28 Sep 2026, Lun

⏱️ Tiempo de lectura: 7 min.

Ayer, en la basílica de San Petronio de Bolonia, el salesiano don Elia Comini fue proclamado beato junto con el dehoniano padre Martino Capelli y el sacerdote diocesano don Ubaldo Marchioni, mártires de Monte Sole en el otoño de 1944. Tenía 34 años. No fue un héroe improvisado por la guerra: su diario espiritual, el «querido cuadernito» que llevó durante dieciséis años, muestra a un joven que luchó cada día contra su propio orgullo, que puso la misa en el centro de su jornada y a los jóvenes en el centro de su corazón, y que se preparó durante mucho tiempo para entregarse. Cuando llegó la hora, eligió quedarse con su gente e ir al encuentro de los moribundos. Estas son las virtudes de un hijo de don Bosco que hoy la Iglesia presenta a todos.

 

 

Domingo 27 de septiembre de 2026, San Petronio. El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos y delegado pontificio, leyó la fórmula de beatificación. Concelebraron el arzobispo de Bolonia, cardenal Matteo Zuppi; el cardenal Ángel Fernández Artime; el rector mayor de los Salesianos, don Fabio Attard; y el superior general de los Dehonianos, padre Carlos Luis Suárez Codorniú. El decreto sobre el martirio se había promulgado el 18 de diciembre de 2024. Al final de un largo camino, la Iglesia reconoce que aquellos tres sacerdotes fueron asesinados por haber sido pastores hasta el final. Su sangre se mezcló con la de las 770 víctimas de las matanzas de Monte Sole.

Del cuerpo de don Elia no queda nada. Las aguas de la «Botte» de la fábrica de cáñamo de Pioppe di Salvaro, donde fue ametrallado el 1 de octubre de 1944, lo arrastraron hasta el río Reno. Pero queda su cuaderno negro, 81 paginitas que hoy se conservan en Treviglio. Pierluigi Cameroni, postulador general, acaba de reeditarlo con un título que ya es toda una declaración de intenciones: «Querido cuadernito». «Si el martirio es el acto final de don Elia —escribe—, el diario es la continuación de la voz del mártir». De esas páginas y de los testimonios de quienes lo conocieron emergen los rasgos de su santidad.

 

Un hijo de los Apeninos y de don Bosco

Elia nació el 7 de mayo de 1910 en Calvenzano di Vergato, junto al santuario de la Virgen del Bosque. Su padre, Claudio, era carpintero; su madre, Emma Limoni, costurera. En Salvaro, el arcipreste monseñor Fidenzio Mellini, que de joven había conocido a don Bosco en Valdocco, fue para él como un segundo padre y lo orientó hacia los Salesianos. Luego vinieron el aspirantado en Finale Emilia, el noviciado en Castel de’ Britti, la primera profesión en 1926 y los estudios de filosofía en Valsalice, cerca de la tumba de don Bosco. Después, el período de prácticas, la profesión perpetua en Chiari el 8 de mayo de 1931 y la ordenación sacerdotal en la catedral de Brescia el 16 de marzo de 1935. En 1939 se licenció en Letras en la Real Universidad de Milán con una tesis sobre Tertuliano, La resurrección de la carne. Enseñó a los aspirantes de Chiari San Bernardino y después, desde 1941, en el Instituto Salesiano de Treviglio. En el verano de 1944 regresó a Salvaro para estar cerca de su madre, viuda y desplazada. Así se encontró «en plena retaguardia de guerra».

 

La humildad, una batalla de toda la vida

La primera virtud que revela el diario es una humildad conquistada a un alto precio, no fruto de un carácter dócil. A los diecisiete años, su confesor, don Antonio Cojazzi, se la propuso como objetivo, y él ya no lo abandonaría. Escribe sobre sí mismo con una franqueza desarmante: «Mi orgullo desmesurado me vuelve sordo, pero tú [don Bosco] llama fuerte a la puerta y verás que conseguirás hacer entrar en razón a este cabezota». Se observa con ironía: «¡Transpiro humildad por todos los poros!». En julio de 1930, después de los exámenes finales, llega a rezar así: «Soy un ególatra. Señor, ayudadme, llevadme la contraria, hacedme humilde de corazón como Vos: ¡qué gracia me haréis! Más grande que aprobar».

