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Seminario de Chieri, donde estudió Don Bosco
El testimonio de don Giovanni Francesco Giacomelli, compañero de seminario y luego confesor de don Bosco en sus últimos catorce años, ofrece un retrato íntimo y fidedigno del Santo. Compartió con él años de formación, periodos de vida en el Oratorio y una larga familiaridad espiritual. Recuerda la dulzura de don Bosco, su fortaleza de ánimo, la atención paterna hacia los jóvenes y el sufrimiento al verlos maltratados o alejarse. Subraya la centralidad de los sacramentos, de la educación religiosa y del «ejercicio de la buena muerte» como secreto del buen funcionamiento del Oratorio. Testigo también de su ministerio en las cárceles y de las grandes dificultades iniciales, confirma la confianza inquebrantable de don Bosco en la Providencia y su caridad sin límites.
Porque todos pensaban que estaba loco.
Sus testimonios se encuentran en el manuscrito del proceso ordinario, copia pública, en los folios 656-690.
Giovanni Francesco Giacomelli nació en Avigliana (Turín) en 1820. Fue compañero de seminario de Don Bosco, en Chieri, durante 5 años. Ordenado sacerdote, vivió un año con él en el Convitto ecclesiastico de don Cafasso. Residió varios meses en el Oratorio. Don Bosco, en los últimos 14 años de su vida, lo eligió como su confesor y le confió sus asuntos más íntimos. Don Giacomelli vivía a pocos pasos del Oratorio, en la Obra Pía Barolo.
Me llamo don Giovanni Francesco Giacomelli, natural de Avigliana, de 72 años, sacerdote, domiciliado en Turín, capellán del Ospedaletto di S. Filomena de la Obra Barolo.
Conocí a Don Bosco en el año 1836 en el seminario de Chieri, donde yo cursaba el primer año de filosofía y Don Bosco el segundo. Pasé con él cinco años en aquel seminario, y luego un año en el Convitto ecclesiastico de Turín para el estudio de la moral. Desde hace 38 años soy director espiritual del Ospedaletto di S. Filomena de la Obra Barolo, un lugar casi contiguo al Oratorio salesiano de Don Bosco. Puedo decir que siempre tuve una gran intimidad con Don Bosco. Me confesaba con él, y desde 1872 hasta su muerte (año 1888) fui su confesor.
Conocí a su madre
Yo conocí a la madre de Don Bosco, que era una mujer muy sensata, prudente y de gran piedad. Viví con Don Bosco y con su madre varios meses en los primeros tiempos de su Oratorio en Turín, y conocí también a una hermana suya que ayudaba en las tareas de la casa. La familia de Don Bosco poseía una casita y algunas pequeñas fincas en Castelnuovo d’Asti. Sus padres gozaban de buena fama entre sus paisanos.
Al estar en el seminario (en Chieri), desde el primer día me pusieron en la sala de estudio frente al clérigo Bosco. Yo lo miraba con compasión, porque me parecía que sufría; y él también me miraba con compasión, porque los compañeros se burlaban de mí por un birrete que era desproporcionadamente alto. Él se ofreció a arreglármelo y a hacerme uno nuevo, como efectivamente hizo. Al entrar yo en conversación con él, supe que durante las vacaciones había estado algo enfermo.
Normalmente, en el tiempo del recreo, solía estar rodeado de algunos compañeros y de mí mismo, a quienes contaba cosas edificantes y anécdotas de su juventud. Recuerdo que nos contó que años antes, en Chieri, había hecho una apuesta con un saltimbanqui, a ver quién de los dos subía más alto por el tronco de un árbol en la avenida de la ciudad… y ganó la apuesta. Nosotros, los compañeros, no queríamos creer en su proeza, y él dijo: «¿No queréis creer? ¡A mí!». Cogió una silla pesada, la levantó apoyando una de sus patas en la barbilla y la sostuvo así durante un tiempo. Entonces nosotros, después de aquello, admiramos su destreza y su fuerza muscular.
Jóvenes amigos
Recuerdo con agrado que Don Bosco, en los días de vacaciones, recibía la visita de varios de sus colegas, jóvenes externos que venían a verlo al seminario y que habían sido sus compañeros en los estudios de latinidad. Se entretenía gustosamente con ellos, conversando y dándoles buenos consejos.
En los ejercicios espirituales de preparación para las ordenaciones, oí de él mismo que le habían impresionado mucho las predicaciones, especialmente las palabras «¿Quién subirá al monte del Señor?». Demostraba estar penetrado de la importancia de las palabras que siguen: «El de manos inocentes y puro corazón».
