15 Ago 2026, Sáb

El escudo salesiano. Un programa de vida encerrado en una imagen

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Hay imágenes que no se limitan a representar una institución: la cuentan, la explican, custodian su alma. El escudo salesiano pertenece a esta categoría. Nacido en el clima vivo de los orígenes, no es ante todo un ejercicio de heráldica. Los entendidos, tal vez, habrían podido hacer alguna observación técnica. Don Bosco, sin embargo, no buscaba un blasón perfecto según las reglas del arte heráldico: deseaba un signo capaz de hablar a sus hijos, a los amigos, a los benefactores, a los jóvenes y a la posteridad.

En ese escudo está Don Bosco. Está su programa espiritual. Está el ideal que lo movió al actuar y al sufrir, al escribir y al hablar. Por eso el escudo salesiano no debe verse solo como una marca de pertenencia, sino como una pequeña síntesis visual de la vocación salesiana.

 

 

La Congregación, nacida el 18 de diciembre de 1859, no tuvo de inmediato un escudo oficial. Para el uso del sello se recurría a la figura de san Francisco de Sales, Patrono de la Sociedad, rodeada por una inscripción latina que designaba a la Pía Sociedad Salesiana. El lema utilizado entonces era: “Discite a me quia mitis sum” (Aprended de mí, que soy manso). Era una referencia evangélica perfectamente adaptada al espíritu de san Francisco de Sales y a la elección de Don Bosco de poner su obra bajo el signo de la dulzura, la mansedumbre y la caridad pastoral.

La necesidad de un escudo oficial maduró más tarde, en 1884. En Roma estaba en construcción la basílica del Sagrado Corazón, confiada por León XIII a Don Bosco. Se consideró oportuno colocar también el escudo salesiano junto a los de Pío IX y León XIII. El 12 de septiembre de 1884, don Antonio Sala presentó al Capítulo Superior un primer esbozo de la empresa salesiana. El diseño era obra del profesor Boidi, profesor de dibujo técnico en el colegio San Juan Evangelista de Turín, amigo y colaborador de los salesianos.

El escudo propuesto presentaba ya casi todos los elementos que quedarían en la versión definitiva. En el centro destacaba una gran ancla; por un lado aparecía el busto de san Francisco de Sales, por el otro un corazón en llamas. En la parte superior se encontraba una estrella radiante de seis puntas; en la parte inferior, un bosque con altas montañas al fondo, en alusión a los relieves alpinos visibles desde I Becchi, la tierra natal de Don Bosco. Dos ramas, una de palma y otra de laurel, entrelazadas en la base, abrazaban el escudo hasta la mitad. Una guirnalda de rosas coronaba la parte superior, rodeando una cruz latina trebolada y radiante. En la base, sobre una cinta ondeante, estaba escrito el lema: Sinite parvulos venire ad me, “Dejad que los niños vengan a mí”.

Ese lema era hermoso y profundamente evangélico, pero se observó que ya había sido adoptado en otros escudos. Se abrió entonces un debate. Se propuso primero “Sinite parvulos venire ad me” (Dejad que los niños vengan a mí), escrito en una cinta ondeante en la base del escudo; pero se hizo notar que ya había sido adoptado en otros escudos. Don Barberis propuso “Templanza y Trabajo”, binomio querido por la tradición salesiana y sugerido por un sueño de Don Bosco como rasgo distintivo de la Congregación. Don Durando habría preferido “Maria Auxilium Christianorum, ora pro nobis” (María Auxiliadora de los cristianos, ruega por nosotros). Fue Don Bosco quien resolvió la cuestión, recordando un lema ya adoptado desde los inicios del Oratorio, en los tiempos del Internado, cuando él iba a las prisiones: “Da mihi animas, cetera tolle” (Dame las almas, llévate todo lo demás).

El Capítulo acogió con entusiasmo la elección. No era una frase ornamental: era la definición más límpida de la misión salesiana. Los antiguos alumnos del Oratorio, entre ellos el canónigo Ballesio y el cardenal Cagliero, atestiguaron que ese lema ya se veía escrito en grandes caracteres en la puerta de la habitación de Don Bosco. Es el mismo clima espiritual que encontramos en el célebre encuentro con Domingo Savio, cuando el muchacho, al leer esas palabras, intuyó el corazón de la obra de Valdocco: allí “se hace comercio de almas”.

 

También el diseño sufrió una intervención personal de Don Bosco. La estrella que coronaba el escudo no le gustó, porque le parecía recordar un emblema masónico. Por ello, la hizo sustituir por una cruz radiante. La estrella no desapareció, sino que fue colocada en forma de cometa, sobre el corazón. De este modo, en el escudo, resultaban próximos los tres grandes símbolos de las virtudes teologales: la estrella por la fe, el ancla por la esperanza, el corazón por la caridad.

