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En 1858, San Juan Bosco publicó «El mes de mayo consagrado a María Santísima Inmaculada para uso del pueblo», una obra sencilla y accesible pensada para fomentar la devoción mariana entre los fieles, en particular entre los jóvenes y las familias. El mes de mayo, tradicionalmente dedicado a María en la piedad popular, se divide aquí en meditaciones diarias, ejemplos edificantes y prácticas de piedad que ayudan al lector a vivir cada día con intensidad espiritual. Con un lenguaje claro y afectuoso, Don Bosco propone un camino que une la doctrina y la vida, el afecto filial por la Virgen María y el compromiso concreto de conversión. El texto refleja su pedagogía pastoral, centrada en la confianza en María Inmaculada como guía segura hacia Jesús. Esta obra se inscribe en el proyecto educativo y espiritual más amplio del santo turinés, que veía en la devoción mariana una clave para la formación cristiana del pueblo.
Índice
La Iglesia aprueba esta devoción y concede indulgencias a quienes la practican
Instrucción sobre la forma de practicar el mes mariano
Tres cosas que hay que practicar durante todo el mes
Florecillas para sacar a suerte y practicar una cada día del mes
Primer día de mayo. Dios Creador nuestro
Cuarto día. La Iglesia de Jesucristo
Quinto día. El jefe de la Iglesia
Sexto día. Los pastores de la Iglesia
Octavo día. Los Santos Sacramentos
Noveno día. Dignidad del cristiano
Décimo día. Preciosidad del tiempo
Día undécimo. Presencia de Dios
Decimotercer día. La salvación del alma
Decimosexto día. Juicio particular
Día decimoséptimo. El juicio universal
Día decimoctavo. Los dolores del infierno
Día decimonoveno. Eternidad de los tormentos del infierno
Día vigésimo. La misericordia de Dios
Día vigésimo primero. La confesión
Día vigésimo segundo. El confesor
Día vigésimo tercero. Santa Misa
Día vigésimo cuarto. La Santa Comunión
Día vigésimo quinto. El pecado de la deshonestidad
Día vigésimo sexto. La virtud de la pureza
Día vigésimo séptimo. El respeto humano
Día vigésimo octavo. Del Paraíso
Día vigésimo noveno. Un medio para asegurarse el Paraíso
Día trigésimo. María, nuestra protectora en la vida presente
Día trigésimo primero. María, nuestra protectora en el momento de la muerte
Primer día de junio. Modo de asegurarse la protección de María
Fórmula de la ofrenda del corazón a María
Indulgencias concedidas por el papa Pío IX
El mes de mayo, que es el más delicioso del año, debía con toda razonabilidad estar consagrado a María. En este mes, la naturaleza cubre los prados de hierba, las plantas de flores y las viñas de brotes. En él, el hombre se dedica con especial ardor a cultivar la tierra, que comienza a darle esperanzas de una cosecha abundante; pero que para él es motivo de temor por los peligros a los que están expuestos los frutos de su trabajo. Porque un granizo, un torbellino, una invasión, una sequía u otra desgracia pueden en un momento destruir todas sus esperanzas y causar hambre y escasez en un pueblo, en una ciudad y a veces en todo un reino. Por eso, además de las necesidades espirituales que en todo momento deben impulsarnos a recurrir a esta madre misericordiosa, existe una razón temporal, es decir, que Ella bendiga y proteja nuestros hogares, nuestro ganado, los frutos del campo y nos defienda de los infortunios.
Es cierto que la devoción hacia esta gran Reina del cielo ha sido en todos los tiempos el consuelo de la humanidad. Desde la época de los Apóstoles hasta nuestros días, no hay siglo, año, mes, semana, día, hora, ni podemos decir que haya un momento que no esté marcado por algún favor que esta madre piadosa haya concedido a sus devotos. Es cierto también que no hay reino, ciudad, pueblo o casa en los que, si no hay un altar, no haya al menos una imagen o estatua en honor a María en señal de las gracias y favores recibidos. Sin embargo, el mes de mayo parecía deberse consagrar de manera especial a María.
Ya desde el 1700 en varios pueblos del Piamonte se realizaban ejercicios especiales de piedad cristiana cada día de mayo en honor a María. Se descubrió que esta serie de súplicas diarias dirigidas a esta Madre misericordiosa eran un medio muy poderoso para obtener su protección en nuestras diversas necesidades. Esta devoción creció cada día más. Familias, comunidades religiosas, pueblos y ciudades acogieron esta devoción como fuente de grandes bendiciones. Los párrocos y obispos la promovieron con celo en sus respectivas diócesis. Y en el año 1747, monseñor Saporiti, arzobispo de Génova, ordenó que se imprimiera un libro titulado: El mes de María, es decir, el mes de mayo consagrado a María con el ejercicio de diversas flores de virtud para practicar en los hogares de las familias cristianas.
La Iglesia aprueba esta devoción y concede indulgencias a quienes la practican
A principios de este siglo, al hacerse más patentes las necesidades espirituales y temporales, aumentó también la preocupación de los devotos de María por propagar la devoción hacia Ella durante el mes de mayo. Los obispos lo aprobaron y se preocuparon por consolidarlo en sus diócesis. Pero las prácticas religiosas no satisfacen plenamente al católico si no están aprobadas por el Vicario de Jesucristo, Pastor Supremo establecido por Dios para regir y gobernar el rebaño universal de toda la cristiandad. Y he aquí que los mismos Pontífices aprueban, promueven y enriquecen con tesoros celestiales las prácticas que se realizan en este mes en honor de María. Su Santidad Pío VII, de santa memoria, con su Decreto del 21 de marzo de1815 ha concedió las siguientes indulgencias:
1° 300 días de indulgencia por cada día a todos aquellos que realicen alguna práctica de piedad durante el mes de mayo en honor a María Santísima.
2° Indulgencia plenaria el día de clausura o cualquier día de dicho mes en que se haga confesión y comunión.
3° El mismo Sumo Pontífice, con otro Decreto del 18 de junio de 1822, confirmó las indulgencias mencionadas, haciéndolas aplicables a las almas del Purgatorio.
He aquí, oh lector cristiano, un breve resumen sobre el origen del mes mariano. Esta devoción se basa en la gran veneración que los fieles cristianos han profesado en todo tiempo a la gran Reina del cielo; se basa en las grandes necesidades espirituales y temporales que nos rodean y de las que María puede liberarnos; se basa en el consentimiento de los fieles, en la aprobación de los obispos y del mismo Vicario de Jesucristo.
Animado, pues, por el espíritu de un hijo que recurre a una madre tierna, emprende la lectura y la práctica de lo que allí se expuso para el bien común.
Instrucción sobre la forma de practicar el mes mariano
Se invita encarecidamente a todos los cristianos a participar en las funciones sagradas que se celebran en la parroquia o en otra iglesia pública. Aquellos que no puedan asistir a la iglesia, o que deseen añadir algo más a lo que se hace en público, pueden cumplir lo siguiente[1]: El último día de abril, en su propia casa y en la habitación donde suele reunirse la familia para rezar ante la imagen de María, se preparará un altarcito se adornará dicha imagen o estatua de la mejor manera posible; se colocarán candelabros, alfombras, algún jarrón con flores, sobre todo si son frescas, según la estación. Si es posible, hazlo en la misma habitación donde trabajas, estudias, juegas, te diviertes, para santificar así ese lugar y regular nuestras acciones, como si se hicieran bajo la mirada purísima de la Santísima Virgen.
La noche anterior al primer día de mayo, reunida la familia con otros fieles ante el mencionado altarcito iluminado, recítese la tercera parte del Rosario, o al menos las Letanías de la Santísima Virgen. Terminadas estas oraciones, léase la consideración asignada para cada día, con el ejemplo adjunto y la jaculatoria. A continuación, se sacará a suerte una de las florecillas espirituales que añadiremos a continuación. Se copiarán y se doblarán en forma de escrito breve con los actos de virtud que deben ser el ejercicio diario de cada día del mes.
Para facilitar las prácticas de piedad de este mes, es bueno no aumentar demasiado los ejercicios cristianos, porque se harían con demasiada prisa o de mala gana, sobre todo si hay niños o personas muy ocupadas en asuntos temporales.
Leed con atención la consideración asignada para cada día y cumplid puntualmente la práctica que se indique en la florecilla extraída. Por la noche, antes de acostaros, haréis bien en recordar la lectura del día.
A lo largo del mes, acérquense al menos dos veces a los Santos Sacramentos de la confesión y la comunión.
Dado que las indulgencias que se pueden obtener en este mes se pueden aplicar a las almas del Purgatorio, se recomienda encarecidamente aplicarlas, porque, como enseña san Agustín, al aliviar a las almas del Purgatorio, también nos hacemos un bien mayor a nosotros mismos.
Es bueno advertir que para obtener las santas indulgencias no es necesario usar este u otro libro, basta con participar en las funciones de la iglesia o hacer algún ejercicio de ofrenda en familia. Los Sumos Pontífices solo exigen que se haga alguna práctica de piedad en honor a María, rezando por las necesidades actuales de la Santa Iglesia.
Al final del mes, haréis la ofrenda del corazón a María, tal y como se expone al final de las consideraciones diarias.
Tres cosas que hay que practicar durante todo el mes
1° Hacer todo lo posible por no cometer ningún pecado durante este mes: que esté todo consagrado a María.
2° Preocuparse mucho por el cumplimiento de los deberes espirituales y temporales de nuestro estado. Por ejemplo, recitar con especial devoción las oraciones de la mañana y de la tarde; la oración con la señal de la Santa Cruz que se suele hacer antes y después de las comidas. Participar con mayor ejemplaridad en las funciones sagradas de la iglesia en los días festivos.
3° Invitar a nuestros parientes, amigos y a todos aquellos que dependen de nosotros a participar en las prácticas de piedad que se realizan en honor a María durante el mes.
Florecillas para sacar a suerte y practicar una cada día del mes
- A la hora de levantarme, me levantaré pronto de la cama y me vestiré con la mayor modestia.
- Escucharé con devoción la santa misa en sufragio por las almas del Purgatorio y, si no puedo, recitaré cinco Pater Ave y Requiem.
- Perdonaré de buen corazón a todos los que me han ofendido y diré: Señor, perdona mis pecados, como yo perdono a los que me han ofendido.
- Mortificaré mi lengua con el silencio, ocupándola en cantar alguna alabanza a María.
- Mortificaré la boca absteniéndome de alguna porción de comida o bebida.
- Mortificaré los ojos fijándolos durante unos instantes en un crucifijo o en una imagen de María.
- Recitaré con especial devoción el Angelus Domini por la mañana, por la tarde y al mediodía, besando la medalla de María.
- Por la noche, antes de acostarme, recitaré un Ave María por aquellos a quienes Dios llame a la eternidad durante la noche.
- Me detendré unos instantes a pensar en el fruto obtenido de las confesiones pasadas, y luego haré un acto de contrición.
- Me detendré unos instantes a pensar en la pasión de Jesucristo, y luego diré: Santa Madre, ¡por favor! Haz que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón. Cada vez que se recita esta jaculatoria se gana la indulgencia de trescientos días.
- Todo lo que haré mañana quiero hacerlo por aquella alma del Purgatorio que en vida fue la más devota de María.
- Antes de acostarme, besaré el Crucifijo diciendo: María, si muero esta noche, haz que muera en la gracia de Dios.
- Me prepararé para confesarme como si fuera la última vez de mi vida.
- Haré la comunión en honor a María; y si no puedo, recitaré los actos de fe, esperanza y caridad.
- Daré un buen consejo a alguien de mi conocimiento, para reparar el escándalo causado con los comentarios sobre mi vida pasada.
- Daré limosna según mis posibilidades; y si no puedo, rezaré tres Salve a Marías por la conversión de los pecadores.
- Besaré tres veces la tierra diciendo: Soy tierra y a la tierra volveré.
- Me detendré un momento a considerar las confesiones de mi vida pasada, y si algo me hace juzgarlas nulas o dudosas, me prepararé para remediarlas lo antes posible con una confesión general.
- Recitaré treinta y tres Gloria Patri en honor a los treinta y tres años vividos por Jesús con María, su madre.
- No comeré ni beberé durante el día sin necesidad.
- Haré celebrar o al menos iré a escuchar una misa por las almas de mis difuntos.
- Pasaré el día en el mayor recogimiento, en homenaje al tiempo que María pasó en el Templo.
- Haré un ayuno compatible con mi estado en honor a los dolores sufridos por María en la pasión de Jesús, su hijo.
- Daré limosna en sufragio por el alma que más tiempo lleva padeciendo en el Purgatorio.
- Huiré de la vanidad en mi vestir y en mi hablar, y diré tres Angelus Dei para obtener el espíritu de humildad y penitencia. Cada vez que se reza el Angelus Dei se gana la indulgencia de 100 días.
- Recitaré las letanías de la Santísima Virgen para que obtenga de Jesús que todos los que mueran en este mes, mueran en la gracia de Dios.
- Me prepararé para hacer una confesión general, o al menos repasaré mis confesiones desde la última confesión general, según me aconseje el confesor.
- Recitaré las siete alegrías y, si no puedo, diré siete Ave Marías, diciendo: Jesús, José y María, que mi alma descanse en paz con vosotros.
- En honor a María, quiero despojarme de algo que me es querido, para que no me resulte tan doloroso abandonar el mundo en el momento de la muerte.
- Pensaré en la ocasión que me hizo recaer en el pecado y me esforzaré por evitarla en el futuro.
- Huiré de la ociosidad y pediré perdón a María por las negligencias cometidas durante este mes, y con los brazos en cruz diré: Salve, Reina, etc.
Antes de hacer la lectura diaria, se dirá Deus, in adjutorium meum intende.
–Domine ad adjuvandum me festina. – Gloria Patri etc. – Jesús mío, misericordia[2].
Motivos para ser devotos de María
Ven conmigo, oh cristiano, y considera los innumerables motivos que todos tenemos para ser devotos de María. Comenzaré por mencionar los tres principales, que son los siguientes: María es más santa que todas las criaturas, María es madre de Dios, María es nuestra madre.
1° En todo el Antiguo Testamento, María es llamada toda bella y sin mancha: se la compara con el sol resplandeciente; con la luna en la plenitud de su luz; con las estrellas más brillantes; con un jardín lleno de las flores más deliciosas; con una fuente sellada de la que brota el agua más límpida; con una paloma humilde; con un lirio purísimo. En el Evangelio, el ángel Gabriel la llama llena de gracia: «Ave, llena de gracia». Llena de gracia, es decir, creada y formada en la gracia, lo que significa que María, desde el primer instante de su existencia, fue sin mancha original y actual, y sin mancha perseveró hasta el último aliento de vida. Llena de gracia, y por lo tanto no hubo el más mínimo defecto que entrara en su purísimo corazón; ni hay virtud alguna que no haya sido practicada por María en su grado más sublime. La Iglesia católica expresa esta santidad de María al definir que ella estuvo siempre exenta de toda culpa, y nos invita a invocarla con las siguientes preciosas palabras: Regina sine labe originali concepta, ora prò nobis. Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros que recurrimos a ti[3] .
2º El hecho de que María esté exenta de toda mancha de pecado original y actual; que esté adornada con todas las virtudes que podemos imaginar; que haya sido colmada por Dios de gracia más que cualquier otra criatura, todas estas prerrogativas la hicieron ser elegida entre todas las mujeres para ser elevada a la dignidad de madre de Dios. Este es el anuncio que le hizo el ángel; esto repitió santa Isabel cuando fue visitada por la Santísima Virgen; este es el saludo que le dan cada día los fieles cristianos diciendo: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros. ¡Oh, glorioso nombre de Madre de Dios! Ante él, el ingenio humano se ve superado, por lo que, inclinando la frente en señal de la más profunda veneración, nos limitamos a decir que ninguna criatura puede ser elevada a dignidad más sublime, ninguna criatura puede alcanzar mayor grado de gloria; y, por consiguiente, ninguna criatura puede ser más poderosa ante Dios que María.
3º Pero si el título de Madre de Dios es glorioso para María, es también muy consolador y útil para nosotros, que somos sus hijos. Porque al convertirse en madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se convirtió también en nuestra madre. Jesucristo, en su gran misericordia, quiso llamarnos hermanos suyos y, con ese nombre, nos constituye a todos hijos adoptivos de María. El Evangelio confirma lo que aquí decimos. El Divino Salvador estaba en la cruz y padecía los dolores de la más penosa agonía. Su Madre Santísima, y el apóstol San Juan estaban a sus pies sumidos en el más profundo dolor; cuando Jesús abrió los ojos, y tal vez fue la última vez que los abrió en su vida mortal, vio al discípulo predilecto y a su querida Madre. Entonces abrió sus labios moribundos y dijo a María: «Mujer, he aquí a tu hijo, Juan»; y luego dijo a Juan: «He aquí a tu madre, María». «Mulier, ecce fiiius tuus; ecce mater tua». En este hecho, los santos Padres reconocen unánimemente la voluntad del Divino Salvador, que antes de abandonar el mundo quiso darnos a María como madre amorosa y constituirnos a todos sus hijos. María es además nuestra madre porque nos regeneró por medio de Jesucristo en la gracia. Porque, así como Eva es llamada madre de los vivientes, María es madre de todos los fieles por la gracia (Ricardo de San Lorenzo). A este respecto, san Guillermo Abad se expresa así: María es Madre del Cabeza, por lo tanto, es también Madre de los miembros, que somos nosotros: Nos sumus membra Christi. María, al dar a luz a Jesús, nos regeneró también espiritualmente. Por eso, María es llamada con razón Madre por todos y, como tal, merece ser honrada. Gugl. Ab. cant. 4. (Guillermo Abad de Saint-Thierry, comentario al Cant de los Cant, capí 4)
He aquí, cristianos, la persona que vengo a proponer a vuestra veneración durante este mes. Ella es la más santa entre todas las criaturas; la madre de Dios, nuestra madre, madre poderosa y piadosa que desea ardientemente colmarnos de favores celestiales. Yo, nos dice ella, habito en lo más alto de los cielos para colmar de gracias y bendiciones a mis devotos: ut ditem diligentes me, etc. Thesauros eorum repleam.
Ánimo, pues, devotos de María; se trata de hacer una gran fiesta a nuestra Madre, a la Madre de Jesús. Cuando llega el día de la fiesta de nuestra madre temporal, disfrutamos de poder reunir a nuestros parientes y amigos para estar en su compañía y ofrecerles un ramillete de flores con algunas expresiones de afecto. El mes de mayo es la fiesta de nuestra verdadera Madre, de nuestra celestial Protectora. Celebrémosla, pues, con alegría. El ramo más hermoso que podemos ofrecerle es el que estará compuesto por las virtudes de las que Ella nos ha dado ejemplos luminosos.
Decidamos en este día dirigir mañana y tarde nuestras oraciones y todo el afecto de nuestro corazón a Aquella a quien tenemos el privilegio de llamar Madre. Roguémosle desde ahora que interceda por nosotros ante su Hijo Jesús para obtener una gracia especial. Pidámosle la gracia que más necesitamos.
Ejemplo
Para animaros a solemnizar con fervor el mes de mayo en honor de María, sirva de ejemplo el ejército de Oriente cuando se encontraba en Constantinopla. Lejos de su patria, sin iglesias y casi sin ministros sagrados, aquellos soldados cristianos llevaron de sus hogares la devoción y la confianza en María. He aquí el relato que hace un periódico impreso el 7 de junio de 1855: «El mes de mayo se celebró en algunos hospitales con una piadosa y regular solemnidad, que honra en gran manera al ejército de Oriente. No hay duda de que las bendiciones del cielo que han llovido sobre muchas almas tocadas por la gracia se derramarán sobre todo el ejército y serán coronadas con un feliz resultado de la guerra misma.
Antes de que esas salas estuvieran en nuestro poder, eran mezquitas, es decir, iglesias consagradas a Mahoma. En este año comenzaron a resonar allí las alabanzas a la Reina del cielo. Se erigió un altar a María, adornado con un gusto que demuestra que cada regimiento tiene sus propios artistas. Allí se ven columnas esculpidas como por arte de magia. Allí se ven mármoles artificiales que presentan toda la semejanza con los mármoles más finos. Allí hay decoraciones en papel y en color, que son obras de algunos convalecientes que consagran su tiempo a cosas que sirven para aumentar el decoro del culto a la Santa Virgen. Cada casa ha organizado su coro de cánticos, y todos los músicos y los más valientes de la sociedad armónica se apresuran a participar en él. Algunos han compuesto poemas musicales espirituales, que todos cantan juntos con gran alegría en honor a María. Por la tarde, cuando terminan los cánticos sagrados y las letanías de la Santísima Virgen, el capellán u otro invitado da una instrucción adaptada al día, que es escuchada con avidez por los numerosos oyentes reunidos y devotos. A menudo, la sala no puede contener a la multitud de oyentes. Los mismos heridos se hacen llevar allí media hora antes, para asegurarse un lugar. Este es para ellos el momento más hermoso del día». He aquí, cristiano, cómo podemos también nosotros celebrar este mes y dar a María una muestra de tierna devoción. En las ciudades, en el campo, en las casas, en la soledad, en los claustros y en los regimientos de los mismos militares se pueden ofrecer homenajes de devoción a la Reina de todos los Santos.
Jaculatoria
Virgen piadosa, aquí está mi corazón; infúndele amor santo.
Oración
Acuérdate oh piadosísima Virgen María, que nunca se ha oído en el mundo que hayas rechazado o abandonado a nadie que implorara tus favores. Animado por esta confianza, me presento ante ti. No desprecies, oh Madre del Verbo Eterno, las oraciones de este tu humilde hijo escúchalo favorablemente, oh clemente, oh piadosa, oh, dulce Virgen María[4].
Primer día de mayo. Dios Creador nuestro
Deus in adiutorium etc.
¡Jesús mío, misericordia!
- En honor a María, detente unos instantes a contemplar la majestad de Dios Creador. Si nosotros, cristianos, abrimos los ojos y damos rienda suelta a nuestros pensamientos, no podemos sino reconocer la existencia, el poder y la sabiduría de Dios, de quien todo fue creado, de quien todo depende y se conserva. Quien contempla una casa de excelente construcción no se atreve a decir que es casualidad que haya podido construirse y ponerse en orden. Si alguien dijera que un reloj se ha fabricado solo, lo despreciaríamos como a un loco. Así, al ver el orden y la maravillosa armonía que reina en todo el universo, no podemos dudar ni un instante de la existencia de un Dios que ha creado, ha dado movimiento a todas las cosas y las conserva. Él es Dios, que dijo: «Hágase la luz», y la luz se hizo. La luz fue separada de las tinieblas y, en un instante, se extendió por los vastos espacios del cielo y de la tierra. A la palabra del Dios todopoderoso, el mar quedó encerrado dentro de ciertos límites, la tierra se cubrió de hierbas, árboles y plantas fructíferas. A su voz, los pájaros, los peces y los demás animales poblaron el cielo, la tierra y las aguas. Diciendo «fiat», hágase, Él iluminó el sol, la luna y las estrellas. A todo le dio la existencia con su omnipotencia, a todo provee con su bondad. Él es quien sostiene y mueve el formidable peso de la inmensidad. Él es quien da movimiento y vida a todos los seres vivos. Él da la existencia a todo como creador, provee a todo como conservador, y todo se refiere a Él como fin último. A todas las cosas les dice: yo te he hecho: ego sum. Y en esta palabra, que todo hombre puede y debe comprender, se expresa su poder y su divinidad.
- Pero aquí hay una verdad que sin duda aumentará nuestro asombro. Todas las cosas que vemos en el universo las ha creado para nosotros. El sol que brilla durante el día, la luna que disipa las tinieblas de la noche, las estrellas que adornan el firmamento, el aire que nos da el aliento, el agua que sirve para los usos del hombre, el fuego que nos calienta, la tierra que nos da los frutos, todo fue hecho por Dios para nosotros. Omnia subiecisti sub pedibus eius. ¡Qué sentimientos de gratitud, respeto y amor debemos tener hacia un Dios tan grande y al mismo tiempo tan bueno! ¿Qué debemos hacer para corresponder a esta gran bondad de nuestro Dios? Cumplir exactamente los preceptos de su santa ley. Mira, cristiano, si somos obedientes a los mandamientos de nuestro Dios, además de lo que ya ha hecho por nosotros, añadirá favores a favores. Nuestra vida estará llena de bendiciones celestiales en la vida presente y en la futura. Pero este Dios, siendo infinitamente justo y misericordioso, dará una recompensa eterna por el servicio que le prestemos. Recompensa de gloria si le servimos con buenas obras, pero un castigo terrible si somos rebeldes a su santa ley.
Ejemplo
Todo lo que se presenta a nuestra vista en este mundo es un hecho que habla de la majestad, el poder y la bondad de Dios creador. Se podrían citar muchos ejemplos de valientes creyentes que hicieron grandes sacrificios para servir a Dios, pero nos basta con la ofrenda de María en el templo. Cuando María llegó a la edad en que las jovencitas comienzan a correr peligro en el mundo, sus padres, san Joaquín y santa Ana, la llevaron al templo. Sin duda, debió hacer un gran sacrificio al abandonar a sus parientes, amigos y todas las comodidades de la casa paterna con el único objetivo de aprender a servir a Dios. Pero María hizo este sacrificio con alegría, porque se trataba de promover la gloria de Dios. Allí permaneció varios años haciendo resplandecer las virtudes más luminosas, imitando a un grupo de otras vírgenes que en ese mismo lugar eran instruidas en la religión y en la forma de conservar la inocencia de las costumbres. La Iglesia celebra esta ofrenda de María al templo el 21 de noviembre. A imitación de María, muchos abandonaron las comodidades de la tierra para ir a servir a Dios en claustros o desiertos, o sacrificando su propia vida en medio de los más atroces tormentos. Empleemos al menos para el Señor ese tiempo de vida que, en su bondad, le place concedernos.
Jaculatoria
¡Oh, cuántas gracias
Debo dar
Al gran Dios
Que me creó!
Que en el bautismo
Me hizo su hijo,
Del eterno exilio
¡Me liberó!
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Deus in adiutorium, etc.
- Dios no solo es Creador de todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra, sino que también es Creador de nosotros mismos. Él creó el cuerpo con esas bellas cualidades que contemplamos en él; a este cuerpo unió un alma que es mucho más preciosa que el cuerpo y que todas las demás cosas que vemos en el mundo. Dios nos ha dado un alma, es decir, nos ha dado ese ser invisible que sentimos en nosotros y que tiende continuamente a elevarse hacia Dios; ese ser inteligente que piensa y razona, y que no puede encontrar su felicidad en la tierra, y que por eso, en medio de las riquezas y de todos los placeres de la tierra, está siempre inquieto hasta que descansa en Dios, porque solo Dios puede hacerlo feliz.
- Esta alma es inmortal. Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso; como justo, debe recompensar la virtud, a menudo oprimida en la vida presente, y debe castigar igualmente el vicio, que a menudo se lleva en triunfo entre los hombres; y como esto no tiene lugar en este mundo, debe haber otra vida, en la que la justicia Divina conceda a los buenos la recompensa merecida y a los malos el castigo que les corresponde. Además, el alma está hecha a imagen y semejanza de Dios. Esta imagen y semejanza serían imperfectas si no tuvieran la prerrogativa principal del Creador, que es la inmortalidad. Esto lo sentimos en nosotros mismos en esa voz interior que habla a todos en el corazón y dice: tu alma no podrá ser aniquilada y vivirá eternamente. Cuando Dios creó el alma, sopló sobre el hombre y le dio el espíritu de la vida; este soplo es simple, es espiritual, hecho a imagen y semejanza de Dios, que es eterno e inmortal; por lo tanto, nuestra alma debe ser inmortal. Por medio del alma tenemos la facultad de crear ideas, combinarlas, producir ciertas obras maestras que elevan al hombre por encima de todas las demás criaturas y que demuestran, como es de hecho, que el alma es el símbolo o la marca distintiva de la inteligencia de Dios.
