3 Jul 2026, Vie

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Durante las noches correspondientes a las fechas comprendidas entre el 28 y el 30 de diciembre de 1860, don Bosco tuvo tres sueños, como él los llama y que nosotros, por cuanto hemos visto, oído y comprobado, podemos calificar, con toda seguridad, de auténticas visiones celestiales. Se trata de un mismo sueño tres veces repetido, aunque acompañado de circunstancias diversas. He aquí el resumen del mismo, tal como salió de los labios del siervo de Dios en la noche postrera del año 1860, al relatarlo a todos los jóvenes reunidos:

 

I.

 

Parecióme estar durante tres noches en un campo, en Rivalta, en compañía de don José Cafasso, de Silvio Pellico y del conde Cays. Pasamos la primera noche discurriendo sobre ciertos puntos de religión relacionados con los tiempos actuales. La segunda la dedicamos a conferencias morales en las que proponíamos y resolvíamos diversos casos de conciencia, referentes principalmente a la dirección de la juventud. Al comprobar que durante dos noches consecutivas había tenido el mismo sueño, determiné contarlo a mis queridos hijos si por acaso volvía a soñar lo mismo por tercera vez. Y he aquí que en la noche del 30 al 31 de diciembre, me pareció estar nuevamente en el mismo lugar y en compañía de los mismos personajes. Dejando aparte otra preocupación, me vino a la mente el pensamiento de que al día siguiente, último del año, tenía que dar el aguinaldo, o sea, los recuerdos a mis queridos hijos. Por eso, dirigiéndome a don José Cafasso, le dije:

– Usted que es tan amigo mío, dime el aguinaldo para mis hijos.

El me replicó:

– Despacio. Si quiere que yo le dé el aguinaldo para sus jóvenes, vaya primero a decirles que preparen y ajusten bien sus cuentas.

Nos encontrábamos a la sazón en una gran sala, en medio de la cual había una mesa. Don José Cafasso, Silvio Pellico y el conde Cays fueron a sentarse junto a ella. Yo, para obedecer al primero, salí de la habitación y fui a llamar a mis muchachos, que estaban fuera, haciendo cada uno una suma en un papel que tenían en la mano. Los jóvenes comenzaron a entrar en la sala uno por uno, llevando consigo sus papeles en los que se veían muchas cantidades para sumar; y presentándose a los mencionados personajes, les enseñaban sus cuentas. Aquellos señores comprobaban el resultado, y si la suma era exacta y los números estaban claros, se los devolvían a cada uno. Pero si las cifras estaban emborronadas ni se dignaban mirarlas. Los primeros representaban a aquéllos que tienen sus cuentas ajustadas; los segundos, los de conciencia embrollada. Estos últimos eran bastante numerosos. Los que salían con sus cuentas aprobadas marchaban contentos de la sala y se dirigían al patio a jugar; los otros, en cambio, se iban tristes y angustiados. Una gran multitud de jóvenes esperaba a la puerta de aquel salón con el papel en la mano a que le llegase el turno. Largo tiempo duró esta tarea, hasta que finalmente no se presentó nadie. Parecía que habían desfilado por allí todos los jóvenes, cuando don Bosco, al ver a algunos que estaban esperando y no se presentaban preguntó a don José Cafasso:

– ¿Y éstos que hacen?

– Estos, replicó don José Cafasso, no tienen ningún número escrito en el papel, por tanto no pueden hacer ninguna suma; pues aquí se trata de saber el total de lo que se posee, de lo que se ha hecho. Por eso estos jóvenes deben ir primero a llenar el papel de números y que vengan después, que entonces podrán hacer la adición.

 

De esta manera terminó aquella gran visión de cuentas. Entonces salí de la sala con los tres personajes, y me dirigí al patio, donde vi un gran número de jóvenes: eran aquéllos cuyos papeles estaban llenos de cifras colocadas en orden. Se entretenían en correr, saltar y jugar en medio de una alegría extraordinaria. Eran tan felices como otros tantos príncipes. No os podéis imaginar la alegría que yo experimentaba al verlos tan contentos.

Pero había cierto número de jóvenes que no participaban en los juegos de los demás, sino que se distraían, contemplando a sus compañeros. Estos no parecían muy alegres. Entre ellos, había unos que tenían una venda en los ojos, otros una densa niebla, otros una nube oscura alrededor de la cabeza. Algunos echaban humo por la cabeza, otros tenían el corazón lleno de tierra, otros vacío de las cosas de Dios. Yo los vi y los conocí perfectamente; de forma que podría nombrarlos uno a uno, desde el primero al último.