El escudo oficial de la Congregación apareció por primera vez en la circular de Don Bosco fechada el 8 de diciembre de 1885, fiesta de la Inmaculada Concepción de María Santísima. Desde entonces ha permanecido, en esencia, como lo conocemos.

Cada elemento del escudo habla.

 

La estrella

La estrella es ante todo luz. En la tradición cristiana remite a la fe, es decir, a la luz que orienta el camino. La Escritura conoce bien este símbolo: desde la profecía de Balaam —“una estrella surge de Jacob”— hasta el Apocalipsis, donde Cristo se presenta como “la estrella radiante de la mañana”. En el arte cristiano antiguo, la estrella acompaña a menudo el misterio de la venida de Cristo, luz que ahuyenta las tinieblas. En el escudo salesiano, dice que la obra educativa y pastoral no nace de un simple proyecto humano: nace de la fe y conduce a la fe.

 

El ancla

El ancla, colocada en posición central, es el símbolo de la esperanza. En la vida del mar, el ancla es lo que retiene, fija, da estabilidad. En medio de la movilidad de las olas, se convierte en imagen de firmeza y de seguridad. La Carta a los Hebreos habla de la esperanza como de “un ancla segura y firme para nuestra vida”. Es una imagen muy querida también por la tradición espiritual: anclar el corazón en Dios significa no dejarse arrastrar por las tempestades, por las pasiones, por los miedos, por las agitaciones de la historia. Para un salesiano, el ancla recuerda que la educación es siempre un acto de esperanza: esperanza en Dios, en los jóvenes, en el bien que puede crecer incluso donde parece escondido.

 

El corazón

El corazón en llamas es el símbolo de la caridad. Como el escudo estaba pensado también para la Basílica del Sagrado Corazón de Roma, no podía faltar este profundo símbolo. En la Biblia, el corazón no indica solamente el sentimiento, sino el centro de la persona: la interioridad, la voluntad, la inteligencia, la memoria, la capacidad de amar. Un corazón encendido habla de una caridad viva, ardiente, laboriosa. En el escudo salesiano no hay una caridad genérica, sino esa caridad pastoral que impulsó a Don Bosco a consumirse por los jóvenes, especialmente los más pobres y abandonados. La misión salesiana no nace de una organización eficiente, sino de un corazón que arde.

 

San Francisco de Sales

La figura de san Francisco de Sales recuerda al Patrono de la Sociedad. Don Bosco quiso que sus hijos llevaran el nombre de salesianos precisamente para remitirse a la bondad, a la dulzura, a la paciencia y a la caridad apostólica del santo obispo de Ginebra. La representación presente en el escudo se inspira en un lienzo conservado en el monasterio de las Visitandinas de Turín, fundado en 1638 por santa Juana Francisca de Chantal. Sin embargo, se le añaden una pluma y una hoja: un detalle significativo, que recuerda la importancia atribuida por Don Bosco a la prensa, a la buena lectura, a la difusión popular de la cultura cristiana. Don Bosco escribió muchísimo y quiso una imprenta de vanguardia: también esto era apostolado.

 

El bosque

El bosque situado en la parte inferior del escudo es una alusión inmediata al apellido del Fundador. Pero no es un simple juego de palabras. Ese bosquecillo remite a una raíz concreta, a una historia, a un origen pobre y providencial. Don Bosco no nace de un palacio, sino de una casa campesina; no de una estrategia de poder, sino de una vocación madurada entre familia, trabajo, fe sencilla y sueños de Dios.

Las montañas

Detrás del bosque se alzan las montañas. Indican las cumbres de la perfección a las que deben tender los socios, como lo indica san Juan de la Cruz en su escrito la “Subida del monte Carmelo”. La montaña, en la Biblia y en la tradición cristiana, es a menudo lugar de encuentro con Dios: el Sinaí, el Tabor, el monte de las Bienaventuranzas, el monte de los Olivos. Es punto de contacto entre el cielo y la tierra, imagen de la ascensión espiritual. En el escudo salesiano, las montañas recuerdan que la vida salesiana no puede contentarse con la mediocridad. Es una llamada a la santidad, vivida no fuera del mundo, sino en el corazón de la misión educativa.

 

La palma y el laurel

La palma y el laurel, entrelazados en la base, abrazan el escudo como emblemas del premio reservado a una vida sacrificada y virtuosa. La palma es símbolo de victoria, de martirio, de resurrección, de fidelidad llevada hasta el final. En la tradición cristiana acompaña a los mártires y recuerda la victoria de Cristo sobre la muerte. Es una intuición profética, porque hoy dos tercios de los santos y beatos salesianos son mártires. El laurel, de hoja perenne, es también signo de gloria, inmortalidad, honor y paz. Juntos, palma y laurel dicen que la vida salesiana da fruto cuando se entrega: no hay fecundidad apostólica sin sacrificio, no hay verdadera gloria sin fidelidad.

