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A Don Bosco se le presenta dentro de una espiritualidad del trabajo que, en sintonía con el magisterio de Juan Pablo II, afirma su dignidad sin absolutizarlo: no es un fin en sí mismo, sino un lugar donde la persona se expresa y crece en la caridad. Desde esta perspectiva, Don Bosco aparece como el santo del «hacer»: une oración y acción, santifica el trabajo y lo asume como vía educativa y «escala mística» hacia Dios. Para él, trabajo significa cumplimiento del propio deber de estado: manual, intelectual, apostólico y caritativo. Insiste en la laboriosidad y la templanza como señas salesianas, convencido de que el ocio favorece el mal. Su testimonio es el de una vida de laboriosidad colosal, hasta el agotamiento y la muerte.
Porque el trabajo y la templanza harán florecer la Congregación salesiana.
La importancia que ha adquirido el tema del trabajo en nuestro tiempo queda demostrada por la imponente literatura que analiza sus aspectos y valores en continuo desarrollo. Aunque desfigurado por ciertas ideologías, el trabajo es verdaderamente un valor central en la sociedad y en la cultura de hoy. Pone de manifiesto un aspecto de la misión del hombre en el mundo: el de dominar la naturaleza para humanizarla y ponerla al servicio de la persona.
El Sumo Pontífice Juan Pablo II traza, en su Encíclica Laborem exercens y en otras numerosas intervenciones, las líneas de una espiritualidad del trabajo que exalta su valor, pero desmitifica cualquier idolatría al respecto. El trabajo, en efecto, no es un fin en sí mismo, no es un absoluto. Es, en cambio, «un modo importante de expresar a la persona como “co-creadora” o “co-redentora” en la tierra y en el tiempo. Para nosotros se convierte en testimonio de la tríada espiritual: fe, esperanza, caridad. En este sentido, no es tanto la calidad del trabajo lo que engrandece a la persona, sino las motivaciones y el corazón con que se realiza, es decir, la medida del amor de caridad que lo impregna» (E. Viganò). Don Bosco hizo del trabajo su bandera, se santificó trabajando y trabajando mucho. Veámoslo.
La actividad incesante
El académico de Italia Francesco Orestano, escribiendo sobre Don Bosco, tras haber subrayado su grandeza moral y su fuerza de voluntad, prosigue en estos términos: «Por importantes que sean los rasgos del hombre y de su obra, la originalidad de Don Bosco no reside todavía aquí. Hela aquí. Necesidades educativas y sociales, profundamente intuidas en perfecta relación con los nuevos tiempos, le hicieron descubrir la gran ley de educar con y para el trabajo. Del trabajo como instrumento educativo, Don Bosco sintió la extraordinaria potencia edificante de la personalidad humana en todos los sentidos y momentos. El trabajo, vía eminente de ennoblecimiento del espíritu: «No os recomiendo penitencias y disciplinas, sino trabajo, trabajo, trabajo». Y aún en su lecho de muerte, lo recomendaba a todos los salesianos, a quienes quiso ordenar como una milicia social, no dedicada a prácticas ascéticas, sino totalmente impregnada de las necesidades de la vida moderna. Y no solo apreció el trabajo como instrumento educativo, sino como contenido de vida. Del trabajo sintió toda la dignidad incluso en sus aplicaciones manuales más modestas, trató de aprender y practicar todas ellas de manera ejemplar, y por ello mismo, ennoblecerlas. Y nunca consideró el trabajo como medio de enriquecimiento, pues, al contrario, juzgó, como su santa madre había sentenciado rectamente, que enriquecerse era una desgracia; sino solo como plenitud, salud y santidad de vida».
La cita es pertinente porque capta, con penetrante claridad, el aspecto quizás más original de su pedagogía y de su santidad, que es el de la elevación del hombre y del cristiano a través del trabajo y con el trabajo. Con una condición, sin embargo: que la palabra «trabajo» se tome en la gama de significados que tenía para Don Bosco, para quien era, según el caso, sinónimo de actividad manual, artesanal, técnica, profesional; intelectual, escuela, estudio, cultura; apostólica, catequesis, evangelización, celo pastoral; sacerdotal, acción litúrgica, sacramentos; caritativa, en sus diversas formas; deber de estado. «Por trabajo se entiende el cumplimiento de los deberes del propio estado».
Será, por tanto, el contexto el que nos dé el significado que Don Bosco pretendía cada vez que hablaba de trabajo.
La «escala mística» del trabajo
Del trabajo entendido como actividad apostólica, caritativa y humanizadora, Don Bosco intuyó la suprema grandeza, la divina virtud santificadora, y no dudó en hacer de él su escala mística para ir a Dios.
No separó el trabajo de la oración: «Si ha habido un santo que en los tiempos modernos haya unido y encarnado en sí mismo de manera tan maravillosa los dos elementos de la tradición benedictina “orar y trabajar”, ese fue precisamente Don Bosco» (Card. C. Salotti). Pero la oración no es lo que más destaca en él, no es su divisa. «Lo que el mundo ve es el trabajo intenso y desinteresado. Don Bosco es un santo extremadamente concreto: para decirlo con una palabra un poco cruda pero cierta, no cree en una piedad que no se exprese en la vida, que no se convierta en acción, en caridad activa, que no se traduzca en un trabajo incesante por amor a Dios y a los hermanos».
Añadamos que en el siglo XIX la oración era todavía una realidad tan fuertemente insertada en la costumbre cristiana, que Don Bosco no consideró oportuno insistir en ella a ultranza como, probablemente, habría hecho en una situación diferente. Urgía, en cambio, santificar el trabajo y divinizar la acción. Este fue su carisma.
A esto se sentía inspirado y llamado. Sabía que la palabra no es persuasiva si no es en el momento en que se convierte en acción, y quiso que la acción se convirtiera en palabra, que sus ideas tuvieran manos, como de hecho ocurría.
Era por temperamento lo que se dice un «hombre de acción», el «realizador de éxito», el «genio de la organización». El trabajo era su segunda naturaleza. «Dios —decía— me ha concedido la gracia de que el trabajo y el esfuerzo, en lugar de ser una carga para mí, siempre me resultaran un alivio».
El impulso a actuar era poderosamente estimulado por las nuevas e inmensas necesidades de su siglo, por la miserable condición en que se encontraba la juventud marginada o desatendida de su tiempo. Pero le atraía sobre todo el ejemplo de Jesús, el divino trabajador de la casita de Nazaret, el amigo de los niños y de los humildes, el apóstol del Padre continuamente en acción por nuestra salvación: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17); Jesús «comenzó a hacer y a enseñar» (Hch 1,1). Este es el modelo que propone a sus hijos cuando escribe las Constituciones.
«Jesucristo comenzó a hacer y a enseñar, así los congregados comenzarán a perfeccionarse a sí mismos con la práctica de las virtudes internas y externas».
Cuando Don Bosco cita la Palabra de Dios, demuestra una marcada preferencia por los textos que ponen de relieve la «categoría del hacer», del anuncio, de la evangelización; en su voluminoso epistolario, la alusión a las realidades divinas y a la oración es casi continua, aunque casi nunca tematizada. En cambio, se subrayan con esmero frases de este tenor: «Opus fac evangelistae» (2Tm 4,5: «Realiza tu labor de evangelizador»); «Tu vero praedica Verbum opportune et importune» (2Tm 4,2: «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo»); «Opera Dei revelare et confiteri honorificum est» (Tb 12,7: «Es bueno revelar y alabar las obras de Dios»).
Sin embargo, no fue un pragmático, ni elevó la praxis a criterio de verdad. Siempre puso por encima de todo tanto la doctrina de la fe como el Magisterio: principios y valores firmemente adquiridos. Pero fue «el emprendedor de Dios», el realista que antepone, por instinto, lo práctico a lo teórico, lo vivido a lo abstracto, los hechos a las palabras, que no cree en la fe sin obras, ni en un Evangelio que no esté incorporado a la vida. Solo «el que obra la verdad viene a la luz» (Jn 3,21). Solo el lenguaje de los hechos y de las obras le parecía suficientemente creíble.
