24 Ago 2026, Lun

Educación y humanismo en tiempos de san Francisco de Sales

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Cuando Francisco de Sales nace, en 1567, el mundo está cambiando de rostro. La imprenta de Gutenberg difunde libros y sed de instrucción hasta en los campos más remotos; los humanistas redescubren los clásicos griegos y latinos; Copérnico y Galileo revolucionan la ciencia; los navegantes abren las rutas del Nuevo Mundo; y por primera vez la infancia es reconocida como una etapa de la vida con exigencias propias, digna de una pedagogía hecha de dulzura y paciencia. El futuro obispo de Ginebra respira de lleno este clima: lee a Erasmo y a Montaigne, admira los descubrimientos geográficos, escribe un latín elegante y un francés cuidado. Pero su humanismo tiene un corazón cristiano: es el «humanismo devoto» que inspirará también a don Bosco.

 

 

Una invención «divina»

En los albores de los tiempos modernos, en el momento en que la Edad Media llegaba a su fin y comenzaba un nuevo período que ha sido definido como Renacimiento, la invención de la imprenta y del arte tipográfico a mediados del siglo XV debía parecer algo extraordinario. En la famosa carta de Gargantúa a su hijo Pantagruel, Rabelais se extasiaba ante «esas impresiones tan elegantes y correctas en el uso, que han sido inventadas en mi época, por inspiración divina». Francisco de Sales no estaba lejos de compartir este entusiasmo cuando comparaba la obra de la creación con el arte de Gutenberg:

 

Dios, como el tipógrafo, ha dado la existencia a toda la diversidad de criaturas que han sido, son y serán, con un solo rasgo de su voluntad omnipotente.

 

De hecho, no se puede exagerar el alcance de esta invención que, al difundir el libro, abría una nueva era en el campo de la comunicación de las ideas y de la cultura. Junto a las obras literarias de los humanistas y a los textos especializados destinados a juristas, eclesiásticos, médicos o incluso artesanos, de las prensas comenzaba a salir una inmensa producción de obras para todo tipo de público: libros de horas, vidas de santos, “Ars moriendi”, la “Imitación de Cristo”, novelas de caballerías de la Edad Media.

Los primeros libros escolares impresos fueron los textos clásicos latinos y griegos, el famoso diccionario de la lengua latina del lexicógrafo italiano Calepino, la gramática latina llamada de Donato, célebre gramático del siglo IV, así como los abecedarios en los que el niño aprendía a leer directamente en francés con breves textos religiosos y moralizantes. La imprenta ya se estaba consolidando en las ciudades y los vendedores ambulantes la ofrecían hasta en los campos más remotos. En todas partes desarrollaba el gusto y la necesidad de la lectura y de la instrucción.

El humanismo de los tiempos modernos

El término Renacimiento fue introducido en el siglo XIX para designar el movimiento cultural nacido en Italia ya desde mediados del siglo XV. Se estaba operando un profundo cambio en las mentes, cuyas causas han sido objeto de numerosas discusiones. En cualquier caso, no se pueden pasar por alto las nuevas condiciones económicas, en particular el desarrollo del comercio, de la vida urbana y de los intercambios monetarios, que ponían en crisis la vieja cultura feudal y clerical de la Edad Media.

En sentido negativo, el Renacimiento puede caracterizarse por una serie de rechazos: rechazo del latín bárbaro de la enseñanza medieval, rechazo de la «dictadura» de Aristóteles, el filósofo por excelencia de la Edad Media que lo interpretaba a su manera, rechazo de la estéril lógica escolástica. En sentido positivo, profesaba un verdadero entusiasmo por la naturaleza humana y una curiosidad universal por todas sus manifestaciones. En este sentido, el Renacimiento abría el camino a lo que se llamará humanismo, del cual es inseparable.

