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El 27 de septiembre de 2026, en la basílica de San Petronio, en Bolonia, la Iglesia proclamó beatos a tres jóvenes sacerdotes asesinados en la masacre de Monte Sole: el salesiano don Elia Comini, el dehoniano padre Martino Capelli y el sacerdote diocesano don Ubaldo Marchioni. Don Elia tenía treinta y cuatro años cuando, el 1 de octubre de 1944, cayó en la «Botte» de Pioppe di Salvaro, después de haber permanecido junto a su gente hasta el final. De él quedan pocas cosas: un cuaderno de tapas negras, un reglamento de vida escrito en vísperas de su ordenación y el recuerdo de quienes le deben la vida. Bastan para recoger un mensaje claro, dirigido a los jóvenes, a los sacerdotes, a quienes trabajan por la paz y a toda la Familia Salesiana.
Hace pocos días, la Iglesia boloñesa y la Familia Salesiana acogieron una celebración que llevaban mucho tiempo esperando. El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, presidió, en nombre del papa León XIV, la beatificación de don Elia Comini, salesiano; del padre Martino Capelli, dehoniano; y de don Ubaldo Marchioni, sacerdote de la archidiócesis de Bolonia. Eran tres sacerdotes jóvenes: el menor tenía veintiséis años y el mayor, treinta y cuatro. Fueron asesinados entre el 29 de septiembre y el 1 de octubre de 1944, durante la masacre de Monte Sole, en los Apeninos boloñeses, donde las SS masacraron a cientos de civiles, en su mayoría mujeres, ancianos y niños.
Don Elia había nacido en 1910 en Calvenzano di Vergato, en esas mismas montañas. Sacerdote desde 1935, enseñaba letras en las casas salesianas de Chiari y, más tarde, de Treviglio. En el verano de 1944 había regresado a Salvaro para estar cerca de su madre y ayudar al anciano párroco, monseñor Fidenzio Mellini, en una casa parroquial que se había llenado de desplazados. El 29 de septiembre, al enterarse de la masacre perpetrada en Creda, acudió allí con el padre Martino para llevar los sacramentos a los moribundos. Los dos fueron arrestados y, la noche del 1 de octubre, asesinados junto con otros prisioneros en la «Botte» de la fábrica de cáñamo de Pioppe di Salvaro.
A pocos días de la beatificación, es natural preguntarse qué tiene que decir hoy este joven sacerdote salesiano. De su vida y sus escritos pueden extraerse cuatro mensajes dirigidos a otros tantos destinatarios.
A los jóvenes: no dejar a nadie atrás y vivir una vida entregada a los demás, con la fuerza de un corazón desarmado, capaz de amar, perdonar y esperar. El «querido cuadernito», su diario personal y una de las pocas «reliquias» que se conservan, lo empezó Elia en Valsalice el 31 de diciembre de 1927, cuando tenía 16 años y hacía pocos meses que se había hecho salesiano. En un cuaderno de bolsillo de tapas negras, aprendió a educarse a sí mismo y lo utilizó como un espejo:
– La interioridad como antídoto contra la dispersión. En una época en que la vida se exhibe en las redes sociales, el diario recuerda que existe un espacio secreto donde uno puede ser sincero consigo mismo y con Dios. Don Elia también se lo proponía a sus alumnos: les enseñaba a llevar un diario personal y privado en el que escribir libremente sus sueños, para aprender a conocerse y madurar sus decisiones de vida.
– La santidad como camino, no como improvisación. El diario muestra que entregar la vida en la Botte de Pioppe no fue un gesto heroico repentino, sino el resultado de diecisiete años de preparación. Las grandes decisiones se preparan con las pequeñas fidelidades de cada día.
– La libertad de obedecer al bien incluso contra los propios deseos. La última anotación, del 22 de julio de 1944, expresa la añoranza de volver a Treviglio, su casa salesiana, mientras el deber lo retenía en Salvaro. A los jóvenes les dice que el amor verdadero a veces exige quedarse donde uno no querría estar, porque allí alguien te necesita.
A los sacerdotes: durante los Ejercicios Espirituales previos a su ordenación sacerdotal (marzo de 1935), don Elia escribió un Reglamento de nueve puntos que abarcaba desde la aspiración a la santidad hasta el repaso de las materias de estudio. En el centro está la responsabilidad por las almas, expresada en una frase que constituye un programa para todo sacerdote salesiano: «Los jóvenes, todos los jóvenes, serán la porción predilecta de mi corazón». Este Reglamento es como un papel tornasol que revela la auténtica identidad sacerdotal, caracterizada por:
– Transparencia de identidad. Quien se acercara a él debía encontrarse no con el hombre, sino con el sacerdote, servidor de Jesús. No exhibirse uno mismo, sino dejar traslucir a Cristo;
– Una regla de vida concreta. Estudio, oración, caridad fraterna: la santidad sacerdotal pasa por decisiones ordenadas y verificables, no por impulsos vagos;
– Fidelidad hasta el final. En su ordenación, pidió a Jesús morir antes que faltar a su vocación sacerdotal. Nueve años después, en la «Botte» de Pioppe di Salvaro, esa palabra se cumplió;
– Fraternidad sacerdotal. Junto al padre Martino, aunque pertenecían a congregaciones distintas, buscó lo que une en vez de lo que divide, eligió cooperar en lugar de competir y puso su juventud al servicio de un párroco anciano, monseñor Mellini. Una lección poderosa para los presbíteros, a menudo marcados por el aislamiento y el cansancio.
