1 Nov 2026, Dom

Don Bosco y la veneración de los santos y de sus reliquias

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Al inicio del pontificado del Papa León XIV ha suscitado particular interés la noticia de su nueva cruz pectoral, en la cual se han insertado las reliquias de san León Magno, san Agustín, santo Tomás de Villanueva y del beato Anselmo Polanco Fontecha. Un signo elocuente de la profunda veneración del Santo Padre hacia los santos y de su confianza en su intercesión, confirmada por lo demás por las frecuentes visitas a los santuarios y por los momentos de oración ante sus reliquias.

Surge espontáneo, en este contexto, preguntarse: ¿qué valor tenían las reliquias para don Bosco?

 

 

Una fe que se puede tocar

En un tiempo como el nuestro, acostumbrado a medir las cosas por su utilidad inmediata, la veneración de las reliquias puede parecer una práctica lejana, casi incomprensible: un residuo del pasado, superado por los cristianos modernos. ¿Qué pueden decir, hoy, un fragmento de hueso, un trozo de vestidura, un objeto que perteneció a un santo?

Sin embargo, la Iglesia, desde los primeros siglos, ha custodiado las reliquias no como amuletos o talismanes, sino como signos concretos de la comunión de los santos: memoria viva de hombres en los cuales la gracia de Dios ha tomado carne, historia, sacrificio, perseverancia. Es una profesión de fe en la resurrección de la carne: el cuerpo de quien ha vivido en la gracia de Dios, destinado a la gloria, merece honor y custodia, porque ha sido templo del Espíritu Santo e instrumento de caridad.

San Juan Bosco vivió esta convicción con la concreción que le era propia. Para él las reliquias no eran piezas de museo, sino una presencia viva: el signo tangible de que la santidad es posible, de que la Iglesia es una sola familia a través de los siglos y de que los santos continúan desde el Cielo intercediendo y acompañando a los cristianos aún peregrinos en la tierra.

En sus escritos insiste de buena gana en el fundamento bíblico de esta práctica. Recuerda el manto de Elías recogido por Eliseo, los huesos de Eliseo a cuyo contacto un muerto vuelve a la vida, el borde del manto de Jesús tocado por la mujer enferma, los pañuelos de san Pablo llevados a los enfermos, la sombra de Pedro buscada por los enfermos. La argumentación es simple y popular: si Dios ha querido servirse de objetos ligados a sus siervos para manifestar su misericordia, el cristiano puede venerar esos signos con fe, sin atribuirles un poder autónomo. La gracia viene de Dios; los santos interceden; la reliquia recuerda, llama, anima.

 

El escritor de los mártires

El primer capítulo de esta veneración es su incansable actividad de escritor y divulgador de la memoria de los mártires. En las «Lecturas Católicas», la colección popular fundada por él en 1853, don Bosco publicó numerosas biografías de los testigos de la fe de los primeros siglos: la Vida de san Pancracio mártir, las vidas de los papas mártires Lucio I y Esteban I, el relato del pontificado de san Dionisio, el opúsculo Una familia de mártires. También su Historia eclesiástica dedica páginas apasionadas a los lugares donde los cuerpos de los mártires fueron depositados y venerados por los primeros cristianos.

El interés no era solamente literario. Las catacumbas eran para él la demostración histórica de que la Iglesia católica de su tiempo era la misma de los mártires: un argumento apologético potente en años de ásperas polémicas anticatólicas, pero también un motivo de profunda devoción personal.

 

El peregrino de Roma

La Roma cristiana le impactó precisamente por esta densidad de memoria. En el primer viaje romano de 1858 quiso visitar basílicas, santuarios e iglesias insignes por las reliquias y por el recuerdo de los mártires. En el Panteón contempló el templo pagano transformado en iglesia dedicada a María y a todos los mártires, enriquecido por las reliquias trasladadas desde las catacumbas. En Santa María la Mayor veneró la reliquia de la santa Cuna y la memoria del apóstol Matías. En Santa Pudenciana celebró la Misa en un lugar ligado al recuerdo de san Pedro y de los primeros cristianos de Roma. En San Clemente se detuvo ante las reliquias del Papa mártir y de san Ignacio de Antioquía. Bajó a las catacumbas de San Sebastián en la Vía Apia Antigua y a las de San Calixto, exploradas precisamente en aquellos años y que la Providencia confiaría más tarde a sus hijos. En los días sucesivos continuó visitando iglesias «insignes o por devoción a María Santísima, o por reliquias de santos, o por recuerdos de los triunfos de la fe».

 

En la Ciudad Eterna, donde durante siglos habían sido custodiados los restos de los mártires y, según la tradición, las reliquias de los apóstoles Pedro y Pablo, el cura piamontés tocaba con la mano aquella continuidad de la fe que luego contaría a sus muchachos y a los lectores de sus publicaciones.