Después de los studia divinitatis de la Edad Media, la gente se apasionaba por los studia humanitatis. La curiosidad se centraba en particular en la antigüedad grecolatina, en sus autores y en sus grandes personajes, que ya eran objeto de un verdadero culto. En un sermón de 1621, también Francisco de Sales evocaba a «los Filipos y los Alejandros de los que tanto hablan los humanistas». Incluso la mitología y los dioses paganos volvían a estar en auge, aunque solo fuera para enriquecer la expresión literaria y artística, pero tal vez también para algo más.

El personaje de moda era Alejandro Magno, héroe de Grecia y fundador de un inmenso imperio. El obispo de Ginebra habla a menudo de él, pero teniendo cuidado de mostrar la superioridad del apóstol Pablo:

 

Este último destruye las ciudades, derriba los castillos, subyuga el mundo con la fuerza de las armas y al final se deja vencer por sí mismo. Por el contrario, nuestro gran Apóstol parece querer subyugar y recorrer toda la tierra para derribar no las murallas, sino los corazones de los hombres, y someterlos a su Maestro a través de su predicación.

 

El culto a la perfección literaria empujaba a los humanistas no solo a buscar sus propios modelos entre los griegos y los latinos, sino también a escribir en latín siguiendo tales modelos. El latín de la escolástica dejaba paso a un latín clásico y elegante, cuyo modelo insuperable era, para la mayor parte de los humanistas, el de Cicerón. También la lengua francesa adquiría prestigio; en 1539, Francisco I había prescrito su uso en lugar del latín para las ordenanzas y las sentencias de los tribunales. En Saboya, el duque Manuel Filiberto hizo lo mismo en 1560 y Francisco de Sales, que ni siquiera era súbdito del rey de Francia, la llamaba afectuosamente «nuestra lengua francesa».

Una extraordinaria sed de conocimiento había contagiado a los humanistas del Renacimiento. No solo se redescubría al verdadero Aristóteles recurriendo a los textos originales, sino que se descubría casi por completo a Platón, que inspiraría una nueva filosofía natural. En Florencia, el maestro de la escuela platónica, Marsilio Ficino, teórico del amor y de la belleza, veía el universo como un organismo animado, sujeto a las influencias celestes, formado por la unión entre el cielo y la tierra.

Las matemáticas estaban viviendo un nuevo florecimiento desde que Pierre de La Ramée –mejor conocido por su nombre latino de Ramus– se había atrevido a oponerse a Aristóteles, convirtiéndose en el primer profesor de esta disciplina en el Collège royal de París. Francisco de Sales menciona a uno de sus sucesores, «el famoso Bressius», que ocupó su cátedra a partir de 1576.

El astrónomo polaco Copérnico dio un vuelco al sistema geocéntrico de Ptolomeo, afirmando que los planetas giran sobre sí mismos y alrededor del Sol a lo largo de órbitas circulares no situadas en el mismo plano. Su teoría fue el origen de la revolución científica del siglo XVII. Su discípulo más famoso fue Galileo, pionero del método experimental, que observó el cielo por medio del anteojo astronómico, antepasado del telescopio.

También la medicina se estaba liberando de sus propios prejuicios filosóficos para dedicarse a la experimentación, como ocurrió en particular en la Universidad de Padua, frecuentada por el joven Francisco de Sales. En el mismo año 1543 en que Copérnico publicó su De revolutionibus orbium cœlestium, el médico flamenco Vesalio había llevado a la imprenta su De humani corporis fabrica, un tratado basado enteramente en el estudio anatómico del cuerpo humano.

A una época –la de la Edad Media– en la que todo era considerado en función de Dios, le sucedía una época de descubrimiento del hombre en todas sus dimensiones estéticas, literarias, científicas y morales. Las diversas ramas del saber se emancipaban de la tutela de la teología. La política se emancipaba de los dogmas éticos y religiosos con Maquiavelo, cuya obra maestra El Príncipe figuraba en la biblioteca de los libros prohibidos de Francisco de Sales.

 

El descubrimiento del Nuevo Mundo

El descubrimiento de tierras desconocidas en América (las “Indias” Occidentales), en Asia (las Indias Orientales) y en África alimentaba una sed de conocimiento que de ahora en adelante podía ser satisfecha «en cada rincón de la tierra, en el Viejo y en el Nuevo Mundo». Francisco de Sales se interesó por estas grandes corrientes de información e intercambios. Leyó la Historia de las Indias Orientales del jesuita G.P. Maffei, las “Cartas de Japón y de China” del jesuita P. Almeida, la “Historia general de las Indias Occidentales de F. López de Gómara y los “Dies caniculares” de S. Majoli, una recopilación de fenómenos naturales y de cosas curiosas «en Europa, en Asia y en África».

Conocía a los grandes navegantes portugueses: Bartolomeu Dias, que dio nombre al Cabo de Buena Esperanza; al «valeroso y católico capitán Albuquerque», que hizo «fortificar Goa, ciudad principal de las Indias Orientales»; al descubridor de Brasil, Pedro Álvares Cabral, que «erigió allí una cruz altísima, por lo que todo aquel país fue llamado durante muchos años región de la Santa Cruz, hasta que el pueblo, abandonando aquel nombre sagrado, lo llamó Brasil, por el nombre del palo de Brasil que de allí se extrae para el tinte».

En su “Defensa del Estandarte de la Santa Cruz”, Francisco de Sales relata los hechos sorprendentes que acompañaron la llegada del cristianismo allende los mares: la aparición de una cruz en la época de Albuquerque «en una de las regiones de las Indias», la historia de la cruz milagrosa de Meliapor, la devoción por la cruz entre los habitantes de Socotra, «una isla del Mar Eritreo», las apariciones de la cruz «en las cercanías del reino de los Abisinios» y «hacia Japón», la aparición en el antiguo reino del Congo de hombres marcados con la señal de la cruz al servicio del rey Alfonso y la construcción del templo de la Santa Cruz en la ciudad de Ambasse.

 

Pero el descubrimiento de nuevas tierras conllevó el renacimiento de la esclavitud, que recordaba demasiado a la practicada por los romanos en tiempos del paganismo:

 

Marco Antonio compró un día a dos jóvenes muchachos que le fueron presentados por un cierto mercader de caballos; ya que en aquel tiempo, como aún ocurre en algunas regiones, se vendían los niños: había hombres que hacían acopio de ellos y practicaban este tráfico como se hace con los caballos en nuestras tierras.

 

Por otra parte, él describe también el asombro de los indígenas ante ciertas invenciones:

 

Se dice que los buenos indios se divierten durante días enteros delante de un reloj para oírlo dar las horas en el momento justo, y no pudiendo adivinar cómo sucede esto, no dicen sin embargo que carezca de arte y razón, sino que quedan encantados por el amor y el honor hacia quienes gobiernan los relojes, admirándolos como personas más que humanas.

 

En las cartas de los misioneros jesuitas, Francisco de Sales recoge curiosidades, como la de este animal de las Indias, «el cual, aun siendo por naturaleza terrestre, poco a poco y pedazo a pedazo pierde del todo su naturaleza y se convierte enteramente en pez». En la ”Introducción a la vida devota” cuenta que «quienes vienen del Perú, además del oro y la plata que extraen, traen también monos y loros». En otro pasaje menciona a esos «pueblos del Nuevo Mundo [que] envían sus delegados al rey con el séquito más modesto posible, para hacer tanto más evidente su bajeza y humildad respecto a la gloria y a la majestad de su rey». Se compara con los geógrafos –que en la época eran llamados cosmógrafos– cuando intenta trazar a grandes rasgos el retrato de un gran personaje:

 

Imitando, pues, a los cosmógrafos, que en sus mapamundis marcan solo puntos para indicar las ciudades, líneas para las montañas, y dejan a la imaginación la tarea de representarse el resto.

 

Al menos una vez, de su pluma surge el nombre del nuevo continente que se estaba explorando:

 

Conocemos en parte la configuración de América y lo que respecta a este país gracias a las descripciones que han hecho de él quienes lo han visitado.

