Tiempo de lectura: 10 min.
La figura del venerable Attilio Giordani (1913–1972) testimonia cómo el carisma de Don Bosco puede vivirse plenamente en la vida laical, en la familia, en el trabajo y en el compromiso educativo con los jóvenes. Esposo, padre de familia, catequista y Salesiano Cooperador, hizo de la alegría cristiana el rasgo distintivo de su presencia entre la gente. Formado en el oratorio salesiano de Milán, dedicó gran parte de su vida a la animación de los muchachos, traduciendo con creatividad el Sistema Preventivo en el servicio catequético y en el apostolado diario. Su existencia estuvo marcada por una fe sencilla y profunda, alimentada por la Eucaristía y la oración, hasta la elección misionera compartida con su familia en Brasil. En él, la santidad salesiana se manifiesta como una vida ordinaria vivida con entusiasmo evangélico y amor por los jóvenes.
“Alegraos siempre en el Señor, repito: alegraos. Que vuestra bondad sea conocida por todos. El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5).
Este texto paulino, que también se proclama en la Misa en honor de Don Bosco, es el que mejor interpreta la Palabra de Dios que Atilio encarnó en su vida de esposo, padre, empleado, educador, catequista, Salesiano Cooperador, misionero: anunciar el Evangelio de la alegría y dar testimonio de la alegría del Evangelio. Su rostro, su sonrisa, su bondad, su humor, sus palabras, expresaban la alegría de quien ha encontrado al Señor Jesús, contagiando a todos y comunicando el sentido positivo de la vida y la belleza de la fe.
- Perfil biográfico
Laico, esposo y padre de familia, constantemente dedicado a la pastoral juvenil, salesiano cooperador y misionero en Mato Grosso (Brasil), eficaz animador de vocaciones a la vida consagrada, evangélicamente desprendido de los bienes terrenales, Attilio Giordani constituye un modelo inspirador para la Iglesia y para el mundo.
Nació en Milán el 3 de febrero de 1913, en el seno de una familia de modestas condiciones económicas y profundas convicciones religiosas. Después de la escuela primaria se matriculó en la escuela técnica. De niño frecuentó asiduamente el oratorio parroquial de San Agustín de Milán, dirigido por los salesianos, que le hicieron conocer y amar a Don Bosco. Fue en el oratorio donde recibió su primera formación y comenzó a comprometerse con perseverancia en la alegre animación de los grupos. Durante décadas sería un catequista diligente y un animador brillante, sencillo y sereno a la luz del método preventivo de Don Bosco. Attilio demostró una extraordinaria vivacidad en su actividad educativa, en el centro de la cual puso siempre el anuncio del Evangelio testimoniado con creatividad y credibilidad.
A lo largo de los años entró a formar parte de la Asociación de Salesianos Cooperadores y de la Acción Católica. En 1934 fue llamado al servicio militar. Incluso bajo las armas mostró una generosa disponibilidad para el apostolado. Su servicio en la milicia continuó, intermitentemente y en diferentes lugares, desde Francia a Grecia, hasta el armisticio del 8 de septiembre de 1943, cuando se refugió en Vendrogno (Lecco) y allí continuó su compromiso apostólico entre los muchachos.
Entretanto, Attilio se había comprometido con una joven, Noemi Davanzo, a la que había conocido en el oratorio y que, como él, se dedicaba al servicio educativo entre los niños. El 6 de mayo de 1944 contrajeron matrimonio. De su unión nacieron tres hijos: Piergiorgio, Maria Grazia y Paola. En la familia, Attilio fue un esposo y un padre presente, lleno de gran fe y serenidad; eligió vivir en austeridad y pobreza evangélica en beneficio de los más necesitados.
Después de la guerra encontró empleo en una industria, donde trabajó con gran sentido del deber y de la justicia, contagiando alegría y espíritu de solidaridad. Reanudó a toda velocidad su labor de catequista y animador del oratorio, esforzándose cada vez más por implicar a los muchachos en el servicio caritativo.
Mientras tanto, su salud estaba siendo sometida a duras pruebas: en 1962 un primer infarto le obligó a una larga convalecencia, pero no detuvo su impulso misionero, hasta el punto de que, en el umbral de los sesenta años, cuando sus tres hijos partieron hacia Brasil para un período de voluntariado misionero, Attilio decidió unirse a ellos junto con Noemi. De este modo quiso vivir plenamente su paternidad y compartir con sus hijos el proyecto de comprometerse con los demás dentro de nuevos horizontes. Incluso en Brasil, siguió siendo catequista y animador de jóvenes.
Vivía una profunda comunión con Dios. Su jornada comenzaba con la Santa Misa y un tiempo de meditación; seguía el trabajo y, por último, la asistencia al oratorio salesiano. Attilio amaba al Señor con todo su corazón y encontraba los recursos para una vida de gracia en la adoración eucarística diaria, la participación en los sacramentos, la oración, la devoción a la Virgen María y la confianza en la guía espiritual. Este era el secreto de su generosidad. En varias ocasiones, Atilio había dicho: “La muerte debe encontrarnos vivos”.
