Tiempo de lectura: 11 min.
A los diecisiete años, en el corazón del carnaval parisino, Francisco de Sales buscaba algo muy distinto a diversiones y espectáculos. El joven estudiante, ya fascinado por los autores clásicos pero interiormente insatisfecho, descubrió en las lecciones bíblicas de Gilbert Genebrard el Cantar de los Cantares. Aquellas páginas le revelaron la vida espiritual como una historia de amor entre Dios y el alma, destinada a marcar para siempre su oración, sus elecciones y su apostolado. Desde entonces, el lenguaje esponsalicio del Cantar acompañó las crisis de la juventud, la misión en el Chablais, la predicación, la dirección espiritual y sus obras mayores. En la Iglesia, en el alma devota y en María, Francisco reconoció a la esposa amada por Cristo y llamada a responder fielmente a su amor.
Era durante el carnaval en París. Francisco de Sales tenía 17 años y era estudiante con los jesuitas. Mientras todos pensaban en divertirse y distraerse, Francisco parecía preocupado, incluso triste. Al no saber si estaba enfermo o simplemente melancólico, su preceptor le propuso asistir a los espectáculos de la fiesta.
Ante esta propuesta, el joven formuló de repente esta oración tomada de la Escritura: «Aparta mis ojos de ver la vanidad». Añadió: «Señor, haz que yo vea». ¿Ver qué? «La santa teología – respondió -; es ella la que me enseñará lo que Dios quiere que mi alma aprenda». Hasta entonces había estudiado con gran provecho a los autores paganos de la antigüedad que le gustaban; pero su corazón no estaba satisfecho.
Un descubrimiento
Con el permiso de su preceptor, Francisco comenzó a asistir a las clases de exégesis bíblica del famoso Gilbert Genebrard, un benedictino de Cluny, que comentaba el Cantar de los Cantares. Genebrard transmitió a sus oyentes una interpretación alegórica y totalmente espiritual que encantó al joven estudiante, hasta el punto de que pudo exclamar con la Sulamita: «He encontrado a Aquel a quien ama mi corazón».
Para Francisco, afirma el P. André Ravier, fue una especie de revelación, y desde ese momento «ya no pudo concebir la vida espiritual sino como una historia de amor, la más hermosa de las historias de amor».
Los efectos de este descubrimiento no se hicieron esperar. El joven estudiante vivió un período de excepcional fervor. Se inscribe en la Congregación de María, una asociación promovida por los jesuitas que reunía a la élite espiritual de los estudiantes de sus colegios. Su corazón se inflamó por este Dios que le hacía «saborear tan dulcemente sus delicias», que se mostraba a él «tan amable», hasta el punto de que poco después, recordando aquella experiencia, exclamó: «¡Oh amor, oh caridad, oh belleza a la que he dedicado todos mis afectos!».
En las Reglas de vida cristiana que se impuso en aquel período se encuentra el primer testimonio escrito de su devoción al Cantar de los Cantares: para aplacar su deseo de comunión eucarística, se proponía no dejar nunca de «correr al olor de los perfumes del Señor». Y en un manuscrito de filosofía que data de la misma época, a propósito de la verdadera felicidad del hombre se lee esta cita del Cantar, testimonio de la alegría de su descubrimiento, que suena como un lema y un programa de vida: «Tenui illum, neque dimittam», lo he asido y no lo soltaré jamás.
Esta firme resolución le fue muy útil durante la terrible crisis que lo asaltó a finales de 1586 o principios de 1587, dos o tres años después de su maravilloso descubrimiento. Meditando sobre la cuestión de la predestinación y creyéndose destinado al infierno, se desesperaba:
¡Yo, miserable, ay de mí! ¿Seré acaso privado de la gracia de Aquel que me ha hecho saborear tan dulcemente sus delicias y que me ha mostrado tanta benevolencia?
Lo que le afligía de manera particular era el pensamiento de ser privado de la visión de la Virgen María, que el Cantar le había descrito «hermosa como la luna y escogida como el sol».
Sabemos que la crisis se resolvió precisamente a raíz de una oración a María, venerada en París con el título de Notre-Dame de Bonne Délivrance.
