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El Viaje a la ciudad del fuego es uno de los «sueños» más famosos de San Juan Bosco, narrado a sus muchachos el 3 de mayo de 1868. En esta dramática visión, el educador, escoltado por un enigmático «hombre del bonete», atraviesa un paisaje desolado hasta los bastiones del infierno, donde ve a jóvenes conocidos precipitarse entre lazos invisibles y llamas eternas. Cada episodio es un símbolo moral: los hilos representan el respeto humano, los cuchillos la oración, las puertas de bronce las consecuencias del pecado. Don Bosco transformó la angustia del sueño en catequesis, amonestando a sus alumnos contra la desobediencia, la impureza, la avaricia y la pereza, e indicando los sacramentos, la devoción mariana y la obediencia como caminos de salvación. El relato sigue siendo un documento inigualable de su celo pastoral y ardiente caridad educativa.
En la noche del domingo 3 de mayo, festividad del Patrocinio de San José, don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto en los sueños:
– Debo contaros otra cosa, comenzó diciendo, que puede considerarse como consecuencia de cuanto os referí en las noches del jueves y del viernes, que me dejó tan quebrantado que apenas si me podía tener en pie. Vosotros lo podéis llamar sueño o como queráis; en suma, le podéis dar el nombre que os parezca.
Os hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo: – ¿Por qué no hablas? Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la voz y vi junto a mi lecho un personaje distinguido.
Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté:
– ¿Qué debo decir a nuestros jóvenes?
– Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los últimos sueños y lo que deseabas conocer, y que te será revelado la noche próxima. Y se retiró.
Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche que tendría que pasar y, al llegar la hora, no me determinaba a irme a acostar. Y así estuve en mi mesa de trabajo hojeando libros hasta medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar todavía nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté. Y continuó así la narración:
– Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, como estaba cansado, me dormí sin darme cuenta. Y he aquí que de improviso vi en la habitación, junto a la cama, al hombre de la noche anterior (llamado por él varias veces el hombre del bonete, o del gorro), el cual me dijo:
– ¡Levántate y ven conmigo!
Yo le contesté:
– Te lo pido por caridad. Déjame tranquilo, estoy cansado. ¡Mira! Hace varios días que sufro de dolor de muelas. Déjame descansar. He tenido unos sueños espantosos y estoy verdaderamente agotado. Y decía esto porque la aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de cansancio y de terror.
El me respondió:
– ¡Levántate, que no hay tiempo que perder!
Entonces me levanté y le seguí. Mientras caminábamos le pregunté:
– ¿Adónde quieres llevarme ahora?
– Ven y verás.
Y me condujo a un lugar donde se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la misma. Era un verdadero desierto. No se veía alma viviente. Ni una planta, ni un riachuelo; la yerba seca y amarillenta ofrecía un aspecto de tristeza. No sabía dónde me encontraba, ni qué iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Temí haberme perdido. No estaban conmigo ni don Miguel Rúa, ni don Juan B. Francesia, ni ningún otro. Cuando he aquí que divisé al amigo que salía a mi encuentro. Respiré y le dije:
– ¿Dónde estoy?
– Ven conmigo y lo verás.
– Bien; iré contigo.
Iba él delante y yo le seguía sin chistar. Después de un largo y triste viaje, pensando don Bosco que tenía que atravesar tan dilatada llanura se decía para sí:
– ¡Ay mis pobres muelas! ¡Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas…!
Pero de pronto se abrió ante mí un camino.
Entonces interrumpí el silencio y pregunté al guía:
– ¿Adónde, debemos ir ahora?
– Por aquí, respondió.
Y tomamos aquel camino. Era hermoso, ancho, espacioso y bien pavimentado (Via peccantium complanata lapidibus, et in fine illorum inferi, et et poenae, Eclesiástico XXI, 10) (El camino de los pecadores está bien enlosado, pero a su término está la fosa del seol). A un lado y otro de las orillas del foso flanqueaban dos magníficos setos verdes, cubiertos de lindas flores. En especial despuntaban las rosas, entre las hojas, por todas partes, Aquel camino, a primera vista, parecía llano y cómodo y yo me eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de caminar un trecho, me di cuenta de que insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y, aunque la marcha no parecía precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ser llevado por el aire. Incluso noté que avanzaba, casi sin mover los pies. Nuestra carrera era, pues, veloz. Pensando entonces que la vuelta atrás por un camino tan largo hubiera sido fatigosa y cansada, dije al amigo:
– ¿Cómo haremos para regresar al Oratorio?
