18 Abr 2026, Sáb

Educar en la espiritualidad de lo cotidiano con san Francisco de Sales

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La espiritualidad cristiana a menudo se percibe como un patrimonio exclusivo de almas privilegiadas, alejada de la vida concreta de quienes habitan el mundo. San Francisco de Sales da un vuelco a esta visión con una propuesta radical: a Dios no se le encuentra en un más allá ideal, sino en el corazón palpitante de la existencia ordinaria. Obispo, director espiritual y escritor del siglo XVII, Francisco de Sales elaboró un camino de santidad accesible a todos —al mercader, a la esposa, al soldado, al campesino— sin exigir el abandono del propio estado de vida. El siguiente texto explora los pilares de esta espiritualidad de lo cotidiano: la aceptación amorosa de la propia condición, el ejercicio concreto de las virtudes, el encuentro con Dios en los acontecimientos de cada día y la transfiguración de lo ordinario a través de la caridad.

 

 

Dios me manifiesta su voluntad y su amor en y mediante la vida de cada día, la cual constituye, por tanto, el lugar providencial donde puedo encontrarlo. El hombre está continuamente tentado de buscarlo en otro lugar, en otra época o en una condición de vida diferente a la suya, mientras que Dios está presente en la vida de cada uno. Quizás piensa espontáneamente que la vida espiritual está reservada a una élite y se encierra en libros obviamente incomprensibles para los comunes mortales.

Francisco de Sales propone una espiritualidad de la «vida ordinaria», de lo cotidiano. Lo afirma explícitamente en el prefacio de la Filotea: mi intención —escribía— es la de instruir a aquellos que «por su condición están obligados a vivir exteriormente una vida ordinaria». Exteriormente, nada parece distinguirlos de los demás; interiormente, el fuego del amor los inflama. Si Francisco de Sales eligió como patrona de su congregación a Nuestra Señora de la Visitación es porque «la muy gloriosa Virgen hizo este solemne acto de caridad hacia el prójimo yendo a visitar y servir a santa Isabel en el laborioso período de su embarazo, y a pesar de ello compuso el cántico del Magníficat, el más dulce, el más elevado, el más espiritual y contemplativo que jamás se haya escrito».

 

Hay que florecer donde Dios nos ha plantado

Esta sentencia, atribuida a Francisco de Sales, define sin duda uno de los rasgos fundamentales de esta espiritualidad. Consiste, en primer lugar, en amar francamente el propio estado de vida. El motivo es claro:

 

Si somos santos según nuestra voluntad, nunca seremos santos como es debido; debemos serlo según la voluntad de Dios. Ahora bien, la voluntad de Dios es que, por amor a Él, améis francamente los deberes de vuestro estado de vida.

 

Aquí se toca con el dedo el realismo espiritual de Francisco de Sales, que no teme nada tanto como el multiplicar deseos infructuosos. Hay que servir a Dios —le decía a una joven novicia sedienta de perfección inmediata— «al estilo humano, propio del tiempo, esperando poder hacerlo un día de modo divino o angélico, según el estilo propio de la eternidad».

«Es bueno desear mucho, pero también es necesario poner orden en los deseos y transformarlos en obras a medida que se presenta el momento justo y la posibilidad. […] La obra realizada, aunque sea muy limitada, es siempre más útil que los grandes deseos de cosas que están fuera de nuestras posibilidades. Dios nos pide más bien la fidelidad a las pequeñas cosas que el ardor por las grandes que no dependen de nosotros».

También decía: «Perdemos a menudo tanto tiempo intentando ser buenos ángeles, mientras descuidamos ser buenos hombres o buenas mujeres».

Es necesario, por tanto, aprender a complacernos de estar donde estamos. Francisco de Sales, completamente reacio a convertirse en obispo, aprendía cada día a amar lo que Dios había querido de él. Juana de Chantal deberá aprender a amar su condición de viuda, porque Dios había permitido que así sucediera.

Una de sus sentencias habituales reza así: «No hay que desear llegar a la perfección de golpe; hay que recorrer el camino común y ordinario, que es el más seguro». No solo todos están llamados a la perfección de la caridad, en la que consiste la santidad, sino que la perfección es accesible a todos. La conclusión de Francisco de Sales es perentoria: «Dondequiera que vivamos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta».

 

El ejercicio de las virtudes

Hasta aquí, esta espiritualidad parece bastante pasiva: se debe aceptar la vida tal como se presenta, porque es nuestra realidad, y esforzarse en amarla como una manifestación de la voluntad de Dios y de su amor hacia nosotros. Pero esto es solo el punto de partida. Se trata de mantener una actitud positiva de intervención, que Francisco de Sales llama «el ejercicio de las virtudes».

Después de haber reconocido y aceptado el momento presente y el lugar providencial donde Dios «nos ha plantado», se debe «florecer» y producir frutos, pero siempre teniendo en cuenta la situación concreta y la vocación de cada uno. El texto clásico que define el tipo de santidad al que todos están llamados merece ser citado:

 

En la creación, Dios mandó a las plantas que dieran fruto, cada una según su género: del mismo modo manda a los cristianos, que son las plantas vivas de su Iglesia, que den frutos de devoción, cada uno según su calidad y su profesión.

 

En la vida cristiana todo es fruto de la gracia del Espíritu Santo, pero el don de la gracia requiere la colaboración activa del hombre. La adquisición de las virtudes exige, de todos modos, una buena dosis de esfuerzo, de valentía, de constancia y de generosidad. Se trata aquí de un verdadero ejercicio (es el sentido de la palabra ascesis) que se realiza en un clima de serenidad y de confianza en Dios. «Temed más los vicios de lo que amáis las virtudes», escribía a una mujer casada, impaciente y escrupulosa.

Una vez más, precisa que las virtudes deben practicarse según la vocación de cada uno y que «es necesario observar los mandamientos particulares que cada uno tiene debido a su vocación».

 

Los obispos tienen como ley visitar el rebaño que se les ha confiado, instruirlo, corregirlo y consolarlo; y yo puedo permanecer en oración toda la semana, ayunar toda la vida, pero, si no hago esto, me pierdo. Una persona casada puede hacer milagros, pero, si no cumple las obligaciones que tiene con su cónyuge y no cuida de sus hijos, es peor que un infiel, como dice san Pablo. Y lo mismo se diga de todos los demás.

 

Pero para no desviarse del camino invirtiendo las prioridades, hay que saber que existe una jerarquía en las virtudes. Para Francisco de Sales, y esto es indudable, el primer lugar corresponde al amor, mientras que las otras virtudes lo acompañan o lo siguen:

 

La abeja reina no sale al campo si no es acompañada por todo su pequeño pueblo; del mismo modo, la caridad nunca entra en un corazón si no es arrastrando tras de sí todo el séquito de las demás virtudes, a las que ordena y adiestra como un capitán hace con sus soldados.

 

Las demás virtudes, en particular la dulzura, dependen de la caridad; son manifestaciones y realizaciones concretas de ella, o bien medios para adquirirla, tanto es así que solo la caridad «nos hace llegar a la perfección». Existen, sin embargo, virtudes de uso tan universal que exigen hacer continuamente una buena provisión de ellas. No son ya las virtudes de los ángeles, sino las de hombres y mujeres de carne y hueso:

 

Si a Dios le place elevarnos hasta las perfecciones angélicas, seremos también buenos ángeles, pero mientras tanto, ejercitémonos con sencillez, humildad y devoción en esas pequeñas virtudes cuya conquista ha sido puesta a nuestro alcance por Nuestro Señor, como la paciencia, la bondad, la mortificación del corazón, la humildad, la obediencia, la castidad, la ternura hacia el prójimo, la tolerancia de sus imperfecciones, la diligencia y el santo fervor.

 

Hay todavía otras listas de virtudes, en las que figuran, por ejemplo, la templanza, la honestidad, la valentía, la sencillez, la modestia, la cordialidad y la afabilidad. Además, se destacan algunas actitudes espirituales, muy apreciadas por Francisco de Sales, que sin embargo deberían considerarse más bien como frutos de las virtudes, o mejor, del Espíritu Santo, como la alegría, la paz, la confianza y el abandono en Dios.

¿Qué ocurre en este marco de virtudes con los tradicionales ejercicios ascéticos? No se abolen, pero se desplaza el acento. Así, el autor de la Filotea recomienda el trabajo antes que el ayuno, la moderación en los placeres antes que la abstención. En lugar de elegir siempre lo peor a modo de penitencia, es mejor abstenerse de elegir:

 

Creo que es una virtud más grande comer sin elegir lo que os ponen delante, y en el orden en que os lo ponen, sea o no de vuestro gusto, que elegir siempre lo peor. Porque, aunque este segundo modo de vivir parezca más austero, el otro conlleva sin embargo una mayor resignación, porque en este caso no se renuncia solo al propio gusto, sino también a la propia elección; y además, no es austeridad de poca monta trastocar los propios gustos y hacerlos depender del azar; además, este tipo de mortificación no se ve, no molesta a nadie y está hecho a propósito para la vida en sociedad.

 

Encontrar a Dios en los acontecimientos de cada día

La vida espiritual delineada por Francisco de Sales no está hecha «solo para afrontar acontecimientos extraordinarios, sino principalmente para vivir en medio de las cosas insignificantes de todos los días». Es en medio de lo más banal y cotidiano donde puede ocurrir el encuentro con Dios. La pastora Raquel abrevaba su rebaño en el pozo, llevaba a pastar cada día a sus ovejas, sacaba agua del pozo cada día, y es en medio de estas acciones cotidianas donde encontró a su esposo.

Si hay un punto importante en la espiritualidad salesiana, este es la «santa indiferencia», sintetizada en la fórmula: «Nada pedir, nada rehusar». El autor parte del principio según el cual todo lo que ocurre en la vida (excepto el pecado) es querido por Dios o al menos permitido por él. En consecuencia, aquel que ama verdaderamente a Dios se prepara para acoger cada acontecimiento, sea cual sea, con una «simple disposición», como si viniera del «beneplácito divino».

Dios se da a conocer en el acontecimiento, ya sea enviándolo o simplemente permitiéndolo. Una vez que ha sobrevenido, la persona permanece serena y lo acepta. Es esta una actitud pasiva de resignación que parece un poco inquietante, tanto más cuanto que el vocabulario del «beneplácito» recuerda demasiado al absolutismo del príncipe terrenal. Sin embargo, es preciso tener presente que la voluntad de disponerse, de esperar, de prepararse, conlleva también un aspecto activo que no debe descuidarse. Es una disposición de la voluntad de las más recomendadas por Francisco de Sales. Se funda, como se ha dicho, en la confianza en la Providencia, sin la cual nada sucede en este mundo. Pero puede ser considerada también una virtud humana que contribuye grandemente a mantener un humor constante, sobre todo en los momentos difíciles de la vida. La indiferencia, enseñaba Francisco de Sales a las visitandinas, es una virtud que no se adquiere en cinco años, «se necesitan diez».

A propósito de la pasividad y de la santa indiferencia, que se convierte en una extrema indiferencia de la voluntad con respecto a lo que sucederá, el obispo de Ginebra aclara las cosas, tomando el ejemplo de la enfermedad. «Cuando estéis enferma» —recomienda a Filotea—, «obedeced al médico, tomad las medicinas, los alimentos u otros remedios por amor de Dios». Luego añade: «Desead curaros, para servirle; pero no rehuséis sufrir, para obedecerle, y preparaos incluso a morir, si le place, para alabarlo y gozarlo».

Acoger el acontecimiento será tanto más fácil cuanto más persuadido esté uno, con san Pablo, de que «todo coopera para el bien de los que aman a Dios». Dice todo, es decir, no solo las alegrías y las consolaciones, sino también las pruebas, las tribulaciones y los males de esta vida, incluidos los pecados. «Sí, incluso los pecados, de los que Dios nos preserve por su bondad, son orientados por la Providencia divina al bien de quienes le pertenecen».

 

Unir oración y vida

Cuando aborda el tema de la oración, el autor de la Introducción a la vida devota se empeña ante todo en convencer a Filotea de que se trata de una necesidad vital. Siguiendo la distinción clásica, Francisco de Sales considera tres tipos de oración: vocal, mental y vital.

Aprecia y recomienda la oración vocal o exterior, ya sea litúrgica, comunitaria o personal. Pero la calidad de tal oración deriva de lo íntimo, del corazón del orante: «Un solo Padrenuestro, dicho con sentimiento, vale más que muchos recitados a toda prisa».

El obispo de Ginebra apreciaba sobre todo la oración mental, que recomendaba a todos, incluso a los fieles laicos. Es preferible porque da efectivamente la prioridad a lo interior sobre lo exterior. Su calidad depende del amor, porque la oración vale tanto como el amor con que se realiza. Esta oración mental, que también llama cordial, tiene dos formas: la meditación y la contemplación. Ambas alimentan la vida espiritual, como el comer y el beber mantienen la vida del cuerpo: «meditar quiere decir comer, y contemplar quiere decir beber».

Si la oración mental exige reservar un cierto tiempo del día a este ejercicio particular, existe sin embargo una tercera forma de oración, mucho más cercana a la vida y compatible con todo tipo de ocupación. Es la oración vital, que también podría llamarse oración vivida o simplemente unión con Dios. Las ocupaciones no deberían impedir en modo alguno la unión con Dios, y quienes practican esta forma de oración no corren el peligro de olvidarse de Dios, no más de lo que los enamorados corren el riesgo de olvidarse el uno del otro:

Los enamorados de un amor humano y natural tienen casi siempre todos los pensamientos fijos en el objeto amado, el corazón lleno de arrebato por él, la boca rebosante de sus alabanzas y no pierden ocasión, en su ausencia, de testimoniar sus pasiones con cartas, ni dejan pasar árbol sin grabar en su corteza el nombre de quien aman.