«El mundo se ha vuelto material —decía—, por eso hay que trabajar y dar a conocer el bien que se hace. Si uno hace incluso milagros rezando día y noche en su celda, el mundo no le hace caso y ya no le cree. El mundo necesita ver y tocar. El mundo actual quiere ver las obras, quiere ver al clero trabajar…».
En una época en la que se miraba a los religiosos como a gente ociosa, inútil para el progreso de la sociedad, quiso que su institución se fundara en la gran ley del trabajo y decía, no sin humor, que la divisa de sus religiosos sería la de las «mangas remangadas».
Con el coraje y la audacia de los emprendedores que hicieron célebre la ciudad de Turín —sobre todo en el último cuarto del siglo XIX—, sostenido por una fe inquebrantable, lanza a sus jovencísimos salesianos, formados «sobre el terreno» y con poca teoría, a fundar sus obras caritativas: oratorios, hospicios, escuelas, colegios, misiones.
En 1878 tiene la audacia de escribir a León XIII, recién elegido, que preste particular atención a las nuevas instituciones que el Espíritu Santo hace surgir en la Iglesia: «Las familias religiosas recientes son llamadas por la necesidad de los tiempos. Con la firmeza en la fe, con sus obras materiales, deben combatir las ideas de quienes en el hombre solo ven materia. Estos a menudo desprecian a quien reza y medita, pero se verán obligados a creer en las obras de las que son testigos oculares». Palabras antiguas; parecerían de hoy y válidas a escala planetaria, tan invocada y exigida es por doquier la apologia vitae de los creyentes, el testimonio auténticamente cristiano.
«Donde hay trabajo no está el demonio»
Las afirmaciones audaces que otros santos han hecho en alabanza a la oración, Don Bosco las hizo en alabanza al trabajo.
«El noventa por ciento de sus discursos a los cohermanos —escribe A. Caviglia— son sobre el trabajo, la templanza, la pobreza. He aquí —añade agudamente— el escándalo de un santo; de un santo, podemos decir, “americano”; dice muchas más veces: “Trabajemos”, que: “Recemos”».
Escribe, a su vez, E. Ceria: «Sería difícil encontrar otro santo que en la medida de Don Bosco haya conjugado y hecho conjugar el verbo trabajar». Quiso a sus salesianos alegres, pobres, frugales, sobre todo laboriosísimos: «¡Trabajo, trabajo, trabajo! —repetía—. Este debería ser el objetivo y la gloria de los sacerdotes. No cansarse nunca de trabajar. ¡Cuántas almas se salvarían!». «Quien no sabe trabajar no es salesiano».
Quería que el trabajo tuviera la continuidad de la respiración: «Siempre trabajar […]. Este debe ser el fin de todo salesiano y su continuo suspiro». La idea del esfuerzo no debía ser un freno, sino servir de estímulo para hacer más. «Aquí no se quiere dinero, sino esfuerzos». «Es necesario que nos procuremos trabajos superiores a nuestras fuerzas, y así quién sabe si no llegaremos a hacer todo lo que se puede».
La pereza y el ocio le inspiraban horror. Llegó a decir esta frase de extremo rigor: «El sacerdote o muere por el trabajo o muere por el vicio».
Lo que para otros Institutos eran las penitencias aflictivas, los largos ayunos, para Don Bosco era el trabajo: «Queridos míos, —repetía— no os recomiendo penitencias y disciplinas, sino trabajo, trabajo, trabajo».
Cuando veía el gran trabajo que hacían sus hijos, se alegraba íntimamente: «Cuando voy a las casas y oigo que hay mucho que trabajar, vivo tranquilo. Donde hay trabajo no está el demonio». «Es verdad, —añadía— el trabajo supera las fuerzas, pero nadie se desanima, y parece que el esfuerzo es un segundo alimento después del alimento material».
Estaba convencido de que «desde San Pedro hasta nosotros los tiempos nunca habían sido tan difíciles», pero quería que «en lugar de llenar el aire de lamentos quejumbrosos» se reaccionara intensificando el trabajo: «Trabajar hasta no poder más».
