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Dos leñadores trabajaban en el mismo bosque talando árboles. Los troncos eran macizos, sólidos y tenaces. Los dos leñadores utilizaban sus hachas con idéntica destreza, pero con una técnica diferente: el primero golpeaba su árbol con increíble firmeza, un golpe tras otro, sin detenerse más que para recuperar el aliento unos segundos.
El segundo leñador hacía una parada discreta cada hora que trabajaba.
Al atardecer, el primer leñador estaba a medio camino de su árbol. Había sudado sangre y lágrimas y no habría durado ni cinco minutos más.
El segundo estaba increíblemente al final de su tronco. ¡Habían empezado juntos y los dos árboles eran iguales!
El primer leñador no podía creer lo que veía.
“¡No lo entiendo! ¿Cómo has conseguido ir tan rápido si te detenías a cada hora?».
El otro sonrió: “Viste que me detenía cada hora. Pero lo que no viste es que aprovechaba la parada para afilar mi hacha”.
Tu espíritu es como el hacha. No dejes que se oxide. Cada día afílala un poco.