Su resolución de fidelidad, tomada en préstamo del texto sagrado, lo acompañó a Padua, donde estudió derecho de 1588 a 1592, continuando al mismo tiempo el estudio de la teología. Constatando con gran dolor la división religiosa y política de Europa, proclamó su inquebrantable fidelidad a la Iglesia católica con otra referencia al Cantar: «No soy la zorra que devasta las viñas».
Como se puede constatar, no cabe duda de que el Cantar de los Cantares desempeñó un papel de primer plano en la formación del joven Francisco, al cual proporcionó una inspiración, un estímulo y un programa de vida.
El Cantar en las obras de Francisco de Sales
A partir de su ordenación sacerdotal en 1593, seguida de la misión en Thonon entre los protestantes calvinistas del Chablais, y sobre todo después de su consagración episcopal en 1602, la vida de Francisco de Sales se confunde prácticamente con su obra.
La meditación de su libro preferido no lo abandonó nunca, ni siquiera durante la misión del Chablais en los años 1594-1598. En una nota que data de aquel período se han encontrado estas palabras encendidas, fruto de sus coloquios apostólicos y místicos con el Amado, que recuerdan «el celo de amor fuerte como el infierno» del Cantar: «¡Amor meus furor meus! Mi amor es toda mi furia. Me parece, en efecto, que mi celo se ha transformado en furia por mi Amado». Repetía a menudo estos pequeños versos encendidos:
¿Es el amor o el furor
lo que me espolea, oh divino Salvador?
Sí, Dios mío, son ambas cosas,
Porque yo ardo cuando yo quiero.
En el libro de las Controversias, redactado durante su misión en el Chablais y publicado inicialmente en forma de hojas sueltas en 1595-1596, para mostrar a sus lectores y contradictores que la Iglesia católica es la Iglesia querida por Cristo, cita más de veinte veces «estos admirables cantos y representaciones pastorales de los amores del Esposo celestial con la Iglesia».
Otra obra polémica, la Defensa del Estandarte de la Santa Cruz, publicada en 1600, no contiene ninguna cita explícita, pero es posible que el autor haya tomado prestada la imagen militar del estandarte del Cantar de los Cantares, donde se lee, según el hebreo: «El estandarte sobre mí es el amor».
A propósito de la Introducción a la vida devota, publicada en 1609, que contiene una treintena de citas, el editor benedictino dom Mackey ha afirmado con razón que «la esposa del Cantar, modelo de docilidad a la guía del Espíritu Santo, reaparece en cada momento para enseñar al alma devota las delicadezas del amor sagrado, la fidelidad a las invitaciones de la gracia».
No sorprende constatar que el Tratado del amor de Dios, publicado en 1616 y dirigido a un personaje llamado Teótimo, sea la obra de Francisco de Sales más rica en referencias al Cantar, hasta el punto de que se ha podido decir que esta obra, en sus doce libros, «es en sí misma, en cierto sentido, un comentario al Cantar de los Cantares». Las citas y alusiones, en número de unas 170, abundan sobre todo en el libro V, donde el autor trata «de los dos ejercicios del amor sagrado que se realizan por complacencia y benevolencia», así como en los libros VI y VII dedicados a la oración. Son más raras en los libros VIII y IX, donde trata del amor de conformidad a la voluntad de Dios y del amor de sumisión a su beneplácito. Vuelven a ser más frecuentes en los últimos tres libros dedicados al primado del amor en la vida espiritual.
La fundación en 1610 del Instituto de la Visitación dio un nuevo impulso al uso del libro sagrado. El Cantar de los Cantares era a menudo el tema de las instrucciones que el fundador daba a sus hijas espirituales. Tampoco hay que olvidar que el lanzamiento del nuevo Instituto coincidió más o menos con la redacción del Tratado del amor de Dios. En las Conversaciones espirituales, que recogen sus instrucciones a las primeras visitandinas, se encuentran una treintena de alusiones sobre diversos temas relativos a la vida espiritual de las religiosas.
Además de todas las demás citas bíblicas, las referencias al Cantar y las simples alusiones a este libro son muy numerosas en sus Sermones, donde se cuentan hasta 130 en los sermones redactados de su puño y letra o simplemente esbozados en forma de esquema o guion, y casi 80 en los sermones destinados a las religiosas de la Visitación y recogidos por ellas.
