20 Jun 2026, Sáb

Don Costantino Vendrame: apóstol del Sagrado Corazón en la India es Venerable

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El 22 de mayo de 2026 el Papa León XIV autorizó al Dicasterio de las Causas de los Santos a publicar el decreto de Venerabilidad que reconoce la heroicidad de las virtudes de don Costantino Vendrame, misionero que llevó la sonrisa de Don Bosco a las cumbres de Assam. Don Costantino vivió el Evangelio de manera extraordinaria, encarnando el sistema preventivo de Don Bosco en tierras lejanas y la Iglesia lo señala como un modelo seguro de vida cristiana a imitar.

 

 

Una vocación nacida entre las colinas de Treviso

Nació el 27 de agosto de 1893 en San Martino di Colle Umberto (Treviso), en una familia pobre pero rica en fe, en un hogar que fue su primer seminario. En aquella pobreza digna y laboriosa, marcada precozmente por lutos y enfermedades, Costantino aprendió la gramática del sacrificio: vivió en un ambiente familiar y parroquial donde el sacrificio era el pan de cada día y la fe la luz del camino. Esta humildad de sus orígenes forjó en él ese rasgo de genuina salesianidad: la capacidad de estar entre la gente con sencillez y amor. Costantino sintió precozmente la llamada al sacerdocio. Tras sus primeros pasos en el seminario diocesano de Ceneda, su ardiente deseo por las misiones y de entregarse totalmente al Señor lo empujó, en 1912, hacia los Salesianos de Don Bosco. Su formación no fue solo académica, sino que se forjó a través de la práctica de la vida religiosa, unida a la prueba de fuego de la Primera Guerra Mundial. En aquellos años de conflicto, no suspendió su búsqueda de Dios, sino que fue un soldado ejemplar, demostrando que la fidelidad a la vocación puede resplandecer incluso entre las alambradas de las trincheras, como se desprende de esta carta escrita a su hermana Angela, con quien compartía la pasión misionera: “Inflamado, desde mis primeros años por la idea del apostolado cristiano llevado hasta su más fuerte y pura expresión, sin haber podido aún dar rienda suelta a esta llama sagrada, sin haber podido aún dejar liberar libremente este cúmulo de energías que cada vez más siento multiplicarse en mí, siento un inmenso alivio al encontrar almas a las que pueda desvelar toda mi alma sin temor a ser incomprendido y tal vez incluso burlado. Tú eres precisamente una de estas almas ya que en tus queridas cartas manifiestas penetrar profundamente el sentido de las cosas divinas y sabes saborear lo bueno que es el Señor con las almas que se entregan enteramente a Él… ¡Oh, si pudiera tenerte como compañera en este apostolado cuando sea si el Señor me considera digno! Preparémonos por tanto con la oración, mi buena hermana, e invoquemos a Dios por muchas otras almas este espíritu nuevo de apostolado porque la sociedad moderna necesita hombres apostólicos para regenerarse y resurgir a una nueva vida”. Esta constancia prefiguró la heroicidad de su futuro ministerio. Costantino no perdió la brújula de su vocación: ordenado sacerdote el 15 de marzo de 1924 en Milán, recibió el 5 de octubre de aquel año el crucifijo misionero en Turín, en la basílica de María Auxiliadora, como sello de su mandato apostólico. Estaba listo para su tierra prometida: la India.

 

