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El 6 de enero, fiesta de la Epifanía o de la manifestación del Señor, se celebró la segunda sesión del Concilio Vaticano, en la cual los Padres, según el rito, hicieron, uno después de otro, comenzando por el Sumo Pontífice, la solemne profesión de fe. La víspera de aquella memorable solemnidad don Bosco vio en sueño cuanto vamos a exponer a continuación: fue el mismo Siervo de Dios quien escribió lo que vio y oyó.
«Sólo Dios lo puede todo, lo conoce todo y lo ve todo. Dios no tiene pasado ni futuro; para Dios no hay nada oculto; todas las cosas le son presentes. Para El no hay distancia de lugar o de persona. Sólo El en su infinita misericordia y para su gloria puede manifestar las cosas futuras a los hombres.
La víspera de la Epifanía del corriente año de 1870 desaparecieron todos los objetos materiales de mi habitación y me encontré ante la consideración de cosas sobrenaturales. Fue algo que duró breves instantes, pero fueron muchas las cosas que vi. Aunque de forma y apariencias sensibles, no se pueden comunicar a los demás sino con mucha dificultad con signos exteriores o sensibles. Cuanto sigue podrá dar una idea de ello. En todo esto se encuentra la palabra de Dios acomodada a la palabra del hombre.
Del Sur viene la guerra, del Norte viene la paz.
Las leyes de Francia no reconocen ya al Creador y el Creador se hará conocer y la visitará tres veces con la vara de su furor.
La primera abatirá su soberbia, con las derrotas, el saqueo y los estragos en las cosechas, los animales y los hombres.
En la segunda, la gran prostituta de Babilonia, la que los buenos llaman, suspirando, el prostíbulo de Europa será privada del jefe y entregada al desorden.
¡París! ¡París! En vez de armarte con el nombre del Señor, te rodeas de casas de inmoralidad. Estas serán destruidas por ti misma: tu ídolo, el Panteón, será reducido a cenizas, para que se cumpla lo que está escrito: mentita est iniquitas sibi (la iniquidad se engañó a sí misma). Tus enemigos te colmarán de angustias, de hambre, de espanto y te convertirán en la abominación de las naciones. Pero ¡ay de ti si no reconoces la mano que te hiere! Quiero castigar la inmoralidad, el abandono, el desprecio de mi ley, dice el Señor.
En la tercera, caerás bajo una mano extranjera: tus enemigos verán desde lejos tus palacios incendiados, tus casas convertidas en montones de ruinas, bañadas en la sangre de tus héroes, que ya no existen.
Pero he aquí que un gran guerrero del Norte lleva un estandarte; sobre la diestra que lo sustenta está escrito: «Irresistible es la mano del Señor’. En aquel instante el Venerando Anciano del Lacio le salió al encuentro flameando una antorcha de luz vivísima. Entonces el estandarte se extendió y de negro que era se trocó blanco como la nieve. En el centro del estandarte estaba escrito con caracteres de oro el nombre de Quien todo lo puede.
El guerrero y los suyos hicieron una profunda inclinación al Anciano y se estrecharon la mano.
Ahora la voz del cielo se dirige al Pastor de los pastores. Tú ahora estás en la gran conferencia con tus asesores; pero el enemigo del bien no guarda un momento de reposo; estudia y practica toda clase de argucias contra ti. Sembrará la discordia entre tus asesores; suscitará enemigos entre mis hijos. Las potencias del siglo vomitarán fuego y querrían que las palabras fuesen ahogadas en las gargantas de los guardianes de mi ley. Pero esto no sucederá. Harán el mal, pero en perjuicio de sí mismos. Tú date prisa; si las dificultades no se resuelven, corta por lo sano. Si te sientes angustiado, no te detengas, sino al contrario, continúa adelante hasta que le sea cercenada la cabeza a la hidra del error. Este golpe hará temblar a la tierra y al infierno, pero el mundo recobrará la seguridad y todos los buenos se alegrarán. Conserva, pues, junto a ti aunque solamente sean dos asesores, pero a cualquier parte que vayas, continúa y termina la obra que te fue confiada. Los días corren velozmente y tus años se acercan al número establecido; pero la gran Reina será siempre tu auxilio y como en los tiempos pasados, también en el porvenir será siempre magnum et singulare in Ecclesia praesidium (grande y singular ayuda de la Iglesia).
Y tú, Italia, tierra de bendiciones, ¿quién te ha sumergido en la desolación?… No digas que tus enemigos, sino tus amigos. ¿No oyes a tus hijos que piden el pan de la fe y no encuentran quien se lo parta? ¿Qué haré? Heriré a los pastores, ahuyentaré el rebaño, a fin de que los que se sientan en la cátedra de Moisés busquen buenos pastos y la grey escuche dócilmente y se alimente.
