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«Las Filoteas son filantrópicas», escribía Francisco de Sales, queriendo con ello demostrar que no había ninguna contradicción entre los dos términos. El amor de Dios es inseparable del amor del hombre y existe una estrecha correspondencia entre los dos amores; de hecho, «dondequiera que florece el amor de Dios, también florece el amor del prójimo». Es más, el crecimiento de uno no puede darse sin el crecimiento del otro: «Son dos amores que no pueden ir el uno sin el otro, y cuanto más amamos a Dios, más amaremos también al prójimo».
¿Por qué amar al prójimo?
Los dos mandamientos del amor de Dios y del amor del prójimo son similares, a pesar de la distancia que separa lo infinito de lo finito, lo inmortal de lo mortal, el cielo de la tierra; esto en virtud del hecho de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Todos podemos constatar que somos «la imagen los unos de los otros», porque todos llevamos en nosotros la imagen del Creador.
Otra razón se extrae del misterio de la Encarnación, es decir, de la vida y de la pasión de Cristo. En un notable capítulo del Teótimo, el autor expone en forma de «lista» o «resumen» las doce propiedades del amor mediante el cual Jesús ha manifestado «la benignidad y el amor de Dios por los hombres»: la complacencia, la benevolencia, la unión, la efusión, el éxtasis, la admiración, la contemplación, la tranquilidad, la ternura, el celo, la languidez y la muerte.
El monte Calvario se convierte para el autor del Teótimo en el «monte de los amantes», llamado así porque ha sido la montaña de aquel que se ha enamorado de la humanidad. Ahora, el amor por el hombre, vivido por Jesús, se convierte en nuestro amor, y su sangre derramada constituye como el «cemento» que nos une estrechamente los unos a los otros:
Querámonos, pues, mucho los unos a los otros, y para tal fin utilicemos ese motivo que tiene tanta fuerza para incitar a la santa dilección, o sea, que Nuestro Señor desde la cruz ha derramado sobre la tierra su sangre hasta la última gota, como para hacer un cemento sagrado, con el cual murar, unir, conjuntar y ligar todas las piedras de su Iglesia.
Finalmente, hay que amar al prójimo y a cada persona, porque Dios ha creado a los seres humanos «para hacer compañía a su propio Hijo, participar de sus gracias y de su gloria y adorarlo y alabarlo por la eternidad». Nadie está predestinado al infierno y a la condenación. Dios quiere que todos los hombres se salven, y cada uno, por su parte, está llamado a cooperar libremente en la obra de salvación. Dios deja a cada persona su libertad, pero la libertad conlleva la responsabilidad: «Aquel que nos ha creado sin nosotros, no os salvará sin vosotros; nos ha hecho sin que lo supiéramos, no os salvará sin que lo queráis».
Caridad en pensamientos, en palabras, en obras y en la paciencia
El amor del prójimo puede ser practicado de diversas maneras, empezando por la caridad en los pensamientos y en las palabras. Amarlo en los pensamientos quiere decir no juzgarlo. Quiere decir intentar ver el aspecto positivo en todas las acciones de nuestro prójimo: «Si una acción pudiera tener cien caras, debéis mirar la más bella».
Hay personas que sienten un placer sádico en encontrar el mal o en convertir en mal todo lo que se encuentra en el prójimo: «No se asemejan a las abejas sino a las avispas, animales asquerosos, que vuelan efectivamente sobre las flores, pero no para extraer de ellas la miel, sino el veneno; y si recogen la miel es para cambiarla en hiel».
La caridad en los pensamientos defiende de hacer juicios temerarios, tema importante al que la Introducción a la vida devota consagra un capítulo. Con sorprendente fineza, el autor pone al desnudo una buena docena de motivos que empujan a hacer juicios sobre los demás: a veces será a causa de un carácter «rígido y áspero», pero sobre todo por orgullo, por el pésimo placer que los errores del prójimo hacen «saborear», para «secundar y excusar» los propios vicios, por el gusto de «filosofar» sobre «usos, costumbres y humores de las personas», por amor o por odio hacia los demás, por ambición, por celos, por miedo y finalmente por «otras debilidades de espíritu».
Para curar de este mal es necesario corregir la inclinación de nuestros «afectos» y cultivar el a priori positivo. Seamos prudentes en nuestros juicios: «¿Quién podría asegurarnos que aquel que, ayer, era pecador y malo, sea tal también hoy?». Después de su conversión no se podrá decir más que Zaqueo era un ladrón, y María Magdalena, después de su cambio de vida, debe ser llamada «archivirgen».
