14 Sep 2026, Lun

El sistema preventivo (7/7). La mirada retrospectiva. La exposición de las Memorias Biográficas

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Continuamos con la séptima y última entrega sobre los textos principales del sistema preventivo de don Bosco.

Artículo anterior: El sistema preventivo (6/7). A un formador de sacerdotes. La respuesta al rector del Seminario de Montpellier, Dupuy

 

 

La mirada retrospectiva: la exposición de las Memorias Biográficas

 

La última etapa es de naturaleza diferente a las anteriores, y la serie debe decírselo abiertamente al lector. El capítulo XLVII del cuarto volumen de las Memorias Biográficas no es un texto publicado en vida por don Bosco: es la reconstrucción sistemática que don Giovanni Battista Lemoyne compone recogiendo prácticas, testimonios y recuerdos de la primera generación, y la sitúa narrativamente en los años en torno a 1851-1853. Le sigue, en el capítulo XLVIII, la palabra sobre los castigos.

Su valor no es, por tanto, de fuente directa, sino de recepción: nos dice cómo los primeros salesianos habían comprendido y reorganizado lo que le habían visto hacer. Leído al final de la serie, funciona como espejo: permite medir cuánto de la práctica del fundador había pasado ya a ser doctrina compartida.

 

(MB IV,544-558, todo el capítulo XLVII)

 

«CAPÍTULO XLVII. El Sistema Preventivo – Su aplicación – Sus ventajas

Del conjunto de lo que hemos expuesto en los volúmenes anteriores, nuestros lectores se habrán formado un criterio exacto del sistema seguido por D. Bosco en la educación de la juventud. Este no era el llamado sistema represivo, sino el preventivo, sistema más acorde con la razón y la Religión. De hecho, la Religión enseña la caridad que combate la soberbia, el egoísmo, hace a las personas sociables, agradecidas y respetuosas las unas con las otras, obedientes espontáneamente a quienes tienen el derecho y la obligación de mandar, y adorna incluso con una cierta ingenua gentileza a los más rudos porque excluye el temor.

La razón además demuestra con la experiencia que sin verdadero afecto es inútil el ministerio del educador. La primera felicidad de un niño es saber que es amado. Y él corresponde a este amor, se persuade de cuanto el maestro asevera, ama todo lo que el maestro enseña, le gusta lo que le gusta al maestro, se aficiona para toda la vida a la verdad y a la doctrina por él aprendidas, y se siente incluso inclinado a la misma profesión, ya sea sacerdotal o religiosa, de su educador, y lo ama como al padre de su alma.

Por añadidura, en estos años el sistema preventivo se había convertido en una necesidad. Las aspiraciones populares a un gobierno más indulgente, secundadas por los respectivos Príncipes, hacían que los jovencitos exigieran también de sus superiores una dirección más afectuosa y paterna. Por tanto, un sistema de educación rudo y represivo, como el que en algún otro tiempo se había practicado, habría repugnado a la naturaleza de los tiempos, y entre otras cosas habría producido dos gravísimos males. Habría alejado a los jóvenes del Oratorio, adonde acudían espontáneamente, y de donde podían asimismo marcharse por su libre albedrío sin que ninguna ley o autoridad los retuviera; y por si fuera poco habría confirmado en ellos las habladurías que periodistas a sueldo, saltimbanquis y comediantes iban esparciendo ampliamente, a saber, que los sacerdotes eran otros tantos tiranos, enemigos de la libertad y del pueblo. Pero por medio de su sistema D. Bosco impidió que semejante calamidad se infiltrara entre sus jovencitos. Por ello el Oratorio fue siempre frecuentadísimo, hasta hacer necesaria la apertura de otros nuevos en varias partes de la ciudad; y por otro lado, si alguna lengua maldiciente venía a hablar mal de los sacerdotes en presencia de los jóvenes que acudían allí, bastaba que recordaran los rasgos de exquisita bondad que practicaba D. Bosco, para dar a los maldicientes un solemne mentís. De hecho, en los talleres les ocurrió varias veces aducir este argumento contra quienes cortaban trajes a los curas, y muchos recuerdan que entonces, no sabiendo ya qué responder, los murmuradores contestaban: Si los curas fueran todos como vuestro D. Bosco, tendríais razón; pero no es así. Ellos, por lo demás, que veían a un Teól. Borel, un Teól. Chiaves, un Teól. Carpano, un Teól. Murialdo, un Teól. Vola, un Teólogo Marengo y a muchos otros ejemplarísimos sacerdotes formar una espléndida corona en torno a D. Bosco, y esforzarse por imitarlo en el querer bien y tratar a los jóvenes e incluso a los granujas como amigos y padres, persistían firmes en sus convicciones, y juzgaban las maledicencias como calumnias, que es lo que eran, y seguían adelante. De esta manera, junto con el amor y apego a la Religión Católica, nutrían siempre hacia sus ministros una alta estima y una profunda veneración; y no hay que dudar en decir que estos frutos se debían a la educación que les impartían D. Bosco y sus pacientes coadjutores.

