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Continuamos con la sexta entrega sobre los textos principales del sistema preventivo de don Bosco.
Artículo anterior: El sistema preventivo (5/7). Invitación a la lectura del libro de Alberto DU BOYS, “Don Bosco y la Pía Sociedad Salesiana”
A un formador de sacerdotes: la respuesta al rector Dupuy
El 2 de julio de 1886, el superior del seminario mayor de Montpellier, Dupuy, escribe a Turín (MB XVIII, 655-657). Ya le había preguntado a don Bosco cómo hacía, con tan pocos colaboradores, para educar a tantos jóvenes, y había recibido como respuesta que todo consistía en infundir el santo temor de Dios. No le bastaba: el temor de Dios, objetaba, es el principio de la sabiduría; él quería saber el método para conducir las almas al amor de Dios.
Cuando le leen la carta, don Bosco reacciona con una frase que vale por un tratado: quieren que exponga su método, y él es el primero en confesar: «Ni yo mismo lo sé». Siempre ha seguido adelante según el Señor le inspiraba y las circunstancias lo requerían.
Es el texto que cierra el ciclo de la manera más justa. Después de treinta años de formulaciones, el fundador se niega a sistematizar: el sistema preventivo no es una teoría que aplicar, sino una práctica dócil al Espíritu y a la realidad. Al lado, vale la pena leer la brevísima formulación de MB X, 649, que dice en pocas líneas lo que en otros lugares requiere páginas.
La caridad, el santo temor de Dios infundido en los corazones
(1886, MB VI, 381)
«Muchas personas preguntaron a D. Bosco en varios momentos cuál era su sistema de educación para conducir a los jóvenes tan felizmente por el camino de la virtud. Don Bosco solía responder: – ¡El sistema preventivo: la caridad! – Presionado para dar mayores explicaciones y sugerir los medios que se podrían emplear para hacer triunfar esta caridad, una vez respondió: – El santo temor de Dios infundido en los corazones. – Pero el santo temor de Dios no es más que el principio de la Sabiduría, le escribía el Rector del Seminario de Montpellier en 1886; tenga a bien explicarme su secreto, para que yo pueda aprovecharlo para el bien de mis Seminaristas. – D. Bosco, al leer esta carta, decía a los miembros del Capítulo que le rodeaban: ¡Quieren que exponga mi sistema! ¡Pero si ni yo mismo lo sé! Siempre he seguido adelante sin sistemas, según el Señor me inspiraba y las circunstancias exigían. Sin embargo, nosotros observamos que él tenía un sistema propio, el cual en pocas palabras puede esbozarse así: caridad, temor de Dios, confianza en el superior, frecuencia de los Stos. Sacramentos de la Confesión y Comunión, grandísima facilidad para que los jóvenes puedan confesarse. Es cierto que, como hemos visto y como veremos, Dios le asistía continuamente; y esta asistencia especial, que formaba como la base de su sistema, no era algo que otros pudieran pretender: pero en lo que se puede llamar medio ordinario y humano, él parece fácilmente imitable para un Director Sacerdote, consciente de su imperioso deber de salvar las almas.»
¡Quieren que exponga mi sistema! ¡Pero si ni yo mismo lo sé!
(1886, MB XVIII, 126-127)
« Aquella hospitalidad que se le ofreció tan cordialmente en el Seminario de Montpellier tuvo una continuación, de la cual no podríamos dejar de hablar. Al señor Dupuy, superior del Seminario, Don Bosco le había enviado desde Turín, junto con sus agradecimientos, también algunas de sus publicaciones, entre otras la Vida de S. Vicente de Paúl. Aquel, respondiendo el 2 de julio, después de darle las gracias le decía: “El Seminario de Montpellier conserva aún la más grata impresión de su visita; los buenos habitantes de la ciudad, que le hicieron tan bella acogida, estarían dispuestos a renovársela y yo me ofrecería nuevamente a sostenerle y a protegerle del asalto de la multitud. Y vaya si tuve que sudar un buen poco para contener el ímpetu del pueblo, que quería besar la mano a un cura pobre entre los pobres y lleno de achaques”. Pero, sin embargo, se había quedado con un gran pesar. Habiéndolo dejado enteramente a disposición de los demás, nunca había podido procurarse la comodidad de conversar con él a solas, mientras que habría tenido un gran deseo de interrogarle sobre el método que usaba para llevar las almas a Dios. Sí le había preguntado cómo hacía con tan escaso número de ayudantes para gobernar a tantos jóvenes, y Don Bosco le había respondido que todo el secreto estaba en infundirles el santo temor de Dios; pero con esta respuesta el Superior no estaba satisfecho. “El temor de Dios, observaba en la misma carta, es solo el principio de la sabiduría; yo en cambio quisiera saber cuál es su método para guiar a las almas a la cumbre de la sabiduría, que es el amor de Dios”.
Cuando se le leyó la carta, Don Bosco exclamó: Quieren que exponga mi método. ¡Bah!… Ni yo mismo lo sé.
Siempre he seguido adelante según el Señor me inspiraba y las circunstancias exigían. – Qué respondió o hizo responder, no se sabe; pero ciertamente estas palabras en su simplicidad quieren decir mucho. No significan que fuera su costumbre como nota Don Fascie, ir sin saber a dónde, sino que nose había anquilosado en un sistema estereotipado, el cual “le truncara la libertad de movimientos frente a nuevas iniciativas o a nuevas exigencias”. De hecho, su espíritu eminentemente práctico rehuía de las abstracciones. Un método verdaderamente Don Bosco hizo suyo, el llamado método preventivo, pero extrayendo sus elementos de la “tradición humana y cristiana” y del estudio sobre el alma de los jóvenes, lejos por tanto del campo de la Pedagogía teórica.»
Apéndice: “Acordaos de no poner nunca a los jóvenes en ocasión de poder cometer una falta: he aquí el sistema preventivo de don Bosco”
(MB X,649)
« En un colegio habían comprado unas cuantas manzanas frescas y hermosas, y habían colocado el cestito junto a la ventana de la despensa; y he aquí que, de repente, ¡todas las manzanas desaparecieron!… La directora ve a Don Bosco, se le acerca y le dice:
– ¿Sabe, Padre, qué nos han hecho los jóvenes esta mañana? Habíamos provisto unas cuantas manzanas hermosas para la comida de los forasteros [era un día de fiesta para el colegio], ¡y nos las han robado todas!…
Y él, con la calma habitual:
– La culpa no es de los jóvenes, sino vuestra. Llamad al prefecto, y decidle que Don Bosco ha dicho que haga enseguida poner una reja en esa ventana… Acordaos de no poner nunca a los jóvenes en ocasión de poder cometer una falta; ¡he aquí el sistema preventivo de Don Bosco!
¡Era en todo caso el buen padre y el maestro ejemplar!»

