucho más en los alrededores de Turín, donde, aparte de los peligros para la moral, las aguas son tan profundas e impetuosas que con frecuencia los jóvenes se convierten en desgraciadas víctimas del baño. Domingo se enteró de su proyecto y procuró retenerlos a su lado contándoles una noticia tras otra. Pero cuando vio que estaban decididos a ir, habló resueltamente: «No —dijo—, no quiero que vayáis».

—No hacemos nada malo.

—Desobedecéis a vuestros superiores; os exponéis al peligro de dar o recibir escándalo y de ahogaros. ¿No es eso malo?

—Pero tenemos tanto calor que ya no podemos soportarlo.

—Si ya no podéis soportar el calor de este mundo, ¿cómo soportaréis el terrible calor del infierno que vais a merecer?

Conmovidos por estas palabras, cambiaron de propósito y permanecieron con él en el recreo; a la hora debida fueron a la iglesia para asistir a las sagradas funciones.

Otros jóvenes del Oratorio, preocupados por el bien de sus compañeros, formaron una especie de sociedad destinada a reconducir a mejor vida a los muchachos díscolos. Savio pertenecía a ella y era uno de sus miembros más celosos. Si tenía un caramelo, una fruta, una cruz, una estampa o algo semejante, lo reservaba para este fin. «¿Quién lo quiere? ¿Quién lo quiere?», decía. «¡Yo! ¡Yo!», gritaban todos corriendo hacia él. «Despacio —decía—, se lo daré a quien responda mejor a una pregunta de catecismo». Entonces preguntaba solamente a los más díscolos y, apenas daban una respuesta medianamente satisfactoria, les entregaba el pequeño regalo.

A otros los ganaba de otras maneras. Los tomaba aparte, los invitaba a pasear con él, entablaba conversación y, si era necesario, jugaba con ellos. A veces se le veía con un gran palo sobre los hombros, semejante a Hércules con su maza, jugando al juego conocido popularmente como cirimella y pareciendo enteramente entregado a él. Pero de repente interrumpía el juego y decía a su compañero: «¿Quieres que el sábado vayamos a confesarnos?». El otro, porque el sábado le parecía lejano, porque quería reanudar el juego y también por complacer a Domingo, respondía que sí. Aquello bastaba para Domingo, que continuaba jugando. Pero no perdía de vista la promesa: cada día, por un motivo u otro, le recordaba aquel sí y poco a poco le sugería el modo de hacer una buena confesión. Llegado el sábado, como cazador que ha conseguido una buena presa, lo acompañaba a la iglesia, se confesaba antes que él, por lo común avisaba previamente al confesor y después permanecía con él para hacer la acción de gracias. Tales episodios eran frecuentes y proporcionaban a Domingo el mayor consuelo, al mismo tiempo que producían gran provecho en sus compañeros; pues sucedía a menudo que alguno no sacaba fruto de una predicación oída en la iglesia y, sin embargo, cedía a las piadosas sugerencias de Domingo.

A veces alguno le daba largas toda la semana y luego el sábado desaparecía cuando llegaba la hora de la confesión. Cuando Domingo volvía a encontrarlo, le decía casi en broma: «¡Ah, bribón! Me la has jugado». «Pero mira —respondía el otro—, no estaba preparado; no me sentía capaz…». «Pobrecillo —añadía Domingo—, has cedido al demonio, que estaba muy preparado para recibirte; y ahora estás todavía menos preparado; es más, veo que estás de muy mal humor. Vamos, prueba a confesarte; haz un esfuerzo y procura confesarte bien, y verás cuánta alegría llenará tu corazón». Por lo general, después de confesarse, el muchacho volvía enseguida junto a Domingo con el corazón lleno de alegría: «Es verdad —decía—, estoy realmente contento. En adelante quiero confesarme más a menudo».

En las comunidades de jóvenes suele haber algunos que, por ser algo rudos, ignorantes, menos bien educados o afligidos por alguna pena, son generalmente dejados de lado por sus compañeros. Estos soportan el peso del abandono precisamente cuando tienen mayor necesidad del consuelo de un amigo.

Estos eran los amigos de Domingo. Se acercaba a ellos, los alegraba con alguna buena conversación y les daba saludables consejos. Por eso sucedía con frecuencia que jóvenes decididos a abandonarse al desorden, animados por las caritativas palabras de Savio, volvían a mejores disposiciones.

Por este motivo, todos los que tenían alguna indisposición de salud pedían a Domingo como enfermero, y quienes tenían penas encontraban consuelo confiándoselas. De este modo tenía continuamente abierto el camino para practicar la caridad con el prójimo y aumentar sus méritos ante Dios.

 

 

CAPÍTULO XIII. Su espíritu de oración – Devoción a la Madre de Dios – El mes de María

 

Entre los dones con que Dios lo enriqueció, uno de los más destacados fue el fervor en la oración. Su espíritu estaba tan acostumbrado a conversar con Dios que en cualquier lugar, incluso en medio de la confusión más ruidosa, podía recoger sus pensamientos y, con piadosos afectos, elevar el corazón a Dios.

Cuando rezaba en común parecía verdaderamente un angelito: inmóvil, compuesto y devoto en toda su persona, sin apoyarse en nada salvo en sus rodillas, con el rostro sonriente, la cabeza ligeramente inclinada y los ojos bajos; se habría dicho que era otro san Luis Gonzaga.

Bastaba verlo para quedar edificado. En 1854 el conde Cays fue elegido prior de la Compañía de San Luis establecida en este Oratorio. La primera vez que participó en nuestras funciones vio a un joven rezar con actitud tan devota que quedó lleno de admiración. Terminadas las sagradas funciones, quiso informarse de quién era aquel muchacho que había sido objeto de su admiración: era Domingo Savio.

Incluso su recreo estaba casi siempre dividido en dos: una buena parte solía dedicarla a lecturas piadosas o a alguna oración que iba a hacer en la iglesia con algunos compañeros, por las almas del purgatorio o en honor de la Santísima Virgen María.

La devoción de Domingo a la Madre de Dios era muy grande. En su honor hacía cada día alguna mortificación. Nunca miraba directamente a personas del otro sexo; de camino a la escuela no levantaba los ojos. A veces pasaba junto a espectáculos públicos que sus compañeros contemplaban con tanta avidez que llegaban a olvidarse de dónde estaban. Preguntado si le habían gustado aquellos espectáculos, Savio respondía que no había visto nada. Un compañero, casi molesto, le reprochó: «Entonces, ¿para qué quieres los ojos, si no los usas para mirar esas cosas?». «Quiero usarlos —respondió— para contemplar el rostro de nuestra Madre celestial María cuando, si con la ayuda de Dios soy digno de ello, vaya a encontrarme con ella en el paraíso».

Tenía especial devoción al Inmaculado Corazón de María. Cada vez que iba a la iglesia se dirigía ante su altar para pedirle que le obtuviera la gracia de conservar siempre su corazón lejos de todo afecto impuro. «María —decía—, quiero ser siempre hijo tuyo; obtén para mí que muera antes que cometer un pecado contra la virtud de la pureza».

Todos los viernes escogía además una parte del tiempo de recreo para ir a la iglesia con otros compañeros a rezar la coronilla de los siete dolores de María, o al menos las letanías de Nuestra Señora de los Dolores.

No solo era devoto de la Santísima Virgen, sino que se alegraba muchísimo cuando podía llevar a otro a practicar la devoción hacia ella. Un sábado había invitado a un compañero a ir con él a la iglesia para rezar las Vísperas de la Santísima Virgen. El otro aceptó de mala gana, diciendo que tenía frías las manos. Domingo se quitó los guantes y se los dio, y así fueron juntos a la iglesia. En otra ocasión se quitó de los hombros su pequeña capa para prestársela a otro joven, a fin de que fuera gustosamente con él a la iglesia a rezar. ¿Quién no se llenaría de admiración ante semejantes actos de generosa piedad?

En ninguna época apareció Domingo más fervorosamente devoto de nuestra celestial protectora María que durante el mes de mayo. Se puso de acuerdo con otros para realizar cada día de aquel mes alguna práctica especial además de lo que se hacía públicamente en la iglesia. Preparó una colección de ejemplos edificantes que contaba con gran gusto para animar a los demás a ser devotos de María. Hablaba de ella con frecuencia durante el recreo; animaba a todos a confesarse y comulgar a menudo, especialmente durante aquel mes. Él mismo daba ejemplo acercándose cada día a la mesa eucarística con un recogimiento más allá del cual nada podía desearse.

Un curioso episodio muestra la ternura de su corazón en la devoción a María. Los jóvenes del dormitorio donde dormía decidieron, a sus expensas, preparar un elegante altarcito para la solemne clausura del mes de María. Domingo estaba muy ocupado en la empresa; pero cuando se habló de la cantidad que cada uno tendría que aportar, exclamó: «¡Ay! ¡Esto es un apuro! Para estas cosas hace falta dinero y yo no tengo ni un céntimo en el bolsillo. Sin embargo, quiero hacer algo cueste lo que cueste». Fue, tomó un libro que había recibido como premio y, después de pedir permiso a su superior, volvió lleno de alegría diciendo: «Compañeros, ahora también yo puedo contribuir a honrar a María. Tomad este libro y sacad de él el provecho que podáis; esta es mi ofrenda».

Ante aquel acto espontáneo y generoso, sus compañeros se conmovieron y también quisieron ofrecer libros y otros objetos. Con ellos se organizó una pequeña lotería y el producto fue más que suficiente para cubrir los gastos.

Terminado el altar, los jóvenes quisieron celebrar su fiesta con el mayor esplendor. Todos estaban muy ocupados en ello, pero como no se pudieron terminar por completo los adornos, fue necesario trabajar durante la noche anterior a la fiesta. «Yo —dijo Savio— pasaré gustosamente la noche trabajando». Pero sus compañeros, porque hacía poco que había estado enfermo, lo obligaron a acostarse. Él no quería ceder y solo se fue a la cama por obediencia. «Al menos —dijo a uno de sus compañeros—, en cuanto esté todo terminado, ven enseguida a despertarme para que pueda ser de los primeros en contemplar el altar adornado en honor de nuestra querida Madre».

 

 

CAPÍTULO XIV. Su frecuente recepción de los santos Sacramentos de la Confesión y de la Comunión

 

La experiencia demuestra que los más firmes apoyos de la juventud son los Sacramentos de la Confesión y de la Comunión. Dadme un joven que frecuente estos Sacramentos y lo veréis crecer en la juventud, llegar a la edad adulta y, si así agrada a Dios, alcanzar la extrema vejez con un tenor de vida que sirve de ejemplo a todos los que lo conocen. Comprendan los jóvenes esta máxima para practicarla; compréndanla todos los que se ocupan de su educación para inculcársela.

Antes de que Savio viniera a vivir al Oratorio recibía estos dos Sacramentos una vez al mes, según la costumbre de las escuelas. Después comenzó a frecuentarlos con mucha mayor asiduidad. Un día oyó desde el púlpito esta máxima: «Jóvenes, si queréis perseverar en el camino del cielo, se os recomiendan tres cosas: acercaos con frecuencia al Sacramento de la Confesión, recibid a menudo la santa Comunión y escoged un confesor a quien os atreváis a abrir vuestro corazón; pero no lo cambiéis sin necesidad». Domingo comprendió la importancia de este consejo.

Comenzó por escoger un confesor, al que mantuvo regularmente durante todo el tiempo que vivió entre nosotros. Para que el confesor pudiera formarse un juicio correcto de su conciencia, quiso, como se ha dicho, hacer una confesión general. Empezó confesándose cada quince días, después cada ocho, recibiendo la Comunión con la misma frecuencia. Viendo el gran progreso que hacía en las cosas espirituales, su confesor le aconsejó comulgar tres veces por semana y, dentro del año, le permitió incluso la Comunión diaria.

Durante algún tiempo se vio turbado por escrúpulos; por eso habría querido confesarse cada cuatro días y aun más a menudo. Su director espiritual no se lo permitió y lo mantuvo obediente a la confesión semanal.

Tenía en él una confianza ilimitada. Más aún, con toda sencillez hablaba con él de asuntos de conciencia incluso fuera de la confesión. Alguien le había aconsejado que cambiara alguna vez de confesor, pero nunca quiso hacerlo. «El confesor —solía decir— es el médico del alma, y ordinariamente no se cambia de médico a no ser que se haya perdido la confianza en él o la enfermedad esté casi desesperada. Yo no me encuentro en ninguno de estos casos. Tengo plena confianza en mi confesor, que con bondad y solicitud paternas trabaja por el bien de mi alma; y tampoco veo en mí enfermedad alguna que él no pueda curar». Sin embargo, su director ordinario le aconsejaba a veces cambiar de confesor, especialmente con ocasión de los ejercicios espirituales, y Domingo obedecía prontamente sin poner dificultad alguna.

Savio estaba contento consigo mismo. «Si tengo alguna pena en el corazón —decía—, voy a mi confesor, que me aconseja según la voluntad de Dios, porque Jesucristo ha dicho que para nosotros la voz del confesor es como la voz de Dios. Si después quiero algo grande, voy a recibir la sagrada Hostia, en la que se encuentra corpus quod pro nobis traditum est, es decir, el mismo cuerpo, sangre, alma y divinidad que Jesucristo ofreció por nosotros a su Eterno Padre en la cruz. ¿Qué me falta para ser feliz? Nada en este mundo. Solo me falta la alegría de contemplar sin velo en el cielo a Aquel que ahora, con los ojos de la fe, contemplo y adoro sobre el altar».

Con estos pensamientos Domingo pasaba días verdaderamente felices. De ellos nacía aquella alegría y gozo celestial que resplandecían en todas sus acciones. Y no debemos imaginar que no comprendiera la importancia de cuanto hacía o que no llevara la vida cristiana propia de quien desea comulgar con frecuencia. Su conducta era irreprensible en todos los aspectos. Invité a sus compañeros a decirme si, durante los tres años que vivió entre nosotros, habían advertido en Savio alguna falta que corregir o alguna virtud que recomendarle; pero todos coincidieron en afirmar que nunca habían encontrado en él nada digno de corrección ni sabrían indicar virtud alguna que añadir a las que ya poseía.

