13 May 2026, Mié

La santidad salesiana en la historia: aspectos emergentes en los procesos de beatificación de las Hijas de María Auxiliadora

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Hablar de santidad salesiana en la historia significa enfrentarse a una experiencia concreta, madurada en la vida ordinaria de comunidades educativas nacidas del Oratorio de Valdocco y de la primera casa de Mornese. Esta ponencia limita el horizonte a las Hijas de María Auxiliadora y, en particular, a lo que se desprende de los procesos de beatificación en el período 1900-1950. La atención no se centra en un «catálogo» de virtudes, sino en las fuentes procesales – especialmente las «Positiones» – que recogen testimonios, documentos y juicios sobre la fama de santidad. A través de las figuras de María Domenica Mazzarello, Teresa Valsé Pantellini y Maddalena Morano, el texto pone de relieve dos dinámicas: la santidad percibida y declarada por los testigos, y la santidad deseada y vivida como fidelidad a la Regla, al Sistema Preventivo y a la misión educativa entre las jóvenes.

 

 

El tema de la santidad salesiana en la historia es rico y vasto; abarca el camino de maduración en la fe, esperanza y caridad de todos los miembros y simpatizantes de la Familia Salesiana que, a partir del tiempo del Oratorio de Valdocco y de la primera comunidad de Mornese, han encontrado y encuentran hasta hoy, en el estilo de vida de Don Bosco y de Madre Mazzarello, los elementos válidos para alcanzar la plenitud de la vida cristiana. El subtítulo de esta relación: Aspectos emergentes en los procesos de beatificación de las FMA restringe ese vasto campo de la santidad salesiana relativa a las FMA y entre ellas, aún más, solo a aquellas de las que se han instruido los Procesos para la beatificación en el período considerado por esta investigación. Por esto, dos premisas:

 

  1. La santidad salesiana femenina no se limita solo a las FMA de las que se ha introducido la Causa, al contrario: hay numerosas FMA que han llevado una vida heroica en el silencio y en el sacrificio mediante su presencia en patios, cocinas, lavanderías, laboratorios, oratorios, escuelas, misiones, en la patria y en los lugares más remotos del mundo. Nadie ha pensado nunca en introducir su Causa, y por este hecho ellas, a pesar de haber vivido una vida ejemplar, escapan a nuestra investigación. Aquellas que han recibido el reconocimiento de la Iglesia con el título de venerable, beata, santa no son por este hecho más santas que otras. Me refiero, por tanto, no a un cuadro completo, sino solo a una porción representativa de la santidad femenina.

 

  1. La segunda precisión se refiere al enfoque contenido de esta relación en referencia al período cronológico previsto por este Congreso: 1900-1950. Si tomamos como criterio la apertura de los procesos tendríamos como objeto de nuestro estudio solo las tres Causas de las FMA que han sido introducidas en este tiempo: la de hermana María D. Mazzarello (hoy santa), de hermana Teresa Valsé Pantellini (hoy venerable) y de hermana Maddalena Morano (hoy beata), introducidas en los años 1911, 1926 y 1935 en las respectivas diócesis de Acqui, Turín y Catania, y nos quedaríamos solo en Italia. Si, en cambio, nos servirá de criterio la vida de las FMA, insertada en el marco del período considerado por el Congreso, allí encontraremos tanto a la beata Laura Vicuña (†1904) como a ocho FMA operando en los contextos de su misión en Europa y en América de las cuales los Procesos están en curso.

La brevedad de esta relación nos sugiere la primera opción, dejando la riqueza de los referentes y el vivido santificado de las seis Hijas de María Auxiliadora y de Laura Vicuña para otra ocasión.

La última precisión introductoria se refiere a la fuente, indicada ya en el título con la expresión Procesos de beatificación. Cada Proceso recoge y produce varios documentos, a partir de la Copia pública que documenta la fase diocesana, a través de la Positio que es elaborada por la Postulación, hasta el Breve Apostólico, firmado por el Sumo Pontífice, que cierra el procedimiento. He elegido solo un tipo de documento, la llamada Positio, que constituye la presentación razonada (Informatio) de las virtudes heroicas, a través del uso de los testimonios y documentos recogidos durante el Proceso canónico (Summarium). Teniendo tres figuras de referencia, he consultado en total seis Positiones: tres super Introductione Causae y tres super Virtutibus, encontrando en ellas un rico material procesal (más de 1200 páginas) según el interrogatorio hecho a los testigos oculares en referencia a las virtudes teologales, cardinales y a los votos religiosos vividos por nuestras protagonistas.

