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Giulietta Colbert de Barolo, noble francesa marcada por el exilio y por profundas pruebas familiares, dedicó toda su vida, junto con su marido Carlo Tancredi Falletti, a las obras de caridad en Turín. Tras la muerte del marqués, multiplicó las iniciativas en favor de los pobres, las reclusas, las muchachas en peligro, las huérfanas y las niñas con discapacidad, fundando instituciones, escuelas, hospitales y congregaciones religiosas, coordinadas en la Opera Pia Barolo. Entre las obras más significativas destaca el Refugio para jóvenes mujeres. En 1844 acogió a don Bosco como capellán, apoyando sus comienzos e intuyendo su valor apostólico. Mujer de profunda espiritualidad y gran influencia social, dejó todos sus bienes a sus fundaciones. Murió en 1864; está en curso la causa de beatificación.
Porque era siempre sincero y coherente.
Juliette Victorienne Françoise de Colbert-Maulévrier, descendiente del ministro de finanzas de Luis XIV, nace en Vendée el 27 de junio de 1785. Recibe una esmerada educación cristiana y una excelente formación cultural. Su infancia está marcada por lutos dolorosos: a los siete años pierde a su madre, luego su abuela paterna es ejecutada por los revolucionarios. Junto con su padre, su hermano y su hermana, debe huir al exilio en Alemania y Holanda. Regresa a París en el período napoleónico y es llamada a la corte imperial. Allí conoce al marqués de Barolo, Carlo Tancredi Falletti (1782-1838), rico caballero piamontés. El propio Napoleón favorece y organiza su matrimonio en 1807. Hasta 1814 la pareja vive entre París y Turín. Luego se establece definitivamente en la capital saboyana, en el hermoso palacio del siglo XVIII de los Barolo. No tienen hijos, circunstancia que los impulsa a dedicarse por completo a las obras de caridad.
Los esposos Barolo viajan mucho. Así pueden observar lo que se está haciendo en el campo de la asistencia social y de la intervención caritativa en Francia, especialmente en París. Intentan hacer lo mismo en Turín. Cuando en 1838 el marqués muere prematuramente, dejando a su esposa sus vastas propiedades, ella continúa las obras emprendidas en favor de los pobres y necesitados, fundando otras nuevas.
Se cuenta que un día de 1819, durante la semana de Pascua, mientras se arrodillaba en la calle al paso del Viático, oyó salir de una ventana de la cercana cárcel femenina una blasfemia. Entró en la prisión y pidió hablar con aquella persona; así se dio cuenta de las miserables condiciones en que vivían las reclusas. Desde ese momento decidió hacerse cargo de ellas. A pesar de las objeciones de amigos, autoridades e incluso de su confesor, comenzó a frecuentar regularmente la prisión y a enseñar a las internas la higiene, los rudimentos de la escritura y de la lectura, el catecismo, el bordado y la costura. Logró instituir un aula escolar y un taller, e introducir las ceremonias religiosas. A raíz de esa experiencia, elaboró y llevó a cabo el proyecto de una cárcel femenina moderna, de la cual fue nombrada superintendente.
Los esposos Barolo fundaron muchas otras obras para los pobres que habitaban los barrios septentrionales de la ciudad, algunas de las cuales siguen activas hoy. Para dar continuidad y solidez económica a todas aquellas iniciativas, la marquesa instituirá la Opera Pia Barolo, todavía existente. Gracias al empeño suyo y de su marido, las escuelas primarias populares de Turín fueron confiadas a los Hermanos de las Escuelas Cristianas y a las Hermanas de San José.
Entre todas sus instituciones caritativas, la más imponente fue el Refugio (Pía Obra de Nuestra Señora “Refugium Peccatorum”), inspirada en la obra del abad Légris Duval de París, iniciada en 1821 para ofrecer amparo y formación a 300 jóvenes mujeres en peligro o salidas de la cárcel. En 1825, con el beneplácito del rey Carlos Félix, invitaron a Turín a las Dames du Sacré Coeur para la educación de las jóvenes de familia noble. En 1829, siguiendo el ejemplo de la parisina Madame Pastoret, abrieron en su propio palacio el primer asilo infantil para niños y niñas de clase pobre. En 1832 iniciaron una escuela gratuita y un comedor para los pobres que servía 250 comidas al día; durante la estación invernal cada uno recibía también una provisión semanal de leña para calentarse.