Su preparación para recibir la sagrada Eucaristía era devota y edificante. La tarde anterior a la Comunión, antes de acostarse, ofrecía una oración con este fin y la terminaba siempre con estas palabras: «Sea alabado y dado gracias en todo momento al santísimo y divinísimo Sacramento». Por la mañana hacía con antelación una preparación suficiente, pero su acción de gracias no conocía límites. Por lo general, si no lo llamaban, olvidaba el desayuno, el recreo y a veces incluso la escuela, permaneciendo en oración, o mejor dicho, en contemplación de la bondad divina que de modo inefable comunica a los hombres los tesoros de su infinita misericordia.

Era para él una verdadera delicia pasar algún tiempo ante Jesús Sacramentado. Al menos una vez al día iba invariablemente a visitarlo, invitando a otros a ir con él. Su oración preferida era una pequeña coronilla[8] al Sagrado Corazón de Jesús, en reparación de las injurias que recibe de los herejes, de los infieles y de los malos cristianos.

Para que sus Comuniones fueran más fructuosas y, al mismo tiempo, cada día le ofreciera un nuevo estímulo para hacerlas con fervor, asignaba una intención particular a cada día.

Distribuía de este modo sus Comuniones a lo largo de la semana.

 

Domingo. En honor de la Santísima Trinidad.

Lunes. Por mis bienhechores espirituales y temporales.

Martes. En honor de santo Domingo y de mi ángel de la guarda.

Miércoles. A Nuestra Señora de los Dolores, por la conversión de los pecadores.

Jueves. Por el alivio de las almas del purgatorio.

Viernes. En honor de la Pasión de Jesucristo.

Sábado. En honor de la Santísima Virgen María, para obtener su protección en vida y en la muerte.

 

Participaba con transportes de alegría en toda práctica relacionada con el Santísimo Sacramento. Si le sucedía encontrar el Viático llevado a algún enfermo, se arrodillaba inmediatamente allí donde estaba y, si el tiempo se lo permitía, lo acompañaba hasta que terminaba la función.

Un día el Viático pasó cerca de él mientras llovía y las calles estaban llenas de barro. No teniendo un lugar mejor, se arrodilló en medio del fango. Un compañero se lo reprochó después, haciéndole observar que no era necesario ensuciarse de ese modo la ropa y que el Señor no mandaba tal cosa. Él respondió con sencillez: «Mis rodillas y mis pantalones pertenecen enteramente al Señor; por tanto, todo debe servir para rendirle honor y gloria. Cuando pasa cerca de mí, no solo me arrojaría al barro para honrarlo; me arrojaría también a un horno, porque de ese modo participaría en aquel fuego de infinita caridad que lo movió a instituir este gran Sacramento».

En una ocasión semejante vio una vez a un soldado que permanecía de pie precisamente cuando el Santísimo Sacramento pasaba muy cerca. No atreviéndose a invitarlo a arrodillarse, Domingo sacó del bolsillo su pequeño pañuelo, lo extendió sobre el suelo sucio e hizo después señas al soldado para que lo utilizara. El soldado al principio pareció confundido; luego apartó el pañuelo y se arrodilló en medio de la misma calle.

En la fiesta del Corpus Christi fue vestido de clérigo junto con varios compañeros y enviado a participar en la procesión parroquial. Fue con grandísimo gusto y consideró aquello un don precioso, superior a cualquier otro que hubiera podido recibir.

 

 

CAPÍTULO XV. Sus penitencias

 

Su edad, su delicada salud y su vida inocente lo habrían dispensado ciertamente de toda clase de penitencia; pero él sabía que un joven difícilmente puede conservar la inocencia sin penitencia, y este pensamiento hacía que una vida de sufrimiento le pareciera cubierta de rosas. Por penitencia no entiendo soportar con paciencia insultos y molestias, ni la continua mortificación y compostura de todos sus sentidos en la oración, en la escuela, durante el estudio y el recreo. Estas penitencias eran continuas en él.

Me refiero únicamente a las penitencias que afligían el cuerpo. En su fervor había resuelto ayunar todos los sábados a pan y agua en honor de la Santísima Virgen, pero su confesor se lo prohibió. Quería ayunar durante toda la Cuaresma, pero después de una semana llegó la noticia al Director de la casa y se le prohibió inmediatamente. Quiso al menos privarse del desayuno, y también esto le fue prohibido. La razón por la que no se le permitían estas penitencias era evitar que su salud, ya delicada, quedara completamente arruinada. ¿Qué hacer entonces? Impedido de practicar abstinencias en la comida, comenzó a afligir el cuerpo de otras maneras. Empezó a poner astillas de madera y trozos de ladrillo en la cama para hacer incómodo incluso el descanso; quiso usar una especie de cilicio; todas estas cosas le fueron igualmente prohibidas. Recurrió a un nuevo medio. Durante el otoño y el invierno dejó avanzar la estación sin añadir mantas a su cama, de modo que llegó enero y seguía cubierto como en verano. Una mañana, estando en cama por alguna indisposición, el Director fue a visitarlo. Al verlo completamente encogido, se acercó y descubrió que no tenía encima más que una ligera cubierta. «¿Por qué has hecho esto? —le preguntó—. ¿Quieres morir de frío?». «No —respondió—, no moriré de frío. Jesús en el establo de Belén y cuando estaba colgado en la cruz tenía menos abrigo que yo».

Entonces se le prohibió absolutamente emprender penitencia alguna de cualquier clase sin pedir antes permiso expreso; y a este mandato, aunque con dificultad, se sometió. Una vez lo encontré muy preocupado y exclamando: «¡Pobre de mí! Me encuentro verdaderamente en un apuro. El Salvador dice que, si no hago penitencia, no iré al cielo; y, sin embargo, me prohíben hacerla. ¿Qué será entonces de mi cielo?».

«La penitencia que el Señor quiere de ti —le dije— es la obediencia. Obedece y eso te basta».

«¿No podría permitirme alguna otra penitencia?».

«Sí. Puedes practicar la penitencia de soportar pacientemente los insultos cuando te los hagan; de aguantar con resignación el calor, el frío, el viento, la lluvia, el cansancio y cualquier malestar de salud que Dios quiera enviarte».

«Pero esas cosas hay que soportarlas por necesidad».

«Todo cuanto debas soportar por necesidad, ofrécelo a Dios, y se convertirá en virtud y mérito para tu alma».

Contento y resignado con este consejo, se marchó en paz.

 

 

CAPÍTULO XVI. Mortificación de todos los sentidos externos

 

Quien observaba la compostura exterior de Savio la encontraba tan natural que fácilmente habría podido pensar que el Señor lo había creado así. Pero quienes lo conocieron de cerca o tuvieron a su cargo su educación pueden afirmar que hubo en ello un gran esfuerzo humano, ayudado por la gracia de Dios.

Sus ojos eran muy vivos y tenía que hacerse no poca violencia para mantenerlos recogidos. «Al principio —repitió varias veces a un amigo—, cuando me impuse la regla de dominar absolutamente mis ojos, me costaba muchísimo y algunas veces sufría incluso fuertes dolores de cabeza». La reserva de su mirada era tal que, entre todos los que lo conocieron, nadie recuerda haberlo visto dirigir una sola mirada más allá de los límites de la más estricta modestia. «Los ojos —solía decir— son dos ventanas. Por las ventanas pasa aquello que dejamos pasar. Por estas ventanas podemos hacer entrar a un ángel o al demonio con sus cuernos y permitir que uno u otro se haga dueño de nuestro corazón».

Un día, un joven de fuera llevó imprudentemente consigo un periódico que contenía imágenes indecentes e irreligiosas. Una multitud de muchachos se reunió a su alrededor para contemplar las maravillas de aquellas imágenes, que habrían causado repugnancia incluso a turcos y paganos. Savio corrió también, pensando desde lejos que se mostraba alguna estampa devota.

Pero cuando se acercó mostró sorpresa; después, casi riendo, tomó el periódico y lo hizo pedazos.

Sus compañeros quedaron llenos de asombro, mirándose unos a otros sin hablar. Entonces dijo: «¡Pobres de nosotros! El Señor nos ha dado los ojos para contemplar la belleza de las cosas que creó, ¿y vosotros los utilizáis para mirar semejantes obscenidades inventadas por la malicia humana para dañar nuestras almas? ¿Habéis olvidado acaso lo que tantas veces se ha predicado? El Salvador nos dice que con una sola mirada mala manchamos nuestra alma con la culpa; ¿y vosotros saciáis los ojos con cosas de esta clase?».

«Nosotros —respondió uno— mirábamos aquellas imágenes para reírnos». «Sí, sí, para reír; y entretanto os preparáis para ir al infierno riendo… Pero ¿seguiréis riendo si tenéis la desgracia de caer en él?».

«Pero nosotros —respondió otro— no vemos tanto mal en esas imágenes».

«Peor todavía. No ver mucho mal en mirar semejantes obscenidades es señal de que vuestros ojos están ya acostumbrados a contemplarlas; y semejantes hábitos no excusan el mal, sino que os hacen más culpables».

«¡Oh Job, oh Job! Eras anciano, eras santo, estabas oprimido por una enfermedad que te tenía tendido sobre un estercolero; y, sin embargo, hiciste un pacto con tus ojos para no permitirles la menor libertad respecto de cosas inmodestas».

Ante estas palabras todos callaron y nadie se atrevió a reprocharle nada más ni a hacer otra observación.

A la modestia de los ojos unía una gran reserva al hablar.

Con razón o sin ella, siempre que hablaba otro guardaba silencio, y más de una vez interrumpió sus propias palabras para dar a otro ocasión de hablar. Sus maestros y demás superiores coinciden todos en afirmar que nunca tuvieron siquiera motivo para advertirle por haber pronunciado una sola palabra inconveniente durante el estudio, en la escuela, en la iglesia o mientras se cumplía cualquier deber de estudio o de piedad. Incluso en las mismas ocasiones en que recibía algún insulto, sabía dominar tanto la lengua como la ira.

Un día había advertido a un compañero sobre una mala costumbre. En vez de recibir la amonestación con gratitud, el muchacho se dejó arrastrar a un brutal exceso. Cubrió a Domingo de insultos y después lo golpeó con puñetazos y patadas. Savio habría podido hacer valer sus derechos por la fuerza, pues era mayor y más fuerte. En cambio, no tomó otra venganza que la de los cristianos. Su rostro se puso completamente rojo, pero, dominando el impulso de la ira, se limitó a estas palabras: «Te perdono. Has obrado mal; no trates a otros de esta manera».

¿Qué diremos, pues, de la mortificación de los demás sentidos del cuerpo? Me limitaré a mencionar solo algunos episodios.

Durante el invierno padecía sabañones en las manos. Por dolorosos que fueran, nunca se le oyó hablar de ellos ni dar señal alguna de queja. Más bien parecía casi satisfecho. «Cuanto mayores sean los sabañones —solía decir—, tanto mejores serán para la salud», entendiendo por salud la del alma. Muchos de sus compañeros afirman que, en el riguroso frío del invierno, acostumbraba a caminar despacio hacia la escuela, movido por el deseo de sufrir y hacer penitencia siempre que se presentaba la ocasión. «Más de una vez —atestigua uno de sus compañeros— lo vi, en el invierno más crudo, rascarse la piel e incluso la carne con agujas y plumillas, para que las heridas así producidas lo hicieran más semejante a su Divino Maestro».

En las comunidades de jóvenes se encuentran algunos que nunca están contentos con nada. Unas veces se quejan de las funciones religiosas, otras de la disciplina, otras del descanso o de las disposiciones de la mesa; en todo encuentran algo que criticar.

Estas personas son una verdadera cruz para los superiores, porque el descontento de uno se comunica a los demás, a veces con no poco perjuicio para la comunidad. La conducta de Savio era enteramente opuesta a la de ellos.

Nunca salió de sus labios una queja, ni por el calor del verano ni por el frío del invierno. Hiciera buen o mal tiempo, siempre se mostraba igualmente alegre. Cualquier cosa que se sirviera en la mesa, se mostraba enteramente satisfecho. Más aún, con admirable ingenio encontraba allí un medio de mortificarse. Cuando algo era censurado por los demás por estar demasiado cocido o demasiado crudo, poco o excesivamente salado, él, por el contrario, se mostraba contento, diciendo que estaba precisamente a su gusto.

Era práctica ordinaria suya quedarse en el refectorio después de sus compañeros, recogiendo las migas de pan que quedaban sobre la mesa o esparcidas por el suelo y comiéndolas como si fueran algo delicioso. A quienes manifestaban sorpresa ocultaba su espíritu de penitencia diciendo: «Los panes no se comen enteros, y si ya están reducidos a migas, es un trabajo que los dientes encuentran hecho».

Todo resto de sopa, de plato principal o de cualquier otro alimento era recogido y comido por él. Y no hacía esto por gula, pues muchas veces cedía su propia porción a otros compañeros.

Preguntado por qué se preocupaba tanto de recoger aquellos restos que habrían causado repugnancia a algunos, respondió:

«Todo lo que tenemos en el mundo es un precioso don que Dios nos hace; pero entre todos sus dones, después de su santa gracia, el mayor es el alimento con el que conserva nuestra vida. Por tanto, la parte más pequeña de este don merece nuestra gratitud y es verdaderamente digna de ser guardada con el cuidado más escrupuloso».

Limpiar zapatos, cepillar la ropa de sus compañeros, prestar los servicios más humildes a los enfermos, barrer y hacer cosas semejantes eran para él agradables recreos. «Que cada uno haga lo que pueda —solía decir—. Yo no soy capaz de hacer grandes cosas, pero lo que puedo hacer quiero hacerlo para mayor gloria de Dios; y espero que Dios, en su infinita bondad, se digne aceptar estas pobres ofrendas mías».

