5 Sep 2026, Sáb

Conozcamos a Don Bosco (16). Giovanni Cagliero

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La historia de Giovanni Cagliero comienza en 1851, cuando, siendo todavía un muchacho, le pide a Don Bosco que le deje seguirle a Turín. Acogido en el Oratorio, crece en un ambiente pobre pero vivido como una familia y pronto se convierte en uno de los primeros y más fieles colaboradores del Santo, participando en el nacimiento de la Sociedad Salesiana. Su temperamento exuberante, su gran capacidad de comunicación y su notable talento musical lo convierten en una figura carismática entre los jóvenes. Durante la epidemia de cólera, experimenta una curación inesperada que marca profundamente su camino. En 1875, Don Bosco lo elige jefe de la primera expedición misionera a América. Su labor en Sudamérica lo lleva al episcopado y luego al cardenalato. Muere en 1926, último testigo directo de las primeras hazañas misioneras salesianas.

 

 

Porque era feliz con la felicidad de los demás.

 

 

1 de noviembre de 1851. Don Bosco llegó a su pueblo, Castelnuovo d’Asti, para la predicación solemne.

Entre los monaguillos había un chiquillo que se quedó mirándolo embelesado durante todo el sermón. Al volver a la sacristía, Don Bosco vio que el monaguillo seguía mirándolo en silencio. Lo llamó: «¿Quieres decirme algo?».

«Sí, señor. Quiero ir a Turín con usted para estudiar y hacerme sacerdote». «Bien. Entonces, dile a tu madre que venga después de cenar a la casa del párroco». Aquel muchacho se llamaba Giovanni Cagliero y era huérfano de padre. La madre llegó con Giovanni después de cenar: «Así que —bromeó Don Bosco—, ¿es verdad, Teresa, que quieres venderme a tu hijo?».

«¡Ah, no!», respondió riendo la mujer. «Aquí en el pueblo vendemos los terneros. A los niños se los regala».

«Mejor todavía. Prepárale un poco de ropa blanca y mañana me lo llevo conmigo».

Al día siguiente, al alba, Giovanni Cagliero ayudó a Don Bosco en la misa, desayunó con él, besó a su madre y, con su hatillo bajo el brazo, dijo impaciente: «Entonces, Don Bosco, ¿nos vamos?».

 

«A dormir en el cesto de los grisines»

Hicieron el largo camino a pie. Giovanni prácticamente lo hizo dos veces, porque mientras hablaba con Don Bosco corría hacia adelante, perseguía a los gorriones por los prados, saltaba las zanjas. Recordará: «Don Bosco, durante aquel viaje, me hizo mil preguntas y yo le di mil respuestas. Desde ese momento, nunca más tuve secretos con él. Al oír mis travesuras, bromeando me decía que ahora tendría que volverme más bueno. Finalmente, llegamos a Turín.

Era la noche del 2 de noviembre y estábamos cansados. Don Bosco me presentó a mamá Margarita diciendo: “Mamá, te he traído un muchachito de Castelnuovo”. Margarita respondió: “¡Claro! Tú no haces más que buscar chicos y yo ya no sé dónde meterlos”.

“Este es tan pequeño que lo pondremos a dormir en el cesto de los grisines. Con una cuerda lo subiremos, bajo la viga, como una jaula de canarios”.

Mamá Margarita se echó a reír y me buscó un sitio. Realmente no había ni un rincón libre, y aquella noche tuve que dormir a los pies de la cama de un compañero. Al día siguiente vi cuánta pobreza había en aquella casa. Nuestros dormitorios, en la planta baja, eran estrechos y tenían por suelo un empedrado de calle. En la cocina había pocos cuencos de estaño con sus respectivas cucharas. Tenedores, cuchillos y servilletas los vimos muchos años después. El refectorio era un cobertizo. Don Bosco nos servía en la comida, nos ayudaba a mantener en orden el dormitorio, limpiaba y remendaba nuestra ropa, y hacía todos los servicios más humildes.

Hacíamos vida en común en todo. Más que en un colegio, nos sentíamos en una familia, bajo la dirección de un padre que nos quería y que solo se preocupaba por nuestro bien espiritual y material».

Giovanni Cagliero demostró desde los primeros días un ingenio vivaz y un humor alegre. Tenía unas ganas de jugar que se desbordaban. Miguel Rúa seguía viviendo con su madre, pero por la mañana se ponía al frente del pequeño grupo de estudiantes y juntos iban a la escuela. Por encargo de Don Bosco, Rúa debía hacer de «asistente», cuidando que nadie hiciera novillos. Rara vez consiguió Miguel «ponerle las riendas» a Cagliero. Apenas salía del oratorio, Giovanni cambiaba de camino, corría hasta Porta Palazzo y se quedaba embelesado delante de los charlatanes, de las barracas de feria. Luego, siempre corriendo, a la escuela. Cuando los demás llegaban, él ya estaba en la puerta, sudado pero feliz.