Entretanto me di cuenta de que en el patio faltaban muchos de mis muchachos y dije, para mis adentros, después de haber reflexionado un poco: ¿Dónde están aquéllos que tenían el papel completamente en blanco? Mirando hacia una y otra parte, al fin fijé la vista en un rincón del patio y ¡oh, terrible espectáculo! Vi a uno de los jóvenes tendido en el suelo y pálido como la muerte. Otros estaban sentados sobre un escaño bajo y sucio, otros echados sobre un jergón de paja, otros tirados sobre el desnudo suelo, otros recostados sobre las mismas piedras. Eran todos aquellos que no tenían sus cuentas ajustadas. Les aquejaba una grave enfermedad que les afectaba bien a los ojos, a la lengua, a los oídos; los órganos atacados aparecían roídos de gusanos. Había uno que tenía la lengua completamente podrida, otro con la boca llena de fango y otro de cuya garganta salía un hedor insoportable. Diversas eran las enfermedades de algunos infelices. Quién tenía el corazón carcomido, débil, corrompido; quién padecía una úlcera, quién otra; había uno en completo estado de descomposición. Aquello parecía un verdadero hospital.

En presencia de semejante espectáculo quedé completamente desconcertado, sin poder dar crédito a cuanto estaba viendo. Entonces exclamé:

– ¡Oh! Pero, ¿qué es esto? Y acercándome a uno de aquellos desgraciados, le pregunté:

– ¿Pero, no eres tú N. N.?

– Sí- me replicó- soy yo.

– ¿Y cómo es que te encuentras en tan deplorable estado?

– ¿Qué quiere? – me dijo- Harina de mi costal. ¡Ya ve! Este es el fruto de mis desórdenes.

Me acerqué a otro y obtuve la misma respuesta. Tal espectáculo me producía en el corazón el efecto de una agudísima espina, cuyo dolor se me hizo más tolerable al contemplar lo que seguidamente os voy a contar.

Con el corazón lleno de dolor me dirigí a don José Cafasso y le pregunté en tono de súplica:

– ¿Qué remedio debo emplear para curar a estos mis pobres hijos?

– Usted sabe como yo lo que se debe hacer – me replicó don José Cafasso.

– No necesita que se lo diga. Medite un poco. Ingéniese.

Después me hizo señal de que le siguiese y, acercándose al palacio del cual habíamos salido, abrió una puerta. He aquí que entonces me encontré en un magnífico salón, adornado de oro, de plata y de toda suerte de filigranas; iluminado por millares de lámparas, cada una de las cuales despedía una luz tal que mi vista no podía resistir su resplandor. Tanto la anchura como la longitud de aquel local eran considerables. En medio de aquel salón, verdaderamente regio, había una amplia mesa colmada de confituras de todas las especies. Había almendras recubiertas de azúcar de un tamaño extraordinario; bizcochos descomunales, de manera que uno solo habría sido suficiente para saciar a un joven. Al ver esto intenté salir precipitadamente para llamar a mis jóvenes e invitarles a que viniesen a ver aquella mesa, y para que contemplasen el magnífico espectáculo que ofrecía aquel salón. Pero don José Cafasso me detuvo inmediatamente exclamando:

– ¡Despacio! No todos pueden comer de estos bizcochos y de estas almendras. Llame solamente a los que tienen sus cuentas en orden.

Así lo hice y, en un abrir y cerrar de ojos, la sala se vio atestada de muchachos. Entonces me dispuse a partir y distribuir aquellos bizcochos y aquellas pastas y almendras artísticamente confeccionados. Pero don José Cafasso se opuso diciendo:

– ¡Calma, despacio, don Bosco! No todos los que están aquí son dignos de gustar estos pasteles; no todos pueden participar de ellos.

Y me indicó quiénes eran los indignos. Entre éstos nombró en primer lugar a los que estaban cubiertos de llagas, los cuales no se encontraban en la sala con los demás porque no tenían sus cuentas en regla. Después me indicó los que, a pesar de tener sus cuentas en orden, tenían una niebla delante de los ojos, o el corazón lleno de tierra o vacío de las cosas del cielo.

Yo le dije inmediatamente con aire de súplica:

– Deje que dé un poco a estos últimos; también son hijos míos muy queridos, tanto más que hay mucha abundancia de dulces y no hay peligro alguno de que lleguen a faltar.