Comer cosas contrarias a su gusto, evitar aquellas que le habrían agradado, dominar los ojos incluso en asuntos indiferentes, permanecer donde advertía un olor desagradable, renunciar a su propia voluntad y soportar con perfecta resignación cualquier cosa que causara sufrimiento a su cuerpo o a su espíritu: estos eran actos de virtud que Domingo practicaba cada día, más aún, podemos decir que en todo momento de su vida.

Paso, pues, por alto muchísimos otros episodios de esta clase, todos los cuales sirven para mostrar cuán grande era en Domingo el espíritu de penitencia, de caridad y de mortificación de todos los sentidos, y al mismo tiempo cuán ingeniosa era su virtud para saber aprovechar las ocasiones grandes y pequeñas, e incluso las cosas indiferentes, con el fin de santificarse y aumentar sus méritos ante el Señor.

 

 

CAPÍTULO XVII. La Compañía de la Inmaculada Concepción

 

Toda la vida de Domingo puede decirse que fue un ejercicio de devoción a la Santísima Virgen María. Tampoco dejaba pasar ocasión alguna sin rendirle algún homenaje. En 1854 el Supremo Jefe de la Iglesia definió como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María. Savio deseaba ardientemente hacer vivo y duradero entre nosotros el pensamiento de este augusto título concedido por la Iglesia a la Reina del Cielo. «Quisiera —solía decir— hacer algo en honor de María, pero hacerlo pronto, porque temo no disponer de mucho tiempo».

Guiado, pues, por su acostumbrada e ingeniosa caridad, escogió a varios de sus compañeros de confianza y los invitó a unirse con él para formar una compañía llamada Compañía de la Inmaculada Concepción.

       Su finalidad era obtener la protección de la gran Madre de Dios durante la vida y especialmente en la hora de la muerte. Savio propuso para este fin dos medios: practicar y promover actos de piedad en honor de María Inmaculada y la Comunión frecuente. De acuerdo con sus amigos redactó un reglamento y, después de mucha preparación, el 8 de junio de 1856, nueve meses antes de su muerte, lo leyó con ellos ante el altar de la Santísima Virgen. Lo reproduzco gustosamente aquí, pensando que puede servir a otros de guía para hacer lo mismo. Dice así.

 

«Nosotros, Domingo Savio, etc. (siguen aquí los nombres de los demás compañeros), para asegurarnos en vida y en muerte el patrocinio de la Bienaventurada Virgen Inmaculada y consagrarnos enteramente a su santo servicio, el día ocho de junio, fortalecidos todos con los santos Sacramentos de la Confesión y de la Comunión, y resueltos a profesar hacia nuestra Madre una devoción filial y constante, declaramos ante su altar, y con el consentimiento de nuestro Director espiritual, que queremos imitar, en cuanto nuestras fuerzas lo permitan, a LUIS COMOLLO[9].

 

Por tanto, nos obligamos:

 

  1. A observar rigurosamente las reglas de la casa.
  2. A edificar a nuestros compañeros, amonestándolos caritativamente y animándolos a hacer el bien con nuestras palabras, pero mucho más con nuestro buen ejemplo.
  3. A emplear exactamente el tiempo. Para asegurarnos la perseverancia en el tenor de vida al que pretendemos obligarnos, sometemos el siguiente reglamento a nuestro Director.

N.º 1. Como regla principal adoptaremos una estricta obediencia a nuestros superiores, a quienes nos sometemos con confianza ilimitada.

N.º 2. El cumplimiento de nuestros propios deberes será nuestra primera y especial ocupación.

N.º 3. La caridad mutua unirá nuestros corazones y nos hará amar sin distinción a todos nuestros hermanos, a quienes amonestaremos con dulzura cuando la corrección parezca útil.

N.º 4. Se escogerá media hora cada semana para reunirnos; después de invocar al Espíritu Santo y hacer una breve lectura espiritual, trataremos de los progresos de la Compañía en la devoción y en la virtud.

N.º 5. En privado, sin embargo, nos advertiremos mutuamente de aquellas faltas de las que necesitemos corregirnos.

N.º 6. Procuraremos evitar causarnos unos a otros el menor disgusto, soportando con paciencia a los compañeros y a las demás personas molestas.

N.º 7. No se prescribe ninguna oración particular, pues el tiempo que quede después del cumplimiento de nuestro deber será empleado en aquello que parezca más útil para nuestras almas.

N.º 8. Adoptamos, sin embargo, estas pocas prácticas:

  • 1. Frecuente recepción de los santos Sacramentos, cuantas veces se nos permita.
  • 2. Nos acercaremos a la Mesa eucarística todos los domingos, en las fiestas de precepto, durante todas las novenas y en las solemnidades de la Santísima Virgen María y de los santos patronos del Oratorio.
  • 3. Durante la semana procuraremos acercarnos el jueves, a no ser que alguna ocupación grave lo impida.

N.º 9. Cada día, especialmente durante el rezo del Rosario, encomendaremos nuestra sociedad a María, pidiéndole que nos obtenga la gracia de la perseverancia.

N.º 10. Procuraremos consagrar cada sábado en honor de María alguna práctica especial o acto de piedad cristiana en honor de su Inmaculada Concepción.

N.º 11. Mantendremos, pues, una conducta especialmente edificante en la oración, en la lectura devota, durante los oficios divinos, en el estudio y en la escuela.

N.º 12. Guardaremos con el mayor cuidado la santa palabra de Dios y recordaremos las verdades que hayamos oído.

N.º 13. Evitaremos toda pérdida de tiempo para preservar nuestras almas de las tentaciones que suelen asaltarnos con fuerza en la ociosidad; por tanto:

N.º 14. Después de cumplir las obligaciones propias de cada uno, dedicaremos las horas libres restantes a ocupaciones útiles, como lecturas devotas e instructivas o la oración.

N.º 15. El recreo es deseado, o al menos permitido, después de las comidas, después de la escuela y después del estudio.

N.º 16. Procuraremos dar a conocer a nuestros superiores todo lo que pueda ser útil para nuestra conducta moral.

N.º 17. Procuraremos asimismo hacer uso moderado de los permisos que nos concede la bondad de nuestros superiores, pues uno de nuestros fines especiales es ciertamente la exacta observancia de las reglas de la casa, que con demasiada frecuencia se quebrantan abusando de tales permisos.

N.º 18. Aceptaremos de nuestros superiores cuanto se nos asigne para la comida, sin quejarnos jamás de las disposiciones de la mesa, y disuadiremos a los demás de hacerlo.

N.º 19. Quien quiera formar parte de esta sociedad deberá purificar primero su conciencia mediante el Sacramento de la Confesión y alimentarse en la Mesa eucarística; después deberá dar prueba de su conducta durante una semana de prueba, leer atentamente estas reglas y prometer a Dios y a María Santísima Inmaculada su exacta observancia.

N.º 20. El día de su admisión, los hermanos se acercarán a la santa Comunión, rogando a su Divina Majestad que conceda al nuevo compañero las virtudes de la perseverancia y de la obediencia y verdadero amor de Dios.

N.º 21. La sociedad se pone bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción, cuyo título llevaremos y cuya medalla devocional usaremos. Una confianza sincera, filial e ilimitada en María, una singular ternura hacia ella y una devoción constante nos harán superiores a todo obstáculo, firmes en nuestros propósitos, rigurosos con nosotros mismos, amorosos con el prójimo y exactos en todo.

Recomendamos además a los hermanos que escriban los santos nombres de Jesús y María primero en sus corazones y en sus mentes, y después en sus libros y en los objetos que puedan presentarse ante sus ojos.

Se ruega a nuestro Director que examine estas reglas y nos dé su juicio sobre ellas; le aseguramos que todos dependemos enteramente de su voluntad. Puede introducir en este reglamento los cambios que considere oportunos.

¿Y María? Que bendiga nuestros esfuerzos, pues de ella procedió enteramente la inspiración para dar vida a esta piadosa sociedad. Que sonría a nuestras esperanzas y escuche nuestras oraciones; y nosotros, cobijados bajo su manto y fortalecidos por su patrocinio, desafiaremos las tempestades de este mar traicionero y venceremos los asaltos del enemigo infernal. Así confortados por ella, esperamos ser edificación para nuestros compañeros, consuelo para nuestros superiores e hijos predilectos suyos; y si Dios nos concede gracia y vida para servirlo en el ministerio sacerdotal, procuraremos con todas nuestras fuerzas hacerlo con el mayor celo. Desconfiando de nuestras propias fuerzas, pero confiando sin límites en la ayuda divina, podemos esperar que, después de este valle de lágrimas, consolados por la presencia de María, llegaremos seguros en aquella última hora al premio eterno que Dios reserva a quienes lo sirven en espíritu y en verdad.

El Director del Oratorio leyó efectivamente el reglamento de vida expuesto arriba y, después de examinarlo atentamente, lo aprobó bajo las condiciones siguientes:

  1. Las promesas mencionadas arriba no tienen fuerza de votos.
  2. Tampoco obligan bajo pena de pecado alguno.
  3. En las reuniones se establecerá alguna obra exterior de caridad, como limpiar la iglesia, asistir o enseñar el catecismo a algún niño más ignorante.
  4. Se distribuirán los días de la semana de manera que cada día haya algunas Comuniones.
  5. No se añadirá ninguna práctica religiosa sin permiso especial de los superiores.
  6. El fin fundamental será promover la devoción a María Santísima Inmaculada y al Santísimo Sacramento.
  7. Antes de aceptar a alguien, se le hará leer la vida de Luis Comollo[10].

 

 

CAPÍTULO XVIII. Sus amistades particulares – Sus relaciones con el joven Camilo Gavio

 

Todos eran amigos de Domingo; quien no lo amaba, lo respetaba por sus virtudes. Sabía llevarse bien con todos. Estaba tan firmemente asentado en la virtud que se le aconsejó tratar con algunos muchachos algo díscolos para intentar ganarlos para el Señor. Se servía del recreo, de los juegos e incluso de conversaciones indiferentes para sacar de ellos provecho espiritual. Sin embargo, eran sus amigos particulares los inscritos en la Compañía de la Inmaculada Concepción. Con ellos, como se ha dicho, se reunía unas veces para conferencias espirituales y otras para realizar ejercicios de piedad cristiana. Estas reuniones se celebraban con permiso de los superiores, pero eran dirigidas y reguladas por los propios jóvenes. Trataban de cómo celebrar las novenas de las principales solemnidades, se distribuían entre ellos las Comuniones que cada uno procuraría hacer en los días señalados de la semana y se asignaban mutuamente aquellos jóvenes que necesitaban asistencia moral; cada uno tomaba a uno de ellos como cliente y protegido y empleaba todos los medios sugeridos por la caridad cristiana para encaminarlo hacia la virtud.

Savio estaba entre los más activos y puede decirse que en aquellas reuniones desempeñaba el papel de sabio consejero.

Podrían mencionarse varios compañeros de Savio que participaban en aquellas reuniones y tuvieron mucho trato con él; pero, como todavía viven, la prudencia aconseja no decir nada de ellos. Mencionaré solamente a dos que ya fueron llamados a la patria celestial: Camilo Gavio, de Tortona, y Juan Massaglia, de Marmorito.

Gavio vivió entre nosotros solamente dos meses, y ese tiempo bastó para que dejara entre sus compañeros un santo recuerdo de sí.

Su luminosa piedad y su gran talento para la pintura y la escultura habían movido al municipio de su ciudad a ayudarlo a venir a Turín para continuar sus estudios artísticos. Había sufrido en casa una grave enfermedad; y cuando llegó al Oratorio, ya fuera porque estaba convaleciente, porque se encontraba lejos de su casa y de sus parientes o porque se veía entre muchachos completamente desconocidos, permanecía mirando a los demás mientras jugaban, absorto en serios pensamientos. Savio lo vio y se acercó inmediatamente para consolarlo, manteniendo con él este diálogo textual.

Savio comenzó: «Bien, querido amigo, todavía no conoces a nadie, ¿verdad?».

Gavio. «Es verdad, pero me divierto mirando jugar a los demás».

«¿Cómo te llamas?».

«Camilo Gavio, de Tortona».

«¿Cuántos años tienes?».

«Quince».

«¿Qué causa esa tristeza que se ve en tu rostro? ¿Has estado quizá enfermo?».

«Sí, he estado realmente enfermo. Padecí una enfermedad de palpitaciones que me llevó al borde de la tumba y todavía no me he recuperado por completo».

«Quieres curarte, ¿verdad?».

«No especialmente. Quiero hacer la voluntad de Dios».

Estas últimas palabras mostraban que Gavio era un joven de piedad nada común y produjeron verdadero consuelo en el corazón de Savio, por lo que continuó con plena confianza: «Quien desea hacer la voluntad de Dios desea santificarse; ¿quieres, pues, hacerte santo?».

«Lo deseo muchísimo».

«Bien. Aumentaremos el número de nuestros amigos; tú serás uno de los que participan en lo que hacemos para hacernos santos».

«Lo que dices es hermoso, pero no sé qué debo hacer».

«Te lo diré en pocas palabras. Has de saber que aquí hacemos consistir la santidad en estar muy alegres. Procuraremos simplemente evitar el pecado como un gran enemigo que nos roba la gracia de Dios y la paz del corazón; procuraremos cumplir exactamente nuestros deberes y frecuentar las prácticas de piedad. Comienza hoy a escribir como recuerdo: Servite Domino in laetitia, es decir, servid al Señor con santa alegría».

Esta conversación fue como un bálsamo para las aflicciones de Gavio y le proporcionó verdadero consuelo. Desde aquel día se convirtió en fiel amigo de Savio y constante seguidor de sus virtudes. Pero la enfermedad que lo había llevado al borde de la tumba y no había sido extirpada reapareció después de dos meses; pese a todos los cuidados de médicos y amigos, no se encontró remedio alguno. Tras varios días de empeoramiento, y después de recibir con gran edificación los últimos Sacramentos, entregó su alma al Creador el 30 de diciembre de 1856[11].

Domingo fue varias veces a visitarlo durante su enfermedad y se ofreció a pasar las noches velando a su lado, aunque no le fue permitido. Cuando supo que Gavio había muerto, quiso verlo una última vez y, contemplándolo sin vida, dijo con profunda emoción:

«Adiós, Gavio. Estoy íntimamente convencido de que has volado al cielo; por tanto, prepárame un lugar. Yo seré siempre tu amigo, pero mientras el Señor me deje con vida rezaré por el descanso de tu alma».