 

Como es sabido, fue la invención de la brújula, con su aguja magnética siempre apuntando hacia el norte, la que hizo posibles los extraordinarios descubrimientos de los que los contemporáneos eran testigos. Maravillosa invención, en efecto, que hace que uno nunca se pierda sin un punto de referencia:

 

Que la nave tome el rumbo que se quiera, que navegue hacia poniente o hacia levante, hacia el sur o hacia el norte, y cualquiera que sea el viento que la empuje, su brújula no mirará nunca a otra cosa que a su estrella polar y al polo.

 

El «descubrimiento» de la infancia

El alba de los tiempos modernos corresponde también a un descubrimiento de otro tipo, que Philippe Ariès ha definido como el descubrimiento de la infancia, considerada ya una edad de la vida distinta de la de los adultos.

Mientras que en la sociedad medieval el niño contaba muy poco o era tratado desde el principio como un hombrecito, esta fase de la vida se considera cada vez más como una edad en sí misma.

Se interesan por el niño, se le dan ropas particulares, juega a juegos diferentes de los de los adultos. La propia familia empieza a tomar conciencia de su identidad, cultiva su intimidad, sus vínculos afectivos y su atención educativa. La toma de conciencia del carácter propio de la primera infancia se manifiesta en particular en la creación de escuelas y colegios que ya no conocen la mezcla entre jóvenes y ancianos como en la Edad Media.

Para renovar la sociedad y formar un nuevo tipo de hombre –civil, cortés, amable, piadoso y culto–, los humanistas difunden una pedagogía renovada.

Nacido en 1567, Francisco de Sales pudo beneficiarse de las enseñanzas de las primeras generaciones de humanistas. Conocía y apreciaba a Jean Gerson, a veces considerado un precursor de los humanistas. Cuando escribe que «aquel hombre era extremadamente docto, juicioso y devoto», se refería sin duda al libro La ”Imitación de Cristo”, del que se creía que era el autor, pero quizá también a las obras pedagógicas del Canciller de la Universidad de París, el cual deseaba que los niños fueran tratados con dulzura y paciencia. Entre los autores humanistas que pudieron influir de algún modo, positiva o negativamente, en el pensamiento y la acción de Francisco de Sales, cabe señalar en particular a Erasmo, Moro, Vives, Sadoleto, Rabelais y Montaigne.

Francisco de Sales reconoció en Erasmo de Róterdam ante todo a un «gran hombre de letras», aquel que afirmó que «la mejor manera de aprender y llegar a ser doctos es enseñar». En su biblioteca de libros prohibidos, de los que había obtenido autorización para su lectura, figuraban dos obras del gran humanista europeo, entre ellas la primera edición crítica del Nuevo Testamento. Francisco de Sales no dejaba de citar su traducción latina del Nuevo Testamento cuando esta iba en ese sentido, en particular en defensa de la concepción católica de la Misa.

 

Por lo demás, su obra presenta muchos rasgos erasmianos: el humanismo extraído de la antigüedad clásica, la búsqueda de imágenes y ejemplos, y la abundancia verbal. Una de las últimas obras de Erasmo fue, en 1530, su “De civilitate morum puerilium”, que difundió en la sociedad europea de la época el concepto de «civilidad». Amigo de Erasmo, el canciller de Inglaterra Tomás Moro es citado una vez por Francisco de Sales, pero en referencia a la autoridad de la Iglesia.

No disponemos de pruebas explícitas para afirmar con certeza que el obispo de Ginebra haya leído las obras de Juan Luis Vives. Sin embargo, un atento estudio de su concepción del hombre ha permitido identificar una de sus fuentes en el De anima et vita del gran humanista español. En el periodo en que era preceptor de María Tudor, escribió un “De institutione feminae christianae” y un “De ratione studii puerilis”, dos tratados de pedagogía humanista publicados en 1523.

 

San Francisco de Sales debió de sentirse muy cercano a las opiniones del cardenal Sadoleto, obispo de Carpentras y gran humanista, cuyo nombre aparece en el libro de las Controversias, en calidad de miembro de una comisión para la reforma de la Iglesia. En su “De liberis recte instituendis”, escrito en forma de carta a su sobrino Paolo, Sadoleto había fundado la educación en la exigencia religiosa unida a una cultura explícitamente humanística, síntesis de sabiduría antigua y fe cristiana. Su sistema educativo abarca todos los campos: formación religiosa, moral y social, letras, filosofía y teología, matemáticas y astronomía, gimnasia y música.

 

Rabelais, autor de Pantagruel y de Gargantúa, difundió en sus escritos el entusiasmo de los humanistas por la filosofía, la moral y los conocimientos de la antigüedad. Los gigantes de los que cuenta las increíbles aventuras eran el símbolo del hombre sin límites, verdadero rey del universo, convertido en un «abismo de ciencias». Aunque la religión está bien presente en su obra, esta tiende hacia un teísmo naturalista, no dogmático. La juventud, piensa Francisco, tiene poco que ganar de este maestro poco honorable y que desprecia el pasado.

En cuanto a Michel de Montaigne, no era ciertamente un desconocido para Francisco de Sales, que lo cita varias veces en sus Controversias, no sobre cuestiones de pedagogía, sino en apoyo de sus controversias con los protestantes. Respecto a la dificultad de controlar las traducciones de la Biblia en lengua vulgar, Francisco de Sales se basa en la opinión expresada por el «docto profano». En el plano literario, Francisco de Sales está muy cerca de él, también en el uso de las imágenes y de las comparaciones. Podía sentirse bastante en sintonía con las afirmaciones de este sabio que prefiere «una mente bien formada antes que bien llena», que quiere que la lección no sea solo útil, sino también agradable y que rechaza el uso de la violencia en la educación.

 

Francisco de Sales, un hombre de múltiples fronteras

En Saboya se hablaba francés, aun no siendo franceses, y el culto a la lengua francesa era incluso una de las características de la época. El propio Francisco de Sales era muy sensible a ello, hasta el punto de hacer revisar uno de sus textos por un amigo parisino antes de publicarlo, ya que, decía, «temo que se me escapen algunos acentos de nuestra forma de hablar por estos lares».

El humanismo florecía en los ambientes cultos de Saboya. Claude de Seyssel, fallecido en 1520, había devuelto allí el culto a las bellas letras, al latín, al griego y al hebreo. El poeta Marc-Claude de Buttet había sido en París alumno de Jean Dorat, que contaba entre sus discípulos también a Ronsard, du Bellay y Baïf; fue secretario de Margarita de Valois y amigo de los poetas de la Pléyade. El padre de Francisco de Sales lo conoció cuando él mismo frecuentaba la corte de Francia. En Chambéry, capital histórica de Saboya, los jesuitas enseñaban las disciplinas clásicas en su colegio desde 1565.

Desde el punto de vista geográfico, la mirada de este saboyano entre finales del siglo XVI y principios del XVII se dirigía naturalmente hacia Turín, donde el duque residía desde 1563, y hacia Roma, donde mantenía correspondencia con el papa y con la Curia.

Habiendo pasado más de tres años en Padua, en la República de Venecia, era relativamente bilingüe y su correspondencia contiene un número nada desdeñable de cartas en italiano. Formado en el humanismo europeo, escribe además un latín de sabor clásico.

Desde el punto de vista literario, se encuentra en un momento de transición, a caballo entre el Renacimiento y la edad clásica. Los primeros grandes humanistas italianos quedaban ya lejos. En Francia se estaba avanzando hacia la edad clásica. Por muchos aspectos de su sensibilidad y de su arte, hay en él algo de la riqueza y de la luminosidad de aquel arte barroco que floreció tras el Concilio de Trento, bajo la influencia en particular de los jesuitas.

Francisco de Sales es ciertamente un humanista, pero su humanismo es el de un humanista cristiano o, por decirlo con las palabras de Henri Bremond, de un humanista devoto. A veces hay distancias que salvar entre el humanismo y la devoción, entre una cierta educación puramente humanística y una ferviente educación cristiana.

 

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P. Wirth MORAND

Salesiano de Don Bosco, profesor universitario, biblista e historiador salesiano, miembro emérito del Centro de Estudios Don Bosco, autor de varios libros.