Metodológicamente he decidido elegir una pregunta específica del interrogatorio que se refiere a la fama de santidad de las FMA y me he preguntado: quién y cómo ha hablado de la santidad de nuestras tres hermanas; luego he tratado de identificar la impronta salesiana de su santidad. Así está estructurada mi relación: la primera parte la he titulado Santidad percibida y declarada; la segunda, La santidad deseada y profesada.

 

  1. Santidad percibida y declarada

El primer aspecto que emerge es una serie de percepciones personales verbalizadas durante el interrogatorio o declaradas por escrito por los testigos que se pronuncian respecto a las personas que han conocido de visu o de auditu. Es interesante este fenómeno, dado que ninguno de los testigos parte de la definición de la santidad, sino que la formula sirviéndose de los datos que considera oportunos para tal concepto. En el fondo, sin embargo, su juicio es la expresión del concepto de santidad elaborado en su época histórica y filtrado por el sensus fidei del pueblo de Dios.

 

1.1. Hermana María Domenica Mazzarello (1837-1881)

María Mazzarello durante su primer encuentro con Don Bosco intuyó inmediatamente su santidad, y ya en octubre de 1864, 70 años antes de su canonización, formuló la famosa declaración: «Don Bosco es un santo y yo lo siento». Luego a lo largo de toda su vida ella ha profundizado y ha vivido los rasgos constitutivos traduciéndolos en categorías adecuadas a su situación de mujer y de educadora.

Los actos procesales nos aseguran que tanto a Don Bosco como a los otros Salesianos no se les escapó su santidad. El card. Cagliero declaró: «Yo fui testigo durante seis y más años de las mismas virtudes ejercitadas con siempre mayor perfección cristiana y religiosa, al punto que inmediatamente después de la muerte, a las hermanas que la rodeaban, les dije que no se entristecieran, porque su Madre Superiora se había volado al cielo a gozar el justo premio de su santidad […] Así lo pensaba yo y como yo pensaba igual el Venerable Fundador Don Bosco, quien tenía de su Madre un alto concepto como de santa religiosa, de discretísima Superiora». Añade hermana Teresa Laurentoni: «Vi cartas que Don Bosco escribía a la señora Pastore de Valenza en las cuales decía que hermana María Mazzarello era santa». Y hermana Ursula Camissasa testifica que don Lemoyne después de la muerte de Madre Mazzarello «ordenó que nada se tocara en su habitación y que nadie fuera a habitar allí».

 

En cuanto a la impresión de las FMA, declara hermana Elisabetta Roncallo: «En la comunidad la opinión era que teníamos una Superiora santa. Tal percepción era también de aquellos que la acercaban, viniendo del exterior». Las misioneras en América completan: «En vida todas la tenían como una santa religiosa, después de su muerte nosotros la rezábamos para que nos obtuviera gracias».

 

1.2. Hermana Teresa Valsé Pantellini (1878-1907)

Mons. Giovanni Marenco en 1908 en Roma afirmó: «Por el conocimiento que yo tuve de las hermanas, durante el tiempo en que, como Director General, me debí ocupar de ellas, puedo decir que algunas murieron en concepto de santidad y se debería promover el Proceso de beatificación y entre estas, hermana Valsé es una de las primeras». El mismo Mons. Marenco pidió a hermana María Genta «que conservara las vestiduras de la Sierva de Dios fallecida, porque dijo, ¡“quién sabe si un día el Señor no la quiera a los honores de los altares!”». Su intuición fue confirmada y precisada por don Filippo Rinaldi, Rector Mayor, quien durante el Proceso Ordinario dijo: «He oído exaltar su santidad interior consistente en una vida verdaderamente virgen, de piedad profunda y sólida y regular, ajena a toda debilidad, sin exaltación alguna; era de una santidad interior extraordinaria, viviendo aparentemente una vida ordinaria. La santidad de la sierva de Dios apareció también hacia las hermanas, con las cuales usó la verdadera caridad religiosa y también hacia las jóvenes del oratorio y laboratorio por cuya salvación espiritual y material se santificaba. A las chicas luego las seguía y estudiaba también en sus faltas para ayudarlas y conquistarlas con la bondad. Por mi parte, estoy convencido de que la sierva de Dios tuvo tal virtud que fue igualada a las almas más santas, pero supo esconderse tanto que no dejó ver toda su santidad. Se hacía un estudio particular para no dejar entrever qué [cosa] hacía y practicaba».

