Tiempo de lectura: 6 min.
En el otoño de 1944, los Apeninos boloñeses se convirtieron en el escenario de uno de los capítulos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Entre el humo de los incendios y el horror de las matanzas nazis en Monte Sole, emerge luminosa la figura de don Elia Comini, sacerdote salesiano, cuyo martirio, junto al del padre Martino Capelli, dehoniano, y de los curas diocesanos Ubaldo Marchioni y Giovanni Fornasini, no fue solo el trágico final de unas víctimas de guerra, sino una elección lúcida de caridad heroica y fidelidad a su propio ministerio sacerdotal. Como buenos pastores que no huyen ante el lobo, estos jóvenes sacerdotes eligieron permanecer junto a la población aterrorizada y dar la vida por el rebaño que se les había confiado.
Un corazón educado para la sonrisa
Don Elia Comini maduró como hombre y como consagrado a través de una cotidianidad hecha de servicio y dedicación. Sus raíces se hunden profundamente en el carisma de san Juan Bosco, un vínculo propiciado por el encuentro con monseñor Fidenzio Mellini, el párroco de Salvaro que lo acompañó en su elección vocacional y que había sido conocido directo del santo turinés. Fidenzio Mellini, cuando era un joven militar en Turín, había conocido y tratado personalmente a san Juan Bosco, quien le había profetizado el sacerdocio. Al convertirse en arcipreste de Salvaro, mons. Mellini notó enseguida la fe profunda y las capacidades del jovencísimo Elia Comini, cuya familia se había trasladado a la parroquia en 1914. Fue precisamente él quien orientó a Elia y a su hermano Amleto hacia la escuela de los Salesianos de Finale Emilia en 1923, donde experimentaron el carisma pedagógico de don Bosco y donde el joven Elia maduró la vocación a la vida religiosa salesiana. Ordenado sacerdote en 1935, don Elia pasó más de diez años como educador, profesor y director en Chiari (Brescia) y tres en Treviglio (Bérgamo), llevando consigo una autoridad que no nacía del temor, sino de una bondad desarmante. En medio de los muchachos, don Elia no era una figura distante. Un antiguo alumno suyo utilizó un símil eficaz para describir el clima de calidez y protección que transmitía: a su alrededor, los chicos estaban «como los polluelos alrededor de la gallina». Su presencia se inspiraba en el estilo salesiano: los estudiantes, atraídos por su rectitud nunca rígida, encontraban natural abrir su corazón a la confidencia, permitiéndole guiar su crecimiento interior con una rara profundidad. Su presencia educativa se caracterizaba por la fraternidad: siempre en medio de los jóvenes, dispuesto a compartir el juego en el patio o los momentos de ocio; por la paciencia incansable: como profesor, nunca perdía la calma, dispuesto a volver a explicar cada concepto con extrema claridad a quien le costaba; por la atención a los últimos: tenía el don de recuperar a los chicos más difíciles, transformando sus crisis en oportunidades de maduración. Esta serenidad y equilibrio para tranquilizar a los más pequeños pronto sería puesta a prueba por el odio de la guerra.
Comunidad del Arca: la fraternidad entre don Elia y el padre Martino
El 20 de julio de 1944, en Salvaro, los caminos de don Elia se cruzaron con los del padre Martino Capelli, un religioso dehoniano. Junto a monseñor Mellini, dieron vida a lo que el historiador Luciano Gherardi definió como la «comunidad del arca»: un puerto seguro en la casa parroquial de Salvaro que acogió a cientos de desplazados y perseguidos, sustrayéndolos de la furia nazifascista y ofreciéndoles un refugio. Don Elia y el padre Martino eran refinados intelectuales, estudiosos y profesores de lenguas clásicas, prestados a las necesidades de la guerra. A pesar de sus historias diferentes, actuaron como un solo corazón, a través de un generoso cuidado pastoral, la sepultura de los muertos, la mediación de paz, el consuelo y la protección de los refugiados. Esta amistad se convirtió en la roca sobre la que los dos sacerdotes construyeron su resistencia pacífica, una hermandad que los vería actuar siempre al unísono, hasta el sacrificio final. Ambos sacerdotes se negaron a abandonar a la población. Se ofrecieron constantemente como mediadores ante los mandos alemanes y acudieron allí donde hubiera heridos y moribundos a los que confortar. La casa parroquial de Salvaro se convirtió en un centro de acogida material y espiritual para cientos de refugiados. Durante las redadas nazis del 29 de septiembre de 1944, don Comini logró incluso esconder a unos setenta hombres en un local contiguo a la sacristía, ocultando la puerta detrás de un viejo armario para evitar su captura.
