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También nosotros somos enviados. Nuestros lugares de trabajo, barrios, familias y amistades son las «ciudades y lugares» adonde Cristo tiene intención de ir y nos envía allí delante de él para preparar el camino.
En el Evangelio de Lucas, al principio del capítulo 10 (versículos 1-19), Jesús extiende su misión más allá de los Doce, enviando a setenta y dos discípulos por delante de sí para preparar el camino. Es un momento decisivo: la misión ya no está reservada a un pequeño círculo apostólico, sino que se extiende a un grupo más amplio de seguidores ordinarios. La implicación es clara: cada discípulo es misionero, enviado a su rincón particular del mundo para hacer presente a Cristo.
Para los cristianos de hoy, que trabajamos en oficinas u hospitales, criamos hijos en casa o servimos en las escuelas, gestionamos empresas o cuidamos de los ancianos, este pasaje habla directamente a nuestra vocación bautismal. También nosotros somos enviados. Nuestros lugares de trabajo, barrios, familias y amistades son las «ciudades y lugares» adonde Cristo tiene intención de ir y nos envía allí delante de él para preparar el camino.
Las instrucciones que da Jesús no son solo para los «profesionales» religiosos, sino para todos los que llevan su nombre. Son instrucciones que revelan cómo debe ser el testimonio cristiano en cualquier contexto: viajar ligeros, llevar la paz, curar a los heridos, anunciar la cercanía del Reino a través de la realidad concreta de nuestras vidas.
En una cultura que a menudo relega la fe a una convicción privada o al culto dominical, Lucas 10 reivindica toda la vida como territorio misionero. Estas tres reflexiones exploran cómo las palabras de Jesús a los setenta y dos iluminan lo que significa vivir como discípulos enviados en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana.
- Viajar ligeros: libertad del peso de la autosuficiencia
«No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias». Jesús envía a sus discípulos deliberadamente vulnerables, radicalmente dependientes de Dios y de la hospitalidad de los demás. Esta instrucción desafía los presupuestos fundamentales de la vida contemporánea: que la seguridad deriva de la acumulación, que el valor proviene de la autosuficiencia, que debemos tener siempre todo bajo control.
Para los cristianos que afrontan la vida ordinaria –carrera, responsabilidades familiares, presiones económicas– esta llamada a la pobreza evangélica no significa abandonar una planificación prudente o una gestión responsable. Más bien, plantea una pregunta espiritual más profunda: ¿en qué confiamos realmente?
Vivimos en una cultura que nos enseña a confiar en nuestra capacidad para gestionar cualquier eventualidad. Acumulamos certificaciones, credenciales, contactos, construyendo «bolsas» cada vez más grandes. Y nos agotamos intentando mantener la ilusión de la autosuficiencia.
La instrucción de Jesús nos libera de este peso. Viajar ligeros significa reconocer nuestra dependencia fundamental de la providencia de Dios, de la comunidad de creyentes, de la gracia que no podemos fabricar. Significa estar dispuestos a reconocer cuándo no tenemos la respuesta, cuándo necesitamos ayuda, cuándo nuestros planes cuidadosamente elaborados se desmoronan y debemos confiar en que Dios proveerá otro camino.
En términos prácticos: admitir que no somos perfectos y que mantener una imagen perfecta al final nos esclaviza; ser honestos con los hijos respecto a nuestras dificultades; elegir la sencillez frente a la acumulación, la presencia frente a la productividad, la confianza frente a la ansiedad.
No estamos llamados a ser cristianos que parecen tenerlo todo resuelto. Estamos invitados a descubrir que Cristo es suficiente, que su gracia es verdaderamente bastante, que la dependencia de Dios es pura libertad.
- Ante todo, paz: presencia en un mundo fragmentado
«En cualquier casa en la que entréis, decid primero: «Paz a esta casa»». Antes de cualquier actividad o productividad, que haya, ante todo, paz. Vivimos vidas fragmentadas: mil cosas al mismo tiempo, presentes a medias en las conversaciones. Jesús nos envía a llevar la paz. Atención: no es la paz superficial, fruto de la ilusión de tenerlo todo bajo control, sino la paz verdadera y profunda que proviene de saber que estamos sostenidos por Dios incluso en el caos.
Esta paz es un testimonio contracultural: cuando los compañeros están estresados y nosotros nos mantenemos firmes, no a través de la negación sino a través de la confianza; cuando los barrios están ansiosos y nosotros ofrecemos una presencia calmada, no a través de la ingenuidad sino a través de la esperanza.
Piensa en las «casas» cotidianas en las que entras: lugar de trabajo, tu casa, el gimnasio, el colegio de los hijos, el barrio. Llevar la paz podría significar no participar en los cotilleos en el trabajo, sino hablar con respeto; crear un ambiente doméstico en el que las personas puedan respirar y donde haya espacio para el silencio; ser el vecino que escucha sin juzgar.
Esta paz se vuelve particularmente poderosa y significativa con quienes están luchando. Cuántas personas llevan cargas invisibles, luchas de salud mental, ansiedad financiera, crisis de pareja, desesperación existencial. No necesitan soluciones. Necesitan a alguien que pueda estar con ellos en el dolor sin desestabilizarse, que irradie una paz que sugiera un terreno firme bajo el caos.
Nuestro testimonio cristiano tiene que ver principalmente con quiénes somos: personas que han encontrado una paz que el mundo no puede dar ni quitar.
- Curación y proclamación: hacer visible el Reino
«Curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El reino de Dios está cerca de vosotros»». Palabra y acción son inseparables. Esto significa reconocer las heridas a nuestro alrededor y responder con actos concretos de empatía: reconocer el sentimiento de vacío y de falta de sentido que algunos llevan, la competencia despiadada, el agotamiento de otros, ofreciéndoles el don de una presencia que sabe escuchar sin juzgar; estar cerca de quienes se sienten aislados, de los ancianos, con gestos pequeños y sencillos pero que dejan huella en el corazón que sufre.
El Reino se hace cercano cuando las personas pueden decir: «He encontrado algo diferente aquí. He sido acogido, valorado, restaurado».
Así creció la Iglesia primitiva, no principalmente a través de predicaciones elocuentes, sino a través de comunidades que vivían de forma tan diferente que las personas se sentían impulsadas a preguntar: «¿Qué tenéis vosotros que nosotros no tenemos? ¿Por qué amáis así? ¿De dónde viene esta esperanza?».
Nuestras vidas se convierten en la proclamación. Y cuando las personas preguntan, estamos listos para nombrar la fuente: «El reino de Dios está cerca de vosotros. El amor que habéis experimentado no viene solo de nosotros; viene de Cristo, que ha hecho nuevas todas las cosas y que os invita a esta nueva realidad».