Las FMA coinciden con la percepción previamente destacada: «Puedo atestiguar – testifica hermana María Genta que fue su maestra y luego directora – que durante la vida religiosa en Roma de la sierva de Dios tanto las Consorores, como las Patronas del Oratorio, como las jóvenes y las operarias que frecuentaban el Oratorio y el laboratorio, la reputaban una santa y tenían por ella una gran veneración». Sin embargo, hay también un caso contrario registrado en los actos procesales: «Por amor a la verdad – dice hermana Luigia Rotelli –, debo decir que he oído a algunas Hermanas referir que cierta Sor Brusco María (FMA) no comparte el concepto de santidad de la sierva de Dios, diciendo que nada ha hecho de extraordinario, aunque considerándola una hermana piadosa y ejemplar». Las laicas no tenían estas dudas. La señora Olga Mazzetti, compañera de la sierva de Dios en el Sagrado Corazón en Florencia, le dijo a don Maccono: «Usted se ocupa de hacer santa a hermana Valsé; nosotras las chicas decíamos ya desde entonces que ella era una santa». Otra de sus compañeras añade: «Leyendo la vida de los santos siempre me parece encontrar exageraciones, pero leyendo la vida de hermana Valsé encuentro que fue realmente pintada como era».

 

1.3. Hermana Maddalena Morano (1847-1908)

Madre Morano tenía un temor; siendo consciente de que la gente la consideraba santa, decía: «Cuando esté muerta, no digan “M. Morano era una santa y estará en el Paraíso” y con eso me dejan arder en el Purgatorio hasta el fin del mundo, si por misericordia de Dios me salvo. Oren, oren por mí». Ella sabía «que la santidad consiste toda en hacer la voluntad de Dios, siendo este el único modo de demostrar nuestro amor por Él».

De la santidad de Madre Morano estaban convencidos tanto los Salesianos (Cagliero, Marenco) como los sacerdotes diocesanos, desde los pastores de la Iglesia local hasta los simples curas de las campañas. Testifica hermana Paolina Noto: «Recuerdo que en una visita que hizo el card. Nava a Trecastagni nos dijo: “Tienen una Superiora santa, sepan apreciarla”. Y el Inspector de las casas salesianas en Sicilia, don Franco Piccollo, escribió: “Ciertos nombres […] adquieren significados especiales y, para quien ha conocido a M. Morano, este nombre asume tres significados: es decir, fortaleza insuperable, santidad auténtica y plena de generosidad con Dios y bondad exquisita con todos. [Ella] mostró fortaleza en sufrir durante casi toda la vida incomodidades y enfermedades graves, aunque las mantuviera en secreto, verdadera hija del venerable Don Bosco, esperaba el descanso en el Paraíso”». «Don Albera, aún solo director espiritual de la Sociedad salesiana, al venir por primera vez a Sicilia, al conocer a Morano se maravilló de encontrar en ella tantas bellas cualidades y un día dijo: “Oh esta Madre Morano que hermana maravillosa! Podría gobernar no solo una inspectoría sino toda la congregación de las FMA».

No obstante, la respetaban las FMA y sus educandas. Testifica hermana Signorina Meli: «Su bello carácter atraía a todas las personas que tenían la fortuna de acercarse a ella y las llevaba hacia el Señor. […] Unía en sí la vida contemplativa por la constante unión con Dios y la vida activa por su incansable acción por el bien de las almas, cumpliendo exactamente sus deberes en todas las obras encomendadas a sus cuidados, sin escatimar ni esfuerzos ni sacrificios en toda su vida. La sierva de Dios tuvo fama de santidad también durante la vida, siendo estimada por todos como un alma privilegiada y enriquecida de virtudes singulares». Y hermana Decima Rocca: «Era intensamente amada por sus dependientes y todas tenían un concepto de santa». Hace excepción la voz aislada de hermana Rosaria Cuscunà de Biancavilla (FMA), aceptada por singular excepción por la misma M. Morano en el Instituto, que es contraria al concepto de santidad de la sierva de Dios. Su posición es considerada, sin embargo, por las otras FMA como un juicio desequilibrado. En nombre de las educandas se expresa la señora Agata Zappalà: «Puedo atestiguar que la sierva de Dios era tenida en concepto de santidad no solo por nosotras las educandas, sino por las personas que la conocían». De hecho, el Presidente que había amenazado con cerrar el colegio, al haber oído de la muerte de M. Morano, dijo: «Qué pena, esta hermana no debía morir. Podrán haber buenas y santas Superioras, pero no podrán tener todas las virtudes y toda la santidad de Madre Morano».

