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Habitados por Dios, como María, nos vemos a nosotros mismos como llamados y enviados
María se levantó y fue de prisa (Lc 1,39). Pocas palabras, y sin embargo llenas de significado. En estos gestos sencillos y decididos se revela la estructura interior de un corazón que ha dejado que Dios lo habite de verdad. La de María no es una partida cualquiera: es la respuesta de una vida recogida, de un alma que, porque ha aprendido a escuchar y a discernir, llega luego a responder. María, vivida la experiencia de la anunciación, no se detiene a procesar lo que le acaba de suceder. María no se encierra en la intimidad de su propia experiencia, extraordinaria y profunda, guardándola para sí. Al contrario, se deja plasmar y guiar por la Palabra. Y se pone en movimiento hacia el otro.
El de María es un movimiento espiritual: ha acogido al Verbo, y ahora es el Verbo que habita en ella el que la orienta hacia el prójimo. Quien ama verdaderamente como consecuencia del hecho de sentirse amado por Dios, se olvida de sí mismo y se pone al servicio del prójimo. María nos enseña que la disponibilidad del corazón no es una virtud accesoria, sino el modo en que el amor de Dios toma forma en la vida de quien cree en Él.
Disponibilidad: salir de la visión estrecha
Habitados por Dios, como María, nos vemos a nosotros mismos como llamados y enviados. La acción de María contrasta con una visión de la vida construida sobre el «yo» no disponible, encerrado en sí mismo. Cuando decidimos solamente observar el mundo desde un estrecho punto de observación, corremos el riesgo de llegar a la conclusión de que nuestra opinión contiene la verdad entera. Es la tentación de siempre: reducir la realidad a lo que ya hemos visto, medido, programado. Nuestro modo de pensar y ver se convierte en la medida única y exclusiva.
María nos muestra que la apertura del corazón es, antes que nada, un vaciamiento del propio egoísmo. Cuando uno permanece encerrado, en lugar de dejarse conducir por la caridad, se pierde ese movimiento del corazón que recibe el don de Dios para luego acercarse al prójimo. La verdadera disponibilidad del corazón no es una decisión humana. Es, ante todo, una gracia que debe ser invocada, libremente recibida, custodiada y ejercitada cada día. No se va hacia el otro en sentido pleno, libre y gozoso si no dejamos que Dios esté vivo en el corazón. Que sea Él quien nos haga abiertos, abriéndonos de par en par los ojos a lo que supera nuestra pequeña y mísera lógica humana.
Vaciarse es la forma primera del amor
En una cultura como la nuestra existe el riesgo sutil de la autoreferencialidad: el de creer que la propia identidad se construye mirándose a uno mismo, como en un espejo cada vez más pequeño. María nos testimonia otra manera de mirar la vida: reposiciona toda su vida sobre la presencia de la Palabra en su corazón y, luego, sobre la necesidad de Isabel. Una elección que pone la necesidad del prójimo como llamada fruto de la relación con Dios. Y por eso parte de prisa hacia quien tiene necesidad.
La verdadera disponibilidad tiene en sus raíces el valor de cuestionarse, de renunciar a uno mismo, incluso cuando esto parece una pérdida. No se trata de generosidad exhibida, sino de una libertad interior que nace de haber descubierto que solo puedo ser yo mismo entregándome al otro de modo radical. Aquí el corazón abierto y disponible no es la conquista de un trofeo, sino el abandono a la voluntad del Padre.
No un gesto de bondad, sino una obediencia a Dios que habita el corazón
María no va a ver a Isabel solamente porque humanamente crea que su anciana prima necesita ayuda. La visitación a su prima no es un gesto de bondad: es la presencia del Hijo, que en el seno está conformando a sí a la Madre. El camino de María hacia Isabel es la misión misma de Dios que toma la forma de un camino hacia el otro.
La visita de María es misión que es fruto de la venida del Hijo en ella. Porque cuando de verdad Jesús se convierte en parte de nuestra vida, todo lo que somos y hacemos sale de esta única fuente. Del encuentro personal con Cristo brota la misión.
Disponibilidad incondicional: más allá de los resultados
Ante esta elección libre y generosa de María, nuestro deseo de imitarla está marcado por una tentación muy sutil pero siempre presente: la de querer ver qué tipo de resultados tienen nuestras elecciones. María, que enseguida se pone en camino, nos comunica la decisión de un corazón que ya está lleno y no busca seguridades y certezas fuera de sí. Porque la medida de la misión y de su éxito está en su viva relación con la Palabra que la habita.
María, icono del corazón libre – Palabra, fe y caridad
El Cardenal Martini nos ofrece una reflexión breve pero densa y esencial: la Palabra es la semilla, la fe es el seno que acoge, la caridad es el fruto que nace. María es la mujer que ha vivido esta dinámica en su plenitud: con humildad acoge la Palabra, con fe se levanta de prisa, con caridad se entrega. Su «ir de prisa» comunica ese gesto de caridad que refleja un corazón libre y liberador, iluminado por la Palabra que sostiene su fe.
Un corazón abierto y disponible no es un corazón sentimentalmente bueno: es un corazón que ha aprendido a estar en la tensión entre el anuncio recibido y asumido, y el hermano y la hermana que esperan, entre la gracia interior y el camino por recorrer, entre el misterio de Dios y la concreción de la necesidad humana.
María nos enseña que no hay que esperar a haberlo entendido todo para partir.

