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Un pasillo de colegio, en Mumbai, y una pregunta a quemarropa: «¿Qué quieres hacer en la vida?». El chico respondió que soñaba con ser científico; el director lo miró horrorizado. De ese breve intercambio nació la vocación de don Ashley Miranda, nacido en Udupi (Karnataka, India) en 1965, salesiano desde 1983 y sacerdote desde 1993. Durante veinte años profesor de filosofía en Divyadaan, en Nashik, luego director, ecónomo y rector, delegado inspectorial de formación y finalmente vicario, desde el 8 de septiembre de 2025 es el duodécimo Inspector de la Inspectoría «San Francisco Javier» de Mumbai. En esta entrevista habla de los maestros que creyeron en él antes de que él mismo lo hiciera, de la tartamudez vencida por obediencia y de la convicción que sigue siendo el corazón de su ministerio: la mansedumbre persuade más que la fuerza.
¿Cómo te presentarías a los lectores del Boletín Salesiano?
Soy don Ashley Miranda, salesiano. Nací en 1965 en Udupi, en el estado de Karnataka, en la India. Hice mi primera profesión religiosa en mayo de 1983 y fui ordenado sacerdote en diciembre de 1993. En más de treinta años de sacerdocio se me ha pedido servir en diferentes cargos: director en Divyadaan, la casa de posnoviciado de Nashik (seis años), y en la parroquia Don Bosco de Nashik (tres años); ecónomo del noviciado salesiano de Nashik (seis años) y de la misma parroquia (tres años); rector de Divyadaan (tres años) y profesor de filosofía en el mismo instituto durante veinte años. Luego fui consejero inspectorial y delegado de formación de 2008 a 2014, vicario inspectorial de 2019 a 2025 y, desde septiembre de 2025, Inspector.
¿Cuándo sentiste por primera vez la llamada, y qué te llevó a los salesianos?
Sentí la llamada a ser salesiano cuando cursaba el décimo grado, el equivalente al primer año de educación secundaria superior. El director del colegio donde estudiaba, el Don Bosco de Borivali, me dijo que tenía que ser sacerdote salesiano, y no aceptaba excusas. Un día me encontró en el pasillo y me preguntó a quemarropa qué quería hacer en la vida. Lo pensé un momento y respondí que me gustaría ser científico. Me miró con horror en los ojos, como si le hubiera confesado que quería ser jugador de apuestas o delincuente callejero. «¡¿Qué?! ¿No quieres ser cura?». Dejó claro que, según él, yo debía ser cura y nada más. Y eso es lo que soy hoy: ¡un sacerdote salesiano!
¿Hay algún episodio o persona que haya influido de manera especial en tu decisión?
Aquel director era don Elias Dias. Creyó en mí incluso cuando yo no creía en mí mismo. De chico me impresionaban su entusiasmo y sus dramáticas «pruebas de la existencia de Dios», aunque, a decir verdad, para mí y para mis compañeros la existencia de Dios no era entonces un gran problema.
¿Recuerdas a algún educador en particular?
Recuerdo con gratitud a muchos salesianos que me han querido y me han apoyado a lo largo de todo el camino hasta este punto. Cada uno de ellos tenía algo valioso que enseñarme sobre la vida salesiana. Una virtud los unía a todos: el entusiasmo por la vida y la convicción de que Dios nos ama y cuida de nosotros.
¿Ha habido momentos de crisis o de duda a lo largo del camino? ¿Cómo los superaste y qué aprendiste de ellos?
Sí, ha habido algún momento de crisis y de duda. Cada vez el Señor me ha enviado a alguien para que me apoyara y me animara, para que me ayudara a ver las cosas con más claridad y en la perspectiva adecuada, y a darme cuenta de lo bendecido que soy por el hecho de ser salesiano. Me han ayudado familiares, hermanos, superiores, directores espirituales y amigos. Comprendí que todas mis dudas y todas mis crisis nacían de la estrechez de mi mirada y de la tendencia a confiar más en mí mismo que en el Señor.
¿Hay algún episodio de tu formación salesiana que te haya marcado de manera especial?
Me vienen a la mente muchos episodios que han dejado huella en mi conciencia. Por ahora elijo uno: mi primera obediencia, después de los estudios de filosofía. El inspector de entonces, don Chrys Saldanha, me pidió que sacara la licenciatura en filosofía, con el objetivo de volver luego al estudiantado para enseñar a los hermanos. La filosofía me gustaba mucho, pero tartamudeaba de forma notable y hablar en público me resultaba difícil. Cuando se lo hice notar, le restó importancia como si fuera un impedimento menor. Con su estilo inconfundible me preguntó si sabía razonar de forma lógica; cuando respondí que sí, me dijo que no me preocupara en absoluto. Me aseguró que la tartamudez desaparecería. ¡Y así fue, en menos de un año! Quizás hoy mi problema sea el opuesto: tiendo a hablar un poco más de lo necesario.
¿Cuáles son, en tu opinión, las prioridades evangélicas para los jóvenes de hoy?
Creo que los jóvenes de hoy aprecian los valores evangélicos de la integridad de vida, la humildad y la mansedumbre. Esperan que hagas todo lo posible para que tu vida se corresponda con tus palabras. No soportan que se les trate con condescendencia. Se abren de mejor gana a quien sabe escuchar y no se da aires de maestro.
¿Qué prácticas de oración o devociones sientes más tuyas?
Escribir el diario es para mí una práctica de oración valiosísima. Junto a esta, encuentro especialmente significativos el tiempo que paso en silencio ante el Santísimo Sacramento, el rezo del Rosario y la celebración de la Eucaristía.
¿Cuál es la cosa más importante que has aprendido de tu experiencia de vida salesiana?
He aprendido a apreciar el valor de la oración, de la fraternidad dentro de la comunidad y la fuerza persuasiva de la mansedumbre y la amabilidad.
¿Los cristianos, en vuestras regiones, son perseguidos?
Los cristianos son una minoría exigua en las regiones que componen nuestra inspectoría. No diría que en este momento estemos perseguidos, pero sin duda tenemos el desafío de vivir bien nuestra vida cristiana y dar así testimonio de Jesús y de su Evangelio.
¿Cómo describirías la espiritualidad salesiana en pocas palabras?
Creo que la espiritualidad salesiana se fundamenta en la verdad del amor eterno, universal e incondicional de Dios. Los salesianos, viviendo el sistema preventivo, estamos llamados a ser signo y portadores de este amor incondicional hacia los jóvenes y los pobres.
¿Cuáles son las necesidades más urgentes de los jóvenes y del territorio?
Las necesidades más urgentes de los jóvenes son el sentido de su propia vida y la autosuficiencia económica. Necesitan que se les ayude a descubrir algo por lo que valga la pena vivir. Y necesitan saber que tienen a buenas personas respaldándolos, mientras intentan conquistar el lugar que les corresponde en la sociedad.
¿Qué consejo le darías a un joven que se siente llamado a la vida religiosa?
Vive con espíritu de gratitud, cuenta tus bendiciones y confía en Dios. Si sientes que Dios te está llamando a la vida religiosa, entrégate a él con generosidad: descubrirás que te bendecirá de formas innumerables e inimaginables.