Cuando se licenció, no se jactó. La víspera le había prometido a Dios «humildad, discreción y reconocer que todo me viene de Él». Sus alumnos ni siquiera sabían que asistía a la universidad: solo veían los resultados. En 1943, en el santuario de Caravaggio, resumió así su camino: «Ama nesciri et pro nihilo reputari […] Dadme el valor y la fuerza para sofocar implacablemente mi yo […] ¡Sufrir, luchar, rezar y guardar silencio!».

 

El sacerdote enteramente de Jesús

La víspera de su ordenación, en Montodine, redactó un «Reglamento de vida sacerdotal» que llevaría junto al corazón, en el bolsillo de la sotana, hasta la última misa. La misa «será el centro de mi jornada». El breviario «será para mí la oración más hermosa, la más importante», y procurará rezarlo ante el sagrario. Su lema provenía de su antiguo maestro de novicios, don Luigi Terrone: «Todo y siempre para el Sagrado Corazón y en el Sagrado Corazón». El día de su ordenación diaconal había escrito: «puedo tocar a Jesús con mis [manos]: el sueño de mi niñez». En esas páginas se trasluce una piedad sobria pero ardiente, confiada a María Auxiliadora: «a ti te corresponde presentarme a Jesús y ofrecerme a él para siempre».

Quienes lo vieron rezar no lo olvidaron. Un antiguo alumno de Treviglio, escondido en la capilla durante un juego, lo encontró «arrodillado en el último banco, absorto en una intensa oración». A un monaguillo que lo acompañaba a visitar a un enfermo le confió: «Mira qué gran dignidad la del sacerdote: puede llevar a Jesús en su corazón y llevarlo, como consuelo divino, a quien sufre».

 

Educador con el corazón de don Bosco

«Los jóvenes, todos los jóvenes, ocuparán un lugar privilegiado en mi corazón». El propósito de 1935 se convirtió en una forma de actuar. Ya desde clérigo había elegido para sí una «caridad afable, caridad según el espíritu de don Bosco, caridad familiar […] especialmente en el trato con los muchachos». Los testimonios lo confirman. Don Luigi Calonghi recuerda la primera conversación: «Me sorprendía porque me escuchaba; me hacía razonar, me tomaba en serio». Don Pietro Gianola veía en él «una amistad constante y plena», una amistad educativa. En Treviglio pedía a los estudiantes que llevaran un «diario personal y privado». Si quería leer en clase una página de alguno, siempre pedía antes permiso a su autor.

Nadie lo recuerda enojado ni alzando la voz. «Siempre lo vi sonreír, y nada más», dice un antiguo alumno. Y cuando los muchachos de Chiari, arrepentidos, le escribieron para pedirle perdón, anotó: «Pobres alumnos; soy yo quien debería pedirles perdón».

 

Obediencia y fidelidad al deber

Don Elia no oculta que también le costaba obedecer: «Este año he murmurado contra mis superiores más que nadie». Entonces se propone una «docilidad ex corde hacia todos mis superiores y en todas las cosas, incluso las más pequeñas». En 1942, en Treviglio, puede escribir: «La obediencia que he procurado practicar con fe me ha granjeado visiblemente las bendiciones del Señor». La fidelidad al deber de cada día se convierte en el terreno donde crece la santidad. Cameroni lo subraya: lo suyo no fue «una reacción repentina ante las atrocidades de la guerra, sino […] la conclusión lógica de una cuidadosa ascesis cotidiana».

