Tiempo de lectura: 8 min.
La reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesús, custodiada detrás del altar de la iglesia de San José a Capo le Case, en Roma.
La Sangre de Cristo es el signo más concreto del amor de Dios: vida entregada, misericordia ofrecida, redención cumplida. Esta devoción, arraigada en la Escritura, en la liturgia y en la espiritualidad de la Iglesia, encontró en el siglo XIX un nuevo florecimiento y no resultó ajena al corazón apostólico de don Bosco. Para él, la Preciosísima Sangre no era una práctica devocional aislada, sino que entraba en el centro de la vida cristiana: la Misa, la Confesión, la Eucaristía, el Sagrado Corazón y la salvación de las almas. Cada joven, para don Bosco, tenía un valor infinito porque había sido redimido por la Sangre de Jesús. De aquí nacía también su pasión educativa: conducir las almas a Dios, cooperando en la obra de la Redención.
Historia de la devoción
La sangre siempre ha sido percibida como signo de vida. No se trata solo de una convención simbólica: la sangre sostiene realmente la vida del cuerpo, aportando nutrición y oxígeno, y su pérdida puede conducir a la muerte. Precisamente por esto, en las culturas antiguas y en la revelación bíblica, la sangre nunca es un elemento puramente material: es la vida hecha visible que puede ser ofrecida, derramada, entregada.
De aquí nace también el valor religioso de la sangre en los sacrificios: ofrecer la sangre de una víctima significa ofrecer la vida misma, reconociendo que la vida pertenece a Dios y de Él proviene. En el Antiguo Testamento, la sangre de la alianza rocía al pueblo y lo consagra al Señor; en el Nuevo Testamento, este significado encuentra su cumplimiento en la sangre de Cristo, “sangre de la alianza”, derramada “por muchos, para el perdón de los pecados”.
La devoción a la Preciosísima Sangre de Jesús no nace en el siglo XIX. Sus raíces están en la Sagrada Escritura, en la liturgia y en la reflexión de los Padres de la Iglesia. El Nuevo Testamento habla repetidamente de la sangre de Cristo como precio de la redención, fuente de purificación, signo de la alianza nueva y definitiva. Los Padres retomaron estos temas, sobre todo en relación con la Pasión y la Eucaristía. En la Edad Media, además, la meditación sobre la Sangre de Cristo se hizo particularmente intensa en la espiritualidad mística: basta pensar en san Buenaventura, en santa Gertrudis, en santa Matilde y, de manera eminente, en santa Catalina de Siena, para quien la Sangre de Cristo es la medida del amor misericordioso de Dios.
En el plano litúrgico, la historia de la fiesta fue más gradual. Una de las primeras concesiones es un Oficio Litúrgico, “De Sanguine Christi”, que se remonta a 1582, para la diócesis de Valencia, en España. En los siglos siguientes, la devoción se difundió en varias Iglesias locales y en algunas familias religiosas. En el siglo XVIII se multiplicaron las concesiones de Misas y Oficios propios; entre estas tuvo especial relieve la aprobación, en 1747, de textos litúrgicos en honor de la Preciosísima Sangre, vinculados también a la devoción a la reliquia venerada en Sarzana, donde se conserva una de las reliquias italianas más antiguas y célebres ligadas al culto de la Preciosísima Sangre. Según la tradición, la ampolla que contenía la Sangre de Cristo, recogida en el Calvario por Nicodemo, llegó al puerto de Luni en el año 782 junto con el Santo Rostro, el crucifijo de madera que hoy se venera en Lucca. Mientras que el crucifijo fue llevado a la ciudad toscana, la ampolla permaneció con el obispo de Luni y, tras el traslado de la sede episcopal, pasó a Sarzana. Aquí se convirtió en el corazón de una devoción plurisecular, custodiada en la basílica concatedral de Santa María Asunta y celebrada con particular solemnidad el lunes después de la Santísima Trinidad. La Iglesia de Luni-Sarzana elaboró también su propio oficio litúrgico de la Preciosísima Sangre, aprobado por Benedicto XIV en 1747, contribuyendo así a la difusión de la devoción mucho más allá de las fronteras locales.
