30 Jun 2026, Mar

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Decapitación de San Pablo, fresco de la Abadía de las Tres Fuentes, Roma.
En este lugar el Apóstol de los gentiles sufrió el martirio y del rebote de su cabeza cercenada brotaron las tres fuentes que dieron nombre al santuario.

 

 

Una reflexión sobre la Carta a los Romanos 8, 35

 

 

El apóstol Pablo, hace casi dos mil años, en su carta a los Romanos (capítulo 8,35) planteó una pregunta que aún hoy a los creyentes en Jesucristo nos interpela de manera única: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

No es una pregunta dirigida a una asamblea de especialistas en teología. Pablo la ofrece como un desafío, primero, para sí mismo, y luego para aquellos creyentes que vivían en las difíciles condiciones del Imperio Romano, perseguidos e inseguros. Hoy, esa pregunta nos sigue hablando a nosotros, a nuestras ansiedades contemporáneas, a nuestras búsquedas de sentido y de estabilidad, en esta época marcada por una incertidumbre no menos preocupante.

 

Raíces profundas

Quisiera comentar esta frase de Pablo partiendo de la imagen de un árbol. Un árbol no se sostiene porque alguien lo mantenga en pie desde el exterior: se sostiene porque tiene raíces profundas que lo anclan en la profundidad de la tierra donde la furia de los vientos y de las tormentas no llegan. Cuando Pablo usa la palabra «arraigados en Cristo», se refiere precisamente a esto. No es una cuestión de creer ciertas cosas a nivel de ideas, sino de dar forma a la propia identidad, de decir: «Mi vida pertenece a Cristo, y este hecho es fundamental, en el sentido de que da una base sólida y una estructura a toda mi existencia».

En el lenguaje moderno, podríamos decir que se trata de encontrar un fundamento sólido para la propia identidad. En un mundo donde estamos constantemente empujados a construir nuestra imagen a través de las redes sociales, los logros profesionales, la aprobación de los demás, Pablo nos invita a hacer una lectura de nuestra vida de manera radicalmente diferente. Mi verdadera identidad, diría hoy Pablo, no depende de cuánto dinero he acumulado o de qué posición ocupo en la sociedad. Mi identidad depende de mi decisión y voluntad de pertenecer a Jesucristo, de mi decisión de reconocerme amado por Él de manera incondicional.

Vivir y nutrirse de estas raíces lo cambia todo. Al ser raíces profundas, las tormentas pueden agitar las ramas, pero nunca pueden arrancar el árbol. Las pruebas pueden sacudirlo, pero no pueden arrancarlo del terreno del amor de Cristo. Existe la conciencia de pertenecer a Alguien que nunca me abandona.

 

La nutrición del amor

Un árbol absorbe lo que necesita para vivir del terreno en el que está plantado. De la misma manera, el cristiano vive plenamente su fe nutriéndose del amor de Cristo, porque en Él está arraigado. Pero, ¿qué significa esto concretamente?

Significa encontrar momentos de escucha y de silencio. Esta elección no es algo extraordinario o reservado a los «religiosos». Al contrario: es la práctica sabia de detenerse, de leer la Palabra de Dios, de orar, de estar simplemente en silencio ante un misterio más grande que nosotros y que llevamos en nuestro propio corazón. En nuestro tiempo de aceleración y de ruido constante, estos momentos vividos de manera sistemática se vuelven cada vez más preciosos y apreciados.

Significa, además, participar en los sacramentos, no como cumplimiento de un deber exterior, sino como encuentro vital con la gracia de Cristo. En relación con el cuerpo nos damos cuenta de la necesidad de comer. Si estamos atentos descubrimos que para el alma existe una necesidad similar: necesita ser nutrida. El cristiano auténtico y sincero descubre que sin este alimento la vida verdadera se marchita, avanza sin brújula.

Hay un elemento que da vida a todo esto. Dejarse nutrir por el amor de Cristo significa que este amor, siendo auténtico, transforma nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Un cristiano que se nutre del amor de Cristo comienza gradualmente a ver la vida según una lógica diferente: no la lógica de la venganza, de la competencia despiadada, de la búsqueda desesperada de seguridad a través de la acumulación, de la indiferencia hacia todos. Comienza a vivir guiado por la lógica del amor: el amor que perdona, que sirve, que confía. No porque seamos buenas personas por naturaleza, sino porque hemos sido transformados desde el interior por el amor que continuamente nos nutre.

 

La «victoria» que nos sostiene

Quizás la dimensión más poderosa del mensaje de Pablo se refiere a la «victoria». No se trata de una «victoria» teórica, sino de una realidad histórica: Cristo ha resucitado de entre los muertos. Y esta «victoria» sobre la muerte cambia radicalmente la forma en que afrontamos la vida. Ya no vivimos a la sombra de la muerte. Vivimos, en cambio, a la luz de la resurrección, bajo la luz de Aquel que, venciendo a la muerte, ahora vive para siempre.

Esto no significa que los cristianos no sufran o no mueran. Pablo lo sabe muy bien: enumera las pruebas que el creyente afronta —hambre, desnudez, peligro, persecución—. Significa que estas pruebas no tienen la última palabra. Significa que cuando el cristiano se encuentra frente a la enfermedad, al duelo, a la injusticia, nunca está abandonado a sí mismo en un universo indiferente. Está sostenido por la certeza de que Aquel en quien confía ya ha vencido. No es una certeza que elimine el sufrimiento, sino que lo inscribe dentro de una historia más grande, una historia que tiene un sentido y que no termina en la nada.

 

Una pregunta para hoy

La pregunta de Pablo resuena hoy, en un mundo donde muchos buscan estabilidad y sentido. Quizás seas una persona de fe, o quizás simplemente sientas curiosidad por lo que el cristianismo tiene que decir sobre la vida. En ambos casos, la pregunta merece una reflexión: ¿sobre qué construyo mi identidad? ¿Qué me nutre realmente? ¿En qué confío cuando todo se derrumba a mi alrededor?

Pablo ofrece una respuesta que no es fácil, pero que es profunda: puedes construir tu vida sobre Cristo, puedes nutrirte de su amor, puedes vivir en la certeza de una victoria que va más allá de toda apariencia temporal. No es una respuesta para quienes buscan caminos fáciles, pero es una respuesta que ha sostenido a innumerables personas —santos y pecadores, héroes y personas comunes— a través de los momentos más difíciles de su vida.

 

Quizás valga la pena considerarla.

 

P. Fabio ATTARD

Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco