18 Ago 2026, Mar

Don Bosco en la Basílica de San Pedro en el Vaticano

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El 31 de enero de 1936 la Basílica Vaticana acogió el monumento a san Juan Bosco. Una marea de jóvenes llenó ese día las naves. En 2026 se cumplen noventa años de un acontecimiento que dejó al mundo una imagen potente: el padre de los jóvenes que, desde el punto más visible de la Basílica, muestra a dos muchachos la tumba de Pedro. Un gesto esculpido en el mármol que sigue hablando.

 

 

El visitante que hoy atraviesa la nave central de San Pedro y levanta los ojos hacia la derecha, poco antes de llegar al altar de la Confesión, se encuentra observado por una figura que cualquier salesiano reconocería con los ojos cerrados. Es Don Bosco. No está solo: tiene junto a sí a dos muchachos, y su brazo derecho está tendido hacia el centro de la Basílica, hacia el sepulcro del Apóstol san Pedro. Ese brazo lleva ahí exactamente noventa años, y nunca ha dejado de señalar.

Vale la pena volver a aquella mañana de invierno de 1936 –era el cuadragésimo octavo aniversario de la muerte del Santo– cuando el gran grupo escultórico de mármol fue desvelado y bendecido.

 

Veinte mil corazones bajo la cúpula

Sobre el papel se trataba de un rito breve y sobrio: una bendición. En la práctica, la Basílica vivió una de sus jornadas memorables. Quienes estuvieron allí compararon aquella atmósfera con la Pascua de 1934, el día en que Pío XI había inscrito a Don Bosco en el catálogo de los santos: el mismo entusiasmo, la misma marea humana, el mismo clima de fiesta.

 

Los presentes superaban las veinte mil personas. La mitad eran jóvenes: diez mil estudiantes de los institutos romanos, ordenados en cinco largas filas a lo largo de la nave mayor, que habían venido a honrar a aquel que había hecho de la educación su vida. A su alrededor, bajo los arcos laterales, se apretujaban los alumnos de las casas salesianas de Roma y de los Castelli, junto a antiguos alumnos, cooperadores, Hijas de María Auxiliadora; las naves menores rebosaban de peregrinos y de simples devotos que acudieron sin invitación, por afecto.

 

No faltaba nadie tampoco entre las autoridades. En primera fila se sentaban el cardenal Carlo Salotti, que había dedicado años de trabajo a la causa de Don Bosco, el Nuncio en Italia monseñor Borgoncini Duca, numerosos obispos, el Gobernador de la Ciudad del Vaticano y los familiares del Papa. Llamaba la atención sobre todo la larga fila de diplomáticos acreditados ante la Santa Sede: Italia, Argentina, Perú, Brasil, Bélgica, Hungría, Venezuela, Nicaragua y otras naciones más. Como si el mundo entero hubiera enviado a sus delegados para testimoniar que la obra de aquel cura piamontés ya no pertenecía a un solo país. En medio de todos, visiblemente emocionado y buscado por todas partes, el escultor: Pietro Canonica, uno de los nombres más ilustres del arte italiano de la época.

 

A las doce y media entró el cardenal Eugenio Pacelli –Secretario de Estado, Arcipreste de la Basílica y Protector de la Sociedad Salesiana; tres años más tarde se convertiría en Pío XII. Los coros de los cuatro institutos salesianos de Roma, casi doscientas voces dirigidas por don Raffaele Antolisei, llenaron de música la Basílica. Luego el momento esperado: los «sampietrini» dejaron caer al suelo la gran tela que ocultaba la hornacina. Cuando el mármol blanco emergió a la luz, un clamor se elevó desde las naves y no quiso apagarse: durante largos minutos veinte mil voces aclamaron a su Santo.

 

La palabra de la Familia Salesiana

Cuando finalmente volvió el silencio, se adelantó el Procurador General don Francesco Tomasetti. El Rector Mayor don Pietro Ricaldone no había podido asistir, y le tocó a él dar voz a toda la Familia Salesiana. Su discurso merece ser releído íntegramente, porque encierra –mejor que cualquier comentario posterior– el sentido de aquella jornada:

 

“Eminentísimo y Reverendísimo Señor,

 

            De tres cosas se alegran hoy los Salesianos en el momento en que San Juan Bosco ocupa su lugar entre los grandes Fundadores religiosos, que eternizados en el mármol, vienen de vez en cuando a aumentar el esplendor del máximo Templo de la Cristiandad.

