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La espiritualidad salesiana, recibida de san Juan Bosco, ha generado un extraordinario florecimiento de santidad. Una inmensa multitud de hombres y mujeres ha encarnado con radicalidad el carisma salesiano: algunos ya elevados a los altares, otros en camino hacia la canonización, muchísimos conocidos solo por Dios y que serán conocidos solo en el Cielo.
Se trata de una santidad que madura en la donación total de sí, aquella que el Antiguo Testamento representaba en el holocausto: una ofrenda enteramente consumida en el fuego para el Señor. Dar la vida, para estos santos, no ha significado solamente consagrar a Dios tiempo y energías, sino entregarle lo más íntimo y precioso que poseemos, incluida la misma existencia terrenal cuando Él la ha pedido.
Es impresionante descubrir que, entre los 175 santos y beatos salesianos canonizados o en proceso de canonización, 118 son mártires: más del 67%. Más de dos de cada tres. Un río de sangre que atraviesa sobre todo el siglo XX, formando un coro poderoso de testigos que, con la vida ofrecida, han sellado la fecundidad y la actualidad del carisma salesiano.
En un discurso pronunciado sobre las misiones a principios de 1876, don Bosco decía: «Si el Señor luego en su Providencia quisiera disponer que alguno de nosotros sufriera el martirio, ¿acaso por esto tendríamos que asustarnos?».
Don Bosco tal vez no imaginaba con cuánta literalidad sus hijos responderían a esa pregunta. El siglo XX – época de ideologías feroces, persecuciones religiosas y totalitarismos – ha pedido a la Congregación Salesiana un precio altísimo: la sangre de más de cien hermanos y de tantos jóvenes criados en los oratorios y en las escuelas salesianas. Eran sacerdotes, coadjutores, exalumnos, chicos de oratorio. Tenían en común la alegría salesiana, el amor por los jóvenes, la fidelidad a Cristo. Y cuando fue necesario elegir entre la vida y la fe, eligieron la fe.
Recordar a estos testigos no es un ejercicio de memoria: es reconocer que la santidad salesiana no tiene solo el rostro sonriente del educador con los chicos en el patio, sino también el rostro transfigurado de quien ha llevado hasta el final la lógica del don total. Como escribía el IX Rector Mayor don Juan Vecchi, «el servicio pastoral de la gente y la dedicación educativa a los jóvenes no se pueden realizar sin la disposición que constituye internamente el martirio, es decir, el ofrecimiento de la vida».
Recordemos sucintamente a estos gloriosos mártires salesianos.
En China: Versiglia y Caravario
El primer capítulo del martirologio salesiano del siglo XX se abre en China, a orillas del río Han, en la noche entre el 24 y el 25 de febrero de 1930. Luis Versiglia (1873–1930), obispo de Shiu Chow, y Calixto Caravario (1903–1930), joven sacerdote de solo 26 años, son capturados por una banda de piratas mientras acompañan a un grupo de jóvenes catequistas hacia su misión. Cuando los bandidos les intiman a entregar a las chicas, los dos salesianos se interponen con su cuerpo. Son arrastrados a la orilla y fusilados.
Beatificados por Juan Pablo II el 15 de mayo de 1983 y canonizados el 1 de octubre de 2000, son los primeros mártires salesianos elevados a los honores de los altares. Su muerte es emblemática del espíritu de Don Bosco: morir no por una abstracción teológica, sino para proteger a los jóvenes, a los más vulnerables. Versiglia había pasado treinta años en China construyendo escuelas y comunidades cristianas; Caravario había llegado hacía poco pero ardía de fervor misionero. Juntos encarnan dos generaciones del mismo ideal.
En Polonia: Kowalski y los cinco de Poznań
La ocupación nazi de Polonia supuso para la Congregación Salesiana uno de los tributos de sangre más considerables: ochenta y ocho hermanos asesinados solo en territorio polaco. Entre ellos emerge la figura de don José Kowalski (1911–1942), sacerdote salesiano arrestado el 23 de mayo de 1941 – víspera de María Auxiliadora – y deportado al campo de exterminio de Auschwitz con el número 17.350. Durante más de un año resistió en la llamada «compañía de castigo», continuando clandestinamente su ministerio sacerdotal: confesaba a los moribundos, distribuía la Comunión, organizaba oraciones al amanecer, confortaba a los compañeros.
Un episodio lo retrata en su grandeza: sorprendido con el rosario en la mano por un oficial nazi, se negó a pisotearlo a pesar de las amenazas. Ese rosario se convirtió en el símbolo de su resistencia espiritual. Antes de morir – ahogado en la cloaca del campo en la noche entre el 3 y el 4 de julio de 1942 – rezó con un compañero de prisión: «Arrodíllate y reza conmigo por todos estos que nos matan».
Beatificado en 1999, don Kowalski es acompañado a los altares por cinco jóvenes oratorianos de Poznań – Eduardo Klinik, Francisco Kesy, Jarogniew Wojciechowski, Czesław Jóźwiak y Eduardo Kaźmierski – chicos de entre 20 y 23 años, animadores del oratorio, decapitados en Dresde el 24 de agosto de 1942, fiesta mensual de María Auxiliadora. Su último mensaje a los familiares es un documento de altísima espiritualidad: «Con alegría me voy al más allá, más de lo que experimentaría la alegría de una eventual liberación».
Estos seis beatos juntos revelan una profunda verdad salesiana: la santidad crece en el oratorio, en el encuentro entre educadores y jóvenes, y puede llegar – a través de esa misma amistad – hasta el martirio.
En Hungría: Esteban Sándor
En Hungría el régimen comunista disolvió la Congregación Salesiana en 1952. Esteban Sándor (1914–1953), coadjutor salesiano, continuó clandestinamente formando a los jóvenes en la fe. Arrestado, torturado y procesado bajo la acusación de actividad contrarrevolucionaria, fue ahorcado el 8 de junio de 1953. En su testamento escribió: «Muero con alegría por la juventud húngara». Beatificado en 2013, es el primer beato del Este europeo en la Familia Salesiana. Su martirio habla de dedicación silenciosa, de catequesis impartida en secreto, de un salesiano que no renunció a su misión con los jóvenes ni siquiera cuando se volvió peligroso hacerlo.
En Eslovaquia: Titus Zeman
Figura de heroísmo discreto es la de don Titus Zeman (1915–1969), sacerdote salesiano eslovaco. Tras la supresión de las comunidades religiosas en Checoslovaquia por parte del régimen comunista en 1950, arriesgó varias veces su libertad para hacer salir clandestinamente a Occidente a jóvenes aspirantes salesianos, a fin de que pudieran realizar el noviciado y la ordenación. Arrestado en 1951 y condenado a 25 años de cárcel, sufrió durante once años torturas y degradaciones físicas que minaron su salud. Liberado en 1964, nunca volvió a ser el mismo. Murió en 1969 por las consecuencias de los malos tratos sufridos. Beatificado en 2017 en Bratislava, don Zeman es el mártir del ministerio «subterráneo»: aquel que gastó su vida para que la cadena de la vocación salesiana no se rompiera bajo las garras del totalitarismo.
En Brasil: Rodolfo Lunkenbein
El martirio no siempre lleva los colores del régimen totalitario. En Brasil, don Rodolfo Lunkenbein (1939–1976), misionero salesiano alemán entre los bororo de Mato Grosso, fue asesinado el 15 de julio de 1976 en medio de un enfrentamiento entre indígenas y fazendeiros que pretendían apropiarse de sus tierras. Don Rodolfo se había posicionado abiertamente en defensa del territorio y de los derechos del pueblo bororo. Aquel día se interpuso entre los agresores y la comunidad indígena: fue alcanzado por un proyectil y murió poco después. Con él murió también un joven indígena bororo, Simão Cristino Kyrireu, que intentaba protegerlo. Su martirio tiene la forma del compromiso por la justicia, de la misión encarnada en el grito de los más pobres, del seguimiento de Cristo que asume la defensa de los últimos.