La caridad en palabras, además, es tan difícil de observar que el autor le ha dedicado varios capítulos de la Filotea. La recomendación fundamental reza: «Vuestro discurrir sea dulce, franco, sincero, claro, cordial y verdadero. Guardaos de las dobleces, de los artificios y de las ficciones».
Él se detiene en particular sobre tres grandes defectos de la conversación: la maledicencia, la calumnia y la burla. Los dos primeros son graves porque «con la maledicencia y la calumnia se clava la lengua en la sangre del prójimo». La maledicencia, «verdadera peste de las conversaciones», «está entre los primeros puestos» entre los «efectos extremadamente perniciosos» del juicio temerario. En cuanto a la burla, es «el género de ofensa más malvado que se pueda hacer al prójimo con las palabras; porque las otras ofensas se hacen con alguna estima del ofendido, pero esta solamente con desprecio».
Pero estos son solamente los aspectos negativos de la caridad. ¿Cómo servir al prójimo mediante la palabra? La respuesta se encuentra en esta recomendación a Filotea: «Cuando la caridad lo impone, debemos comunicarnos con claridad y dulzura con el prójimo, no solo en lo que es necesario para su instrucción, sino también en lo que es útil para consolarlo».
La caridad se ejerce además en dos frentes: la ayuda activa y la paciente tolerancia del prójimo, en otros términos con la acción y la paciencia. La primera consiste en actuar eficazmente a su favor y es el amor de benevolencia o amor efectivo. Concierne al bien a nivel tanto temporal como espiritual:
El amor perfecto del prójimo, que viene de Dios, se comunica de varios modos: lo ayuda con las palabras, con las obras y con el ejemplo; provee, en cuanto le es posible, a todas sus necesidades; se alegra por su fortuna y felicidad temporal, pero mucho más por su progreso espiritual; le procura los bienes temporales en cuanto le pueden servir para obtener la beatitud eterna; le desea los bienes principales de la gracia y de las virtudes que lo pueden perfeccionar según Dios; se los procura a través de todas las vías lícitas y con gran afecto.
Pero existe otra forma de caridad: es la caridad pasiva de la compasión, de la tolerancia mutua y del ofrecimiento de los sufrimientos. Se verifican de hecho situaciones en las que no se puede hacer nada, pero siempre se puede amar. Según Francisco de Sales, la caridad se manifiesta no solamente en acciones; ella probablemente encuentra más ocasiones y demuestra mayor fuerza cuando uno sufre por amor a los demás. La mutua tolerancia constituye, en consecuencia, un elemento fundamental del programa cristiano: «¡Ah! Hija mía, una parte notable de nuestra perfección consiste precisamente en esto: que sepamos soportarnos mutuamente en nuestras imperfecciones. ¿Cómo podríamos, de hecho, ejercer el amor del prójimo, si no nos tuviéramos que soportar?». El caso límite es la actitud de Jesús en la cruz, privado totalmente de todo poder, pero animado por una caridad infinita que obra la salvación del mundo.
En ciertas situaciones, cuando se vuelve casi imposible, humanamente hablando, soportar con dulzura al prójimo, la única solución es mirarlo con los ojos y soportarlo con el corazón de Cristo:
¿Cuándo aprenderemos a ver las almas de nuestro prójimo en el sagrado pecho del Salvador? ¡Ay! quien ve al prójimo fuera de ese pecho, corre el riesgo de no amarlo pura ni constante y justamente; pero allí dentro, ¿quién no lo amaría? ¿quién no lo soportaría? ¿quién no toleraría sus imperfecciones? ¿quién lo encontraría desgraciado? ¿quién lo encontraría aburrido? Ahora, mi queridísima Hija, nuestro prójimo está precisamente allí, en el seno y en el pecho de nuestro divino Salvador; está allí como objeto amadísimo y tan amable, que el Amante muere de amor por él.
El cristiano que quiere bien al prójimo no realiza cada día gestos extraordinarios, sino que se acuerda de poner en práctica el programa trazado por san Pablo: «La caridad es paciente, benévola, liberal, prudente, condescendiente».
La dulzura, flor de la caridad
Se podría decir que la caridad vivida a la manera salesiana se llama dulzura, o que la dulzura es la forma concreta de vivir la caridad según el obispo de Ginebra. Es el espíritu de la Visitación: un espíritu no solamente de humildad hacia Dios, sino también de «dulzura hacia el prójimo». Para Francisco de Sales, además de ser una virtud entre las otras, la dulzura es la «flor de la caridad». Muchos admiradores del obispo de Ginebra han considerado que ella era el signo distintivo del espíritu salesiano. Como la humildad debe marcar la relación con Dios, así la dulzura está llamada a resumir la actitud hacia el prójimo.