            Se alegran de que haya correspondido a Vuestra Eminencia el oficio de inaugurar con la bendición del Cielo el monumento de su Padre, porque veneran en la persona de Vuestra Eminencia al Cardenal Protector de su Congregación.

            Es además motivo de inefable alegría que la benignidad del Santo Padre se haya dignado asignar a Don Bosco un lugar tan destacado en la Basílica. El ojo del espectador es llevado a la hornacina que lo ofrece a su mirada, ascendiendo por dos visiones sucesivas: al pie del pilar la majestad del Príncipe de los Apóstoles, y en el centro la radiante figura del Angélico Pío IX: San Pedro, de quien Don Bosco con ardor de fe y candor edificante de estilo narró la vida al pueblo, y Pío IX que amó paternalmente al Santo y fue filialmente correspondido por él.

            Un tercer motivo de alegría se añade a los dos anteriores, y es que el Escultor con la maestría insuperable de su arte haya fijado la imagen de Don Bosco en la actitud que mejor se adaptaba a la naturaleza de su apostolado. He aquí que él, estrechando hacia sí con afecto a la juventud de los países civilizados y de las tierras de misión y señalando el altar de la Confesión, la empuja en esa dirección y parece decir: «Hijos míos, allí está la salvación, porque allí está Pedro, y ‘ubi Petrus ibi Ecclesia’». En tiempos hostiles al Papado, él guardó fidelidad al Vicario de Jesucristo, en quien señalaba al maestro, al guía, al bienhechor de la humanidad.

            Ante el espectáculo del que somos testigos, no puedo dejar de hacer otra observación. Don Bosco en toda su vida tuvo un gran sueño: por el bien de las almas y por la grandeza de su patria él anheló siempre entre el Reino de Italia y la Santa Sede Apostólica la feliz unión, en virtud de la cual ahora, por voluntad de quien rige los destinos de la Nación, S. E. el Ministro de Educación Nacional dispuso que la juventud estudiosa de Roma, en representación de toda la juventud italiana y extranjera, se reuniera aquí para rendir homenaje al Santo Educador.

            Damos las más vivas gracias a Su Eminencia el Card. Salotti, y a los Excelentísimos Representantes de todas las Naciones ante la Santa Sede, por haber querido con su presencia hacer más solemne esta ceremonia, casi como para atestiguar la universalidad de la misión de Don Bosco en el mundo.

            Un agradecimiento especial vaya también a las Congregaciones Religiosas que, en fraterna solidaridad, han participado en la fiesta de la humilde Congregación Salesiana.

            Consagre ahora la bendición de Vuestra Eminencia todos estos motivos de alegría, impetrando del Cielo que el recuerdo de tan fausto acontecimiento viva perenne en la memoria de los presentes y sea transmitido saludablemente a las futuras generaciones.”

 

Los aplausos se reanudaron estruendosos. El cardenal Pacelli se puso la estola e impartió la bendición de rigor. Más música, más cantos –pero la oración más verdadera, aquel día, no estaba en las partituras: vibraba en los ojos de los miles de muchachos que no lograban apartar la mirada de aquel rostro sonriente allá arriba.

 

Veintidós toneladas de paternidad

Detengámonos ahora ante la obra. Canonica trabajó un único bloque narrativo de mármol blanco –la preciada calidad “Vittoria” extraída de las canteras de Massa– para un peso total de veintidós toneladas. La figura del Santo alcanza por sí sola los cuatro metros y ochenta centímetros; con el pedestal, que añade otro metro abundante, el grupo llena por completo la cavidad de la hornacina, de casi siete metros de altura.

 

Pero los números dicen poco. El verdadero éxito de la obra reside en otra parte: Canonica renunció a copiar las fotografías del Santo –que sin embargo conocía bien– y rechazó las poses devocionales habituales. En su lugar, intentó condensar en el mármol el alma de Don Bosco: la profundidad del pensador, la intuición del apóstol que ve a lo lejos, y al mismo tiempo esa bondad sonriente que todos le reconocían. El resultado convenció a críticos y al pueblo: quienes habían conocido a Don Bosco en vida, lo reencontraban ante la estatua.