 

La entrega de sí mismo, preparada durante años

El hilo más sorprendente del diario es el deseo de entregarse por completo. En 1929, en vísperas de renovar sus votos, escribe: «Acéptame como víctima expiatoria, aunque no lo merezca». En 1931: «Haced que pueda ofrecerme por completo a Vos en verdadera paz». El día de su ordenación pide a Jesús dos gracias: «la muerte antes que faltar a mi vocación sacerdotal» y «el amor heroico por las almas». En 1939 añade: «Si, Jesús, quieres de mí un acto heroico de generosidad, con tu gracia estoy dispuesto». En 1941: «Quiero prepararme para sacrificarme por entero: solo así seré verdaderamente un vencedor».

 

Fortaleza en medio del miedo, caridad hasta el final

La última página del diario está fechada el 22 de julio de 1944 y conmueve por su humanidad: «He caído en plena retaguardia de guerra, con todos sus riesgos y peligros. Echo mucho de menos mi colegio y a mis hermanos salesianos. Si pudiera, mañana mismo partiría para Treviglio». Don Elia no era un exaltado que buscara el martirio. Era un hombre que tenía miedo y que, aun así, se quedó.

Durante esos tres meses, la casa parroquial de Salvaro se convirtió en «la comunidad del arca», como la llamó monseñor Luciano Gherardi. Monseñor Mellini acogía a familias de refugiados incluso en el baptisterio. Don Elia confesaba, daba catequesis, enterraba a los muertos y mediaba entre la población, los partisanos y los nazis. Durante las noches de bombardeos tarareaba canciones y contaba a los niños la vida de don Bosco, y el terror se disipaba.

El 29 de septiembre, fiesta de san Miguel, celebró su última misa e hizo rezar el acto de contrición. Después escondió a unos setenta hombres en una sala detrás de la sacristía, oculta tras un armario: todos se salvaron. Cuando llegó la noticia de la masacre de la Creda, tomó, junto con el padre Martino, la estola, los santos óleos y la Eucaristía. Muy pálido, respondió a quienes intentaban retenerlo: «¡Tenemos que ir, es nuestro deber!», y añadió: «Vamos a llevar al Señor a nuestros hermanos». Capturados, los dos sacerdotes fueron despojados de sus insignias sacerdotales y obligados a transportar municiones «como bestias de carga». Luego los encerraron con las personas capturadas en el establo de la fábrica de cáñamo de Pioppe. Allí consolaron a los prisioneros y se confesaron mutuamente. Desde la ventana, don Elia le dijo a la superiora de las religiosas: «Por hacer el bien, se paga un precio», y quedó con ella en encontrarse en el Paraíso. También en sus intentos de mediación su deseo estaba claro: que todos se salvaran, sin favoritismos.

Al atardecer del 1 de octubre, llevaron a los dos sacerdotes a la Botte junto con los demás condenados. Los testigos oyeron a don Elia entonar las letanías de la Virgen. Luego, las ráfagas y un último grito: «¡Piedad!». Un soldado le golpeó las manos y el breviario cayó al agua fangosa. Su cuerpo sirvió de escudo a Pio Borgia, uno de los poquísimos supervivientes, que pudo contarlo.

 

El sol en el corazón

En una página de 1928, el joven Elia anotó que santo Tomás y san Francisco de Sales estaban «pintados con el sol en el corazón». Don Cameroni eligió esta imagen para sintetizar su vida. Es una luz interior que no se apaga en la noche de la violencia: humildad buscada, oración fiel, afecto en la educación, obediencia, caridad hasta el extremo.

Hoy don Elia Comini es beato. A los Salesianos les recuerda que el Da mihi animas, cetera tolle, que a los veintiún años quiso hacer suyo «para toda mi vida», puede llegar hasta la entrega de la propia sangre. A todos les recuerda que también se puede amar aun teniendo mucho miedo. Y que la santidad se prepara en las páginas cotidianas de un pequeño cuaderno, mucho antes de que llegue la hora de la prueba.

 

Editor BSOL

Editor del sitio web.