 

«Nos llamaremos salesianos»

26 de enero de 1854. Don Bosco pronunció un extraño discurso a cuatro de sus jóvenes: «Veis que Don Bosco hace lo que puede, pero está solo. Si vosotros me echáis una mano, en cambio, juntos haremos milagros de bien. Miles de niños pobres nos esperan. Os prometo que la Virgen nos enviará oratorios vastos y espaciosos, iglesias, casas, escuelas, talleres y muchos sacerdotes dispuestos a ayudarnos. Y esto en Italia, en Europa y también en América. Yo, entre vosotros, ya veo una mitra episcopal…».

Los cuatro jovencitos se miraron a la cara, atónitos. Sin embargo, Don Bosco no bromeaba, estaba serio y parecía leer el futuro: «La Virgen quiere que iniciemos una sociedad. He pensado mucho qué nombre darle. He decidido que nos llamaremos Salesianos».

Entre aquellos cuatro jovencitos estaban las piedras angulares de la Congregación Salesiana.

En julio, una epidemia de cólera comenzó a cobrarse víctimas en Turín. Don Bosco corrió a socorrer a los contagiados y se llevó consigo a los chicos mayores. Giovanni Cagliero era uno de ellos.

 

Los gigantes de color cobre

Giovanni Cagliero, de 16 años, una tarde a finales de agosto, al volver a casa del lazareto se sintió mal. Dos médicos, llamados a consulta, declararon que el caso era desesperado. Un golpe durísimo para Don Bosco. Pero cuando llegó para darle la última Comunión, Don Bosco se detuvo como si viera algo que los demás no podían ver. Luego avanzó hacia la cama del enfermo, pero estaba alegre y sonreía. Giovanni murmuró: «¿Es mi última confesión? ¿De verdad tengo que morir?». Don Bosco respondió con voz segura: «¡Qué va! Allá arriba todavía no te quieren. Tienes que hacer muchas otras cosas: te curarás, te harás sacerdote… y luego… y luego, con tu breviario bajo el brazo, te irás lejos, muy lejos».

Al día siguiente, Cagliero estaba curado.

Todos querían saber qué había «visto» Don Bosco al entrar en la habitación. La respuesta la dio el propio Don Bosco, más tarde: «Me pareció que las paredes de la habitación se abrían y se extendían hacia horizontes lejanos y misteriosos. Alrededor de la cama apareció una multitud de salvajes de estatura gigantesca. Dos de aquellos gigantes, de rostro fiero y triste, se inclinaron sobre el enfermo y, temblorosos, se pusieron a susurrar: “Si él muere, ¿quién vendrá en nuestro auxilio?”».

El momento decisivo fue la noche del 9 de diciembre. Don Bosco reunió a sus jovencísimos “salesianos” y les preguntó si querían constituir una Congregación religiosa propiamente dicha, con votos de pobreza, castidad y obediencia. Se oyó un murmullo: ¡Don Bosco quiere hacernos frailes! Cagliero medía el patio a grandes zancadas, presa de sentimientos contradictorios. Luego dio un gran puñetazo en la pared diciendo: «Fraile o no fraile, yo me quedo con Don Bosco».

Don Cagliero pronunció los votos trienales el 14 de mayo de 1862 y los perpetuos, ya sacerdote, el 15 de noviembre de 1865.

Era el ídolo de los jóvenes. De temperamento exuberante, todo impulsos, sentía y comunicaba a los demás la alegría de vivir con Don Bosco: trabajar, correr, entregarse. A menudo, los chicos, después de las buenas noches de Don Bosco, se acercaban a don Cagliero y lo saludaban con espontáneo afecto.

Mientras tanto, Giovanni Cagliero perfeccionaba sus dotes musicales. Funciones de iglesia, academias, banda, lo convirtieron en un precoz y genial compositor. Dos de sus obras, El hijo del exiliado y El deshollinador, fueron elogiadas por Giuseppe Verdi por su música bella y conmovedora. Llegaron incluso a la Corte y fueron cantadas por la futura reina Margarita. La “Misa de réquiem a tres voces” fue considerada una “joya de fe y armonía”. Su maestro Cerutti la hizo interpretar en la Casa Real en el funeral de Carlos Alberto.

Era volcánico también en esto: el 9 de junio de 1868, la Misa para la consagración de la iglesia de María Auxiliadora fue cantada por tres coros: uno a dos voces de niños dispuestos en la cornisa de la cúpula, y dos coros a tres voces masculinas bajo la cúpula y en la cantoría.

 

Al frente de la primera expedición misionera

El nombre de Don Bosco había cruzado el océano y comenzaba a ser bastante conocido en Argentina, donde había muchos emigrantes italianos.