A esta luz, el binomio «caridad y dulzura» ya no es considerado como una aproximación de dos virtudes separadas, sino más bien como la síntesis de la enseñanza salesiana atinente al amor del prójimo.
Francisco de Sales no ama la «dulzura ceremoniosa» o las dulzuras que no son «auténticas y sinceras, sino artificiosas y aparentes». Por eso asocia de buena gana a la dulzura otras virtudes, en particular la simplicidad, virtud evangélica por él muy apreciada:
La virtud de la simplicidad es opuesta y contraria al vicio de la astucia, vicio fuente de sutilezas, artificios, dobleces. La astucia es un cúmulo de artificios, de engaños, de malicias, y es por medio de la astucia que hacemos invenciones para llevar a engaño el espíritu del prójimo y de aquellos con los cuales tenemos que tratar, para conducirlos al punto por nosotros querido […]; cosa infinitamente contraria a la simplicidad, que requiere tener nuestro interior exactamente respondiendo a nuestro exterior.
La dulzura no excluye del todo la ira. A propósito de la mansedumbre declara que ella «manipula y modera la ira y la cólera para retenerlas en los confines de la razón; la ira de hecho bien guiada es buena, y la mansedumbre tiene tal encargo, de usar no obstante solamente rara y solamente cuando hay que mostrar gran coraje en las ocasiones en que es necesario vencer, superar las dificultades y castigar los errores».
Aunque la dulzura no deba confundirse con la exagerada sensibilidad y la afectación, sin embargo ella no excluye en absoluto el mundo de los sentimientos y de la afectividad. Es hecha objeto de frecuentes e insistentes recomendaciones, dirigidas en particular a la señora Brulart:
Haced todo lo que podáis para adquirir una dulzura particular hacia los vuestros, quiero decir hacia vuestra familia. No digo que sea necesario ser blandos o demasiado remisos, sino dulces y suaves. En esto hay que pensar cuando se entra en casa, cuando se sale de ella, cuando se está dentro por la mañana, a mediodía y en cualquier otra hora; es necesario dedicar algún tiempo para cuidar de modo particular la práctica de esta virtud, dejando casi de lado todo lo demás.
Con personas enfadadas no hay otro medio para calmarlas: «Nada apacigua más al elefante enfurecido que la vista de un corderito, y nada absorbe la violencia de los cañonazos mejor que la lana». Tal método vale también en grandes controversias políticas y religiosas, como en la dañina querella acerca del poder de los papas sobre los príncipes, donde «la prudencia y la dulzura son mucho más útiles que la encendida doctrina y ardor de espíritu».
La dulzura no es otra cosa sino la caridad manifestada con humildad, fineza, afabilidad y cordialidad. El término cordialidad era tan querido por Francisco de Sales, hasta el punto de inducirlo a hacerlo objeto de uno de sus Entretenimientos con las visitandinas. Ofrece también una definición: «La cordialidad no es otra cosa sino la esencia de la verdadera y sincera amistad, la cual no puede darse solamente entre personas razonables, que suscitan y nutren sus amistades por medio de la razón». Y más adelante: «Tal vez me preguntaréis: pero ¿qué significa amistad cordial? Equivale a indicar una amistad que tiene su fundamento en el corazón».
El amor cordial se manifiesta también con la afabilidad y con la «buena conversación»: la afabilidad «pone una cierta dulzura en los asuntos y en las comunicaciones serias que tenemos entre nosotros», mientras la buena conversación «nos hace agradables y aceptos en las comunicaciones menos serias que tenemos con el prójimo».
Mostrar que se ama
Hay que amar al prójimo, pero eso no basta; hay que mostrar que se le ama y es necesario que el otro sepa que es amado. En la Filotea comentará: «Debemos amar al prójimo como a nosotros mismos: para mostrar que amamos al prójimo, no debemos evitar estar junto a él»; la huida de las conversaciones nos impide mostrar que se le ama y eso «sabe a suficiencia y a desprecio del prójimo».
En sus Entretenimientos con las primeras visitandinas insiste sobre este punto: «Debemos manifestar el amor por nuestras queridas hermanas y demostrar que nos agrada su trato». Imitemos al gran Apóstol: «El mismo san Pablo, que nos enseña a actuar de modo que nuestros afectos sean manifestados santamente, quiere y nos enseña a hacerlo con gentileza, dándonos el ejemplo: Saludad, dice, a fulano, que sabe de cierto que le quiero de corazón, y a aquel otro que debe saber que le quiero como a un hermano, y en particular a su madre, que sabe con certeza que es también la mía». De tal modo podrá nacer la reciprocidad, que no es solamente el fundamento de la amistad, sino también la condición para una auténtica relación educativa o de otro tipo.