Después fue con los demás compañeros a rezar el Oficio de difuntos en la habitación del fallecido; durante el día se ofrecieron otras oraciones. Invitó luego a algunos de los mejores condiscípulos a recibir la santa Comunión, y él mismo la recibió varias veces por el descanso de su amigo difunto.

Entre otras cosas dijo a sus amigos: «Queridos amigos, no olvidemos el alma de nuestro compañero. Espero que a estas alturas ya goce de la gloria del cielo; sin embargo, no dejemos de rezar por el descanso de su alma. Todo lo que ahora hagamos por él, Dios dispondrá que algún día otros lo hagan por nosotros».

 

 

CAPÍTULO XIX. Sus relaciones con el joven Juan Massaglia

 

Las relaciones de Savio con Massaglia, de Marmorito, pueblo no lejano de Mondonio, fueron más largas y más íntimas.

Ambos llegaron al mismo tiempo a la casa del Oratorio; procedían de lugares vecinos; los dos tenían el mismo deseo de abrazar el estado eclesiástico, con sincera voluntad de hacerse santos.

«No basta —dijo un día Domingo a su amigo—, no basta decir que queremos hacernos clérigos; es preciso trabajar para adquirir las virtudes necesarias para este estado».

«Es verdad —respondió su amigo—, pero si nosotros hacemos cuanto podemos por nuestra parte, Dios no dejará de darnos la gracia y la fuerza necesarias para merecer un favor tan grande como llegar a ser ministros de Jesucristo».

Llegado el tiempo de Pascua, hicieron los ejercicios espirituales con los demás jóvenes de manera ejemplarísima. Al final de los ejercicios Domingo dijo a su compañero: «Quiero que seamos verdaderos amigos, verdaderos amigos en las cosas del alma. Por eso deseo que desde ahora cada uno sea consejero del otro en todo lo que pueda contribuir a nuestro bien espiritual. Así que, si ves en mí alguna falta, dímelo enseguida para que pueda corregirla; o si ves alguna cosa buena que podría hacer, no dejes de sugerírmela».

«Lo haré gustosamente por ti, aunque tú no lo necesitas; pero tú debes hacerlo mucho más conmigo, porque, como sabes, por mi edad, mis estudios y mi clase estoy expuesto a mayores peligros».

«Dejemos a un lado los cumplidos y ayudémonos mutuamente a hacer el bien de nuestras almas».

Desde aquel momento Savio y Massaglia se convirtieron en verdaderos amigos, y su amistad perseveró porque estaba fundada en la virtud; más aún, rivalizaban entre sí, con el ejemplo y el consejo, para ayudarse mutuamente a evitar el mal y practicar el bien.

Al terminar el curso escolar, después de los exámenes, se daba a todos los jóvenes de la casa permiso para pasar las vacaciones con sus padres o con algún otro pariente.

Algunos, movidos por el deseo de progresar en el estudio y atender mejor a los ejercicios de piedad, preferían permanecer en el Oratorio; entre ellos estaban Savio y Massaglia. Sabiendo con cuánto deseo los esperaban sus familias y cuánto necesitaban ellos mismos recuperar fuerzas, dije a ambos: «¿Por qué no vais a pasar unos días de vacaciones?». En vez de responder, se pusieron a reír. «¿Qué significa esa risa?».

Domingo respondió: «Sabemos que nuestros familiares nos esperan con gusto; también nosotros los queremos y nos gustaría ir. Pero sabemos que un pájaro, mientras está en la jaula, no goza de libertad, es verdad; pero está seguro del halcón. En cambio, si está fuera de la jaula, vuela donde quiere, pero de un momento a otro puede caer entre las garras del halcón infernal».

Sin embargo, juzgué conveniente enviarlos a casa por algún tiempo para favorecer su salud. Cedieron a mi voluntad solo por obediencia y permanecieron allí únicamente el número de días que se les había ordenado estrictamente.

Si quisiera escribir los hermosos ejemplos de virtud dados por el joven Massaglia, tendría que repetir en gran parte las cosas dichas de Savio, de quien fue fiel imitador mientras vivió. Gozaba de buena salud y daba excelentes esperanzas en el curso de sus estudios. Terminada la retórica, superó con éxito el examen para recibir el hábito clerical. Pero aquel hábito, que tanto amaba y respetaba, solo pudo llevarlo durante pocos meses. Afectado por un enfriamiento que parecía no ser más que un resfriado común, ni siquiera quiso interrumpir sus estudios. Para que recibiera un tratamiento completo y alejarlo de la posibilidad de estudiar, sus padres lo llevaron a casa. Durante esta estancia escribió a su amigo una carta en los términos siguientes:

 

Querido amigo:

 

Pensaba que tendría que pasar solo unos días en casa y después volver al Oratorio, por eso dejé allí todas mis cosas de estudio. Ahora, sin embargo, veo que el asunto se alarga y el desenlace de mi enfermedad se hace cada vez más incierto. El médico me dice que mejoro. A mí me parece que empeoro. Veremos quién tiene razón. Querido Domingo, me aflige profundamente estar lejos de ti y del Oratorio, porque aquí no tengo la comodidad de atender a los ejercicios de devoción. Solo me consuelo recordando aquellos días que habíamos señalado para prepararnos y acercarnos juntos a la santa Comunión.

Espero, sin embargo, que, aunque separados en el cuerpo, no estaremos separados en el espíritu.

Entretanto te ruego que vayas a la sala de estudio y hagas una visita oficial a mi pupitre. Allí encontrarás algunos papeles manuscritos; junto a ellos está el Kempis, es decir, De imitatione Christi. Reúne todo en un paquete y envíamelo. Procura que el libro sea el latino; porque, aunque me gusta la traducción, sigue siendo una traducción, en la que no encuentro el gusto que experimento en el original latino. Me siento cansado de no hacer nada; sin embargo, el médico me prohíbe estudiar. Doy muchos paseos por mi habitación y a menudo voy diciendo: ¿Me curaré de esta enfermedad? ¿Volveré a ver a mis compañeros? ¿Será esta mi última enfermedad? Solo Dios sabe qué resultará de todo esto. Me parece que estoy dispuesto, en los tres casos, a cumplir la santa y amable voluntad de Dios.

Si tienes algún buen consejo, escríbemelo, por favor. Dime cómo está tu salud; acuérdate de mí en tus oraciones y especialmente cuando recibas la santa Comunión. Ánimo; ámame de todo corazón en el Señor. Si no podemos permanecer mucho tiempo juntos en esta vida presente, espero que algún día podremos vivir felices en dulce compañía en la bienaventurada eternidad.

Saluda a nuestros amigos, especialmente a los hermanos de la Compañía de la Inmaculada Concepción. Que el Señor esté contigo, y créeme siempre tu afectísimo

JUAN MASSAGLIA.

 

Domingo cumplió el encargo de su amigo y, al enviarle lo que le había pedido, incluyó la siguiente carta:

 

Querido Massaglia:

 

Tu carta me ha dado alegría, porque por ella he sabido que todavía estás vivo; pues desde tu partida no habíamos recibido más noticias tuyas y yo no sabía si debía rezar por ti el Gloria Patri o el De profundis. Recibirás las cosas que me has pedido. Solo debo advertirte que Kempis es un buen amigo, pero está muerto y nunca se mueve de su sitio. Por tanto, tienes que buscarlo tú, sacudirlo, leerlo y procurar poner en práctica lo que allí leas.

Añoras las facilidades que aquí tenemos para los ejercicios de piedad, y tienes razón. Cuando estoy en Mondonio encuentro la misma dificultad. Yo solía suplirla visitando cada día al Santísimo Sacramento y procurando llevar conmigo a cuantos compañeros podía. Además del Kempis leía El tesoro escondido en la santa Misa, del beato Leonardo. Si te parece bien, haz tú lo mismo. Me dices que no sabes si volverás al Oratorio para visitarnos; también mi pobre cuerpo parece muy gastado y todo me hace prever que me acerco rápidamente al final de mis estudios y de mi vida. En cualquier caso hagamos esto: recemos el uno por el otro para que ambos tengamos una buena muerte. Quien de los dos sea el primero en ir al Paraíso prepare un lugar para su amigo y, cuando este vaya a reunirse con él, le tienda la mano para introducirlo en la morada del cielo.

Que Dios nos conserve siempre en su gracia y nos ayude a hacernos santos, pero santos pronto, porque temo que nos falte tiempo. Todos nuestros amigos desean que vuelvas al Oratorio y te envían afectuosos saludos en el Señor.

Con amor y afecto fraterno quedo siempre

Tu afectísimo amigo,

      DOMINGO SAVIO.

 

 

Al principio la enfermedad del joven Massaglia pareció ligera; varias veces pareció completamente vencida, varias veces volvió, hasta que casi inesperadamente llegó al término de su vida.

«Tuvo tiempo —escribió el teólogo Valfré, su director espiritual durante las vacaciones— de recibir con grandísima edificación todos los consuelos de nuestra santa religión católica; murió la muerte del justo que deja el mundo para volar al cielo».[12]

Por la pérdida de aquel amigo Savio quedó profundamente afligido y, aunque resignado a la voluntad divina, lloró por él durante varios días. Fue la primera vez que vi aquel rostro angelical entristecido y llorando de dolor. Su único consuelo era rezar y hacer rezar por su amigo difunto. A veces se le oía exclamar: «Querido Massaglia, has muerto y espero que ya estés con Gavio en el Paraíso; ¿y cuándo iré yo a reunirme con vosotros en la inmensa felicidad del cielo?».

Durante todo el tiempo que Domingo sobrevivió a su amigo lo tuvo siempre presente en sus prácticas de piedad y solía decir que no podía ir a oír la santa Misa ni asistir a ejercicio alguno de devoción sin encomendar a Dios el alma de quien en vida había trabajado tanto por su bien. Esta pérdida fue muy dolorosa para el tierno corazón de Domingo y su propia salud quedó sensiblemente afectada por ella.

 

 

CAPÍTULO XX. Gracias especiales y acontecimientos particulares

 

Hasta este punto he relatado cosas que no contienen nada extraordinario, a no ser que queramos llamar extraordinaria una conducta constantemente buena que se iba haciendo siempre más perfecta por la inocencia de vida, las obras de penitencia y el ejercicio de la piedad. También podrían llamarse extraordinarias la viveza de su fe, la firmeza de su esperanza, su ardiente caridad y su perseverancia en el bien hasta el último suspiro. Aquí, sin embargo, quiero exponer gracias especiales y ciertos hechos poco comunes que quizá puedan ser objeto de crítica. Por eso creo conveniente advertir al lector que cuanto aquí relato se parece mucho a hechos consignados en la Biblia y en las vidas de los santos; refiero cosas que vi con mis propios ojos y aseguro al lector que escribo escrupulosamente la verdad, dejando todo lo demás enteramente al juicio del lector prudente. He aquí el relato.

Varias veces, cuando iba a la iglesia, especialmente los días en que Domingo recibía la santa Comunión o estaba expuesto el Santísimo Sacramento, permanecía como fuera de sí, hasta el punto de dejar pasar incluso muchísimo tiempo si no era llamado para cumplir sus deberes ordinarios.

Un día faltó al desayuno, a la escuela e incluso a la comida, y nadie sabía dónde estaba; no se encontraba en la sala de estudio ni en la cama. Cuando esto fue referido al Director, sospechó lo que realmente sucedía: que Domingo estaba en la iglesia, como había ocurrido otras veces. Entró en la iglesia, fue al coro y lo vio allí de pie, inmóvil como una piedra. Tenía un pie cruzado sobre el otro, una mano apoyada en el atril del antifonario y la otra sobre el pecho, con el rostro fijo y vuelto hacia el sagrario. No movía ni un párpado. El Director lo llamó, pero no respondió. Lo sacudió y entonces Domingo volvió los ojos hacia él y dijo: «¡Oh! ¿Ya ha terminado la Misa?». «Mira —añadió el Director, mostrándole el reloj—, son las dos». Domingo pidió humildemente perdón por haber quebrantado las reglas de la casa, y el Director lo mandó a comer diciendo: «Si alguno te pregunta: “¿De dónde vienes?”, responde que estabas cumpliendo una orden mía». Esto se dijo para evitar preguntas incómodas que quizá sus compañeros le habrían hecho.

Otro día, después de la acostumbrada acción de gracias tras la Misa, estaba yo a punto de salir de la sacristía cuando oí en el coro una voz como de quien mantiene una conversación. Fui a ver y encontré a Savio hablando y después haciendo una pausa, como si dejara tiempo para una respuesta. Entre otras cosas oí claramente estas palabras: «Sí, Dios mío, ya te lo he dicho y te lo repito: te amo y quiero amarte hasta la muerte. Si ves que voy a ofenderte, mándame la muerte: sí, la muerte antes que el pecado».

A veces le preguntaba qué hacía durante aquellas demoras y, con toda sencillez, respondía: «¡Pobre de mí! Me viene una distracción y en ese momento pierdo el hilo de mis oraciones; me parece ver cosas tan hermosas que las horas pasan como un instante».

Un día entró en mi habitación diciendo: «Rápido, venga conmigo; hay una buena obra que hacer». «¿Dónde quieres llevarme?», pregunté. «Deprisa —añadió—, deprisa». Yo seguía dudando, pero como insistía y en otras ocasiones ya había experimentado la importancia de semejantes invitaciones, consentí. Lo seguí. Salió de casa, recorrió una calle, después otra y otra más, pero no se detenía ni hablaba; finalmente entró en otra calle. Lo seguí de puerta en puerta hasta que se detuvo. Subió una escalera, llegó al tercer piso y tocó con fuerza el timbre. «Aquí es donde debe entrar», dijo, y se marchó inmediatamente.

Me abrieron la puerta. «¡Oh, rápido! —me dijeron—. ¡Deprisa, de lo contrario será demasiado tarde! Mi marido tuvo la desgracia de hacerse protestante; ahora está a punto de morir y pide poder morir como buen católico».