En el mes de marzo de 1875, Don Bosco, un día, tras una pausa pensativa y silenciosa, le dijo a Giovanni Cagliero, que estaba a su lado: «Quisiera enviar a algunos de nuestros primeros sacerdotes para que acompañen a los Misioneros a América y se queden con ellos unos tres meses, hasta que estén bien adaptados. Abandonarlos solos de inmediato, sin un apoyo, un consejero con el que tengan confianza, me parece algo un poco duro. No me da el corazón para pensarlo».

Giovanni Cagliero lo conocía demasiado bien como para no entender el significado oculto de aquellas palabras y dijo: «Si Don Bosco no encontrara a nadie más y me creyera capaz de hacerlo, yo estoy dispuesto».

«Está bien», concluyó el Santo.

Unos meses después, de repente, con acento paternal y diplomático, Don Bosco le preguntó a don Cagliero: «En cuanto a ir a América, ¿sigues pensando lo mismo? ¿Lo dijiste, quizás, de broma que irías?».

«Usted sabe bien que con Don Bosco nunca bromeo». «Está bien. Prepárate. Es la hora». El once de noviembre, Don Bosco acompañó a los misioneros hasta Génova. Estaba profundamente conmovido.

Alegre y dinámico, jefe de la próxima expedición de los 10 Salesianos con destino a Argentina, don Cagliero, con su actividad, alegría y bondad, no se limitó a “acompañar” a los que partían. Inteligente, con autoridad y de fecundas iniciativas, se ganó rápidamente la estima y la benevolencia de todos.

Amplió enseguida el plan de acción, iniciando en la capital una escuela profesional y una obra en el barrio de mala fama de “La Boca” e ideando un colegio en Montevideo. Su tarea debía ser la de instalar a los hermanos, quedándose en Buenos Aires tres meses o poco más, pero se vio obligado a posponer su partida durante dos años.

Cánticos de gloria en el Oratorio de Don Bosco en Turín

Siete de diciembre de 1884. El hermoso templo de María Auxiliadora resuena con cantos litúrgicos. Con el sagrado y solemne rito, el cardenal arzobispo Gaetano Alimonda consagra obispo titular de Magida a don Giovanni Cagliero.

Dos detalles. Al término de la imponente ceremonia, el joven obispo se separó del cortejo y se dirigió hacia su madre. La ancianita (80 años) se le acercó sostenida por un hijo y un nieto. Monseñor Cagliero estrechó contra su pecho la cabeza canosa y, entre la emoción de los presentes, la acompañó con delicadeza para que se sentara. Hacia la sacristía, mezclado entre la multitud, lo esperaba Don Bosco con el bonete en la mano. El obispo corrió y lo estrechó en un vigoroso abrazo. Había mantenido oculta la mano con el anillo episcopal entre los pliegues del hábito. El primer beso le correspondía por derecho a «su» Don Bosco.

Monseñor Cagliero fue recibido el 22 de diciembre en audiencia particular por el Papa, quien le dijo: «Id y cristianizadme la Patagonia; plantad las tiendas en aquellas lejanas Repúblicas de América del Sur». Para el enérgico y apasionado obispo salesiano era una orden. Recorrió a caballo y en carretas destartaladas su inmensa diócesis, desafiando ríos crecidos, inundaciones y arriesgados precipicios andinos para estar presente incluso en los pueblos más inaccesibles e inhóspitos.

Regresó a Italia en 1904, formó parte con gran éxito de la diplomacia pontificia y el 21 de julio de 1915, el papa Benedicto XV lo nombró cardenal.

Había una sede episcopal a la que nadie aspiraba, Frascati. El cardenal Cagliero se ofreció de inmediato: «Soy viejo (tenía casi 83 años), pero si se trata de trabajar por la Iglesia, no me niego».

La diócesis, aunque pequeña, estaba desastrosa. Un día, habiendo invitado a su apartamento a un Cardenal extranjero, le ofreció de beber un poco de vino de Frascati. Aquel Cardenal lo encontró muy bueno y tomó un segundo vaso, diciendo: «¡Bueno! ¡Bueno!». El Cardenal, con su humor, concluyó: «¡Es mi mejor diocesano!». Con su feroz dinamismo, lo puso casi todo en orden.

En 1925 se celebró el primer cincuentenario de la Primera Expedición misionera. El cardenal Cagliero era el último superviviente de aquel valiente puñado de pioneros. En Turín bendijo los Crucifijos a 172 Salesianos y 52 Hijas de María Auxiliadora que partían a las misiones.

Al año siguiente, el 28 de febrero, cerraba serenamente su larga, benéfica y laboriosa jornada.

 

P. Bruno FERRERO

Salesiano de Don Bosco, experto en catequesis, autor de varios libros. Fue director editorial de la editorial salesiana Elledici. Es redactor jefe del periódico italiano "Il Bollettino Salesiano", en versión impresa.