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Don Bosco lo sabía bien: el juego y la música son los caminos más sencillos para entrar en el corazón de los jóvenes. Aún hoy, en los patios salesianos de todo el mundo, el juego crea confianza, amistad, fraternidad. Es el sentido del lema “¡Adelante el deporte, adelante el hombre!”: un deporte que sirve a la persona y a la comunidad, no al revés.
El deporte no tiene bandera
Decir que el deporte es “sin patria y sin color” no significa negar las raíces de cada disciplina, que nace siempre en un lugar y en una cultura. Significa reconocer que el deporte lleva en sí un valor que va más allá de las fronteras: nos hace pasar del ”yo” al “nosotros”.
La verdadera patria del deporte es la fiesta del ser humano y de la variedad. Su único color es el de los pueblos que lo practican. Su única bandera es la alegría que sabe suscitar.
El perfume del deporte se llama paz
Los oratorios y los centros juveniles salesianos ofrecen precisamente esto: un espacio donde cada joven, sea cual sea su procedencia, su condición social o el color de su piel, encuentra amigos, hermanos y educadores. Es el espíritu de familia querido por Don Bosco: en el juego se aprende el valor del equipo, del grupo, de la comunidad.
Nuestros patios tienen algo que decir al mundo del deporte: lo que cuenta es la persona, la unidad, la paz. San Juan Pablo II, en el Jubileo de los deportistas de 1984, invitaba a los atletas a hacer de sus encuentros “un signo emblemático para toda la sociedad”, un anticipo del tiempo en que ninguna nación alzará más la espada contra otra. Si la guerra, recuerda el papa León XIV, es siempre una derrota de la humanidad, el deporte limpio es una alternativa concreta: construye paz y cohesión entre los pueblos.
Atención, sin embargo. Cuando el deporte pierde su carácter de juego libre, espontáneo y apasionado, se transforma en su contrario: se convierte en campo de batalla de intereses, violencia, racismo, corrupción, simple mercancía para consumir. Un deporte que ya no une es enemigo del hombre.
Una escuela de fraternidad
En su carta “La vida en abundancia”, el papa León XIV recuerda que la práctica deportiva es una actividad abierta a todos, que hace bien al cuerpo y al espíritu: una expresión universal del ser humano.
El deporte hace bien de verdad cuando ayuda a la persona a ser ella misma: libre, creativa, abierta, fraterna. El beneficio no es solo físico e individual: quien crece a través del deporte se abre a los demás y construye vínculos. El deporte es una escuela de sociabilidad.
Pero también aquí hay un riesgo: el negocio del deporte, el “pagar por jugar”, el elitismo, el dopaje, la mentalidad de ganar a toda costa. Cuando el deporte pierde su dimensión comunitaria y se convierte solo en búsqueda del éxito personal, pierde también su valor educativo.
A propósito del Mundial de fútbol de 2026, el papa León ha escrito en las redes sociales palabras que parecen pensadas para nuestros patios: el fútbol nos recuerda que “la vida no es una carrera en la que se busca brillar, solos, sino un camino que se aprende a recorrer juntos”. Quien no sabe dar un pase, aunque tenga talento, aún no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, aún no ha comprendido la vida.
Ya Pablo VI veía en el deporte mucho más que educación física: una escuela de lealtad, de juego limpio, de disciplina, de sacrificio, de coraje y de tenacidad. Un potente factor de educación moral y social.
Un anticipo del Paraíso
Grandes eventos como el Mundial de fútbol pueden convertirse en espacios en los que reafirmar la primacía de la persona sobre el beneficio, del diálogo sobre el dominio, del “nosotros” sobre el ego. Es la intención de oración que el papa León XIV ha confiado al mes de junio: que el deporte, en estos tiempos de guerra y de polarización, sea instrumento de paz, de encuentro y de diálogo entre culturas y naciones.
Respeto, solidaridad, fraternidad: estos valores encuentran su plenitud en Dios. Por eso un deporte que sirve de verdad al hombre habla, en el fondo, de Dios. Y es por esto que es sin patria y sin color: porque celebra la comunidad humana, el amor universal y la paz. Solo así el deporte puede ser de verdad, como se ha dicho, un “anticipo del Paraíso”.
don Jerry MATSOUMBOU, sdb
Sector de Pastoral Juvenil