Este sistema D. Bosco lo había experimentado con tan feliz resultado para el bienestar moral de los jovencitos, que después de haber inculcado su práctica a todos sus ayudantes y mantenido varias conferencias con el Teól. Eugenio Galletti, Canónigo del Corpus Domini, finalmente escribió brevemente sobre él demostrando en qué consisten los dos sistemas, preventivo y represivo, aduciendo las razones por las que es preferible el primero, enseñando su aplicación práctica y desvelando sus grandes ventajas. Este utilísimo escrito vio luego la luz en el Reglamento para las Casas Salesianas; y nosotros creemos que es del interés de los lectores reproducirlo aquí para su norma y gobierno.

“Dos son los Sistemas, dice D. Bosco, usados en todo tiempo en la educación de la juventud: Preventivo y Represivo. El Sistema Represivo consiste en dar a conocer la ley a los súbditos, y después vigilar para conocer a los transgresores e infligir, donde sea necesario, el merecido castigo. En este Sistema las palabras y el aspecto del Superior deben ser siempre severos y más bien amenazadores, y él mismo debe evitar toda familiaridad con los dependientes. Además de esto, el Director, para aumentar el valor de su autoridad, deberá encontrarse rara vez entre sus súbditos, y por lo general solamente cuando se trata de castigar y de amenazar. Este Sistema es fácil, menos fatigoso, y sirve especialmente en la milicia, y en general entre las personas adultas y sensatas, que deben por sí mismas ser capaces de saber y recordar lo que es conforme a las leyes y a las demás prescripciones.

Diverso y, diría, opuesto es el Sistema Preventivo. Este consiste en dar a conocer las prescripciones y los reglamentos de un Instituto, y luego vigilar de tal manera, que los alumnos tengan siempre sobre ellos el ojo del Director o de los asistentes, que como padres amorosos hablen, sirvan de guía en todo momento, den consejos y corrijan amablemente, que es tanto como decir: Poner a los alumnos en la imposibilidad de cometer faltas. Este Sistema se apoya todo sobre la razón, la religión y la amabilidad; por ello excluye todo castigo violento, e intenta mantener lejos los mismos castigos ligeros. Parece que este Sistema es preferible por las siguientes razones:

I. El alumno avisado preventivamente no queda humillado por las faltas cometidas, como ocurre cuando estas son deferidas al Superior. El joven no se enfada por la corrección hecha o por el castigo amenazado o infligido, porque siempre hay una palabra amistosa, que le hace razonar, y que por lo general logra persuadirlo y ganarse su corazón, de modo que el culpable conoce la necesidad del castigo y casi lo desea.

II. La razón más esencial es la volubilidad del joven, que en un momento olvida las reglas disciplinarias y los castigos que estas amenazan. Por ello a menudo un niño se hace transgresor de una regla y merecedor de una pena, a las cuales en el instante de la acción no prestaba ninguna atención, y habría obrado ciertamente de otra manera, si una voz amiga le hubiera amonestado.

III. El Sistema Represivo podrá impedir desórdenes, pero difícilmente hará mejores los ánimos. Se ha observado que los jovencitos no olvidan los castigos sufridos, y por lo general conservan amargura con deseo de sacudirse el yugo y también de vengarse. Parece a veces que no le dan importancia, pero quien sigue de cerca sus pasos sabe que son terribles las reminiscencias de la juventud. Olvidan fácilmente los castigos de los padres, pero muy difícilmente los de los educadores. Hay hechos de algunos que en la vejez vengaron brutalmente ciertos castigos, recibidos justamente en tiempo de su educación. Por el contrario, el Sistema Preventivo hace amigo al alumno, que en el asistente reconoce a un bienhechor que le advierte, quiere hacerle bueno, librarle de los disgustos, de los castigos, del deshonor.

IV. El Sistema Preventivo trata al alumno de modo que el educador podrá hablarle siempre con el lenguaje del corazón tanto en tiempo de la educación como después de ella. Con semejante Sistema el educador, ganándose el corazón de su protegido, podrá ejercer sobre él un gran imperio, avisarle, aconsejarle y también corregirle entonces cuando se encuentre en los empleos, en los oficios y en el comercio.

 

Por estas y muchas otras razones parece que el Sistema Preventivo debe preferirse al Represivo”.

Después de esto D. Bosco pasa a hablar de su aplicación y continúa así:

La práctica de este sistema se apoya totalmente sobre las palabras de S. Pablo que dice: Charitas patiens est, benigna est, omnia suffert, omnia sperat, omnia sustinet; y también sobre estas otras dirigidas a los padres: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, para que no se desanimen”. Por ello solamente el cristiano puede aplicar con éxito el Sistema Preventivo. Razón y Religión son los medios de los que debe hacer uso constantemente el educador, si quiere obtener su fin. He aquí por tanto las principales reglas de aplicación del susodicho Sistema.

I. El Director debe estar todo consagrado a sus educandos, y nunca asumir compromisos que lo alejen de su oficio; más bien debe encontrarse siempre con sus alumnos todas las veces que no estén obligatoriamente atados por alguna ocupación, excepto que estén debidamente asistidos por otros.

II. Los maestros y los asistentes deben ser de moralidad conocida. Estudien evitar como la peste toda clase de afectos o amistades particulares con los alumnos, y recuerden que el extravío de uno solo puede comprometer a un Instituto educativo. Hágase de modo que los alumnos no estén nunca solos. En la medida de lo posible, los asistentes les precedan en el sitio donde se deben reunir; se entretengan con ellos hasta que sean vigilados por otros, no los dejen nunca desocupados ni siquiera en tiempo de recreo.

III. Dése amplia libertad de saltar, correr, alborotar a placer. La gimnasia, la música, la declamación, el teatrillo, los paseos son medios eficacísimos para obtener la disciplina, beneficiar la moralidad y la salud. Cuídese solamente de que esté bien elegida la materia del entretenimiento, sean honestas y no peligrosas las personas que intervienen, y no censurables las conversaciones que allí tienen lugar. Haced todo lo que queráis, decía el gran amigo de la juventud S. Felipe Neri, a mí me basta con que no cometáis pecados.

IV. La frecuente Confesión y la frecuente Comunión son las columnas que deben sostener un edificio educativo, del cual se debe mantener lejos la amenaza y el látigo. Nunca obligar a los jovencitos a la frecuencia de los santos Sacramentos, sino solamente animarlos y ofrecerles comodidad para aprovecharse de ellos. Con ocasión además de Ejercicios espirituales, triduos, novenas, predicaciones y catecismos, hágase resaltar la belleza, la grandeza, la santidad de aquella Religión que presenta medios tan fáciles, tan útiles para la sociedad civil, para la tranquilidad del corazón, para la salvación del alma, como son precisamente los santos Sacramentos. De esta manera los niños quedan espontáneamente deseosos de estas prácticas de piedad, se acercarán a ellas con convicción y con fruto.

V. Úsese la máxima vigilancia para impedir que en el Instituto se introduzcan malos compañeros y libros, o personas que tengan malas conversaciones. La elección de un buen portero es un tesoro para una casa de educación.

VI. Cada noche después de las oraciones comunes, y antes de que los alumnos vayan a descansar, el Director, o quien haga sus veces, dirija algunas afectuosas palabras en público, dando algún aviso o consejo sobre cosas que deben hacerse o evitarse; estudie sacar las máximas de hechos ocurridos en el día en el Instituto o fuera; pero su discurso no sobrepase los cinco minutos. Este sermoncito bien llevado es como la llave de la moralidad y del buen éxito de la educación.

VII. Manténgase lejos la pestífera opinión de alguno que querría diferir la primera Comunión a una edad demasiado avanzada, cuando por lo general el demonio ya ha tomado posesión del corazón de un jovencito con daño incalculable para su inocencia. Según la disciplina de la Iglesia primitiva se solían dar a los niños las hostias consagradas que sobraban de la Comunión de los adultos. Esto sirve para darnos a conocer cuánto ama la Iglesia que los niños sean admitidos a tiempo a la santa Comunión. Cuando un jovencito sabe distinguir entre pan y pan, y manifiesta suficiente instrucción, no se mire más la edad, y venga el Soberano celestial a reinar en aquella alma bendita.

VIII. Respecto a la Comunión, los catecismos recomiendan su frecuencia. San Felipe Neri la aconsejaba cada ocho días e incluso más a menudo. El Concilio de Trento dice claro que desea sumamente que todo fiel cristiano cuando va a escuchar la santa Misa haga asimismo la Comunión, no solo espiritual, sino sacramental, a fin de que saque mayor fruto de este augusto y divino Sacrificio”.

 

La utilidad de este Sistema de educación no puede escapar a la consideración de una persona sensata; sin embargo, a fin de persuadir mejor de ello, D. Bosco prosigue:

“Alguien dirá que este Sistema es difícil en la práctica. Observo que por parte de los alumnos resulta mucho más fácil, más satisfactorio, más ventajoso. Por parte de los educadores encierra algunas dificultades, que sin embargo quedan disminuidas si el educador se pone con todo celo a su obra. El educador es un individuo consagrado al bien de sus alumnos; por ello debe estar dispuesto a afrontar cualquier molestia, cualquier fatiga, para conseguir su fin, que es la educación civil, moral y científica de sus alumnos. Además de las ventajas arriba expuestas añado también las siguientes:

I. El alumno estará siempre lleno de respeto hacia el educador y recordará siempre con placer la dirección tenida, considerando como padres y hermanos a sus maestros y a los demás superiores.

II. Cualquiera que sea el carácter, la índole, el estado moral de un jovencito en la época de su aceptación, los padres pueden vivir seguros de que su hijo no podrá empeorar, y se puede dar por cierto que se obtendrá siempre alguna mejora. Ciertos niños que eran la desolación de los padres, e incluso rechazados por las casas correccionales, cultivados en cambio según los principios de este Sistema, cambiaron de índole, mudaron de carácter, se entregaron a una vida morigerada, y en el presente ocupan honrados oficios en la sociedad, y son el sostén de la familia y el decoro del país.

III. Los alumnos que por ventura entraran en un Instituto con malas costumbres no pueden dañar a sus compañeros. Ni los jovencitos buenos podrán recibir perjuicio de ellos, porque no hay ni tiempo, ni lugar, ni oportunidad, al estar siempre amorosamente asistidos y protegidos”.

D. Bosco concluye su tratadito con una palabra sobre los castigos: ¿Qué regla seguir, se pregunta, al infligir castigos? Y responde: Si es posible, no se haga nunca uso de los castigos; pero donde la necesidad pida represión, téngase en cuenta lo siguiente:

“I. El educador entre los alumnos busque hacerse amar, si quiere hacerse temer. En este caso la sustracción de benevolencia es un castigo, pero un castigo que excita la emulación infunde valor y no envilece nunca.