 

Los mártires turineses y el santuario de María Auxiliadora

El vínculo de don Bosco con las reliquias alcanza su vértice en el episodio del santuario de María Auxiliadora en Valdocco. Según el relato que él mismo hizo, la Virgen le habría indicado en sueños el lugar exacto donde, en época romana, habían sufrido el martirio los santos Aventor, Solutor y Octavio, soldados de la Legión Tebana y protomártires turineses: precisamente en ese terreno debía surgir la gran iglesia. No por casualidad, en el tímpano de la fachada don Bosco quiso colocar las estatuas de los tres mártires, y en el interior hizo preparar una capilla en su honor.

 

El momento más solemne fue la consagración de la iglesia, el 9 de junio de 1868. La noche anterior, según el antiguo rito, el arzobispo de Turín Alessandro Riccardi di Netro expuso a la veneración de los fieles, en la pequeña iglesia de San Francisco de Sales, las reliquias de los santos mártires Mauricio y Segundo, también de la Legión Tebana. A pesar de que una violenta tormenta se había abatido sobre Turín aquella noche, la vigilia de oración ante las sagradas reliquias se prolongó hasta el amanecer, cuando fueron solemnemente transportadas y selladas en el altar de la nueva iglesia, como la liturgia prescribe para todo altar consagrado. Las Memorias Biográficas describen aquellas horas con abundancia de detalles: don Bosco quiso que sus jóvenes participaran en la vigilia, para que comprendieran que la nueva iglesia nacía literalmente sobre los mártires, según la costumbre antiquísima de la Iglesia que celebra la Eucaristía sobre los huesos de los testigos de Cristo.

 

Las reliquias como instrumento educativo

Como educador concreto, don Bosco sabía que los muchachos necesitan ver, tocar, recordar. La fe, para crecer, necesita de la Palabra, de los sacramentos, de la catequesis, pero también de signos que hablen a la imaginación, a la memoria, a los afectos. Por esto en su pedagogía encontraban lugar las imágenes sagradas, las fiestas de los santos, las peregrinaciones, el relato de las vidas ejemplares y la veneración de las reliquias: no para alimentar la curiosidad, sino para encender el deseo de imitar.

En las primeras estructuras educativas de Valdocco cada dormitorio tenía un santo titular. Los jóvenes celebraban su fiesta con los sacramentos, el canto, las oraciones, el adorno de la imagen; a veces se les daba a besar una reliquia. Las Memorias Biográficas observan que esto, unido a los otros medios de piedad, encendía cada vez más el fervor de la devoción.

En el sistema preventivo la religión es uno de los tres pilares, junto con la razón y la amabilidad, y los santos son propuestos a los jóvenes como modelos concretos y alcanzables. Contar la vida de los mártires, mostrar sus reliquias, llevar a los muchachos a orar ante ellas significaba hacer visible la santidad, sustraerla a la abstracción y transformarla en un ideal fascinante. No sorprende que precisamente en su escuela haya florecido Domingo Savio, el quinceañero canonizado en 1954, cuyas reliquias son hoy veneradas junto a las del maestro. Don Bosco custodiaba con cuidado las reliquias que recibía como don, las hacía colocar en los altares de las iglesias que iba construyendo – desde San Juan Evangelista en Turín hasta el Sagrado Corazón en Roma – y animaba en sus hijos espirituales un culto a los santos sobrio, fundado y confiado.

 

La última imagen: el Sagrado Corazón en Roma

Un episodio particularmente significativo se sitúa al final de su vida, en la iglesia del Sagrado Corazón en Roma, construida entre enormes sacrificios. Mientras don Bosco se encontraba en el Vaticano, llegaron a la iglesia las reliquias destinadas al sepulcro del altar mayor: una partícula de la cuna del Niño Jesús y reliquias de los apóstoles Pedro, Pablo y Santiago, del mártir Lorenzo y de san Francisco de Sales, patrono de la Familia Salesiana. Colocadas en una urna dorada, fueron expuestas en la capilla antigua, mientras se cantaba el himno de los mártires.

Es una imagen conmovedora: el anciano don Bosco, ya consumido por las fatigas, ve su obra romana enraizarse en la memoria de Cristo, de los apóstoles, de los mártires y del santo de la dulzura pastoral del cual los Salesianos toman el nombre.