A quienes trabajan por la paz y la reconciliación: el martirio de Monte Sole no fue un acto de heroísmo inconsciente. Cuando todos le decían que no fuera a Creda, donde las SS habían cometido una masacre, don Elia estaba tan pálido que parecía ya muerto y pedía que rezaran por él. La paz se construye con miedo, no sin él.
– Proteger la vida ante todo. Escondió a unos 60 o 70 hombres en un hueco de la sacristía y empujó un gran armario delante de la puerta; a pesar de que las SS registraron el lugar tres veces, nadie fue descubierto. Quien trabaja por la paz recurre a la inteligencia y a las medidas concretas, no solo a las buenas intenciones.
– Acercarse a las víctimas desarmados. Partió con el padre Martino Capelli llevando una estola, los santos óleos y la Eucaristía: ninguna arma, solo los signos de la misericordia. Es la «esperanza desarmada» de la que habla el papa León XIV, un testimonio de que el bien vence al mal.
– Aceptar el precio de la caridad. A sor Alberta Taccini, que le preguntó por qué estaba preso, le respondió: «Por hacer caridad, hay que pagar el precio».
– No odiar, hasta el final. Durante la ejecución entonó las letanías lauretanas, convirtiendo la fila de condenados en una procesión orante; protegió con su cuerpo a un hombre que logró salvarse, mientras el padre Martino invocaba el perdón y trazaba una señal de la cruz sobre las víctimas. Su entrega abrazaba a víctimas y verdugos: reconciliar significa no entregar el corazón a la lógica del enemigo. Para quienes hoy trabajan por la paz, entre guerras cercanas y lejanas y polarizaciones sociales, Monte Sole recuerda que la memoria de los mártires pertenece a toda la comunidad y exige estar siempre del lado de las víctimas.
A la Familia Salesiana: el sistema preventivo puesto a prueba. Don Elia muestra que la razón, la religión y el cariño también funcionan cuando el «patio» se convierte en un frente de guerra.
– Cariño hacia los más vulnerables. En Chiari y Treviglio acompañaba con bondad y paciencia a los alumnos que tenían dificultades, sin humillarlos jamás.
– Presencia y asistencia. En el patio, los más pequeños se apiñaban a su alrededor como polluelos junto a la gallina. Esa misma «asistencia» salesiana se convirtió en Salvaro en protección de los desplazados: el pragmatismo que había cultivado durante años de acompañamiento le permitió salvar muchas vidas.
– La religión como fuente, no como adorno. Antes de actuar, hizo rezar a la gente, invocando al Sagrado Corazón, a María Auxiliadora y a don Bosco. En la prueba, el sistema preventivo no se reduce a una técnica educativa: sigue arraigado en la fe.
– Una casa que acoge. A Salvaro la llamaban la «comunidad del Arca»: dos sacerdotes cultos, profesores de lenguas antiguas, dejaron la cátedra para ponerse el delantal del servicio. Es el oratorio de Valdocco en medio de una emergencia: casa, parroquia, escuela y patio para quienes lo han perdido todo. Para las comunidades salesianas que hoy trabajan en contextos de guerra, migración y pobreza extrema, don Elia demuestra que el sistema preventivo no es una pedagogía para tiempos tranquilos: en los momentos difíciles se concentra en su esencia, es decir, estar presentes para los jóvenes y con ellos, hasta el final.
En resumen, sus propósitos de 1928 lo condensan todo: el propósito principal será la caridad, sin juzgar ni creerse superior a los demás, y con dulzura en las palabras y los gestos. Desde el diario hasta el martirio, es la misma caridad la que crece hasta llegar a la entrega total.
Con la beatificación celebrada en San Petronio, la Iglesia propone como modelo a un salesiano de treinta y cuatro años que hizo lo que había prometido de joven en su cuaderno, y lo hizo incluso cuando le costó la vida. Don Elia salió al encuentro de las personas que tenía a su cargo y permaneció con ellas: el martirio lo alcanzó allí, mientras ejercía su ministerio sacerdotal.
Ochenta y dos años después de aquellos días, mientras otras guerras siguen golpeando a la población civil, los cuatro mensajes vuelven a ser uno solo. A los jóvenes, a los sacerdotes, a quienes construyen la paz y a quienes educan en nombre de don Bosco, el beato Elia Comini les repite lo que escribió de joven y confirmó en la Botte de Pioppe: la caridad ante todo. A su intercesión, y a la de los beatos Martino Capelli y Ubaldo Marchioni, la Familia Salesiana puede confiar su servicio allí donde hoy resulta más difícil permanecer.
don Pierluigi Cameroni, sdb
Director de la Obra Salesiana del Sagrado Corazón – Bolonia1