 

  1. La santidad deseada y profesada

Otro aspecto que emerge de los testimonios procesales es el vivo deseo de la santificación propia y de la salvación de las almas de nuestras protagonistas. Se trata de un fuego interior que se consumía traduciendo en lenguaje práctico el lema del fundador: Da mihi animas, cetera tolle. La propia santificación fue buscada en la adhesión a la Voluntad de Dios, entendida como observancia de la Regla y obediencia a los superiores, sin faltar a la comunidad la alegría y la creatividad femenina. La pasión apostólica en ellas se expresaba según las categorías del Sistema Preventivo en los contextos del Norte (Mornese, Niza), Sur (Sicilia) y Centro (Roma) de Italia. La profesión religiosa ha permitido dar, a las futuras FMA, una impronta salesiana a su santidad a través de la vida comunitaria comprometida por la educación de las jóvenes, en el camino común hacia el Paraíso, imitando a Jesús y a los santos, en la obediencia y en la alegría, mostrándose siempre fuertes ante las situaciones contrarias.

 

2.1. La vida comunitaria y la educación de las jóvenes

Estas dimensiones fueron para las FMA desde el principio el espacio de santificación, ampliado luego al horizonte misionero, en el cual la obediencia profesada las destinaba a vivir.

Madre Mazzarello cuidaba mucho el clima de la vida fraterna, favoreciendo las condiciones de crecimiento tanto para las hermanas como para las chicas. «Una vez –testifica hermana Felicina Ravazza–, al acoger en una pequeña comunidad naciente, se enteró de que entre esas hijas no reinaba la armonía y se esforzó hasta más allá de la medianoche para hacer las paces en esa comunidad». «Tenía un gran amor por las chicas –añade hermana Teresa Laurentoni–; se sacrificaba y quería que nos sacrificáramos también nosotras por su [buena] educación». «Siempre estaba lista en el cumplimiento de sus deberes y se mostraba siempre alegre –completa Petronilla Mazzarello–; todas las hermanas que la conocieron pueden testificar cuánto bien mantenía elevado el espíritu de la Comunidad, incluso en circunstancias muy dolorosas». Madre Caterina Daghero precisa: «Lo que ella hacía recomendaba que también lo hicieran las hermanas e inculcaba que lo hicieran de inmediato, diciendo: “lo que podáis hacer hoy, no esperéis a hacerlo mañana”». Don Cagliero lo notó de inmediato, declarando durante el Proceso rogatorial: «Un solo era el espíritu que reinaba entre ellas, un solo el corazón para quererse, una sola voluntad de todas en obedecer. Un solo el deseo de hacerse santas y un solo su amor a Dios, a la santa pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, al sacrificio, a la oración y al trabajo. Y este sagrado concierto de corazones, de voluntades y de amor lo dirigía la superiora, o mejor, la celosísima y queridísima Madre María Mazzarello, siempre primera en todo y sobre todo en la humildad, en la caridad y en la observancia religiosa».

El mismo celo incansable caracterizó a sus hijas espirituales: hermana Teresa Valsé y Madre Maddalena Morano. De la primera se lee en el Summarium: «La sierva de Dios ardía del deseo de hacer conocer a Dios, a Jesucristo, su Iglesia […] Ardía del deseo de partir para las misiones entre los infieles de China… este deseo lo tuvo desde el momento de su primera Comunión». Y de la segunda: «Respecto a la propagación de la fe, ella misma preparaba y formaba a las hermanas misioneras, que enviaba a diferentes escalones en las misiones. Nos decía: instruid las almas en nuestra Santa Religión y llevad todas las almas al Señor».

Hermana Teresa Valsé se ocupaba de las chicas de Roma: «Ponía un especial empeño en la enseñanza del catecismo en la parroquia de S. Prassede, que impartía a las más grandes de las que era asistente. Eran particularmente numerosas y ella no escatimaba esfuerzo para hacerse útil en su formación espiritual». Y Madre Morano hizo lo mismo por los jóvenes de Sicilia: «En las fiestas lograba llamar e inducir a jóvenes a acercarse a los Santos Sacramentos, usando sus maneras maternas y persuasivas para tal fin. La sierva de Dios se destacó sobre todo por el apostolado catequístico entre los ignorantes; de hecho, la fundación de las escuelas catequísticas fue el alma de su misión».

 

2.2. Con corazón de madre y fidelidad al Sistema Preventivo

La acción apostólica y la animación de las FMA, como subrayan los testigos, estaban impregnadas no de una técnica, sino de un método que tenía los rasgos del calor materno y emanaba de su forma de interactuar con todos, especialmente con los destinatarios de la educación.

