28 Ago 2026, Vie

Conocemos a don Bosco (15). La opción definitiva por los pobres

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En el momento más crítico de los orígenes del Oratorio, don Bosco se encuentra aislado, cuestionado por las autoridades civiles, sospechado de desequilibrio mental y sin un lugar estable para sus muchachos. Incluso amigos y colaboradores lo invitan a redimensionar o abandonar la obra. En este clima, la marquesa de Barolo le impone una elección: continuar con sus instituciones o dedicarse a los jóvenes pobres. Don Bosco responde sin vacilación, renunciando a cargos, seguridad económica y protecciones para consagrarse totalmente a los niños abandonados. Acepta perderlo todo, confiando únicamente en la Providencia. Quedado casi solo con cientos de muchachos, vive un acto decisivo de abandono y fidelidad a la misión recibida.

 

 

Porque nunca se volvía atrás.

 

 

Diversas voces se habían difundido. «Don Bosco con su tropa de muchachos más o menos pillos es un peligro público: perturba el buen orden, puede en cualquier momento suscitar una revolución», el encuentro con el «Vicario de ciudad», marqués Michele di Cavour, que lo amenaza con prohibir toda reunión de muchachos). Por otra parte «este pobre sacerdote, muerto de cansancio, asaltado por dificultades, no cesa de hablar de un porvenir maravilloso: está enfermo, obsesionado, en el camino de la locura». Además no sabe dónde reunir a sus jóvenes: ha recibido la orden de abandonar el último lugar alquilado para ellos, el prado Filippi. También los amigos le aconsejan abandonar la obra, o al menos una buena parte. En tales circunstancias, es puesto contra la pared por la marquesa de Barolo. El diálogo que sigue es un punto culminante en la vida apostólica y espiritual de Don Bosco: en la soledad de una especie de agonía, la elección heroica, el abandono total en manos de Dios.

Y esto, sin vacilar: «Mi respuesta ya está pensada… Ya lo he pensado…».

 

«Dios siempre me ha ayudado»

Las muchas cosas que se iban diciendo sobre don Bosco comenzaban a inquietar a la marquesa Barolo, tanto más cuanto que el Municipio de Turín se mostraba contrario a sus proyectos.

«Un día, venida a mi cuarto, empezó a hablarme así: — Yo estoy muy contenta de los cuidados que se toma por mis institutos. Le agradezco que haya trabajado tanto para introducir en ellos el canto de las alabanzas sagradas, el canto llano, la música, la aritmética y también el sistema métrico.

— No hacen falta agradecimientos. Los sacerdotes deben trabajar por deber. Dios pagará todo, y no se hable más de esto.

— Quería decir que me apena mucho que la multitud de sus ocupaciones haya alterado su salud. No es posible que pueda continuar la dirección de mis obras y la de los muchachos abandonados, tanto más ahora que su número ha crecido fuera de medida. Yo soy de proponerle que haga solamente lo que es su obligación, es decir, la dirección del Ospedaletto, no ir más a las cárceles, al Cottolengo y suspender toda solicitud por los niños. ¿Qué le parece?

— Señora marquesa, Dios me ha ayudado hasta ahora y no dejará de ayudarme. No se inquiete por lo que hay que hacer. Entre yo, D. Pacchiotti y el T. Borrelli haremos todo.

— Pero yo ya no puedo tolerar que usted se mate. Tantas y tan variadas ocupaciones, quiera o no quiera, redundan en detrimento de su salud y de mis institutos. Y luego las voces que corren en torno a su salud mental, la oposición de las autoridades locales me obliga a aconsejarle…

— ¿A qué, señora marquesa?

— O a dejar la obra de los muchachos, o la obra del Refugio. Piénselo y me responderá.

— Mi respuesta ya está pensada. Usted tiene dinero y con facilidad encontrará sacerdotes cuantos quiera para sus institutos. Con los pobres muchachos no es así. En este momento, si yo me retiro, todo se va en humo; por lo tanto yo continuaré haciendo cuanto pueda por el Refugio, cesaré del empleo regular y me dedicaré de propósito al cuidado de los niños abandonados.

— ¿Pero cómo podrá vivir?

— Dios siempre me ha ayudado y me ayudará también en el porvenir.

— Pero usted está arruinado de salud, su cabeza ya no le sirve; se hundirá en deudas; vendrá a mí, y yo protesto desde ahora que no le daré jamás un centavo para sus muchachos. Ahora acepte mi consejo de madre. Le continuaré el estipendio, y lo aumentaré si quiere. Vaya a pasar uno, tres, cinco años a algún lugar; descanse; cuando esté bien restablecido, regrese al Refugio y será siempre bienvenido. De lo contrario me pone en la desagradable necesidad de despedirlo de mis institutos. Piénselo seriamente.

—Ya lo he pensado, señora marquesa. Mi vida está consagrada al bien de la juventud. Le agradezco las ofertas que me hace, pero no puedo apartarme del camino que la divina Providencia me ha trazado.

—¿Entonces prefiere a sus vagabundos a mis Institutos? Si es así, queda despedido en este momento. Hoy mismo proveeré a quien deba reemplazarlo.

Le hice ver que un alejamiento tan precipitado haría suponer motivos no honorables ni para mí ni para ella: era mejor actuar con calma, y conservar entre nosotros aquella misma caridad con la que luego deberemos hablar ambos en el tribunal del Señor.

—Entonces, concluyó, le daré tres meses, después de los cuales dejará a otros la dirección de mi Ospedaletto.

Acepté la advertencia, abandonándome a lo que Dios dispusiera de mí.

 

Mientras tanto prevalecía cada vez más la voz de que D. Bosco se había vuelto loco. Mis amigos se mostraban apenados; otros se reían; pero todos se mantenían alejados de mí. El Arzobispo dejaba hacer; D. Cafasso aconsejaba ganar tiempo; el Teólogo Borel callaba. Así todos mis colaboradores me dejaron solo en medio de unos cuatrocientos muchachos…»

 

 

don Eugenio CERIA, Epistolario de San Juan Bosco, pág. 161

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P. Bruno FERRERO

Salesiano de Don Bosco, experto en catequesis, autor de varios libros. Fue director editorial de la editorial salesiana Elledici. Es redactor jefe del periódico italiano "Il Bollettino Salesiano", en versión impresa.