– No te preocupes, me respondió, el Señor es omnipotente y quiere que camines. El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte hacia atrás.
El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre flores y rosas, cuando vi que por el mismo sendero me seguían todos los jóvenes del Oratorio, con numerosísimos compañeros a los que yo jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los observaba vi de repente que, ora uno ora otro, caían al suelo y eran arrastrados por una fuerza invisible hacia una horrible pendiente, que se veía aún en lontananza, y que luego los metía de cabeza en un horno.
– ¿Qué es lo que hace caer a estos muchachos?, pregunté al guía. (Funes extenderunt in laqueum; juxta iter scandalum posuerunt, Salm. 139. Cuerdas han tendido como red; trampas junto al sendero me han situado).
– Acércate un poco más, me respondió.
Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban a ras del suelo y otros a la altura de la cabeza: estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los jóvenes, al andar, quedaban presos por ellos, sin darse cuenta del peligro; en el momento de caer daban un salto y después rodaban por el suelo con las piernas en alto y, cuando se levantaban, corrían precipitadamente hacia el abismo. Unos quedaban presos por la cabeza, otros por el cuello, quién por las manos, quién por un brazo, éste por una pierna, aquél por la cintura, e inmediatamente eran lanzados abajo. Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de una tela de araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes presos en ellos caían a tierra.
Yo estaba atónito, y me dijo el guía:
– ¿Sabes qué es esto?
– Un poco de estopa, respondí.
– Te diría que no es nada, añadió; no es más que el respeto humano.
Entretanto, al ver que eran muchos los que seguían cayendo en los lazos, pregunté:
– ¿Cómo se entiende que sean tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Quién es el que los arrastra de esa manera?
Y él replicó:
– Acércate más; observa y lo verás.
Miré un poco y después dije:
– Yo no veo nada.
– Mira mejor, repitió.
Tomé, en efecto, uno de los lazos, tiré hacia mí y pude comprobar que venía el otro extremo; tiré aún un poco más y no pude ver dónde acababa aquel hilo, pero me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Me detuve, porque no quería penetrar en aquella vorágine, tiré hacia mí de aquel hilo y noté que cedía un poco, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que, después de haber tirado mucho, salió, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente agarrado con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era éste quien, apenas caía uno en aquellas redes, lo arrastraba inmediatamente hacia sí. Entonces me dije:
– Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la santa cruz y con jaculatorias.
Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo:
– ¿Sabes ya quién es?
– ¡Sí que lo sé! Es el demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno.
Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto, me eché un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que eran los de la deshonestidad, la desobediencia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación, vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás.
Y pregunté:
– ¿Por qué esta diferencia?
– Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano, me fue respondido.
Mirando aún con mayor atención vi que entre los lazos había esparcidos muchos cuchillos que, manejados por una mano providencial, cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había además dos espadas. Una de ellas indicaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra, la devoción a la Virgen. Había también un martillo: la confesión, y había otros cuchillos símbolos de las varias devociones a san José, a san Luis, etc. Muchos rompían con estas armas los lazos al quedar prendidos o se defendían para no caer en ellos.
En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre los lazos de manera que nunca quedaban presos; pasaban antes de que el lazo estuviese tendido y, si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado, sin lograr atraparlos.
Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero, a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, y empezaban a aparecer punzantes espinas. Luego, por mucho que me fijé, no se descubría ni una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después de los matorrales ralos y secos, partían ramas que se tendían por el suelo, impedían el paso y lo sembraban de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llegado a una hondonada, cuyos ribazos ocultaban las regiones vecinas, y el camino, que descendía cada vez más, se hacía espantoso, poco firme y en los de baches, de salientes, de guijarros y de cantos rodados. Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes, muchísimos de los cuales habían logrado salir de aquella senda engañosa y tomaban otros senderos.
Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba, más áspera y más pronunciada era la bajada, de forma que algunas veces me resbalaba y caía al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me plegaban las articulaciones y parecía que se me iban a descoyuntar los huesos. Jadeando, dije a mi guía:
– Amigo, no puedo con mis piernas. Me encuentro tan falto de fuerzas, que no es posible continuar el viaje.
El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su marcha; hasta que, al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció quedar un poco descansado. Entretanto observaba desde arriba el camino que había recorrido; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Miré lo que me quedaba por andar, cerré los ojos de pavor y exclamé:
– ¡Por favor, volvamos atrás! Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para volver al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda subir ahora esta cuesta!
Y el guía me contestó resueltamente:
– Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo?
Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante:
– Sin ti, ¿cómo podría volver atrás o continuar el viaje?
– Pues bien, sígueme, añadió el guía.
Me levanté y continuamos bajando. El camino se hacía cada vez más horriblemente abrupto, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, apareció ante nuestros ojos un edificio inmenso que tenía una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, surcada por el brillo de sanguinolentas llamas, se elevaba sobre aquellos murallones. Levanté mis ojos a aquellas murallas: eran más altas que una montaña. Don Bosco preguntó al guía:
– ¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? -Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta, me respondió; por la inscripción sabrás donde estamos. Miré y leí sobre la puerta: Ubi non est redemptio (Aquí no hay redención). Me di cuenta de que estábamos ante las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una distancia regular, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum, qui paratus est diabolo et angelis eius… Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur (Alejaos, malditos, al fuego eterno que está preparado para el diablo y para sus ángeles… Todo árbol que no da buenos frutos, será cortado y echado al fuego). Saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo:
– ¡Detente! ¡Qué haces?
– Tomo nota de estas inscripciones.
– No hace falta; las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos.
Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio; pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás y con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciendo:
– ¡Observa!
Tembloroso, alcé los ojos hacia arriba y, a una gran distancia, vi que por aquel camino en declive, bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento, y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle mayor impulso en la carrera.
Corramos, detengámosle, ayudémosle, gritaba yo tendiendo las manos hacía él.
Y el guía replicaba:
– No; déjalo.
– ¿Y por qué no puedo detenerlo?
– ¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor?
Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida más solución que ir a dar contra la puerta de bronce.
– ¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, pregunté yo.
– Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del infierno y va a atormentarle aun en medio del fuego.
En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, ciento, y mil más impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo.
Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una enfrente de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se alzaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me agarró del brazo y me dijo:
– Detente y observa de nuevo.
Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a otros tres jóvenes de nuestras casas que en forma de peñascos rodaban rapidísimamente uno tras otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. En aquel instante conocí a los tres. La puerta se abrió y, después de ella, las otras mil; los jóvenes fueron empujados por aquel larguísimo corredor, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, aquéllos desaparecieron y las puertas se cerraron. Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando… Vi precipitarse allí a un pobrecillo, impulsado por los empujones de un malvado compañero. Otros caían solos, algunos acompañados; unos agarrados del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte.
– He aquí la causa principal de tantas condenas, exclamó mi guía: los compañeros malos, las malas lecturas y las perversas costumbres.
Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación:
– Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas?
Y el guía me contestó:
Este es el estado en que actualmente se encuentran y, si muriesen en él, vendrían a parar aquí sin remedio.
Déjame, pues, anotar los nombres para que yo pueda avisarles y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso.
– ¿Y, crees tú que algunos se corregirían si les avisases? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente. Algunos se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado.
– ¿Entonces, no hay remisión para estos desgraciados? Dame un remedio para que puedan salvarse.
– Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los reciban.
Mientras tanto, un nuevo grupo de jóvenes se precipitaba en el abismo y las puertas permanecieron abiertas durante un instante.
– Entra tú también, me dijo el guía.
Me eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio, para avisar a los jóvenes y detener los a fin de que no se perdiera ninguno más. Pero el guía me volvió a insistir:
– Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿quieres proseguir solo o acompañado?