Pío IX le había dicho: «Yo estimo que está en mejor condición una casa religiosa donde se reza poco, pero se trabaja mucho, que otra en la que se hagan muchas oraciones y se trabaje nada o poco». Y también: «A los novicios no los metáis en la sacristía, para que no se vuelvan ociosos: ¡ocupaos en trabajar, a trabajar!».
Es lo que Don Bosco hacía desde siempre, suscitando perplejidad y desconfianza en otros religiosos y en la misma autoridad eclesiástica.
Se le reprochaba, por ejemplo, que sacrificara el «noviciado ascético» y los métodos «tradicionales» de la formación, comprometiendo incautamente a los jóvenes cohermanos en disipadoras y precoces actividades apostólicas. Pero Don Bosco respondía en su defensa: «La experiencia de treinta y tres años nos enseña que estas asiduas ocupaciones son un baluarte inexpugnable de la moralidad. Y he observado que los más ocupados y los más laboriosos recuerdan mejor su antigua condición, gozan de mucha salud, se conservan más virtuosos y, una vez sacerdotes, recogen copioso fruto del sagrado ministerio».
La confirmación de la bondad de su método le venía también de los misteriosos sueños que, como cartas del cielo, marcan los puntos de inflexión decisivos de su existencia.
En el «sueño de Lanzo» (1876), por ejemplo, el guía que lo acompaña le muestra el campo inmenso de la acción salesiana y le dice en tono perentorio: «Mira; tienes que hacer imprimir estas palabras que serán como vuestro emblema, vuestra consigna, vuestro distintivo. Anótalo bien: El trabajo y la templanza harán florecer la Congregación salesiana. Harás explicar estas palabras, las repetirás, insistirás».
Extraordinaria importancia ha tenido siempre en la tradición salesiana el sueño de los «diez diamantes», o de las diez virtudes, que brillan con luz deslumbrante sobre el manto del personaje que personifica el «modelo del verdadero salesiano». Dos de estos diamantes llevan la inscripción: «Trabajo», «Templanza». Están colocados respectivamente en el hombro derecho y en el izquierdo, como para perfilar la figura del salesiano.
Recordemos, por último, las palabras quizás más grandes de su vida: «Cuando ocurra —así termina su Testamento espiritual— que un salesiano sucumba o deje de vivir trabajando por las almas, entonces diréis que nuestra Congregación ha obtenido un gran triunfo y sobre ella descenderán copiosas las bendiciones del cielo». Aún en su lecho de muerte recomendó por dos veces a Monseñor Cagliero: «Te recomiendo que digas a todos los salesianos que trabajen con celo y ardor: trabajo, trabajo».
El testimonio
Pero más alto que las palabras es el testimonio de su vida. Una vida, como la definió Pío XI, «que fue un verdadero, propio y gran martirio: una vida de trabajo colosal que daba la impresión de opresión con solo verla».
Cuesta creer que un solo hombre haya podido trabajar tanto y atender a tantas cosas a la vez. Escribe A. Caviglia que en don Bosco parecen operar, simultáneamente, varias personas: «El educador y el pedagogo, el padre de los huérfanos y el congregador de los niños abandonados, el fundador de congregaciones religiosas, el propagador del culto a María Auxiliadora, el institutor de uniones laicales extendidas por el mundo entero, el suscitador de la caridad operativa, el pregonero de misiones lejanas, el escritor popular de libros morales y apologías religiosas, el promotor de la prensa honesta y católica, el creador de talleres cristianos y de colecciones de libros, el hombre de la piedad religiosa y de la caridad y el hombre de los negocios humanos o de interés público, todos juntos a la vez operan y avanzan como si fueran otras tantas personas nacidas o destinadas solo a eso, y se funden en la única persona de un sacerdote sin apariencias, que nunca altera la serenidad de su aspecto ni la compuesta modestia de su trato con grandes gestos decorativos, ni enriquece su vocabulario con la retórica de las grandes frases».
Tanta multiplicidad de aspectos estaba, sin embargo, unificada, en lo profundo, por la idea que domina su vida: la de, como hemos visto, la salvación de las almas y la gloria de Dios.