 

La guirnalda de rosas

La guirnalda de rosas, colocada en la cima del escudo, parece aludir al célebre sueño de la pérgola de rosas, tan importante para comprender el espíritu salesiano. En el sueño, la belleza de las rosas se acompaña de las espinas: imagen luminosa y realista de la misión. La vida salesiana es atractiva, llena de alegría, de juventud, de promesa; pero conlleva también fatiga, sacrificio, paciencia, sufrimiento. Las rosas sin las espinas serían una ilusión; las espinas sin las rosas serían una tristeza estéril. Don Bosco enseña a mantener unidas ambas cosas.

 

La Cruz

En el vértice del escudo está la cruz. No como elemento decorativo, sino como centro secreto de toda la misión. La cruz radiante sustituye a la estrella inicialmente prevista en la cima del escudo y orienta toda la imagen hacia Cristo. La educación salesiana, la caridad por los jóvenes, la esperanza, la fe, la dulzura de san Francisco de Sales, la ascensión hacia la santidad: todo encuentra su sentido en la cruz del Señor, fuente de salvación y de amor.

 

 

El lema: “Da mihi animas, cetera tolle”

En el Génesis, cap. 14, se habla de la lucha de una alianza de cuatro reyes contra otros cinco reyes. Los primeros vencieron a los segundos y tomaron los bienes y las personas y —entre ellos— también a Lot, hijo del hermano de Abram, y sus bienes, porque él residía en Sodoma, en el reino de Bera. Abraham hizo la guerra a los cinco reyes y recuperó a Lot y su casa. Al regreso, Bera, el rey vencido de Sodoma, pidió a Abraham con estas palabras: “Da mihi animas, cetera tolle” (Dame las personas; los bienes tómalos para ti). Y Abraham le aseguró que no conservaría nada de lo que no fuera suyo. En la lectura espiritual cristiana, esas palabras se transfiguran: ya no es una petición interesada de posesión, sino el grito apostólico de quien desea la salvación de las almas.

La frase se atribuye también a san Francisco de Sales, pero no aparece en sus obras. Se la atribuye Mons. Jean-Pierre Camus en el Espíritu de san Francisco de Sales, donde el santo es presentado como totalmente volcado a la conversión de las almas.

La misma expresión aparece luego en san José Cafasso, en la literatura espiritual del clero, en la Forma Cleri y en la Regula Cleri, libro que Don Bosco usaba a menudo para su meditación diaria. En esa tradición, el lema se convierte en oración: “Señor, que amas a las almas, dame tu amor, para que yo pueda decir con fervor: dame las almas, llévate todo lo demás”.

 

Así se comprende por qué Don Bosco lo quiso en el escudo. Da mihi animas, cetera tolle no es una frase para contemplar a distancia. Es un programa de vida. Pide poner en el centro a las personas, su salvación, su dignidad, su destino eterno. Pide relativizar todo lo demás: prestigio, comodidades, intereses, seguridades, incluso a uno mismo.

 

En 1934 hubo también un intento de actualización de algunos detalles del escudo. Se pensó en una forma más redondeada del escudo, en un campo azul celeste, en figuras representadas con colores más cercanos a la realidad. El cometa asumió un tono amarillento y una punta más alargada. La palma y el laurel, en lugar de rodear el escudo, se pensaron como soporte. La guirnalda de rosas fue sustituida por dos guirnaldas de follaje de roble; la cruz latina trebolada y radiante dejó su lugar a una cruz latina recruzada, de mayores dimensiones; el marco acentuó elementos barrocos. También el lema permanecía en una cinta ondeante. Era una actualización gráfica, no un cambio de sustancia.

 

A más de un siglo de distancia, el escudo salesiano sigue hablando. Tal vez precisamente porque no nació de una preocupación estética con un fin en sí misma, sino de una intuición espiritual. En él se encuentran la fe que ilumina, la esperanza que ancla, la caridad que arde; san Francisco de Sales y Don Bosco; la memoria de los orígenes y la ascensión hacia la santidad; el sacrificio y el premio; las rosas y las espinas; la cruz y la misión.

 

Mirarlo significa reencontrar, de forma sencilla y densa, el corazón de la vocación salesiana: pertenecer a Dios para los jóvenes y buscar las almas, dejando que todo lo demás pase a un segundo plano. Don Bosco lo había comprendido y vivido. Por eso, aún hoy, su escudo no es solamente un signo distintivo. Es un encargo.

 

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