- Dios dio a nuestra alma la libertad, es decir, la facultad de elegir el bien o el mal, asegurándole una recompensa si hace el bien y amenazándole con un castigo si elige el mal. Lo cual, como se ha dicho, no se hace en la vida presente, sino que Dios lo reservó para la eternidad, donde los que hicieron el bien serán recompensados con un premio que nunca terminará; y los que transgredieron la ley Divina serán castigados con un suplicio eterno. Esto es precisamente lo que enseñó nuestro Divino Salvador cuando dijo: los impíos irán a un castigo eterno preparado para los demonios y sus seguidores; los buenos, en cambio, irán a poseer un reino de gloria donde disfrutarán de todos los bienes.
Oh cristiano, que también tienes un alma inmortal, piensa que si la salvas, todo está salvado, pero si la pierdes, todo está perdido. Tienes una sola alma, un solo pecado puede hacerte perderla. ¿Qué sería de nosotros y de nuestra alma si en este momento Dios nos llamara a su divino tribunal? Tú que lees, piensa en tu alma, y yo que escribo pensaré seriamente en la mía.
Ejemplo
Un hecho ocurrido a un ministro del rey Luis XVI de Francia nos enseña el amoroso cuidado que María tiene por la salud de nuestra alma. Este ministro tuvo la desgracia de asociarse en su juventud con malas compañías, que le hicieron perder el amor a la virtud, la religión y la fe. Tenía ochenta años. Desde los quince años no había practicado ningún acto religioso. Después de haber sido filósofo, masón y materialista, acabó siendo ateo y no creía en nada. Dios que había creado esa alma para sí mismo, la estaba esperando; María era la Madre de la Misericordia que debía conducirla a Jesús, su hijo. Él se había quedado ciego, enfermo, y su alma estaba a las puertas de la eternidad. El párroco, que se preocupaba sinceramente por la salvación de esa alma, no escatimó esfuerzos para ganársela. Diez veces se había presentado en la puerta de su casa, y diez veces le habían prohibido la entrada los criados, siguiendo las órdenes de su amo. Aquel celoso pastor, profundamente afligido por el temor de que aquella alma redimida con la sangre de Jesucristo se perdiera, no sabiendo qué más hacer, recurrió a Aquella que es llamada la salud del mundo o refugio de los pecadores. Pone su confianza en María, reza y hace rezar para que sea madre de misericordia también para esa alma, que parecía estar a punto de presentarse ante el tribunal de Dios. Se dirige entonces a la puerta de aquel señor, los criados intentan rechazarlo como otras veces. Él insiste y finalmente es admitido. Tras algunos saludos, el enfermo le dice sin preámbulos al párroco: «Señor cura, ¿me haría el favor de darme su bendición?». El párroco, sorprendido por estas palabras, le respondió de todo corazón. Una vez recibida, añadió: «¡Cuánto me consuela su visita! Estoy ciego y no puedo verle, pero percibo claramente su presencia. Desde que está cerca de mí, siento una paz en mi corazón que no recuerdo haber disfrutado en toda mi vida. El párroco, bendiciendo en su corazón a la Madre de misericordia, comienza a hablarle de los consuelos que brinda la religión católica en la vida, y mucho más en el momento de la muerte. El enfermo acoge con alegría las palabras del Sagrado Ministro, se dispone a hacer la confesión, la comienza y la termina en los días siguientes con gran satisfacción para él. La vida de aquel señor se prolonga unos seis meses, pero siempre lleno de fe en Dios y de confianza en la gran Virgen María. Dio signos indudables de arrepentimiento por sus pecados, se esforzó por reparar el escándalo causado y, fortalecido con los Santos Sacramentos y los demás consuelos que la religión católica administra al cristiano enfermo, expiró en el Señor el 10 de abril de 1837. (Del Manual de la Archicofradía).
Jaculatoria.
Recurro suplicante
A ti, María,
muéstrame
el camino del cielo.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Deus in adiutorium etc.
- Un misterio incomprensible para la mente humana, que demuestra el valor inestimable de nuestra alma y la gran bondad de Dios hacia nosotros, es la redención del género humano. Nuestros padres Adán y Eva pecaron y con su pecado cerraron el Paraíso a sí mismos y a toda su descendencia. Dios, con un acto de infinita bondad, prometió reparar la perdición eterna de los hombres por medio del Mesías, que enviaría en la plenitud de los tiempos. Para que la fe en el Mesías, es decir, en el Salvador, se mantuviera viva entre los hombres, Dios la hizo anunciar en todos los tiempos por los santos patriarcas y los profetas. Se hizo una clara revelación a Abraham, a Jacob, a Moisés, a David y, más tarde, a muchos otros profetas. Isaías dijo: «Un hombre de admirable dulzura, santo por naturaleza, concebido por obra del Espíritu Santo, nacerá de una Virgen». Otros lo llaman Dios fuerte, autor de la paz, prediciendo que nacería en Belén.
El profeta Daniel, cinco siglos antes del nacimiento del Salvador, fija la época con un cálculo de setenta semanas de años, que corresponden a cuatrocientos noventa años. Al final de estas semanas, Jesús nació en Belén de María, siempre virgen, y bajo la apariencia más humilde, Dios, creador del cielo y de la tierra, se hizo hombre: et Verbum caro factum est. Así, Dios, con repetidas profecías, avisaba a los hombres que mantuvieran viva la esperanza en el Salvador. Cuanto más se acercaba el momento de su venida, más claras se hacían las promesas divinas.
- El Salvador, para demostrar su venida y dar a conocer a todo el mundo que él era el Mesías prometido, comienza su predicación con una doctrina santa y divina, confirmada p s por una serie de milagros estruendosos, que tienden todos a demostrar su bondad y su poder divino. A su palabra, los ciegos recobran la vista, los sordos el oído, los mudos el habla y los muertos salen vivos de sus tumbas. Jesús predica, pero no solo predica recompensas temporales; enseña que hay que adorar a un solo Dios en espíritu y en verdad; amar y adorar solo a Él; enseña que hay que extender nuestra beneficencia a todos los hombres, incluso a nuestros enemigos, porque el fin de su religión y de su venida es la caridad. Predica la paciencia, la sumisión y la humildad hasta el punto de alegrarse de las tribulaciones que nos envía. Anuncia una vida feliz y eterna, es decir, el cielo; pero esta felicidad quiere que la ganemos con nuestros esfuerzos, con la práctica de la virtud, con la huida del vicio.
- Detengámonos aquí, cristianos, y mientras, llenos de gratitud, consideramos la inmensa bondad de Dios, os ruego que mantengáis vuestro ánimo en dos pensamientos: considera el tesoro precioso que llevas contigo, que es tu alma, por la cual Dios se hizo hombre, y considera también qué gran mal es el pecado, ya que para reparar sus consecuencias, el Hijo de Dios tuvo que abandonar las delicias del cielo, someterse a todas las miserias de nuestra vida y terminar con la muerte en la cruz. Pero mientras admiramos la bondad de nuestro Divino Salvador, prometámosle evitar todo lo que pueda renovar los sufrimientos padecidos por nuestra alma. Admiramos su gran humildad y huimos especialmente de la vanidad y la soberbia. Es cierto que este cuerpo es un hermoso regalo que nos ha hecho Dios, dado para cubrir nuestra alma; pero la humildad es el adorno más bello del alma, y la vanidad y la soberbia son pecados que hay que evitar en todo momento, y sobre todo durante este mes dedicado a la más pura y humilde de las vírgenes, María Santísima.
Ejemplo
San Francisco de Jerónimo siempre alimentó en su corazón y trató de encender en los demás una tierna devoción hacia la santísima humanidad de Jesucristo y hacia sus misterios. Era además singularmente devoto al misterio de la Encarnación. Solía decir que estábamos sumamente obligados a santificar el mes de marzo, porque en ese tiempo el Verbo Divino, con inefable dignidad, se había rebajado a revestirse de carne humana por amor nuestro en el seno purísimo de María. Cuando contemplaba al Niño Jesús, se derretía en lágrimas amargas por compasión de sus sufrimientos.
A esta devoción por el misterio de la redención unía una ternura filial hacia su Santísima Madre. Desde muy joven no sabía hablar de ella sino con gran veneración. En señal de obediencia a Ella, ayunaba a pan y agua todos los sábados del año y las vísperas de sus fiestas, a lo que añadía una sangrienta flagelación de su cuerpo. No perdía ocasión, ya fuera en sermones o en discursos, de ensalzar sus virtudes, su grandeza y su bondad hacia nosotros ante su Divino Hijo. Aunque estaba ocupado desde la mañana hasta la noche, nunca dejó de rezar todos los días el rosario, costumbre que observó inviolablemente incluso en sus viajes. Cuando se encontraba en el mar, entre Nápoles y Massa, invitó a los barqueros a rezar el rosario con él y, para encenderlos en una devoción tan loable, se puso a explicarles los misterios que se recuerdan en él.
Para aumentar su culto, predicó durante veintidós años todos los martes, exponiendo ante un numeroso pueblo las glorias y grandezas de esta Reina, relatando las gracias que ella había concedido a sus devotos. Introdujo la piadosa costumbre de renovar públicamente cada mes la ofrenda de sí mismo a María. Mandó imprimir en versos italianos la Salve, la hacía cantar por las calles, distribuía miles de copias a los fieles devotos y, con este medio, logró impedir el canto de muchas canciones profanas e incluso escandalosas. Procuremos imitar a este santo en lo que podamos.
Jaculatoria.
El fruto amable
De vuestros pechos
¡Oh! Mostradnos,
Gran Madre, al menos.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Cuarto día. La Iglesia de Jesucristo
Deus in adiutorium etc.
- Nuestro Divino Salvador, que descendió del cielo para salvarnos, quiso establecer un medio para asegurar el depósito de la fe, fundando un reino espiritual sobre la tierra. Este reino es su Iglesia, es decir, la congregación de los fieles cristianos de todo el mundo, que profesan la doctrina de Jesucristo bajo la guía de los pastores legítimos, y especialmente del Romano Pontífice, que es su jefe establecido por Dios. Esta Iglesia, como madre amorosa, debía acoger en todo tiempo y en todo lugar a todos aquellos que quisieran refugiarse en su seno maternal y, por lo tanto, debía ser visible y accesible a todos en todo momento. Por eso, en el Evangelio, esta Iglesia se compara con una columna contra la que no valen los ataques de los enemigos de las almas. Se compara con una piedra sobre la que se apoya un gran edificio que debe durar hasta el fin de los siglos. Tú eres Pedro, dijo Jesucristo al Príncipe de los Apóstoles al constituirlo jefe de la Iglesia, tú eres Pedro, y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán vencerla.
Jesucristo recomendó a sus seguidores que, si surgían cuestiones entre ellos, remitieran su resolución a la Iglesia: dic ecclesiæ; que si alguno se negaba a escuchar a la Iglesia, lo consideraran como gentil y publicano: quod si ecclesiam non audierit. sit tibi tamquam ethnicus et publicanus. Esta Iglesia es la columna y el fundamento de toda verdad, de modo que toda doctrina que no se apoya en el fundamento de esta Iglesia, se apoya en el error: ecclesia est columna et fundamentum veritatis, dice san Pablo.
- Esta Iglesia se llama católica, que significa universal, porque, como se ha dicho, como madre amorosa acoge en todo tiempo y en todo lugar a los que quieren venir a su seno maternal. Universal porque abarca toda la doctrina enseñada por Jesucristo y predicada por los Apóstoles.
Se dice también santa, porque su fundador, que es Jesucristo, es la fuente de toda santidad; nadie puede ser santo fuera de esta Iglesia, ya que solo en ella se enseña la verdadera doctrina de Jesucristo, solo en ella se practica su fe, su ley y se administran los sacramentos instituidos por Él.
También se suele llamar Apostólica porque sus pastores son sucesores de los Apóstoles y enseñan la misma doctrina predicada por los Apóstoles tal y como la aprendieron de Jesucristo.
Se añade además el título de Romana, porque su jefe, que es el Papa, es obispo de Roma, y por esta razón esta ciudad, que fue capital del Imperio Romano, es ahora el centro de la religión, la capital del mundo católico.
- Y puesto que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, hay también una sola Iglesia verdadera, fuera de la cual nadie puede salvarse.
Considera, oh cristiano, y tiembla al pensar en el gran número de los que no están en el seno de la Iglesia católica y, por lo tanto, están fuera del camino que conduce al cielo. Considera y alégrate en tu corazón, porque Dios te ha creado en su Iglesia, en la que hay tantos medios de salvación. Sé agradecido a Dios y, para darle las gracias, procura observar los preceptos quela Chiesa propone a sus hijos en nombre de Dios. Sé constante en escuchar la Misa entera todos los domingos y demás días festivos, observa los ayunos y vigilias, y no comas carne los viernes y sábados. En definitiva, procuremos ser católicos no solo de nombre, sino de hecho, observando con exactitud lo que la Iglesia manda y absteniéndonos de lo que prohíbe.
Si sucediera hablar o escuchar a otros hablar de la Iglesia, comportémonos como hijos respetuosos hacia su amorosa madre: no digamos nada en contra de lo que la Iglesia manda o prohíbe; y en la medida de lo posible, hablemos siempre bien de ella y opongámonos con valentía a cualquiera que intente hablar mal de ella.
Ejemplo
Los hechos gloriosos de la Iglesia están llenos de ejemplos que demuestran cómo María fue en todo momento no solo el sostén de la Iglesia, sino una madre piadosa que con la más amorosa solicitud busca a sus hijos, realizando a veces milagros luminosos para aumentar su número. Elegimos el ejemplo de Alfonso Ratisbon, joven judío de una de las familias más ricas de Alemania. Muy apegado a su religión, era un enemigo implacable de los cristianos, especialmente desde que uno de sus hermanos abrazó la fe. Por diversión, vino a Roma en el año 1842. Allí creció su odio contra la religión cristiana y su fervor por el judaísmo. Ya estaba a punto de partir de esta ciudad cuando fue a despedirse del barón Bussiere, un protestante convertido al catolicismo. Este señor entabló una conversación sobre religión con Alfonso y, al encontrarlo obstinado en el judaísmo, le rogó que, al menos por cortesía, se dejara poner en el cuello la medalla de María. Él, riéndose locamente de tal idea, accedió. Era el 20 de enero de 1842, cuando Alfonso, tras abandonar por un momento una iglesia en la que había entrado por curiosidad, de repente vio desaparecer ante sus ojos el edificio y una luz se derramó sobre él y llenó el lugar donde se encontraba. Allí, en medio de aquel resplandor radiante, vio de pie sobre el altar, llena de majestad y dulzura, la Virgen María, tal y como aparece en la medalla milagrosa. Con la mano le hizo señal de que se arrodillara y, con una fuerza irresistible, fue atraído hacia María. Fue en ese momento feliz cuando Alfonso abrió los ojos a la verdad y, iluminado por la fe, rompió a llorar. Su corazón no encontraba consuelo más que en dar rienda suelta a su agradecimiento y pedir con las más vivas instancias el bautismo. Se preparó durante once días y el 31 de enero del mismo año fue regenerado en Cristo, y María tuvo un hijo más. Una conversión tan asombrosa y repentina fue declarada milagrosa por la Santa Sede, tras diligentes exámenes. Cada año se celebra una fiesta en Roma el 20 de enero en memoria de este prodigio en la iglesia de San Andrés de las Fratte, lugar donde tuvo lugar el milagro.
Jaculatoria
Haz que expire,
Virgen María,
Como buen católico
El alma mía.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Quinto día. El jefe de la Iglesia
Deus in adiutorium etc.
- Jesucristo, en el Evangelio, comparó su Iglesia con un reino, un imperio, una república, una ciudad, una fortaleza, una familia. Todas estas cosas son visibles por naturaleza y no pueden existir sin que haya un jefe que mande y súbditos que obedezcan. El jefe invisible de la Iglesia es Jesucristo, que asiste a los santos pastores desde el cielo hasta el fin del mundo: ecce ego vobiscum sum usque ad consummationem sæculi. El jefe visible fue san Pedro y, después de él, los pontífices que le sucedieron.
El Divino Salvador dijo a s. Pedro: tú eres Pedro, y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán vencerla. A ti daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Con estas palabras, el Salvador constituye a San Pedro jefe de su Iglesia y le confiere la plenitud del poder, en virtud del cual puede establecer todo lo que contribuye al bien espiritual y eterno.
Después de la resurrección, Jesucristo confirmó lo dicho a san Pedro. Al aparecer a sus apóstoles a orillas del mar de Tiberíades, dijo a san Pedro: «Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos; pasquea oves meas, pasquea agnos meos». De la Sagrada Escritura se desprende claramente que los corderos se refieren a todos los fieles cristianos, y las ovejas son los pastores sagrados, que deben depender del Pastor Supremo, que es Pedro, y después de él, sus sucesores.
- Para que estuviéramos seguros de que este Pastor Supremo conservaría siempre el depósito de la fe sin caer nunca en el error, Jesucristo dijo a San Pedro: Yo he rogado por ti, Pedro, para que no falle tu fe: rogavi prò te, Petre, ut non deficiat fides tua. et tu aliquando conversus confirma fratres tuos. Esta es la razón por la que los demás apóstoles, después de la ascensión del Salvador, consideraron a san Pedro como su jefe. Tan pronto como el Salvador ascendió al cielo, él asumió el gobierno de la Iglesia; propuso la elección de un apóstol en lugar del traidor Judas; fue el primero en predicar al pueblo; el primero en hacer milagros al ir al templo; el primero en ser instruido por Dios de que no solo los judíos, sino también los gentiles están llamados a la fe. ¿Surgen dificultades en la Iglesia? Se reúne un concilio en la ciudad de Jerusalén; Pedro plantea la cuestión, la explica, la define, y todos obedecen a Pedro como al mismo Jesucristo. Así lo hicieron los verdaderos católicos en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las cuestiones religiosas: siempre se recurrió al Sumo Pontífice, y todos los cristianos se sometieron a él como a san Pedro, como al mismo Jesucristo.
- He aquí, cristiano, lo que te propongo para tu consideración. Un Dios hecho hombre para salvarnos; antes de partir del mundo, funda una Iglesia y designa a un Jefe para que lo sustituya en la tierra hasta el fin de los siglos: usque ad consummationem sæculi. Reconocemos también nosotros en el Romano Pontífice al Padre universal de todos los cristianos, al sucesor de San Pedro, al Vicario de Jesucristo, al que sustituye a Dios en la tierra, al que dijo Jesucristo: todo lo que ates en la tierra, estará atado en el cielo; todo lo que desates en la tierra, estará desatado en el cielo. Pero recordemos bien que nadie puede profesar la religión de Jesucristo si no es católico; nadie es católico si no está unido al Papa.
Ejemplo
Los herejes, para alejar a los católicos de la Iglesia y del Romano Pontífice, siempre han comenzado por despreciar la devoción a la Santísima Virgen, porque María es madre misericordiosa de todos los que la invocan. De hecho, tenemos muchos herejes convertidos que atribuyen su conversión a la devoción a María. Sirva como ejemplo para todos el protestante y ahora ferviente católico Federico Hurter. Este era presidente del Consistorio protestante en Schaffhausen, Suiza, y era considerado uno de los mejores predicadores y profesores del calvinismo. Aunque estaba muy apegado a los errores de su secta, le dolía mucho, como él mismo confiesa, que el protestantismo, al que pertenecía, rechazara todo culto a la Santísima Virgen. Esta fue la semilla de mostaza que produjo el árbol de la conversión de Hurter. Desde su juventud, sin ningún conocimiento particular de la doctrina católica sobre la Gran Madre de Dios, se sentía penetrado por una veneración inexpresable hacia Ella. Encontraba en Ella la abogada de los cristianos. A Ella se dirigía desde lo más profundo de su corazón en su vida privada. A veces, desde la cátedra, intentaba despertar en sus alumnos pensamientos de veneración hacia la Santa Virgen, e incluso se esforzaba por dar a conocer las grandezas de Aquella que es Madre de Dios.
A medida que crecía en su corazón el afecto hacia María, Federico comenzó a tener algunas dudas sobre su fe. La duda le impulsó a examinar mejor la religión católica, que cada día se le revelaba más verdadera, divina, incluso la única verdadera. Movido únicamente por el deseo de conocer la verdad, renunció a sus funciones de presidente del consistorio y se dedicó con la mayor diligencia al estudio de los dogmas católicos. Dedicó cuatro años a este estudio y, durante todo ese tiempo, rezó con fervor a la Santísima Virgen para que le hiciera conocer la verdad, íntimamente convencido de que estaba fuera de la verdad mientras viviera en el protestantismo. el 29 de febrero de 1844 partió hacia Roma con la firme intención de declararse hijo fiel, como él mismo se expresa, de esa tierna madre que es la Iglesia católica. Al llegar a la ciudad que, como él mismo dice, es centro de la unidad, capital del mundo cristiano», no quiso retrasar más la ejecución de su gran acto. Renunció a los honores, los cargos y los salarios que tenía entre los protestantes, hizo caso omiso de las protestas de sus parientes y amigos y, superando todo respeto humano, abjuró de sus errores, recibió la Santa Comunión y la Confirmación en el mes de junio de ese año 1844. Este ilustre literato reconoce la gracia extraordinaria de su conversión por intercesión de la Santísima Virgen.
Que este hecho sirva de consuelo a todos los buenos católicos para mantenerse firmemente unidos y obedientes al jefe de nuestra santa religión, que está protegida de manera tan especial por la gran Madre de Dios la Virgen santísima.
Jaculatoria
No me separes nunca
Por ningún motivo
Del gran Vicario
De Jesucristo.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Sexto día. Los pastores de la Iglesia
Deus in adiutorium etc.
- La Iglesia es una congregación de fieles cristianos dispersos por todo el mundo, que, a modo de un numeroso rebaño, son gobernados por un pastor supremo, que es el Romano Pontífice. Pero si cada cristiano tuviera que relacionarse directamente con el Vicario de Jesucristo, le resultaría difícil hacerle llegar sus palabras y comunicarle sus pensamientos. Pero Dios pensó y proveyó para todas las necesidades de nuestra alma. Escuchad, este es uno de los rasgos más bellos del catolicismo. Dios estableció a San Pedro como cabeza de la Iglesia, y tras su muerte, los pontífices romanos le sucedieron en el gobierno de la misma, y se sucedieron de tal manera que, desde el reinante Pío IX, tenemos una serie ininterrumpida hasta San Pedro, y desde San Pedro tenemos la serie de pontífices, uno sucesor del otro, que nos han conservado intacta la Santa Religión de Jesucristo hasta nosotros.
Los Apóstoles ejercieron su Apostolado de acuerdo con san Pedro y dependientes de él. A los Apóstoles les sucedieron otros obispos, que siempre de acuerdo con el sucesor de san Pedro y dependientes de él, gobernaron las diversas diócesis de la cristiandad. Los obispos acogen las súplicas, escuchan las necesidades de los pueblos y las hacen llegar hasta la persona del Sumo Jerarca de la Iglesia. El Papa, según las necesidades, comunica sus órdenes a los obispos de todo el mundo, quienes a su vez las transmiten a los simples fieles cristianos.
Además de los Apóstoles, Jesucristo estableció setenta y dos discípulos, a los que envió a diversos países a predicar el Evangelio. Los apóstoles también ordenaron siete diáconos y otros ministros para que les ayudaran en la predicación del Evangelio y en la administración de los sacramentos. Así, entre nosotros, además del Papa y los obispos, hay otros ministros sagrados, especialmente los párrocos, que, estrechamente unidos y de acuerdo con los obispos, les ayudan en la predicación y la administración de los sacramentos, les ayudan a mantener la unidad de la fe y, sobre todo, a conservar una estrecha relación con el jefe de la religión, lo cual es indispensable para mantener siempre alejado el error de las verdades de la fe.
- Por lo tanto, podemos decir que nuestros párrocos nos unen a los obispos, los obispos al Papa y el Papa nos une a Dios. Además, los santos pastores que gobiernan las iglesias particulares, habiéndose sucedido regularmente siempre dependientes del Papa, enseñando siempre la misma doctrina, administrando los mismos sacramentos, se sigue con certeza que los ministros de la Iglesia católica en todo tiempo y en todo lugar han practicado siempre la misma fe, la misma ley, los mismos sacramentos, tal como fueron predicados por los Apóstoles y tal como fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo.
- Seamos, pues, dóciles a las voces de los ministros sagrados, como las ovejas deben serlo a la voz de su pastor. Dios nos los ha dado como maestros en la ciencia de la religión; acudamos, pues, a ellos para aprenderla, y no a los maestros mundanos. Dios nos los ha dado como guía en el camino del cielo, por lo tanto, sigámoslos en sus enseñanzas. Dios dijo a sus ministros: qui vos audit, me audit; quien os escucha, me escucha; qui vos spernit, me spernit; quien os desprecia, me desprecia. Por lo tanto, acudamos de buen grado a escucharlos en las predicaciones, en las instrucciones, en los catecismos, en las explicaciones del Evangelio. Sigamos sus consejos cuando nos acercamos a los sacramentos o cuando nos instruyen para recibirlos dignamente; escuchemos sus voces como si vinieran del mismo Jesucristo.
Ejemplo
El hecho ocurrido en s. Romano cuando era conducido al martirio nos puede servir de norma para responder cuando nos preguntan por los motivos de nuestra fe. Este santo, cruelmente torturado por un prefecto llamado Asclepiade, al ver la dureza del tirano, quiso ablandarlo con un milagro. Volviéndose hacia él, Asclepiades le dijo: «Si no me crees, pregunta a ese niño que ves en brazos de su madre, y de su boca inocente oirás confirmar lo que te he predicado y te predico acerca de mi religión». El prefecto miró al niño y, convencido de que por su edad era incapaz de articular palabra, le dijo en broma: «¿Sabes decirme quién es el Cristo que adoran los cristianos?». Entonces el niño alzó la voz con franqueza y gritó con fuerza: «Jesucristo, adorado por los cristianos, es el verdadero Dios». «¿Quién te ha dicho eso?», replicó Asclepiade. El otro respondió: «Me lo dijo mi madre, es decir, l Iglesia. ¿Y quién se lo dijo a tu madre?, preguntó el prefecto maravillado. «A mi madre se lo dijo Dios: mihi mater, matri Deus». Así deberían responder los cristianos si se les preguntara sobre la verdad de la fe. ¿Quién dijo que Jesucristo es hijo de Dios, que murió para salvarnos, que nos juzgará a todos juntos al final del mundo? ¿Quién lo dijo? Lo dijeron los ministros sagrados, que lo aprendieron de nuestra madre, que es la Iglesia lo aprendió del mismo Dios. Mihi mater matri Deus. (Boll. in s. Romano).
Jaculatoria
Haz que yo escuche,
Oh Señor mío,
Las voces providentes
De mi pastor.
Que mi alma
Todas las súplicas confiadas,
Para que seguro
Me guíe al cielo.
Oración. Recuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Deus in adiutorium etc.
- Nuestra religión es sobrenatural y divina, por lo que en ella se encuentran ciertas verdades tan sublimes que el hombre, en la vida presente, tras muchos esfuerzos, apenas puede llegar a comprender una mínima parte. Y esto no debe sorprendernos, ya que en los mismos objetos temporales que se presentan a nuestros ojos, como las hierbas, las plantas, el agua, el fuego, la estructura del cuerpo humano, vemos muchas cosas cuya existencia conocemos, pero cuya e s cualidades no comprendemos más que de manera imperfecta. Por lo tanto, si nos vemos obligados a admitir secretos en las cosas temporales, con mucha más razón debemos admitirlos en las cosas espirituales. Estas verdades en el acto de la religión se llaman misterios. El acto por el cual sometemos nuestra voluntad a creer se llama fe. Sin la fe es imposible agradar a Dios, dice s. Pablo. La fe es la sustancia de las cosas que debemos esperar de Dios. La fe es la base y el fundamento de toda nuestra justificación, dice la Iglesia, en nombre de Dios.
- Esta fe no se apoya en la autoridad de los hombres, que pueden caer en el error, sino que se apoya totalmente en la palabra de Dios, que es eterna, inmutable y que nunca puede variar en nada. Por lo tanto, con la fe creemos que Dios creó el cielo y la tierra y todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra; creemos que por el pecado original toda la raza humana se hizo indigna del Paraíso y merecedora del infierno; que Dios prometió un Salvador, que vino y es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; que se hizo hombre para salvar nuestras almas y que murió en la cruz por nosotros. Es también verdad de fe que hay un solo Dios en tres personas realmente distintas, que hay un solo bautismo, una sola Iglesia verdadera, que es la católica; que nadie puede salvarse fuera de esta Iglesia; que el jefe de esta Iglesia es el Romano Pontífice, al que debemos obedecer como a Jesucristo, de quien él es vicario; que los sacramentos instituidos por nuestro Señor Jesucristo son siete, ni más ni menos. Es verdad de fe que existe Dios, que recompensa a los buenos con el Paraíso y castiga a los malos con el infierno; que tenemos un alma simple e inmortal; que un solo pecado mortal puede hacérnosla perder para toda la eternidad. Estas son las principales verdades que nuestra religión nos propone creer. Pero no nos preocupemos si no comprendemos estas verdades; al contrario, debemos alegrarnos porque es señal de que Dios nos reserva cosas grandes en la otra vida; cosas que, como dice s. Pablo, el oído nunca ha oído, los ojos nunca han visto, la lengua no puede expresar ni el corazón del hombre puede imaginar. Estas cosas no las comprendemos en la vida presente. Pero Dios nos asegura que nos están preparadas en la otra vida. Por eso, animémonos, porque lo comprenderemos todo en la bienaventurada eternidad si, por la misericordia de Dios, somos salvados. Entonces comprenderemos lo que aquí en la tierra nos parece un misterio, entonces veremos a Dios tal como es en sí mismo: tunc videbimus sicuti est, dice s. Pablo.
- Pero debo advertirte, oh cristiano, que nuestra fe debe tener ciertas cualidades, sin las cuales no sirve para salvarnos. Nuestra fe debe ser íntegra, es decir, debe abarcar todos los artículos de nuestra religión. Todas las verdades de la fe han sido reveladas por Dios; por lo tanto, quien niega creer en un solo artículo de la fe, niega creer en Dios mismo. Por eso, quien dice amar al prójimo y, sin embargo, toma en vano el nombre de Dios; quien honra a sus padres y, sin embargo, toma lo ajeno o se entrega a la deshonestidad, al desprecio de los sacramentos y del Vicario de Jesucristo, este, digo, transgrede un artículo de la fe que lo hace culpable de todos los demás. Los artículos de la fe están todos unidos entre sí y forman una cadena que une la razón con la revelación, y se constituye una escalera por la que el hombre asciende hasta Dios. Pero si se rompe un eslabón de la cadena, o se rompe un peldaño de esa escalera mística, se rompe toda nuestra relación con Dios. ¿De qué sirve creer en la Iglesia, en el Vicario de Jesucristo, si luego desprecias sus enseñanzas? ¿Si hablas mal del Sumo Pontífice? Hablemos claro: o todos los artículos de nuestra fe o ninguno, porque negar uno solo es negarlos todos. Para que la fe sea verdaderamente íntegra, debe ser operativa, es decir, debe ir unida a las buenas obras. Aquí habla claro Jesucristo en el Evangelio: no todos, dice, no todos los que dicen: «Señor, Señor», entrarán en el reino de los cielos, sino todos los que hagan la voluntad de mi Padre celestial. Mt, 7. ¿De qué servirá, dice s. Santiago, de qué servirá, hermanos míos, si alguno de vosotros dice tener fe sin obras? Así como un cuerpo sin alma está muerto, así también la fe sin obras es una fe muerta. Oh cristiano, ¿quieres saber si tu fe está viva o muerta? Lee con atención y lo sabrás. Tiene una fe muerta quien cree que basta un solo pecado mortal para ir al infierno, y mientras tanto lo comete con indiferencia. Tiene una fe muerta quien cree que debemos amar a Dios por encima de todas las cosas, y mientras tanto ama a las criaturas, ama los placeres del mundo; y se ocupa únicamente de engrandecer y enriquecer a la familia; fides sine operibus mortua est. Tiene una fe muerta quien sabe que los avaros no poseerán el reino de los cielos y, mientras tanto, ve al pobre devorado por el hambre, oprimido por el frío, y no se conmueve ni le presta ayuda alguna; fides sine operibus mortua est.
Oremos a Santa Virgen, que nos mantenga firmes en la fe y nos obtenga de su Divino Hijo la gracia y la fortaleza para ser constantes en las prácticas de nuestra santa religión hasta el último aliento de nuestra vida.
Ejemplo
No hay fe más viva y activa que la de los mártires. La historia eclesiástica cuenta más de dieciséis millones de estos gloriosos héroes que pueden servirnos de ejemplo. Nosotros elegimos preferentemente un hecho reciente, el martirio del misionero Marchand di Besanzone. En 1835 predicaba el Evangelio en China, país muy lejano de nosotros, cuando por ser cristiano fue encerrado en una prisión. Después de cinco años de cautiverio, fue sacado y puesto en una jaula de hierro. Llevado ante el rey, este le preguntó: «¿Eres tú el rebelde? ¿También tú eres partidario de los rebeldes?». «No», respondió él, «yo no he participado en ninguna rebelión». Sin embargo, el rey, basándose en las acusaciones de los mandarines, lo sometió a la dolorosa tortura de las tenazas. Inmediatamente, los verdugos calentaron tenazas de hierro y con ellas le arrancaron la carne de los muslos a pedazos. El valiente misionero ofreció su cuerpo al Dios que se lo había dado, le encomendó su alma y, con los ojos fijos en el cielo, sintió que su corazón se inundaba de alegría por haberse hecho digno de sufrir por Jesucristo. El rey, indignado por la heroica paciencia del confesor de la fe, lo condena a una muerte despiadada. Los mandarines, es decir, los verdugos, apartan un poco a Marchand del palacio del rey; luego, sacándolo de la jaula, lo desnudan casi por completo y comienzan a atormentarlo. Con cinco tenazas al rojo vivo le aprietan la carne de los muslos y las piernas. Se eleva un humo y un hedor; los presentes tiemblan; y el santo mártir, firme en la fe de Jesucristo, alza los ojos al cielo y solo dice: «Ah, Padre mío, oh Dios mío…». Mientras se repiten estos atroces tormentos, un mandarín le hace la siguiente pregunta: «¿Por qué en la religión cristiana se arrancan los ojos a los moribundos?». Aludía a la administración del santo óleo. El misionero reúne sus fuerzas y responde: eso no es verdad: ninguna de estas cosas sé que haya sido hecha por los cristianos. Las palabras son interrumpidas por nuevos tormentos, por lo que el mandarín le pregunta de nuevo: ¿por qué se presentan los novios ante el sacerdote cerca del altar? Los novios, respondió el misionero, vienen a dar a conocer al sacerdote su unión y a implorar las bendiciones celestiales. Se renuevan los tormentos de las tenazas, y el mandarín prosigue: «¿Qué pan encantado se da a los confesados, por el que se vuelven tan devotos de la religión?». El misionero, medio muerto, respondió: «No es pan lo que se les da, es el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo convertido en alimento del alma». Entonces, casi como castigo por las palabras pronunciadas, le pusieron un freno en la boca y, acompañado por cien soldados y una inmensa multitud, lo llevaron a una milla de distancia de aquel lugar. Allí depositaron al misionero a los pies de un patíbulo en forma de cruz. En un instante, los verdugos tomaron al paciente, lo levantaron y le ataron los brazos casi en forma de cruz. Dos verdugos se colocan a sus lados con un cuchillo en la mano. Se oye un sonido fúnebre de tambor, y cuando cesa, agarran los pechos del condenado, los cortan de un solo golpe y arrojan al suelo los trozos. Mientras se repiten estos tormentos, la víctima dirige por última vez su mirada al cielo y, poniendo su alma en las manos de Jesús Crucificado, casi destrozado, baja la cabeza, exhala su último aliento y su alma vuela hacia Dios. Entonces su cuerpo es descuartizado.
Ve también al cielo, afortunado ministro de Jesucristo, y mientras admiramos tu triunfo, implora desde el cielo la gracia y la fuerza para seguir tu ejemplo; y que, si no tenemos la gloriosa suerte de dar la vida por la fe, al menos vivamos como fervientes cristianos hasta la muerte. (Anales de la prop. n.º 53 – Anales de la Propaganda Fide, número 53).
Jaculatoria
Dios glorioso
Que todo lo ve
Hazme firme
En mi fe.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Octavo día. Los Santos Sacramentos
Deus in adiutorium etc.
- Cuanto más consideramos nuestra santa religión católica, más aprendemos su belleza, su grandeza, y más se manifiesta la bondad, la sabiduría y la misericordia de Dios, que es su fundador. Esto aparece de manera luminosa en los Santos Sacramentos. Es verdad de fe que estos Sacramentos son siete, ni más ni menos; todos ellos fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo mientras estaba en este mundo. Estos sacramentos son: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Extremaunción, Orden y Matrimonio. Estos sacramentos son signos sensibles establecidos por Dios para dar a nuestras almas las gracias necesarias para nuestra salvación, lo que equivale a decir que los siete sacramentos son como siete canales por los que los favores celestiales son comunicados por la divinidad a la humanidad.
- Por medio del Bautismo somos acogidos en el seno de la Santa Madre Iglesia, dejamos de ser esclavos del demonio, nos convertimos en hijos de Dios y, por lo tanto, herederos del Paraíso.
En la Confirmación recibimos la plenitud de los dones del Espíritu Santo y nos convertimos en cristianos perfectos.
En la Eucaristía, Jesucristo nos da su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad bajo la apariencia del pan y el vino consagrados.
Este es el mayor prodigio del poder divino. Con un acto de amor inmenso hacia nosotros, Dios encontró la manera de dar a nuestras almas un alimento proporcionado y espiritual, es decir, dándonos su propia divinidad.
En la Penitencia se nos perdonan los pecados cometidos después del Bautismo.
En la extremaunción, o santo óleo, Dios acude en ayuda de los enfermos y, por medio de la sagrada unción, nos comunica las gracias necesarias para borrar de nuestra alma los pecados con sus reliquias, para darnos fuerza para soportar pacientemente el mal, para tener una buena muerte si Dios ha decretado llamarnos a la eternidad, y también para dar la salud corporal si es útil para la salud del alma.
En el sacramento de la Orden, es decir, en la sagrada ordenación, Dios comunica a los ministros sagrados las gracias necesarias para alcanzar ese alto grado de santidad que les es necesario; y también para poder guiar e instruir a los fieles cristianos en las verdades de la fe, en la huida del vicio y en la práctica de la virtud.
Por último, el Matrimonio es el sacramento que da a los cónyuges la gracia de vivir entre ellos en paz y caridad y de criar cristianamente a sus hijos, si Dios, en su infinita sabiduría, decide concedérselos.
- He aquí, cristiano, expuestos brevemente los grandes medios que Jesucristo instituyó para nuestra salvación. Él nos procuró grandes beneficios con su encarnación, pero todos estos beneficios se comunican por medio de sus santos sacramentos. Si tú, entretanto, no te preocupas de aprovechar estos medios de salvación según el estado en que te encuentras, no puedes participar en el gran misterio de la Redención y, por lo tanto, no podrás salvar tu alma. Detente unos instantes a considerar cómo has correspondido a estos grandes signos del amor divino; y si te das cuenta de que tu conciencia te remuerde por algún pecado, procura remediarlo lo antes posible, especialmente preparándote para hacer una buena confesión y una buena comunión.
Ejemplo
En las vidas de los Santos Padres leemos un hecho que demuestra cuánto beneficia la piedad a nuestros intereses espirituales y temporales. Vivían en la ciudad de Alejandría de Egipto dos zapateros; uno tenía un a familia numerosa, pero mientras se ocupaba de mantenerla, se preocupaba mucho por las cosas del alma, siguiendo el consejo de Cristo, que dijo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y las demás cosas os serán dadas por encima». Era muy asiduo a la Iglesia, es decir, acudía con gusto a escuchar la palabra de Dios, era asiduo a la confesión y la comunión y a los demás ejercicios de piedad cristiana; sin embargo, parecía que Dios multiplicaba sus bienes temporales. El otro hacía lo contrario, es decir, se preocupaba por las ganancias temporales sin importarle ir a la Iglesia ni pensar en el alma. Por lo tanto, sus negocios iban mal y, aunque estaba solo, sin familia, y trabajaba más que su compañero, sin embargo, le costaba ganarse el sustento. Al ver a su vecino que con menos esfuerzo mantenía a su familia, comenzó a maravillarse y a envidiarlo. Un día no pudo contenerse y le dijo: «¡Cómo va este negocio! Yo me esfuerzo más que tú en el trabajo y no gano lo suficiente para alimentarme; ¿y tú, trabajando menos, provees para ti y para tu familia?». A esta pregunta, queriendo engañar santamente a su compañero y hacerle frecuentar a la Iglesia, le respondió así: «Debes saber, hermano, que voy a cierto lugar donde encuentro dinero, por el cual me he enriquecido; si quieres venir conmigo, te llamaré todos los días, y lo que encontremos será mitad mío y mitad tuyo». «De buen grado», respondió el otro, y comenzó a ir con él, y todos los días lo llevaba consigo a la iglesia. Como Dios quiso, en poco tiempo se hizo rico y acomodado. Entonces le dijo su compañero: «Ahora ves, hermano mío, cuánto te ha beneficiado frecuentar la Iglesia. Ten presente que aquí se encuentra la gracia de Dios, que es el mejor tesoro del mundo; y como tú mismo has comprobado, Dios se preocupa por quienes se preocupan por Él. Haz, pues, como has comenzado, frecuentar la Iglesia, y Dios no te fallará».
Cristianos, muchos quieren hacer fortuna con el pecado, mientras viven enemigos de Dios, no frecuentan las iglesias, no rezan, no se acercan a los sacramentos, no santifican las fiestas, y mientras tanto quieren que Dios les prospere y les haga felices. ¡Necios! ¿No saben que el pecado es lo que hace miserables e infelices a los pueblos? Miseros facit populos peccatum (Prov c 14).
Jaculatoria
Jesús Señor,
Que nos has redimido
Al cielo me guíen
Los sacramentos.
Y tú, gran Virgen,
Madre de amor,
Enciende en mi corazón
El ardor de la fe.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Noveno día. Dignidad del cristiano
Deus in adiutorium, etc.
- Por dignidad del cristiano no entiendo los bienes corporales, ni siquiera las preciosas cualidades del alma creada a imagen y semejanza del mismo Creador; solo quiero hablar de tu dignidad, oh hombre, en cuanto que fuiste hecho cristiano por medio del santo Bautismo y recibido en el seno de la Santa Madre Iglesia. Antes de ser regenerado en las aguas del Bautismo, eras esclavo del demonio y enemigo de Dios, y estabas excluido para siempre del Paraíso. Pero en el mismo momento en que este augusto Sacramento te abrió la puerta de la verdadera Iglesia, se rompieron las cadenas con las que te ataba el enemigo de tu alma; se te cerró el infierno y se te abrió el Paraíso. Al mismo tiempo, te convertiste en objeto de amor parcial por parte de Dios; en ti se infundieron las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Hecho así cristiano, pudiste levantar la mirada al cielo y decir: Dios, creador del cielo y de la tierra, es también mi Dios. Él es mi padre, me ama y me manda que le llame con este nombre.
Padre nuestro, que estás en los cielos; Jesús Salvador me llama su hermano, y como hermano le pertenezco a Él, a sus méritos, a su pasión, a su muerte, a su gloria, a su dignidad.
Los sacramentos instituidos por este amoroso Salvador fueron instituidos para mí. El paraíso que mi Jesús abrió con su muerte, lo abrió para mí y me lo tiene preparado. Para que tuviera alguien que pensara por mí, Dios quiso darme por padre, la Iglesia y por madre, la Divina palabra por guía.
Conoce, pues, oh cristiano, tu gran dignidad. Agnosce, christiane, dignitatem tuam. Pero mientras te invito a regocijarte en tu corazón por el gran beneficio que se te ha concedido al hacerte cristiano, te ruego que pienses en tantos hombres que también han sido redimidos por la preciosa sangre de Jesucristo, pero que viven sumidos en la idolatría o la herejía y, por lo tanto, fuera del camino de la salvación. Muchos de ellos bendecirían cada momento al Creador si pudieran tener las gracias, los favores y las bendiciones que tú tienes. Pero a la gran bondad que Dios ha tenido contigo, dime, ¿cómo has correspondido?
- Oh, hermano mío, si echamos un vistazo a nuestra vida pasada, vemos que no solo hemos deshonrado la dignidad de cristianos, sino que nos hemos comportado con este Padre Celestial de tal manera que ni los mismos infieles lo habrían hecho peor. Cada vez que hemos transgredido algún mandamiento de Dios o de su Iglesia, hemos deshonrado la dignidad de cristianos.
¡Miserable de mí! Si considero las transgresiones cometidas contra la santa ley de Dios, si considero la facilidad y los muchos medios con los que podía servirle, debo cubrirme el rostro de confusión y repetir la reprimenda que Dios hizo por boca de uno de sus profetas: El hombre, dice, habiendo sido elevado al más alto honor, no lo reconoció, y se degradó hasta actuar como un animal irracional y se comportó como los animales inmundos: homo cum in honore esset, non intellexit: jumentis insipientibus comparatus est et similis factus illis. Ven ahora, cristiano, y decide firmemente corresponder mejor a tu dignidad en el futuro. Postrémonos ante Dios y digamos de corazón: Dios mío, Padre de misericordias, me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido, propongo enmendarme en el futuro y hacer todo lo que pueda para corresponder a la dignidad de cristiano a la que me has elevado.
Pero dado que el más bello ornamento del cristianismo es la Madre del Salvador, María Santísima, así me dirijo a vosotros, oh clementísima Virgen María: estoy seguro de alcanzar la gracia de Dios, el derecho al Paraíso, en suma, de recobrar mi dignidad perdida, si Vos oráis por mí, Auxilium christianorum, ora pro nobis.
Ejemplo
Muchos ejemplos demuestran que María Santísima siempre ha sido la ayuda de los cristianos. Los títulos gloriosos que se le dirigen cada día en las Letanías de la Virgen María son prueba de ello; mencionemos algunos. La palabra letanías significa súplicas, porque las letanías no son más que una serie de súplicas con las que rogamos a la Santísima Trinidad que nos tenga misericordia y rogamos a María Santísima que interceda por nosotros ante Dios. También se llaman letanías lauretanas, porque en la Iglesia de Loreto se cantan con mayor solemnidad. Estas letanías son muy antiguas en la Iglesia. S. Sergio, Papa, para dar gracias a la Virgen por un favor especial que recibió de ella, decretó que se recitaran en las fiestas principales de la Virgen. Otros pontífices las enriquecieron con muchas indulgencias. Pío VII extendió esta indulgencia a 300 días cada vez que se recitan, aplicables a las almas del Purgatorio. En las letanías leemos la palabra: María, ayuda de los cristianos; Auxilium christianorum. San Pío V, tras una victoria de los cristianos contra los turcos por intercesión de María, fue el primero en añadir esta invocación a las letanías en el año 1771. El glorioso Pío VII, reconociendo en la protección de María su restablecimiento en la Sede pontificia y la paz devuelta a la Iglesia tras una serie de tristes acontecimientos, en señal de gratitud hacia la gran Reina del cielo, instituyó en el año 1815 en su honor la fiesta llamada María Auxiliadora de los Cristianos. Esta fiesta se celebra el 24 de mayo. Invoquemos la ayuda de María especialmente con la recitación frecuente de sus letanías.
Jaculatoria
En medio de los peligros
Del mar de la vida,
María, me ayuda,
Guíame al cielo.
Oración. Acordaos, oh piadosísima Virgen María…
Décimo día. Preciosidad del tiempo
Deus in adiutorium, etc.
- Los bienes concedidos por Dios al cristiano son grandes; pero Dios ha fijado un tiempo al hombre para que pueda servirse de ellos. El número de años, meses, semanas, días, horas y minutos que transcurren desde el nacimiento hasta la muerte es el tiempo que Dios ha puesto en nuestro poder para que disfrutemos de sus beneficios y salvemos nuestra alma.
Este tiempo es un tesoro precioso. Un gentil filósofo llamado Séneca solía decir que no hay nada más precioso que el tiempo: nullum temporis pretium. Ese filósofo decía esto porque el hombre, empleando bien el tiempo, puede adquirir ciencia, honores y riquezas. Pero nosotros, los cristianos, valoramos el tiempo por razones muy importantes. Decimos que el tiempo es precioso porque, en un momento bien empleado, dice san Bernardino de Siena, el hombre puede ganarse la felicidad eterna. Por eso, un momento de tiempo vale tanto como Dios: tantum valet tempus, quantum Deus. Tempore enim bene consumpto comparatur Deus.
Pero tengamos muy presente que solo en esta vida podemos aprovechar el tiempo. En el infierno solo existe la eternidad. Los condenados lloran amargamente por el tiempo perdido diciendo: ¡oh si daretur hora!, o si se nos diera un solo momento para arreglar las cosas del alma», pero ese momento ya no lo tendrán nunca más. En el cielo no se llora, pero si los bienaventurados pudieran llorar, llorarían solo por el tiempo perdido en esta vida, en la que podían haber adquirido más méritos para el Paraíso. Los santos conocían esta gran verdad y, por eso, se esforzaban al máximo por emplearlo bien. San Alfonso de Ligorio, al verse en cierto modo obligado a ocupar santamente el tiempo, hizo voto de no perder nunca un momento de su vida, y ahora disfruta de la recompensa del tiempo bien empleado con una eternidad de gloria.
- Pero ¿qué? exclama s. Bernardo, no hay nada más precioso que el tiempo, y no hay nada más despreciado. Nihil pretiosius tempore, sed nihil vilius æstimatur. Verás a ese jugador perder el tiempo en juegos y pasar así los días y las noches; si le preguntas: ¿qué haces? te responderá: pasamos el tiempo. ¡Necio, no ves que perdiendo el tiempo ni juegas, el demonio juega con tu salvación eterna! Verás a aquel otro vagabundo que se entretiene horas enteras en medio de la calle mirando a los que pasan, hablando de cosas inútiles y a veces obscenas; si le preguntas: «¿Qué haces?», te responderá: «Paso el tiempo». ¡Pobres ciegos! Pierden tantos días, y días que no volverán. Oh tiempo despreciado, serás lo más deseado por los mundanos en el momento de la muerte. Desearán tener tiempo para arreglar las cosas del alma, pero Dios les responderá: tempus non erit amplius. Por eso Dios nos exhorta a recordarle y a procurarnos su gracia antes de que falte la luz de nuestros días. Memento creatoris tui, antequam tenebrescat sol et lumen (Ecl 12, 2). ¡Qué pena para el peregrino que se da cuenta de haber tomado el camino equivocado cuando ya es de noche y no hay tiempo para remediarlo! Este será el dolor de quien se encuentre en el momento de la muerte y no haya dedicado su tiempo a servir a Dios. Hermano, sigamos el consejo que nos da el Salvador y comencemos a caminar por el camino del Cielo ahora que tenemos la luz, porque esta luz se pierde con la muerte. Ambulate, dum lucem habetis.
- Si a alguno de nosotros le llegara la noticia de que en breve se juzgará su vida y sus bienes, sin duda se apresuraría a buscar un buen abogado, a influir en los jueces de su causa, empleando todos los medios para conseguir una sentencia favorable. ¿Y nosotros qué hacemos? Sabemos con certeza que en breve, y puede ser en cualquier momento, se juzgará el asunto de nuestra salvación eterna, y perdemos el tiempo. Algunos dirán: pero yo soy joven, ya me entregaré a Dios más adelante. Sabed, les respondo, que el infierno está lleno de aquellos que deseaban entregarse al Señor más adelante. Jesucristo maldijo aquella higuera que encontró sin fruto, aunque no era tiempo de frutos. Non enim erat tempus ficorum (Mc 11, 13). Con ello quiso Jesucristo significarnos que el hombre en todo tiempo, incluso en la juventud, debe dar fruto con buenas obras, porque si no será maldito y no dará más frutos en el futuro. Iam non amplius in æternum ex te fructum quisquam manducet. Así dijo el Redentor a aquel árbol, y así maldice a quien, llamado por Él, no responde.
Dirán otros: pero ¿yo qué mal hago? Dios mío, ¿no es malo perder el tiempo en juegos y conversaciones inútiles que no sirven para nada al alma? ¿Acaso Dios nos da este tiempo para que lo perdamos de esta manera? ¿Qué mal hacían aquellos obreros que estaban en la plaza sin hacer nada porque nadie les daba trabajo? Sin embargo, fueron reprendidos por el dueño de la viña con estas palabras: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? (Mt 20). ¿Acaso no dice el Salvador que al final de nuestra vida nos pedirá cuenta de cada palabra ociosa: de omni verbo otioso? ¿Nos pedirá cuenta de cada momento de nuestra vida usque ad ultimum quadrantem? Escuchad, pues, lo que nos dice Dios: si en el pasado hemos malgastado el tiempo: redimamus tempus et horas: procuremos reparar el tiempo y las horas perdidas. Y repararemos el tiempo y las horas perdidas si hacemos en el futuro lo que hemos descuidado en el pasado: tempus redimes, dice san Anselmo, si quæ facere neglexisti facis.
Haz, oh Dios mío, que me arrepienta del tiempo perdido y que emplee el tiempo que me darás de vida en hacer buenas obras y llorar mis pecados.
Ejemplos
Los santos comprendían lo precioso que es el tiempo, y por eso trabajaban día y noche para ocuparlo en mayor gloria de Dios. San Bernardo decía: todo el tiempo que pasas sin pensar en el Señor, piensa que lo has perdido. S. Lorenzo Giustiniano decía que un mundano daría en el momento de la muerte riquezas, honores y todos los placeres por un momento de vida. San Francisco de Borja, al oír a otros perder el tiempo hablando de cosas mundanas, se volvía hacia Dios con santo afecto. Pero cuando le pedían su opinión sobre lo que se había dicho, no sabía qué responder. Al ser reprendido por ello, respondió: «Prefiero que me consideren tosco de ingenio a perder el tiempo; malo rudis vocari, quam temporis facturam pati». Una religiosa, fallecida en olor de santidad, se apareció a una compañera y le dijo: «Estaría contenta de sufrir la dolorosa enfermedad que padecí en mi muerte hasta el día del juicio para ganar la gloria que corresponde al mérito de un solo Ave María».