Misionero apostólico en el noreste de la India

Llegado a Shillong el 24 de diciembre de 1924, don Vendrame inauguró una acción apostólica que se haría legendaria. No se limitó a gestionar estructuras, sino que elevó el cargo de párroco, que ocupó casi ininterrumpidamente en Shillong-Laitumkhrah y Shillong-Mawkhar, a una dimensión de itinerancia apostólica total. Su método era el contacto personal: recorría a pie distancias inmensas, haciéndose pobre entre los pobres, para llevar el consuelo de Dios a cada cabaña. Eligió vivir el desgaste de las fatigas y los peligros de la vida apostólica con una sonrisa, haciéndose creíble a los ojos de los últimos porque compartía su misma precariedad. Su obediencia lo llevó también a Wandiwash, en Tamil Nadu (sur de la India), demostrando una disponibilidad universal que superaba las fronteras lingüísticas y culturales. Por donde pasaba, su caridad se convertía en un instrumento de diálogo interreligioso natural: su figura era estimada no solo por los cristianos, sino también por hombres de otras confesiones religiosas, que lo consideraban un verdadero hombre de Dios, capaz de escuchar y de un respeto profundo. Con su caridad atraía a miles de almas a Cristo, evangelizando pueblo por pueblo, cabaña por cabaña. Mons. Stefano Ferrando, hoy Venerable Siervo de Dios, esbozó así el perfil humano y espiritual de don Costantino, siempre volcado al todo del Reino y de las almas por salvar: “Don Vendrame, a su llegada a Assam, fue asignado al noviciado para estudiar los idiomas y aclimatarse. Después de 10 días, tiró las gramáticas al viento y se fue a aprender el idioma khasi en los pueblos, en los barrios populares de la ciudad, rebosantes de multitudes de niños. Con el rostro sonriente se acercó a ellos ganándoselos por las vías del corazón. Comenzó un verdadero oratorio diario. Parecía que se cumplía la visión de Don Bosco. En regiones lejanas y peligrosas, donde tantos intentos habían fracasado, Don Bosco había visto multitudes de jóvenes correr festivos al encuentro de sus Salesianos, exclamando: «Desde hace mucho tiempo os hemos esperado». Era un espectáculo nunca visto en Shillong. Por las calles ya no se murmuraba con desprecio: ki roman (los católicos). Los niños ahora corrían al encuentro de Don Vendrame gritando: Khublei, Phadar (Buenos días, Padre), y con alegría le cogían la mano, se agarraban a su sotana y lo acompañaban. En la puerta las madres miraban y sonreían. Don Vendrame no esperaba a que los paganos vinieran a él: después de haber predicado en los tejados, los iba a buscar para instruirlos en las casas. Tal trabajo solo era posible por la tarde y por la noche, cuando la familia se reúne después del trabajo diario. El fuego está encendido en medio de la habitación. Don Vendrame se sienta en un taburete de pocos centímetros de alto. También todos los demás están en cuclillas alrededor del fuego. El humo pica en los ojos. Don Vendrame habla del reino de Dios, de Jesús, y es escuchado con reverencia, porque nadie les ha hablado nunca de esa manera. Y pasa de cabaña en cabaña y vuelve a casa a altas horas de la noche, caminando por las calles oscuras y desiertas con un bastoncillo y el rosario en la mano, rezando con el catequista”.

 

La prueba del conflicto

El estallido de la Segunda Guerra Mundial transformó a don Vendrame en un enemigo extranjero a los ojos del Imperio británico. Su libertad de movimiento fue drásticamente truncada por el encarcelamiento. Internado primero bajo la vigilancia de los Gurkhas, fue luego trasladado a los campos de Deoli y Dehra Dun. Sin embargo, este inmovilismo forzado no fue un paréntesis estéril; al contrario, este período representa una cumbre de caridad pastoral: privado de la posibilidad de caminar hacia las gentes, don Vendrame se convirtió en el centro de irradiación de la esperanza entre sus compañeros de prisión. En aquellos lugares de sufrimiento demostró que la misión no reside en las piernas del misionero, sino en su corazón ardiente, capaz de consolar y sostener incluso en la oscuridad de la reclusión. Su fuerza espiritual transformó el campo de concentración en una parroquia del espíritu, se convirtió en un faro de consuelo para sus compañeros de infortunio. Un obispo carmelita misionero, que durante la guerra fue su compañero de prisión, pudo escribir de él: “Entre los misioneros que he conocido, don Vendrame es un gigante. Si un hombre logra convertirse en misionero al 100%, este será otro Don Vendrame. Desde entonces, desde que lo conocimos, no tenemos más que conservar en nuestro corazón la huella – porque don Vendrame no dejaba un recuerdo solo en aquellos que encontraba – de este apóstol del Señor, apóstol siempre, no lo fue menos en el campo de concentración, gran apóstol, entre los Khasi insuperable, en el sur de la India inalcanzable, pero sobre todo gran apóstol”.