– No, no – continuó diciendo -, sólo los que tienen la boca sana pueden gustarlos; los demás, no; no están en condiciones de saborear tales dulzuras pues como tienen la boca enferma y llena de amargor, las cosas dulces les producirían repugnancia y, por tanto, no las pueden comer. Me resigné a hacer lo que me decía y seguidamente comencé a distribuir los dulces sólo entre aquellos que me habían sido indicados. Una vez que hube repartido entre ellos bizcochos y almendras en abundancia, comencé nuevamente la distribución, dando a cada uno una buena cantidad. Os aseguro que sentía gran complacencia al ver a mis jóvenes comer, tan a su gusto, aquellas golosinas. En el rostro de cada uno se reflejaba una gran alegría; no parecían los muchachos del Oratorio; tan transfigurados estaban. Los que permaneciendo en la sala se habían quedado sin dulces, estaban en un rincón de la misma, tristes y disgustados. Lleno de compasión hacia ellos, me dirigí nuevamente a don José Cafasso y le rogué con insistencia me permitiese distribuir también algunos dulces entre éstos, para que los pudiesen probar.

– No, no – replicó don José Cafasso -, éstos no pueden comerlos. Haga usted primero que sanen de sus dolencias y los podrán saborear también ellos. Yo miraba a aquellos pobrecillos. También observaba a los muchos que habían quedado fuera llenos de melancolía y a los cuales no se les había dado nada. Los reconocí a todos y para mayor tormento mío me di cuenta de que algunos tenían el corazón carcomido. Continué, pues, diciendo a don José Cafasso:

– Dígame, qué remedio debo emplear; ¿qué debo hacer para curar a estos mis hijitos? Nuevamente me replicó:

– ¡Reflexione, ingéniese; usted sabe lo que tiene que hacer! Entonces le pedí que me diese el aguinaldo prometido para mis jóvenes.

– ¡Bien- replicó- , se lo daré! Y adoptando la actitud de una persona que se dispone a partir, dijo tres veces en tono cada vez más elevado:

– ¡Estad atentos, estad atentos, estad atentos! Y diciendo esto desapareció con sus compañeros y se desvaneció el sueño. Entonces quedé tan despierto como en este momento en que os hablo y me encontré sentado en la cama con la espalda tan fría como el hielo. Este fue mi sueño. Interprételo cada uno como quiera, pero sepa darle el peso que se merece un sueño. Sin embargo, si en esto hay algo que pueda ser útil a nuestras almas, aprovechémoslo. No me agradaría con todo, que alguno contase algo fuera de casa. Yo os lo he referido a vosotros porque sois mis hijos, pero no quiero que vosotros lo deis a conocer a los demás. Entre tanto os puedo asegurar que os tengo todavía presentes a cada uno de vosotros tal como os vi en el sueño; sabría decir quién estaba enfermo, quién no; quién comía, quién no. Ahora no quiero ponerme a manifestar aquí en público el estado de cada uno, sino que lo diré en particular a quien así lo desee. El aguinaldo que os doy en general a todos los del Oratorio, es el siguiente: frecuente y sincera confesión; frecuente y devota Comunión.

 

 

II.

 

Este mismo día 13 dijo don Bosco después de las oraciones:

– «Al punto a que han llegado las cosas, me veo obligado a hablar y a descorrer el velo de este sueño. Os dije que lo tuve durante tres noches consecutivas.

La primera vez en la noche del 28 de diciembre, repitiéndose en las fechas del 29 y del 30. En la primera noche se trataron puntos y cuestiones de teología referentes al tiempo presente, o sea, cosas de actualidad, y os aseguro que recibí muchas ilustraciones del cielo.

La segunda noche hablamos sobre diversos temas de moral, también relacionados con casos de conciencia referentes a jóvenes del Oratorio.

La tercera noche se trataron casos prácticos, por los cuales conocí el estado moral de cada joven en particular.

El primer día no quise hacer caso del sueño porque el Señor nos lo prohíbe en la Sagrada Escritura. Pero, en estos días pasados, después de haber hecho algunas experiencias, tras haber hablado con varios jóvenes en particular y de haberles expuesto las cosas tal y como las vi, y de que ellos me asegurasen que todo era como yo les decía, ya no pude seguir dudando, llegando a la convicción de que se trataba de una gracia extraordinaria que el Señor concede a todos los hijos del Oratorio. Por eso me encuentro en la obligación de deciros que el Señor os llama y os hace sentir su voz y ¡ay de aquéllos que cierren los oídos a sus reclamos!