 

Y luego están los dos muchachos, que no son un detalle decorativo sino la clave de lectura de todo el monumento. El mayor es Domingo Savio, el alumno predilecto del Oratorio, destinado también él a los honores de los altares: en él toma cuerpo toda la juventud que Don Bosco y sus hijos han educado en las escuelas, en los oratorios, en los patios de medio mundo. El más joven es Ceferino Namuncurá, hijo del último gran cacique de la Patagonia, la tierra adonde Don Bosco quiso enviar a sus primeros misioneros: en él está representada la juventud de los pueblos que los salesianos han encontrado más allá de las fronteras de Europa. Juntos, los dos dicen una sola cosa: que para el corazón de Don Bosco no existen fronteras ni distinciones de raza, porque cada joven, de cualquier latitud, ha sido redimido por la misma sangre de Cristo.

 

La hornacina más elocuente de la Basílica

Treinta y nueve fundadores y fundadoras de familias religiosas velan desde las paredes de San Pedro. Don Bosco llegó allí en el trigésimo tercer lugar. Sin embargo, su ubicación no tiene igual, y no por casualidad: fue el propio Pío XI, el “Papa de Don Bosco”, quien quiso reservarle ese punto exacto de la Basílica.

 

Hay que mirarla desde abajo para entenderlo. El pilar en el que se abre la hornacina es el mismo en el que está adosada la celebérrima estatua de bronce de san Pedro sentado, la del pie desgastado por los besos de generaciones de peregrinos. Sobre la estatua brilla el retrato en mosaico de Pío IX, el Pontífice que aprobó la naciente Sociedad Salesiana y que mantuvo con Don Bosco una amistad hecha de estima y afecto mutuo. Y más arriba aún, en el vértice de esta escalera de miradas, está Don Bosco. Pedro, Pío IX, Don Bosco: tres nombres unidos por un hilo que atraviesa toda la vida del Santo, dispuestos uno sobre otro como los peldaños de una única ascensión.

 

Hay más. La mayor parte de las estatuas de los fundadores vive, por así decirlo, dentro de su propia hornacina. Don Bosco no: su brazo extendido sale idealmente del hueco de mármol y engancha el corazón mismo de la Basílica, el altar papal bajo el cual descansa el Apóstol. Es como si el monumento se negara a ser un adorno y pretendiera cumplir una tarea: enseñar. A los dos muchachos que estrecha hacia sí –y a cada joven que desde hace noventa años levanta los ojos hacia él– Don Bosco repite sin voz la convicción que orientó cada una de sus elecciones: permaneced unidos a Pedro, porque donde está Pedro allí está la Iglesia, y allí está la salvación. En un siglo en el que el Papado era blanco de hostilidades de todo tipo, esta fidelidad fue su bandera. El mármol la ha hecho perpetua.

 

El presagio de una noche

Un último recuerdo, custodiado por don Rúa, da a todo el asunto un sabor casi profético. En febrero de 1858, durante su primer viaje romano, Don Bosco cruzó por primera vez el umbral de San Pedro. Se quedó largo rato sin palabras; y entre tantas maravillas, lo que capturó su mirada fueron precisamente las estatuas de los fundadores –y las hornacinas aún deshabitadas, que parecían esperar a alguien.

 

Años después, los jóvenes del Oratorio le oyeron contar un sueño singular: se había encontrado, sin saber cómo, justo dentro de aquella cavidad de mármol, en lo alto, prisionero del inmenso silencio del templo. Asustado, había pedido ayuda a gritos, y el grito lo había despertado. ¡Cuántas veces, en sus estancias romanas, se había inclinado a besar el pie del Pedro de bronce, apoyando en él la frente como hacen los humildes! Nadie entonces –él el primero– habría sabido interpretar aquel sueño inquieto. Lo descifraría la historia, el 31 de enero de 1936.

 

Desde hace noventa años, pues, Don Bosco habita la casa de Pedro. Y cualquiera que entre, en cualquier idioma que rece, recibe de él la misma silenciosa consigna: mirad allí, donde descansa el Apóstol. Allí está el centro. Allí se sigue siendo familia.

 

Editor BSOL

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