En Pakistán: Akash Bashir
Entre las historias más recientes y conmovedoras destaca la de Akash Bashir (1994–2015), joven exalumno salesiano pakistaní de fe cristiana. El 15 de marzo de 2015 prestaba servicio como voluntario de seguridad fuera de la iglesia de San Juan en Youhanabad, Lahore, cuando se acercó un terrorista suicida con un chaleco explosivo. Akash lo bloqueó físicamente, abrazándolo para impedir que el hombre pudiera entrar en la iglesia donde se estaba celebrando la misa dominical, a la que asistían cientos de fieles. El artefacto explotó: Akash murió en el acto. Tenía 20 años. Su gesto fue un acto de elección lúcida y deliberada: aquella mañana le había dicho a su madre: «Si muero, muero por Jesús». Su causa de beatificación está abierta en la diócesis de Lahore. Akash encarna la vocación del laico salesiano, criado en el oratorio y capaz de darlo todo – como había aprendido a hacer de sus educadores.
La España de 1936: una multitud de mártires
No se puede dejar de recordar a los noventa y cinco mártires salesianos de la Guerra Civil Española (1936–1939): sacerdotes, coadjutores, clérigos, cooperadores asesinados por odio a la fe en los alrededores de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla. Entre los grupos ya beatificados figuran los mártires de Madrid guiados por don Enrique Sáiz Aparicio, los de Valencia y Barcelona con don José Calasanz Marqués, y los de Sevilla. Su muerte colectiva es el testimonio de una comunidad entera que no renegó de su propia identidad ni siquiera ante los pelotones de fusilamiento.
En Polonia: don Jan Świerc y ocho compañeros
El 6 de junio de 2026, en el Santuario de San Juan Pablo II en Cracovia, la Familia Salesiana vivió una nueva y conmovedora jornada de gloria: don Jan Świerc (1877–1941) y ocho de sus hermanos – Ignacy Antonowicz, Ignacy Dobiasz, Karol Golda, Franciszek Harazim, Ludwik Mroczek, Włodzimierz Szembek, Kazimierz Wojciechowski y Franciszek Miśka – fueron beatificados por el Papa León XIV. Todos sacerdotes salesianos polacos, habían sido arrestados por los nazis y asesinados en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau entre 1941 y 1942. Don Jan Świerc se había criado en Turín en la escuela de Don Bosco: hasta el último momento intentó confortar a sus compañeros de prisión, incluidos los judíos. Don Karol Golda murió con solo 28 años, fiel al secreto de confesión hasta la muerte. La beatificación se celebró precisamente en el santuario dedicado a Juan Pablo II porque estos nueve mártires fueron guías espirituales del joven Karol Wojtyła, que en 1938 frecuentaba cada día su iglesia en el barrio de Dębniki en Cracovia. Con ellos, el martirologio salesiano ha añadido nueve nuevos nombres a su luminosa multitud de testigos.
El «martirio incruento» cotidiano
Mirando a estos testigos, podríamos preguntarnos: ¿qué tiene que ver con nosotros? Nosotros vivimos en paz, no se nos pide elegir entre la vida y la fe. Pero Don Bosco, al hablar del martirio, no pretendía alimentar una espiritualidad heroica de tiempos de guerra. Pretendía recordar que todo educador salesiano está llamado a una forma de martirio cotidiano: el ofrecimiento de la propia vida, del propio tiempo, de la propia energía por los jóvenes, sin cálculo y sin reservas. «Cuando suceda que un salesiano sucumba trabajando por las almas – escribía –, la Congregación habrá logrado un gran triunfo».
Versiglia, Caravario, Kowalski, los cinco de Poznań, Sándor, Zeman, Lunkenbein, Akash Bashir – cada uno de ellos creció en un oratorio, una escuela, una comunidad salesiana. Cada uno aprendió de un educador que la vida se da, no se retiene. Luego, cuando el momento lo requirió, hicieron exactamente lo que habían aprendido.
Custodiar su memoria no es devocionalismo: es comprender qué significa, de verdad, ser salesianos. La Familia Salesiana cuenta hoy con ciento setenta y cinco candidatos a los altares. Entre ellos, ciento dieciocho mártires. No son héroes de otro tiempo. Son los frutos del sistema preventivo llevado a sus extremas consecuencias: amar a los jóvenes hasta darlo todo, incluso la vida.
«Nosotros vivimos el espíritu del martirio en la caridad pastoral cotidiana» – Don Juan Vecchi, IX Rector Mayor

