16 Jul 2026, Jue

Don Bosco y la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

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El 16 de julio la Iglesia celebra la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Es una fiesta que parece pertenecer por entero a la familia carmelitana, con su escapulario, sus santos, su larga tradición contemplativa. Y, sin embargo, hojeando los escritos de don Bosco, se descubre con sorpresa cuánto conocía, amaba y contaba de buena gana el santo de los jóvenes la historia del Carmelo. No se trata de un interés marginal: el Carmelo entra en sus libros de historia sagrada, en sus obras de divulgación mariana, en sus opciones espirituales para las Hijas de María Auxiliadora, e incluso en sus viajes. Es un aspecto poco conocido de la devoción mariana de don Bosco.

 

 

El Carmelo contado a los jóvenes

Don Bosco fue, entre otras mil cosas, un incansable escritor y editor popular. En sus Lecturas Católicas quiso poner en manos del pueblo y de los jóvenes la historia de la Iglesia, y en particular las vidas de los papas. En 1857, al presentar la figura de san Telesforo, octavo papa de la serie de los pontífices, don Bosco se detiene con gusto a explicar de dónde venía aquel santo: había sido un anacoreta del Monte Carmelo.

 

Con su estilo llano y narrativo, don Bosco explica a los lectores que ese “género de vida” – monjes, ermitaños, anacoretas, solitarios – “es muy antiguo”, y que los profetas Elías y Eliseo “se habían retirado sobre un alto monte de Palestina llamado Carmelo, donde fueron seguidos por muchos otros”. Los jefes de aquellas comunidades eran llamados profetas, los discípulos “hijos de los profetas”, porque el superior era “un verdadero padre espiritual que se esforzaba por su bien espiritual y temporal, y especialmente para conducirlos a Dios”. Es interesante notar cómo don Bosco, casi sin darse cuenta, describe en el padre espiritual del Carmelo antiguo el retrato de lo que él mismo quería ser para sus muchachos de Valdocco: un padre que cuida del bien espiritual y temporal, para conducir a Dios.

 

Siguiendo la tradición entonces comúnmente aceptada, don Bosco cuenta que después de Pentecostés muchos fervorosos fieles se retiraron al Carmelo y comenzaron a ser llamados Carmelitas; y que aquellos monjes, “cautivados por las maravillas que oían contar de la Bienaventurada Virgen”, le erigieron una iglesia sobre aquel monte “en tiempo en que la Gran Madre de Dios vivía aún entre los mortales, hacia el año 38 de Jesucristo”. Y añade, con evidente complacencia: “Se cree comúnmente que esta es la iglesia más antigua de la cristiandad fuera de Jerusalén”. Aquel santuario se convirtió en meta de peregrinos “de todas partes”, y la Iglesia – anota don Bosco – “recuerda este glorioso acontecimiento en la solemnidad que se celebra el día 16 de julio”.

 

También en su Historia Sagrada para las escuelas primarias (1876), don Bosco no olvida el Carmelo. En el pequeño diccionario de nombres bíblicos distingue con precisión la ciudad de Carmelo, en la tribu de Judá, del monte “entre Tolemaida y Dora en el Mediterráneo, célebre por la morada de Elías y por las maravillas por él mismo allí obradas”, y anota que “los Carmelitas toman el nombre de este monte a causa de los profetas Elías y Eliseo que allí habitaron, y que ellos consideran como sus fundadores”. Incluso en un manual escolar, por tanto, don Bosco encontraba el modo de dar a conocer a los muchachos las raíces proféticas del Carmelo.

 

La nubecilla del Carmelo y María Auxiliadora

Pero el texto más sorprendente es de 1877, y lleva un título totalmente carmelitano: La nubecilla del Carmelo, o sea la devoción a María Auxiliadora premiada con nuevas gracias. Don Bosco, el gran apóstol de María Auxiliadora, elige como imagen de la devoción que está difundiendo en el mundo precisamente la pequeña nube que el profeta Elías vio subir del mar sobre la alta cima del Carmelo (cfr. 1 Re 18,44): aquella nubecilla que, después de tres años de sequía, trajo la lluvia sobre la tierra reseca, y que la tradición siempre ha leído como “una insigne figura de María”. Lo escribe él mismo: “A la nubecilla vista por el profeta Elías es justamente comparada en estos últimos tiempos la devoción a María Auxiliadora”.

 

La comparación es audaz y bellísima: como la nubecilla del Carmelo, pequeña como la palma de la mano de un hombre, creció hasta cubrir el cielo y derramar sobre la tierra la lluvia benéfica, así la devoción a la Auxiliadora, partida del humilde santuario de Valdocco, se iba dilatando llevando a todas partes una lluvia de gracias. Para don Bosco, el Carmelo no es, pues, una devoción “otra” respecto a María Auxiliadora: es la misma Madre, contemplada en la fuente de su historia entre los hombres.

 

En aquel opúsculo don Bosco muestra cómo “por los mismos fieles de la Iglesia primitiva se recurría constantemente a María como poderoso auxilio de los cristianos”, y relata con conmoción el relato de san Juan Damasceno sobre la gloriosa dormición de la Virgen: los apóstoles reunidos milagrosamente en Jerusalén, el canto de los ángeles durante tres días junto al sepulcro de Getsemaní, y finalmente la tumba encontrada vacía, señal de que el cuerpo inmaculado de María había sido “honrado con la traslación al cielo antes de la resurrección común y universal”.