La Providencia había templado a don Bosco para el trabajo desde los años de penuria y pobreza de su infancia. Sabemos que hizo de todo, habiendo sido pastor de rebaños, trabajador del campo, sirviente, sastre, herrero, camarero, pastelero, saltimbanqui, profesor particular, estudiante, sacristán, barbero; pasó de un patrón a otro, experimentando cuán «salado sabe» el pan ajeno.
Esta experiencia dejará en él una marca indeleble: será para siempre muy sensible a los problemas de la juventud pobre y marginada, así como a los de las humildes clases trabajadoras, y será para siempre un trabajador y un realizador formidable: «Las cosas no van solo a vapor —escribía en 1878 a la condesa Uguccioni—, sino como el telégrafo. En un año, con la ayuda de Dios y con la caridad de nuestros benefactores, hemos podido abrir veinte casas. Vea cómo ha crecido Su familia».
Fiel a un antiguo propósito suyo, en la madurez no concedía al sueño más de cinco horas por noche. «Se puede decir —declaró en los procesos Monseñor Bertagna— que pasó la mitad de las noches trabajando: y le oí decir varias veces que, cuando estaba más sano, pasaba incluso dos noches seguidas en el escritorio escribiendo. A pesar de ello, por la mañana se encontraba en la sacristía para decir la misa y oír confesiones durante varias horas». En los primeros tiempos del Oratorio, en ciertas circunstancias, confesaba también muchas horas al día.
En el período de su máxima actividad escribía con una velocidad sorprendente y de su propio puño hasta 250 cartas en un día. «Hago pasar mucho trabajo por mis dedos —decía— […]; he adquirido una celeridad que no sé si pueda decirse mayor». En los períodos de más intensa actividad, muchas veces se sentaba al escritorio a las dos de la tarde y continuaba hasta las ocho para reanudar de nuevo después. «Hace ya varios meses que me siento al escritorio a las dos de la tarde y me levanto a las ocho y media para ir a cenar».
La «fatiga mortal» a la que lo obligaban las preocupaciones cotidianas se trasluce en las cartas en súbitos desahogos que no dejan de conmover: «El trabajo me vuelve loco»; «Me encuentro tan cansado que no puedo más»; «Estoy muy cansado».
Y era verdad. Se puede decir que no conoció otro descanso que el de la tumba. «No recuerdo —declaró Monseñor Cagliero— que en toda su vida se haya tomado un día de vacaciones por diversión o para descansar, y a menudo, encontrándonos nosotros cansados y agotados por el trabajo: “Ánimo —nos decía—, ánimo, trabajemos, trabajemos siempre porque allá arriba tendremos un descanso eterno”».
Murió quebrado por el exceso de trabajo, mártir —no en sentido metafórico— de una fatiga que no conoció tregua. Sus «exageradas vigilias y fatigas materiales —leemos en la rápida y curiosa biografía de su médico de cabecera— le desgastaron la vida: al principio casi inadvertidamente, después de 1880 aproximadamente [ocho años antes de su muerte] se puede decir que su organismo estaba casi reducido a un gabinete patológico ambulante, en medio del cual, sin embargo, aún brillaba una mente siempre activa y siempre ansiosa de alcanzar su gloriosa meta».
La laboriosidad del «viejo sacerdote», del «filántropo del siglo XIX», del «católico intransigentísimo» pareció, a los hombres de la época, increíble y legendaria. A la muerte de don Bosco, los periódicos de la época definieron su fatiga y su laboriosidad como «prodigiosa» (L’Illustrazione popolare), «gigantesca» (La Patrie), «enorme y en grado sumo» (La Perseveranza), «fenomenal» (Il Fanfulla). «Si don Bosco —se lee en el mismo periódico— hubiera sido ministro de finanzas, Italia sería económicamente la primera nación del mundo». En los Procesos Apostólicos, el Promotor de la Fe no dudó en llamarlo uno de los más grandes apóstoles de la Iglesia del siglo XIX: «La multiplicidad y fecundidad de sus obras tiene algo de prodigio: su celo por la salvación de las almas y por la difusión del Reino de Cristo en la tierra ha sido tan intenso y continuo que la historia, con razón, lo proclama apóstol grandísimo —“maximum”— del siglo XIX».
Pietro BROCARDO, Don Bosco profondamente uomo profondamente santo, pág. 119