«María Mazzarello estaba dotada de un criterio poco común –testifica hermana Enrichetta Sorbone–, poseía el don de la maternidad, y el don del gobierno verdaderamente admirable, un gobierno enérgico, vigilante, pero amoroso; nos trataba con franqueza, sí, pero nos amaba cordialmente; tenía un no sé qué que nos arrastraba al bien, al deber, al sacrificio, a Jesús con una cierta suavidad, sin violencia; ella veía todo, preveía el bien y el mal de sus hijas, siempre lista para proveer tanto para lo físico como para lo moral, según la necesidad y la posibilidad». Y hermana María Rossi añade: «En el oficio de superiora siempre se comportó hacia las hermanas con caridad maternal; fue prudente; exigía que cada una cumpliera con su deber, pero no tenía durezas. Para los diferentes oficios del Instituto siempre eligió a las que le parecían más adecuadas». Luego precisa aún más: «La sierva de Dios era maternalmente buena con todas, pero sabía ser fuerte cuando era necesario, especialmente con los caracteres un poco fuertes, o con aquellas hermanas que lo necesitaban».

Respecto a hermana Teresa Valsé se dice: «Vigilaba constantemente para que las chicas estuvieran animadas por un vivo amor a Dios y se mantuvieran alejadas del pecado. Y a este fin realizaba una intensa actividad en el oratorio. De aquí deduzco que tenía un gran horror al pecado y por eso se esforzaba por impedirlo y también por repararlo»; «Hecha hermana, practicó de manera perfecta el sistema del venerable fundador, el llamado Sistema Preventivo». «Para dedicarse a nuestro bien –añade la señora Regina Cerrai– no conocía horas de descanso y especialmente en los días festivos que eran para ella días de grandes sacrificios […] puedo decir que he visto cómo, gracias a la solicitud de la sierva de Dios, las más traviesas se convertían en las mejores». Y la señora Giulia Conciatori: «Con aquellas que estaban afligidas por enfermedades o desgracias, incluso financieras, era de una caridad maternal. Las visitaba, las consolaba, las ayudaba también materialmente».

 

También Madre Morano: «Veneraba y estimaba a Don Bosco como un santo y quería que se practicara bien su Sistema Preventivo en la escuela y en la asistencia […]. Les decía a las hermanas y a las asistentes: “¿Quieren ser respetadas? Respeten. Las chicas son como nosotros las queremos: no nos quejemos de ellas, sino de nosotros que no siempre sabemos hacer bien nuestra parte”». Añade hermana Teresa Pentore: «Tenía un método todo suyo para tratar a ciertas alumnas caprichosas y testarudas: no las endurecía, no las regañaba, ni castigaba, y aun así lograba lo que muchas otras nunca habrían logrado de esas indocilidades rebeldes». Y hermana Teresa Comitini precisa: «La sierva de Dios como educadora comprendió por experiencia la eficacia del espíritu de Don Bosco, es decir: [que] la alegría en la vida es una fuerza, un elemento esencial en la educación de la juventud. Como religiosa comprendió mejor que la alegría es la atmósfera de las virtudes heroicas; es una necesidad de la vida espiritual. Su actividad puede decirse que es una irradiación continua de santa alegría y de bondad salesiana». Hermana Giovanna Costa completa: «Verdaderamente la más tierna de las madres no podría haber hecho más de lo que la sierva de Dios hacía por todas sus hijas. Nadie puede tener idea de ello, excepto aquellos que tuvieron la suerte de conocerla y practicarla […]. No se dejaba mover ni por simpatía ni por antipatía, que, de hecho, cuando era necesario, usaba la seriedad, firmeza y fortaleza necesarias como la que suele usar una excelente madre a la que le importa que sus propias hijas crezcan bien, virtuosas y santas, y nos sentíamos tan bien queridas por ella que cada una de nosotras estaba convencida de ser su preferida».

«A menudo durante la noche se la veía con su lamparita hacer el recorrido por los dormitorios como un verdadero ángel guardián y con atención maternal –confirma hermana Teresa Comitini, su alumna externa, luego FMA–. La sierva de Dios fue apreciada, amada, deseada. Como la prudencia, brillaron en M. Morano todas las virtudes que en un alma religiosa indicaron celo constante por su propia perfección y por la salvación de las almas».

 

2.3. Hacia el Paraíso

El clima de las comunidades y el magisterio del Instituto hacían deseable el ideal de la santidad que culmina en la experiencia de vida plena más allá de la muerte. Se hablaba del Paraíso como el logro del premio después de tantos sacrificios, como de una realidad tranquila que se disfruta después del trabajo y la aceptación de la cruz. Pero no solo eso, también como atmósfera de paz y de alegría en las relaciones recíprocas.