 

De venerante a venerado

Hay una paradoja luminosa en la historia de don Bosco: el hombre que durante toda la vida había venerado las reliquias de los santos se ha convertido él mismo en una de las reliquias más veneradas de la cristiandad. Cuando Pío XI lo proclamó beato, el 2 de junio de 1929, el breve apostólico Mirabilis Deus concedió expresamente que su cuerpo y sus reliquias fueran expuestos a la pública veneración de los fieles. Desde entonces los restos del santo reposan en la urna del altar a él dedicado en la basílica de María Auxiliadora, mientras una reliquia insigne – una porción del cerebro – es custodiada en la Basílica del Colle Don Bosco, junto a la casa natal. En preparación al bicentenario del nacimiento (2015), una urna conteniendo una reliquia insigne del brazo derecho realizó una peregrinación por todos los continentes, acogida en todas partes por multitudes de jóvenes y de devotos: signo de que la lógica de don Bosco – la santidad que se hace cercana, visible, tocable – continúa hablando al mundo de hoy.

 

Valdocco, un tesoro raro

En la Basílica de María Auxiliadora en Turín se conservan hoy los restos mortales de san Juan Bosco, de santa María Dominga Mazzarello y de santo Domingo Savio. Bajo la Basílica se encuentra la Capilla de las Reliquias, donde reposan el beato Miguel Rúa, primer sucesor de don Bosco, y el beato Felipe Rinaldi, el tercer sucesor, junto a los cuerpos de todos los Rectores Mayores. La Capilla custodia más de tres mil reliquias de santos y mártires de la Iglesia.

Su verdadera joya es la reliquia del madero de la Santa Cruz, conservada en una teca sobre fondo de alabastro. En otra artística teca se custodia un fragmento de la reliquia de la Preciosísima Sangre lateral de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida por mediación del comendador Michele Bert del entonces obispo de Mantua, mons. Giuseppe Sarto, luego Papa san Pío X: está encerrada en un tubito de vidrio atado con hilo de seda rojo y provisto de sello, y en una tarjeta especial mons. Sarto escribió de su propio puño la procedencia y la autenticidad de la reliquia, extraída el 2 de octubre de 1886 de la venerada en la Catedral de Mantua. Una densidad de reliquias que rarísimamente se encuentra en otro lugar del mundo, precisamente en la basílica de don Bosco.

 

Una devoción que continúa

La veneración de las reliquias, tan querida por don Bosco, no pertenece por tanto a un pasado concluido: la vive y la testimonia también el actual Pontífice. El Papa León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, lleva las reliquias de los santos incluso en el pecho. En la cruz pectoral plateada que le regaló el Círculo San Pedro el día de la elección se han insertado fragmentos ex ossibus de cuatro grandes obispos: san León Magno, su homónimo predecesor en la cátedra de Pedro; san Agustín de Hipona, padre de la familia religiosa de la que proviene el Papa; santo Tomás de Villanueva, agustino y arzobispo de Valencia; y el beato Anselmo Polanco, agustino, obispo de Teruel y mártir.

La iniciativa nació del custodio del Sagrario Apostólico, el agustino padre Bruno Silvestrini, que interpretó el deseo del Pontífice de confiarse a la protección de san León Magno y se dirigió al relicarista Antonino Cottone. Con las tradicionales técnicas medievales de las paperoles – minúsculas filigranas de papel dorado sobre tejido tornasolado – el artesano ha realizado la pequeña cruz relicario, después de haber confeccionado ya las reliquias para la cruz recibida por el futuro Papa en 2023, que contenía entre otras cosas fragmentos de san Agustín y de santa Mónica.

El gesto de León XIV dice, con el lenguaje de nuestro tiempo, exactamente lo que don Bosco enseñaba a sus muchachos en Valdocco: los santos no son figuras lejanas, sino compañeros de camino; sus reliquias no son restos inertes, sino memoria viva de una gracia que continúa obrando.

 

Lo que se venera

La reliquia no es simplemente un fragmento del cuerpo de un santo o un objeto que lo ha tocado, y su valor no reside en haber pertenecido a una persona célebre de la cual nos recuerda las virtudes. Es una materia en la cual la santidad de Dios se ha hecho presente: en la vida del santo y también después de su muerte, como testimonio de la vida sin fin. Los milagros que Dios ha querido realizar por medio de las reliquias nos dicen que el cuerpo del santo se ha convertido en plenitud en templo del Espíritu Santo y que Dios quiere permanecer allí incluso más allá de su historia terrena. Lo que se venera no es por tanto un trozo de materia, sino a Dios mismo que ha santificado esa materia.

No debería asombrarnos. En la tradición cristiana también el respeto por los cuerpos de los difuntos comunes, no santos, es independiente del valor de la vida de esa persona: se funda en el respeto a Dios, Creador de cada hombre. No por casualidad enterrar a los muertos es una de las siete obras de misericordia corporal.

 

La veneración de las reliquias permanece como testimonio de la acción de Dios en la historia de la humanidad: una veneración que necesita de la fe para proseguir una tradición ininterrumpida de la Iglesia. Porque donde no hay verdadera fe tampoco hay reconocimiento de la obra de Dios.

 

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