En Roma, el centro más importante del renacimiento moderno de esta devoción fue la basílica de San Nicolás en Cárcel (San Nicola in Carcere). Aquí se veneraba una reliquia que consistía en un trozo de la túnica del centurión Longinos, el soldado que traspasó el costado de Cristo. La tradición cuenta que aquella tela había sido empapada por la sangre que salió del Corazón de Jesús y que había sido conservada durante siglos por la familia Savelli, que se consideraba descendiente de aquel soldado. En 1708, el príncipe Giulio Savelli, último de su casa, donó la reliquia a la iglesia de San Nicolás en Cárcel, cercana al palacio familiar. La reliquia fue colocada en el altar del Santísimo Crucifijo, el mismo que, según la tradición, habría hablado a santa Brígida. En la arqueta se grabó la inscripción «De aqua et sanguine Domini Nostri Jesu Christi quae effluxerunt ex eius sacratissimo latere dum pendebat in crucem«. En torno a esta reliquia tomó forma una devoción más organizada a la Preciosísima Sangre.
Con ocasión del primer centenario de la donación, el 8 de diciembre de 1808, el canónigo Francesco Albertini, rector de la iglesia, fundó con algunos devotos una Pía Asociación en honor de la Preciosísima Sangre. Para la predicación fue llamado el joven sacerdote Gaspar del Búfalo, destinado a convertirse en el gran apóstol de esta devoción.
El nacimiento de este movimiento tuvo lugar en una época dramática. Roma y los Estados Pontificios estaban bajo la presión del dominio napoleónico; en la noche del 5 al 6 de julio de 1809, Pío VII fue arrestado y deportado. También don Gaspar se vio envuelto en la persecución: el 13 de junio de 1810 se le impuso el juramento de fidelidad al nuevo régimen, pero él se negó con las célebres palabras: “No debo, no puedo, no quiero”. Por esto fue encarcelado durante tres años.
Aquella prueba no apagó su celo, sino que lo fortaleció. Gaspar maduró la convicción de que, tras las heridas espirituales dejadas por la persecución y el indiferentismo, era necesario un gran apostolado de reevangelización. Vio en la devoción a la Sangre de Cristo no una práctica marginal, sino el corazón mismo del anuncio cristiano: el signo más elocuente del amor redentor de Jesús y de la misericordia abierta a los pecadores.
El 15 de agosto de 1815, en la abadía de San Felice de Giano (un día antes del nacimiento de san Juan Bosco), san Gaspar del Búfalo fundó la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre. La elección de esta devoción no fue para él una simple orientación espiritual personal, sino el centro de su misión: predicar la conversión, renovar la fe, reconducir las almas a la misericordia de Dios a través de la contemplación de la Sangre derramada por Cristo.
La tradición biográfica recuerda también una predicción atribuida a sor María Inés del Verbo Encarnado. Ella habría confiado a su director espiritual, Francesco Albertini, que en tiempos de persecución surgiría un sacerdote celoso, capaz de sacudir a muchos de la indiferencia mediante la devoción a la Sangre de Cristo. Aquel sacerdote sería llamado “la trompeta de la divina Sangre”. Los biógrafos vieron en san Gaspar el cumplimiento de esta profecía.
La Pía Asociación fundada por Albertini fue erigida como Archicofradía por Pío VII en 1815. Posteriormente se trasladó a la iglesia de San José en Capo le Case, en Roma, y con ella también la reliquia que todavía hoy se encuentra custodiada en el relicario procedente de San Nicolás en Cárcel.
Un paso decisivo se produjo durante el exilio de Pío IX. En noviembre de 1848, a causa de la crisis revolucionaria romana, el Papa abandonó Roma y se refugió en Gaeta. En febrero de 1849 se proclamó la República Romana y la situación del pontífice se volvió particularmente difícil. En ese contexto, el beato Juan Merlini, discípulo de san Gaspar y tercer Moderador general de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, había predicho al Papa que, si hacía el voto de extender aquella fiesta a toda la Iglesia, regresaría pronto a Roma.