Jaculatoria
María, dame
Un alma pura
Muéstrame el cielo
El camino seguro.
Haz que toda obra
De mi vida
Vuelva a mi Dios
Siempre sea agradable.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día undécimo. Presencia de Dios
Deus in adiutorium etc.
- Dios está en el cielo, en la tierra, en todas partes. Dios lo sabe todo, lo ve todo, está presente en todo. A tu derecha está Dios, a tu izquierda está Dios, sobre ti está Dios, dentro de ti está Dios. En Dios vivimos, dice el Apóstol, en Dios nos movemos y en Dios tenemos nuestra existencia. Ve donde quieras, y siempre estarás en presencia de Dios. Decía el profeta David: si subo al cielo, allí estás tú, oh Dios mío; si desciendo al infierno, allí te encuentro; si tomo alas como las aves y vuelo más allá de los mares más remotos, también allí tu mano me sostiene y me sostiene. Después de estas cosas, el profeta David, inspirado por Dios, habla así: ¿Acaso las tinieblas me ocultarán de tu rostro? ¿Acaso la oscuridad de la noche me ocultará de tu presencia, para que yo me entregue a los placeres? Pero no, porque las tinieblas no tienen oscuridad ante ti, y la noche resplandece como el mediodía. Tenebræ non obscurabuntur a te; et nox sicut dies illuminabitur.
- Dios nos ve; ve todas nuestras acciones pasadas, ve lo que hacemos en el presente, ve lo que hacemos en hechos, en palabras y en pensamientos, incluso en los lugares más oscuros y secretos. Nada puede ocultarse a Él. Humilia respicit in cælo et in terra. Anímate a hacer el bien, porque la más pequeña acción de nuestra vida es manifiesta ante los ojos de Dios. Los hombres a menudo olvidan lo que hacemos por ellos; Dios no hace así. Él ve un vaso de agua fresca dado en su honor y gloria, y prepara la recompensa. Ánimo, pues, porque Dios ve y prepara la recompensa por lo que hacemos por Él.
- Pero, si Dios vela sobre nuestras buenas acciones para recompensarlas, vela igualmente sobre nuestras malas obras para castigarlas. Por eso, cada vez que nos sentimos tentados por cosas peligrosas que nos llevan a cometer acciones indignas, a decir palabras malas, a alimentar pensamientos perversos, digamos inmediatamente con el patriarca José: ¿Cómo puedo hacer tal mal en presencia de mi Dios? Guárdate bien de aquellos que dicen: Dios no ve, Dios no oye, Dios no conoce tal acción. Non est Deus in conspectu eius (Sal 9). Los que hablan así te engañan. Dios lo ve todo y prepara una recompensa y un castigo para nuestras acciones; lo ve todo, y cada pequeña acción de nuestra vida será llevada ante su divino tribunal. Detente un momento y reflexiona… no puedes decir una palabra, no puedes dar un paso, no puedes mover una mano, ni un ojo, sin que Dios te vea, y lo que es más, sin que Dios te dé la fuerza para actuar. ¡Mira, pues, cristiano, lo que haces cuando pecas! Ofendes a un Dios que te ve, a un Dios que te conserva la vida, a un Dios que puede quitarte la vida en un instante; a un Dios que te juzgará y que puede hacerte caer en un instante, en alma y cuerpo, en el infierno. ¡Oh, bondad infinita de mi Dios! Tú estás siempre a mi lado para favorecerme, y yo, ingrato, he vivido olvidándome por completo de Ti. Haz que, al menos en el futuro, no piense en otra cosa que en Ti, en servirte, en amarte, mi Bien Supremo, en la vida presente, para llegar un día a disfrutar eternamente de Ti en el Paraíso.
Ejemplo
Cuando Dios llamó al patriarca Abraham en medio de la idolatría y lo envió hacia Canaán, le dio como único recuerdo la presencia de Dios: camina en mi presencia y serás perfecto; ambula coram me, et esto perfectus; queriendo significar que basta el pensamiento de la presencia de Dios para liberarnos del pecado en cualquier lugar y en cualquier peligro en que nos encontremos.
El gran Tobías, entre las enseñanzas que daba a su hijo, le decía: «Hijo mío, durante todos los días de tu vida, ten siempre presente a tu Dios. Omnibus diebus vitae tuae in mente habeto Deum». Santa Taide caminaba por el camino de la iniquidad. Se encontró con s. Paffunfio, quien le dijo: «Dios te ve, ¿te atreves a pecar en su presencia?». Este pensamiento bastó para detenerla del mal, se entregó a Dios y, siempre acompañada por el pensamiento de la presencia de Dios, se convirtió en una gran santa. Santa Teresa decía que todo el daño nos viene de no reflexionar que Dios está presente.
Jaculatoria
Al pensar en Dios presente
Haz que los labios, el corazón, la mente
Sigan el camino de la virtud,
Oh, gran Virgen María.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Deus in adiutorium, etc.
- Todas las cosas que existen en el cielo y en la tierra fueron hechas para servir al hombre. Omnia subiecisti sub pedibus eius. Pero tú, oh hombre, ¿para qué fin te creó Dios? Tú me respondes: fui creado por Dios para conocerlo, amarlo, servirlo en esta vida y, por este medio, ir un día a disfrutarlo en el Paraíso. ¡Hermosa respuesta! Por lo tanto, has nacido para conocer a Dios; por eso debes emplear todas las facultades de tu alma, todas las preocupaciones de tu cuerpo para conocer a este benefactor Creador. Toda la ciencia de los hombres es nada si no existe la ciencia de Dios. Vani sunt omnes homines quibus non subest scientia Dei. Si posees la ciencia de todos los filósofos antiguos y modernos; si conoces todos los secretos de la naturaleza; si tuvieras incluso la ciencia de los querubines, de los serafines y de todos los ángeles del cielo, pero con todos estos conocimientos te faltara la ciencia de Dios, nada te serviría, dice san Pablo: nihil prodest. Pero, ¡ay!, cuánto tiempo he perdido aprendiendo cosas inútiles, escuchando, leyendo y estudiando cosas peligrosas, a veces pecaminosas, contrarias a la ley del mismo Dios. Si en el pasado has descuidado el conocimiento de las cosas de Dios, si no quieres traicionar tu fin, sé más diligente en el futuro, procura leer buenas lecturas, frecuentar buenas compañías, ser más asiduo a las predicaciones, a las explicaciones del Evangelio, a los catecismos. Si alguien te invita a participar en cosas que son inútiles o perjudiciales para el bien del alma, responde rápidamente: Dios me ha creado para conocerlo, y yo debo hacer todo lo posible por obtener este conocimiento de Él. Todo es necedad en el mundo sin el conocimiento de las cosas de Dios: Sapientia huius mundi, stultitia est apud Deum.
- Has sido creado para conocer a Dios, has sido creado para amar a Dios. Ama también cualquier cosa de la tierra, pero siempre encontrarás un vacío en tu corazón si no amas a Dios. Solo Él puede satisfacernos en la vida presente y en la futura. Aunque el precepto del amor a Dios es natural al hombre, Dios quiso que se registrara en el Evangelio: amarás al Señor tu Dios diliges Dominum Deum tuum. Si tuvieras dos corazones, o pudieras dividir en dos partes lo que tienes, podrías emplear una parte para amar a Dios y otra parte para amar al mundo. Pero no, dice Dios, amarás a tu Señor Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo. ex tota anima tua, ex tota mente tua.
¡Oh cristiano! ¿Qué has amado en el pasado? ¿No te verás obligado a decir, como el hijo pródigo, que has malgastado tus bienes espirituales y temporales viviendo en la lujuria? ¿No has empleado tu corazón y tu alma en el amor a las criaturas, a las riquezas, a los honores y a ciertos placeres ilícitos? Si por desgracia hemos sido alguna vez de los infelices, no lo seamos más en el futuro. Amemos a este Dios, amémosle porque Él fue el primero en amarnos. Él nos ha creado, nos ha conservado, nos ha hecho tantos beneficios, amémosle porque nos conserva la vida y nos da todo lo que necesitamos. Amémosle por los grandes bienes que con su pasión y su muerte nos ha preparado en la vida presente y mucho más en la futura. Amémosle porque solo Él, en el cielo y en la tierra, es digno de ser amado por encima de todas las cosas y servido fielmente.
- Dios nos ha creado para servirlo. Gran verdad; amarás a tu Dios y le servirás solo a él: diliges Dominum Deum tuum, et illi soli servies. Esta palabra servirle significa hacer aquellas cosas que le agradan y huir de todas aquellas que le pueden desagradar. Por lo tanto, el servicio a Dios consiste en la observancia exaltada de los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Este culto, este servicio supremo y absoluto, Dios quiere que se le rinda solo a Él: illi soli servies. Por eso se engañan muchos cristianos al aplicar estas verdades. Si les preguntamos: ¿a qué fin se dirigen vuestras grandes preocupaciones? La mayoría responde: trabajo para tener un buen empleo. Otros dicen: tratamos de comprar un campo, un viñedo, un prado, una granja. Estos dicen: «Estudio para sacar provecho de ese dinero, para ganar esa disputa, para obtener una buena ganancia, para conseguir ese honor, esos placeres». ¡Oh, necios! Os engañáis. Si hubierais sido creados para estas cosas, os diría: «Amadlas, buscadlas, hacedlas objeto de vuestras preocupaciones». Pero nosotros, cristianos, hemos sido creados para servir a Dios y a nadie más. Si en el pasado hemos seguido otro camino, nos hemos equivocado. Por eso, abramos los ojos mientras estamos a tiempo, pidamos al Señor que tenga misericordia de nosotros por el triste servicio que le hemos prestado en la vida pasada, y prometámosle servirle mejor en el futuro. Hagamos como el viajero que, al darse cuenta de que se ha equivocado de camino, vuelve atrás y se encamina por la senda recta que le llevará sin duda al lugar adonde se había propuesto ir. Pero recordemos que servir a Dios en esta vida es el único medio de disfrutar algún día de la patria celestial. La Virgen Santa Que aquellos que dedicaron cada momento de su vida al servicio del Señor nos obtengan al menos poder consagrar a Dios el tiempo que, en su infinita bondad, se digna dejarnos vivir. Que nos obtengan de Jesús, su Divino Hijo, la gracia de poder conocer, amar y servir a Dios en esta vida y luego ir a disfrutar eternamente de Él en el cielo.
Ejemplos
Un ministro de Francisco I, rey de Francia, se había dedicado a servir fielmente a su rey durante toda su vida. Pero, como hacen muchos hombres del mundo, pensó poco en lo más importante, en su alma. Llegado al momento de la muerte, expresaba su remordimiento con estas palabras: ¡Pobre de mí! He gastado tanto papel en escribir cartas para mi soberano, y no he gastado ni una hoja en escribir mis pecados y hacer una buena confesión. No esperemos al momento de la muerte para arreglar las cosas de la conciencia.
- Dositeo pertenecía a una familia rica y noble; sus padres se preocuparon mucho por darle una educación mundana, criándolo en el lujo y las comodidades, pero se preocuparon poco por las verdades de la religión cristiana. La divina providencia dispuso que el joven noble fuera de viaje a Palestina por diversión; y entre otros lugares visitó el huerto de Getsemaní, donde el divino Salvador había sudado sangre. Allí vio un cuadro que representaba con gran realismo los tormentos del infierno. Al ver esto, Dositeo se horrorizó y, reflexionando que la forma de vida que había llevado hasta entonces le habría conducido sin duda a la perdición eterna, decidió abandonar a sus parientes, amigos, riquezas, honores y placeres mundanos para entregarse por completo a Dios y asegurar la salvación de su alma. Con este fin, se dirigió a un monasterio y pidió insistentemente que le admitieran. Al ver a un joven delicado y noblemente vestido, el abad se mostró reacio a aceptarlo, temiendo que se tratara de un fervor pasajero. Le puso muchas dificultades en torno a la austeridad de la vida que tendría que llevar, pero el joven, que quería salvar su alma a cualquier precio, solo respondía: «Quiero salvar mi alma». Ante esta respuesta franca y repetida, el abad lo acogió en el monasterio. Allí, olvidado del mundo, Dositeo pasó su vida en penitencia y virtud, y murió santo.
Jaculatoria
Con qué fin fui creado?
Hazme saber, Señor mío,
Hazme evitar el camino
Que conduce al horror eterno.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Decimotercer día. La salvación del alma
Deus, in adiutorium etc.
- Detén por un momento, cristiano, tus ocupaciones y ven conmigo a escuchar lo que nos dice Jesucristo. Él nos dice así: ¿Por qué os ocupáis de tantas cosas en el mundo? Solo una cosa es necesaria, y es salvar el alma. Unum est necessarium. Si salváis esta alma, todo está salvo para vosotros; pero si la perdéis, todo está perdido. Podéis adquirir riquezas, empleos, honores, gloria; podéis parecer muy sabios ante el mundo; ser considerados los más valientes, los más doctos de vuestros vecinos, de vuestro país, de todo el mundo; pero vuestra alma es el tesoro más precioso del mundo: anima humana est toto mundo pretiosior (s. Juan. Crisóstomo.). Nada puede compararse con el valor del alma. ¿Qué podrás dar, dice Jesucristo, que pueda compensar tu alma? ¿Qué dará el hombre a cambio de su alma? (Mt 16). ¿De qué te sirve, hombre, ganar el mundo entero, si con ello pierdes tu alma? Quid prodest homini, si mundum universum lucretur, animæ vero suæ detrimentum patiatui?
- ¡Oh cristiano! ¿Crees tú esta gran verdad? Si la crees, ¿por qué no piensas en ella? Si piensas en ella, ¿por qué no abandonas el pecado? ¿Por qué no pones pronto tu alma en la gracia de Dios con una buena confesión? Si tuviéramos dos almas, alguno podría decir: quiero disfrutar de los placeres de la tierra, y así perder una; y luego salvaré la que me queda. Pero solo tenemos un alma. Por eso Jesucristo nos dice que la salvación del alma es lo más necesario en este mundo. Unum est necessarium. Oh Señor, decía el profeta David, solo te pido una cosa: que salves mi alma: unam petui, hanc requiram, ut inhabitem in domo Domini (Sal 22). Por eso, el apóstol san Pablo advertía a los cristianos de la ciudad de Filipos que con temor y temblor se preocuparan por salvar su alma: cum metu et tremore salutem vestram operamini (Fil 2). San Francisco Javier decía que en el mundo solo hay un bien y un mal: el único bien es salvarse, el único mal es perderse. Santa Teresa repetía a menudo a sus compañeras: hermanas, un alma, una eternidad. Queriendo decir: un alma, perdida esta, todo está perdido, y por toda la eternidad.
- La salud del alma es un asunto importante, es único; pero es irreparable, es decir, si se comete un error, se comete para siempre. Si se pierde una disputa, se puede recurrir a otro tribunal o intentar ganar otra; si se pierde la salud, se espera recuperarla con los cuidados de los médicos; si se rompe un contrato, se intenta conseguir otro; si una granizada nos quita la cosecha de este año, se espera una mejor el año que viene; pero si por desgracia se pierde la salvación del alma, todo está perdido para siempre: periisse semel æternum est. Piensa, cristiano, si la muerte te alcanzara en este momento, ¿qué sería de tu alma? Si tienes la conciencia tranquila, da gracias a Dios y haz todo lo posible por conservarla así. Pero si tienes escándalos que reparar, cosas que devolver, hábitos viejos que erradicar, confesiones dudosas o sacrílegas, ¡ah, por caridad, no lo pospongas! Porque si la muerte te alcanza en ese estado, fallarás en lo más importante, fallarás en lo único, fallarás en lo irreparable, porque una vez perdida el alma, está perdida para siempre.
Ejemplos
San Francisco Javier estaba en París absorto en pensamientos mundanos, cuando oyó a San Ignacio decirle: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? San Francisco escuchaba en profundo silencio, y San Ignacio añadió: Piensa, Francisco, que el mundo es un traidor. Promete y no cumple. Pero aunque cumpliera lo prometido, nunca podría satisfacer tu corazón. Pero aunque te satisfaciera, ¿cuánto duraría tu felicidad? ¿Podría durar más que tu vida? Y al final, ¿qué llevarías a la eternidad? ¿Acaso hay algún rico que se haya llevado consigo una moneda o un siervo para su comodidad en la otra vida? Al oír estas palabras, San Francisco abandonó el mundo y, profundamente impresionado por la idea de salvar su alma, se dedicó a seguir a Jesucristo y se convirtió en un gran santo.
Benedicto XII fue solicitado por un príncipe por un favor que no podía concederle sin pecar. El Papa respondió al embajador: «Dile a tu soberano que si tuviera dos almas, podría perder una por él y reservar la otra para mí; pero como solo tengo una, no puedo ni quiero perderla». Si en el futuro también nosotros nos vemos tentados a cometer algún pecado, respondamos a quienes nos incitan al mal: si tuviera dos almas, querría perder una y cometer ese pecado; pero solo tengo un alma y quiero salvarla a cualquier precio.
Jaculatoria
Jesús, José y María, a vosotros os entrego mi corazón y mi alma.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, que mi alma expire en paz con vosotros[5] .
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Deus, in adiutoriam, etc.
- Antes de considerar qué es el pecado, fija tu mirada en un crucifijo y luego razona así en tu corazón: el pecado es un hecho, un deseo, una palabra contra la santa ley de Dios. Cuando cometo un pecado, le doy la espalda a Dios creador, a ese Dios de bondad que me ha colmado de tantos beneficios, y desprecio su gracia y su amistad. Quien peca le dice con sus actos al Señor: «Vete, Dios, aléjate de mí, ya no quiero obedecerte, ya no quiero servirte, ya no quiero reconocerte como mi Dios, no te serviré». El Señor dice desde la cruz: «No vengues», y el hombre responde: «Yo quiero vengarme». Dios dice: «No tomes lo que es ajeno», y el hombre responde: «Yo quiero tomarlo». Dios dice: Privados de ese gusto deshonesto; el hombre responde: No quiero privarme de él. Dios dice: Santificad los días festivos; el hombre responde: Y yo quiero profanarlos; y diciendo esto abandona a Dios, la bondad suprema, para entregarse a las criaturas y satisfacer este cuerpo miserable.
- Pero ¿quién es Dios, contra quien quieres vengarte? Él es quien te dio la vida, te la conserva y te la puede quitar en cualquier momento. Dios es ese gran benefactor que te ha dado todo lo que tienes en la vida presente. La salud, los bienes temporales, la memoria, la lengua, los ojos, los oídos, los pies, las manos, todo te fue dado por Él, y tú has utilizado estos dones para ofenderlo. Es más, este mismo Dios que tú desprecias es tu Salvador, que para salvar tu alma padeció una muerte dolorísima y derramó toda su sangre en la cruz, y después de todo esto te ha preparado una felicidad eterna. ¿Y quién eres tú, cristiano, que te rebelas contra tu Creador? Eres una criatura miserable, que no puede nada, un ciego que no ve nada, un pobre que no posee nada. Miser et pauper et cæcus et nudus (Apoc. 3). Y tú, criatura miserable, ¿te atreves a irritar a este Dios tuyo, ante cuya presencia tiemblan el cielo, el infierno y la tierra? Vilis pulvisculus tam terribilem maiestatem audet irritare? (S. Bernardo).
- Mientras consideras la majestad de tu Dios, a quien ofendes, y la vileza de ti mismo, te ruego que reflexiones seriamente conmigo. Este Dios, que es tu amo, puede privarte en un instante de todos los bienes que te ha dado, puede privarte de la salud, de la vida y hacerte precipitar en los tormentos eternos del infierno. Es cierto que Dios es infinitamente bueno, pero siendo justo, no puede sino estar muy indignado cuando le ofendes. Por eso, cuando pecas, tienes motivos para temer que tus pecados lleguen a tal número que pongan fin al número que Dios ha establecido. In plenitudine pecatorum puniet. No es que falte la misericordia de Dios, sino que te falta el tiempo para pedir perdón, te falta la voluntad, te falta ese rasgo de gracia especial que ya no merece quien abusa de la misericordia divina para ofenderlo. Por eso debes temer con razón que, por otro pecado mortal, la ira divina te golpee y te condene eternamente.
Dios mío, basta con lo que os he ofendido, la vida que me queda quiero gastarla en amaros y llorar mis pecados. Me arrepiento con todo mi corazón, Jesús mío; quiero amaros, dadme fuerza. Santísima Virgen María, Madre de Dios, ayudadme. Así sea.
Ejemplos
Si después del pecado Dios castigara inmediatamente a quien lo comete, ciertamente no sería tan deshonrado como, por desgracia, vemos cada día. Pero aunque difiere en aplicar la plenitud de los castigos, nos ha dejado ejemplos terribles para que sepamos que también en la vida presente castiga a quienes ultrajan su santa ley. Lucifer era el ángel más bello del paraíso. Cometió un pecado de soberbia al querer ser semejante a Dios; y por este pecado fue expulsado del paraíso junto con una numerosa multitud de sus compañeros, y condenados a penas eternas en el infierno.
Adán y Eva cometieron un pecado de desobediencia en el paraíso terrenal, y ambos fueron expulsados de ese lugar de delicias, condenados junto con su descendencia a esos gravísimos castigos en el alma y en el cuerpo, a los que, por desgracia, todavía estamos sujetos.
Al crecer la raza humana en gran número, se multiplican los vicios. Dios envía un diluvio que cubre toda la faz de la tierra y hace perecer a todos los hombres y todos los animales, excepto a los que hizo encerrar en el arca.
Los habitantes de Sodoma, Gomorra y otras ciudades vecinas se entregan al pecado de la deshonestidad. Dios envía una lluvia de fuego, incendia las casas, incinera a los habitantes y abre las simas de la tierra que lo absorben todo, y aparece un lugar que llamamos Asfaltita o mar muerto.
Pecan los Hebreos y, en castigo por su iniquidad, mueren millones en el desierto. Toda la nación judía vuelve a caer en el pecado y ahora es esclava, oprimida por otros flagelos, y termina por dispersarse por completo, sin rey, sin príncipe, sin sacerdocio, sin ciudad donde reunirse y formar un cuerpo nacional.
Judas Iscariote traiciona al divino Maestro y se ahorca. Ananías y Safira mienten a san Pedro y ambos caen muertos al instante. Si Dios castigó tantas veces y de tantas maneras los pecados en la vida presente, ¡cuán grande, espantoso y terrible será el castigo reservado en la eternidad!
Jaculatoria
Del pecado que al hombre encadena
A los goces falaces de aquí,
Libera el alma, oh María, y serena
Busque siempre a tu Hijo, Jesús
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Deus, in adiutorium, etc.
- Antes de considerar qué es la muerte, ven conmigo en pensamiento al lecho de un moribundo y, en su presencia, leamos el decreto que Dios hace saber a todos los hombres por boca del apóstol san Pablo: statutum est omnibus hominibus semel mori. Está establecido que todos los hombres deben morir una vez. Todos los que han vivido desde el principio del mundo hasta ahora, todos han tenido que someterse a este decreto. No hay ciencia, ni poder, ni salud, ni fortaleza que pueda resistir a la muerte. Se resiste al hierro, al fuego, al agua, pero ¿quién puede resistir a la muerte? Resistitur ignibus, undis, ferro, regibus, morti autem quis resistit? Vamos a buscar quién queda aún, de tantos reyes, monarcas, emperadores, que vivieron en tiempos pasados; todos cambiaron de país y se fueron a la eternidad. De ellos no queda más que alguna inscripción sobre su tumba, y si abrimos sus mismos sepulcros, no vemos más que un puñado de cenizas, que en breve se dispersarán con el resto del polvo de la tierra. Dic mihi, ubi sunt amatores mundi? dice san Bernardo. Dime, ¿dónde están los amantes del mundo? El mismo santo responde: nihil ex eis remansit, nisi cineres et vermes. Nada quedó de ellos, salvo cenizas y gusanos. Al menos si supiéramos el lugar y la hora de nuestra muerte; pero no, dice el Salvador, vendrá cuando menos lo pensemos. Puede que la muerte me sorprenda en mi cama, en el trabajo, en la calle o en cualquier otro lugar. Una enfermedad, una fiebre, un accidente, algo que me caiga encima, un golpe de un asesino, un rayo, son todas cosas que pueden quitarme la vida. Esto puede ser dentro de un año, dentro de un mes, dentro de una semana, dentro de un día, dentro de una hora, y tal vez pueda ser justo después de terminar de leer esta reflexión. Cristiano, si la muerte nos alcanzara en este momento, ¿qué sería de tu alma? ¿Qué sería de mi alma? ¡Ay de nosotros si no estamos preparados! Quien hoy no está preparado para morir bien, corre un grave peligro de morir mal.
- ¿Quizás podemos engañarnos pensando que la muerte no vendrá por nosotros? Nadie ha sido tan necio como para creerse exento de la muerte. El decreto de la muerte es para todos. La hora de nuestra muerte llegará, eso es seguro. Llegará ese día, esa noche en la que también nosotros nos encontraremos tendidos en un lecho. Si Dios nos concede tal favor, tendremos un sacerdote que, con una mano sostendrá el Crucifijo y con la otra una vela encendida, recomendando nuestra alma al Señor. Los parientes y los amigos más fieles nos rodearán llorando. ¡Oh, si pudieras reflexionar ahora sobre los pensamientos que correrán por tu mente en ese último instante de vida! Ahora el demonio, para inducirte al pecado, cubre y excusa tus culpas, pero en la muerte te revelará su gravedad y te las pondrá delante. Pero, ¿qué hacer en ese terrible momento en que debes emprender el camino hacia la eternidad?
- Momento terrible, del que depende tu salvación eterna o tu condenación eterna. Cerca de ese último cierre de boca se encenderá una vela, casi para iluminar tu alma y emprender el camino hacia la eternidad. Dos veces se enciende una vela delante de nosotros: cuando somos bautizados y en el momento de la muerte. La primera vez vemos los preceptos de la ley de Dios; la segunda vez sabremos si los hemos observado. Por eso, cristiano, a la luz de esta vela verás si has amado a tu Dios o si lo has despreciado; si has honrado su santo nombre o si lo has blasfemado; verás el escándalo causado, lo que no has devuelto, el honor del prójimo que no has reparado, verás las confesiones hechas sin dolor y sin propósito…
Pero, ¡oh Dios!, lo verás todo en un instante, en el que ante tus ojos se abrirá el camino de la eternidad. Punto o momento del que depende una eternidad de gloria o de dolor. ¿Entiendes, cristiano, lo que te digo? Quiero decir que de ese momento depende ir para siempre al Paraíso o para siempre al infierno; ser siempre feliz o siempre afligido; ser siempre hijo de Dios o siempre esclavo del demonio; disfrutar siempre con los ángeles y los santos en el cielo o gemir y arder para siempre con los condenados en el infierno. Oh Dios mío, desde este momento me convierto a ti; te amo, quiero amarte y servirte hasta la muerte. Virgen Santísima, Madre mía piadosa, ayúdame en ese momento. Jesús, José y María, que mi alma respire en paz contigo.
