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Desde Uruguay hasta Etiopía, pasando por Irlanda: el camino de don Ignacio José LAVENTURE OTEGUI es el de un salesiano que se siente ante todo “enviado”. Nacido en Montevideo en 1972 y criado en un ambiente salesiano desde los seis años, partió como misionero en enero de 2001, pocos meses después de su ordenación sacerdotal. Desde hace veinticinco años sirve en la circunscripción de Etiopía-Eritrea, casi siempre en el campo de la formación: socio del maestro y luego maestro de novicios en Debre Zeit, encargado del centro juvenil y profesor de teología en Adigrat, luego vicario, delegado para la formación y secretario. El 25 de agosto de 2025 asumió la dirección de la Visitaduría María Kidane Mehret (AET). En esta entrevista cuenta la pregunta que le cambió la vida, el amor por María Auxiliadora aprendido de su madre y los desafíos de los jóvenes en un país herido por la guerra.
¿Podrías presentarte?
Soy don Ignacio José Laventure Otegui. Nací el 27 de diciembre de 1972 en Montevideo, Uruguay. Hice mi primera profesión el 31 de enero de 1992 en los Talleres Don Bosco y en la misma parroquia y casa salesiana fui ordenado sacerdote el 30 de septiembre de 2000. Pocos meses después, en enero de 2001, partí como misionero: primero a Irlanda, para estudiar inglés, y en agosto de ese mismo año desembarqué en mi tierra prometida misionera, Etiopía-Eritrea. En estos veinticinco años de vida misionera he trabajado sobre todo en el campo de la formación. De 2001 a 2004 estuve en la casa del noviciado en Debre Zeit, como socio del maestro y encargado del oratorio-centro juvenil; luego obtuve la licenciatura en Teología dogmática en la UPS (2005-2007); de 2007 a 2010 estuve en el posnoviciado de Adigrat, como encargado del centro juvenil y profesor de teología en el Seminario Mayor de la diócesis; de 2010 a 2019 volví a Debre Zeit como maestro de novicios. De 2019 a 2025 fui vicario inspectorial, delegado para la formación y secretario inspectorial. El 25 de agosto de 2025 comencé mi servicio como superior de la Visitaduría María Kidane Mehret (AET).
¿Cuándo sentiste por primera vez la llamada y qué te llevó a los salesianos?
Puedo decir que casi nací en una casa salesiana: no tengo recuerdos de infancia que no estén ligados a los salesianos. Entré en el colegio salesiano de San Francisco de Sales (Maturana) a los seis años, allí hice toda la primaria y la secundaria, y luego pasé al instituto preuniversitario salesiano Juan XXIII. Mi madre era Cooperadora salesiana y junto con mi padre formaba parte de la asociación de padres: estaban muy involucrados en la vida del colegio. Fui miembro de los clubes Domingo Savio y Ceferino Namuncurá y luego de la Juventud Misionera Salesiana. Sin embargo, nunca había pensado en hacerme salesiano, hasta que el director del Maturana, que estaba hablando con todos los alumnos, me hizo la pregunta: “¿Alguna vez has pensado en hacerte salesiano?”. Todavía recuerdo mi respuesta: “Estás loco, para nada”. Pero ese día plantó una semilla en mi corazón, una semilla que empezó a germinar y que floreció un año después, cuando entré en el Aspirantado salesiano de Villa Colón, el 20 de junio de 1989.
¿Hay algún acontecimiento o persona en particular que haya influido de manera significativa en tu decisión de hacerte salesiano?
Sí. La persona es el salesiano que acabo de recordar, don Felix Irureta. Me hizo esa pregunta y luego no volvió a sacar el tema, hasta casi un año después, cuando fui yo quien lo buscó: su respeto y su silencio fueron muy importantes para mí. En cuanto a los acontecimientos, diría que mi primera experiencia misionera con el grupo misionero en Melo, a los catorce años. Esa experiencia de alguna manera me hizo salir de mi zona de confort y, como fruto, me convertí en animador en el oratorio de las Hijas de María Auxiliadora, en el colegio María Auxiliadora.