El Papa no quiso atarse con un voto, pero prometió que actuaría libremente si los acontecimientos se cumplían. A finales de junio y en los primeros días de julio de 1849, las tropas francesas entraron en Roma y la República Romana cayó. Pío IX regresó físicamente a la ciudad solo el 12 de abril de 1850, pero ya el 10 de agosto de 1849, desde Gaeta, firmó el decreto “Redempti sumus”, con el cual extendió la fiesta de la Preciosísima Sangre a la Iglesia universal, fijándola en el primer domingo de julio.
En 1904, san Pío X beatificó a Gaspar del Búfalo. En el marco de la reforma litúrgica de su pontificado, la fiesta de la Preciosísima Sangre se fijó luego el 1 de julio. En 1934, Pío XI, en memoria del XIX centenario de la Redención, elevó la celebración al rango de solemnidad. San Juan XXIII, muy devoto de la Preciosísima Sangre, promovió aún más su culto: en 1960 aprobó las Letanías de la Preciosísima Sangre y publicó la carta apostólica “Inde a primis”.
La reforma del Calendario Romano tras el Concilio Vaticano II unió la solemnidad separada de la Preciosísima Sangre a la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin embargo, la devoción no ha desaparecido, ha permanecido como memoria: continúa en la piedad popular y en los calendarios propios de las familias religiosas vinculadas a esta espiritualidad.
La devoción en don Bosco
La devoción de don Bosco a la Preciosísima Sangre de Jesús no aparece como un tema aislado o marginal, sino como parte de su espiritualidad que se concentraba en torno a tres grandes polos: la Eucaristía, la Virgen y el Papa.
Esta se inserta sobre todo en el misterio de la Eucaristía, de la Confesión y de la salvación de las almas. Se encuentra principalmente en sus escritos “El católico provisto para las prácticas de piedad”, “Asociación de los devotos de María Auxiliadora” y “El joven provisto”.
No podía serle lejana esta devoción a él, que construyó una basílica en el lugar bañado por la sangre de los mártires turineses Aventor, Solutor y Octavio.
La devoción a la Preciosísima Sangre se sitúa sobre todo en el primero de estos ámbitos, es decir, en el misterio eucarístico. Para don Bosco, en efecto, la Santa Misa hace presente el sacrificio del Calvario: el Cuerpo y la Sangre de Cristo ofrecidos en la cruz se hacen sacramentalmente presentes en el altar. Por esto él educaba a los jóvenes a participar en la Misa con recogimiento, especialmente en el momento de la consagración, y a comprender que la Sangre de Cristo es el precio de la redención. don Bosco recordaba que una sola gota de la Sangre de Jesús habría bastado para salvar al mundo, pero Cristo quiso derramarla toda para manifestar más claramente su amor.
Un segundo punto central es la Confesión. don Bosco presenta el sacramento de la Penitencia como el lugar en el que el alma es purificada por la Sangre de Cristo. El pecador es invitado a confiar en la misericordia divina, porque la Sangre derramada por Jesús es suficiente para lavar toda culpa. De aquí nace también la insistencia de don Bosco en la confesión frecuente, en la sinceridad, en el dolor de los pecados y en la necesidad de “arreglar las cosas de la conciencia”. Aquí la Sangre de Cristo se presenta como fuente concreta de misericordia: no una imagen abstracta, sino el precio real de la redención que lava el alma y la devuelve a la gracia.
La misma devoción tiene también un fuerte vínculo con el Sagrado Corazón. En el “Católico provisto”, don Bosco relaciona el Corazón de Jesús con el amor del Redentor, con su vida ofrecida en la cruz y con la Eucaristía, “prenda” preciosa de este amor. Las llagas, de las que salió la sangre preciosísima, se indican como objeto de especial veneración; el Corazón es como su fuente espiritual, porque expresa el amor que impulsó a Cristo a derramar su Sangre.
Para don Bosco, la Preciosísima Sangre es el precio de la redención, la fuente del perdón, el corazón de la Misa, el fundamento de la Confesión y el motivo profundo de su pasión educativa. Cada joven vale infinitamente porque ha sido redimido por la Sangre de Cristo. A esta luz, también el Da mihi animas asume un significado aún más fuerte: salvar las almas significa cooperar en la obra redentora de Jesús, que se entregó por completo, hasta la última gota de sangre, para reconducir al hombre a Dios.