 

La última misión: la cátedra del sufrimiento y la muerte

Los últimos años de don Vendrame fueron una subida al Calvario. Afectado por una artrosis espinal deformante y probado por dolores punzantes que lo llevaban hasta el desmayo, transformó su lecho de dolor en Dibrugarh en la última y suprema cátedra de enseñanza. La suya no fue una agonía sufrida, sino una participación consciente en la pasión de Cristo, vivida en total oblación. Murió el 30 de enero de 1957, en la víspera de la fiesta de San Juan Bosco. Esta coincidencia temporal no es solo un detalle cronológico, sino un sello carismático: la vida de don Vendrame concluyó en el corazón del carisma salesiano, como un hijo que vuelve al Padre en el día dedicado a su Fundador. Los funerales fueron una explosión de fama de santidad y signos, durante los cuales el pueblo de Dios lo comparó con los gigantes de la Iglesia: con San Francisco Javier por el impulso incansable hacia las periferias extremas de Asia y el ardor evangelizador; con San Pablo por la vastedad de la visión apostólica y el haberse hecho todo a todos en el noreste de la India; con San Vicente de Paúl por la predilección hacia los más pobres y la capacidad de ver a Cristo en los que sufren.

 

Misionero de Esperanza

La proclamación de la Venerabilidad de don Costantino Vendrame es un don que une las colinas de San Martino di Colle Umberto y Vittorio Veneto a las cumbres de Assam y a la arquidiócesis de Shillong. Su figura se convierte en un modelo para la misión actual, especialmente en el diálogo con las culturas y las religiones. Don Vendrame enseña que la santidad salesiana se cumple en la cotidianidad de la presencia y en el don total de sí mismo. Él sigue siendo el apóstol de corazón ardiente, capaz de irradiar la alegría del Evangelio incluso a través del misterio del dolor. Un sacerdote que amó con el corazón de Cristo: cálido y humano, fuerte y fiel, dispuesto a dar su vida hasta el último aliento. En el centro de su anuncio no había teorías, sino el Corazón de Cristo, ese núcleo vivo que él sentía latir por cada criatura. Así lo recordó Mons. Oreste Marengo, obispo misionero y también Siervo de Dios, que conoció bien a don Costantino: “Para mí él fue un salesiano que, como Don Bosco, pensaba, hablaba y juzgaba siempre en términos de almas por salvar, alguien que nunca pensó en sí mismo. Si cometió un error, fue el de descuidarse demasiado porque no veía otra cosa que la necesidad de las almas: la comida y el descanso eran las últimas cosas en las que pensaba”. Los esfuerzos y las privaciones a las que se sometía durante sus giras apostólicas son un secreto conocido solo por Dios; él nunca habló de ello, lo que se sabe es solo lo que nos ha sido referido por la gente a la que se adaptaba en todo y para todo. Así como no se cuidaba a sí mismo, tampoco se buscó nunca a sí mismo en su trabajo. Solo del Sagrado Corazón de Jesús sacó su sed de almas. Su austeridad solo fue superada por su compasión por los pobres.

 

El reconocimiento de sus virtudes heroicas confirma que su historia de gran acción misionera sigue inspirando a la Familia Salesiana, a la Iglesia de Vittorio Veneto y al mundo entero, señalando en el Sagrado Corazón de Jesús la fuente inagotable de toda misión. Su santidad se caracteriza por una docilidad incondicional al Espíritu Santo y por una devoción mariana que sostuvo cada uno de sus pasos. Su vida enseña que la santidad no es una meta para unos pocos, sino un camino de consuelo y amor que, partiendo del corazón de Dios, puede abrazar y transformar el mundo entero.

 

P. Pierluigi CAMERONI

Salesiano de Don Bosco, experto en hagiografía, autor de varios libros salesianos. Es Postulador General de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco.