28 May 2026, Jue

Conozcamos a Don Bosco (9). Un padre amoroso

⏱️ Tiempo de lectura: 6 min.

Don Bosco supo conquistar a los jóvenes pobres no solo por sus dotes externas, sino sobre todo por una profunda sintonía afectiva nacida de su experiencia personal de huérfano y de abandono. Las heridas emocionales de la infancia alimentaron en él una natural solidaridad con los muchachos solos y un intenso deseo, incluso inconsciente, de ser para ellos un padre. Eligió vivir para los jóvenes, manifestándoles un amor explícito, estable y tranquilizador, anticipándose a las intuiciones de la psicología moderna sobre la importancia de sentirse amado.

 

 

Porque sabía decir «para siempre».

 

 

Don Bosco tuvo éxito con los jóvenes pobres y abandonados porque era un sacerdote simpático, atlético y malabarista. Pero sobre todo los conquistó porque era capaz de sintonizar inconscientemente con ellos por haber sido él mismo, a su vez, abandonado, huérfano, sin comida, sin techo y con una gran necesidad de calor humano. En otras palabras, su capacidad natural para sintonizar con los jóvenes fue la consecuencia de un proceso inconsciente de solidaridad emocional con ellos. A menudo, el amor nace precisamente de la comprensión y de la participación en el mismo malestar, en el mismo problema.

Además de los motivos conscientes, por tanto, también contaron las motivaciones inconscientes, porque durante la primera parte de su vida encontró a muchos «padres buenos», pero siempre los perdió, sobre todo por su muerte, alimentando periódicamente una profunda «angustia de abandono». Tales vivencias dolorosas correspondieron, pues, a un continuo «remover el cuchillo en la herida», que ciertamente contribuyó a dotarlo, también de adulto, de una gran disponibilidad hacia quien necesitaba un padre.

Su repetida experiencia de huérfano biológico y afectivo lo llevó, por tanto, no solo a la búsqueda de padres, sino también de hijos, porque Don Bosco había experimentado en su propia piel que la necesidad de calor familiar es una exigencia del muchacho y que, cuando falta, el joven sufre y llora por ello. Cuando de adolescente, tras la muerte de don Calosso, no lograba establecer una relación familiar con las únicas figuras paternas a su alcance, el párroco y el vicario, quienes al encontrarlo por la calle se limitaban a responder a su saludo, Don Bosco escribió: «Varias veces, llorando, me decía a mí mismo y también a otros: “Si yo fuera sacerdote, querría actuar de otra manera; querría acercarme a los niños, querría decirles buenas palabras, darles buenos consejos. Qué feliz sería si pudiera conversar un poco con mi párroco”» (MO, 44).

Precisamente porque había vivido estos estados emocionales, de adulto quiso a los jóvenes y los ayudó, especialmente si estaban solos. Pero esta disponibilidad consciente para comprenderlos y aliviar su dolor por la pérdida afectiva correspondía también a un deseo inconsciente suyo de ayudar a tantos «yoes solos».

Además, hay que tener en cuenta que Don Bosco fue el «padre de la juventud» también por una motivación de tipo biológico. De hecho, todo hombre siente la necesidad de enriquecer su personalidad a través de la de un hijo. Don Bosco, sin embargo, había sublimado, en el contexto del celibato consagrado, el potencial afectivo de la paternidad biológica en una paternidad afectiva (entendiendo por paternidad la capacidad de desempeñar esas funciones afectivas y prácticas para criar a los hijos), de modo que la suya fue una paternidad psicológica y material que se transmite con el amor. No se limitó, por tanto, a acoger y a proveer materialmente a los jóvenes, sino que ejerció hacia ellos un rol que no coincidía con el de la figura paterna en la familia patriarcal de su tiempo, donde el «amor-ternura» era una debilidad mientras que el «hacerse temer» era una muestra de mérito.

Don Bosco, de hecho, eligió vivir con los jóvenes y dedicarles toda su vida. Pero también fue cotidianamente un padre «a tiempo completo», que pensaba en sus «hijos» día y noche, incluso cuando dormía, pues a menudo soñaba con ellos, continuando a veces en la escena del sueño lo que había pensado despierto. Sufría al estar lejos de ellos, hasta el punto de desobedecer a los superiores y arriesgar su salud para regresar al Oratorio lo más rápido posible. En 1846, tras la grave enfermedad que lo llevó al borde de la muerte, acortó la convalecencia en casa de su madre en Murialdo para regresar a Valdocco.

«Habría prolongado más mi estancia en aquel lugar natal, pero los jovencitos comenzaron a venir en tropel a visitarme, hasta el punto de que ya no era posible gozar ni de reposo ni de tranquilidad. Todos me aconsejaban pasar al menos algunos años fuera de Turín, en lugares desconocidos, para intentar recuperar la salud de antes. D. Caffasso y el Arzobispo eran de esta opinión. Pero como tal cosa me resultaba de demasiado grave pesar, se me consintió venir al Oratorio con la obligación de que durante dos años no volviera a tomar parte ni en las confesiones ni en la predicación. Desobedecí. Al regresar al Oratorio, continué trabajando como antes y durante 27 años no volví a necesitar ni de médico ni de medicinas. Lo cual me ha hecho creer que no es el trabajo lo que daña la salud corporal» (MO, 191-192).