El 18 de diciembre de 1972, en Campo Grande (Brasil), durante una reunión, hablaba con entusiasmo del deber de dar la vida por los demás, cuando de repente sintió que se desvanecía. Justo a tiempo para decir a su hijo: “Pier Giorgio, continúa tú…”, murió de un infarto. Su cuerpo, trasladado a Italia, descansa ahora en la basílica milanesa de San Agustín, tan querida por él.
- Attilio Giordani modelo de vida familiar
El matrimonio con Noemi, en mayo de 1944, para Attilio no es sólo una palabra «dada», sino que es ante todo un «sacramento» de Cristo, cuya santidad e indisolubilidad se esfuerza por expresar a través de su vida cotidiana y de la educación de sus hijos. La familia permanece unida porque Attilio y Noemi se sostienen mutuamente con la oración y practican la caridad. Una familia no encerrada en sí misma, sino abierta a la vida parroquial y oratoriana, a la práctica de la caridad y al testimonio misionero.
La obra de la redención comienza por la familia, donde se construyen las relaciones fundamentales, donde se aprende el sentido de pertenencia y custodia, donde se genera a la fe. Hoy “la familia atraviesa una profunda crisis cultural, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve particularmente grave porque es la célula fundamental de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a los demás, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. Se tiende a considerar el matrimonio como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse según la sensibilidad de cada uno” (Evangelii Gaudium 66). La crisis de fe ha producido también una crisis en la familia y en la comprensión de la verdadera naturaleza del hombre y de la mujer.
Attilio, de novio, escribía a Noemi, su futura esposa: “Sueño con una pequeña familia, donde toda la paz cristiana y la sonrisa inocente de los niños (si el Señor concede una gracia tan grande) no se vea turbada por ninguna nube” (9 de octubre de 1942). Y los niños hablan así de su padre “Cuando papá entraba en casa era todo nuestro; no traía las tensiones de fuera a la casa. Era sereno, servicial, no cerrado; era algo ‘nuestro’. La conversación en casa sobre temas vitales no consistía en sentarse a la mesa y decir: ‘Esta noche, vamos a hablar de nuestros problemas’. Era más bien una escucha mutua vivida en común. A menudo nos levantábamos tarde de la mesa porque cantábamos y conversábamos. Más que su capacidad para incitarnos a decir nuestras cosas, era una atmósfera creada en el hogar en la que padres e hijos se entendían más allá de las palabras”. En su tarea de padre y educador de sus hijos, Attilio enseña a amar y adorar a Dios: “Te pedimos, Señor, por nuestra familia y nuestros hijos: que estés siempre con nosotros con tu bendición y tu amor. Sin ti, no podemos amarnos con un amor sincero”.
- Attilio Giordani un modelo de la práctica del Sistema Preventivo vivido en el Oratorio
A los nueve años comenzó a frecuentar el Oratorio San Agustín de los Salesianos de Milán. Allí, como joven para los jóvenes, se dedicó con constancia a la alegre animación de los grupos: durante decenios fue un diligente catequista y un brillante, sencillo y sereno animador salesiano. Conoce y utiliza todos los instrumentos educativos del Sistema Preventivo para animar a sus jóvenes: cuidado de la liturgia, formación, presencia y juego en el patio, valorización del tiempo libre, teatro; organiza paseos con los jóvenes del oratorio, compone canciones, sketches, inventa loterías benéficas, cazas del tesoro parroquiales y olimpiadas para jóvenes, sin olvidar nunca el centro de la alegría cristiana: el amor a Dios y al prójimo. Revela el arte del educador, poniendo en el centro de su misión educativa el anuncio del Evangelio y el servicio catequético, vivido con creatividad y credibilidad. Un mérito particular de Attilio Giordani es haber traducido de forma sencilla y convincente la especificidad de la evangelización deseada por Don Bosco, que evangelizaba educando.
Attilio prodigó en las diversas etapas de su vida el compromiso con la obra educativa, distinguiéndose en la historia de santidad de la Familia Salesiana por haber encarnado de manera original el carisma oratoriano de Don Bosco. De manera especial destaca por su labor como catequista, entendida no sólo como transmisión de doctrina, sino comunicación vital y experiencial del encuentro con Jesús y de una vida cristiana coherente con el Evangelio.