Ejemplos
- Bernardino de Siena narra que un príncipe que se encontraba a punto de morir, completamente aterrorizado, decía: «He aquí, tengo tantas tierras y tantos palacios en este mundo, pero si muero esta noche, no sé qué habitación me tocará en la eternidad». San Alfonso cuenta que un rey de Francia, al llegar al final de su vida, dijo a sus amigos: «Con todo mi poder no puedo conseguir que la muerte retrase un momento su llegada». El hermano del gran siervo de Dios Tomás de Kempis había invitado a un amigo a visitar una casa que había mandado construir con gran lujo. Pero el amigo le dijo que había un gran defecto. «¿Cuál?», preguntó él. El defecto, respondió, es la puerta que has mandado hacer. ¿Cómo?, replicó el otro, ¿y la puerta tiene defecto? Sí, concluyó el amigo, porque por esta puerta tendrás que salir un día muerto, y así abandonar la casa y todos tus bienes. A la muerte se abandona todo lo mundano, solo las buenas obras nos acompañarán a la eternidad.
Jaculatoria
Oh, madre de Dios
Oh rosa mística,
Socorre piadosa
A mi espíritu.
Oh santa María,
Tu ayuda potente
Da en la hora de la muerte
A mi alma mía.
Oración. Acuérdate, oh piadosa Virgen María…
Decimosexto día. Juicio particular
Deus, in adiutorium etc.
- Dos veces tendremos que presentarnos ante el tribunal de Jesucristo: en el juicio universal, que tendrá lugar al final del mundo, y en el juicio particular después de la muerte. Hay tres cosas que debes tener en cuenta en el juicio particular: la comparecencia, el examen y la sentencia. Los santos más grandes temblaban al pensar que tendrían que comparecer ante Dios para ser juzgados. Tan pronto como exhale su último aliento, el alma deberá comparecer inmediatamente ante el Divino Juez. Lo primero que hace terrible esta comparecencia es encontrarse sola ante Dios, que está a punto de juzgarla. ¿Qué cosas podrá llevar consigo el alma? Nos lo dice el Apóstol: llevará todo el bien y el mal que haya hecho en su vida. Referet unusquisque prout gessit sive bonum sive malum. No se puede encontrar excusa, ni pretexto. Dice san Agustín que tendremos ante nosotros a un juez indignado, por un lado, los pecados que nos acusan, por otro los demonios listos para ejecutar la sentencia, dentro de la conciencia que nos agita y nos atormenta, y debajo un infierno que está a punto de engullirnos. En ese momento, el alma querría huir, pero la poderosa fuerza de Dios la retiene: manifestari oportet. ¡Dichosos aquellos cristianos que comparecerán ante Dios con un bagaje de buenas obras!
- Antes de pronunciar la sentencia, el Salvador examinará lo que hemos hecho en nuestra vida. Abrirá los libros de nuestra conciencia. Iudicium sedit, et libri aperti sunt. En esos libros, en esa conciencia, cuántas cosas se verán. ¡Ay! ¿Quién eres tú? comenzará a preguntar, ¿quién eres tú? Cristiano, responderás. Si eres cristiano, veré si has observado mi ley. Entonces comenzará a recordarte las promesas hechas en el Santo Bautismo, con las que renunciaste al demonio, al mundo, a la carne; te recordará las gracias concedidas, los sacramentos recibidos, las predicaciones, las instrucciones, las correcciones de tus padres; todo se te presentará ante ti. Pero tú, dirá el juez, a pesar de tantos dones, de tantas gracias, cuánto mal correspondiste a la profesión de cristiano. Apenas empezaste a conocerme, enseguida empezaste a ofenderme. Al crecer, aumentaste el desprecio por mi ley. Misas perdidas, profanaciones de los días festivos, blasfemias, confesiones mal hechas, comuniones sin fruto y a veces sacrílegas, esto es lo que hiciste en lugar de servirme. Entonces el Divino Juez se volverá lleno de indignación hacia el escandaloso y le dirá: ¿ves esa alma que camina por el camino del pecado? Tú eres quien con tus palabras le insinuaste la malicia. ¿Ves a ese otro que está allá abajo en el infierno? Tú eres quien con tus consejos pérfidos me la quitaste, la entregaste al demonio y fuiste causa de su perdición. Ahora ve por el alma que hiciste perder: repetam animam tuam pro anima illius. Tiembla, cristiano, ante este examen y comienza desde ahora a calmar la ira del Juez Supremo con una pronta enmienda de tus pecados.
- Ante el riguroso juicio que el Divino Juez exige al pecador, quizá este busque algún pretexto para excusarse y diga que no pensaba someterse a un examen tan estricto. Pero enseguida se le responderá: ¿No oíste aquella predicación, no leíste aquel libro que te pediría cuenta usque ad ictum oculi, hasta la última mirada, usque ad ultimum quadrantem, hasta el último minuto de tu vida? El alma se encomendará a la misericordia divina, pero la misericordia ya no es para ella, porque con la muerte termina el tiempo de la misericordia. Se encomendará a los ángeles, a los santos, a María Santísima; y Ella, en nombre de todos, responderá: «¿Ahora pides mi ayuda? , no me quisiste madre en vida, yo tampoco te quiero como hijo después de la muerte, ya no te conozco». Nescio vos. El pecador, al no encontrar ningún escape, asustado por el aspecto amenazador del Juez, por el infierno que ve abierto bajo sus pies, exclamará lleno de terror: horrendum est incidere in manus Dei viventis; es horrible caer en manos de un Dios juez. En ese mismo instante, el Juez pronunciará la terrible sentencia diciendo: por tu propia boca eres juzgado, oh siervo infiel, ex ore tuo te iudico, serve nequam. Aléjate de mí, mi Padre Celestial te ha maldecido, y yo te maldigo: ve al fuego eterno. Una vez pronunciadas estas palabras, el alma es abandonada en manos de los demonios, que la arrastran consigo para sufrir los tormentos del infierno. ¡Terrible y espantosa sentencia!
¡Por amor a Jesús y a María, prepárate con buenas obras para escuchar una sentencia favorable! Ánimo, la sentencia pronunciada contra el pecador da miedo, pero consuela inmensamente la invitación que Jesús Cristo hará al cristiano fiel. Ven, le dirá, ven a poseer la gloria que te he preparado. Tú me has servido, ahora disfrutarás eternamente: intra in gaudium Domini tui. Jesús mío, concédeme la gracia de que con una vida santa pueda prepararme para ese momento terrible en el que tendré que presentarme ante tu Divino Tribunal. Virgen Santísima, ayúdame, protégeme en la vida y en la muerte, y especialmente cuando me presente ante tu Divino Hijo para ser juzgado.
Ejemplos
El venerable Ancina, obispo de Saluzzo, cada vez que oía hablar del juicio de Dios, se veía sorprendido por un miedo terrible. Un día, al oír cantar el dies trae, se quedó aterrado pensando en el momento en que el alma se presentaría ante el tribunal de Dios. Entonces decidió abandonar el mundo, como de hecho hizo, y llevó una vida tal que murió en estado de santidad.
Felipe I, rey de España, un día, para reprender a un criado que le había mentido, le dijo simplemente: «¿Así me engañas?». El criado se sintió tan ofendido por la reprimenda que, al llegar a su casa, murió de pena. ¿Qué será del cristiano cuando Jesucristo le diga: «Así ofendiste mi ley»?
Jaculatoria
Hazme probar, gran Virgen,
En vida el cruel quebranto,
Las espinas, la hiel, la cruz,
Hazme probarlo todo
Mas en el día postrero,
Cuando Jesús airado
Vendrá, ¡ah!, tú aplacado
Devuélvelo por piedad.
Oración. Recuérdate, oh piadosa Virgen María…
Día decimoséptimo. El juicio universal
Deus, in adiutorium etc.
- Como un padre de familia en ciertas épocas del año reúne a sus hijos para ver quién merece recompensa o castigo, así Dios, Padre de toda la humanidad, reunirá un día a todos los hombres para dar públicamente una sentencia de gloria eterna a los justos y de castigo eterno a los malvados. Reuniré, dice Dios, a todas las naciones en el valle de Josafat, y vendré a hacer con ellos un juicio público. Congregabo omnes gentes in vallem Iosaphat et disceptabo cum eis. Antes de que venga el Juez, descenderá del cielo un fuego que quemará la tierra y todas las cosas que hay en ella. Terra et quæ in ipsa, sunt opera exurentur. (2Pe 3). Así que palacios, iglesias, villas, ciudades, reinos, todo se convertirá en un montón de cenizas. Cuando todos los hombres hayan muerto, se oirá un sonido de trompeta que resonará en todos los rincones de la tierra, y todos los cadáveres saldrán de sus tumbas recuperando la misma forma que tenían antes. Canet enim tuba; et mortui resurgent. (1Cor 15). Al sonido de esa trompeta, las almas bienaventuradas del cielo descenderán para unirse a sus cuerpos, con los que han servido a Dios en esta vida; y las almas infelices de los condenados saldrán del infierno para unirse a aquellos cuerpos con los que han ofendido a Dios. Qué gran consuelo será para el alma del justo reunirse con su cuerpo para ir con él a disfrutar de la gloria eterna del cielo. En cambio, qué dolor sentirá el alma del condenado al reunirse con el cuerpo con el que tendrá que sufrir para siempre los tormentos del infierno. Este pensamiento hacía temblar a san Jerónimo. Cada vez que pienso en el día del juicio, dice, tiemblo en todos mis miembros y me parece oír siempre esa trompeta que resuena en mis oídos: surgite, mortui; venite ad iudicium.
- Después de que todos los hombres hayan resucitado y las almas se hayan reunido con sus cuerpos, los ángeles enviados por Dios gritarán por todas partes: «Pueblos, pueblos, escuchad la voz de Dios y reuníos en el valle del juicio, en el valle de Josafat». Una vez reunidos, los ángeles separarán a los réprobos de los justos (Mt 13). Los justos permanecerán a la derecha y los condenados a la izquierda. Imaginemos qué momento tan terrible será para los réprobos verse separados de tantos amigos, de tantos parientes, a los que deben abandonar y a los que nunca volverán a ver. Cuando sea inminente la aparición del Juez, todos los elegidos serán elevados en el aire e irán al encuentro del Señor (1Tes. 4). Mientras tanto, se abren los cielos y vienen todos los ángeles del cielo para asistir al juicio, llevando consigo los signos de la pasión (s. Tomás, op. 2°). Aparecerá la Cruz , luego los Apóstoles y todos los santos que los imitaron; vendrá la Regina , de todos los santos y los ángeles, María Santísima; por último vendrá el Juez Eterno sentado sobre las nubes del cielo en el máximo esplendor de su majestad (Mt 24). ¡Qué terror sorprenderá a los pecadores al ver aparecer al Hijo de Dios, a quien tanto han ultrajado y que será su juez!
- Pero mientras tanto ha aparecido el Divino Juez, y todos los que vivieron desde el primer día del mundo hasta ese último día están esperando el gran juicio del Divino Juez. Entonces, para que todos conozcan públicamente el motivo de su salvación y de su condenación, revelará a todos los hombres los pecados más secretos y vergonzosos. Revelabo pudenda tua (Naum 3). Los teólogos más acreditados dicen que los pecados de los elegidos serán manifiestos, pero a modo de cicatrices gloriosas obtenidas en la guerra contra el enemigo, según las palabras del profeta David, que dijo: Bienaventurados aquellos a quienes se les han perdonado las iniquidades y cuyos pecados están cubiertos. Por el contrario, dice s. Basilio que todos los pecados de los réprobos serán vistos por todos con una sola mirada. Pero es nada reunirse en el valle de Josafat, es nada la manifestación de los pecados, es también poco la aparición del Juez en comparación con la terrible sentencia que Él va a pronunciar. Se volverá primero hacia los elegidos y les dirá estas palabras consoladoras: «Venid, benditos de mi Padre celestial, venid, poseed el reino que os fue preparado desde el principio del mundo». También bendecirá a María Santísima a sus devotos y los invitará a ir con ella al cielo. Cantando himnos de gloria a Cristo Salvador, los elegidos entrarán triunfantes en el Paraíso para poseer, amar y alabar a Dios por toda la eternidad. Los condenados, al verse solos, exclamarán: «¿Qué será de nosotros?». Y Jesús Cristo les dirá: «Apartaos de mí, mi Padre os ha maldito y yo os maldigo, id al fuego eterno». In ignem æternum. En ese momento se abrirá la tierra, y todos esos infelices, mezclados con los demonios, caerán en los abismos que nunca más se abrirán.
¡Alma mía, ruega a la Santísima Virgen que interceda por ti ante el Juez Eterno y te obtenga el perdón de tus culpas antes de ese día terrible! Ahora Ella es tu madre y defenderá tu causa. Oh María, sé tú mi liberadora y en el día del juicio apacigua la ira de tu Hijo, obtén de Él misericordia y perdón.
Ejemplo
Para que cada uno tenga una norma sobre las cosas que debe hacer o evitar para obtener un juicio favorable en ese último día del mundo, es bueno referir el hecho que leemos en el santo Evangelio, en el que se describe la venida del Salvador en el juicio final. Dice el Evangelio: cuando venga el Salvador en su majestad y con él todos los ángeles, se sentará en el trono de su majestad, y se reunirán ante él todas las naciones de la tierra. Él separará unas de otras, como el pastor separa las ovejas de los cabritos; pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos, es decir, los réprobos, a su izquierda. Entonces el Rey, es decir, el Juez Eterno, dirá a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo; (lee atentamente, cristiano) porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis en vuestra casa; estaba desnudo y me vestisteis; estaba enfermo y me visitasteis; estaba en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te hemos visto peregrino y te hemos acogido en nuestra casa? ¿Cuándo te hemos visto desnudo y te hemos vestido? ¿Cuándo te hemos visto enfermo o en la cárcel y hemos venido a verte? El rey les responderá y les dirá: en verdad os digo cada vez que habéis hecho cualquier cosa por uno de los más pequeños de estos mis hermanos, lo habéis hecho a mí.
Luego dirá también a los que estarán a su izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus secuaces. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Estaba de viaje y no me habéis dado alojamiento; estaba desnudo y no me habéis vestido; estaba enfermo y en la cárcel, y no me habéis visitado. Entonces también ellos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, de viaje, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Entonces él les responderá: En verdad os digo que, en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
Jaculatoria
En el día extremo,
Día de llanto,
María cúbreme
Con tu manto.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Día decimoctavo. Los dolores del infierno
Deus, in adiutorium, etc.
- La misericordia de Dios y su justicia son los dos atributos que más resplandecen en la potencia divina. Mientras el hombre vive con el alma unida al cuerpo, es tiempo de misericordia. Pero separada el alma del cuerpo, comienza para el hombre el tiempo de la justicia; y aquellos que no quisieron aprovechar la misericordia divina en la vida presente, deberán sufrir los rigores de la justicia divina en el infierno. Por infierno se entiende un lugar destinado por la justicia divina para castigar con tormento eterno a los que mueren en pecado mortal. Es de fe que existe este lugar de tormento eterno. Ya lo llamemos infierno, abismo, vorágine, cárcel, lugar de tormentos, lugar de oscuridad, de desorden, de crujir de dientes, de ira, de venganza, de tinieblas, de humo, de fuego, o con cualquier otro nombre que se quiera llamar según está revelado en la Sagrada Escritura, siempre se significa un lugar donde cada uno es castigado por los pecados cometidos en la vida. Per quæ peccat quis, per hæc et torquetur (Sab. 11). El santo profeta David dice: que el hombre es arrojado al infierno, como un tronco de madera es precipitado dentro de un horno ardiente. En un momento, ese tronco queda completamente rodeado por las llamas y se convierte en carbón ardiente. Pone eos ut clibanum ignis. Y cuanto más haya pecado un sentido del cuerpo, tanto más será atormentado. Quantum in deliciis fuit, tantum date illi tormenti (Apoc 18). La vista será atormentada con las tinieblas, el olfato con los olores más desagradables, el oído con gritos continuos y con los llantos de los condenados. La boca sufrirá un hambre voraz.
- Pero uno de los mayores tormentos es el castigo del fuego. Según el Evangelio, hay un fuego terrible que no se apaga ni de día ni de noche. Ese fuego encendido por la justicia de Dios atormenta al condenado por todas partes. Esos infelices, atormentados de esta manera, sufrirán sed, hambre y el ardor de las llamas; lloran, gritan y se desesperan. ¡Oh, infierno, oh, infierno, cuán desdichados son los que caen en ti! ¿Qué dices, cristiano? Si ahora no puedes soportar un dedo sobre la luz de una vela, si no puedes soportar una chispa de fuego en la mano sin gritar, ¿cómo podrás vivir entre esas llamas? Piensa que un solo pecado basta para enviarte al infierno y hacerte sufrir esos atroces tormentos por toda la eternidad.
- Los tormentos de los condenados aumentan enormemente cuando piensan en la razón por la que se condenaron. Sufren esos terribles tormentos por el placer de un momento, por un arrebato de pasión, por una cosa sin importancia. Propter pugillum hordei et fragmen panis. Pensarán en el tiempo que se les concedió para remediar su perdición eterna, pensarán en los buenos ejemplos de sus compañeros, en los consejos de los confesores, en los propósitos que hicieron en confesión y no cumplieron, y esto lo pensarán en un momento en el que ya no hay remedio para la ruina. La voluntad nunca volverá a tener nada de lo que desea y, por el contrario, sufrirá todos los males. El intelecto conocerá el gran bien que ha perdido, es decir, el Paraíso. ¡Oh, infierno, oh, infierno, qué males horribles preparas a los que ultrajan la ley de Dios! Vamos, pues, penitencia; no esperes a que no haya tiempo; quién sabe si esta no es la última llamada que Dios te hace, a la que si no respondes, Él dejará libre curso a su justicia y te hará caer en esos tormentos eternos. Cristiano, ve y escribe por todas partes que un solo pecado mortal puede enviarte al infierno, y por eso, guárdate de cometerlo.
Ejemplo
Tenemos un ejemplo terrible en el Evangelio sobre los castigos del infierno. El divino Salvador lo expone él mismo de la siguiente manera (Lc 16). Había un hombre rico (Epulón), que se vestía de púrpura y otras ropas lujosas. Su gran deleite era preparar cada día suntuosos banquetes para él y sus amigos. Había también un mendigo llamado Lázaro, que, aunque cubierto de llagas, se arrastraba a la puerta de ese rico y allí yacía esperando limosna. Al no poder obtener nada, pedía que al menos le dieran las migajas de pan que caían de la mesa del rico. Pero ni el rico ni sus siervos quisieron darle nada. Solo los perros iban a lamerle las llagas. No pasó mucho tiempo cuando el mendigo murió, tal vez por necesidad y por hambre. ¡Pero qué muerte tan dichosa! Los ángeles llevaron su alma al seno de Abraham, es decir, al limbo, que era el lugar donde descansaban las almas de los justos muertos antes de la venida del Salvador. Poco después de la muerte de Lázaro, murió también el rico, pero qué triste fue el destino que le siguió. Murió el rico, dice el Evangelio, y su alma fue sepultada en el infierno. Dios permitió que aquel rico pudiera levantar los ojos de medio de los tormentos y viera a lo lejos a Abraham y con él al mismo Lázaro, que estaba junto a él glorioso. El epulón no se atrevió a recomendarse a Lázaro, porque lo había despreciado demasiado en vida; se dirigió a Abraham y exclamó así: «Padre Abraham, ten piedad de mí». «¿Qué quieres?», respondió Abraham. Padre Abraham —continuó el otro—, no te pido que me liberes de estas llamas, ni siquiera que las disminuyas, no pido disfrutar de los placeres que disfruté en vida; solo te pido un favor, y concédemelo por piedad. ¿Qué favor es ese? Que envíes a Lázaro a mojar la punta de su dedo en el agua y que venga aquí a dejar caer una gota sobre mi lengua para refrescarla, porque estoy terriblemente atormentado entre estas llamas. Abraham le respondió: Hijo, recuerda que disfrutaste de los placeres y las riquezas en tu vida; Lázaro, por el contrario, no tuvo más que sufrimientos. ¿No es justo, pues, que él sea ahora consolado y tú atormentado? Además, hay un gran abismo, es decir, una gran división entre nosotros y vosotros, de modo que nadie de aquí puede ir hacia vosotros, ni nadie de allí puede venir hasta aquí. El Epulón al ver que no podía tener ningún consuelo para él, pensó que al menos podría avisar a sus parientes para que hicieran mejor uso de las riquezas y no fueran un día a aumentar sus tormentos con su presencia en el infierno. Dijo, pues, al epulón: Padre, ya que no puedes hacerme ningún favor, te ruego que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos y deseo que les advierta de las desgracias que les esperan, para que no vengan también ellos a este lugar. Fíjate bien, cristiano, que los que no creen en la santa palabra de Dios, tampoco creen en los muertos, aunque resuciten. Por eso Abraham respondió así: tus hermanos y otros parientes tienen la ley de Moisés y los profetas, que los escuchen. No, dijo él, no, padre Abraham, pero si algún muerto fuera a ellos para contarles el horror de estos castigos, sin duda harían penitencia. Abraham concluyó: si no escuchan la ley de Moisés y lo que predicaron los profetas, tampoco creerán a uno que resucite de entre los muertos.
Jaculatoria
De los males horribles
del exilio eterno,
María, sálvame,
Soy tu hijo.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Día decimonoveno. Eternidad de los tormentos del infierno
Deus, in adiutorium, etc.
- Los tormentos de los condenados no causarían tanto terror si algún día tuvieran que terminar. Pero no es así. Quitaos este engaño, dice Dios; los condenados en el infierno serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Cruciabuntur die ac nocte in sæcula sæculorum (Apoc 20). Esta es la verdad de la fe, y Dios ha querido que se repita en muchos lugares de la Sagrada Escritura: «Apartaos de mí, dice el Salvador a los réprobos, malditos, id al fuego eterno» (Mt 25). Los impíos irán a un tormento eterno, y los castigos de los condenados serán como una muerte que nunca mata eternamente (2Tes 1). Oh cristiano, si por desgracia caes en el infierno, nunca saldrás de allí y sufrirás esos males por toda la eternidad. ¿Quién no temblará ante este pensamiento?
- El condenado en medio de las llamas es atormentado en alma y cuerpo. Pero los remordimientos de la conciencia son el peor de todos los males. Dice el Salvador que el fuego del infierno va unido al remordimiento, que como un gusano carcomerá la conciencia de los réprobos por toda la eternidad: vermis eorum non moritur et ignis non extinguitur. El primer remordimiento será pensar en lo poco que se ha condenado. ¡Qué dolor pensar que por una satisfacción momentánea se ha perdido un reino eterno de felicidad! Jonatán, cuando se vio condenado a muerte por Saulo, su padre, pensando que estaba condenado solo por haber probado un poco de miel, exclamaba: no me pesa morir, pero lo que me duele es morir solo por haber probado un poco de miel. Paululum gustavi melis, et ecce morior. ¡Oh, Dios! ¿Y qué pena causará al condenado el pensamiento de la causa de su condenación? ¡Oh, si pudiéramos interrogar a los condenados y preguntarles: qué os queda aún, desdichados, de esos gustos, de esas satisfacciones, ¿de esos placeres disfrutados en la vida? ¿Qué os queda aún de ese último pecado por el que os habéis condenado? ¡Ay, nosotros, desdichados! responderán, por un placer brutal, que desapareció como el viento, ¡tendremos que arder en este fuego, desesperados y atormentados por toda la eternidad! Los condenados pensarán también en la facilidad con la que podrían haberse salvado. Se le apareció un condenado a San Umberto y le dijo que la mayor aflicción que padecía en el infierno era pensar en lo poco por lo que se había condenado y en lo poco que habría tenido que hacer para salvarse.
- Al menos el condenado podría engañarse a sí mismo y decir: estos tormentos algún día terminarán; pero no. Pasarán veinte años desde que estarás en el infierno, pasarán mil y entonces comenzará el infierno; pasarán cien mil, cien millones, mil millones de años y siglos, y el infierno volverá a empezar. Si un ángel llevara la noticia a un condenado de que Dios quiere liberarlo del infierno cuando hayan pasado tantos millones de siglos como gotas de agua, hojas de los árboles, granos de arena del mar y de la tierra, esta noticia sería el mayor consuelo para un condenado. Él diría: es cierto que tienen que pasar tantos siglos, pero algún día terminarán. Pero pasarán todos estos siglos y todos los tiempos imaginables y el infierno seguirá siendo el mismo. Cada condenado haría este pacto con Dios: Señor, aumenta cuanto quieras mis penas, déjame sufrir estos tormentos todo el tiempo que quieras, solo dame la esperanza de que algún día terminarán. Pero no, ese momento nunca llegará, y Dios siempre responderá: en el infierno no hay redención. Todo lo que ve, lo que oye, lo que saborea, lo que padece, todo le recuerda la eternidad. Siempre, nunca, verá escrito eternidad en las llamas que lo crucifican; siempre, nunca, eternidad en la punta de las espadas que lo traspasan; siempre, nunca, eternidad en los demonios que lo atormentan día y noche; siempre, nunca, eternidad en esas puertas que nunca se abrirán. ¡Cuántos, al pensar en la eternidad, abandonaron el mundo, la patria, los parientes para irse a confinar en cuevas, en desiertos, a vivir solo de pan y agua y a veces solo de raíces de hierba, y todo esto para evitar los castigos eternos del infierno! Y tú, cristiano, ¿qué haces? Después de haber merecido tantas veces esos castigos con el pecado, ¿qué haces? Postrémonos a los pies de nuestro Dios y, arrepentidos de los pecados cometidos, digámosle así: Señor, te prometo no volver a pecar en el futuro, dame todo el mal en la vida presente, siempre que no me envíes al infierno. Querida Madre Virgen María, libera mi alma del infierno.
Ejemplos
- Policarpo, obispo de Esmirna, cuando era conducido al martirio, dijo al procónsul que trajera contra él a las fieras. El procónsul respondió: «Puesto que las fieras no te asustan, seguramente temerás el fuego, en el que te haré quemar vivo si no renuncias a tu religión». A lo que s. Policarpo respondió: «Verdaderamente me haces una amenaza terrible; ¿acaso crees que hay que temer un fuego que se apaga al cabo de una hora o poco más? Te diré qué fuego hay que temer y que tú no conoces. Hay un fuego de penas atroces que está reservado en la otra vida a los impíos; ese es el fuego que yo temo». (De Cesari).
Hay un señor en el reino de Francia que había pasado su vida en los placeres y deleites del mundo. Sin embargo, era muy culto y un día comenzó a pensar si los condenados al infierno serían liberados después de mil años; y respondió a su pensamiento que no. Luego se dijo a sí mismo: ¿quizás serán liberados después de cien mil años? Pero su pensamiento respondió igualmente que no. Luego se decía: ¿Quizás serán liberados después de mil millones de años? No, decía. ¿O al menos los condenados saldrán del infierno cuando hayan pasado tantos miles de años como gotas de agua hay en el mar? Y se respondió a sí mismo que nunca. Conmovido por este pensamiento, sintió un gran dolor por sus pecados y se puso a llorar por la vida desordenada que había llevado hasta entonces; luego abandonó el pecado, el mundo y sus vanidades. Cuando comenzó a saborear la dulzura del servicio de Dios, decía: «Oh, cuán necios y miserables son los hombres del mundo, que por el placer de un momento se condenan a un castigo eterno que nunca tendrá fin». (Por Passavanti -fraile dominico, florenttino).