Madre Mazzarello, testifica hermana Enrica Sorbone, «tenía mucha confianza en Dios y era realmente extraordinario escucharla hablar de Dios, del Paraíso. En todo revelaba esta esperanza, esta confianza en el Señor y en María Auxiliadora». «Estaba animada por el vivo deseo de hacerse santa y de ver a las hermanas esperar con diligencia su propia santificación –añade hermana Ottavia Bussolino–. Entonces a menudo nos cantaba en la recreación: “Yo quiero hacerme santa y hija de María – Yo quiero hacerme santa y esposa de Jesús – Yo quiero hacerme santa – y santa en alegría – Yo quiero hacerme santa – Y santa siempre más”». Completa hermana Clara Preda: «Estaba muy enamorada del Paraíso, también me animaba a la esperanza, me exhortaba a pedir la gracia de morir en un acto de Amor de Dios y de dolor por mis pecados, diciéndome que al Purgatorio no queremos ir». También en sus cartas a menudo hablaba del Paraíso. A hermana Angela Vallese en 1879 le escribía: «Nos hemos hecho hermanas para asegurarnos el Paraíso, pero para ganar el Paraíso se necesitan sacrificios; llevemos la cruz con valor y un día estaremos contentas». Y a hermana Pierina Marassi en 1880: «Recordemos que el Paraíso no se adquiere con las satisfacciones y con ser preferidas, sino que se adquiere con la virtud y con el sufrimiento». A la comunidad de Saint-Cyr: «Mis buenas hermanas, piensen que donde reina la caridad, allí está el Paraíso […] Las palabras no hacen ir al Paraíso, sino más bien los hechos».

También sor Teresa Valsé Pantellini «tenía a menudo en los labios la palabra: ¡Paraíso! ¡Paraíso! que pronunciaba con un acento que demostraba su vivísimo deseo de poseerlo. Y me parece también haber oído decir –testifica sor Adelaide Barberis– que decía: un pedazo de paraíso compensa toda una vida. Se entendía perfectamente que todo en ella: mente, corazón y pensamiento estaban completamente orientados hacia el Cielo».

Lo mismo confirma sor Elisabetta Dispenza respecto a Madre Morano: «El único deseo de la sierva de Dios era el Paraíso y en ciertos momentos de mayor fervor comenzaba a cantar “Paraíso, Paraíso – de los elegidos gran ciudad – en ti alegría, cantos y risas – reina y siempre reinará”». Luego exclamaba: «Si voy al Paraíso, en este mundo no regreso más». La misma sor Elisabetta recuerda de M. Morano esta oración: «Dame tanto por sufrir aquí en la tierra, oh Dios mío, porque después de mi muerte me llevaréis con Vos al Paraíso, porque al infierno no quiero ir». Sor Paolina Noto, testigo ex officio, añade: «He sabido […] de ella misma […] que la sierva de Dios abrazó el estado religioso por verdadera vocación, por el deseo de consagrarse al Señor, para hacerse santa, para salvar almas y ganar el Paraíso» y cita lo que M. Morano decía a menudo a las hermanas: «Hijas, hemos venido a la Congregación para hacernos santas y adquirir el Paraíso».

 

2.4. Imitando a Jesús y a los santos

La mirada hacia el Paraíso para las FMA no era un sentimiento mágico o poético. Allí estaban Dios y los santos, considerados modelos a imitar; después de haber recorrido el camino terrenal, disfrutaban del premio eterno. El Paraíso se veía como la fiesta del encuentro con Jesús, con María Auxiliadora y con los patronos del Instituto: San José, San Francisco de Sales y Santa Teresa de Jesús, y el mismo Don Bosco que había prometido esperar a todos allí. Las referencias a los santos son muy abundantes en los Procesos y se presentan como aspectos no secundarios en el camino de santidad. Solo menciono algunos.

Empiezo por el núcleo fundamental de la vida cristiana que consiste en la secuela Christi, santo por excelencia. Las tres figuras están unidas tanto por la lectura de la Imitación de Cristo como por la imitación de Jesús en la cotidianidad de la vida. Era un libro prescrito por las primeras Constituciones, pero nuestras protagonistas ya lo conocían antes de su ingreso en el Instituto. María Mazzarello lo descubrió en el grupo de las FMI y se apropió de algunas expresiones que encontramos en su epistolario. Don Maccono, el editor de sus primeras 15 cartas, cita en las notas 17 pasajes de la Imitación de Cristo para hacer entender al lector la analogía de los contenidos. María Mazzarello lo recomendaba no solo a las hermanas, sino también a las mujeres laicas. La señora Angela Mazzarello, residente en Mornese, cuenta que una vez recibió de Madre Mazzarello, desde Niza, un rosario y la recomendación de leer y meditar la Imitación de Cristo. Otra señora, Caterina Mazzarello, habla del fervor espiritual de María: «Tenía mucha devoción a la Virgen; nos exhortaba a recitar tres Avemarías a su pureza […] También nos exhortaba a encomendarnos al Ángel de la Guarda sugiriéndonos la recitación del Angele Dei». Añade la hermana María Genta: «Entre los santos, en particular, nos recomendaba la devoción a San José, de quien inculcaba imitar las virtudes ocultas, humildad y silencio, etc., a San Luis, a cuyo honor recomendaba la práctica de los seis domingos, a San Francisco de Sales, a Santa Teresa, nuestros protectores particulares». El cardenal Cagliero precisa: «¡Vivía perdida en Dios! Tanto cuando estaba recogida en la oración, como cuando estaba ocupada en el trabajo, como en el descanso, en la vigilia, y se puede decir también en el sueño, como la esposa de los cánticos».