Hay un nombre que encierra toda una biografía: es ADSC, que significa “Ángel de Segunda Categoría”. Merece la pena escuchar su historia. Parece una parábola evangélica. Dentro está la identidad misma de Attilio Giordani. “Tienes que saber que hace muchísimos años, mientras el Padre Eterno modelaba ángeles -piensa que eran tan innumerables como las estrellas del firmamento-, se le ocurrió hacer uno que era un poco delgado y tenía la nariz larga. Lo observó y, tras comprobar que no se ajustaba a los estrictos cánones de la estética angélica, lo mantuvo aparte. Si lo hubiera sacado al mundo angélico, estaba claro que sus colegas lo habrían definido y tratado como un ángel de segunda categoría. Para ser precisos, un Adiesseci, un ángel de segunda categoría. El pobre habría sufrido y por eso Dios pensó en desviarlo a otro mundo. Cuando vio que en el valle del OSA (Oratorio Sant’ Ambrogio) Don Acerbi había superado con éxito el periodo de rodaje y cuando, desde los pequeños rectángulos de los patios que bordeaban el Naviglio, oyó los gritos festivos de los gorriones y las voces alegres de cientos de muchachos que se elevaban hacia el cielo, decidió emplear en el OSA a los Adiesseci, a los que también había cogido cariño. La OSA no era un lugar desechable, ni mucho menos. Como se ha dicho, allí había cientos de chicos y se podía hacer un buen trabajo. Así que Adiesseci empezó a asistir a la OSA y, aunque se presentaba como un chico parecido a los demás, había conservado su delgadez primitiva inconfundible, su nariz larga y -lo más importante- su instinto de ángel de la guarda. Ese instinto invencible que vela, tranquiliza y purifica, que invita a la oración y a la alegría de los pequeños sacrificios, que espolea el coraje de la constancia y la paciencia con los compañeros. Ese instinto invencible que impulsa al amor de Dios. Quienes han pasado los últimos cuarenta años en la OSA no pueden haber dejado de ver y apreciar la obra de Adiesseci. Era, y sigue siendo, el protagonista y animador de las fiestas y, al mismo tiempo, el planificador y conspirador de los lunes, es decir, ese tipo de cristiano hecho para fastidiar al don Abbondio que llevamos dentro. Ese don Abbondio, en otras palabras, que quiere que le dejen en paz para dormitar, relajarse o sorber -si es asceta- los piadosos recuerdos de la jornada festiva».
- Attilio Giordani modelo de santidad laical salesiana, vivida en la alegría
Se hace Salesiano Cooperador, viviendo la fe dentro de su propia realidad laical, inspirándose en el proyecto de vida apostólica de Don Bosco. Construye su personalidad de hombre y de cristiano en la alegría. Su humor es la expresión directa de una conciencia dominada por la fe en Cristo. También testimonia con valentía y alegre bondad su fe cristiana incluso en ambientes o situaciones difíciles como durante su servicio militar y la guerra, o en su profesión de oficinista, viviendo en el mundo sin ser del mundo, yendo contracorriente. Terminó su vida terrena compartiendo con su familia su opción misionera, dejando como testamento el entusiasmo de una vida entregada por los demás: “Nuestra fe debe ser vida y la medida de nuestra creencia se manifiesta en nuestro ser”
El Venerable Attilio Giordani es una clara encarnación de la espiritualidad salesiana en clave laica. Este aspecto ha suscitado siempre una particular admiración, sobre todo en los salesianos consagrados que sentían la presencia providencial de tal modelo y no dejaban de buscar ellos mismos su consejo.
Attilio es verdaderamente la encarnación de la exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, que afirma en su primer número: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quien se deja salvar por Él es liberado del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo nace y renace siempre la alegría”.
Attilio es un verdadero laico cristiano, un auténtico Salesiano Cooperador, que nos indica el gran desafío de un laicado maduro y responsable a través de una gran fidelidad al compromiso de la caridad, de la catequesis, del testimonio y de la celebración de la fe, que nacen del Bautismo y de la Confirmación.
Un joven oratoriano testimoniaba: “Hacía tiempo que los muchachos comprendíamos que Attilio sentía una sincera admiración y tenía una admiración especial por Don Bosco. En el fondo, las cosas por las que ese santo simpatizaba con nosotros eran más o menos las mismas que nos hacían simpatizar con Attilio. Debía de haber algún tipo de afinidad si ambos habían conseguido entrar tan suave y profundamente en la vida de los chicos a los que se habían acercado. No cabe duda de que, comparado con Don Bosco, Attilio tuvo un ámbito de influencia más limitado y modesto, pero tampoco cabe duda de que su pasión educativa fue muy generosa y nunca dejó de expandirse y fructificar en la estela de la primitiva tradición salesiana”.
Tal vez sea difícil decir más de un Salesiano Cooperador: “¡Las cosas por las que Don Bosco simpatizaba con nosotros eran en su mayoría las mismas que nos hacían querer a Attilio!” Y otro: “Éramos muchos los que, gracias a él, sonreíamos, incluso nos reíamos a carcajadas en muchas ocasiones diferentes. La risa que provocaba nunca estaba contaminada por la vulgaridad o el doble sentido. Cuando actuaba, su rostro serio o sus andares, su atuendo desaliñado o su italiano soso bastaban para provocar la risa del público. Pero ¡cuánta mesura y discreción mostraba en los momentos en que trataba cosas serias o dolorosas!”.