¿Cuáles han sido los principales desafíos y las mayores alegrías durante la formación y los primeros años como salesiano?
Las mayores alegrías han sido el espíritu de familia que he respirado y asimilado en las diferentes casas de formación y entre los hermanos, y luego el trabajo y la animación en el oratorio. Empecé como animador a los catorce años y continué durante toda la formación, y también después: estar entre los niños y los jóvenes era y es una gran alegría. Uno de los mayores desafíos, en cambio, fue superar mi timidez y el miedo a afrontar situaciones nuevas: era una persona muy reservada y silenciosa.
¿Qué desafíos ves hoy al acompañar a los jóvenes y qué herramientas salesianas consideras que siguen siendo eficaces?
Creo que uno de los desafíos es la velocidad de los cambios, especialmente entre los jóvenes: como salesianos podemos tener la sensación de no lograr seguir el ritmo, de no lograr entrar en su mundo. El año que viene celebraremos los 150 años del Sistema preventivo, esta gran intuición de Don Bosco: aquí tenemos una herramienta siempre eficaz, siempre que sepamos aplicarla a la realidad de hoy. El Sistema preventivo implica nuestra presencia física en medio de los jóvenes, lo que en nuestra tradición llamamos asistencia. Esta también es una herramienta fundamental.
¿Cómo te mantienes espiritual y humanamente firme en los momentos difíciles?
Mi maestro de novicios, antes de que partiéramos hacia los diferentes lugares de apostolado, siempre nos repetía: “Recordad, sois enviados”. Esto me ha ayudado mucho en los momentos difíciles: saber que no soy yo quien manda, sino que he sido enviado por el Señor. Es su misión, y Él nos ha prometido estar con nosotros hasta el final. Me gusta lo que dice san Pablo: “Sé en quién he creído” (2 Tim 1,12). Mirar a Jesús, buscarlo incluso cuando no entiendo el porqué de esto o de aquello, ha sido importante en mi vida salesiana. Como grupo de noviciado habíamos elegido el lema: “Nuestra vida te pertenece; la hemos puesto en tus manos”.
¿Cómo describirías la espiritualidad salesiana en pocas palabras?
No es fácil en pocas palabras, pero diría que es una forma sencilla, alegre y profunda de entrar en una relación de amistad con Dios.
¿Cuáles son las necesidades locales más urgentes y las necesidades de los jóvenes?
Los jóvenes tienen muchas necesidades en el mundo de hoy, pero quizás una de las más importantes es la de tener verdaderos modelos de vida y adultos dispuestos a acompañarlos, a caminar con ellos. A nivel local, los jóvenes sufren la inestabilidad política y económica del país. Después de la guerra, muchos han perdido la esperanza en el presente y en el futuro y se han convertido en víctimas de adicciones, trata de seres humanos y violencia. Es urgente caminar con ellos e intentar reconstruir la confianza y la esperanza. Como salesianos debemos tener el valor, como lo tuvo Don Bosco en su tiempo, de ofrecer respuestas nuevas a situaciones y desafíos nuevos.
¿Qué lugar ocupa María Auxiliadora en tu vida?
Uno de los recuerdos de mi infancia es una estatua de la Virgen que cada mes venía a nuestra casa durante unos días, para luego pasar a otra familia. Entonces mi madre nos decía a mí y a mi hermano menor: “Está la virgencita, vayan a saludarla” (“Ahí está la Virgencita, id a saludarla”). De mi madre aprendí a amar a María como Auxiliadora, y esto me ha acompañado en los altibajos de la vida. He experimentado en mi vida y en mi vocación lo que decía Don Bosco: que toda vocación salesiana es traída a la Congregación por María.
¿Tienes un mensaje para la Familia Salesiana?
Esta también fue una gran intuición de Don Bosco, aunque no la llamara Familia Salesiana. Había comprendido el potencial de involucrar a muchos tipos diferentes de personas en su obra de educación y evangelización de los jóvenes. Creo que este don de Dios que es la Familia Salesiana es un signo de los tiempos, una llamada de Dios a trabajar cada vez más en sinodalidad, por usar una expresión del Papa Francisco, por la “salvación de los jóvenes”.