Tampoco faltan alusiones al Cantar en los diez volúmenes de las Cartas, que cuentan con unas 110. Pero, como cabía esperar, se pueden identificar casi exclusivamente en las cartas de dirección espiritual.
En los cinco volúmenes de los Opúsculos, las citas están distribuidas de manera desigual. En la primera serie, titulada «Estudios y vida íntima», se encuentran solo cinco, pero muy significativas porque se remontan al período de formación de Francisco, y una sola en la serie «Apostolado». No sorprende encontrar pocas referencias al Cantar en la serie de escritos polémicos y en los textos normativos del obispo de Ginebra. En el volumen dedicado a la Visitación y a las normas que la regulan se cuentan 9 citas importantes. Las referencias más numerosas se encuentran en el último volumen titulado «Ascetismo y mística».
Para nuestro trabajo, el análisis de las citas del Cantar rastreables en las obras de san Francisco de Sales es un paso obligado, porque nos introduce concretamente en su universo mental y espiritual, pero no puede ser suficiente. Luego será necesario llegar a la interpretación salesiana del Cantar, que consistirá esencialmente en identificar y presentar a los personajes del Cantar elegidos por el intérprete.
Interpretación del Cantar de los Cantares
Para la mayor parte de los comentaristas modernos, el Cantar era en origen una serie de poemas que celebraban simplemente el amor humano, «el canto más hermoso de la creación», con toda su sensualidad. Según algunos, un editor los habría reunido confiriéndoles un tono sapiencial y un posible significado alegórico, como el amor entre el Dios de Israel y su pueblo elegido del que hablan los profetas, en particular Oseas y Ezequiel. Algunos exegetas contemporáneos lo consideran efectivamente un poema sobre el amor humano, no alegórico, pero dotado de significados simbólicos, posiblemente abierto a la dimensión teológica.
Fiel a la tradición cristiana, el obispo de Ginebra atribuye el libro a Salomón. En su Tratado del amor de Dios Salomón representa «al Salvador», es decir, a Jesucristo, a quien él llama «pacífico o pacificador Salomón», mientras que la Sulamita es la amada, «tranquila e hija de la paz».
La explicación espiritual que da de él es la que estaba en uso prácticamente desde los tiempos de Orígenes en el siglo III. Para él, el Cantar de los Cantares es una celebración del amor de Dios, fuente y modelo de todo otro amor.
En línea con la interpretación judía tradicional, que leía en el Cantar la historia de las relaciones de amor entre Dios e Israel, los Padres de la Iglesia veían en él las relaciones de Dios o de Cristo con la Iglesia. El Cantar de los Cantares, afirmaba Francisco de Sales después de muchos otros, es «el epitalamio de la Iglesia y de Cristo». Muy a menudo, sin embargo, son las relaciones entre Dios Salvador y el alma individual las que ocupan en él el primer plano. Es esta la interpretación que adoptó en su Tratado del amor de Dios, donde declara:
El gran Salomón describe de manera deliciosamente admirable el amor del Salvador y del alma devota, en aquella obra divina que por su excelente dulzura es llamada Cantar de los Cantares. Y para elevarnos más dulcemente a la consideración de este amor espiritual que se ejerce entre Dios y nosotros, a través de la correspondencia de los movimientos de nuestros corazones con las inspiraciones de su divina Majestad, él recurre a una representación perpetua de los amores de un casto pastor y de una púdica pastorcilla.
A menudo, como podremos constatar, encontraremos también la interpretación mariana, que había arraigado en Occidente durante la Edad Media, en particular con Ruperto de Deutz. Aun siendo la madre de Jesús, María ha sido a menudo considerada en el plano espiritual como la nueva Eva junto al nuevo Adán, y por tanto como la amada por su amor sin par a Cristo.
Todas estas diversas interpretaciones – colectiva, individual y mariana – están presentes en el pensamiento y en los escritos de san Francisco de Sales. Nos corresponderá a nosotros mostrar el uso que ha hecho de ellas y poner de relieve, en la medida de lo posible, la originalidad de su lectura y de su interpretación.