Me dijo esto para que reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y, al mismo tiempo, la necesidad de su benévola asistencia; por lo que contesté:
– Quita allá: ¿solo en ese lugar de horror? ¿Sin la ayuda de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino de vuelta?
Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí:
– Antes de ir al infierno hay que pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.
Así que exclamé resueltamente:
– ¡Entremos, pues! Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con la luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una portezuela fea, gruesa, la peor que había visto jamás y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum (Los impíos irán al fuego eterno). Los muros estaban cubiertos de inscripciones en todo su perímetro. Pedí permiso a mi guía para leerlas y me contestó:
– Haz como te plazca.
Entonces miré por todas partes. En un sitio vi escrito: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in sempiternum (Pondré fuego en su carne para que ardan para siempre) – Cruciabantur die ac nocte in saecula saeculorum (Eran atormentados día y noche por los siglos de los siglos) – Y en otro lugar: Hic universitas malorum per omnia saecula saeculorum (Aquí todos los males, por los siglos de los siglos). En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat (Aquí no hay ningún orden, sino que impera un horror sempiterno) –Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit (El humo de sus tormentos sube eternamente) – Non est pax impiis (No hay paz para los impíos) – Clamor et stridor dentium (Clamor y rechinar de dientes).
Mientras iba alrededor de los muros leyendo aquellas inscripciones, el guía que se había quedado en el centro del patio, se acercó y me dijo:
– Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola; hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar?
– Quiero ver solamente, respondí.
– Ven, pues, conmigo, añadió el amigo. Y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor, en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una ancha ventana con un solo cristal, que llegaba del suelo a la bóveda, y a través del cual se podía contemplar el interior. Crucé el umbral y me detuve presa de terror indescriptible. Apareció ante mis ojos una especie de inmensa caverna, que se perdía en las profundidades excavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas en movimiento, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. uros, bóvedas, pavimento, hierros, piedras, madera, carbón, todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calor millares y millares de veces al fuego de la tierra, sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba. No puedo describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Praeparata est enim ab heri Thopheth, a rege praeparata, profunda et dilatata. Nutrimenta eius, ignis et ligna multa: flatus Domini sicut torrens sulphuris succedens eam. – Isaías XXX, 33. (Preparado está desde hace tiempo un Tófet, también para Mélek un foso profundo y ancho; hay paja y madera en abundancia. El aliento de Yahvéh, cual torrente de azufre lo enciende).
Mientras miraba atónito todo aquello, llegó por un pasaje, con gran violencia, un joven que, como si no se diera cuenta de nada, lanzó un grito agudísimo, como quien está para caer en un lago de bronce hecho líquido y se precipitó en el medio, se tornó blanco como toda la caverna y quedó inmóvil, mientras por un momento resonaba el eco de su voz moribunda.
Horrorizado contemplé un instante a aquel joven y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos.
– Pero ¿éste no es uno de mis jóvenes?, pregunté al guía; ¿no es fulano?
– Sí, sí, me respondió.
– ¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse?
Y me dijo:
– Tú elegiste ver y por tanto ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur (todo fuego será salado y toda víctima será salada con sal).
Apenas si había vuelto de nuevo la mirada, cuando otro joven, con furor desesperado y a grandísima velocidad, corría y se precipitaba en la misma caverna. Este pertenecía también al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Lanzó un grito lastimero y su voz se confundió con el último eco del grito del que había caído antes. Después de éste llegaron otros con la misma precipitación y su número fue en aumento: todos lanzaban el mismo grito y quedaban inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra. Unos tenían los pies en alto, otros el rostro pegado al suelo. Algunos estaban casi suspendidos sosteniéndose con un solo pie y una sola mano; otros estaban sentados y tirados; los unos apoyados sobre un lado, los otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en distintas posiciones, unas más dolorosas que otras. Aún vinieron otros a aquel horno; en parte me eran conocidos y en parte desconocidos. Me acordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae por vez primera en el infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco ceciderit, ibi erit (El tronco se quedará allí, en cualquier lugar que cayere).
Como aumentaba mi espanto, pregunté al guía:
– ¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta de que vienen a parar aquí?
– ¡Oh!, sí saben que van al fuego; fueron avisados mil veces; pero siguen corriendo voluntariamente, por no detestar el pecado y no quererlo abandonar, por despreciar y rechazar la misericordia de Dios que incesantemente los llama a penitencia; y, por tanto, la justicia divina, provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no pueden parar hasta llegar a este lugar.
– Oh, ¡qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!, exclamé.
– ¿Quieres conocer la íntima agitación y el frenesí de sus almas? Pues acércate un poco más, me dijo el guía.
Di unos pasos adelante hacia la ventana y vi que muchos de aquellos desdichados se propinaban mutuamente tremendos golpes, causándose terribles heridas, y se mordían como perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes y las arrojaban con despecho por el aire. En aquel momento toda la cobertura de aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían salvado para siempre.
Y aquellos condenados rechinaban los dientes con envidia feroz, y respiraban afanosamente, porque en vida habían hecho a los justos blanco de sus burlas. (Peccator videbit et irascetur: dentibus suis fremet et tabescet) (El pecador verá y se irritará: dentellará y se deshará).
Pregunté al guía:
– Dime, ¿por qué no oigo ni una voz?
– Acércate más, me gritó.
Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los santos. Era un tumulto de voces y gritos estridentes y confusos, por lo que pregunté a mi amigo:
– ¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan?
Y él añadió:
– Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven obligados a confesar: Nos insensati! Vitam illorum aestimabamus insaniam et finem illorum sine honore. Ecce quomodo computati sunt inter filios Dei et inter sanctos sors illorum est. Ergo erravimus a via veritatis (íInsensatos de nosotros! Teníamos su vida por locura y sin honor su fin, y he aquí que fueron contados entre los hijos de Dios y su suerte está entre los santos. Luego nos desviamos del camino de la verdad). Por eso gritan: Lassati sumus in via iniquitatis et perditionis. Erravimus per vias difficiles, viam autem Domini ignoravimus. Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia illa tamquam umbra (Hemos sido dejados en el camino de la iniquidad y la perdición. Caminamos por caminos difíciles, pero ignoramos el camino del Señor. »De qué nos aprovechó la soberbia? Todo aquello pasó como una sombra). Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por toda la eternidad. Pero son gritos inútiles, esfuerzos inútiles, llantos inútiles. ¡Omnis dolor irruet super eos! (¡Todo dolor caerá sobre ellos!). Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad.
Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes, de pronto floreció una idea en mi mente.
– ¿Cómo es posible, dije, que los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes estaban aún vivos en el Oratorio ayer por la noche.
Y el guía me contestó:
– Todos los que ves aquí, están muertos a la gracia de Dios y si ahora les sorprendiera la muerte y continuasen obrando como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo: prosigamos adelante.
Y me alejó de aquel lugar por un corredor que descendía a un profundo subterráneo conduciéndome a otro aún más bajo, en cuya entrada se leían estas palabras: Vermis eorum non moritur, et ignis non extinguitur… Dabit Dominus omnipotens ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant usque in sempiternum (Judit, XVI, 21). (Su gusano no muere y el fuego no se apaga… Meterá el Señor omnipotente fuego y gusanos en sus carnes, y llorarán penando eternamente). Aquí se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras casas.
El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios, y aun extraordinarios, para convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tas gracias prometidas, ofrecidas y hechas por María Santísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordad tantos buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones ineficaces está lleno el infierno, dice el proverbio.
Ya allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me están escuchando ahora, otros que estuvieron aquí con nosotros y otros muchos que yo no conocía. Me adelanté y observé que todos estaban cubiertos de gusanos y asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las manos, las piernas, los brazos, todo, y tan lastimosamente que no hay palabras para explicarlo. Permanecían inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse librar de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más y me acerqué para que me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ninguno me dirigía la palabra ni me miraba. Pregunté entonces al guía la causa de esto y me respondió que en el otro mundo no hay libertad para los condenados; cada uno soporta el castigo que Dios le impone sin variación alguna y no puede ser de otra manera. Y añadió:
– Ahora es necesario que vayas a esa región de fuego que acabas de contemplar.
– ¡No, no!, repliqué aterrado. Para ir al infierno es necesario pasar antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno!