 

Y también la carta escrita por Don Bosco años después, el 9 de febrero de 1872 desde Alassio (tras otra grave enfermedad) a don Miguel Rúa, testimonia cómo este «querer» nunca decayó:

«… el próximo jueves, si Dios quiere, estaré en Turín. Siento una gran necesidad de ir allí. Vivo aquí con el cuerpo, pero mi corazón, mis pensamientos e incluso mis palabras están siempre en el Oratorio, en medio de vosotros. Es una debilidad, pero no puedo vencerla» (E, II, 193).

En su modo de querer a los jóvenes, Don Bosco se adelantó a los descubrimientos de la psicología infantil, afirmando: «Que los jóvenes no solo sean amados, sino que ellos mismos sepan que son amados» (MB, XVII, 110). Es decir, el muchacho debe sentir y conocer el afecto del adulto, porque se puede querer de manera verdadera y profunda todo lo que se quiera, pero si no se manifiesta, él no lo percibe. Si, de hecho, este quererle no se actúa en concreto, si no va más allá de las apariencias formales, las consecuencias pueden ser dramáticas por la inevitable conclusión a la que llega: «Nadie me quiere porque no valgo nada».

Pero también de adultos encontramos el sentido de nuestra existencia en ser amados por los demás. A todos nos gusta ser amados, respetados, ayudados, elogiados, a veces incluso un poco adulados; en ocasiones, algún cumplido es un derecho para alimentar en su justa medida nuestro sano narcisismo. Cuanto más nos sentimos amados, más convencidos estamos de que valemos. De hecho, nos amamos si hemos sido amados; nos gustamos si gustamos a los demás; amamos nuestro cuerpo si es apreciado y amado por los demás.

Los afectos constituyen la sustancia de la vida y la búsqueda de reconocimiento, aceptación y aprobación por parte de los demás entra dentro de la normalidad psicológica. Además, son útiles para la economía psíquica porque, cuando se quedan a nivel de deseo, hacen sentir huérfano para toda la vida.

Don Bosco quería, por tanto, con razón, un afecto «declarado». Precisamente porque estaba profundamente convencido de ello, a menudo, cuando aceptaba a un nuevo joven, lo acogía diciéndole: «Ven, yo te haré de padre» (MB, IV, 290). No solo «te haré de padre» por un día, un mes o un año, sino «para siempre». El muchacho, de hecho, no solo debe saber que el adulto le quiere de manera psicológicamente madura, sino que también debe ser tranquilizado sobre la continuidad de este afecto.

Don Bosco había pasado por una dolorosa secuencia de frustraciones afectivas (pérdida del padre, vejaciones del hermanastro Antonio, muerte repentina de don Calosso, etc.); por lo tanto, había intuido que no bastaba con querer, sino que era fundamental, además de la calidad afectiva, también la continuidad, que tranquiliza y da seguridad a quien debe crecer. Hay un episodio muy significativo al respecto que ocurrió en 1854, durante la epidemia de cólera. Entre los muchachos que quedaron huérfanos, uno se llamaba Pietro Enria. Leamos el testimonio del propio protagonista, que describió su encuentro con Don Bosco ocurrido en el orfanato provisional, abierto de urgencia por el ayuntamiento de Turín junto a la iglesia de Santo Domingo.

«Conocí al Siervo de Dios en septiembre de 1854 en el Convento de los Dominicos, donde por cuidado de un comité se nos recogía a nosotros, los niños que habíamos quedado huérfanos a causa del cólera que hacía estragos. Allí un día vino D. Bosco a visitarnos (éramos un centenar), acompañado por el Director del Orfanato. Yo nunca lo había visto, tenía un aire risueño y lleno de bondad, que se hacía querer incluso antes de hablarle, sonrió a todos y luego preguntaba nombre y apellido, si sabíamos el catecismo, si nos habíamos confesado y si ya habíamos hecho la primera comunión, y todos respondíamos con confianza. Pasó finalmente cerca de mí, y yo sentí latir mi corazón no por temor, sino por el afecto que sentía hacia él, me preguntó nombre y apellido y luego me dijo: “¿Quieres venir conmigo, seremos siempre buenos amigos, hasta que podamos ir al Paraíso, estás contento?”. — Y yo respondí: — “Oh sí, señor”; luego añadió: — ¿y este que está contigo es tu hermano? — sí, señor, respondí: — Pues bien, vendrá también él».

 

 

Giacomo DACQUINO, Psicología de don Bosco, pág. 96

P. Bruno FERRERO

Salesiano de Don Bosco, experto en catequesis, autor de varios libros. Fue director editorial de la editorial salesiana Elledici. Es redactor jefe del periódico italiano "Il Bollettino Salesiano", en versión impresa.