Pero sobre la grey y sobre los pastores caerá mi mano; la carestía, la peste, la guerra, harán de manera que las madres lloren la sangre de los hijos y de los esposos muertos en tierra enemiga.
Y de ti, Roma, ¿qué será? ¡Roma ingrata, Roma afeminada, Roma soberbia! Has llegado a tal punto de insensatez que no buscas y no admiras otra cosa en tu Soberano, más que el lujo, olvidando que tu gloria y la suya están en el Gólgota. Ahora él es anciano, decrépito, inerme, despojado; más con su palabra esclavizada hace temblar todavía a todo el mundo.
¡Roma… yo vendré cuatro veces sobre ti!
En la primera heriré tus tierras y sus habitantes.
En la segunda llevaré el estrago y el exterminio hasta tus murallas. ¿No abrirás aún los ojos?
Vendré por tercera vez, abatiré defensas y defensores y al mandato del Padre comenzará el reinado del terror, del espanto y de la desolación.
Pero mis sabios huyen, mi ley sigue todavía conculcada; por eso haré una cuarta visita. ¡Ay de ti, si mi ley continúa siendo letra muerta para ti! Habrá prevaricaciones entre los doctos y entre los ignorantes. Tu sangre y la de tus hijos lavarán las manchas que has echado sobre la ley de tu Dios.
La guerra, la peste, el hambre son los flagelos con que será castigada la soberbia y la malicia de los hombres. ¿Dónde están, oh ricos, vuestras magnificencias, vuestras villas, vuestros palacios? Se han convertido en basura de plazas y calles.
Pero vosotros, sacerdotes, ¿por qué no corréis a llorar entre el vestíbulo y el altar, invocando la suspensión de los flagelos? ¿Por qué no tomáis el escudo de la fe y no subís a los tejados, y en las casas, en las calles, en las plazas, incluso en los lugares inaccesibles, no desparramáis la semilla de mi palabra? ¿Ignoráis que ésta es la terrible espada de dos filos que abate a mis enemigos y que deshace la ira de Dios y de los hombres?
Estas cosas tendrán que suceder inexorablemente, una después de otra. Las cosas proceden demasiado lentamente.
Pero la Augusta Reina del Cielo está presente.
El poder de Dios está en sus manos; disipa como la niebla a sus enemigos. Reviste al Venerando Anciano de todos sus antiguos hábitos. Se producirá además un violento huracán.
La iniquidad se ha consumado, el pecado tendrá fin y, antes de que transcurran dos plenilunios del mes de las flores, el iris de la paz aparecerá sobre la tierra.
El gran Ministro verá a la esposa de su Rey vestida de fiesta.
En todo el mundo aparecerá un sol, tan luminoso, como jamás existió desde las llamas del Cenáculo hasta hoy, ni se volverá a ver hasta el fin de los días». Don Bosco hizo sacar una copia de este escrito a don Julio Barberis, y fue la que se llevó consigo a Roma. Hizo hacer otra copia, algunas semanas después, a don Joaquín Berto, el cual dejó consignado en su cuaderno de recuerdos:
Don Bosco me comunicó una profecía escrita, que comenzaba con estas precisas palabras: Dios lo puede todo, lo conoce todo, etc., recomendándome el más riguroso secreto y que no descubriese a nadie quién era el autor. Entre otras cosas se refería a la desolación que amenazaba a Italia, como me explicó a mí al preguntarle sobre el particular. El me hizo sacar una copia para enviarla a Roma a cierto prelado».