Fui inmediatamente al lecho del enfermo, que mostraba gran ansiedad por poner en orden los asuntos de su conciencia. Arregladas con la mayor rapidez las cosas de aquella alma, llegó el párroco de San Agustín, a quien también habían mandado llamar. Apenas pudo administrarle el sacramento de la Santa Unción con una sola unción, pues el enfermo murió enseguida.

Un día quise preguntar a Savio cómo había podido saber que allí había un enfermo. Me miró con expresión de dolor y luego se puso a llorar. No le hice más preguntas.

La inocencia de su vida, su amor a Dios y su deseo de las cosas celestiales habían llevado la mente de Domingo a tal estado que podía decirse habitualmente absorto en Dios.

A veces abandonaba el recreo, volvía la mirada hacia otro lugar y comenzaba a caminar solo. Preguntado por qué dejaba así a sus compañeros, respondía: «Me vienen las distracciones acostumbradas y me parece que el Paraíso se abre sobre mi cabeza; tengo que apartarme de mis compañeros para no decirles cosas de las que quizá se reirían». Un día, durante el recreo, se hablaba del gran premio que Dios tiene preparado en el cielo para quienes conservan la vestidura de la inocencia. Entre otras cosas se dijo: «Los inocentes son en el cielo los más cercanos a la persona de nuestro Divino Salvador y le cantarán por siempre himnos especiales de gloria».

Esto bastó para elevar su espíritu al Señor y, quedando inmóvil, cayó como muerto en los brazos de uno de los presentes.

Estos transportes de espíritu le sucedían durante el estudio, al ir y volver de la escuela e incluso en la propia escuela.

Le agradaba mucho hablar del Romano Pontífice y expresaba su ardiente deseo de poder verlo antes de morir, afirmando repetidamente que tenía algo de gran importancia que decirle.

Como repetía a menudo la misma cosa, quise preguntarle cuál era aquel asunto importante que quería comunicar al Papa.

«Si pudiera hablar con el Papa, quisiera decirle que, en medio de las tribulaciones que le esperan, no deje de ocuparse con particular solicitud de Inglaterra; Dios prepara un gran triunfo para el catolicismo en aquel reino».

«¿En qué fundas estas palabras?».

«Se lo diré, pero no quisiera que hablara de ello con otros, para no quedar quizá expuesto al ridículo. Sin embargo, si va a Roma, dígaselo a Pío IX. He aquí. Una hermosa mañana, mientras hacía la acción de gracias después de la Comunión, fui sorprendido por una fuerte distracción y me pareció ver una vasta llanura llena de gente envuelta en una espesa niebla. Caminaban, pero como hombres que, habiendo perdido el camino, ya no ven dónde ponen los pies. “Este país —me dijo alguien que estaba cerca de mí— es Inglaterra”. Mientras iba a hacer otras preguntas, vi al sumo pontífice Pío IX tal como lo había visto pintado en algunas estampas. Vestido majestuosamente y llevando en sus manos una antorcha resplandeciente, avanzaba hacia aquella inmensa multitud. A medida que se acercaba, la niebla desaparecía a la luz de aquella antorcha y la gente quedaba iluminada como a mediodía. “Esta antorcha —me dijo mi compañero— es la religión católica que ha de iluminar a los ingleses”».

      Cuando fui a Roma en 1858 quise contar este hecho al Sumo Pontífice, que lo escuchó con bondad y agrado. «Esto —dijo el Papa— me confirma en mi propósito de trabajar enérgicamente por Inglaterra, hacia la cual he dirigido ya mi más viva solicitud. Por lo menos, este relato es para mí como el consejo de un alma buena».

Omito muchos otros episodios semejantes, contentándome con dejarlos anotados y permitiendo que otros los publiquen cuando se juzgue que pueden contribuir a la mayor gloria de Dios.

 

 

CAPÍTULO XXI. Sus pensamientos sobre la muerte y su preparación para una muerte santa

 

Quien haya leído cuanto hasta ahora hemos escrito sobre el joven Domingo Savio comprenderá fácilmente que toda su vida fue una continua preparación para la muerte. Pero él consideraba la Compañía de la Inmaculada Concepción como un medio eficaz para asegurarse la protección de la Santísima Virgen en la hora de la muerte, que todos preveían no muy lejana para él. No sé si Dios le había revelado el día y las circunstancias de su muerte o si solo tenía un piadoso presentimiento de ella. Pero es cierto que habló de ella mucho tiempo antes de que sucediera y lo hizo con tal claridad que quien hubiera hablado después de su muerte difícilmente habría podido describirla mejor.

En vista del estado de su salud, se tenía todo cuidado para moderarlo en lo relativo al estudio y a la piedad; sin embargo, en parte por su fragilidad natural, en parte por ciertas molestias corporales y también por su continuo esfuerzo mental, sus fuerzas disminuían día tras día. Él mismo lo comprendía y a veces iba diciendo: «Tengo que correr, de lo contrario la noche me sorprenderá en el camino». Con esto quería decir que le quedaba poco tiempo de vida y debía ser diligente en hacer buenas obras antes de que llegara la muerte.

Es costumbre en esta casa que nuestros jóvenes hagan una vez al mes el Ejercicio de la Buena Muerte. Este ejercicio consiste en prepararnos para hacer una confesión y una Comunión como si fueran las últimas de nuestra vida. El reinante Pío IX, en su gran bondad, enriqueció este ejercicio con varias indulgencias. Domingo lo hacía con un recogimiento mayor del cual nada podría imaginarse. Al final de la sagrada función se acostumbra a rezar un padrenuestro y un avemaría por aquel de los presentes que será el primero en morir. Un día dijo en tono de broma: «En vez de decir: “por el que será el primero en morir”, decid así: un padrenuestro y un avemaría por Domingo Savio, que será el primero de nosotros en morir». Lo dijo varias veces.

Hacia finales de abril de 1856 se presentó al Director y le preguntó cómo debía celebrar santamente el mes de María.

«Lo celebrarás —le respondió— con el exacto cumplimiento de tus deberes, contando cada día un ejemplo edificante en honor de María y procurando comportarte de modo que puedas recibir la santa Comunión todos los días».

«Procuraré hacerlo puntualmente; pero ¿qué gracia debo pedir?».

«Pide a la Santísima Virgen que te obtenga de Dios salud y gracia para hacerte santo».

«Que me ayude a hacerme santo, me ayude a tener una muerte santa y, en los últimos momentos de mi vida, me asista y me lleve al cielo».

En efecto, durante aquel mes mostró tal fervor que parecía un ángel revestido de forma humana. Si escribía, hablaba de María; si estudiaba, cantaba o iba a la escuela, todo era en su honor. Durante el recreo procuraba tener cada día preparado algún ejemplo para contar unas veces a este grupo y otras a otro grupo de compañeros reunidos a su alrededor.

Un día un compañero le dijo: «Si lo haces todo este año, ¿qué querrás hacer el año próximo?».

«Déjame a mí —respondió—. Este año quiero hacer cuanto pueda; el año próximo, si todavía estoy aquí, te diré lo que pienso hacer».

Para emplear todos los medios que pudieran servir para restablecer su salud, hice una consulta de médicos. Todos admiraron la alegría de Domingo, la viveza de su ingenio y el buen juicio de sus respuestas. El doctor Francisco Vallauri, de feliz memoria, que era uno de los distinguidos consultores, lleno de admiración dijo: «¡Qué perla tan preciosa es este muchacho!».

«¿Cuál es el origen de la enfermedad que hace decaer cada día más su salud?», le pregunté.

«Su constitución delicada, su inteligencia precoz y su continuo esfuerzo mental son como limas que desgastan imperceptiblemente sus fuerzas vitales».

«¿Qué remedio podría serle de mayor utilidad?».

«El remedio más útil sería dejarlo ir al Paraíso, para el cual me parece muy bien preparado. Lo único que podría prolongarle la vida sería apartarlo completamente del estudio durante algún tiempo y mantenerlo ocupado en trabajos manuales proporcionados a sus fuerzas».

 

 

CAPÍTULO XXII. Sus cuidados a los enfermos – Deja el Oratorio – Sus palabras en aquella ocasión

 

El agotamiento de fuerzas que padecía no era tal que lo mantuviera continuamente en cama; por eso a veces iba a la escuela o al estudio, o se ocupaba en trabajos de la casa. Entre las cosas que hacía con gran gusto estaba servir a los compañeros enfermos siempre que había alguno en la casa.

«No tengo mérito ante Dios —solía decir— por asistir o visitar a los enfermos, porque lo hago con demasiado gusto; es más, para mí es una querida recreación».

Mientras les prestaba servicios temporales, era muy hábil para sugerir siempre alguna cosa espiritual. «Este pobre cuerpo —dijo a un compañero indispuesto— no quiere durar eternamente, ¿verdad? Hay que dejar que se desgaste poco a poco hasta que vaya a la tumba; pero entonces, querido amigo, nuestra alma, libre de los impedimentos del cuerpo, volará gloriosamente al cielo y gozará de salud y felicidad sin fin».

Sucedió que un compañero se negaba a beber una medicina porque era amarga. «Querido amigo —le dijo Domingo—, debemos tomar cualquier remedio que se nos prescriba, porque al hacerlo obedecemos a Dios, que ha establecido a los médicos y los medicamentos porque son necesarios para recuperar la salud perdida; y si sentimos alguna repugnancia por el sabor, tendremos mayor mérito para nuestra alma. Además, ¿crees que esta medicina tuya es tan amarga y áspera como la hiel mezclada con vinagre que dieron a beber a Jesús en la cruz?». Estas palabras, dichas con su maravillosa sencillez, hacían imposible que nadie siguiera poniendo objeciones.

Aunque la salud de Savio se había vuelto muy delicada, ir a casa era para él lo más desagradable, porque le pesaba interrumpir sus estudios y sus acostumbradas prácticas de piedad. Algunos meses antes ya lo había enviado a casa; permaneció allí solo unos días y luego lo vi reaparecer en el Oratorio. Debo decir que el pesar era mutuo; yo lo habría retenido en esta casa a cualquier precio, pues mi afecto por él era el de un padre hacia un hijo dignísimo de amor. Sin embargo, el consejo de los médicos era claro y quise seguirlo, tanto más cuanto que desde hacía varios días había aparecido una tos persistente.

Se avisó, pues, a su padre y se fijó su partida para el 1 de marzo de 1857.

Domingo aceptó esta decisión, pero solo para hacer de ella un sacrificio a Dios. «¿Por qué —le preguntaron— vas a casa de tan mala gana, cuando deberías ir contento a disfrutar de la compañía de tus queridos padres?». «Porque —respondió— quisiera terminar mis días en el Oratorio».

«Irás a casa y, cuando tu salud haya mejorado un poco, volverás».

«¡Oh, no, no! Me voy y no volveré nunca más».

La tarde anterior a su partida no quiso separarse de mi lado; siempre tenía cosas que preguntar. Entre otras dijo: «¿Qué es lo mejor que puede hacer un enfermo para ganar méritos ante Dios?».

«Ofrecer con frecuencia a Dios cuanto sufre».

«¿Qué más podría hacer?».

«Ofrecer su vida al Señor».

«¿Puedo estar seguro de que mis pecados han sido perdonados?».

«Te aseguro en nombre de Dios que tus pecados han sido perdonados».

«¿Puedo estar seguro de que me salvaré?».

«Sí; por la misericordia divina, que no te faltará, puedes estar seguro de tu salvación».

«Si el demonio viniera a tentarme, ¿qué debería responderle?».

«Responderás que has vendido tu alma a Jesucristo y que Él la compró al precio de su sangre. Si el demonio pone otra objeción, pregúntale qué ha hecho él por tu alma. Jesucristo, por el contrario, derramó toda su sangre para librarla del infierno y llevarla consigo al Paraíso».

«Desde el Paraíso, ¿podré ver a mis compañeros del Oratorio y a mis padres?».

«Sí. Desde el Paraíso verás todo lo que sucede en el Oratorio; verás a tus padres y las cosas que les conciernen, y otras mil cosas todavía más hermosas».

«¿Podré venir a visitarlos?».

«Podrás venir, con tal de que sirva para mayor gloria de Dios».

Siguió haciendo estas y muchísimas otras preguntas, y parecía una persona que ya tenía un pie a las puertas del Paraíso y, antes de entrar, quería estar bien informada de las cosas de dentro.

 

 

CAPÍTULO XXIII. Se despide de sus compañeros

 

La mañana de su partida hizo con sus compañeros el Ejercicio de la Buena Muerte, con tal fervor de devoción en la confesión y en la Comunión que yo, que fui testigo, no sé cómo expresarlo. «Debo hacer bien este ejercicio —dijo—, porque espero que sea verdaderamente para mí el ejercicio de mi buena muerte. Si me sucediera morir por el camino, ya habré recibido la Comunión». Pasó el resto de la mañana enteramente ocupado en poner sus cosas en orden. Arregló su baúl, colocando cada objeto como si nunca más hubiera de tocarlo. Después fue visitando uno por uno a sus compañeros: a uno le dio un consejo, a otro le advirtió que corrigiera una falta, a otro lo animó a perseverar en el bien. Llamó a un joven a quien debía dos soldi y le dijo: «Ven aquí, arreglemos nuestras cuentas, porque de otro modo esto podría causarme dificultad cuando ajuste mis cuentas con el Señor». Habló a los miembros de la Compañía de la Inmaculada Concepción y, con palabras muy animadas, los exhortó a ser constantes en la observancia de las promesas hechas a la Santísima Virgen y a poner en ella la mayor confianza. En el momento de la partida me llamó y me dijo estas precisas palabras: «Así que no quiere ya este pobre cadáver mío, este esqueleto, y me veo obligado a llevarlo a Mondonio. La molestia sería solo por unos días… después todo habría terminado; sin embargo, hágase la voluntad de Dios. Si va a Roma, acuérdese del mensaje sobre Inglaterra para el Papa; rece para que tenga una buena muerte y nos veremos de nuevo en el Paraíso». Habíamos llegado a la puerta de salida del Oratorio y todavía me estrechaba fuertemente la mano cuando se volvió hacia los compañeros que lo rodeaban y dijo: «Adiós, queridos compañeros, adiós a todos; rezad por mí y nos volveremos a ver allí donde estaremos siempre con el Señor». Ya estaba en la puerta del patio cuando lo vi volver y decirme:

«Deme un regalo para guardarlo como recuerdo suyo».