La elección decisiva: «debemos ir, el Señor nos llama»
El 29 de septiembre de 1944 marcó el inicio de la masacre de Monte Sole. Mientras las tropas de la 16ª División SS-Panzergrenadier sembraban la muerte, llegó la noticia de las atrocidades perpetradas en la «Creda», una localidad no muy lejana de Salvaro. En ese momento, los dos sacerdotes tomaron su decisión: no buscarían su propia salvación, sino el bien de las personas. Mientras las mujeres refugiadas en la parroquia les suplicaban que se escondieran, ellos comprendieron que su lugar estaba junto al rebaño herido. Antes de partir para socorrer a las personas heridas, agonizantes o asesinadas, don Elia pronunció unas palabras que quedan como un testamento de fe: «debemos ir; el Señor nos llama». No fue imprudencia, sino una misión lúcida. Provistos de los santos óleos y de la teca eucarística, se pusieron en camino no para combatir, sino para llevar el perdón y el consuelo de la gracia. Esa misma estola, símbolo de su mandato, se convertiría en el primer objeto del desprecio de sus verdugos.
Interceptados por los nazis, fueron privados de libertad. Una vez capturados, los dos sacerdotes sufrieron un trato brutal, dictado por un odio explícito contra la fe. Las SS habían sido adoctrinadas con un «catecismo» anticristiano que veía en el clero a un enemigo al que aniquilar. Fueron despojados violentamente de sus insignias sacerdotales (estola y santos óleos) para negar su identidad de pastores. Fueron reducidos a «bestias de carga», obligados a transportar cargamentos de municiones bajo la amenaza de las armas, en ayunas y obligados a presenciar violencias inauditas. El cautiverio en la «Casa dei birocciai» en Pioppe se convirtió en un calvario de humillaciones.
El último acto en la «Botte»: una liturgia de vida y de muerte
El 1 de octubre de 1944, don Elia, el padre Martino y otros 43 prisioneros civiles fueron llevados a la cisterna industrial llamada «la Botte» en Pioppe di Salvaro, un gran embalse industrial utilizado para el procesamiento del cáñamo. La macabra marcha hacia la muerte se transformó en una solemne liturgia: don Elia guio a los 43 condenados recitando en voz alta las Letanías Lauretanas. En esos instantes, la caridad se hizo carne: don Elia sirvió de escudo humano a un joven prisionero, Pio Borgia, salvándole la vida durante el ametrallamiento. Pio sobreviviría, convirtiéndose en el testigo ocular de este amor extremo. El padre Martino, antes de caer, logró levantarse una última vez para trazar la señal de la cruz, impartiendo la absolución sacramental a don Elia y a todos los presentes. Don Elia gritó «Piedad», una invocación que no era una súplica para sí mismo, sino un grito de intercesión por los verdugos y por las víctimas. Poco antes de la ejecución, un soldado golpeó duramente las manos de don Elia para arrebatarle el libro de oraciones. Con un gesto de supremo desprecio, el militar usó la culata del fusil para arrojar el Breviario al fango de «la Botte». Solo después de la masacre emergió la verdadera naturaleza ideológica del crimen: los soldados se jactaron del asesinato gritando «¡Dos Pastoren kaput!». Para ellos era un trofeo; para la Iglesia, era la prueba del martirio. Sus cuerpos cayeron en la cisterna de fango, haciendo de su muerte una prolongación de la Misa, celebrada sobre el altar del sufrimiento humano.
Un legado para el futuro
La historia de don Elia Comini se entrelaza con la de otros mártires de Monte Sole, como el joven don Ubaldo Marchioni, fusilado a los pies del altar en Casaglia mientras apretaba entre sus manos el copón. Estos hombres nos enseñan el valor del sacrificio, ofreciendo su propia vida para romper la cadena de la violencia y del odio. Los beatos Elia Comini, Martino Capelli, Ubaldo Marchioni (beatificados el 27 de septiembre de 2026) y Giovanni Fornasini (beatificado el 26 de septiembre de 2021), jóvenes sacerdotes, enseñan que la verdadera fuerza no es huir, sino permanecer en el propio puesto, especialmente cuando el peligro es máximo. Ser «buenos pastores» significa no abandonar nunca a quien está en dificultades y defender la dignidad humana con la única arma de la cercanía. La verdadera realización no se encuentra en la salvación individual, sino en el servicio que sirve de escudo para los demás, especialmente en los momentos oscuros. Permanecer fieles a la propia misión significa ser presencias tranquilizadoras y constructores de paz incluso cuando el mundo alrededor parece enloquecer. Responder al odio con la oración y a la fuerza bruta con la rectitud moral es la única manera de construir un futuro auténticamente civil. Hoy, la figura de don Elia enseña a los educadores la importancia de ser una presencia tran1quilizadora incluso en las crisis más oscuras, demostrando que el carisma salesiano no se limita al oratorio, sino que es una disposición al sacrificio total por los demás, testimoniando una fe que no se rinde ante el odio y la violencia, sino que llega hasta el don supremo de la vida.