Don José Cafasso, pues, hizo entrar a todos en una sala y a todos proporcionó un pliego. Algunos tenían sus cuentas ajustadas por completo. Otros nada más que los números, pero les faltaba por hacer la suma. – ¿Y aceptaron todos el pliego que se les ofrecía? – No, porque muchos se habían quedado fuera, recostados en las yacijas de paja, otros sentados en los escaños; quienes tendidos por el suelo o echados sobre el fango: algunos estaban tan cubiertos de heridas y de llagas que causaban repugnancia.

Los que recibieron el papel, salieron a hacer recreo, pero no todos jugaban, pues muchos de ellos tenían los ojos rodeados de una niebla que les impedía ver claro; otros los tenían vendados, no faltando quienes mostraban el corazón carcomido. Los que tenían sus cuentas ajustadas representan a los de conciencia recta.

Los que tenían el papel con los números escritos, pero sin la suma hecha, son los que tienen la conciencia en regla, pero les falta la adición de la última confesión.

Los que tenían los ojos circundados de niebla o vendados, son los que se dejan dominar por el espíritu de soberbia y por el amor propio. Los que estaban tirados por los suelos podría nombrarlos uno a uno y decirles por qué se encontraban sobre las yacijas de paja, sentados en los escaños o en el mismo suelo. Vi también el interior de los corazones. Muchos los tenían llenos de cosas bellas; de rosas, de azucenas, de fragantísimas violetas. Estas flores simbolizan las distintas virtudes. ¡Otros en cambio!… El corazón carcomido representaba a los que alimentan odios, rencores, envidias, antipatías, etc.

Algunos tenían el corazón lleno de víboras, símbolo de los pecados mortales; otros llenos de tierra, representación del apego a las cosas del mundo y a los placeres sensuales. Bastantes eran también los de corazón vacío, o sea los que, a pesar de estar en gracia de Dios y alejados de las cosas del mundo y de los placeres sensuales, al mismo tiempo no procuran llenar el corazón con la piedad y con el santo temor de Dios. Estos tales viven a la buena y, si no caen en el primer lazo que les tiende el demonio, no tardarán mucho en malearse.

Por lo tanto, todos aquéllos que no tienen aún en orden las cosas de su alma, ¡ah!, que no aguarden más tiempo a ajustarlas. Que vengan a mí y me prometan responder sinceramente a cuanto les pregunte y si no se sienten con ánimo para hablar, hablaré yo por ellos. Por fortuna me encuentro en condiciones de poder decir a cada uno su pasado, su presente y algo del futuro. Os estoy diciendo cosas que no os debiera decir. ¡Ah, queridos jóvenes! Hay un pensamiento que me llena de horror. Os aseguro que jamás habría creído que hubiese en nuestra casa un tan crecido número de jóvenes con las conciencias tan desordenadas, tan desarregladas. ¡Jamás lo hubiera creído!

¡Cuántos con el cuerpo cubierto de llagas y tendidos por los suelos! Creedme que pasé noches y días terribles.

Una palabra de pláceme a aquéllos que han pensado ya en arreglar su conciencia; pero, aún hay muchos que no se han determinado a hacerlo. Al decir esto, se notaba en su voz la emoción que le embargaba y gruesas lágrimas rodaban de sus ojos. No pocos de los jóvenes lloraban también. Las palabras del siervo de Dios consiguieron el efecto deseado».

 

En su crónica del 15 de enero, dejó Ruffino consignado: «Los aprendices continúan haciendo su confesión general.

Hoy, algunos hicieron a don Bosco la siguiente pregunta:

– ¿Cómo es que, habiendo tenido este sueño en vísperas de la fiesta de Navidad, tardó tanto en contarlo en público?

– Os repetiré lo que os dije en otra ocasión- replicó don Bosco- ; después de tener este sueño, no quise por una parte dar importancia a cuanto en él había visto, pero por otra me parecía que la tenía; por eso hube de reflexionar durante algunos días sobre la conducta que debía seguir. Después llamé a un joven de los que había visto en el mismo horriblemente cubierto de llagas y le dije: – Tú te encuentras en tal estado de conciencia. Lo deducía del estado en que lo había visto. El tal me respondió que, efectivamente, era así como yo decía. Llamé a otro y me dio la misma respuesta; coincidiendo su contestación con lo que yo había observado. Vi que también se cumplía en un tercero cuanto yo había visto. Entonces no me cupo ya la menor duda. En aquel sueño se me había manifestado el estado de las conciencias de todos los jóvenes; el estado presente y hasta el futuro de muchos de ellos».

Don Bosco aseguró también a algunos de sus íntimos:

«Adquirí más conocimientos teológicos en aquellas tres noches, que durante todo el tiempo de estudio en el Seminario.»
(MB IT VI, 829-832; MB ES VI, 616-628)