En el mismo año, construyeron un convento destinado a las jóvenes del Refugio que deseaban consagrarse al Señor (Retiro de Santa María Magdalena): la nueva congregación fue aprobada por las autoridades eclesiásticas con el título de Hermanas penitentes de Santa María Magdalena (popularmente Magdalenas). Siempre en 1832, junto al instituto de las Magdalenas, y bajo su cuidado, los Barolo construyeron una casa para acoger a niñas menores de 12 años abandonadas (llamadas Magdalenas pequeñas).
En 1834 fundaron la Congregación de las Hermanas de Santa Ana y de la Divina Providencia para la educación de las jóvenes de condición civil. Junto a la comunidad de las Hermanas de Santa Ana, abrieron una casa para unas treinta jóvenes huérfanas (las Julietas), quienes, una vez completada su educación, recibían 500 francos de dote.
Tras la muerte de su marido, la marquesa no se limitó a sostener las instituciones caritativas anteriores, sino que emprendió o colaboró en nuevas fundaciones. Contribuyó, por ejemplo, a la construcción del convento de las Adoratrices del Santísimo Sacramento y participó en la fundación turinesa de la Asociación para la adoración perpetua. En 1844, fundó el instituto de las Terciarias de Santa María Magdalena para aquellas jóvenes del Refugio que no se sentían llamadas a la vida religiosa, pero querían comprometerse cristianamente en el servicio. Entre 1844 y 1845 construyó el Ospedaletto de Santa Filomena, para acoger a 120 niñas con discapacidad de entre 3 y 12 años confiadas a las Hermanas de San José.
Fundó también otras obras innovadoras, como las Familias de Santa María, de San José y de Santa Ana, una especie de casa-familia para pequeños grupos de jóvenes aprendices confiadas al cuidado de una “madre” laica. Subvencionó la construcción de la parroquia y del Oratorio de Santa Giulia en Borgo Vanchiglia, iniciada en 1862 y completada en 1866, dos años después de su muerte.
La amiga genial
Don Bosco conoció a la marquesa en 1844, cuando le fue presentada por el teólogo Borel. Ella intuyó inmediatamente que se encontraba ante un hombre de valor y, en el otoño de ese año, decidió contratarlo como capellán del Ospedaletto y colaborador pastoral en sus otras obras.
No solo le permitió continuar los catecismos para los chicos pobres, sino que le concedió temporalmente el uso de los locales del Ospedaletto y lo sostuvo económicamente en su acción caritativa. Cuando se dio cuenta de su frágil salud, trató de limitarlo en los trabajos apostólicos, pidiéndole que se dedicara únicamente a sus deberes de capellán. Como ella misma explica en una carta a Borel, no estaba en contra del oratorio, sino muy preocupada por el estado de don Bosco. En esta óptica debe interpretarse el ultimátum dirigido al Santo; de hecho, a pesar de su enérgica afirmación (“Se meterá de lleno en deudas; vendrá a mí, y yo protesto desde ahora que no le daré nunca un solo centavo para sus muchachos”), seguirá sosteniéndolo económicamente también después, a través de don Cafasso y de Borel. Cabe añadir que don Bosco continuará colaborando pastoralmente en las obras Barolo, en persona o a través de sus salesianos. Es más, después de la muerte de Giulia Colbert (19 de enero de 1864), las relaciones con las Hermanas de Santa Ana se intensificaron, hasta el punto de que el Santo educador, al escribir las constituciones de las Hijas de María Auxiliadora (1870-1872), “contrató” a su madre general, la beata Enrichetta Dominici; además, dos hermanas de Santa Ana vivieron durante algún tiempo en Mornese para ayudar a la primera comunidad de las Hijas de María Auxiliadora.
La marquesa, además de ser una mujer piadosa, hábil y extraordinaria, gozaba de la estima de la corte y de la nobleza. Además, en su palacio, mantenía un salón al estilo francés, frecuentado por personajes ilustres como Pellico (su secretario), Cesare Balbo, los hermanos Cavour, Joseph de Maistre, el poeta Lamartine, monseñor Dupanloup y otros. Aunque se presentaba magnánima e independiente, no era en absoluto una persona mundana. Era profundamente espiritual y lo fue cada vez más bajo la guía de maestros espirituales como el teólogo Luigi Guala y don José Cafasso. Vivió una vida de intensa oración y de mortificación (llevaba cilicio). Murió el 19 de enero de 1864, después de haber dispuesto que sus riquezas fueran destinadas al sostenimiento de las obras de caridad. Está en curso la causa de beatificación
Arthur J. LENTI, Don Bosco historia y espíritu, volumen 1, pág. 391

