Tiempo de lectura: 7 min.
Desde hace más de un siglo y medio, en el día de la Natividad de san Juan Bautista, la Familia Salesiana celebra al sucesor de Don Bosco. Una tradición nacida en los patios de Valdocco, que comenzó con dos corazones de plata y se convirtió, con el tiempo, en la gran fiesta de la gratitud de una familia esparcida por todo el mundo.
Quien hubiera entrado en Valdocco en los últimos días de junio, en un año cualquiera de la segunda mitad del siglo XIX, habría respirado un aire de alegre conspiración. Ensayos de banda que se interrumpían de golpe al acercarse una sotana bien conocida, hojas escondidas a toda prisa bajo los pupitres, chicos que repasaban en voz baja versos en italiano, en piamontés, incluso en latín y en francés. Fuera, la ciudad se preparaba para la fiesta de su patrón: la catedral de Turín está dedicada a san Juan Bautista y la víspera la tradicional hoguera iluminaba la noche. Dentro del Oratorio, mientras tanto, se preparaba otra fiesta, más íntima y esperada que ninguna: el santo de Don Bosco.
Cuando importaba el santo
Para entender esta fiesta hay que entrar en la mentalidad de la época: en el Piamonte del siglo XIX el cumpleaños importaba poco o nada; se celebraba el santo, el día del santo del que se llevaba el nombre. El propio Don Bosco estuvo convencido durante gran parte de su vida de haber nacido el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, mientras que los registros parroquiales de Castelnuovo indican el 16 de agosto de 1815: a nadie, en Valdocco, se le ocurrió jamás felicitarle en agosto.
Bautizado con los nombres de Juan Melchor, su día era el 24 de junio, solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista: una de las fiestas más antiguas del calendario cristiano, la única –junto con la Navidad del Señor y la Natividad de María– en la que la liturgia celebra un nacimiento. Y en Turín esa fecha tenía un sabor muy particular, porque el Bautista es el patrón de la ciudad. Así, mientras Turín celebraba a su santo, los chicos del Oratorio celebraban a su padre. Dos fiestas en una: la del Precursor y la de un cura que, entre un juego y una confesión, indicaba a los chicos más pobres de la ciudad el mismo camino.
Dos corazones de plata
La tradición salesiana remonta todo a un gesto preciso. El 24 de junio de 1849 dos jóvenes del Oratorio, Carlo Gastini y Felice Reviglio, se presentaron ante Don Bosco en nombre de todos sus compañeros y le ofrecieron dos corazones de plata. Eran chicos pobres, mozos y aprendices, que para aquel regalo habían reunido, moneda a moneda, los pequeños ahorros de meses. Don Bosco –cuenta la memoria salesiana– se conmovió hasta las lágrimas.
Aquel regalo decía algo decisivo sobre el método educativo que estaba naciendo en aquel patio. En la célebre carta de Roma de 1884 Don Bosco escribirá que no basta con amar a los jóvenes: es necesario que ellos se den cuenta de que son amados. Los dos corazones de plata eran la confirmación anticipada: los chicos se habían dado cuenta, y respondían al amor con amor. Por eso la fiesta del santo tomó pronto, en el lenguaje de la casa, otro nombre destinado a perdurar: la fiesta de la gratitud.
Esos dos jóvenes merecen ser seguidos en el tiempo. Felice Reviglio se convertirá en sacerdote y párroco estimado en Turín. Carlo Gastini, encuadernador de libros, seguirá siendo el alma alegre de las fiestas de Valdocco y, veinte años después, regalará a la fiesta una continuación que nadie había previsto; pasará a la historia como el animador y luego promotor del movimiento de los antiguos alumnos salesianos.
La fiesta más bonita del año
Año tras año el santo de Don Bosco se convirtió en la fiesta más esperada del Oratorio, capaz de movilizar a todos durante semanas: el programa de la «academia», con poesías, diálogos y discursos en los idiomas más diversos; las músicas, a menudo compuestas para la ocasión por el joven Giovanni Cagliero, futuro cardenal; las representaciones del teatrillo y las nuevas marchas de la banda. La noche de la fiesta el patio se transformaba: iluminaciones, farolillos venecianos, fuegos de bengala, y en medio él, Don Bosco, asediado por el afecto bullicioso de sus hijos.
Había además una costumbre más silenciosa y preciosa: las «cartitas», notas que cada chico escribía a Don Bosco con felicitaciones, alguna confidencia, un propósito. Él las leía todas. Y cuando le tocaba hablar, daba la vuelta a la lógica de los regalos: el único don que pedía eran sus corazones y el bien de sus almas. La fiesta se convertía así en escuela de gratitud, de espíritu de familia, de alegría compartida. Por lo demás, los jóvenes sabían bien de qué estar agradecidos: «Por vosotros estudio, por vosotros trabajo, por vosotros vivo, por vosotros estoy dispuesto incluso a dar la vida», les repetía Don Bosco. La fiesta del 24 de junio era la respuesta coral a aquella dedicación total.
