Tiempo de lectura: 6 min.
La figura del Siervo de Dios Carlos Crespi (1891–1982) se cuenta entre las experiencias misioneras más significativas de la tradición salesiana del siglo XX. Sacerdote, educador y hombre de vasta cultura científica y artística, supo orientar sus talentos al servicio de los jóvenes y de los pobres. Llegado a Ecuador en 1923, pasó casi toda su vida en Cuenca, donde promovió obras educativas, sociales y pastorales que marcaron profundamente la vida de la ciudad. Junto a la actividad cultural y el compromiso educativo, la atención a los más necesitados —niños, chicos de la calle y familias pobres— permaneció siempre en el centro de su apostolado. Por ello, el pueblo lo recordó sobre todo como el «padre Crespi», un sacerdote cercano a la gente y animado por una gran confianza en la Providencia.
Carlo Crespi nace en Legnano (Milán) el 29 de mayo de 1891, hijo de Daniele y Luisa Croci. Era el tercero de trece hermanos. Al igual que Juan Bosco, desde muy joven fue colmado por el Señor de grandes dones: inteligencia, generosidad y voluntad. Después de asistir a una escuela local, a los doce años conoció a los Salesianos en el Colegio San Ambrosio de Milán, donde completó sus estudios de bachillerato. “Cuando estudiaba en el colegio, cuenta, la Virgen me mostró un sueño revelador: me vi vestido de sacerdote con una larga barba sobre un viejo púlpito, predicando delante de mucha gente. El púlpito, sin embargo, no parecía una iglesia, sino una choza…”.
En 1903, fue a completar sus estudios en el liceo salesiano de Valsalice (Turín) y se sintió llamado a la vida salesiana. Hizo el noviciado en Foglizzo. El 8 de septiembre de 1907 hizo su primera profesión religiosa y en 1910 su profesión perpetua. Comenzó a estudiar filosofía y teología en Valsalice; al mismo tiempo enseñaba ciencias naturales, matemáticas y música. En 1917 fue ordenado sacerdote. En la Universidad de Padua descubrió la existencia de un microorganismo desconocido hasta entonces, que despertó el interés de los científicos. En 1921 se doctora en ciencias naturales, a lo que sigue un diploma en música. En 1923, siguiendo el camino que le indicaba la Virgen, partió en misión a Ecuador.
Desembarcó en Guayaquil y se dirigió a Quito; poco después se trasladó a Cuenca, donde permanecería el resto de su vida. Comenzó su ingente labor en favor de los pobres: hizo instalar luz eléctrica en Macas, en plena selva amazónica, y abrió una escuela agrícola en Cuenca, trayendo de Italia maquinaria y personal especializado. En poco tiempo, como por arte de magia, implantó lo que se conoció como la revolución blanca: la Normal Orientalista, el Instituto Cornelio Merchán, el Colegio Técnico, la Quinta Agronómica, el Teatro Salesiano, la Gran Casa de la comunidad. El Padre Crespi se multiplica: ¡es un hombre que nunca descansa! Mientras durante el día dirige y financia sus obras, por la noche continúa el trabajo que quedó inconcluso. Día y noche, personas sin recursos acuden a él en colas interminables: y él mete la mano en el gran bolsillo de su sotana negra y el dinero sale como por arte de magia. Generaciones de personas le siguen en el tiempo, beneficiándose del corazón generoso y tierno de este sacerdote que siembra la semilla de escuelas, campos de deportes, refectorios para los niños pobres.
Divulgó con todas sus fuerzas la devoción a María Auxiliadora, pasando parte de su tiempo en el santuario del mismo nombre. Su confesionario, sobre todo en los últimos años de su vida, está abarrotado y la gente comienza espontáneamente a llamarle “San Carlos Crespi”. Siempre está entre los pobres: los domingos por la tarde catequiza a los niños de la calle, dándoles, además de entretenimiento, el pan de cada día. Organiza talleres de corte y confección para las chicas pobres de la ciudad. Recibe numerosas condecoraciones, entre ellas: la Medalla de Oro al Mérito del Presidente de la República de Ecuador; el Canonato Honorario de la Catedral de Cuenca; la Medalla de Oro al Mérito Educativo del Ministro de Educación; la Encomienda de la República Italiana; la declaración de “conquense más ilustre del siglo XX”; el Doctor Honoris Causa post mortem de la Universidad Politécnica Salesiana. Falleció en Cuenca el 30 de abril de 1982. Todo Ecuador lloró la muerte de un santo hijo de Don Bosco.
- El secreto del Padre Crespi
En su inmensa obra y en sus múltiples actividades subyacía el deseo de imitar a Cristo en su amor preferencial por los pobres, en su acercamiento a los pequeños, en su preocupación por los pecadores, olvidándose de sí mismo y con gran humildad, reflejada en la sencillez de sus gestos. Con el paso de los años, sus intereses científicos y académicos disminuyeron, y su dedicación a los pobres y a los niños abandonados fue cada vez más predominante. Su humildad también se aprecia en la raída sotana que viste, en los zapatos rotos y la frugal comida, en la sobria pequeña habitación amueblada sólo con una cama de madera. Los numerosos reconocimientos que recibió por su labor en el ámbito científico, artístico y cultural iban dirigidos a sus pobres: «Excelencia», respondió cuando le concedieron el título de canónigo honorario, «el padre Crespi no busca medallas, sino pan, arroz y azúcar para sus pobres hijos». Fue un hombre de alta cultura en el campo científico como historiador y arqueólogo, en el cultural como músico y pianista. Se distinguió como confesor por un estilo sobrio, pero lleno de humanidad, bondad y ternura: el verdadero rostro del amor misericordioso de Dios. Llegó a confesarse 16 horas al día sin comer nada. Dejó como testamento que amaba mucho a María Auxiliadora y a los niños pobres.
Se le recuerda en sus movimientos frenéticos cotidianos entre el confesionario y el altar, entre el santuario y la escuela, con una sonrisa de niño en los labios, los ojos vivos bailando alegremente, los dedos de la mano derecha desplegando un viejo rosario. Una vida de alabanza a Dios y de entrega amorosa al prójimo, un contemplativo en acción, un monje de Dios en medio de un pueblo de pecadores. A los noventa años era un hombre y un niño; un hombre de contrastes típicamente evangélicos: revelaba la Providencia en la pequeñez, la Sabiduría en la ingenuidad, la Bondad en la firmeza, la Misericordia en la capacidad de crear de la nada un maravilloso mundo de valores. Supo convertir sus dotes y habilidades de músico profesional, educado en la tradición clásica europea, en la sencillez y la cultura de los indígenas. Pasó de sintonizar la música profundamente sentimental del pueblo y los motivos queridos por la gente sencilla, a escuchar durante horas y horas las miserias de la gente, las desavenencias de la vida, los espantos del pecado y la pasión habitual. Cambió la música por el confesionario, la escala de los sonidos por el abanico de las miserias humanas. Merece la pena recordar otra conversión: de una vocación juvenil y temprana experiencia misionera por las ciencias naturales, a una pasión de servicio y entrega a los necesitados.
- Cunecano de elección
Amaba al pueblo de Cuenca y era querido y venerado por él como un santo: amaba a la gente importante por su cultura, a los niños por su inocencia y bondad, a los pobres por ser amigos de Cristo. Para los niños organizó el oratorio festivo, para los chicos una escuela con unos 1.500 alumnos, fundó el teatro y un museo de gran prestigio y valor científico y cultural. Con el tiempo, la ciudad de Cuenca y el Padre Crespi se convirtieron en una pareja inseparable; él llegó a esta ciudad ecuatoriana el 24 de abril de 1923 y permaneció en ella hasta su muerte: ¡unos 60 años!
Por los muchos años que vivió en Cuenca, recibió muchos premios. El “milagro” del Padre Crespi fue el resultado de su ilimitada confianza en la Providencia, incluso en la hora de la prueba, como cuando, en 1962, las llamas devoraron rápidamente el gran instituto que había construido con tantos sacrificios. Llegó al final de su larga y laboriosa vida, amado y venerado como un patriarca bíblico. Muchos creían que era de origen noble, hijo de condes, pero con mirada de fe y santa astucia afirmaba: “Todos somos hijos de Dios, ¡éste es el mejor título!”
Permaneció con los pequeños hasta el final de su vida, favoreciendo la obra y el espíritu del oratorio salesiano, que consideraba la obra genial de Don Bosco, la más bella, la más satisfactoria. El oratorio animado por juegos, películas bíblicas, cómicas, aventureras, formado a través de clases de catecismo, recordado y amado por sus celebraciones alegres y fraternas. Y el Padre Crespi en medio de sus muchachos con su legendaria campana, dando órdenes, gritando, siempre con una mirada paternal y comprensiva. La ciudad de Cuenca lo venera y admira como una reliquia de santidad y sabiduría. Para el pueblo de esta ciudad ecuatoriana fue guía, padre, consejero, confesor, hijo ilustre, cuya Causa de Beatificación y Canonización se inició en 2006.