«Dime qué regalo quieres y te lo daré enseguida. ¿Quieres un libro?».

«No; algo mejor».

«¿Quieres dinero para el viaje?».

«Sí, precisamente: dinero para el viaje a la eternidad. Usted dijo que obtuvo del Papa ciertas indulgencias plenarias para el momento de la muerte; inclúyame también a mí entre quienes pueden participar de ellas».

«Sí, hijo mío, tú también puedes ser incluido todavía en ese número, y voy ahora mismo a escribir tu nombre en aquel papel».

Después de esto dejó el Oratorio, donde había pasado unos tres años con tanta felicidad para sí y tanta edificación para sus compañeros e incluso para sus superiores; lo dejó para no volver jamás.

Todos quedamos sorprendidos por aquellas despedidas inusitadas. Sabíamos que padecía muchos problemas de salud, pero como casi siempre permanecía fuera de la cama no dábamos gran importancia a su enfermedad. Además, como llevaba constantemente un rostro alegre, nadie podía conocer por su semblante que sufriera en el cuerpo o en el espíritu. Aunque aquellas despedidas extraordinarias nos habían entristecido, todavía esperábamos verlo pronto de nuevo entre nosotros. Pero no fue así. Estaba maduro para el cielo; en el breve curso de su vida había merecido ya el premio de los justos como si hubiera vivido hasta una edad muy avanzada, y el Señor quiso llamarlo a sí en la flor de la juventud para librarlo de los peligros en los que tan a menudo naufragan incluso las mejores almas.

 

 

CAPÍTULO XXIV. Curso de su enfermedad – Su última confesión – Recibe el Viático – Episodios edificantes

 

Nuestro Domingo salió de Turín el 1 de marzo, a las dos de la tarde, acompañado de su padre, y el viaje transcurrió bien; más aún, parecía que el paseo en carruaje, la variedad de lugares y la compañía de sus familiares le habían sentado bien. Así, al llegar a casa, no guardó cama durante cuatro días. Pero cuando se vio que disminuían sus fuerzas y su apetito y que la tos empeoraba continuamente, se juzgó conveniente llamar al médico. Este encontró la enfermedad mucho más grave de lo que parecía. Ordenó que Domingo se recogiera en casa y se acostara inmediatamente y, juzgando que se trataba de una enfermedad inflamatoria, prescribió sangrías.

Es propio de la juventud sentir gran aprensión ante las sangrías. Por eso, cuando el cirujano estaba a punto de comenzar la operación, exhortó a Domingo a volver el rostro, tener paciencia y cobrar ánimo. Domingo se echó a reír y dijo: «¿Qué es un pequeño pinchazo en comparación con los clavos que atravesaron las manos y los pies de nuestro inocentísimo Salvador?». Después, con completa tranquilidad de ánimo, bromeando y sin mostrar la menor turbación, contempló correr la sangre de sus venas durante toda la operación. Después de varias sangrías la enfermedad pareció mejorar; así lo aseguró el médico y así lo creyeron sus familiares, pero Domingo pensaba de otro modo. Guiado por el pensamiento de que es mejor recibir los Sacramentos a tiempo que correr el riesgo de perder la ocasión de recibirlos, llamó a su padre. «Papá —le dijo—, sería bueno consultar al médico celestial. Quiero confesarme y recibir la santa Comunión».

Sus padres, que también juzgaban que la enfermedad mejoraba, oyeron con dolor esta propuesta, y solo para complacerlo mandaron llamar al párroco para que oyera su confesión. Llegó prontamente para la confesión y después, también para complacer a Domingo, le llevó el santo Viático. Cualquiera puede imaginar con qué devoción y recogimiento recibió la Comunión. Siempre que se acercaba a los santos Sacramentos parecía otro san Luis Gonzaga. Ahora que creía que esta era verdaderamente la última Comunión de su vida, ¿quién podría expresar el fervor y las efusiones de tierno afecto que de aquel corazón inocente se elevaban hacia su amado Jesús?

Recordó entonces las promesas hechas en su primera Comunión. Varias veces dijo: «Sí, sí, oh Jesús, oh María, vosotros seréis ahora y siempre los amigos de mi alma. Lo repito y lo digo mil veces: antes morir que pecar». Terminada la acción de gracias, dijo con toda calma: «Ahora estoy contento. Es verdad que debo hacer el largo viaje de la eternidad, pero teniendo a Jesús por compañero no tengo nada que temer. ¡Oh! Decidlo siempre, decidlo a todos: quien tiene a Jesús por amigo y compañero ya no teme mal alguno, ni siquiera la muerte».

Su paciencia fue ejemplar en todos los males que padeció durante su vida; pero en esta última enfermedad apareció como verdadero modelo de santidad.

No quería que nadie lo ayudara en las necesidades ordinarias. «Mientras pueda —decía— quiero disminuir las molestias de mis queridos padres. Ya han soportado tantas incomodidades y fatigas por mí; ¡si al menos pudiera compensarlos de algún modo!». Tomaba incluso las medicinas más desagradables sin quejarse y se sometió a diez sangrías sin mostrar el menor resentimiento.

Después de cuatro días de enfermedad, el médico felicitó al paciente y dijo a sus familiares: «Demos gracias a la Divina Providencia; estamos en buen camino, la enfermedad está vencida; ahora solo hace falta una convalecencia sensata». Los buenos padres se alegraron con estas palabras. Domingo, en cambio, comenzó a reír y añadió: «El mundo está vencido; ahora solo me falta hacer una buena aparición ante Dios». Cuando el médico se marchó, sin dejarse tranquilizar por lo que había dicho, pidió recibir el sacramento de la Extremaunción. También aquí sus padres accedieron para complacerlo, porque ni ellos ni el párroco veían peligro inmediato de muerte; es más, la serenidad de su rostro y la alegría de sus palabras hacían realmente pensar que mejoraba. Pero, ya fuera movido por sentimientos de devoción o inspirado por una voz divina que hablaba a su corazón, el hecho es que contaba los días y las horas de su vida como quien calcula con aritmética, y empleaba cada momento en prepararse para comparecer ante Dios. Antes de recibir la Extremaunción hizo esta oración: «Oh Señor, perdona mis pecados. Te amo y quiero amarte para siempre. Que este Sacramento, que en tu infinita misericordia me permites recibir, borre de mi alma todos los pecados cometidos por el oído, la vista, la palabra, las manos y los pies; que mi cuerpo y mi alma sean santificados por los méritos de tu Pasión. Amén».

Respondía en cada punto con tal claridad de voz y corrección de pensamiento que lo habríamos juzgado en perfecta salud.

Era el 9 de marzo, cuarto día de su enfermedad y último de su vida. Había sufrido ya diez sangrías junto con otros remedios, y sus fuerzas estaban completamente agotadas; por eso se le impartió la bendición papal. Él mismo recitó el Confiteor y respondió a lo que decía el sacerdote. Cuando oyó que mediante aquel acto religioso el Papa le concedía la Bendición Apostólica con indulgencia plenaria, experimentó grandísimo consuelo. «Deo gratias —repetía— et semper Deo gratias». Después se volvió hacia el Crucifijo y recitó estos versos que le habían sido muy familiares durante su vida:

 

Señor, toda mi libertad os entrego;

ved mis potencias y también mi cuerpo;

todo os lo doy, pues todo es vuestro, Dios mío,

y en vuestra voluntad por entero me abandono.

 

 

CAPÍTULO XXV. Sus últimos momentos y su preciosa muerte

 

Es verdad de fe que en la hora de la muerte el hombre recoge el fruto de sus obras: Quae seminaverit homo, haec et metet. Si durante la vida ha sembrado buenas obras, en aquellos últimos momentos recogerá frutos de consuelo; si ha sembrado obras malas, entonces recogerá desolación sobre desolación. Sin embargo, sucede a veces que almas buenas, después de una vida santa, experimentan terror y temor al acercarse la hora de la muerte. Esto acontece según los adorables decretos de Dios, que quiere purificar aquellas almas de las pequeñas manchas que quizá hayan contraído durante la vida y asegurarles y embellecerles así la corona de gloria en el cielo. No sucedió así con nuestro Savio. Creo que Dios quiso darle aquel ciento por uno que concede a las almas de los justos como anticipo de la gloria del Paraíso. En efecto, la inocencia conservada hasta el último momento de su vida, su fe viva, sus continuas oraciones, sus largas penitencias y una vida enteramente sembrada de tribulaciones merecían ciertamente para él aquel consuelo en la hora de la muerte.

Vio, pues, acercarse la muerte con la tranquilidad de un alma inocente; es más, parecía que ni siquiera su cuerpo experimentaba la angustia y opresión inseparables del esfuerzo que el alma debe hacer naturalmente al romper los vínculos del cuerpo. En suma, la muerte de Savio puede llamarse más descanso que muerte.

Era la tarde del 9 de marzo de 1857. Había recibido todos los consuelos de nuestra santa religión católica. Quien solo lo hubiera oído hablar y observado la serenidad de su rostro habría pensado que era alguien acostado para descansar. Su expresión alegre, sus ojos todavía vivos y su pleno conocimiento eran cosas que admiraban a todos; nadie, excepto él mismo, podía persuadirse de que se hallaba a punto de morir.

Una hora y media antes de exhalar el último suspiro, el párroco vino a visitarlo y, viendo su tranquilidad, escuchaba admirado cómo Domingo encomendaba su alma a Dios. Hacía frecuentes y prolongadas jaculatorias, todas expresando su ardiente deseo de ir pronto al cielo. «¿Qué se puede sugerir para encomendar el alma de un moribundo como este?», dijo el párroco. Después de rezar con él algunas oraciones, el sacerdote estaba a punto de marcharse cuando Savio lo llamó y le dijo: «Padre, antes de irse, déjeme algún pensamiento para recordar». «Por mi parte —respondió— no sabría qué pensamiento dejarte». «Algún pensamiento que me consuele». «No puedo decirte otra cosa que recordar la Pasión del Señor». «Deo gratias —respondió—. Que la Pasión de nuestro Señor Jesucristo esté siempre en mi mente, en mis labios y en mi corazón. Jesús, José y María, asistidme en esta última agonía; Jesús, José y María, que mi alma expire en paz con vosotros». Después de estas palabras se durmió y descansó durante media hora. Al despertar, volvió los ojos hacia sus familiares. «Papá —dijo—, aquí estamos».

«Aquí estoy, hijo mío. ¿Qué necesitas?».

«Querido papá, ha llegado la hora. Toma mi Giovane provveduto[13] y léeme las oraciones para la buena muerte».

Al oír estas palabras, su madre rompió a llorar y salió de la habitación del enfermo. El corazón del padre se desgarraba de dolor y las lágrimas le ahogaban la voz; sin embargo, cobró ánimo y comenzó a leer aquella oración. Domingo repetía atentamente y con claridad cada palabra; pero al final de cada parte quería decir por sí mismo: «Jesús misericordioso, ten piedad de mí». Cuando llegaron a las palabras: «Cuando finalmente mi alma comparezca ante Ti y contemple por primera vez el inmortal esplendor de tu majestad, no la arrojes de tu presencia, sino dígnate recibirme en el amoroso seno de tu misericordia, para que cante eternamente tus alabanzas», añadió: «Sí, esto es precisamente lo que deseo. ¡Oh, querido papá, cantar eternamente las alabanzas del Señor!». Después pareció volver a caer en un breve sueño, como quien reflexiona seriamente sobre algo de gran importancia. Poco después despertó y, con voz clara y sonriente, dijo: «Adiós, querido papá, adiós. El párroco quería decirme otra cosa y ya no consigo recordarla… ¡Oh! ¡Qué cosa tan hermosa veo…!». Dicho esto, y sonriendo con una expresión de Paraíso, exhaló el último suspiro con las manos juntas en forma de cruz sobre el pecho, sin hacer el menor movimiento.

Ve, pues, alma fiel, a tu Creador. El cielo está abierto para ti; los ángeles y los santos te han preparado una gran fiesta. Aquel Jesús a quien tanto amaste te invita y te llama diciendo: «Ven, siervo bueno y fiel; ven, has combatido, has alcanzado la victoria; ven ahora a poseer una alegría que nunca te faltará: Intra in gaudium Domini tui».

 

 

CAPÍTULO XXVI. Noticia de su muerte – Palabras del profesor don Picco a sus alumnos

 

Cuando el padre de Domingo lo vio pronunciar las palabras que hemos referido y luego inclinar la cabeza como para descansar, creyó realmente que se había dormido de nuevo. Lo dejó en aquella posición durante unos instantes, pero después quiso llamarlo y se dio cuenta de que ya había muerto. Dejo a cada uno imaginar la desolación de los padres por la pérdida de un hijo que unía la inocencia y la piedad con las maneras más amables y agradables.

También nosotros, aquí en la casa del Oratorio, esperábamos con ansiedad noticias de este venerado amigo y compañero cuando recibí una carta de su padre que comenzaba: «Con lágrimas en los ojos le comunico la tristísima noticia: mi querido hijo Domingo, alumno suyo, como lirio inmaculado, como un Luis Gonzaga, entregó su alma al Señor ayer por la tarde, día nueve de este mes de marzo, después de recibir de la manera más consoladora los santos Sacramentos y la bendición papal».

Esta noticia sumió a sus compañeros en la consternación. Unos lloraban en él la pérdida de un amigo y fiel consejero; otros lamentaban haber perdido un modelo de verdadera piedad. Algunos se reunieron para rezar por el descanso de su alma. Pero la mayoría iba diciendo:

«Era un santo; ahora ya está en el Paraíso». Otros comenzaron a encomendarse a él como a un protector ante Dios. Todos rivalizaban después por conseguir algún objeto que le hubiera pertenecido.

