31 Ago 2026, Lun

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Reflexión sobre Mc 10, 46-52 – El ciego Bartimeo

 

El relato de la curación de Bartimeo, el ciego de nacimiento, no es solo la crónica de un milagro, sino una verdadera parábola en acción sobre la condición del discípulo. Este encuentro entre Jesús y Bartimeo es el último episodio antes de la entrada mesiánica en Jerusalén, la bisagra entre el ministerio de Jesús y su pasión-resurrección.

Bartimeo, el ciego que, una vez curado, ve y sigue, es el opuesto luminoso de los discípulos, que aun viendo todavía no han comprendido. Es en este horizonte lleno de contrastes donde quisiera proponer tres breves pensamientos.

 

Jesús toma la iniciativa

Incluso antes de que el ciego grite, Jesús está “saliendo” de Jericó (v. 46). El grito del pobre ciego lo cambia todo: Jesús se muestra dispuesto y cercano a él: “entonces Jesús se detuvo y dijo: «¡Llamadlo!»” (v. 49). La iniciativa divina dirige su propio movimiento para hacerse presente a quien grita desde el borde del camino.

Este es un rasgo constante de la pedagogía de Dios: cuando nosotros “gritamos”, nos damos cuenta de que Él ya nos ha encontrado. Este es el primer don, podemos decir el más grande que podemos recibir. Dentro del camino de la fe, la “ceguera” que llevamos en sus diversas formas no es una condena. Más bien es como una herida que puede ser curada. Cuando se la llevamos a Jesús, su acción no solo cura al enfermo, sino que también cambia la forma de ver de quienes están cerca de él. Ya seamos “ciegos” nosotros mismos, o estemos cerca de quien lo es, la presencia de Jesús siempre marca la diferencia. Él hace ver a todos sus propias “cegueras”, sus propias indiferencias que muchas veces están ocultas. Jesús nos cambia a cada uno de nosotros: da la vista, suscita empatía, ¡nos invita a reconocer que de alguna manera todos necesitamos “luz”!

 

La humildad al reconocer la propia ceguera y la disposición a ser curados

Este primer paso llega cuando somos honestos con nosotros mismos. Bartimeo no ve, pero tiene voz. Aunque lo mandan callar, grita aún más fuerte: su insistencia no es arrogancia, sino la forma que asume la humildad cuando es auténtica. Porque la humildad no calla ante la indiferencia ajena: conoce su propia necesidad y no se avergüenza de nombrarla: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (v. 48).

Este grito contiene dos verdades: la primera, es una confesión de fe en la persona de Cristo, pronunciada por quien no ve con los ojos del cuerpo pero “ve” con claridad a quien tiene delante. La segunda es el reconocimiento sin vergüenza de la propia miseria, porque sabe que se encuentra ante el Hijo de Dios.

Al ser llamado, Bartimeo arroja el manto, lo único que tenía. Nada debe retenerlo en el momento en que es llamado. Es una imagen poderosa para nosotros hoy: la verdadera curación que conduce a la luz auténtica requiere soltar aquello a lo que nos aferramos por seguridad, tal vez también por miedo.

Entonces la pregunta de Jesús a Bartimeo es la misma pregunta que Jesús nos hace a cada uno de nosotros hoy: “¿Qué quieres que haga por ti?” (v. 51)

Bartimeo pide lo único que hace falta: pide “ver”. La verdadera humildad es la capacidad de nombrar con precisión la propia pobreza ante Dios, sin sustituirla por deseos de poder o de gratificación superficial.

 

La terquedad de permanecer ciegos ante una visión más amplia

Un pensamiento sobre la multitud que al principio quería hacer callar al pobre Bartimeo. Nos surge la pregunta de quién era verdaderamente “ciego” y tal vez también “sordo”. La multitud con su indiferencia representa una “ceguera” diferente a la física de Bartimeo: es la ceguera de quien ve perfectamente, pero no quiere ser molestado en su propia visión estrecha de las cosas. Es la misma ceguera que nos acompaña todavía hoy ante la pobreza que no queremos “nombrar”, y mucho menos encontrar.

Esta es quizás la lección más urgente para nosotros hoy: existen cegueras que se curan, como la de Bartimeo. Pero hay cegueras que se resisten tercamente a la luz, porque la luz de Dios es siempre más amplia, más gratuita y más desestabilizadora de lo que nuestras categorías están dispuestas a acoger.

La curación que Dios ofrece es infinita y gratuita: no responde a la lógica del mérito, del orden social, de quien tiene derecho a ser escuchado. Precisamente por esto, la tentación de “hacer callar” a quien grita desde el margen –el pobre, el joven en crisis, quien plantea preguntas incómodas a nuestra praxis consolidada– siempre está al acecho también en nuestras comunidades.

Reconocer esta terquedad en nosotros mismos no es motivo de desánimo, sino el inicio de un camino nuevo y liberador. Que la franqueza de Bartimeo sea para nosotros un don, que su grito encuentre “casa” en nuestro corazón, no una sola vez, sino como grito permanente de quien sabe que su propia visión siempre necesita ser enfocada de nuevo por la gracia. Solo entonces, como Bartimeo, podremos verdaderamente “seguir a Jesús por el camino” (v. 52): verdaderos y auténticos discípulos, ya no espectadores curados, sino seguidores que han aprendido a ver lo que importa.

 

P. Fabio ATTARD

Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco