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A lo largo de la Vía Apia Antigua, en el corazón de la Roma de los orígenes cristianos, las catacumbas de San Calixto custodian una memoria que atraviesa los siglos: la de los mártires, los primeros papas y una comunidad que vivió la fe hasta el don de la vida. Pero este lugar, entre los más venerados de la cristiandad, no pertenece solo al pasado. Desde 1930, gracias a la presencia de los Salesianos de Don Bosco, sigue siendo un espacio vivo de acogida, evangelización y oración. Entre galerías subterráneas y testimonios antiguos, toma forma un encuentro fecundo entre historia y fe, donde cada visita se convierte en un itinerario espiritual capaz de hablar al hombre de hoy.
El primer cementerio oficial de la Iglesia de Roma
A lo largo de la Vía Apia Antigua, la Regina Viarum de la antigüedad romana, entre la segunda y la tercera milla de las antiguas murallas servianas, se abre uno de los lugares más solemnes y cargados de significado de toda la cristiandad: las catacumbas de San Calixto. Giovanni Battista de Rossi, el gran fundador de la arqueología cristiana moderna, las definió sin dudarlo como «las catacumbas por excelencia, el primer cementerio oficial de la Comunidad de Roma, el glorioso sepulcro de los Papas del siglo III». El papa Juan XXIII las llamó «las más augustas y las más célebres de Roma». No es difícil entender por qué.
Surgidas hacia mediados del siglo II, las catacumbas de San Calixto forman parte de un inmenso complejo cementerial –el llamado complejo calixtiano– que se extiende entre la Vía Apia Antigua, la Vía Ardeatina y el Callejón de las Siete Iglesias, ocupando unas treinta hectáreas de terreno, de las cuales unas quince son propiamente catacumbas. Las galerías se desarrollan en cuatro pisos subterráneos a lo largo de casi veinte kilómetros, alcanzando una profundidad superior a los veinte metros. Se estima que en ellas encontraron sepultura cerca de medio millón de cristianos, entre ellos decenas de mártires y dieciséis pontífices.
El nombre y los orígenes: Calixto, diácono y papa
Entre todas las catacumbas de Roma, las de San Calixto constituyen una singular excepción en la tradición de denominación de estos lugares sagrados. Mientras que la mayor parte de los cementerios subterráneos cristianos tomaba el nombre del propietario del terreno, del mártir más ilustre allí sepultado o de la ubicación geográfica, estas catacumbas llevan el nombre de aquel que fue su administrador antes incluso de convertirse en papa: el diácono Calixto.
Calixto nació en una familia cristiana de condición servil y conoció desde la infancia las durezas de la esclavitud. Tras vicisitudes turbulentas –fue condenado a las minas de Cerdeña y liberado gracias a la intercesión de Marcia, favorita del emperador Cómodo– fue acogido en la comunidad de Roma y ordenado diácono por el papa Ceferino. Este le confió la administración de la llamada «Área primera», el núcleo originario de las futuras catacumbas, que a principios del siglo III ya había pasado de la propiedad privada a depender directamente de la Iglesia de Roma. Como diácono, Calixto tenía a su cargo la corporación de los fosores, los excavadores, y la tarea de asegurar una sepultura a todos los cristianos, especialmente a los pobres y a los esclavos. A la muerte de Ceferino fue elegido su sucesor y guio a la Iglesia como papa del 217 al 222, año en que murió mártir durante una revuelta popular en el Trastévere. Curiosa y significativa ironía de la historia: Calixto, que había custodiado durante veinte años el gran cementerio de la Vía Apia, no pudo ser sepultado allí a causa de la violencia de aquellos momentos, y encontró descanso en las catacumbas de Calepodio en la Vía Aurelia Antigua.