II. Para los jovencitos es castigo lo que se hace servir como tal. Se ha observado que una mirada no amorosa sobre algunos produce mayor efecto que el que haría una bofetada. La alabanza por una buena acción, la censura por una culpable negligencia puede servir óptimamente de premio o de castigo.

III. Exceptuados rarísimos casos, las correcciones, los castigos no se den nunca en público, sino privadamente y lejos de la vista de los compañeros. Úsese además la máxima prudencia y paciencia para hacer que el alumno comprenda su error con la razón y con la religión.

IV. El dar títulos villanos, el golpear de cualquier modo, el poner de rodillas en posición dolorosa, el tirar de las orejas y otros actos consimilares, se deben evitar absolutamente, porque están prohibidos por las leyes civiles, irritan grandemente a los jóvenes, y envilecen al mismo educador.

V. El Director haga conocer bien las reglas, los premios y los castigos establecidos por los Reglamentos de disciplina, a fin de que el alumno no se pueda excusar diciendo: No sabía que eso estuviera mandado o prohibido.

VI. Antes de infligir una punición cualquiera obsérvese qué grado de culpabilidad se encuentra en el alumno, y donde basta la amonestación no se use el reproche, y donde este sea suficiente no se proceda más allá.

VII. Ni de palabra ni de obra se castigue jamás cuando el ánimo esté agitado; nunca por faltas de simple inadvertencia; nunca con demasiada frecuencia”. Así D. Bosco. El sistema descrito anteriormente, seguido por él y recomendado desde el principio del Oratorio y del Hospicio, es el que se estudia y se practica aún hoy en día en todas las Casas Salesianas; y los Superiores saben que estas florecen más y dan buenos frutos, cuanto más se conoce y más exactamente se ejecuta dicho sistema.

 

Los principios de este sistema de educación daban a Don Bosco tema para las conferencias que daba a sus coadjutores. Recordaba a menudo las palabras de San Francisco de Sales: “Se cazan más moscas con una cucharada de miel que con un barril de vinagre”. Y sufría si alguno se mostraba duro con los jovencitos y con las personas dependientes, queriendo que todos fuesen ganados con la caridad. – No olvidéis nunca, decía continuamente a cualquiera que tuviese autoridad sobre los alumnos, que los muchachos faltan más por vivacidad que por malicia, más por no estar bien asistidos que por maldad. Hay que tener de ellos solícito cuidado, asistirlos atentamente sin tener el aire de hacerlo, y tomar también parte en sus juegos, tolerar sus gritos y las molestias que causan, ya que también el Divino Salvador dijo en tales circunstancias: Sinite parvulos venire ad me. – Y él los vigilaba atentamente dondequiera que estuviesen. Con frecuencia venía al estudio e iba a los talleres. Nunca ocurría la más pequeña infracción a las reglas, sin que él enseguida se diese cuenta y lo remediase con prontitud. Conferenciaba a menudo con los otros superiores informándose de la conducta de los jóvenes y dando siempre normas para la buena marcha de la disciplina. Prescribió que cada semana se diese a cada alumno la nota de conducta, de estudio y de trabajo, y él mismo leía públicamente las notas el domingo por la tarde, animando a los diligentes y amonestando a los negligentes.

Don Bosco tenía la certeza de que ordinariamente con la reflexión se reduce a todos los jóvenes a reconocer sus propias faltas y a corregirlas. Por tanto, no se cansaba nunca de avisar y aconsejar; y su paciencia fue verdaderamente heroica. Cuando algún superior estaba indeciso sobre el buen éxito de un joven para aceptarlo o para despedirlo, él sugería poner en práctica, también en este caso, la máxima de San Pablo: Omnia probate, quod bonum est tenete; y a esto debía conducir la vigilancia y el aviso oportuno. Al principio del año, si llegaba a sospechar que alguno de los nuevos aceptados pudiese causar daño a los compañeros, lo llamaba a sí, le avisaba con las más vivas expresiones de dolor, lo hacía vigilar de modo especial. Con tal solicitud logró corregir a muchos, que viniendo del mundo, traían consigo la mala costumbre, por desgracia demasiado común, de las malas palabras.