 

Y aquí don Bosco inserta, refiriéndolo del oficio litúrgico del 16 de julio, el corazón de la tradición carmelitana: desde los días en que María vivía aún, muchos hombres piadosos, prendados “de especial afecto hacia la Santísima Virgen”, construyeron en el Carmelo – allí donde Elías había visto subir la nubecilla – un pequeño santuario en su honor, reuniéndose cada día para venerarla “como singular protectora de la Orden”; por esto fueron llamados “los hermanos de la bienaventurada Virgen del monte Carmelo”. Don Bosco recuerda también el don del escapulario: María misma “estableció para ellos como divisa un sagrado escapulario, que dio al beato Simón Stock, inglés, a fin de que con este hábito celestial se distinguiera aquel sagrado orden y fuera protegido de todo mal quien lo llevara”. El santo educador, que tanto recomendaba a sus jóvenes los signos concretos de la piedad, miraba con simpatía aquel “hábito celestial” que ponía la protección de María literalmente sobre los hombros de sus devotos.

 

Los santos del Carmelo en la vida de don Bosco

El aprecio de don Bosco por el Carmelo no se detuvo en los libros. En 1865 publicó la Vida de la beata María de los Ángeles, carmelita descalza turinesa, dando a conocer a sus lectores a una hija de santa Teresa crecida precisamente en Turín, casi como diciendo que la santidad del Carmelo florecía también a la sombra de su ciudad. Y cuando en 1883 realizó el célebre viaje a París, su primera Misa en la capital francesa la celebró precisamente en el Carmelo de la Avenue de Messine; el epistolario conserva memoria de las relaciones con la superiora de aquel monasterio – que llevaba, por una sugestiva coincidencia, el mismo nombre de la beata turinesa: María de los Ángeles.

 

Pero la figura carmelitana que más marcó el corazón de don Bosco fue sin duda santa Teresa de Ávila, la “hija y madre del Monte Carmelo”. En una página suya de 1871 la describe con admiración: “encerrada en un claustro, oprimida por enfermedades, perseguida por los hombres y por los demonios, en medio de las arideces más desoladoras conservaba toda la alegría de su buen espíritu”, hasta el punto de alabar a una religiosa suya “tan graciosa como para hacer reír a toda la comunidad”. Es fácil entender por qué aquel retrato lo conquistó: la santidad gozosa era el corazón mismo de su sistema educativo.

 

No sorprende entonces que, al fundar las Hijas de María Auxiliadora, don Bosco haya querido a santa Teresa entre las patronas del Instituto. Las Constituciones de 1885 establecían que se celebraran con particular devoción y solemnidad las fiestas de san José, de san Francisco de Sales y de santa Teresa de Jesús, “Patronos particulares del Instituto”. Y el mismo don Bosco escribió allí que “S. Teresa quería a las Religiosas alegres, sinceras y abiertas”, indicando a la Maestra de novicias que formara así a sus alumnas, porque monjas de ese carácter son las más aptas para inspirar a las jóvenes estima y amor por la piedad. Visitando la comunidad de Alassio, exhortaba a las monjas con una frase que se ha hecho famosa: “¡Os recomiendo santidad, sanidad, ciencia… y alegría! ¡Haceos todas santas Teresas!”.

Había también una raíz histórica: las primeras Hijas de María Auxiliadora venían del grupo de las Hijas de la Inmaculada de Mornese, cuya formación era en gran parte “teresiana”. Gracias a don Frassinetti conocían páginas del Camino de perfección, y a María Dominga Mazzarello le encantaba leer y meditar las peticiones del Padrenuestro de santa Teresa. Al elegir a Teresa como patrona, don Bosco no imponía nada extraño: confirmaba una espiritualidad que en Mornese ya estaba viva y se respiraba.

 

Una afinidad profunda

¿Qué veía, pues, don Bosco en el Carmelo? Reconocía en él rasgos profundamente afines a su espíritu: el realismo espiritual, una vida interior unificada por el amor, una oración sencilla y afectiva hecha con el corazón, la alegría como signo de una espiritualidad sana, la armonía entre contemplación y acción, y sobre todo el amor filial y tiernísimo a la Virgen. El Carmelo le mostraba que se puede ser todo de María viviendo enteramente para las almas; y María Auxiliadora, para él, era la misma Virgen del Carmelo que continúa desde el cielo, “con el mayor éxito, la misión de madre de la Iglesia y auxiliadora de los cristianos que había comenzado en la tierra”.

 

El 16 de julio, entonces, es un poco fiesta también para la Familia Salesiana. Mirando la nubecilla que sube del mar sobre la cima del Carmelo, podemos repetir con don Bosco que aquella pequeña nube es figura de la Madre que no deja de traer lluvia de gracias sobre la tierra sedienta: ayer en el monte de Elías, hoy dondequiera que un joven levanta los ojos hacia María, Auxilio de los cristianos.

 

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