Don Bosco pierde la paciencia dos veces
Él tenía una manera dulce, suave e inspirada en la mansedumbre para atraer al bien y a la virtud a los muchachos, y sentía un gran disgusto y una grave pena cuando veía a otros tratar a los jóvenes con severidad. A propósito de esto, me contaba un día que desde el balcón había visto a un joven adulto maltratar a uno de sus compañeros más pequeños. Me dijo que tembló ante aquel acto, se hizo violencia para no hablar, pero al día siguiente le hizo una corrección paterna a aquel joven.
Otra vez vi a Don Bosco con la mano levantada como para golpear a dos jóvenes que reñían; los separó, pero no los golpeó, pues ellos dejaron de reñir inmediatamente. Un día lo vi correr detrás de dos jóvenes que huían para no ir a la iglesia con los demás compañeros (eran los primeros años de su Oratorio). Yo, al verlo, le dije: «Oye, es la segunda vez que te veo alterado». Y él me respondió: «¡Qué quieres! Estos benditos muchachos intentan escaparse para no venir a la iglesia…».
Viendo a tantos jóvenes que no tenían parientes ni una vivienda estable, ideó abrir un hospicio entre 1846 y 1847. Poco a poco, el número de jóvenes aumentó. A finales de 1849, habiéndome yo quedado con Don Bosco durante algunos meses, el número de estos jóvenes era de una treintena. Él los cuidaba con esmero. Iba él mismo a pedir información sobre su conducta a sus patronos, o si no podía, enviaba a otras personas de su confianza. Yo mismo fui enviado por él a interceder por un hijo ante su padre. Lo encontré duro, mientras que Don Bosco era muy compasivo. Así, tuvo más corazón de padre Don Bosco que el propio padre de aquel joven.
El secreto del buen funcionamiento del Oratorio
Habiendo estado varios meses en casa de Don Bosco, y habiendo frecuentado siempre el Oratorio hasta su muerte, puedo testimoniar que él siempre se preocupó de instruir a los jóvenes en la religión y de encaminarlos a una sólida piedad (= vida cristiana). Promovía la frecuencia de los sacramentos, creyendo que este era el mejor medio para mantenerlos alejados del vicio y encaminarlos por la senda del Paraíso. Hacía realizar cada mes el ejercicio de la buena muerte, y un día me dijo: «Si el Oratorio va bien, debo atribuirlo especialmente al ejercicio de la buena muerte».
Vi una vez a Don Bosco muy afligido porque uno de sus primeros clérigos había abandonado el Oratorio, cuando tenía gran necesidad de él. En aquella ocasión le oí exclamar: «Vano es el auxilio del hombre», dando a entender que debía confiar más en Dios que en los hombres.
Tanta era la estima que los jóvenes le tenían, que se abstenían de causarle el más mínimo disgusto casi más a él que a Dios. Pero él, al darse cuenta, los reprendía diciendo que Dios era algo más que él.
Lo acompañé a las cárceles
Su caridad no se limitaba a los jóvenes del Oratorio, sino que se extendía también a otros lugares. Yo lo acompañé a las cárceles, donde daba catequesis y confesaba. Me hizo comprar pan blanco y a veces fruta, que hacía distribuir a los jóvenes para animarlos al bien.
Sé que, muchos años antes de morir, dispuso por testamento de las pocas cosas que poseía, para no causar problemas y para que tantas limosnas y ofrendas de dinero recibidas no cayeran en manos de sus parientes.
Muchos lo juzgaban un poco temerario
Para poner en marcha todas sus obras benéficas tuvo que soportar oposiciones y dificultades grandísimas. Yo mismo, al examinar el grandioso proyecto de su Oratorio que él me había mostrado, al principio estaba convencido de que era una temeridad. Los propios sacerdotes, incluido don Cafasso, que al principio lo ayudaban, consideraban a Don Bosco un tanto temerario. Pero luego, viendo que siempre lograba su propósito, también ellos aprobaron su obra y admiraron su gran constancia.
«Yo tengo que irme antes»
En 1885 yo estaba gravemente enfermo. Mi hermana iba llorando a encomendarse a Don Bosco por mi curación, y Don Bosco lloraba también y le dijo: «Todavía no muere. Yo tengo que irme antes». Y así ocurrió realmente.
Giovanni Francesco GIACOMELLI, sacerdote diocesano