Jaculatoria
Siento en lo más profundo del corazón
Una voz que siempre me dice:
Oh, buena o infeliz,
tendrás la eternidad.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo. La misericordia de Dios
Deus, in adiutorium etc.
- La justicia con la que Dios castiga el pecado en la otra vida causa temor en los corazones más obstinados en la culpa. Desgraciados aquellos que ya se encuentran en esos lugares de eternos tormentos. Bienaventurados nosotros, que aún podemos servirnos de la misericordia de Dios. Alégrate, cristiano, y abre tu corazón a grandes esperanzas. Mientras el alma está unida al cuerpo, es tiempo de misericordia y perdón. Dios, que siente gran disgusto por nuestras ofensas, nos sufre con infinita bondad, disimulando nuestros pecados y esperándonos en penitencia. Dissimulans peccata hominum propter pænitentiam (Sab 11). No, dice Dios en otro lugar, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Que el pecador abandone el camino de la iniquidad y se convierta a su Señor, y tendré compasión de él. Más aún, dice Dios, si tu alma estuviera toda manchada de pecados, vuelve a mí y te la devolveré blanca como la nieve. Dealbabuntur ut nix. Ánimo, pues, pecador. Dios podía haberte hecho morir en cuanto cometiste el primer pecado. Pero te ha conservado con vida para mostrarte su misericordia, y ahora te ofrece su gracia.
- Sin embargo, el tiempo en que Dios usa su misericordia es la vida presente. Él ha querido hacernos conocer esta importantísima verdad con una larga serie de hechos registrados en la Biblia. Adán desobedece a Dios y, con tal desobediencia, se condena a sí mismo y a toda su descendencia a la muerte eterna; pero Dios acude rápidamente en su ayuda con su misericordia y, cambiando la muerte eterna del alma por la muerte temporal del cuerpo, proporciona un medio de salvación con la promesa del Salvador.
Al multiplicarse los hombres, llenan la tierra de iniquidad, hasta tal punto que Dios decide enviar un diluvio universal. Pero antes de llevar a cabo tal castigo, envía a Noé a predicar el inminente castigo divino durante ciento veinte años. Castigó varias veces al pueblo judío, pero tan pronto como daba señales de arrepentimiento, Dios lo tomaba rápidamente bajo su protección y lo liberaba de la opresión de sus enemigos. La populosa ciudad de Nínive se entrega a los mayores disturbios, y Dios decide castigarla con la destrucción total de la ciudad y de sus ciudadanos. Pero Dios quiere hacer un esfuerzo más enviando al profeta Jonás a predicar la penitencia. Nínive escucha la voz del ministro de Dios, abandona el pecado, se apacigua la ira divina, a la que sustituye la misericordia infinita, y Nínive se salva.
¿Qué diremos entonces de las señales de misericordia que nos ha dado nuestro Divino Salvador? Cuántos milagros, cuántas parábolas, cuántos hechos, cuántas expresiones demuestran en el Evangelio esta verdad. Basta decir que, como nos asegura el Salvador, hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que caminan por la senda de la salvación. ¿Qué más? El Salvador llegó a decir que no había venido a llamar a los justos, sino a los pecadores: non veni vocare iustos, sed peccatores. Si deseas un hecho que demuestre hasta qué punto ha llegado la misericordia de Dios, alza la mirada hacia un crucifijo y verás al Hijo de Dios muerto por nosotros, es decir, para salvar nuestras almas condenadas al infierno por el pecado.
Esta misericordia es grande, y Dios quiere concedérnosla en la vida presente; pero ¡ay de aquellos que abusan de ella! Por eso, dice san Agustín, si ahora por desgracia estás en pecado, espera la misericordia, pero si estás en gracia, teme su justicia. Post peccatum spera misericordiam, ante peccatum pertimesce iustitiam. Recordemos que Dios es misericordioso y justo. Es misericordioso con quienes quieren aprovechar su misericordia, pero luego usa el rigor de su justicia hacia quienes no quieren aprovechar su misericordia.
Ánimo, cristiano, Dios nos llama, nos ofrece un generoso perdón de los pecados, quiere cerrar el infierno, quiere abrirnos el Paraíso. Jesús nos llama desde la cruz, María y todos los santos nos invitan desde el cielo. Hagamos una gran fiesta en el Paraíso con un pronto regreso al Señor.
Ejemplo
Un joven modenés de familia honorable, tras completar sus estudios, se dejó seducir por unos malos compañeros. Un abismo conduce a otro abismo, de modo que, entregándose a los juegos, a los excesos y a los placeres, llegando incluso a convertirse en el líder de otros compañeros para arrastrarlos con él por el camino del pecado. Toda la ciudad de Módena hablaba de la vida escandalosa de aquel joven, cuando la mano de Dios lo golpeó con una grave enfermedad. Al agravarse el mal, el médico dio por desesperada su salud y recomendó que se le administraran los santos sacramentos lo antes posible. Invitado por su madre a confesarse, el desdichado hijo la apartó de sí con palabras de desprecio e insultos. Poco después, ella volvió a insistirle y le expuso los motivos más apasionantes de la religión, pero el hijo estalló en blasfemias. La buena madre, profundamente afligida, ya no sabía a qué recurrir. Una vecina, avisada del triste caso, acudió en su ayuda, llamó a la madre aparte y le sugirió que, sin que él lo supiera, colocara la medalla de la Inmaculada Concepción bajo la almohada de su hijo. Hecho esto, se pusieron juntas a recitar las letanías de la Santísima Virgen. ¡Cuán piadosa eres, María! Las letanías aún no habían terminado cuando el enfermo gritó en voz alta: «Madre, madre». Ella corrió jadeando y su hijo le dijo: «Rápido, rápido, ve a llamar al arcipreste para que venga a confesarme». Con el corazón lleno de alegría, la madre corrió a buscar al confesor, quien, jubiloso, se dirigió rápidamente hacia el enfermo. Escucha la confesión y luego le lleva el Santísimo Sacramento, acompañado de muchas personas. Entra Jesús en la habitación del enfermo y el joven, lleno de compunción por sus pecados, entre lágrimas y suspiros, pide perdón por los escándalos causados, prometiendo repararlos si Dios, en su misericordia, le conservaba aún con vida. Contra todo pronóstico, el enfermo se cura rápidamente de su enfermedad mortal y, manteniendo su promesa con todo su empeño, se esfuerza por reparar con una conducta edificante el grave daño causado a sus compañeros con su vida escandalosa. Para que se hiciera pública la gracia y su conversión, que él reconoce de la Madre de la misericordia, hizo escribir todo el hecho por un notario público, y como narración auténtica fue publicado en muchos periódicos, entre otros en el Amico della gioventù (Amigo de la juventud).
Jaculatoria
Oh Madre de amor,
Tú obtén para mi corazón
Que pecó con ingratitud,
Amor a mi Dios,
Que tanto me amó.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo primero. La confesión
Deus, in adiutorium, etc.
- En el sacramento de la confesión encontramos una gran muestra de la misericordia de Dios hacia los pecadores. Si Dios hubiera dicho que nos perdonaría nuestros pecados solo con el Bautismo, y no los que por desgracia se cometieran después de recibir este Sacramento, ¡cuántos cristianos se perderían! Pero Dios, conociendo nuestra gran miseria, estableció otro Sacramento, con el que se nos perdonan los pecados cometidos después del Bautismo. Este es el Sacramento de la Confesión. Así lo dice el Evangelio: ocho días después de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: «La paz sea con vosotros. Como el Padre Celestial me envió a mí, así os envío yo a vosotros, es decir, la facultad que me ha dado el Padre Celestial para hacer lo que se juzga bueno para la salvación de las almas, la misma os doy a vosotros. Luego, el Salvador, soplando sobre ellos, dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos». Todos comprenden que las palabras «retener» o «no retener» significan «dar» o «no dar» la absolución. Esta es la gran facultad dada por Dios a sus apóstoles y a sus sucesores en la administración de los santos sacramentos. De estas palabras del Salvador nace la obligación de los ministros sagrados de escuchar las confesiones, y nace igualmente la obligación del cristiano de confesar sus faltas, para que se sepa cuándo se debe dar o no la absolución, qué consejos sugerir para reparar el mal hecho, dar, en definitiva, todos aquellos consejos paternos que se consideren necesarios para reparar los males de la vida pasada y no cometerlos más en el futuro.
- La confesión no fue algo que se practicara solo en algún momento y en algún lugar. Tan pronto como los Apóstoles comenzaron a predicar el Evangelio, comenzó a practicarse el sacramento de la Penitencia. Leemos que cuando san Pablo predicaba en Éfeso, muchos fieles que ya habían abrazado la fe se acercaban a los pies de los Apóstoles y confesaban sus pecados. Confitentes et annunciantes actus suos. Desde el tiempo de los Apóstoles hasta nuestros días se ha observado siempre la práctica de este gran sacramento. La Iglesia católica ha condenado en todo tiempo como herejes a los que se atrevieron a negar esta verdad. Tampoco hay nadie que haya podido dispensarse de ella. Ricos y pobres, siervos y señores, reyes, monarcas, emperadores, sacerdotes, obispos, los mismos Sumos Pontífices, todos deben arrodillarse a los pies de un ministro sagrado para obtener el perdón de las culpas que por casualidad hayan cometido después del Bautismo. ¡Pero por desgracia! ¡cuántos cristianos aprovechan raramente o aprovechan mal este Sacramento! Algunos se acercan sin examinar su conciencia, otros se confiesan con indiferencia, sin dolor ni propósito, otros callan cosas importantes en la confesión o no cumplen las obligaciones impuestas por el confesor. Estos toman lo más santo y útil para utilizarlo en su propia ruina. Santa Teresa tuvo una terrible visión al respecto. Vio que las almas caían al infierno como cae la nieve en invierno sobre las montañas. Asustada por tal revelación, pidió explicación a Jesucristo, y obtuvo como respuesta que aquellos iban a la perdición por las confesiones mal hechas en vida.
- Ánimo, cristianos, aprovechemos este Sacramento de misericordia, pero aprovechémoslo con la debida disposición. Precedamos con un examen diligente de nuestras culpas, confesémoslas todas, las ciertas como ciertas, las dudosas como dudosas, tal y como las conocemos, pero con gran dolor por haberlas cometido; prometamos no volver a cometerlas en el futuro. Pero, sobre todo, mostremos el fruto de nuestras confesiones con una mejora en nuestra vida. Dios dice en el Evangelio que por el fruto se conoce la bondad del árbol, así que por la mejora de nuestra vida se manifestará la bondad o la nulidad de nuestras confesiones: ex fructibus eorum cognoscetis eos.
Ejemplo
Un joven de la ciudad de Montmirail, en Francia, había vivido cristianamente hasta los quince años, cuando tuvo la desgracia de caer en malas compañías. Las malas conversaciones y la lectura de libros perniciosos lo sumieron en el abismo de la incredulidad y el libertinaje. Sus padres se esforzaron por enderezarlo, pero al no conseguirlo, acudieron a la Iglesia la tarde de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1839) y lo encomendaron a las oraciones de los agregados al Sagrado Corazón de María. La misma noche en que fue encomendado, el joven llegó a casa y, sin decir nada, contrariamente a su costumbre, se fue a dormir. Él no pensaba en María, pero Ella pensaba en él. El 10 de diciembre, casi fuera de sí, llamó a su padre y le dijo: «Padre mío, soy infeliz y sufro mucho, hace treinta y seis horas que no puedo comer ni dormir. Soy un león enfurecido y ya no sé qué decir ni qué hacer; tengo que ir a ver al cura». Se marcha, va a ver al cura y, agitado por los remordimientos de su conciencia, le suplica que le confiese. «Le ruego, le dijo al cura, que me confiese inmediatamente. No puedo seguir viviendo así». El párroco lo animó, lo consoló y, poco después, escuchó su dolorosa confesión. Una vez recibida la absolución, sintió que su corazón se inundaba de tal consuelo que no podía contenerlo. Al llegar a casa, le manifestó a su padre la gracia recibida y la tranquilidad paradisíaca que sentía. Lo que aún le preocupaba era el arrepentimiento de aquellos a quienes había arrastrado al mal con sus escándalos. Lleno de valor cristiano, sin importarle lo que dijeran sus antiguos compañeros, les contó lo que le había sucedido, el consuelo que sentía después de la confesión y les exhortó con todas sus fuerzas a que también lo intentaran. En resumen, esta nueva presa de la misericordia de María hizo como el penitente David cuando, para reparar el escándalo causado, se esforzó por ganar almas para Dios. Docebo iniquos vias tuas.
Jaculatoria
Haz que de Dios obtenga,
Madre de amor,
De mis culpas
Vivo dolor.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo segundo. El confesor
Deus, in adiutorium, etc.
- Cuando tú, cristiano, vas a la iglesia y ves a un sacerdote en el tribunal de penitencia, recuerda que ese es ministro de Jesucristo, quien en nombre de Dios perdona los pecados de los hombres. Si hubiera un reo condenado a muerte por un delito grave y, en el momento de ser conducido al patíbulo, se le presentara un ministro del rey diciendo: «Tu culpa está perdonada; el rey te concede el indulto y te acoge entre sus amigos; y para que no dudes de lo que te digo, aquí tienes el decreto que me autoriza a revocar la sentencia de muerte», ¿qué sentimientos de gratitud y amor expresaría este culpable hacia el rey y hacia su ministro? Esto es precisamente lo que nos ocurre a nosotros. Somos verdaderamente culpables, pues pecando hemos merecido el castigo eterno del infierno. El ministro del Rey de reyes, en nombre de Dios, en el tribunal de la penitencia, nos dice: Dios me envía a vosotros para absolveros de vuestras culpas, para cerraros las puertas del infierno, abriros las del Paraíso y devolveros la amistad de Dios. Para que no dudéis de la facultad que se me ha concedido, he aquí un decreto firmado por Jesucristo mismo, que me autoriza a revocar la sentencia de muerte. El decreto dice así: a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos. Quorum remiseritis peccata, remittuntur eis; quorum retinueritis, retenta sunt. ¡Con qué estima y veneración debemos acercarnos a un ministro que, en nombre de Dios, puede hacernos tanto bien e impedirnos tanto mal!
- Por lo tanto, cada vez que te acerques a este augusto Sacramento, imagina que te acercas al mismo Jesucristo. Él mismo dice: quien os escucha, es decir, a sus ministros, me escucha a mí; quien os desprecia, me desprecia a mí. Qui vos audit, me audit; qui vos spernit, me spernit. Estamos convencidos de que cuando vamos a confesarnos, escuchamos la voz de Dios, que pronuncia la sentencia de absolución o de condena. Pero como todo lo que hace y dice el confesor, lo hace con autoridad divina y como padre, así en ese tribunal de penitencia es un amigo que no desea otra cosa que el bien de nuestra alma, es un médico capaz de curar todas las heridas del alma; es un juez, pero no para condenarnos, sino para absolvernos y liberarnos de la muerte eterna; es un ministro de Dios que con la sangre de Jesucristo lava las manchas del alma. ¡Con qué confianza deberíamos hablar con él y abrirle sinceramente todos los secretos de nuestra conciencia!
- Tampoco debe ser un obstáculo el temor de que revele a otros lo que ha oído en la confesión. No, esto nunca ha sido así en el pasado, ni lo será en el futuro. Un buen padre guarda sin duda bajo secreto las confidencias de sus hijos. El confesor es un verdadero padre espiritual; por eso, incluso hablando humanamente, guarda bajo estricto secreto lo que le revelamos. Pero hay más: un precepto absoluto, natural, eclesiástico y divino obliga al confesor a guardar silencio sobre todo lo que se le confiesa. Ni siquiera para impedir un mal grave, para liberarse a sí mismo y al mundo entero de la muerte, puede hacer uso de una información obtenida en confesión, a menos que el penitente le conceda expresamente la facultad de hablar de ello. Ve, pues, cristiano, ve a menudo a este amigo; cuanto más a menudo acudas a él, más seguro estarás de caminar por el camino del cielo; cuanto más a menudo acudas a él, más confirmado te será el perdón de tus pecados y te será asegurada la felicidad eterna prometida por el mismo Jesucristo, que dio un poder tan grande a sus ministros. No te detenga la multitud ni la gravedad de tus faltas. El sacerdote es ministro de la misericordia de Dios, que es infinita. Por eso puede absolver cualquier número de pecados, por graves que sean. Llevemos solo un corazón humilde y contrito, y entonces el perdón será seguro. Cor contritum et humiliatum. Deus, non despicies.
Ejemplo
Entre los muchos ejemplos que se pueden citar de firmeza en la conservación del secreto de confesión, es famoso el de San Juan Nepomuceno, canónigo de Bohemia. Este santo sacerdote se había consagrado por completo a escuchar las confesiones de los fieles. Todos acudían a él; la propia reina lo eligió como su confesor. Ahora bien, sucedió que el rey, que se llamaba Wenceslao, por algunos caprichos suyos, quiso saber lo que la reina le había dicho en confesión: instó varias veces a san Juan a que se lo dijera, pero él siempre respondía que lo que había oído solo lo sabía Dios, que estaba obligado a guardar un gran secreto y que por nada del mundo diría ni la más mínima cosa que se le había confesado. Si no me dices lo que te pido, te castigaré severamente; te meteré en la cárcel a pan y agua, te haré azotar con varas y quién sabe… si tu cabeza no pagará por tu obstinación. Príncipe —respondió el santo confesor—, te repito que tengo un gran deber ante Dios, al que debo obedecer rigurosamente. Puedes disponer de mi vida a tu antojo y condenarme a cualquier pena, incluso a la muerte, pero yo nunca, jamás, revelaré nada de lo que he oído en confesión. Solo Dios puede penetrar este secreto. El rey, enfurecido, condenó al santo a atroces tormentos y a una muerte despiadada. El valiente confesor, firme en su deber, soportó todos los sufrimientos con heroísmo cristiano y con su propia sangre confirmó ese dogma tan glorioso para el cristianismo que dice: el secreto de la confesión es inviolable; solo Dios puede penetrarlo.
Jaculatoria
María, líbrame
De los lazos del mal,
y haz que tus luces
Iluminen mis ojos.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo tercero. Santa Misa
Deus, in adiutorium etc.
- Si quieres, cristiano, tener una idea correcta de la Santa Misa, transporta tu pensamiento al cenáculo, cuando el Salvador la celebró por primera vez con sus apóstoles. La víspera de su pasión, el Salvador reunió a sus discípulos para celebrar con ellos la última Pascua. Al final de la cena, se levantó de la mesa, tomó el pan, lo bendijo y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo, el cuerpo que será sacrificado por vuestra salvación. Luego tomó una copa, vertió en ella vino, alzó los ojos al cielo, lo bendijo y se lo dio a sus apóstoles diciendo: «Tomad y bebed todos, porque esto es mi sangre, la sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Haced esto en memoria mía».
Con estas palabras, Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, instituyó la Santa Misa, sin la cual no se cumple este Sacramento. Además, ordenó hacer lo que él mismo había hecho. He aquí la razón por la que la Santa Misa se llama Sacramento y Sacrificio del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que se ofrece y se distribuye bajo las especies del pan y del vino. Este sacrificio fue realizado por Jesucristo en el monte Calvario, y se dice sangriento, es decir, con el derramamiento de toda su sangre. Lo que se hace en la Santa Misa es lo mismo, con la única diferencia de que este es incruento, es decir, sin derramamiento de sangre. Por eso, cuando vemos al sacerdote salir de la sacristía y dirigirse al altar para celebrarla Santa Misa, es lo mismo que ver a Jesucristo salir de la ciudad de Jerusalén y llevar la cruz al monte Calvario para ser crucificado allí y derramar hasta la última gota de su preciosa sangre. la Santa Misa. Así como no se puede imaginar nada más precioso, más santo, más grande que el cuerpo y la sangre de Jesucristo, así tampoco, cuando vamos a escuchar la Santa Misa, podemos hacer nada que pueda reportar mayor gloria a Dios y mayor utilidad a nuestras almas.
- Pero quiero que tengas presente, oh cristiano, que la sangre de Jesucristo fue derramada en la cruz también por las almas del Purgatorio. Por eso, la Santa Misa es el medio más eficaz para aliviar las almas de los fieles difuntos, si por casualidad se encuentran en esas penas. Procura, pues, celebrar alguna Misa y, si no puedes, procura al menos escucharla en sufragio de tus parientes o de algún amigo difunto. Escucha lo que dicen los santos Padres al respecto. San Gregorio Magno dice: «El castigo de los vivos y de los muertos será mitigado para aquellos por quienes se celebra la Santa Misa; dicho castigo será mitigado de manera especial para aquellos por quienes se reza expresamente en la Santa Misa». El mismo santo dice en otro lugar: escuchar devotamente una misa es aliviar las almas de los fieles difuntos, obteniendo la remisión de sus pecados. San Jerónimo, gran Doctor de la Santa Iglesia, se expresa así: Por cada misa celebrada devotamente, muchas almas salen del Purgatorio. En otro lugar añade: Las almas que están atormentadas en el Purgatorio no sufren ningún tormento mientras se celebra la Santa Misa, si el sacerdote reza por ellas al ofrecer este sacrificio. Por eso te recomiendo con todo mi saber y poder que nunca olvides a tus parientes y amigos difuntos cada vez que celebres o vayas a escuchar la Santa Misa.
- Pero debo recomendarte, oh lector, que no te suceda lo que, por desgracia, les sucede a muchos cristianos cuando van a escuchar la Santa Misa. ¡Cuán triste es ver a tantos cristianos que dan poca o ninguna importancia a este augusto sacrificio del altar! Algunos van a escucharla raramente, o lo hacen de mala gana; otros la escuchan distraídos, sin modestia, sin veneración, sin respeto, permaneciendo sentados o de pie, a veces riendo, a veces hablando o mirando aquí y allá. Cuando vayamos a escucharla Santa Misa, procuremos asistir con el mayor recogimiento. Nuestro espíritu, el corazón y los sentimientos no se ocupen de otra cosa que de honrar a Dios. ¡Oh! ¿Qué gracias y bendiciones nos puede aportar una misa bien escuchada? Escuchemos lo que nos dice el beato Leonardo: «Creo, dice, que si no fuera por la Santa Misa, el mundo ya se habría hundido, por no poder soportar el peso de tantas iniquidades. La Misa es ese poderoso apoyo el que lo sostiene en pie». Para animar a todos los cristianos a ser diligentes en escuchar la Santa Misa, el mismo santo solía predicar así: «Dejadme subir a la cima de las montañas más altas y allí gritar con gran voz: ¡Pueblos engañados, pueblos engañados! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no corréis a la iglesia a escuchar santamente todas las misas que podéis?
Ejemplo
Vayamos con diligencia a escuchar la santa misa. Si nos toca sufrir alguna incomodidad o perder algo de tiempo, no nos inquietemos; Dios sabrá recompensarlo todo. San Isidoro era un pobre campesino. Todos los días del año se levantaba temprano, iba a escuchar la santa misa y luego se dedicaba a hacer lo que le mandaba su amo. De este modo, atrajo las bendiciones del Señor sobre su trabajo y sobre los campos de sus amos, de modo que todo le salía bien. Si la Misa es fuente de bendiciones en las cosas temporales, ¿qué gracias no nos obtendrá del Señor para nuestra alma, tanto en la vida presente como en la futura?
Jaculatoria
Salve, Santísimo
Cuerpo divino,
De la Virgen pura
Nacido niño.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo cuarto. La Santa Comunión
Deus, in adiutorium, etc.
- Comprende, oh cristiano, ¿qué significa hacer la Santa Comunión? Significa acercarse a la mesa de los ángeles para recibir el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, que se da como alimento a nuestra alma bajo la apariencia del pan y del vino consagrados. En la Misa, en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Las palabras utilizadas por nuestro divino Salvador al instituir este sacramento son: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre: hoc est corpus meum, hic est calix sanguinis mei». Estas mismas palabras las utilizan los sacerdotes en nombre de Jesucristo en el sacrificio de la Santa Misa. Por lo tanto, cuando vamos a comulgar, recibimos al mismo Jesucristo en cuerpo, sangre, alma y divinidad, es decir, verdadero Dios y verdadero hombre vivo como está en el cielo. No es su imagen, ni siquiera su figura, como una estatua o un crucifijo, sino Jesucristo mismo, tal y como nació de la Virgen María Inmaculada y murió por nosotros en la cruz. Jesucristo mismo nos aseguró su presencia real en la Santa Eucaristía cuando dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por la salvación de los hombres: corpus, quod prò vobis tradetur». Este es el pan vivo que descendió del cielo: hic est panis vivus, qui de caelo descendit. El pan que yo daré es mi carne. La bebida que yo doy es mi sangre verdadera. Quien no come este cuerpo y no bebe esta sangre, no tiene vida en sí mismo.
- Jesús, habiendo instituido este sacramento para el bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a él con frecuencia. Estas son las palabras con las que nos invita: venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré: venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis, et ego reficiam vos. En otro lugar decía a los judíos: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; pero el que come el alimento que el maná representa, el alimento que yo doy, que es mi cuerpo y mi sangre, no morirá eternamente. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él; porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». ¿Quién podría resistirse a estas amorosas invitaciones del divino Salvador? Para corresponder a estas invitaciones, los cristianos de los primeros tiempos acudían cada día a escuchar la palabra de Dios y cada día se acercaban a la santa Comunión. Es en este sacramento donde los mártires encontraban su fortaleza, las vírgenes su fervor, los santos su valor.
¿Con qué frecuencia nos acercamos nosotros a este alimento celestial? Si examinamos los deseos de Jesucristo y nuestra necesidad, debemos comulgar muy a menudo. Así como el maná sirvió de alimento corporal a los judíos todos los días durante el tiempo que vivieron en el desierto, hasta que fueron conducidos a la tierra prometida, así la santa comunión debería ser nuestro consuelo, nuestro alimento diario en los peligros de este mundo, para guiarnos a la verdadera tierra prometida del paraíso. S. Agustín dice así: Si cada día pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no nos procuraremos también alimentarnos cada día del pan espiritual con la santa comunión? San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días y a comulgar incluso más a menudo, según el consejo del confesor. Finalmente, la Santa Iglesia manifiesta su vivo deseo de la Comunión frecuente en el Concilio de Trento, donde dice: «Sería sumamente deseable que todo cristiano fiel se mantuviera en tal estado de conciencia que pudiera hacer la santa Comunión cada vez que asistiera a la santa Misa». El pontífice Clemente XIII, para animar a los cristianos a acercarse con gran frecuencia a la santa confesión y a la comunión, concedió el siguiente favor: aquellos fieles cristianos que tienen la loable costumbre de confesarse cada semana pueden obtener la indulgencia plenaria cada vez que hacen la santa comunión.
- Algunos dirán: soy demasiado pecador. Si eres pecador, procura ponerte en gracia con el sacramento de la confesión y luego acércate a la Santa Comunión, y obtendrás una gran ayuda. Otro dirá: «Me comunico rara vez para tener más fervor». Esto es un engaño. Las cosas que se hacen raramente se hacen mal. Por otra parte, siendo frecuentes tus necesidades, frecuente debe ser el socorro para tu alma. Algunos añaden: «Estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar a menudo». Jesucristo responde: los que están bien no necesitan médico; por eso, los que están más sujetos a dolencias deben ser visitados a menudo por el médico. Ánimo, pues, cristiano, si quieres hacer la acción más gloriosa para Dios, la más agradable a todos los santos del cielo, la más eficaz para vencer las tentaciones, la más segura para perseverar en el bien, que es sin duda la santa Comunión.