La Civiltá Cattolica, año XXIII, volumen VI, serie octava, año 1872, en las páginas 299 y 303, hace referencia a este vaticinio y trascribe algunos párrafos del texto del mismo, haciéndolos preceder de estas autorizadas palabras: «Nos complace recordar un recentísimo vaticinio, nunca impreso y desconocido para el público, que fue comunicado desde una ciudad del norte de Italia a un personaje de Roma el 12 de febrero de 1870. Ignoramos su procedencia. Pero podemos dar fe de que lo hemos tenido en nuestras manos, antes de que París fuese bombardeada por los alemanes e incendiada por los comunistas. Y añadiremos que nos causó maravilla ver anunciada en él también la caída de Roma, cuando no se creía próxima ni probable». Se conservan varias copias de esta profecía. La más autorizada es un manuscrito de don Joaquín Berto. Lleva al principio la siguiente nota: «Fue comunicada el 12 de febrero de 1870 al Padre Santo». Al margen se leen algunas notas autógrafas del mismo don Bosco y al final algunas aclaraciones, evidentemente escritas o dictadas con anterioridad a los hechos y revisadas nuevamente después por el Siervo de Dios. Dichas notas y aclaraciones explicaban y determinaban los acontecimientos predichos, los cuales, como veremos, se cumplieron en gran parte poco después, y parte de ellos, al menos hasta hoy, no se cumplirían. Estos, según don Bosco, parecía que habían de suceder hacia 1874 «con tal de que-son sus propias palabras- no vengan nuevas iniquidades a oponerse al querer divino». Es de notarse que, interrogado inmediatamente sobre el cumplimiento de dichos hechos, don Bosco contestó claramente que tal vez no se llegaran a realizar jamás, porque el Señor, en su misericordia, suele a veces indicar simplemente a los hombres el camino que podrían seguir en tal y en tal circunstancia para vencer ciertas dificultades y nada más; por tanto, cuando no se sigan las directrices trazadas, es evidente que no puede verificarse lo que ha sido indicado. Entre tanto, don Bosco preparaba el siguiente Estado o situación de la Pía Sociedad Salesiana para presentar al Sumo Pontífice.
24 de mayo, 24 de junio de 1873
Era una noche oscura, los hombres no podían distinguir el camino a seguir para regresar a sus pueblos, cuando apareció en el cielo una luz esplendorosa que iluminaba los pasos de los viajeros como si fuese el mediodía. En aquel momento se vio una multitud de hombres, mujeres, ancianos, niños, frailes, monjas y sacerdotes con el Pontífice a la cabeza, que salían del Vaticano y se colocaban en filas como para una procesión.
Mas he aquí que un furioso temporal, oscureciendo algo la luz, parecía entablar una batalla entre la luz y las tinieblas. Mientras tanto se llegó a una plazoleta cubierta de muertos y heridos, algunos de los cuales pedían auxilio en alta voz.
Las filas que formaban la procesión se aclararon bastante. Después de haber caminado, por un espacio de tiempo correspondiente a doscientas salidas del sol, todos se dieron cuenta de que ya no estaban en Roma. El desaliento invadió el ánimo de todos, y se agruparon en torno al Pontífice, para defender su persona y asistirlo en sus necesidades.
En aquel momento se vieron dos ángeles que llevaban un estandarte y fueron a presentarlo al Pontífice diciendo: Recibe el estandarte de Aquél que combate y dispersa los más fuertes ejércitos de la tierra. Tus enemigos han desaparecido, y tus hijos imploran tu retorno con lágrimas y suspiros.
Fijando la mirada en el estandarte, se veía escrito, por una parte: Regina sine labe Concepta (Reina concebida sin mancha); y por la otra: Auxilium Christianorum.
El Pontífice tomó con alegría el estandarte, pero, al ver los pocos que habían quedado junto a él, se afligió mucho.
Los dos ángeles añadieron: Vete enseguida a controlar a tus hijos. Escribe a tus hermanos dispersos, por las diversas partes del mundo, que es necesaria una reforma en las costumbres de los hombres. Esto no se puede conseguir más que repartiendo a los pueblos el pan Todos los manuscritos, que con diligencia hemos copiado en este Apéndice «A», como estaban muy ajados, hacen suponer claramente que don Bosco los empleó más de una vez. Por tanto, pueden también ser meditados con fruto por nuestros predicadores de la divina palabra. Catequizad a los niños, predicad el desapego de las cosas de la tierra. Ha llegado el tiempo, concluyeron los dos ángeles, en que los pobres serán los evangelizadores de los pueblos. Los levitas serán buscados entre la azada, la pala y el martillo, a fin de que se cumplan las palabras de David: Dios ha levantado al pobre de la tierra para colocarlo en el trono de los príncipes de su pueblo.
Oído esto, el Pontífice se puso en movimiento, y las filas de la procesión empezaron a engrosar. Cuando puso el pie en la Ciudad Santa se echó a llorar ante la desolación de los ciudadanos, muchos de los cuales ya no estaban. Al entrar en San Pedro, entonó el Tedéum, al que respondió un coro de ángeles cantando: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Terminado el canto, cesó totalmente la oscuridad y lució un sol esplendoroso.
Las ciudades, los pueblos, los campos habían disminuido de población, la tierra estaba como arrasada por un huracán, por el aguacero y
el granizo, e iban las gentes unas hacia otras conmovidas y diciendo: Est Deus in Israel (Dios está en Israel).
Desde el principio del destierro hasta el canto del Te Deum salió el sol doscientas veces. Todo el tiempo que transcurrió para el cumplimiento de estas cosas se corresponde con cuatrocientas salidas del sol.