La última vez fue en junio de 1887. Don Bosco, ya consumido por la fatiga, asistió a la fiesta casi sin voz, mientras sus jóvenes cantaban para él conteniendo a duras penas las lágrimas. Siete meses después, al amanecer del 31 de enero de 1888, moría. Pero su fiesta no murió con él.
De aquel patio nacieron los Antiguos Alumnos
Antes de seguir la fiesta más allá de la muerte del Fundador, hay que registrar un fruto inesperado. El 24 de junio de 1870 Carlo Gastini volvió a presentarse en Valdocco. Ya no era un chico: era un artesano con un oficio y una familia, y con él había un grupo de antiguos alumnos del Oratorio que habían venido a celebrar el santo de aquel que los había acogido, alimentado e instruido. Como regalo traían un juego de tazas de café, comprado juntando los ahorros, como en los viejos tiempos. Aquel regreso, repetido luego año tras año con grupos cada vez más numerosos, se considera la semilla de la que brotó el movimiento de los Antiguos Alumnos de Don Bosco, hoy difundido por todo el mundo.
En Valdocco la gratitud no era la emoción de un día: se convertía en pertenencia para toda la vida. La fiesta del 24 de junio es, literalmente, una fiesta que ha generado familia.
La fiesta que no cambió de fecha
A la muerte de Don Bosco la pregunta era inevitable: ¿qué sería de la fiesta? El primer sucesor, el beato Miguel Rúa, tendría su santo el 29 de septiembre, fiesta de san Miguel arcángel. Pero ni siquiera se habló de ello: jóvenes y salesianos continuaron celebrándole la fiesta el 24 de junio. En aquella elección había una intuición profunda: esa fecha no celebraba el nombre de un hombre, celebraba al padre. Las Constituciones salesianas lo dicen aún hoy con palabras esenciales: el Rector Mayor es el sucesor de Don Bosco, padre y centro de unidad de la Familia salesiana (art. 126). Celebrarlo en el día que fue de Don Bosco significa profesar, año tras año, que aquella paternidad no se ha interrumpido: en él la familia sigue viendo y amando al Fundador.
Así ha sido para todos los sucesores: para don Pablo Albera, a quien en Francia llamaban «el pequeño Don Bosco»; para el beato Felipe Rinaldi, de quien los salesianos ancianos decían que de Don Bosco solo le faltaba la voz; y luego para don Pedro Ricaldone, don Renato Ziggiotti, don Luis Ricceri, don Egidio Viganò, don Juan Vecchi –primer sucesor no italiano–, don Pascual Chávez y el cardenal Ángel Fernández Artime, llamado por el papa Francisco a un nuevo servicio en la Iglesia. Hasta hoy: el undécimo sucesor de Don Bosco es don Fabio Attard. Este 24 de junio la Familia Salesiana se reunirá por segunda vez en torno a él: desde Turín hasta Nairobi, desde Roma hasta los Andes, con la misma felicitación de los chicos de 1849.
Por qué seguir celebrando
¿Qué sentido tiene, hoy, una fiesta nacida hace ciento setenta y siete años en un patio de la periferia? Tiene al menos tres, sorprendentemente actuales.
El primero: educa en la gratitud. En una cultura que da todo por sentado, decir gracias se ha convertido casi en un gesto a contracorriente. La fiesta del Rector Mayor –que en las casas salesianas se refleja en la fiesta del director y en las «fiestas de la gratitud» celebradas a nivel local, inspectorial y mundial– enseña a los jóvenes la memoria del bien recibido. Exactamente como en 1849: la educación que pasa por el corazón genera corazones capaces de gratitud. Para Don Bosco no era un detalle: era la comprobación de que el sistema preventivo funcionaba.
El segundo: custodia la unidad. La Familia Salesiana cuenta hoy con una treintena de grupos –Salesianos, Hijas de María Auxiliadora, Salesianos Cooperadores, Antiguos Alumnos y Antiguas Alumnas, ADMA y muchos otros– y solo los Salesianos de Don Bosco son más de trece mil, presentes en 136 naciones. Una realidad tan vasta y plural correría el riesgo de dispersarse si no tuviera un centro vivo. Celebrar juntos, en el mismo día y en cada rincón del planeta, a aquel que es padre y centro de unidad significa reconocerse como una única familia, con una única misión: los jóvenes, especialmente los más pobres.
El tercero: mantiene joven el carisma. Cada 24 de junio la Familia Salesiana se cuenta de dónde viene –un prado, un patio, un cura que se hizo amar– para recordar a dónde debe ir. La fiesta no es nostalgia: es memoria que se convierte en futuro, fidelidad que se hace creatividad.
Desde aquellos dos corazones de plata de 1849 hasta hoy, los farolillos venecianos han dejado su lugar a las conexiones digitales y las felicitaciones viajan en decenas de idiomas. Pero la esencia es la misma: hijos que dicen gracias a un padre, y un padre que, como Don Bosco, no pide a cambio más que sus corazones. Y el 24 de junio, desde cada rincón del mundo salesiano, se elevará de nuevo hacia el sucesor de Don Bosco la felicitación de siempre, la que los chicos gritaban en el patio iluminado de Valdocco: ¡feliz fiesta, padre!