Cuando la noticia llegó al profesor don Picco, quedó profundamente afligido. Reunidos sus alumnos, les comunicó con gran emoción el triste anuncio con estas palabras: «No hace mucho, queridos jóvenes, cuando por casualidad os hablaba de la fragilidad de la vida humana, os hacía notar que la muerte a veces no perdona ni siquiera vuestra floreciente edad. Como ejemplo os contaba cómo, dos años atrás precisamente por estas fechas, un joven lleno de vida y vigor frecuentaba esta misma escuela y estaba aquí delante de mí escuchando; después de una ausencia de pocos días pasó de esta vida, llorado por parientes y amigos.[14] Cuando os recordaba aquel doloroso caso, estaba muy lejos de pensar que el año presente habría de entristecerse con un dolor semejante y que el ejemplo se renovaría tan pronto en uno de aquellos mismos jóvenes que me escuchaban. Sí, queridos jóvenes, debo afligiros con una noticia dolorosa. La guadaña de la muerte segó anteayer la vida de uno de vuestros compañeros más virtuosos, el buen joven Domingo Savio. Recordaréis cómo, durante los últimos días en que frecuentó la escuela, aparecía aquejado por una fuerte tos; ninguno de nosotros se sorprendió, por tanto, cuando supimos que a causa de ella se había visto obligado a faltar a la escuela. Para tratar mejor su enfermedad y, previendo ya, como había dicho repetidamente a algunos, su próximo fin, siguió el consejo de los médicos y de sus superiores y volvió a su familia. Allí la violencia de la enfermedad se desarrolló en gran medida y, después de solo cuatro días de enfermedad, devolvió al Creador su espíritu inocente.

«Ayer leí la carta en la que su afligido padre comunicaba la dolorosa noticia y que, en su sencillez, trazaba tal cuadro de la santa muerte de aquel ángel que me conmovió hasta las lágrimas. No encuentra palabras más adecuadas para alabar a su querido hijo que llamarlo otro san Luis Gonzaga, tanto por la santidad de su vida como por su dichosa resignación en la muerte. Os aseguro que lamento profundamente que haya frecuentado mi escuela durante tan poco tiempo y que, en este breve período, su mala salud no me permitiera conocerlo y tratarlo más de lo que es posible en una escuela bastante numerosa. Dejo, pues, a sus superiores que os digan cuál era la santidad de sus sentimientos y cuánto fervor mostraba en la piedad; dejo a sus compañeros y amigos, que estaban diariamente con él y vivían familiarmente a su lado, que os hablen de la modestia de su conducta y de todo su comportamiento, y de la seriedad de su conversación; dejo a sus familiares que os hablen de su obediencia, respeto y docilidad. ¿Y qué podría recordaros yo que no sea ya conocido por todos vosotros? Diré solamente que fue siempre digno de alabanza por su comportamiento y su serenidad en la escuela, por su diligencia y exactitud en el cumplimiento de todos sus deberes y por su continua atención a mis enseñanzas; y me consideraría dichoso si cada uno de vosotros resolviera seguir su santo ejemplo.

«Incluso antes de que su edad y sus estudios le permitieran frecuentar nuestra escuela, puesto que desde hacía tres años se contaba entre quienes recibían alojamiento e instrucción en el Oratorio de San Francisco de Sales, había oído varias veces al Director de aquel Oratorio hablar de él y alabarlo como uno de los jóvenes más estudiosos y virtuosos de aquella casa. Tal era su ardor por el estudio y tan rápido el progreso que había hecho en las primeras clases de latín, que deseaba vivamente contarlo entre mis alumnos y alimentaba grandes esperanzas por las promesas de su inteligencia. Incluso antes de tenerlo en clase, ya lo había mencionado a algunos de mis alumnos como rival con quien sería hermoso competir tanto en el estudio como en la virtud. Durante mis frecuentes visitas al Oratorio, cuando veía en él aquel dulce semblante que sabéis que tenía y contemplaba su mirada inocente, nunca lo miraba sin sentirme atraído a amarlo y admirarlo. Ciertamente no defraudó las hermosas esperanzas que había concebido cuando, en el presente curso escolar, comenzó a asistir a mis clases. Apelo a vosotros, queridos jóvenes, que fuisteis testigos de su recogimiento y aplicación no solo durante el tiempo en que el deber lo llamaba a escucharme, sino también durante aquellos intervalos que muchos jóvenes, aunque no carezcan de docilidad y diligencia, suelen desperdiciar sin escrúpulo. Os pregunto a vosotros, que fuisteis sus compañeros no solo en la escuela sino también en la vida ordinaria de la casa, si alguna vez lo visteis hacer algo que demostrara que olvidaba alguno de sus deberes.

«Me parece verlo todavía cuando, con aquella modestia que le era enteramente propia, entraba en el aula, ocupaba su sitio y, durante todo el tiempo anterior al comienzo de las lecciones, lejos de las conversaciones ociosas habituales entre los jóvenes de su edad, repetía la lección, escribía apuntes o se ocupaba en alguna lectura útil. Y cuando comenzaba la lección, ¡con qué atención veía aquel rostro angelical pendiente de mis palabras! No es, pues, de extrañar que, pese a su tierna edad y su mala salud, fuera muy grande el provecho que sacaba de los estudios gracias a su inteligencia. Prueba de ello es que, en un número considerable de jóvenes, la mayoría de ellos de capacidad superior a la ordinaria, aunque la enfermedad que finalmente lo llevó a la tumba crecía ya en él y por eso lo obligaba a frecuentes ausencias, ocupaba sin embargo casi siempre uno de los primeros puestos de su clase. Pero una cosa atraía mi atención de manera enteramente especial y despertaba mi admiración: ver cómo aquella mente juvenil se mostraba unida a Dios, afectuosa y fervorosa en la oración. Es frecuente incluso entre los jóvenes menos distraídos que, arrastrados por la vivacidad natural y por las distracciones a las que está sujeta vuestra ardiente edad, reflexionen muy poco sobre el sentido de las oraciones que se les invita a recitar y las acompañen con apenas algún afecto del corazón. De ahí sucede que en muchos de ellos no hay más que labios y voz. Ahora bien, si la distracción es tan habitual entre los jóvenes incluso en las oraciones que dirigen al Señor en el silencio y tranquilidad de las iglesias o en la soledad de sus habitaciones, durante las oraciones diarias, vosotros mismos, jóvenes, sabéis cuánto más fácilmente sucede esto en aquellas brevísimas oraciones que suelen decirse antes y después de las lecciones escolares. Sin embargo, precisamente en estas pude admirar el fervor de nuestro Domingo en la piedad y la unión de su alma con Dios. ¡Cuántas veces lo observé, con la mirada vuelta hacia el cielo —aquel cielo que tan pronto habría de ser su morada—, recoger todos sus sentimientos y con aquel acto ofrecerlos al Señor y a su Santísima Madre, con aquella plenitud de afecto que exigían las oraciones que se estaban recitando! Y estos sentimientos, queridos jóvenes, eran los mismos que animaban sus pensamientos en el cumplimiento de cada deber; eran los que santificaban cada acto y cada palabra y dirigían toda su vida enteramente a la gloria de Dios. ¡Bienaventurados los jóvenes que se inspiran en tales pensamientos! Encontrarán su felicidad en esta vida y en la otra, y harán felices a los padres que los educan, a los maestros que los instruyen y a todos cuantos se preocupan de su bien.

«Queridísimos jóvenes, la vida es un don preciosísimo que Dios nos ha dado para proporcionarnos los medios de adquirir méritos para el cielo; y así será si todo cuanto hacemos es tal que pueda ofrecerse a aquel supremo Dador, como hacía nuestro Domingo. Pero ¿qué diremos del joven que pasa toda su vida completamente olvidado del fin para el que Dios lo ha destinado, que nunca encuentra un momento para dedicar sus afectos al Creador, que nunca da lugar en su corazón a ninguna aspiración que lo eleve hacia su Dios? Más aún, ¿qué diremos del joven que hace cuanto puede para mantener lejos de sí tales sentimientos o para combatirlos y sofocarlos si los siente acercarse para entrar en su corazón? ¡Ah! Reflexionad un poco sobre la santa vida y el santo fin de vuestro queridísimo compañero, sobre la envidiable suerte de la que podemos confiar que ahora goza; y después, volviendo el pensamiento sobre vosotros mismos, examinad qué os falta todavía para pareceros a él y qué querríais ser si, como él, os encontrarais a punto de comparecer ante aquel tribunal donde Dios pedirá a cada uno estricta cuenta incluso de la falta más pequeña. Por tanto, si en esta comparación encontráis grande la diferencia, ponedlo delante de vosotros como ejemplo; imitad sus virtudes cristianas; preparad vuestras almas para que sean como la suya, puras y limpias a los ojos de Dios, de modo que a la llamada inesperada que, tarde o temprano, todos tendremos inevitablemente que oír, podamos responder con alegría en el rostro y una sonrisa en los labios, como hizo vuestro angelical condiscípulo. Escuchad también un deseo mío, con el que termino estas palabras. Si advierto que mis alumnos dan lugar en su conducta a una notable mejora, si desde ahora los veo más exactos en sus deberes y más profundamente convencidos de la importancia de la verdadera piedad, lo consideraré efecto del santo ejemplo de nuestro Domingo y lo miraré como una gracia obtenida del cielo por sus oraciones, en recompensa del hecho de que durante algún tiempo vosotros fuisteis sus compañeros y yo su maestro».

Así expresó el profesor don Picco a sus alumnos la profunda y dolorosa impresión que había experimentado al recibir la noticia de la muerte de su querido alumno Domingo Savio.

 

 

CAPÍTULO XXVII. Emulación de la virtud de Savio – Muchos se encomiendan a él para obtener favores celestiales y son escuchados – Un recuerdo para todos

 

Quien haya leído cuanto hemos escrito sobre el joven Domingo Savio no se sorprenderá de que Dios se complaciera en favorecerlo con dones especiales, haciendo resplandecer de muchas maneras sus virtudes. Mientras todavía vivía, muchos procuraban seguir sus consejos y ejemplos e imitar sus virtudes; muchos también, movidos por su conducta extraordinaria, por la santidad de su vida y la inocencia de su comportamiento, se encomendaban a sus oraciones. Y se refieren no pocas gracias obtenidas mediante oraciones hechas a Dios por el joven Savio mientras se encontraba todavía en esta vida mortal. Pero después de su muerte crecieron mucho la confianza y la veneración hacia él.

Apenas llegó a nosotros la noticia de su muerte, varios de sus compañeros iban proclamándolo santo. Se reunieron para recitar las letanías por un difunto; pero en lugar de responder ora pro eo, es decir: «Santa María, ruega por el descanso de su alma», no pocos respondían ora pro nobis: «Santa María, ruega por nosotros». «Porque —decían— a estas alturas Savio ya goza de la gloria del Paraíso y ya no necesita nuestras oraciones».

Otros añadían: «Si Domingo Savio, que llevó una vida tan pura y santa, no fue directamente al Paraíso, ¿quién podría decir que llegará allí?». Desde aquel momento, pues, varios amigos y compañeros que habían admirado sus virtudes en vida procuraron tomarlo por modelo en la práctica del bien y comenzaron a encomendarse a él como a un protector celestial.

Casi cada día se referían gracias, unas relativas al cuerpo y otras al alma. Vi a un joven que padecía un dolor de muelas tan fuerte que casi lo volvía loco. Después de encomendarse a su compañero Savio con una breve oración, el dolor cesó instantáneamente y hasta el presente no ha vuelto a padecer aquella penosa dolencia. Muchos se encomendaron a él para ser librados de fiebres y fueron escuchados. Yo mismo fui testigo de una persona que obtuvo inmediatamente la gracia de quedar librada de una fiebre violenta.[15] Tengo delante de mí muchos relatos de personas que exponen favores celestiales obtenidos de Dios por intercesión de Savio. Pero aunque el carácter y la autoridad de las personas que atestiguan estos hechos son bajo todos los aspectos dignos de crédito, como todavía viven creo mejor omitirlos por ahora y contentarme aquí con referir solamente una gracia especial obtenida por un estudiante de filosofía que había sido condiscípulo de Domingo.

En 1858 este joven sufrió graves trastornos de salud. Su salud se deterioró tanto que tuvo que interrumpir el curso de filosofía, someterse a muchos tratamientos y, al final del año, no pudo presentarse al examen. Deseaba vivamente al menos prepararse para el examen de Todos los Santos, porque de este modo evitaría perder un año de estudios. Pero a medida que aumentaban sus dolencias disminuían cada vez más sus esperanzas. Fue a pasar el otoño durante algún tiempo con sus familiares en casa y durante otro con amigos en el campo, y le pareció que su salud había mejorado algo. Pero cuando volvió a Turín y comenzó a estudiar durante un breve tiempo, recayó peor que antes. «Estaba cerca de los exámenes —atestigua— y mi salud se encontraba en estado deplorable. Los trastornos de estómago y de cabeza me quitaban toda esperanza de presentarme al deseado examen, que para mí era de grandísima importancia. Animado por cuanto oía contar de mi querido compañero Domingo, quise también yo encomendarme a él haciendo una novena a Dios en honor de este condiscípulo mío. Entre las oraciones que había resuelto hacer estaba esta: Querido compañero, tú que para gran consuelo y fortuna mía fuiste condiscípulo mío durante más de un año, tú que en santa emulación competías conmigo por el primer puesto de nuestra clase, sabes cuánto necesito presentarme a examen. Obtén, pues, para mí, te lo ruego, del Señor un poco de salud, para que pueda prepararme.

«Aún no había terminado el quinto día de la novena cuando mi salud comenzó a mejorar de manera tan notable y rápida que pronto pude comenzar a estudiar y, con facilidad no acostumbrada, aprender las materias prescritas y superar muy bien el examen. La gracia no fue momentánea, pues en la actualidad me encuentro en un estado de salud normal como no había disfrutado desde hacía más de un año. Reconozco esto como una gracia obtenida de Dios por intercesión de este compañero mío, amigo íntimo en vida, ayuda y consuelo para mí ahora que goza de la gloria del cielo. Han pasado más de dos meses desde que obtuve esta gracia y mi salud continúa igual, para gran consuelo y provecho mío».

Con este episodio doy por terminada la vida del joven Savio, reservándome la posibilidad de imprimir más adelante algunos otros hechos en forma de apéndice, del modo que parezca contribuir mejor a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas. Ahora, querido lector, puesto que has tenido la bondad de leer cuanto se ha escrito acerca de este virtuoso joven, quisiera que llegaras conmigo a una conclusión que pueda ser de verdadero provecho para mí, para ti y para todos los que lleguen a leer este librito. Quiero decir que debemos esforzarnos con firme propósito por imitar al joven Savio en aquellas virtudes que son compatibles con nuestro estado de vida. En su pobre condición vivió una vida muy alegre, virtuosa e inocente, coronada por una santa muerte. Imitémoslo en su modo de vivir y tendremos una doble garantía de parecernos a él en su preciosa muerte.

Pero no dejemos de imitar a Savio en la frecuencia del Sacramento de la Confesión, que fue su apoyo en la práctica constante de la virtud y la guía segura que lo condujo a un fin de vida tan glorioso. Acerquémonos con frecuencia y con las debidas disposiciones a este baño saludable durante el curso de la vida; pero cada vez que nos acerquemos a él, no dejemos de dedicar algún pensamiento a nuestras confesiones pasadas, para asegurarnos de que fueron bien hechas y, si vemos necesidad, remediemos cualquier defecto que haya podido ocurrir. Me parece que este es el medio más seguro para vivir días felices en medio de las aflicciones de la vida, al final de las cuales veremos también nosotros acercarse con calma el momento de la muerte. Entonces, con alegría en el rostro y paz en el corazón, iremos al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, que en su bondad nos recibirá, nos juzgará según su gran misericordia y nos conducirá —como espero para mí y para ti, querido lector— de las tribulaciones de la vida a la bienaventurada eternidad, para alabarlo y bendecirlo por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Con un apéndice sobre las gracias obtenidas por su intercesión, preparado por el padre Juan Bosco

                Cuarta edición aumentada, Turín, 1878, Tipografía y Librería Salesiana, Sampierdarena – Niza

 

[1]Léase: campesinos. El error tipográfico aparece en la cuarta edición (N. del E.).

[2]Antiguamente se llamaba Castelnuovo di Rivalba, porque dependía de los condes Biandrate, señores de aquel lugar. Hacia el año 1300, después de haber sido conquistado por los habitantes de Asti, fue llamado desde entonces Castelnuovo d’Asti. – En aquella época estaba muy poblado por gente industriosa y muy dedicada al comercio, que ejercía en diversas ciudades de Europa. Fue patria de muchos hombres célebres. El famoso Giovanni Argentero, llamado el gran médico de aquel siglo, nació en Castelnuovo d’Asti en 1513 y escribió numerosas obras de vasta erudición. Era muy piadoso y muy devoto de la gran Madre de Dios, y en su honor erigió la capilla de Nuestra Señora del Pueblo en la iglesia parroquial de San Agustín de Turín. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia metropolitana con una honrosa inscripción que todavía puede verse. – Muchos otros personajes ilustraron esta población. Más recientemente estuvo el sacerdote José Cafasso, hombre sumamente recomendable por su piedad, ciencia teológica y caridad con los enfermos, encarcelados, condenados al patíbulo y desgraciados de toda clase. Nació en 1811 y murió en 1860. (Véase Casalis, Diccionario.) (a). – * Para comodidad de los lectores recordamos que la milla piamontesa equivalía a 2,466 km (N. del E.).

[3]Se llama Riva di Chieri para distinguirla de otros lugares del mismo nombre; dista cuatro kilómetros de Chieri. Mediante un diploma de 1164, el emperador Federico invistió al conde Biandrate del señorío de Riva di Chieri. Más tarde fue cedida a los habitantes de Asti. En el siglo XVI pasó bajo el dominio de la Casa de Saboya. – Monseñor Agostino della Chiesa y Bonino, en su biografía médica, hablan extensamente de muchos personajes célebres que nacieron allí (a).

[4]El capellán de esta aldea era entonces el sacerdote Juan Zucca, de Moriondo, actualmente domiciliado en su lugar natal (a).

[5]Mondonio, llamado también Mondomio o Mondone, es un pequeño pueblo de unos 400 habitantes, situado a dos millas de Castelnuovo d’Asti, con el que tiene fácil comunicación mediante una carretera abierta recientemente a través del túnel de una colina. – Existen noticias de este pueblo que se remontan al año 1034. Pasó al dominio de la Casa de Saboya por el Tratado de Cherasco de 1631. (Véase Casalis, Diccionario.) (a). – Esta nota histórica fue añadida por el Autor en la cuarta edición.

[6]El sacerdote José Cugliero, después de pasar algunos años como capellán beneficiado en Pino di Chieri y tras una vida ejemplar, descansó en el Señor en aquel mismo lugar (a).

[7]Aquellos prados están ahora enteramente cubiertos de edificios, y el lugar de aquel altercado corresponde al área sobre la que se levanta la iglesia parroquial de Santa Bárbara (a). (Nota añadida en la quinta edición).

[8]Esta coronilla está impresa en muchos libros, entre ellos el Giovane Provveduto (a).

[9]LUIS COMOLLO nació en Cinzano en 1818 y murió en 1839, con fama de singular virtud, en el Seminario de Chieri, a la edad de 22 años. La vida de este modelo para los jóvenes fue impresa por segunda vez en el primer año de las Lecturas Católicas (a).

[10]Uno de los que ayudaron con mayor eficacia a Domingo Savio a fundar la Compañía de la Inmaculada Concepción y a redactar su reglamento fue José Bongioanni. Huérfano de padre y madre, había sido recomendado por una tía al Director del Oratorio, que lo acogió caritativamente en noviembre de 1854. Tenía entonces diecisiete años y, obligado por las circunstancias, llegó de mala gana, con la mente todavía llena de vanidades mundanas y de prejuicios infundados en materia de religión. Sin embargo, se vio claramente en él la acción de la gracia divina, pues en poco tiempo se encariñó mucho con la casa, las reglas y los Superiores; poco a poco corrigió sus ideas y se dedicó con todo ardor a adquirir virtud y practicar la piedad. Dotado de una inteligencia muy penetrante y de gran facilidad para aprender, se aplicó al estudio. Con notable rapidez completó los estudios clásicos con excelentes resultados. Dotado de viva imaginación, mostró gran habilidad para la poesía tanto en italiano como en dialecto; y mientras en la conversación familiar divertía a sus amigos improvisando sobre temas humorísticos, en su mesa de trabajo escribía hermosas composiciones, muchas de las cuales fueron publicadas, como la dedicada a María Auxiliadora que comienza: Salve, Salve, pietosa Maria, etc., y que se encuentra en el Giovane Provveduto.

Encaminado por la senda eclesiástica, durante toda su formación clerical se distinguió siempre por la piedad, la fiel observancia de las reglas y el celo por el bien de sus compañeros. Ordenado sacerdote en 1863, no es posible decir con qué fervor se entregó al sagrado ministerio. Aunque no estaba especialmente favorecido en la voz, resultaba sin embargo tan agradable en la predicación, por la excelencia de la materia y la unción con que la exponía, que era escuchado con mucho gusto y obtenía abundante fruto.

Después de haber ayudado a Domingo Savio, con quien estaba unido por santa amistad, a fundar la Compañía de la Inmaculada Concepción, siendo todavía clérigo fundó, con permiso del Superior, otra compañía en honor del Santísimo Sacramento. Su finalidad era promover el culto entre los jóvenes y adiestrar a los alumnos más distinguidos por su virtud en el servicio de las sagradas funciones, formando así un Pequeño Clero para aumentar su dignidad y belleza. Cuando fue sacerdote siguió promoviendo esta compañía con mayor actividad y excelentes resultados. Puede decirse con razón que, si la Congregación de San Francisco de Sales ha podido ya dar a la Iglesia un buen número de ministros del altar, esto se debe en gran parte a los santos cuidados de don Bongioanni por el Pequeño Clero.

En 1868, al acercarse el momento de la consagración de la iglesia construida en Valdocco en honor de María Auxiliadora, don Bongioanni trabajó con todas sus energías para preparar cuanto era necesario para aquella función, especialmente disponiendo al Pequeño Clero para que desempeñara de manera edificante su cometido el día de la fiesta y durante la octava siguiente, que también debía celebrarse de modo extraordinario. Arrastrado por un ardiente amor a la Santísima Virgen, no ahorró cuidados, trabajos ni fatigas, particularmente en la víspera, 8 de junio de aquel año. María Auxiliadora, aceptando su ferviente devoción y homenaje, le obtuvo pronto la recompensa. Antes, sin embargo, quiso someterlo a una prueba que, soportada con resignación, obtuvo ciertamente gran mérito para el buen sacerdote. Aquel que tanto había trabajado por el buen éxito de las celebraciones se encontró enfermo el 9 de junio, día de la consagración, hasta el punto de no poder levantarse de la cama. Durante los días siguientes continuó la enfermedad. Deseando poder al menos una vez celebrar los divinos misterios en la nueva iglesia, suplicó ardientemente a la Santísima Virgen que le obtuviera esta gracia. El domingo dentro de la octava sintió tal recuperación de fuerzas que, con la debida preparación, pudo acercarse al altar y celebrar la santa Misa, con inmenso consuelo de su corazón. Después de la Misa dijo a algunos amigos que estaba tan feliz que bien podía entonar el Nunc dimittis. Y así fue; pues, sintiendo desfallecer sus fuerzas, volvió a la cama y ya no se levantó. El miércoles siguiente, terminada la octava, se celebró un oficio fúnebre por los bienhechores difuntos; y por la tarde, una vez concluidas todas las funciones y solemnidades, los jóvenes alumnos de los distintos colegios que habían acudido a participar en la fiesta partieron hacia sus destinos.

Una hora después, don José Bongioanni, fortalecido por los consuelos de la religión, asistido por su querido Director y rodeado de un círculo de sus más queridos amigos y hermanos, entregó su hermosa alma al Señor, yendo, como firmemente se espera, a contemplar cómo celebran en el Cielo a aquella que había sido objeto de su más tierna devoción (a).

[11]Léase: 29 de diciembre de 1855. (N. del E.).

[12]El sacerdote y teólogo Carlos Valfrè nació en Villafranca di Piemonte el 23 de julio de 1813. Con conducta verdaderamente ejemplar y feliz éxito realizó sus estudios y, siguiendo su vocación, abrazó el estado eclesiástico. Con celo apostólico trabajó durante muchos años en el sagrado ministerio hasta que, en un concurso, fue juzgado digno de la parroquia de Marmorito.

Era incansable en el cumplimiento de sus deberes. La instrucción de los niños pobres, la asistencia a los enfermos y el socorro de los necesitados eran las notas características de su celo. Por su bondad, caridad y desinterés podía proponerse como modelo a cualquier sacerdote encargado de la cura de almas.

Siempre que sus deberes parroquiales se lo permitían, iba a otros lugares a predicar ejercicios espirituales, triduos, novenas y cosas semejantes. El Señor bendecía sus trabajos, siempre coronados de abundantes frutos.

Pero precisamente cuando más necesidad teníamos de él, Dios lo encontró maduro para el cielo. Después de una breve enfermedad, muriendo la muerte de los justos, pasó a la vida bienaventurada a la hermosa edad de 47 años, el 12 de febrero de 1861.

Esta pérdida privó a la Iglesia de un digno ministro y quitó a Marmorito un pastor que con razón era llamado padre de su pueblo; pero a todos nos consuela mucho la esperanza de haber adquirido ante Dios en el cielo un bienhechor (a).

[13]Con este nombre se refería al libro destinado enteramente a los jóvenes titulado: Il Giovane Provveduto per la pratica de’ suoi doveri, degli esercizi di cristiana pietà, per la recita dell’uffizio della B. Vergine, dei vespri di tutto l’anno e dell’uffizio dei morti, etc. (a).

[14]Leone Cocchis, alumno de segunda retórica, joven de hermosas esperanzas, murió el 25 de marzo de 1855 a la edad de 15 años (a).

[15]Esta veneración y confianza hacia el joven Savio aumentaron mucho después de que allí se diera un notable relato por parte del padre de Domingo, que está dispuesto a confirmar su declaración en cualquier lugar y ante cualquier persona. Refirió el hecho de este modo:

«La pérdida de aquel hijo mío —dice— me causó el más profundo dolor, que se hacía mayor por mi deseo de saber qué había sido de él en la otra vida. Dios quiso consolarme. Cerca de un mes después de su muerte, una noche, después de haber permanecido mucho tiempo sin poder conciliar el sueño, me pareció que el techo de la habitación donde dormía se abría de par en par y allí, en medio de una gran luz, se me apareció Domingo con el rostro sonriente y alegre, pero con aspecto majestuoso e imponente. Ante aquella sorprendente visión quedé fuera de mí. “¡Oh Domingo! —comencé a exclamar—, ¡Domingo mío! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Estás ya en el Paraíso?”. “Sí, padre —respondió—, estoy verdaderamente en el Paraíso”. “¡Ah! —respondí—, si Dios te ha concedido tan gran favor como ir a gozar de la felicidad del cielo, ruega por tus hermanos y hermanas para que también ellos puedan llegar un día a reunirse contigo”. “Sí, sí, padre —respondió—, rogaré a Dios por ellos para que un día también puedan venir conmigo a gozar de la inmensa felicidad del cielo”. “Ruega también por mí —respondí—; ruega por tu madre, para que todos nos salvemos y un día nos encontremos juntos en el Paraíso”. “Sí, sí, rogaré”. Dicho esto desapareció y la habitación volvió a quedar a oscuras como antes».

El padre asegura que se limita a decir la verdad y afirma que ni antes ni después, despierto o dormido, fue nunca consolado por una aparición semejante (a).