– Dime, observó mi amigo; ¿qué te parece mejor: ir al infierno y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de tantos tormentos?
Desconcertado ante aquella propuesta, respondí:
– ¡Oh, yo quiero mucho a mis jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de manera que no tuviésemos que ir ahí dentro ni yo ni los demás?
– Bien, contestó mi amigo, aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con tal de que tú hagas cuanto puedas.
Mi corazón se ensanchó y dije para mí: no me importa el trabajo, con tal de que pueda librar a mis queridos hijos de tantos tormentos.
– Ven, pues, adentro; continuó el guía, y observa la bondad y la omnipotencia de Dios, que amorosamente pone en juego mil medios
para inducir a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna.
Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre éstas, a regular distancia, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos huecos que comunicaban con la caverna.
El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se veía escrito: Sexto Mandamiento y exclamó:
– La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos muchachos. -Pero ¿no se han confesado?
– Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han confesado mal o las han callado a propósito. Por ejemplo: uno que cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal y no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor y el propósito. Algunos incluso, en lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de los réprobos para toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la misericordia de Dios? Levantó el velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio a todos los cuales conocía, condenados por esta culpa. Entre ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta.
– Al menos ahora, le supliqué, ¿me dejarás escribir los nombres de esos jóvenes para poder avisarles en particular?
– No hace falta, me respondió.
– Entonces, ¿qué les debo decir?
– Predica en todas partes contra la inmodestia. Basta avisarles de una manera general y no olvides que, aunque lo hicieras particularmente, te harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para conseguir un propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual no faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la piden. Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder en compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. Y los jóvenes, que escuchen tus amonestaciones, que pregunten a su conciencia y ella les sugerirá lo que deben hacer. Y seguidamente hablamos por espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces en voz alta:
– Avertere!… Avertere! (íApartar!… íApartar!) – ¿Qué quieres decir con esa exclamación?
– ¡Que cambien de vida!… ¡Que cambien de vida!
Yo, confundido ante aquella revelación, incliné la cabeza y estaba para retirarme, cuando él me volvió a llamar y me dijo:
– Todavía no lo has visto todo.
Y, volviéndose hacia otra parte, levantó otro gran velo sobre el cual estaba escrito: Qui volunt divites fieri, incidunt in tentationem et laqueum diaboli. (Los que quieren hacerse ricos, caen en la tentación y en el lazo del demonio). Lo leí y dije: -Esto no interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos ni buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasan por la imaginación!
Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes, todos conocidos, que sufrían como los primeros que contemplé, y el guía, señalándolos, me respondió:
– Sí, también interesa esa inscripción a tus muchachos. -Explícame entonces el significado del término divites (ricos).
Y siguió él diciendo:
– Por ejemplo, algunos de tus jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de forma que este afecto desordenado les aparta del amor a Dios, faltando, por tanto, a la piedad y a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el uso de las riquezas, sino también con el deseo de las mismas, tanto más si este deseo va contra la justicia. Tus jóvenes son pobres; pero has de saber que la gula y el ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el propio pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y, a pesar de que pueden hacerlo, no piensan en restituir.
Hay quien piensa abrir la despensa con ganzúas; y quien intenta penetrar en las dependencias del Prefecto o del Ecónomo; quien registra los es de los compañeros para apoderarse de comestibles, dinero u otros objetos; quien hace acopio de cuadernos y de libros para su uso…
Me dijo el nombre de éstos y de otros más, y continuó:
– Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado prendas de vestir, ropa blanca, cubrecamas y capas que pertenecían al Oratorio, para enviarlas a sus casas. Algunos, por algún otro daño grave, ocasionado voluntariamente y no reparado. Otros por no haber restituido objetos y cosas que les habían prestado, y alguno por haber retenido dinero que se le había confiado para que lo entregase al Superior:
Y concluyó diciendo:
– Y puesto que te fueron indicados estos tales, avísales, diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que sean obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor; de otra forma la codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en el dolor, la muerte y la perdición.
Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas, a las que nuestros jóvenes daban tan poca importancia, tuviesen aparejados castigos tan terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones, diciéndome:
– Recuerda lo que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la vid echados a perder. Y levantó otro velo que ocultaba a muchos otros de nuestros jóvenes, a los que conocí inmediatamente y que están en el Oratorio. Sobre aquel velo estaba escrito: Radix omnium malorum (Raíz de todos los males). E inmediatamente me preguntó:
– ¿Sabes qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado con esta inscripción?
– Me parece que debe ser la soberbia.
– No, me respondió.
– Pues yo siempre he oído decir que la soberbia es la raíz de todos los pecados.
– Sí; en general se dice que es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo que hizo caer a Adán y Eva en el primer pecado, por el que fueron arrojados del Paraíso terrenal?
– La desobediencia.
– Cierto; la desobediencia es la raíz de todos los males.
– ¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto?
– Presta atención. Esos jóvenes que ves aquí son los desobedientes que se están preparando un fin tan lastimoso. Esos tales y esos cuales que tú crees se han ido a descansar y, en cambio, de noche se bajan a pasear por el patio, sin preocuparse de las prohibiciones del reglamento; van a lugares peligrosos, suben por los andamios de las obras en construcción poniendo en peligro incluso la propia vida. Algunos, pese a las normas de los reglamentos, van a la iglesia, pero no están en ella como deben; en vez de rezar, están pensando en otras cosas y se entretienen en fabricar castillos en el aire; otros estorban a los demás. Hay quienes sólo se preocupan de apoyarse y buscar una posición cómoda para poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros, tú crees que van a la iglesia y, en cambio, no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que, en vez de cantar las divinas alabanzas y el oficio de la Virgen María, se entretienen en leer libros nada piadosos y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, hasta leen libros prohibidos.
Y siguió enumerando otras faltas contra el reglamento, origen de graves desórdenes.
¿Cuándo hubo terminado, le miré conmovido a la cara; él clavó sus ojos en mí y yo le dije:-»Puedo referir todas estas cosas a mis muchachos?-Sí, puedes decirles cuanto recuerdes.-»Y qué consejo he de darles para que no les sucedan tan grandes desgracias?-Debes insistir en que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los padres y a los superiores, aún en las cosas pequeñas, los salvará.-»Y qué más?-Les dirás que eviten el ocio, que fue el origen del pecado de David: incúlcales que estén siempre ocupados, pues así el demonio no tendrá tiempo para tentarlos.
Incliné la cabeza y se lo prometí. Me encontraba tan turbado que dije al amigo:
– Te agradezco la caridad que has tenido conmigo y te ruego que me hagas salir de aquí.
Y entonces él dijo: – ¡Ven conmigo! Y animándome, me tomó de la mano y me sostuvo en pie, porque me encontraba agotado. Al salir de la sala, y después de atravesar en un momento el hórrido patio y el largo corredor de entrada, antes de trasponer el umbral de la última puerta de bronce, se volvió de nuevo a mí y exclamó:
– Ahora que has visto los tormentos de los demás, es necesario que pruebes un poco lo que se sufre en el infierno.
– ¡No, no!, grité horrorizado.
El insistía y yo me negaba siempre.
– No temas, me dijo; prueba solamente, toca este muro.
Me faltaba valor para hacerlo y quería alejarme, pero él me detuvo insistiendo:
– A pesar de todo, es necesario que lo pruebes.
Y, aferrándome resueltamente por un brazo, me acercó al muro mientras decía:
– Tócalo una vez al menos, para que puedas decir que estuviste visitando las murallas de los suplicios eternos y para que puedas comprender cuán terrible será la última, si así es la primera. ¿Ves esa muralla?
Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel muro era de espesor colosal.
El guía prosiguió:
– Es el milésimo primero antes de llegar a donde está el verdadero fuego del infierno. Mil muros más lo rodean. Cada uno tiene mil medidas de espesor y de distancia del uno al otro, y cada medida es de mil millas; éste está a un millón de millas del verdadero fuego del infierno y por eso apenas es un mínimo principio del infierno mismo.