La Cripta de los Papas y los otros tesoros subterráneos
El corazón palpitante de las catacumbas de San Calixto es sin duda la Cripta de los Papas, que de Rossi definió como «el glorioso sepulcro más insigne de todas las necrópolis cristianas». En este breve tramo de galería, rebautizado no por casualidad como «el pequeño Vaticano», encontraron sepultura nueve pontífices del siglo III –Ponciano, Antero, Fabián, Lucio, Sixto II, Dionisio, Félix, Eutiquiano y, probablemente, otros– además de dignatarios eclesiásticos y los seis diáconos martirizados junto al papa Sixto II en agosto del 258, cuando el emperador Valeriano, durante la confiscación de los bienes de la Iglesia, los sorprendió mientras celebraban la liturgia en estos subterráneos. El papa Dámaso (366–384), gran cultivador de los mártires transformó la cripta en una verdadera iglesia, adornándola con un célebre poema en hexámetros latinos colocado ante la tumba de Sixto II: «Sabe que aquí reposa reunida una multitud de santos / los venerables sepulcros conservan sus cuerpos / mientras el Reino de los Cielos acoge a las almas elegidas…«. A la Cripta de los Papas se suma la de Santa Cecilia, mártir de noble familia romana, aquí sepultada y venerada durante al menos cinco siglos antes de que sus reliquias fueran trasladadas al Trastévere en el 821. Y aún más: los Cubículos de los Sacramentos, con los frescos simbólicos más antiguos del Bautismo y de la Eucaristía datados a principios del siglo III; la región de Santa Sotere, con una de las imágenes más antiguas de la Virgen; la superficie con las dos pequeñas basílicas triabsidales llamadas Tricoras, donde reposaron el papa Ceferino y el joven mártir Tarsicio, el niño que prefirió dar la vida antes que entregar a sus asaltantes la Eucaristía que llevaba.
El redescubrimiento: de Rossi y el sueño de Pío IX
Tras siglos de abandono –los traslados de las reliquias hacia la ciudad en los siglos VIII y IX habían vaciado las catacumbas de su corazón devocional, dejándolas a merced de los desprendimientos, la vegetación y los saqueos– fue el joven Giovanni Battista de Rossi quien devolvió al mundo este inmenso patrimonio. En 1849, a la edad de veintisiete años, explorando un viñedo entre la Vía Apia y la Ardeatina, notó una losa de mármol rota usada como escalón de una escalera, en la que se leía el fragmento: «…ELIVS – MARTYR«. Intuyó inmediatamente que tenía ante sí parte de la inscripción sepulcral del papa Cornelio, mártir del 253. Acudió a Pío IX, le ilustró el descubrimiento y su convicción de haber localizado el sitio de las catacumbas de San Calixto. El papa compró el terreno, comenzaron las excavaciones, y de Rossi no se equivocaba. En pocos años sacó a la luz seis criptas: la de Cornelio, la de los mártires Calócero y Partenio, la Cripta de los Papas, la Cripta de Santa Cecilia, y las del papa Cayo y el papa Eusebio. La visita de Pío IX a las galerías subterráneas fue memorable. De Rossi dejó un relato conmovedor: el papa, frente a las lápidas de sus predecesores, palideció, se acercó, las tomó entre sus manos, leyó aquellos nombres antiguos, enrojeció por la emoción, sus ojos se llenaron de lágrimas, y luego se arrodilló en silencio. Era la primera vez, después de casi mil años, que un Sucesor de Pedro volvía a pisar aquellos lugares santificados por la sangre de los mártires.
1930: las catacumbas confiadas a los Salesianos
Con el redescubrimiento del siglo XIX y la progresiva organización científica llevada a cabo por la Comisión de Arqueología Sagrada (fundada por Pío IX en 1852), se planteó con cada vez mayor urgencia una cuestión práctica pero fundamental: ¿quién custodiaría y animaría espiritualmente estos lugares sagrados? ¿Quién acogería a los peregrinos que acudían desde todas partes del mundo?
Fue Pío XI quien encontró la respuesta adecuada. El papa había conocido personalmente a Don Bosco y había podido apreciar de cerca el espíritu de la Congregación Salesiana: una vocación apostólica orientada al encuentro con los jóvenes y con el pueblo, a la misión educativa, a la presencia en los lugares de frontera entre fe y cultura. Intuyó que esa misma vocación podría expresarse de manera extraordinaria también en la custodia de un lugar tan crucial para la memoria de la Iglesia de los orígenes. En 1930, Pío XI confió oficialmente las catacumbas de San Calixto a los Salesianos de Don Bosco, tras la marcha de los trapenses, custodios y trabajadores del campo.
La elección no era obvia. Hasta entonces, la gestión de los sitios de arqueología cristiana había permanecido predominantemente en manos de instituciones académicas o religiosas de corte contemplativo y científico. Confiar las catacumbas a una congregación apostólica como la salesiana significaba dar un giro: privilegiar no solo la conservación y el estudio, sino la acogida, la evangelización, el encuentro vivo con los visitantes y los peregrinos. En el fondo, era coherente con la historia misma del lugar: estas galerías nunca habían sido solo un museo, sino un cementerio, un santuario, un lugar de oración y de comunidad.