Su enseñanza se volverá más explícita hablando con las visitandinas, en particular a propósito de las inclinaciones y aversiones naturales. La cuestión reviste una cierta importancia: mostrar afecto a una persona hacia la cual se siente aversión ¿no es hipocresía? El fundador responde fundándose en la distinción entre la parte inferior del ser, la de las pasiones y de las antipatías y simpatías naturales, y la parte superior que es nuestro verdadero yo. Una puntualización se imponía: «Hay un engaño en el espíritu de muchas personas, las cuales piensan que tratar con cortesía y dar testimonio de amistad a aquellos por los cuales sienten aversión sean actos de doblez y de artificio, lo cual no es verdad; de hecho, las aversiones son involuntarias y residen en la parte inferior del alma, la voluntad las rechaza, aunque no se vayan.
Una manera entre las más habituales de manifestar que se ama es la «condescendencia», una actitud espiritual a la que está consagrado un Entretenimiento entero. Ella no designa solamente un comportamiento social, a priori bastante sospechoso, sino más bien, como emerge de su etimología, la actitud de aquel que desciende para ponerse exactamente al mismo nivel del otro. El término recuerda la condescendencia de Dios que se hace uno de nosotros. San Anselmo, un santo «cuyo nacimiento ha honrado mucho nuestras montañas», porque – así decía el obispo de Ginebra – había nacido en Aosta, en los confines de Saboya con el Piamonte, era célebre por su «gran docilidad y condescendencia». El «arte mayor» de san Pablo, además, era el, a su modo de decir «de hacerme todo a todos, reír con quien ríe, llorar con quien llora, beber con quien bebe, para hacerme una sola cosa con cada uno».
¿Amar hasta qué punto?
De la semejanza entre el amor del prójimo y el amor de Dios, Francisco de Sales extrae una importante consecuencia: debemos amar al prójimo sin medida. Predica esta verdad a las visitandinas, citando una conocida sentencia de san Bernardo, según el cual, «la medida de amar a Dios es amarlo sin medida»:
Debemos amar a nuestras hermanas con toda la capacidad de nuestro corazón, y no contentarnos con amarlas como a nosotras mismas, según la obligación del mandamiento de Dios; sino que las debemos amar más que a nosotras mismas, para observar las normas de la perfección evangélica, que nos lo pide. Lo ha dicho Nuestro Señor: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Esto debe ser considerado con mucha atención: Amaos como yo os he amado, esto quiere decir más que a nosotros mismos.
Si el fin al que tiende el amor no puede ser otro sino la unión con la persona amada habrá que decir que, como el amor de Dios tiende a la unión con Dios, así el amor del prójimo está naturalmente orientado a la unión con él. El cristiano buscará la unión con el prójimo con el fin de establecer con él «un solo corazón y una sola alma». La perfección de la caridad está en la «unión de nuestras almas con Dios y con el prójimo».
Francisco de Sales se refiere aquí a la unión espiritual, que consiste en la unión de las voluntades o de los corazones. Querer juntos la misma cosa, querer lo que quiere el otro; esto es la perfección del amor del prójimo, como la perfección del amor de Dios está en querer lo que él quiere. «Cuando el alma dice sinceramente: Yo no tengo ya ninguna voluntad sino la tuya, Señor, entonces se encuentra completamente unida a Dios; así, renunciando a nuestra voluntad para hacer siempre la del prójimo, realizamos la verdadera unión con el prójimo: y todo esto hay que cumplirlo por amor de Dios».
Convertirse en «un solo corazón y una sola alma» parece ser el ideal del obispo de Ginebra, el cual se acuerda de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como es descrita por los Hechos de los Apóstoles. El deseo por él expresado al final de una carta a Juana de Chantal corresponde a un deseo de unidad, que no podrá realizarse sino a través de una admirable transformación de alquimia espiritual:
Ese fuego sagrado que transforma todo en sí mismo, quiera transformar nuestro corazón, de modo que no sea ya otra cosa que amor, y así nosotros mismos no seamos ya amantes, sino amor, y no ya dos, sino uno solo, puesto que el amor une todas las cosas en la suprema Unidad.
En verdad, «el amor unifica, une, recoge, reúne, estrecha y lleva todo a la unidad». Ya el pagano Aristóteles lo había comprendido: «Cuando – así dice él – queremos expresar cuánto amamos a nuestros amigos, decimos: su alma y la mía no son más que una sola alma».