Difícil enunciar con palabras el secreto que tenía D. Bosco de ganar a los jóvenes para sí y atraerlos al servicio del Señor. Él poseía en el orden de la naturaleza y de la gracia tales dotes y prerrogativas, que, tomando a un joven y hablándole en confianza al oído, por muy díscolo o rebelde a la gracia que fuese, difícilmente ocurría que no se rindiese a sus paternos consejos y amonestaciones. Y estos no podían resultar ineficaces, ya que D. Bosco por las almas habría dado cien veces la vida si hubiese sido menester.

Sus palabras abrían los corazones, y él a menudo insistía en la sinceridad que debía usarse especialmente con los superiores en las cosas del alma, describía sus ventajas, la llamaba la llave de la paz interna, el arma más eficaz para ahuyentar la melancolía, el secreto más seguro para encontrar el contento en vida y en muerte y de llegar a gran perfección. Con tal recomendación no miraba a otra cosa que a impedir el pecado, o destruirlo con sus consecuencias.

Solía decir a sus coadjutores: – Es necesario que mantengamos lejos el pecado de la casa y que nuestros jóvenes se pongan todos en gracia de Dios: sin esto las cosas no pueden ir bien. – Y añadía a menudo: – Recordad que el primer método para educar bien es el hacer buenas confesiones y buenas comuniones. – Él en la frecuencia de este sacramento ponía toda la fuerza de su misión en medio de la juventud. Procuraba que sus alumnos se acercasen a él regularmente, es más, con mucha frecuencia, pero sin presión de ningún tipo. Los exhortaba y quería que fuesen exhortados, pero no los obligaba. Aunque él se encontraba todas las mañanas confesando, y era general el deseo de confesarse con él, tanto que no tenía tiempo de satisfacer el deseo de todos, sin embargo quería que se encontrasen otros confesores externos, especialmente en las fiestas y sus vísperas. Dejaba a todos la máxima libertad; no hacía observaciones y no quería que se hiciesen sobre quién se confesaba con él o quién con otros sacerdotes. Y años después dio por norma a un sacerdote suyo: – Haz de modo que no des nunca ninguna señal de parcialidad hacia quien se confiesa con preferencia más con uno, que con otro. – Así tampoco se doblegó nunca a permitir que en los días de comunión general se hiciese salir a los jóvenes de los bancos ordenadamente por fila para ir al altar, a fin de que quien no estaba preparado, no se dejase vencer con su gran daño por el respeto humano, o fuese señalado con el dedo por los demás. Mejor la libertad y un poco de confusión. En la misa cotidiana de la comunidad eran tan numerosas las comuniones, que varios forasteros preguntaron más de una vez qué fiesta se celebraba porque les parecía haber asistido a una comunión general.

Por lo demás, el bien que obró D. Bosco por medio de la confesión es tanto, que osaríamos llamarlo el apóstol de la confesión. Él inspiraba tal tranquilidad y confianza en Dios y en sus misericordias, que muchos, dejado el Oratorio, casi les costaba acostumbrarse a otros confesores. Él inculcaba a los penitentes la máxima de S. Felipe Neri: – Pecados y melancolía no quiero en casa mía – y con esto quería que confiasen plenamente en su eterna salvación.

Y la frecuencia a los sacramentos era el resorte potente que empujaba a todos por el camino de la obediencia con paz y alegría. Por tanto, la nota característica del Oratorio era una ruidosa desenvoltura de modales, una vivaz distribución de juegos, unida a una religiosidad y moralidad suma y diligencia en los propios deberes. Esta estaba personificada en un gran número de excelentes jóvenes, verdaderos modelos y ejemplares para los demás compañeros. Centenares de antiguos alumnos, sacerdotes y laicos, atestiguan no recordar haber ocurrido en sus tiempos ningún grave desorden.