En medio de las actividades diarias de quien vive «apremiado por las cosas temporales», siempre es posible encontrar un instante de soledad para unir el corazón a Dios:

 

Acordaos de retiraros siempre, oh Filotea, a la soledad de vuestro corazón, mientras con el cuerpo estáis en medio de las conversaciones y los quehaceres; esta soledad de la mente no puede ser impedida en lo más mínimo ni siquiera por la multitud de quienes os rodean, porque no están alrededor de vuestro corazón, sino solo de vuestro cuerpo, de modo que vuestro corazón permanece completamente solo en presencia de Dios solo.

 

Así, la verdadera oración no hace descuidar las obligaciones de la vida de cada día, a condición de imitar a la mujer fuerte de la Biblia, de quien se dice que «aplicó sus manos a empresas grandes, y sus dedos manejaron el huso». De ahí sus recomendaciones a la baronesa de Chantal, quizás mal aconsejada al inicio de su vida espiritual: «Meditad, elevad vuestro espíritu, llevadlo a Dios, o mejor, atraed a Dios a vuestro espíritu: he aquí las cosas vigorosas. Al mismo tiempo, sin embargo, no olvidéis la rueca y el huso: hilad el hilo de las pequeñas virtudes y abajaos a la práctica de los ejercicios de caridad. Quien enseña lo contrario, engaña y se deja engañar».

De todos modos, esto no será del todo fácil. Unir la oración a la vida, comportarse en el vivir como uno se comporta en el orar, llegar a realizar la unión del corazón y de la vida, todo esto no se adquiere por encanto. Habrá que guardarse bien de perder el equilibrio interior, requerido para avanzar sin tropezar con los obstáculos. Hagamos como los funambulistas y los equilibristas: «Quienes caminan sobre la cuerda sostienen siempre en la mano la vara del contrapeso, para equilibrar con exactitud el cuerpo, según los movimientos que deben hacer sobre una base tan peligrosa». Comparando la cruz de Cristo con la vara del contrapeso que garantiza el equilibrio, Francisco de Sales recuerda que la vida de cada día está llena de ocasiones peligrosas y que necesita una salvaguardia.

 

Lo cotidiano transfigurado

La vida cotidiana está marcada por momentos, pero «en estos momentos de nuestra vida se encierra, como en una nuez, el germen de la eternidad». El reloj nos ofrece la medida cuantitativa del tiempo, pero su calidad depende de nosotros. Si lo queremos, nosotros «podemos pasar todos nuestros años, nuestros meses, nuestros días y nuestras horas, haciéndolos santos mediante un uso bueno y fiel».

Junto a las «grandes obras», el autor de la Filotea trata de persuadirnos de que es importante tomar en consideración las actividades «menores y más humildes»: «las pequeñas injurias, estas pequeñas molestias, estas pérdidas poco importantes que ocurren cada día», las «pequeñas ocasiones», los «cotidianos pequeños gestos de caridad», «estas pequeñas incomodidades», «esta pequeña humillación», «estos pequeños sufrimientos». Ahora bien, todo esto, todas «estas ocasiones que se presentan a cada paso, son una gran manera, si se saben usar bien, de amontonar muchas riquezas espirituales». El más pequeño de estos momentos puede adquirir un valor extraordinario, si es vivido con amor.

Sucede a menudo que una persona débil de cuerpo y de espíritu, que se ejercita solo en pequeñas cosas, las hace con tanta caridad que sobrepasa con mucho el mérito de las acciones grandes y elevadas; pues, habitualmente, las acciones elevadas se realizan con menos caridad, a causa de la atención y de las diversas consideraciones que se hacen sobre ellas.

Durante el último Encuentro con las hermanas de la Visitación de Lyon, dos días antes de morir, repetirá su lección preferida: «No es el cúmulo de obras que hacemos lo que nos hace agradables a Dios, sino el amor con que las realizamos». Tampoco es por la grandeza de nuestras acciones que agradamos a Dios: «Una hermana que en su celda se ocupa de una pequeña labor, adquirirá mayor mérito que otra ocupada en asuntos importantes, pero realizados con menor amor. La perfección de nuestras acciones viene dada por el amor».

La vida contemplativa es mejor, en sí misma, que la vida activa, pero «si en la vida activa se alcanza una unión más íntima [con Dios], esta es mejor». Por eso, «si una hermana que trabaja en la cocina y maneja la cacerola junto al fuego, realiza todo esto con mayor amor y caridad que otra, el fuego material no la distraerá, al contrario, la ayudará a ser más agradable a Dios». La soledad con Dios es buena, pero ocurre a menudo «que se está unido a Dios tanto en la acción como en la soledad».

El amor es el secreto de la alquimia salesiana hasta el punto de que lo que nos aflige puede revestir un valor extraordinario gracias a la unión de nuestra voluntad con el beneplácito de Dios.

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