Al decir esto, y como yo me echase atrás para no tocar, me agarró la mano, me la abrió con fuerza y me hizo golpear sobre la piedra de aquel milésimo muro. En aquel instante sentí una quemadura tan intensa y dolorosa que, saltando hacia atrás y lanzando un grito agudísimo, me desperté. Me encontré sentado en la cama y me parecía que me ardía la mano. La restregaba contra la otra para aliviarme de aquella sensación. Al hacerse de día, pude comprobar que mi mano, en realidad, estaba hinchada, y la impresión imaginaria de aquel fuego me afectó tanto que cambié la piel de la palma de la mano derecha.
Tened presente que no os he contado las cosas con toda su horrible crueldad, ni tal como las vi y de la forma que me impresionaron, para no causar en vosotros demasiado espanto. Nosotros sabemos que el Señor no nombró jamás el infierno sino valiéndose de símbolos, porque, aunque nos lo hubiera descrito como es, nada hubiéramos entendido. Ningún mortal puede comprender estas cosas. El Señor las conoce y las puede manifestar a quien quiere.
Durante muchas noches consecutivas, y siempre presa de la mayor turbación, no pude dormir a causa del espanto que se había apoderado de mi ánimo. Os he contado solamente el resumen de lo que he visto en sueños de mucha duración; puede decirse que de todos ellos os he hecho un breve compendio. Más adelante os hablaré sobre el respeto humano, y de cuanto se relaciona con el sexto y séptimo Mandamiento y con la soberbia. No haré otra cosa más que explicar estos sueños, pues están de acuerdo con la Sagrada Escritura, aún más, no son más que un simple comentario de cuanto en ella se lee respecto a esta materia. Durante estas noches os he contado ya algo, pero, de cuando en cuando, vendré a hablaros y os narraré lo que falta, dándoos la explicación consiguiente.
Tal como lo prometió, lo hizo. Seguidamente expuso este mismo sueño a los jóvenes de Mirabello y de Lanzo, pero resumiendo la narración. Repitió cuanto había visto sin hacer cambios notables, aunque no faltaban algunas variantes. Al narrarlo privadamente a sus sacerdotes y clérigos de más confianza, añadía algún detalle más. En ocasiones omitía algunas cosas y ponía de manifiesto otras. En la descripción de los lazos introdujo una nueva idea sobre la argucia del demonio y su manera de arrastrar a los jóvenes hacia el infierno, hablando de las malas costumbres. De muchas escenas no dio explicación: por ejemplo, de los personajes de agradable aspecto que se encontraban en la sala magnífica y que nosotros nos atreveríamos a decir que simbolizan: El tesoro de la misericordia de Dios para salvar a los jóvenes, que de otra manera habrían perecido. Tal vez eran los principales ministros de innumerables gracias.
Ciertas variantes provenían de la multiplicidad de las cosas vistas al mismo tiempo, las cuales, al reproducirse en su imaginación, le hacían escoger lo que el siervo de Dios juzgaba más oportuno para sus oyentes. Por lo demás, la meditación de los novísimos era algo familiar en don Bosco, y, como fruto de ella, su corazón se encendía en una vivísima compasión hacia los pobres pecadores amenazados por el peligro de una eternidad tan horrible. Este sentimiento de caridad le hacía sobreponerse al respeto humano, invitando a la penitencia con una prudente franqueza incluso a personajes distinguidos, siendo de tal eficacia sus palabras que conseguía numerosas conversiones.
Nosotros hemos ofrecido fielmente aquí cuanto escuchamos de labios del mismo Siervo de Dios y cuanto nos refirieron de viva voz o por escrito numerosos testigos sacerdotes, formando con el conjunto una sola narración. Ha sido un trabajo arduo, porque deseábamos reproducir con exactitud matemática cada una de las palabras, cada unión de una escena con otra, el orden de los diferentes hechos, avisos, reproches, y todas las ideas expuestas y no explicadas, entre las cuales no faltará alguna de las que se dejan sobreentender. ¿Hemos conseguido nuestro propósito?
Podemos asegurar a los lectores que hemos buscado una sola cosa con la mayor diligencia, a saber: la de exponer con toda la fidelidad posible las largas charlas de don Bosco.
(MB IT X, 166-182 / MB ES IX, 169-183)
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