Respecto a la hermana Teresa Valsé, la hermana María Genta, de quien la sierva de Dios fue secretaria durante un tiempo, declara: «De ella misma aprendí que, aún antes de ser religiosa, atendía regularmente a la oración, haciendo diariamente la meditación y que, entre los libros de meditación, prefería el De Imitatione y la Práctica de amar a Jesucristo de San Alfonso». En su cuaderno encontramos escrito: «Aprovechar todas las ocasiones para humillarse», y, en caracteres más grandes, copia la máxima de la Imitación de Jesús: «Ama no ser conocida y reputada por nada» y es por este motivo – explica la hermana Eulalia Bosco – que «supo soportar los agravios del escupitajo [de una chica] sin perturbarse en absoluto». «Ante una figura tan bella, mi corazón se siente conmovido – declara la señora Pia Basetti, su compañera de escuela –, y agradezco al Señor por haberme hecho la gracia de conocer […] a la sierva de Dios hermana Teresa Valsé Pantellini. ¡Oh! ¡Ojalá! yo la imite en sus virtudes; ¡esto es lo que le pido a ella, con todo el ímpetu de mi pobre y miserable alma!».

De Madre Morano, su biógrafo don Garneri atestigua: «Puedo decir [que] su íntimo estudio era imitar a Jesús en todo». Y lo hizo también repitiendo las jaculatorias: «¡Todo por vosotros, mi buen Jesús, mi bien inmenso! Solo amor y gloria vuestra me basta, Jesús mío». Ante este amor, la hermana Elisabetta Dispenza confiesa: «Me sentía atraída como por un imán… cuando la veía ir y volver de la Comunión. No parecía más una criatura humana, sino angelical. En esos momentos deseaba imitarla…». «Hablaba a menudo de la Virgen, y a veces también cantaba junto al pueblo sus alabanzas en dialecto siciliano: “¡Viva María, María siempre viva! ¡Viva María y quien la creó, y sin María no se puede salvar!”». A las hermanas les decía a menudo: «Recordemos que llevamos el nombre de Hijas de María Auxiliadora, y tales debemos ser no solo de palabra, sino con los hechos, imitando sus virtudes, y con nuestro buen ejemplo» y repetía: “Hermanas mías, nos hemos hecho religiosas para hacernos santas y santificar las almas que el Señor nos confía”». Hablando con ella, añade la hermana Dispenza: «Tuve más de una vez esta impresión, de que en su perfección espiritual calca las huellas de Santa Teresa, San Francisco de Sales, San Juan Bosco, tres santos de los cuales hablaba a menudo y de los cuales conocía muy bien la vida». Don Monasteri manifiesta esta impresión: «Cuando la veía, me parecía estar delante de una Santa Teresa». Madre Morano «devota de todos los santos, tenía una devoción especial hacia el Patriarca San José, tanto que bajo su protección puso la Inspectoría Sicula. En honor del santo compuso un rosario especial y en las necesidades de la Casa nos hacía rezar así: “San José, pensad en nosotros”». «Siempre nos hablaba de la M. Mazzarello, de quien era gran admiradora e imitadora – testifica la hermana Adele Marchese –, a nosotras nos proponía los ejemplos especialmente de templanza, y ella ponía más empeño en copiarlos en sí misma».

 

2.5. Fortaleza en las dificultades y situaciones adversas

Las pruebas y contrariedades no faltan a lo largo del camino y también las FMA las enfrentan con coraje, liberando los recursos interiores que las hacen fuertes y valientes en circunstancias desafiantes.

Madre Mazzarello, testifica Petronilla, «mostró gran fortaleza cuando de repente murió don Pestarino y se encontró sin quien siempre había sido su consejero y su guía. Sin embargo, siguió adelante llena de resignación, exhortando también a las demás a pensar que estamos en manos de Dios que proveerá». La hermana Giuseppa Balzoni recordó que «muchas veces la sierva de Dios decía a sus empleadas que los hombres podían quitarle todo, menos el corazón para amar a Dios». Y la hermana Enrica Sorbone añade: «Quería fuertes también a sus hijas».