Ejemplo
Un joven llamado Savio Domingo, por su vivo deseo de complacer a María, le ofrecía cada día alguna oración, pero todos los sábados hacía la santa comunión en honor de Ella, a quien solía llamar Madre muy querida. En el año 1856 hizo el mes de María con tal fervor que todos sus compañeros quedaron edificados. Todos los días le pedía a María que lo quitara del mundo antes que perder la virtud de la pureza. El día de la clausura pidió una sola gracia: poder hacer una buena comunión antes de morir. La Santísima Virgen lo escuchó. Nueve meses después (el 9 de marzo de 1857) murió a la edad de quince años, después de haber recibido la Santísima Comunión con la mayor ternura y devoción. En los instantes que transcurrieron entre la recepción de la Comunión y su muerte, no dejaba de decir: «Oh, María, me has escuchado, soy lo suficientemente rico. No te pido nada más que me asistas en estos últimos momentos de vida y me acompañes de esta vida a la eternidad». Casi en el mismo momento en que dejaba de pronunciar estas palabras, su alma volaba al cielo, acompañada por María, a quien había sido ferviente devoto en vida.
Jaculatoria
Te adoro en todo momento
Oh pan vivo del cielo,
Gran Sacramento.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo quinto. El pecado de la deshonestidad
Deus, in adiutorium, etc.
- S. Pablo ordena que este pecado ni siquiera se mencione entre los cristianos: impudicitia nequidem nominetur in vobis. Yo omitiría hablar de ello, oh gran apóstol de Jesucristo, si este pecado no fuera el gran maestro que envía tantas almas a la perdición eterna. Podemos decir verdaderamente que este pecado abrió las puertas del infierno, y muchos se precipitan en él desgraciadamente. Para tener un justo horror, veamos cómo Dios detesta este vicio abominable. Quien se entrega a este pecado es comparado con los animales inmundos. El hombre, que fue elevado a la mayor dignidad, ha perdido el intelecto y se ha vuelto semejante a los animales inmundos que se arrastran por el fango. Jumentis insipientibus comparatus est, et similis factus est illis. Oh cristiano, reconoce tu dignidad y, al mismo tiempo, comprende el gran mal que haces cuando te abandonas a palabras, pensamientos y obras impuras. Además, ¿por qué envió Dios un diluvio sobre toda la tierra? Porque la humanidad se había abandonado a la deshonestidad. Omnis caro corruperat viam suam. ¿Por qué envió un incendio sobre Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas? Porque sus habitantes se habían abandonado a este vicio. ¿Por qué Onam fue golpeado por una muerte repentina después de un solo pecado? Porque ese era un pecado de deshonestidad. ¿Qué precepto especial publicó Dios desde el monte Sinaí entre truenos y relámpagos? Es el que dice: no fornicar, es decir, no hacer cosas deshonestas. ¿Cuál es el mal que el divino Salvador prohibió fijar con la mirada o retener en el pensamiento? Es la deshonestidad. ¿Cuál es ese gran mal que s. Pablo considera tan grande que no debe nombrarse entre los cristianos? Es la impudicia. Impudicitia nequidem nominetur in vobis.
- De esta doctrina revelada por Dios conocerás el gran mal que es la deshonestidad, pero lo conocerás mucho más si consideras sus funestas consecuencias. Si entras en las familias y preguntas la causa de tantas discordias, de tantas miserias, de tantos patrimonios arruinados, muchos se verán obligados a responder que la causa fue el abominable vicio de la deshonestidad. Preguntemos a los médicos que frecuentan las casas particulares y los hospitales públicos, y nos dirán cuántos son los que mueren en la flor de la vida. ¡Oh! Si las cenizas de estos pudieran hablar desde sus tumbas, nos darían consejos muy útiles. Unos dirían que la deshonestidad fue causa de peleas, juegos, borracheras y muerte. Otros, que ese vicio debilitó su salud y los llevó prematuramente a la tumba, cumpliéndose en ellos que los pecados acortan la vida: dies impiorum bremabuntur.
- Pero pasemos por alto estas desgracias que caen sobre el cuerpo y mencionemos algunos de los males que produce en el espíritu. Dios dice que entregarse a la deshonestidad es lo mismo que perder la fe: luxuriari idem est ac apostatare a Deo. De hecho, vemos a cristianos alegres, llenos de fervor en las prácticas religiosas, asiduos a los sacramentos; pero tan pronto como la deshonestidad se abre camino en su corazón, comienzan a volverse tibios, disminuyen la frecuencia de los sacramentos, se aburren de la palabra de Dios, comienzan a dudar de las verdades de la fe y, cayendo de abismo en abismo, terminan por convertirse en incrédulos y, a veces, en verdaderos apóstatas. Luxuriari idem est ac apostatare a Deo. ¿Qué diremos entonces de los castigos eternos reservados en la otra vida a los impúdicos? No quiero continuar con esta horrible consideración; más bien sugiero algunos medios para mantener alejados de este vicio a los inocentes y preservar a los que han tenido la desgracia de contraerlo. La confesión frecuente y la comunión frecuente son los dos remedios más eficaces. Huir de las conversaciones obscenas, de las lecturas malas, de las personas entregadas al juego, a la embriaguez y a desórdenes similares. Frecuentar la palabra de Dios y leer buenos libros, rezar tres Ave Marías a la Inmaculada por la mañana y por la noche y besar su medalla. Si tú, cristiano, practicas estos medios, sin duda te mantendrás alejado de este tremendo vicio que ya ha enviado tantas almas al infierno.
Ejemplo
Una joven de la ciudad de Turín tuvo la desgracia de abandonarse al vicio del que hablamos. Y como les sucede a muchos otros infelices, también ella perdió la devoción, abandonó la casa paterna para llevar una vida disoluta. Arruinada así en las cosas del alma, pronto lo estuvo también en las cosas del cuerpo; y, caída en una grave enfermedad, estaba casi a punto de morir. Nadie se atrevía a hablarle de religión. Quien se atrevía a decirle alguna palabra era expulsado con execración. Un piadoso sacerdote, informado del triste caso, fue lo suficientemente valiente como para intentarlo también. Se presentó ante la enferma, pero ella, como una furia infernal, le lanzó mil maldiciones y quiso obligarlo a huir. El fiel ministro de Dios lo sufrió todo y, tras muchos incidentes, consiguió que aceptara una medalla de la Inmaculada Concepción. Lleno de esperanza de ganar una hija para María, el sacerdote se marcha y se une a otros devotos que se reúnen en la iglesia para invocar la protección de Aquella que es refugio de los pecadores. Al atardecer de ese mismo día, regresó junto a la enferma, quien lo recibió mejor. Consiguió que rezara tres Ave Marías. Luego se marchó. Aún no había llegado a casa cuando una persona del servicio lo llamó con gran urgencia para que regresara junto a la enferma, que quería confesarse. Acudió rápidamente y la encontró llorando por el dolor de sus pecados, deseando confesarse antes de morir. Hizo su confesión y dio muestras de un arrepentimiento muy sincero. Ella misma pidió recibir la Sagrada Comunión, la extremaunción y la bendición papal, que le fueron administrados rápidamente. Parecía que iba a exhalar su último aliento cuando, reuniendo todas sus fuerzas, dirigió estas últimas palabras a las personas que, en buen número y con gran dolor, se habían reunido alrededor de la cama: «Alégrense todos en su corazón; yo he sido infeliz, el mundo me ha engañado. Yo abandoné a Dios y a su Santísima Madre, pero ella no me abandonó a mí. Ella me concedió no morir de mala muerte, me concedió de su Hijo la gracia de poder confesarme y así cerrar las puertas del infierno y abrirme las del cielo. Después de mi muerte, contad a todos el gran favor que María me ha concedido. Muero, y al morir espero encontrarla en el cielo». Dicho esto, dejó caer la cabeza sobre la cama y, tras unos instantes, expiró.
Jaculatoria
María, eres madre tierna
Por los inocentes, y a la vez
Por el pecador que gime,
Que espera en tu piedad.
Toma mi corazón, oh Virgen,
Tú puedes transformarlo;
Dale tus afectos
Dale tu amor divino.
Oración. Acordaos, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo sexto. La virtud de la pureza
Deus, in adiutorium, etc.
- Tanto horror produce hablar del pecado de la deshonestidad, como consuelo produce hablar de la virtud de la pureza. Esta sola virtud basta para hacer santo a quien la posee. Los amantes de ella en el Evangelio son comparados por Jesús a los ángeles: erunt sicut angeli Dei in caelo. (Mt 22). ¡Oh, cuán digna eres de la estima de los hombres, oh santa virtud de la pureza! Tú conviertes al hombre, que es polvo y ceniza, en un espíritu celestial, en un ángel. Es más, superior a los propios ángeles, porque los ángeles son espíritus puros y nosotros, para conservarla, debemos domar las inclinaciones del cuerpo. Esta virtud es tan preciosa a los ojos de Dios, que el mismo Espíritu Santo nos asegura que no hay nada en el mundo que tenga mayor valor: non est ponderatio digna continentis animae. (Ecl 26). San Juan Evangelista fue el discípulo predilecto de Jesucristo porque conservó esta virtud en grado sublime. Y Dios quiso recompensarle también en la vida presente haciéndole conocer el gran premio que está reservado a los castos y a los vírgenes en el cielo. Mientras estaba exiliado en la isla de Patmos, Dios le reveló muchos misterios, elevándolo para contemplar las bellezas del Paraíso. Entre otras cosas, vio una multitud de bienaventurados vestidos con una túnica blanca y con una palma en la mano; y cantando un himno que nadie más podía cantar, rodeaban constantemente al Salvador por dondequiera que iba. Maravillado, el santo apóstol dijo al ángel que lo acompañaba por el paraíso: «¿Quiénes son estos que gozan de tanta gloria?». El ángel respondió: «Estos son los vírgenes, los que no mancharon el manto de la inocencia, y por eso siguen al divino Cordero dondequiera que va. Virgines enim sunt, hi sequuntur agnum quocumque ierit.
- Esta virtud no solo es apreciable a los ojos de Dios, sino que es fuente de bendición también en la vida presente. Dios demostró la gran estima que le tiene con muchos hechos. Quiso tener a san José como padre putativo, que era virgen; quiso nacer de una madre virgen; y lo que es más, que fuera virgen antes del parto, durante el parto y después del parto. El Espíritu Santo nos dice que con la virtud de la pureza nos vienen todos los bienes: venerunt omnia bona pariter cum illa. De hecho, aquellos que tienen la suerte de poder hablar con aquellas almas que conservan este precioso tesoro descubren una tranquilidad, una paz en el corazón, una alegría tal, que superan todos los bienes de la tierra. Los ves pacientes en la miseria, caritativos con el prójimo, pacíficos ante las injurias, resignados ante las enfermedades e s, atentos a sus deberes, fervientes en las oraciones, ansiosos por la palabra de Dios. Ves en su corazón una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente.
- Ánimo, pues, cristiano, haz todo lo posible por conservar el tesoro inestimable de esta virtud. Si lo haces, te elevarás por encima de todos los hombres y serás igual a los ángeles del cielo, incluso en la vida presente. Pero si quieres consumar esta virtud, debes imitar a la Virgen María. Imítala en la diligencia en las prácticas religiosas y en el ejercicio de la humildad, porque solo los humildes son fortalecidos por Dios para combatir las tentaciones de los sentidos. Imítala en la discreción, de modo que tus conversaciones no sean con otras personas sino con los ángeles, es decir, con personas que hablan de las cosas del Señor, y no de las cosas desordenadas del mundo. Imítala tratando con personas que amen esta virtud, y especialmente huyendo de personas del sexo opuesto. Imítala en la modestia de la mirada, en la sobriedad al comer y beber, en la huida de los teatros, los bailes y otros espectáculos peligrosos. Si imitas así a la Santa Virgen, estarás seguro de conservar intacta la virtud de la pureza aquí en la tierra, para obtener luego una gloriosa recompensa en el cielo.
Ejemplo
- Luis Gonzaga puede servir de modelo a todos aquellos que desean conservar la virtud de la que hablamos. Desde muy joven era tan reservado que cuando los sirvientes iban a ayudarle a vestirse, ni siquiera se atrevía a dejar ver sus pies descalzos; era tan modesto en la mirada que nunca había mirado fijamente a su propia madre. Un día se encontraba en compañía de otras personas, cuando una persona ya bastante mayor comenzó a hablar de cosas indecentes. «¡Eh!», dijo Luis, «esa forma de hablar no es propia de alguien con el pelo tan blanco, y menos aún en presencia de estos jóvenes cristianos que le escuchan». El anciano se sonrojó y se calló. Sin embargo, para asegurarse de conservar esta virtud, San Luis comenzó desde muy tierna edad a practicar una devoción filial a Aquella que es llamada Madre purísima y protectora poderosa de quienes quieren ofrecer su corazón a Dios. A la edad de solo diez años hizo voto de castidad perpetua, poniéndose bajo la poderosa protección de María y rogándole que le ayudara a conservar esta virtud hasta la muerte. La Santa Virgen le concedió su deseo, y Luis se encuentra entre las almas privilegiadas que llevaron a la otra vida la estola de la inocencia bautismal, que sin duda le forma ahora en el cielo una corona especial de gloria eterna.
Jaculatoria
María concebida sin pecado original, ruega por nosotros, que recurrimos a ti[6] .
Oración. Acuérdate, oh Virgen María, toda piadosa…
Día vigésimo séptimo. El respeto humano
Deus, in adiutorium, etc.
- Si alguien te preguntara, oh cristiano, qué es el respeto humano, tal vez le responderías que ni siquiera lo sabes. Y yo te digo casi lo mismo. Sin embargo, por algo que ni siquiera sabemos lo que es, muchos se pierden eternamente. Para dar alguna definición a este enemigo de las almas, me parece que se puede decir: un temor vano que nos impide hacer el bien o nos empuja a hacer el mal para no desagradar a los hombres. Créeme, cristiano, muchos seguirían el camino de la virtud si este vano temor no los engañara y los hiciera abandonar el bien que deben hacer, llevándolos a cometer el mal que en su corazón querrían evitar. Ese joven quiere entregarse a Dios, santificar las fiestas, ir a escuchar la palabra de Dios. Pero teme a sus compañeros, que se burlen de él. Ese padre de familia querría alejarse de ese juego, de esa taberna, no quería quedarse en la plaza durante las horas de las funciones sagradas, querría cuidar mejor de su familia, pero teme ser ridiculizado por algunos compañeros de juego, por lo que continúa en el mal. Otros dicen: si no voy más a esa casa, dirán que el confesor me lo ha prohibido. Si abandono a esos compañeros, dirán que quiero irme al desierto. Si no participo en esas conversaciones obscenas, dirán que no tengo espíritu. Si me acerco a los sacramentos con mayor frecuencia, dirán que quiero hacerme fraile. Y por estos vanos temores se sigue en el mal, se omiten las prácticas más importantes para el alma. ¡Desgraciados! ¿No sabéis que la sabiduría del mundo es necedad ante Dios? Sapientia huius mundi stultitia est apud Deum?
- Pero ten por seguro que, en su mayor parte, no se dicen esas cosas, es un temor vano lo que te hace pensar así. Créeme, si te ven constante en el cumplimiento de tus deberes, te tendrán en gran estima. Y además, aunque dijeran tales cosas, ¿acaso sufrirías algún daño en tus bienes o en tu reputación? Y aunque sufrieras algún daño, ¿deberías por ello hacer lo que dice el mundo y no lo que dice Dios? Habla el mundo, habla Jesucristo; ¿quién es más digno de ser escuchado? ¿Es mejor escuchar a Jesucristo e ir a la vida eterna, o escuchar al mundo e ir al infierno? ¡Oh, necios! decía un buen cristiano a algunos que querían incitarlo al mal, necios que sois; si por escucharos voy al infierno, ¿acaso vendréis a sacarme?
- Si lo que hemos dicho en general no basta para hacernos despreciar el respeto humano, al menos nos resuelva lo que dice Jesucristo en el santo Evangelio. Escuchemos sus palabras: «Quien me confiese, yo le confesaré ante mi Padre celestial; y quien se avergüence de confesarme ante los hombres, yo también me avergonzaré de confesarle ante mi Padre celestial». Ánimo, cristiano, y que nunca las charlas del mundo te hagan omitir algún bien y te induzcan a hacer algún mal.
Ejemplo
Un soldado llamado Belsoggiorno rezaba cada día siete Padrenuestros y siete Avemarías en memoria de los siete gozos y los siete dolores de la Santísima Virgen. Si durante el día no tenía tiempo, lo hacía por la noche antes de acostarse. Es más, si al acostarse se acordaba de que no había cumplido con este deber, se levantaba enseguida y rezaba de rodillas dicha oración. ¡Imagínense las risas y los gestos de desprecio que le habrán hecho sus compañeros! Él no les prestó atención y perseveró en su oración. Un día de batalla, Belsoggiorno se encontraba en primera fila, en presencia del enemigo, esperando la señal para atacar. Entonces se acordó de que no había dicho su oración habitual, y rápidamente se santiguó y comenzó a recitarla. En cuanto se dieron cuenta sus compañeros, comenzaron a burlarse de él, y las burlas pasaron de boca en boca, hasta que casi todos se rieron de él. Belsoggiorno había aprendido a vencer el respeto humano y, al ver que las palabras de sus compañeros no le hacían ningún daño, continuó con su oración. Mientras tanto, se libró una batalla sangrienta para ambos bandos. Pero cuál fue la sorpresa de Belsoggiorno cuando vio tendidos en el suelo a todos los que un momento antes se burlaban de él, sin que él hubiera sufrido ninguna herida. No pudo evitar sentirse lleno de temor y gratitud hacia la poderosa protectora María, que lo había salvado. En el resto de aquella guerra, que fue muy larga, nunca sufrió ninguna herida. Oh devoto de María, no te avergüences nunca de saludar a esta Madre piadosa cada vez que pases por delante de alguna de sus iglesias, estatuas o imágenes. Y cuando oigas en la calle la señal del Ave María, descubre tu cabeza sin respeto humano y recítala con devoción, porque María nos recompensará con creces por este homenaje (Por varios autores).
Jaculatoria
Oh, dulce y tierna Madre,
Fuente de santo amor,
Haz que una parte de tu fervor
Descienda a mi corazón.
Haz que el pensamiento profano
Con desdén desprecie,
Que me habitúe a buscar
La gloria del Señor.
Oración. Recuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día vigésimo octavo. Del Paraíso
Deus in adiutorium, etc.
- Hoy te propongo un tema consolador, oh cristiano, para que lo medites. Se trata del paraíso. Para que te hagas una idea, consideremos las cosas visibles de la tierra y luego compárelas con las del cielo. Imagina una noche serena: ¡qué hermoso es ver el firmamento celeste con esa multitud y variedad de estrellas! Supón también un hermoso día en el que la claridad del sol no impida ver las estrellas y la luna. Reúne luego todo lo grande, precioso, sabroso y exquisito que se puede encontrar en el mar, en los países, en las ciudades y en las cortes de los reyes y monarcas de todo el mundo: todo esto es nada si se compara con la gloria del paraíso, porque esto es una idea de los bienes de la tierra; pero ¿qué será cuando seamos admitidos por Dios para contemplar y disfrutar de los inmensos bienes que hay en el reino de esa gloria? ¿Nos gusta la libertad? Pues bien, en el paraíso podremos pasear a nuestro antojo por todos los lugares, por el aire, por la luna, por las estrellas, por el sol. Podremos en un instante trasladarnos del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, podremos penetrar en los lugares más cerrados, en los rincones más secretos, sin obstáculos y sin temor. ¿Nos gusta la música? ¡Pero qué dulce música será la de los ángeles y los santos en el paraíso! Un solo instrumento celestial tocado por unos instantes por un serafín arrebató de sus sentidos al extasiado san Francisco de Asís. ¿Nos gusta ser literatos? Vamos al cielo y en un instante seremos más sabios que Salomón, más iluminados que todos los filósofos; allí, en un instante, sin aburrimiento y sin fatiga, aprenderemos las ciencias más sublimes. ¿Nos gusta contemplar la belleza de las criaturas? Pero ¿cuánto más bello debe ser el Creador?
- Considera luego la alegría que sentirá el alma al encontrarse con sus parientes y amigos, al contemplar la nobleza, la belleza, la multitud de querubines, serafines y todos los ángeles, todos los santos, que por millones y millones alaban y bendicen al Creador. Allí veremos a Adán, Abraham, los patriarcas, los profetas, el coro de los apóstoles, el inmenso número de mártires, confesores y vírgenes. ¡Cuánto disfrutan en ese reino afortunado! Siempre están alegres, sin enfermedades, sin penas, sin preocupaciones que perturben su alegría, su contentamiento: neque luctus, neque clamor erit ultra.
- Pero observa, oh cristiano, que lo que hemos considerado hasta ahora es muy poco en comparación con el gran consuelo que se siente al ver a Dios. Él consuela a los bienaventurados con su mirada amorosa y derrama en sus corazones un mar de delicias. Ya no lo veremos con los ojos de la fe, sino que lo veremos cara a cara, contemplaremos de cerca su rostro, su divina majestad. Videbimus eum sicuti est. El bienaventurado quedará tan sumergido en las delicias que exclamará: «Estoy saciado, Señor, de tu gloria. Satiabor cum apparuerit gloria tua». Así como el sol ilumina y embellece todo el mundo, así Dios con su presencia ilumina todo el paraíso y llena a sus afortunados habitantes de una alegría incomprensible. Por eso, todas las huestes de los ángeles, los santos y los bienaventurados, en el colmo de su alegría, cantarán en señal de gratitud a Dios: Santo, santo, santo es el Dios de los ejércitos, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Ánimo, pues, cristiano, te tocará sufrir algo en este mundo, pero la recompensa que recibirás en el cielo compensará infinitamente todo lo que sufras en la tierra. Qué gran consuelo será para ti cuando te encuentres en el cielo en posesión de la bienaventurada eternidad, en compañía de tus parientes, amigos, santos y bienaventurados, y digas: «Estaré siempre con el Señor, mi felicidad nunca más me faltará: semper cum domino erimus». Entonces bendecirás el momento en que te entregaste al Señor, « », bendecirás el momento en que hiciste aquella buena confesión y comenzaste a acercarte con frecuencia a los santos sacramentos; bendecirás el día en que, dejando las malas compañías, te entregaste a la virtud; y, lleno de gratitud, te volverás hacia tu Dios, cantándole alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Así sea.
Ejemplo
Algunas apariciones de María en la vida presente bastaron para llenar de alegría extraordinaria a sus devotos. ¿Qué será entonces de disfrutar para siempre de su compañía en el cielo? Cuenta san Gregorio Magno que una joven llamada Musa era muy devota de María, pero tenía el defecto de entretenerse con sus compañeras en frivolidades. Para que con el paso de los años no perdiera la devoción y la inocencia, María quiso llevársela consigo. Pero primero, como madre tierna, la preparó poco a poco. Una noche se le apareció esta señora junto con muchas doncellas que parecían de la misma edad, y le dijo: «¿Quieres acompañar a estas doncellas y ser mi sierva?». «Ojalá, Dios quiera», respondió Musa, «que con mucho gusto sería su compañera». «Vamos, dijo la santa María, si quieres conseguir tal favor, debes cambiar de costumbres y no hacer más bromas y frivolidades. Si lo haces, volveré con ellas dentro de un mes y te convertirás en una de estas hermosas doncellas». Al ver esto, Musa se quedó atónita y se puso tan seria que parecía haber madurado; se recluyó, hablaba poco, rara vez reía y ya no hacía nada propio de una niña. Sus padres, al ver tal cambio, le preguntaron qué le pasaba, y ella les contó lo que había visto. Ellos lo consideraron un sueño, pero como el plazo fijado era breve, esperaron a ver qué pasaba. Se acercaba el trigésimo día y la muchacha enfermó de tal manera que en un instante se vio en peligro de muerte. Estando con los ojos cerrados, los abrió de repente y vio a la Beatísima Virgen , con la misma compañía que antes la había llamado. Entonces Musa respondió: «Aquí estoy, Señora, te sigo; aquí estoy, Señora, voy», y diciendo esto murió para acompañar al coro de las santas vírgenes en el cielo y cantar para siempre las alabanzas de Jesús y de su Santísima Madre.
Jaculatoria
Oh, qué premio y qué corona
A nuestra fidelidad
El Señor promete y da
En la inmensa eternidad.
Querido Dios, bondad infinita
Quiero serte fiel;
Te ofrezco mi corazón, te ofrezco mi vida.
Solo dame un día de cielo.
Oración. Acuérdate, oh Virgen María…
Día vigésimo noveno. Un medio para asegurarse el Paraíso
Deus, in adiutorium, etc.
- Un medio muy eficaz, pero muy descuidado por los hombres para ganarse el cielo, es la limosna. Por limosna entiendo cualquier obra de misericordia ejercida hacia el prójimo por amor a Dios. Dios dice en la Sagrada Escritura que la limosna obtiene el perdón de los pecados, aunque sean muchos. Eleemosyna operit multitudinem peccatorum. El divino Salvador dice así en el Evangelio: lo que os sobre de vuestras necesidades, dadlo a los pobres. El que tiene dos vestidos, que dé uno al necesitado, y el que tiene más de lo necesario, que lo comparta con el hambriento (Lc 3). Dios nos asegura que cuanto hacemos por los pobres, Él lo considera como hecho a sí mismo: todo aquello, dice Jesucristo, que hagáis a uno de mis hermanos más desdichados, me lo habéis hecho a mí. (Mt 25). ¿Deseáis que Dios os perdone vuestros pecados y os libre de la muerte eterna? Dad limosna. Eleemosyna ab omni peccato et a morte liberat. ¿Queréis impedir que vuestra alma vaya a las tinieblas del infierno? Dad limosna. Eleemosyna non patietur animam ire ad tenebras. (Tob. A.) En resumen, Dios nos asegura que la limosna es un medio muy eficaz para obtener el perdón de nuestros pecados, para que encontremos misericordia ante los ojos de Dios y para que alcancemos la vida eterna. Eleemosyna est quae purgat a peccato, facit invenire misericordiam et vitam aeternam.
- Si, pues, deseas que Dios te tenga misericordia, comienza tú a tenerla hacia los pobres. Dirás: yo hago lo que puedo. Si haces lo que puedes, quédate tranquilo. Pero ten cuidado, porque el Señor te dice que des a los pobres todo lo superfluo: quod superasti, date pauperibus. Por eso te digo que son superfluas esas compras y esos aumentos de riqueza que tienes año tras año. Superflua es esa exquisitez que tienes en los objetos de mesa, en las comidas, en las alfombras, en los vestidos, que podrían servir para los que tienen hambre, para los que tienen sed y para cubrir a los desnudos. Superfluo es ese lujo en los viajes, en los teatros, en los bailes y en otros entretenimientos, donde se puede decir que va a parar el patrimonio de los pobres.