La misión salesiana: un itinerario espiritual, no solo turístico
Desde aquel 1930 hasta hoy, generaciones de salesianos han cuidado y animado las catacumbas de San Calixto, y algunos de ellos reposan en un pequeño cementerio a la entrada del recinto, en una poderosa continuidad simbólica: como los primeros custodios cristianos de los siglos pasados, también los hijos de Don Bosco han elegido quedarse, en la vida y en la muerte, junto a los mártires que los precedieron. Hoy son dieciséis los salesianos procedentes literalmente de todo el mundo –Europa, África, Asia, América– quienes dan a conocer las catacumbas a los visitantes, en todos los idiomas, encarnando esa dimensión de universalidad propia tanto del carisma salesiano como de la memoria cristiana que custodian. Lo que ofrecen no es simplemente una visita turístico-arqueológica: es un verdadero itinerario espiritual, vivido a través de los símbolos, los sepulcros, los testimonios y la historia sedimentada en ese subsuelo.
En un recorrido que dura en promedio cuarenta y cinco minutos, los visitantes son guiados a través de los lugares más significativos: la Cripta de los Papas con sus losas sepulcrales, la Cripta de Santa Cecilia, los Cubículos de los Sacramentos con sus antiquísimos frescos, la región de Santa Sotere con la imagen de la Virgen. Cada grupo tiene la posibilidad de detenerse en una cripta o en una capilla de superficie para un breve momento de oración o para la celebración de la Eucaristía. Incluso el solo hecho de recitar las letanías de los santos y mártires de San Calixto –esos nombres antiguos, Sixto, Cornelio, Fabián, Cecilia, Tarsicio– evoca un mundo de emociones y de fe capaz de atravesar siglos y diferencias culturales.
Hay una continuidad casi conmovedora entre este modo salesiano de habitar las catacumbas y una historia contada por el propio documento de acompañamiento al sitio: en la segunda mitad del siglo XIX, en la época de las excavaciones de de Rossi, un grupo de jóvenes alumnos del arqueólogo había tomado la costumbre de reunirse a rezar juntos, como hacían los primeros cristianos, precisamente en cuatro cubículos conectados entre sí en la región de Santa Sotere. Esos cubículos, por su conformación arquitectónica, se prestaban al canto alterno de los salmos, con las voces que se propagaban de una cámara a otra a través del lucernario. En los primeros días de 1878 quisieron celebrar la fiesta de la Epifanía en el arcosolio de la Virgen, y de aquella experiencia nació, al año siguiente, el Collegium Cultorum Martyrum, con la plena aprobación de Pío IX. Era una semilla de esa misma sensibilidad que, medio siglo después guiaría a Pío XI a entregar las catacumbas a los Salesianos.
Un lugar vivo para la Iglesia de hoy
Las catacumbas de San Calixto no son una reliquia del pasado: son un lugar vivo. Después de Pío IX, descendió a ellas Juan XXIII el 19 de septiembre de 1961, en un gesto que quiso ser de ejemplo para los fieles de Roma, y luego Pablo VI el 12 de septiembre de 1965, en la víspera de la sesión final del Concilio Vaticano II. La presencia salesiana ha contribuido de manera determinante a mantener vivo este carácter: no un simple museo de la cristiandad antigua, sino un espacio de encuentro, de oración, de redescubrimiento de las raíces.
Para facilitar la acogida, las catacumbas disponen hoy de un amplio aparcamiento, de un punto de restauración y de grandes espacios abiertos para el juego, el almuerzo y la convivencia, al más puro estilo salesiano. Quien llega como peregrino o simple visitante se encuentra acogido no solo por la historia, sino por una comunidad que sigue encarnando esa historia.
En el fondo, custodiar las catacumbas de San Calixto significa custodiar algo esencial para la fe cristiana: la memoria de quienes creyeron antes que nosotros, de quienes pagaron con la vida esa fidelidad, de quienes eligieron enterrar a sus muertos no con la cremación pagana sino con la inhumación, a la espera de la resurrección. Como escribían los antiguos: el cementerio no era la «ciudad de los muertos» –la necrópolis griega– sino el «lugar del sueño», el coemeterium, donde se espera el despertar. Y es precisamente esta esperanza la que los Salesianos, cada día, en todos los idiomas del mundo, siguen contando a quienes descienden a las galerías de toba bajo la Vía Apia.