Respecto a la fortaleza de la hermana Teresa Valsé, ofrece un ejemplo elocuente la hermana María Genta, que experimentó las mismas dificultades que tuvo la Sierva de Dios: «Las condiciones especiales por las dificultades continuas en las que nos encontrábamos para mantener abierto el Oratorio llegaron al punto de que se trató de suspender todo y cerrar el Oratorio mismo, tanto más que antes que nosotras, otros cuatro Institutos religiosos habían tenido que abandonar el campo. En estas condiciones [hermana Teresa Valsé] fue siempre quien nos animó, nos alentó a hacer oraciones, novenas de oración, asegurándonos que la asistencia de Dios no faltaría. Nos recordaba el ejemplo del venerable Don Bosco, quien en las mismas críticas circunstancias se encontró y nunca se desanimó confiando en los auxilios de la Divina Providencia. Puedo afirmar que, si a mi lado no hubiera tenido su ayuda y aliento, no habría continuado en la obra, sino que también yo habría cerrado la casa».

Añade la hermana Adelaide Barberis: «Puedo atestiguar que la sierva de Dios estaba dotada de un carácter fuerte. No se asustaba ante las dificultades y contradicciones, sino que continuaba realizando su apostolado con celo y constancia». Y la hermana Luigia Rotelli explica el secreto de esta fortaleza de ánimo: «Porque ella estaba animada por la vivísima esperanza de poseer un día el Paraíso […] supo superar cada dificultad, [fue] un verdadero modelo de religiosa salesiana».

De la misma estirpe era Madre Morano: «La sierva de Dios oraba y hacía orar siempre, – declara la hermana Elisabetta Dispenza – de hecho, cuando le ocurrían adversidades, no perdía el coraje; sino que siempre alegre y serena duplicaba sus oraciones, nos recomendaba a nosotras que oráramos con más intensidad, y luego se quedaba tranquila y serena, abandonada a la voluntad de Dios, segura de ser consolada. Mientras tanto repetía a menudo: “Oh voluntad de Dios, tú eres mi amor”». Y la hermana Angela Macchi añade: «La sierva de Dios nunca se dejó abatir por ninguna dificultad, por grave que fuera, porque decía que las dificultades muestran las obras de Dios; el demonio pone estos obstáculos para impedir hacer el bien». Madre Morano «siempre se mostró fuerte en las diversas circunstancias de la vida – confirma la misma testigo –, recordando el ejemplo de Don Bosco que decía: Cuando no podéis enfrentar una dificultad, rodeadla». Y ella misma decía: «En las luchas, contrariedades y sufrimientos, pensemos en el premio eterno que nos será dado por el Señor como recompensa de nuestros pequeños sacrificios y de nuestros sufrimientos. No debemos nosotras FMA desanimarnos, porque nuestro Padre Don Bosco nos decía: “A quien continúa perseverando en la vocación, el Señor ha prometido pan, trabajo y Paraíso”».

 

Conclusión

La santidad de las FMA en el período considerado era una realidad visible y perceptible tanto dentro del Instituto mismo como desde fuera. Por parte de las mismas FMA era deseada y abrazada con la profesión religiosa como un camino seguro de salvación, trazado por Don Bosco que, haciendo fructificar su carisma, se comprometió a imitar a Jesús Buen Pastor para la salvación de la juventud. Fue encarnada por mujeres fuertes, enamoradas de Dios que, siguiendo el ejemplo del Fundador, estaban dispuestas a sufrir toda humillación por el bien de las jóvenes. Fue vivida por las FMA en la dimensión comunitaria, con fidelidad creativa, en un clima de alegría y santa alegría. La santidad fue admirada en su originalidad del Sistema Preventivo y apreciada, por su eficacia, por las personas que entraban en el radio de su irradiación. Fue buscada por ellas a través de la imitación debido a la experiencia positiva. También fue confundida por algunas con acciones extraordinarias que deberían confirmarla y expresarla, mientras que su fuerza residía en la extraordinaria fineza interior, atenta a las jóvenes de clase popular, y oculta detrás de una vida aparentemente ordinaria. Los aspectos emergidos de las Positiones se vislumbran en la óptica de la ejemplaridad de Don Bosco continuada por nuestras protagonistas en los rasgos constitutivos de su espiritualidad, expresada no solo en femenino, sino enriquecida por su maternidad educativa y espiritual.

 

 

Hna. Sylwia Ciężkowska, fma

Editor BSOL

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