Dirás: yo no tengo riquezas; si no tienes riquezas, da lo que puedas. Pero no te faltan medios y maneras de dar limosna. ¿No hay enfermos a quienes visitar, asistir, velar? ¿No hay jóvenes abandonados a quienes acoger, instruir, alojar en tu casa, si puedes, o al menos llevar a donde puedan aprender la ciencia de la salud? ¿No hay pecadores a quienes amonestar, dudosos a quienes aconsejar, afligidos a quienes consolar, disputas que apaciguar, injurias que perdonar? ¡Mira con cuántos medios puedes dar limosna y merecer la vida eterna! ¿No puedes hacer algo más, como rezar, confesarte, comulgar, rezar un rosario, asistir a misa en sufragio de las almas del purgatorio, por la conversión de los pecadores o para que los infieles sean iluminados y vengan a la fe? ¿No es también una gran limosna quemar libros perversos, difundir libros buenos y hablar todo lo que puedas en honor de nuestra santa religión católica?
- Hay otro motivo que debe animarnos a dar limosna, y es el que menciona el Salvador en el santo Evangelio. Él dice así: no daréis a los pobres un vaso de agua fresca sin que vuestro Padre celestial os lo pague. De todo lo que deis a los pobres, recibiréis cien veces más en la vida presente y una recompensa en la vida eterna. De modo que dar algo a los pobres en la vida presente es multiplicar, es decir, es dar prestado cien por uno también en la vida presente, reservándonos Dios la plena recompensa en la otra vida.
He aquí la razón por la que se ve a tantas familias dar limosnas abundantes en todas partes y crecer siempre en riquezas y prosperidad. La razón la dice Dios: dad a los pobres, y se os dará; dad, y se os dará. Se os dará el ciento por uno en la vida presente, y la vida eterna en la otra: centuplum accipiet in hac vita et vitam aeternam possidebit.
Ejemplo
La historia de Tobías es un modelo de cómo se debe dar limosna. Él le dijo a su hijo estas memorables palabras: da limosna según tus posibilidades, y nunca le des la espalda a ningún pobre, porque así sucederá que ni siquiera el Señor te dará la espalda. Sé misericordioso en la medida de tus posibilidades. Si tienes mucho, da en abundancia; si tienes poco, da lo poco que puedas, pero de buen grado, porque la limosna será tu recompensa, que ganarás ahora y será un tesoro ante Dios en el día de la necesidad. Recuerda, hijo mío, que Dios ama al que da de buen corazón (Tob. 4).
Imitemos también a María en dar limosna. Ella, guiada por un verdadero espíritu de caridad, fue a visitar a santa Isabel y se quedó en su casa tres meses sirviéndola como humilde criada. Fue invitada a una boda en la ciudad de Caná, en Galilea. A mitad del banquete faltó el vino. No pudiendo proveer ella misma, invitó a su hijo Jesús, quien, a petición suya, convirtió el agua en vino. Imaginemos cuántas gracias y bendiciones obtendrá María en el cielo de su amado Jesús en favor de aquellos que, con sus consejos, sus obras, sus oraciones, sus limosnas o de cualquier otra manera, ejercen actos de misericordia hacia el prójimo.
Jaculatoria
Dichoso quien en el mundo
Sepa hacer con sus riquezas
Alegrías perpetuas
En la gloria del Señor.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día trigésimo. María, nuestra protectora en la vida presente
Deus, in adiutorium, etc.
- Estamos en este mundo como en un mar tempestuoso, como en un exilio, en un valle de lágrimas. María es la estrella del mar, el consuelo en nuestro exilio, la luz que nos indica el camino al cielo y nos seca las lágrimas. Y esto lo hace esta tierna madre al obtener para nosotros continuas ayudas espirituales y temporales. No podemos entrar en algunas ciudades, en algunos pueblos, donde no haya algún monumento de las gracias obtenidas por María a sus devotos. Dejando a un lado los numerosos santuarios famosos de la cristiandad, donde miles de testimonios de gracias recibidas cuelgan de las paredes, mencionaré solo el de la Consolata, que afortunadamente tenemos en Turín. Ve, lector, y con fe de buen cristiano entra en esos muros sagrados y contempla los signos de gratitud hacia María por los beneficios recibidos. Aquí ves a un enfermo enviado por los médicos, que recupera la salud. Allí, gracia recibida, y hay uno que ha sido liberado de las fiebres; allá, otro sanado de la gangrena. Aquí, gracias a la gracia recibida, hay uno que ha sido liberado por intercesión de María de las manos de los asesinos; allá, otro que no fue aplastado bajo una enorme roca que caía; allí, por la lluvia o la serenidad obtenida. Si echas un vistazo a la plazita del santuario, verás un monumento que la ciudad de Turín erigió a María en el año 1835, cuando fue liberada de una mortífera epidemia de cólera que asolaba horriblemente los barrios cercanos.
- Los favores mencionados se refieren únicamente a las necesidades temporales, ¿qué diremos de las gracias espirituales que María ha obtenido y obtiene para sus devotos? Sería necesario escribir grandes volúmenes para enumerar las gracias espirituales que sus devotos han recibido y reciben cada día de manos de esta gran benefactora del género humano. ¡Cuántas vírgenes deben la preservación de su estado a su protección! ¡Cuántos consuelos a los afligidos! ¡Cuántas pasiones combatidas! ¡Cuántos mártires fortalecidos! ¡Cuántas insidias del demonio superadas! S. Bernardo, después de enumerar una larga serie de favores que María obtiene cada día para sus devotos, termina diciendo que todo el bien que nos viene de Dios nos viene por medio de María: Totum nos Deus habere voluit per Mariam.
- No solo es la ayuda de los cristianos, sino también el sostén de la Iglesia universal. Todos los títulos que le damos recuerdan un favor; todas las solemnidades que se celebran en la Iglesia tienen su origen en algún gran milagro, en alguna gracia extraordinaria que María obtuvo en favor de la Iglesia.
Cuántos herejes confundidos, cuántas herejías erradicadas, hasta el punto de que la Iglesia expresa su gratitud diciendo a María: Tú sola, oh gran Virgen, fuiste la que erradicaste todas las herejías: cunctas haereses sola interemisti in universo mundo.
Ejemplos
Citaremos algunos ejemplos que confirman los grandes favores que María obtuvo para sus devotos. Comencemos por el Ave María. El saludo angelical, es decir, el Ave María, está compuesto por las palabras que el ángel dirigió a la Santa Virgen y por las que añadió Santa Isabel cuando fue a visitarla. La santa María fue añadida por la Iglesia en el siglo V. En este siglo vivía en Constantinopla un hereje llamado Nestorio, hombre lleno de soberbia. Llegó a la impiedad de negar públicamente el augusto nombre de Madre de Dios a la Santísima Virgen. Era esta una herejía que pretendía derribar todos los principios de nuestra santa religión. El pueblo de Constantinopla se estremecía de indignación ante tal blasfemia; y para esclarecer la verdad se enviaron súplicas al sumo pontífice, que entonces se llamaba Celestino, pidiendo instantemente una reparación al escándalo. El pontífice, en el año 431, convocó un concilio general en Éfeso, ciudad de Asia Menor a orillas del Archipiélago. A este concilio asistieron obispos de todas las partes del mundo católico. S. Cirilo, patriarca de Alejandría, lo presidió en nombre del Papa. Todo el pueblo permaneció desde la mañana hasta la noche a las puertas de la iglesia donde se habían reunido los obispos; cuando vio abrirse la puerta y aparecer a San Cirilo a la cabeza de más de 200 obispos, y oyó pronunciar la condena del impío Nestorio, las palabras de júbilo resonaron en todos los rincones de la ciudad. En boca de todos se repetían las siguientes palabras: «¡El enemigo de María ha sido vencido! ¡Viva María! ¡Viva la grande, la excelsa, la gloriosa madre de Dios!». Fue en esta ocasión quela Chiesa añadió al Ave María estas otras palabras: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores. Así sea». Las otras palabras «ahora y en la hora de nuestra muerte» fueron introducidas por la Iglesia en tiempos posteriores. La solemne declaración del Concilio de Éfeso, el augusto título de madre de Dios dado a María fue confirmado también en otros concilios, hasta que el papa Gregorio I instituyó la fiesta de la Maternidad de la Beata Virgen, que se celebra cada año el segundo domingo de octubre. Nestorio, que se atrevió a rebelarse contra la Iglesia y blasfemar contra la Gran Madre de Dios, fue severamente castigado también en esta vida.
Otro ejemplo. En tiempos de San Gregorio Magno, una gran pestilencia asolaba muchas partes de Europa, especialmente Roma. S. Gregorio, para poner fin a este flagelo, invocó la protección de la gran madre de Dios. Entre las obras públicas de penitencia, ordenó una solemne procesión con la imagen milagrosa de María que se veneraba en la Basílica de Liberio, hoy Santa María la Mayor. A medida que avanzaba la procesión, la enfermedad contagiosa se alejaba de aquellos barrios, hasta que, al llegar al lugar donde se encontraba el monumento del emperador Adriano (que por este motivo fue llamado Castillo de Sant’Angelo), apareció sobre él un ángel con forma humana. Este guardó en su vaina la espada ensangrentada en señal de que la ira divina se había apaciguado y que, por intercesión de María, el terrible flagelo iba a cesar. Al mismo tiempo, se oyó un coro de ángeles cantando el himno: Regina coeli laetare alleluia. El s. pontífice añadió a este himno otros dos versículos con la oración, y desde entonces comenzó a ser utilizado por los fieles para honrar a la Virgen María en el tiempo pascual, tiempo de alegría por la resurrección del Salvador. Benedicto XIV concedió las mismas indulgencias del Angelus Domini a los fieles que lo recitan en tiempo pascual.
El uso de recitar el Angelus es muy antiguo en la Iglesia. Al no saberse la hora exacta en que fue anunciada la Anunciación, si por la mañana o al atardecer, los primeros fieles la saludaban en estos dos momentos con el Ave María. De ahí surgió más tarde la costumbre de tocar las campanas por la mañana y por la tarde, para recordar a los cristianos esta piadosa costumbre. Se cree que fue introducida por el pontífice Urbano II en el año 1088. Él había ordenado algo para animar a los cristianos a recurrir a María para implorar por la mañana su protección en la guerra que entonces ardía entre los cristianos y los turcos, y por la tarde para implorar la felicidad y la concordia entre los príncipes cristianos. Gregorio IX, en 1221, añadió también el sonido de las campanas al mediodía. Los pontífices enriquecieron este ejercicio de devoción con muchas indulgencias. Benedicto XIII, en 1724, concedió la indulgencia de 100 días por cada vez que se recitara, y a quien la recitara durante un mes entero, la indulgencia plenaria, siempre que en un día del mes se hubiera confesado y comulgado.
Jaculatoria
Oh María, abogada nuestra,
Dispensadora de toda gracia,
Mensajera de la salud
Al justo y al pecador.
¡Oh, desde el cielo, Madre piadosa!
Vuelve tur mirada a los devotos,
Atiende nuestros votos,
Oh gran Madre del Señor.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Día trigésimo primero. María, nuestra protectora en el momento de la muerte
Deus, in adiutorium etc.
- María protege a sus devotos en todas las necesidades de la vida, pero los protege mucho más en el momento de la muerte. Como un capitán corre a defender la fortaleza cuando está en peligro, así María viene a combatir a los enemigos de nuestra alma, que harán todos sus esfuerzos para ganarse nuestra alma en esos momentos extremos de la vida. María será una capitana terrible, que a modo de un ejército ordenado reprimirá los ataques del enemigo infernal; terribilis ut castrorum acies ordinata.
- Luis Gonzaga, en los últimos momentos de su vida, consolado por María, no solo no temía a la muerte, sino que estaba lleno de alegría a medida que se acercaba la última hora de su vida. Notemos que María es tan terrible para los espíritus malignos que, como dice san Buenaventura, al invocar su nombre, todo el infierno tiembla: ab invocatione nominis tui trepidai spiritus malignus. Por lo que el enfermo, libre de tentaciones, se dispone a morir santamente. Así, el hijo de santa Brígida, llamado Carlo, fue liberado de las insidias del demonio, y ni la Madre de la misericordia permitió que los enemigos del alma entraran en la habitación del enfermo. Así se lo reveló Dios a la misma s. Brígida.
- Consideremos a María como nuestra madre y tendremos una idea de las gracias que nos obtendrá en el momento de la muerte. Las madres terrenales nunca abandonan a sus hijos. Cuanto más crecen sus miserias y sus males, tanto más se esfuerzan con maternal solicitud por levantarlos en medio de cualquier peligro. Así, María, que tanto ama a sus hijos en vida, ¿con qué ternura, con qué bondad correrá a protegerlos en los últimos instantes, cuando más lo necesitan? Ella misma reveló a santa Brígida estas precisas palabras: «Yo, como madre fiel, quiero estar presente en la muerte de todos los que me han servido, quiero estar presente, quiero protegerlos, quiero consolarlos».
- María ayuda a todos sus devotos en el momento de la muerte, mostrándose a veces de forma visible. Tal es el sentimiento de san Buenaventura, de san Carlos Borromeo, de s. Felipe Neri, de san Alfonso y de muchos otros. Tal es también el pensamiento de la Iglesia, que llama a María auxilium christianorum, ayuda de los cristianos. Esta ayuda debe ser ciertamente mayor cuando los peligros son mayores, como en el momento de la muerte. Esto es precisamente lo que pedimos cada día cuando decimos: Santa María, ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte. Pero más tiernas y consoladoras que todas son las palabras que dicen los ministros sagrados y los demás que recitan el oficio de la Santísima Virgen, cuando invocan: María, madre de la gracia y de la misericordia, defiéndenos de las insidias del enemigo infernal y acoge nuestra alma en la hora de la muerte. Tu nos ab hoste protege, et mortis hora suscipe.
Ejemplo
Podría citar aquí muchos ejemplos en los que María se entregó visiblemente a favorecer a sus devotos en el momento de la muerte. Solo mencionaré uno, remitiendo al lector especialmente a la obra insigne de Pallavicino, que relata cien de ellos, todos señalados y narrados con esa reserva crítica que es la principal cualidad de ese ilustre escritor. El doctor de la Iglesia Vincenzo Belloacese expone lo siguiente. Un sacerdote fue invitado a prestar los últimos sacramentos a una moribunda. Al llegar a la iglesia, tomó consigo el Santísimo Sacramento y se dirigió al lugar donde se encontraba la enferma. Al entrar en una habitación miserable, desprovista de toda comodidad, vio a la pobre agonizante que yacía sobre un poco de paja sumida en la más absoluta miseria, por lo que sintió en su alma un dolor de verdadera compasión; pero el dolor se convirtió en sorpresa cuando vio un coro de vírgenes que bajaban del cielo expresamente para prestar ayuda y consuelo a la pobre moribunda. Y lo que es más, la misma Madre de Dios con su santa mano servía a su devota. Ante tal espectáculo, el sacerdote no se atrevía a avanzar, cuando la gloriosa Virgen le dirigió una mirada benigna, se arrodilló inclinando la frente hasta el suelo para adorar a su Hijo sacramentado. Hecho esto, Ella y las otras vírgenes, igualmente inclinadas, se levantaron y se retiraron a un lado para dejar paso libre al vicario. Además, cuando la viuda pidió confesarse antes de recibir la Sagrada Hostia, la Santa Virgen se levantó inmediatamente del suelo y, al no encontrar nada, tomó un asiento rústico y lo llevó con sus propias manos al lugar donde el confesor podía oír mejor la confesión sacramental. El humilde sacerdote no se atrevía a sentarse en presencia de Jesús y María, pero se vio obligado a hacerlo para obedecer las señales de María. Oída la Confesión, administró el Viático a aquella alma felicísima, la cual, transportada por el amor de Dios, por la compañía de María y de las demás Vírgenes gloriosas, se separó del cuerpo para volar al cielo y dar gracias por todos los siglos a su gran benefactora.
Jaculatoria
¡Oh! Madre incomparable
que en la vida y en la hora postrera
Eres nuestra verdadera esperanza,
Conforta nuestro corazón.
Haz que en los últimos suspiros,
Ante el horror de la muerte,
Pronuncien el alma y el corazón:
María, esperanza y amor.
Oración. Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…
Primer día de junio. Modo de asegurarse la protección de María
Deus, in adiutorium, etc.
- Ahora que hemos terminado el mes de María, considero oportuno concluirlo con algunos recuerdos útiles para asegurarnos la protección de nuestra gran Madre en la vida y en la muerte. María, siendo nuestra madre, ciertamente aborrece los ultrajes que se cometen contra Jesús, su hijo. Por lo tanto, quien desee gozar de su patrocinio en la vida y en la muerte, debe abstenerse del pecado. Sería vana nuestra esperanza si creyéramos gozar de la protección de María, ofendiendo a su Hijo Jesús, a quien ella ama por encima de todo. Pero no solo debemos cuidarnos de ofender a Jesús, sino que también debemos meditar con todas las fuerzas de nuestro corazón los divinos misterios de su pasión y seguirlo en la penitencia. María misma dijo un día a santa Brígida: «Hija mía, si quieres hacerme algo agradable, ama de corazón a mi hijo Jesús».
María es refugio de los pecadores, por lo que también nosotros debemos esforzarnos con santos consejos, con solicitud, con oraciones, con buenos libros y de otras maneras para conducir las almas a Jesús y aumentar los hijos de María. Nada le importa más a Jesús que la salvación de las almas; por eso María, que ama tiernamente a su Hijo, no puede recibir mayor homenaje que el que se le hace ganándole alguna alma.
Debemos además procurar ofrecerle en homenaje la victoria sobre alguna pasión. Así, si alguien de naturaleza colérica, estalla a menudo en actos de impaciencia, en imprecaciones y blasfemias, o ha adquirido la costumbre de hablar de forma indecente y con poco respeto por las cosas de la religión, conviene que refrene su lengua para hacer un homenaje agradable a la Virgen. En definitiva, cada uno debe esforzarse por huir del mal y hacer el bien por amor a María.
- Entre los muchos homenajes que podemos rendir a María está el prepararnos para celebrar devotamente sus solemnidades con triduos, novenas y octavillas, según se acostumbre hacer en las iglesias públicas o incluso en las casas particulares. Santa Isabel, reina de Portugal, ayunaba con pan y agua todos los sábados y todas las vísperas de las solemnidades de la Virgen. Otros suelen confesarse y comulgar todos los días festivos, como hacían s. Luis Gonzaga, s. Estanislao Kostka y otros. Otros dan limosna a los pobres, y la dan en sufragio de aquellas almas que fueron más devotas de María en vida. Hay también algunos devotos de María que, en su honor, asisten a menudo a la santa misa con la intención de dar gracias a la SS. Trinidad, que elevó a María al trono más hermoso del cielo. Otros veneran con especial culto a los santos más cercanos a ella, como san José, su santísimo esposo, san Joaquín y santa Ana, sus felices padres.
- Hay también prácticas especiales de devoción, que son como llamas de fuego que encienden a esta piadosa Madre de amor por nosotros. Por ejemplo, el Angelus por la mañana, al mediodía y por la tarde; el Rosario todos los días o al menos en cada día festivo; asistir a las vísperas, participar en los ejercicios de piedad que se hacen los sábados en honor a su corazón inmaculado. Pero os recomiendo que cada noche, antes de acostaros, recéis tres veces la siguiente jaculatoria: Querida Madre Virgen María, haz que salve mi alma. Recordemos siempre que ser devotos de María es uno de los medios más seguros para alcanzar la vida eterna. Ella misma nos lo asegura diciendo: «Los que son devotos míos tendrán vida eterna: qui elucidant me, vitam aeternam habebunt».
Ejemplo
Os recomiendo que nunca dejéis pasar un sábado sin hacer algo en honor a María. Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos solían practicar alguna devoción a la Santa Virgen el día del sábado. El sábado significa descanso, y se elige para aludir al descanso, es decir, a la morada que el Verbo Divino se dignó hacer en el seno purísimo de María. Uno de los más fervientes propagadores del culto a María en el día del sábado fue san Ildefonso, arzobispo de Toledo. Él había compuesto algunos cánticos en alabanza a esta madre de misericordia, y el sábado siguiente oyó a los ángeles cantarlos en la iglesia, en medio de los cuales se encontraba la misma Virgen. Después de este hecho, el culto del sábado se extendió rápidamente por toda Europa. Desde el siglo X era costumbre abstenerse de comer carne en ese día en honor a María. Poco después se compuso la Misa y el oficio propio para recitarse en ese día. Tanto la Misa como el oficio fueron aprobados por el papa Urbano II en el concilio de Chiaramonti en el año 1095. No dejemos pasar ningún sábado sin practicar algún acto de virtud en honor a María y, si podemos, tomemos la santa Comunión o, al menos, asistamos a Misa en sufragio de las almas del purgatorio.
Jaculatoria
¡Oh, si un día pudiera ver
Todos los corazones languidecer de amor
Por tan bella reina y escuchar
Su nombre ser alabado por doquier;
Para que en la tierra, por cada confín,
Resonara con dulce armonía:
¡Viva, viva por siempre María!
¡Viva Dios que tanto la amó!
Oración. Acuérdate, oh piadosa Virgen María…
Para ofrecer el corazón a María se elige el primero de junio, consagrado a su Sagrado Corazón, o también otro día antes o después, especialmente si es una fiesta solemne, como Pentecostés, Corpus Domini o similares. Para ofreceros a vosotros mismos y todo el mes, que dedicaréis en honor de María, el día anterior a la santa Confesión, os dispondréis a recibir la Santísima Comunión con singular fervor y disposición de piadosos pensamientos y devotos afectos, después de lo cual, habiendo dado las gracias como soléis, debéis con fervor:
- Ofrecer a María todas las devociones que hayáis practicado durante todo el mes, y presentárselas en homenaje a su adorable corazón.
- Adorar ahora y durante el día el corazón de María, que, como reveló el Señor, es el fin de su amor y del amor de todos los corazones después del de Jesús, está lleno de toda gracia, es ese corazón del que y por el que toda gracia desciende sobre nosotros.
- Unid vuestro corazón al corazón de todos los santos, sobre todo de aquellos que en esta vida fueron más devotos de María, para suplir así la imperfección de vuestro amor.
- Rogad a la Virgen para que acepte siempre la ofrenda que le hacemos de nuestro corazón, concediéndonos poder acudir algún día a rendirle homenaje perfectamente en el cielo, como ahora se lo rendimos débilmente en la tierra.
- In Este día, recen vuestras oraciones con más fervor y devoción, visiten alguna iglesia o imagen de María, den limosna, en definitiva, empleen este día de la manera más santa que puedan.
Jesús y María vivan siempre en vuestro corazón.
Fórmula de la ofrenda del corazón a María
Santísima Virgen, Madre de Dios María, yo, N. N., aunque soy un pecador indigno, postrado a tus pies, en presencia del Dios todopoderoso y de toda la Corte celestial, te presento y te ofrezco mi corazón con todos sus afectos: te lo consagro y quiero que sea siempre tuyo y de tu querido Jesús. Acepta, oh Madre benignísima, de este pobre siervo tuyo la devota ofrenda unida al corazón de todos los santos, y haz que desde este momento comience y siga viviendo en el futuro únicamente para ti, para tu santísimo Hijo y mi Dios. Con su divina ayuda y con tu amorosa asistencia espero hacerlo, y por mi parte lo prometo. Entre vuestros dos corazones, Jesús y María, poned mi pobre corazón, para que se inflame todo de vuestro amor purísimo, a fin de que, viviendo de vuestro hermoso fuego en la tierra, arda luego de amor eterno por vos en el cielo, en compañía de los ángeles y los santos.
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que nunca se ha oído en el mundo que hayáis rechazado o abandonado a nadie que implorara vuestros favores. Animado por esta confianza, me presento ante vos. No desprecies, oh Madre del Verbo eterno, las oraciones de este tu humilde hijo, escúchalas favorablemente, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Así sea.
Indulgencias concedidas por el papa Pío IX
Con gran consuelo anunciamos a nuestros lectores que el Santo Padre, el reinante Pío IX, se ha dignado impartir la bendición apostólica a todos aquellos que de alguna manera se dedican a la difusión de las Lecturas Católicas.
El sacerdote Giovanni Bosco, con el vivo deseo de promover las alabanzas y los cánticos espirituales en honor de Dios, de la Santísima Virgen María y de los santos, ha suplicado al sumo pontífice reinante que conceda las siguientes indulgencias, a las que el Santo Padre ha accedido benignamente firmando con su propia mano el venerado rescripto.
- Indulgencia de un año a quienes enseñen gratuitamente el canto de las alabanzas sagradas, practicándolo en público o en privado al menos alguna vez; otra de cien días a quienes lo practiquen en oratorios públicos o privados cada vez que se celebre.
- Indulgencia plenaria que se obtendrá al final del mes mariano por quienes durante el mismo se hayan dedicado de manera especial a cantar alabanzas sagradas en la iglesia y hayan participado en la devoción del mes mariano.
3.Indulgencia Plenaria una vez al mes para aquellos que, al menos en cuatro días festivos o incluso laborables, participen en cantar o enseñar alabanzas sagradas; y esta Indulgencia se podrá ganar en el día en que se haya recibido previamente la Confesión y la Comunión. Para que se puedan obtener las indulgencias mencionadas, se requiere que las alabanzas cuenten con la aprobación de la autoridad eclesiástica.
- Estas indulgencias pueden aplicarse a las almas de los fieles difuntos.
Romae apud S. Petrum, die 7 aprilis 1858.
Benigne annuimus iuxta petita
PIUS P. P. IX.
Alabad a María,
oh lenguas fieles.
Resuene en los cielos
vuestra armonía.
Alabad, alabad, alabad a María.
María, eres un lirio
De pura blancura
Que enamora el corazón
De tu Hijo, el Verbo.
Alabad, etc.
De luz divina
Eres noble aurora,
El sol te adora.
La luna se inclina.
Alabad, etc.
Con pie poderoso
El jefe enemigo
Tú pisoteas a la antigua
Serpiente maligna.
Alabad, etc.
Tu pecho puro
dio alimento y refugio
Al gran niño
Jesús Nazareno.
Alabad, etc.
Ya reinas bienaventurada
Entre coros angelicales,
Con cantos sonoros
Exaltado por todos.
Alabad, etc.
El cielo te concede
Las gracias más bellas,
Y un giro de estrellas
Te forma una corona.
Alabad, etc.
Oh Madre de Dios,
y mística rosa
Socorre piadosa
Mi espíritu.
Alabad, alabad, alabad a María.
Con aprobación de la Revisión Eclesiástica.
Turín, tip. G. B. Paravia e Compagnia, 1858
[1] V. El mes de mayo; Génova, 1747.
[2] El reinante Pío IX concede la indulgencia de cien días cada vez que se reza esta jaculatoria.
[3] El reinante Pío IX concede la indulgencia de cien días cada vez que se recita la jaculatoria mencionada.
[4] El reinante Pío IX concedió la indulgencia de trescientos días cada vez que se recita esta oración de San Bernardo con corazón contrito, y la indulgencia plenaria a quien la recite durante un mes entero, para aprovechar en un día del mencionado mes elegido a su arbitrio.
[5] El reinante Pío IX concede 300 días de indulgencia cada vez que se recita esta jaculatora; y quien la recite todos los días durante un mes obtendrá la indulgencia plenaria en el día en que se confiese y comulgue.
[6] El reinante Pío IX concede la indulgencia de 100 días cada vez que se recita esta jaculatoria, y la indulgencia plenaria a quien la diga durante un mes, en el día en que se confiese y comulgue.