El Cantar en la vida de san Francisco de Sales
Gracias a sus citas del Cantar, tal vez seamos capaces de penetrar un poco más a fondo en el alma de san Francisco de Sales. Estudiando las cerca de setecientas citas, alusiones y referencias al Cantar de los Cantares, podemos intuir algo de su vida íntima con Dios.
El alma de Francisco de Sales, se podría decir, era el alma de la esposa del Cantar. Ciertamente no es arbitrario afirmar que la espiritualidad que él extrajo de este libro bíblico y que propuso durante toda su vida a sus fieles, a sus corresponsales y a sus hijas de la Visitación, fue primero vivida y practicada por él mismo.
Se trata de una espiritualidad que podemos definir como «esponsalicia», en el sentido de que está enteramente centrada en el amor del Esposo por la esposa y de la esposa por el Esposo. El propio san Francisco de Sales experimentó lo que enseñaba a los demás, a saber, que el alma humana está llamada a entrar cada vez más en la alianza con su Dios y con Jesucristo, su Salvador.
Después de una procesión del Corpus Christi, durante la cual había llevado el Santísimo Sacramento por la ciudad de Annecy, confesaba a santa Juana Francisca de Chantal haber sido «tocado» por estas palabras de la esposa: «Mi Amado es todo mío, y yo soy toda suya; él mora entre mis pechos», y por estas otras del Esposo: «Ponme como un sello sobre tu corazón», antes de concluir con esta exclamación: «¿Existe una dulzura comparable a esta?».
Nada vale en efecto la dulzura y la fuerza de este Nombre que Francisco de Sales no deja de saborear repitiendo una exclamación muy querida por él: «¡Viva Jesús!». En otra ocasión contó a su confidente habitual: «Esta mañana, al despertar, he gritado a nuestros oídos: ¡Viva Jesús! y habría querido derramar este aceite sagrado sobre toda la faz de la tierra».
La belleza del Amado, signo y testimonio de su amor, su voz que encanta a su esposa y toda su persona lo atraen al máximo, tanto que su felicidad es la de «correr» tras él, incluso cuando le propone penas, cruces y espinas.
La belleza del alma – y de esto Francisco de Sales está bien convencido – no se debe a sí misma, sino al amor recibido del Amado que ha hecho todo por ella. ¿Qué tiene de sorprendente entonces si este amor la enferma de esa enfermedad de amor de la que Francisco parece hablar por experiencia, viéndose él también incapaz de amarla como querría e imposibilitado de alabarla como querría y debería?
Al amor esponsalicio del alma de Francisco por su Esposo hay que añadir otro elemento de su vida espiritual: su amor por la Iglesia. El Cantar, según una interpretación que él hereda, le ha recordado que la Iglesia es la verdadera esposa de Jesucristo, única paloma, santa y fecunda; de ahí su espiritualidad eclesial, fundada en su fe católica y en su responsabilidad episcopal.
Si la Iglesia católica es verdaderamente la Iglesia querida por Cristo, a pesar de los pecados de sus miembros, merece un amor ardiente y celoso como el del Esposo por su esposa. El apóstol del Chablais, convertido en obispo de Ginebra, la defiende con todas sus fuerzas y con la máxima dulzura posible, pero sobre todo la muestra llena de amor por el Esposo que la ha elegido y que continúa santificándola. El Cantar le ha recordado también que esta esposa necesitaba una compañía de valerosos guardianes y él sabe que forma parte de ella en calidad de pastor de la Iglesia.
En cuanto a su afecto por la Madre del Salvador, este trasluce en sus diversos comentarios al Cantar. Es el último aspecto, y no menos importante, de la vida espiritual de Francisco. María es para él la esposa perfecta, el trono regio del nuevo Salomón, la obra maestra de la Redención, toda unida al Hijo y apoyada en él. Ella es el amor mismo y este amor no ha hecho más que crecer a lo largo de su existencia como la aurora que avanza hasta el pleno día, hasta el punto de que al final murió de él. Desde el cielo, adonde ha subido en cuerpo y alma, nos obtiene tantas gracias con su oración.