Escribió el Can. Ballesio: “El freno al mal, la incitación al bien, la jovialidad y la satisfacción nuestra, el orden en la casa, nuestro éxito en el estudio y en el trabajo, todo nacía de la piedad racional, íntima y fervorosa que el siervo de Dios sabía infundirnos, con su ejemplo, con las prédicas, con la frecuencia de los sacramentos en aquellos tiempos casi nueva entre los jóvenes, con sus discursos y con los relatos vivos y edificantes. Al mismo tiempo, con ciertas palabras suyas, con gestos, con miradas, disipaba las tinieblas, las ansiedades del espíritu, nos inundaba el alma de alegría y nos enfervorizaba al amor de la virtud, del sacrificio y de la obediencia”.

¡Oh! cómo resonaban queridas en sus labios aquellas expresiones a él tan familiares mientras traslucían de su rostro la fe que tenía en el corazón: – ¡Qué bueno es el Señor con nosotros que no nos deja nunca faltar nada! ¡Sirvámosle de buena gana! – Amemos a Dios; amémosle porque es nuestro padre.

Todo pasa: ¡lo que no es eterno es nada!

Resalta pues evidente, y en muchas otras páginas volveremos a hablar de ello, cómo el método de educación elegido por D. Bosco era la bondad adaptada sabia y suavemente a la edad juvenil. ¡Pero oh cuánto sería deseable que tal sistema fuese introducido en todas las familias cristianas, en todos los institutos de educación públicos y privados, masculinos y femeninos! Cuánto más fácil se haría el ejercicio del bien a la juventud, cuán pronta sería la medicina al primer aparecer del mal, qué seguridad para los niños honestos e inocentes contra los malos ejemplos de los pervertidos. Entonces no se tardaría en tener una juventud más morigerada y pía; una juventud que sería el consuelo de las familias y un válido sostén para la sociedad civil. Y así lo entendieron un gran número de educadores de varias naciones y especialmente de Inglaterra. Aquí muchos colegios, destinados a la juventud pobre y católica, tomaron como modelo, después de la muerte de D. Bosco, el Oratorio de Turín y su reglamento: los fundadores estudiaron la vida de D. Bosco y su sistema práctico de educación, siguieron sus ejemplos con gran fruto para las vocaciones eclesiásticas, y el retrato del hombre de Dios ocupa en esos institutos el puesto de honor y también en los seminarios.

También entre los protestantes D. Bosco tuvo imitadores. Don Giovenale Bonavia el 12 de junio de 1903 nos escribía desde nuestra Casa de Londres. “Le envío dos periódicos que contienen alguna observación sobre D. Bosco; no son católicos, pero pertenecen al parecer a la sección anglicana llamada Alta Iglesia o sea ritualista o puseísta. El escritor, un tal Norman Potter, creo que es la misma persona de la cual hace meses uno de nuestros sacerdotes hizo conocimiento personal. Él se encuentra como Director de un Hospicio de jóvenes no muy distante de nosotros y quien lo visitó vio en la sala de recepción el retrato de D. Bosco con el lema: Da mihi animas, caetera tolle; Este señor ha viajado por Italia, visitado algunas de nuestras casas y el Oratorio de Turín. Imita a D. Bosco en cuanto puede.

Tiene un capellán (protestante) en su Instituto. Creo que lee también el Boletín Salesiano.

“Él pues en los dos artículos susodichos da un apunte histórico de D. Bosco.

“El primero Goodurtl (Buena voluntad), impreso en 1900 es el más breve con retrato. El segundo Common wealth (Bien público) fue impreso este año, es más extenso y da también un esbozo del sistema preventivo sacado del reglamento de nuestras casas. Donde se habla de la frecuente confesión y comunión y de la misa diaria, traduce la palabra Misa por Eucharist para evitar quizás la palabra Mass que es ofensiva para muchos incluso Anglicanos. Concluye los dos artículos haciendo votos para que el Señor suscite aquí en Inglaterra hombres con el espíritu de D. Bosco, de los cuales hay tanta necesidad”.»

 

Editor BSOL

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