27 Jun 2026, Sáb

María … María … María Pedro y Pablo (1884)

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El Greco, San Pedro y San Pablo, 1595-1600, óleo sobre lienzo, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona

 

El sueño que Don Bosco narró a sus hermanos en la noche entre el 12 y el 13 de mayo de 1884 ofrece una ventana privilegiada al dinamismo espiritual que animaba al «padre y maestro de la juventud». En esta escena onírica, los grandes apóstoles Pedro y Pablo se le aparecen con vestimentas orientales, casi para recordar la apertura universal de la Iglesia y la continuidad de su misión. El diálogo –sencillo, afable, pero cargado de referencias bíblicas– se convierte en una exhortación concreta: reimprimir y difundir sus vidas, para que los jóvenes del Oratorio encuentren modelos de fe viva. En el centro, la conmovedora invocación a María, «Reina de los Apóstoles», ilumina todo el relato con la típica nota mariana de la espiritualidad salesiana, fusionando contemplación y acción apostólica en una única visión.

 

 

En tal estado, el siervo de Dios tuvo la noche del día trece un sueño que se aprestó a contar cuando estuvo algo repuesto.

Le pareció hallarse en una casa donde se encontró con San Pedro y con San Pablo. Vestían unas túnicas que les llegaban hasta las rodillas y llevaban en la cabeza unos gorros estilo oriental. Ambos sonreían a don Bosco. Habiéndoles preguntado si tenían alguna misión que encomendarle o algo que comunicarle, no respondieron a su pregunta, sino que comenzaron a hablar del Oratorio y de los jóvenes. Entretanto, he aquí que llega un amigo de don Bosco, muy conocido entre los Salesianos, pero que el siervo de Dios no recordaba después quién era.

— Mire estas dos personas, dijo al recién llegado.

El amigo las miró y dijo:

— ¿Qué veo? ¿Posible? ¿San Pedro y San Pablo aquí?

Don Bosco repitió la pregunta que había hecho poco antes a los dos Apóstoles, que, a pesar de mostrarse amabilísimos continuaron hablando de otra cosa.

De pronto, San Pedro le preguntó:

— ¿Y la vida de San Pedro?

Y el otro:

— ¿Y la vida de San Pablo?

— ¡Es cierto!, replicó don Bosco en actitud de humilde excusa.

En efecto, había tenido en proyecto hacer imprimir aquellas dos vidas, pero después se había olvidado por completo de hacerlo.

— Si no lo haces pronto, después no tendrás tiempo, le advirtió San Pablo.

Entretanto, habiéndose San Pedro descubierto la cabeza, apareció calvo, con dos mechones de pelo sobre las sienes: tenía todo el aspecto de un anciano fuerte y simpático. Y habiéndose apartado un poco, se puso en actitud de orar.

— ¡Déjalo que rece!, añadió San Pablo.

Don Bosco replicó:

— Querría saber delante de qué objeto se ha arrodillado.

Fue, pues, junto a él y vio que estaba delante de una especie de altar, aunque no era tal, y preguntó a San Pablo:

— ¿Pero no hay candeleros?

— No hacen falta donde está el eterno sol, le replicó el Apóstol.

— Tampoco veo la mesa.

— La víctima no se sacrifica, sino que vive eternamente.

— Pero en suma, ¿el altar no es el Calvario?

Entonces San Pedro, con voz elevada y armoniosa, pero sin llegar a cantar hizo esta oración:

— Gloria Dios Padre Creador, a Dios Hijo Redentor, gloria a Dios Espíritu Santo Santificador. A Dios solo sea el honor y la gloria por todos los siglos de los siglos. A ti sea alabanza, oh María. El cielo y la tierra te proclaman su Reina. María… María… María.

Pronunciaba este nombre haciendo una pausa entre una y otra exclamación y con tal expresión de afecto y con tan creciente emoción, que sería imposible describir, de forma que todos lloraban de ternura. Cuando se hubo levantado San Pedro, fue a arrodillarse en el mismo lugar San Pablo, que con voz clara comenzó a rezar así:

— ¡Oh profundidad de los arcanos divinos! Gran Dios, tus secretos son inaccesibles a los mortales. Solamente en el cielo podrán penetrar la profundidad y la majestad, únicamente al alcance de los bienaventurados. ¡Oh Dios Uno y Trino! A ti el honor, la salud, la acción de gracias desde todos los puntos del universo. Que tu nombre, oh María, sea de todos alabado y bendecido. Los cielos canten tu gloria, y que sobre la tierra seas Tú siempre el auxilio, la salvación. Regina Sancionan omnium, alleluia, alleluia.

Don Bosco al contar el sueño concluyó:

— Esta oración, por la manera de proferir las palabras, produjo en mí tal emoción, que comencé a llorar y me desperté. Después sentí en mi alma un consuelo indecible.

(MB IT XVII 27-29 / (MB ES XVII 33-35)