8 Ene 2026, Jue

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Ambientado en la noche del Viernes Santo de 1878, el relato «María lo salva» es uno de los sueños cargados de significado que san Juan Bosco solía compartir con sus muchachos. A través de imágenes plásticas y casi de cuento de hadas –un gato acosado por dos perros que se transforman en monstruos, un bastón blandido como última defensa, la Virgen invocada con una pequeña medalla– el sueño escenifica la contienda entre las fuerzas del mal y la misericordia divina. En el centro, la figura vulnerable de un joven que, de víctima designada, renace a la esperanza gracias a la intercesión mariana y a la paternidad espiritual del santo. Es un apólogo pedagógico sobre el poder del arrepentimiento, de la protección materna de María y del coraje educativo.

En la noche del Viernes Santo estuve velando al lado de don Bosco casi hasta las dos de la mañana y me retiré a la habitación contigua para descansar; Pedro Enría acudió para sustituirme en la vela. Al darme cuenta de los gritos ahogados del Siervo de Dios, deduje que estaba soñando con cosas poco agradables; le pregunté por la mañana sobre ello y tuve la siguiente contestación:
«-Me pareció encontrarme en medio de una familia, cuyos miembros habían decidido dar muerte a un gato. El juicio y la sentencia
habían sido puestos en manos de monseñor Manacorda, pero éste se negaba a hacerlo, diciendo:
– ¿Qué tengo yo que ver con vuestro asunto? Eso a mí no me interesa nada.
Y reinaba en la casa una gran confusión.
Estaba yo apoyado en un bastoncillo, mientras observaba cuanto sucedía, cuando he aquí que, de pronto, apareció un gato negruzco con los pelos erizados, que se precipitaba corriendo hacia donde yo me encontraba. Venían corriendo tras él dos perrazos que parecía iban a dar alcance inmediatamente al pobre animal, presa del mayor espanto. Al verle pasar cerca de mí, lo llamé; el gato pareció dudar un poco, pero, al repetir yo la llamada y levantar un poco el faldón de mi sotana, el gato acudió a agazaparse a mis pies.
Los dos perrazos se detuvieron ante mí, ladrando horriblemente.
– Fuera de aquí, les dije, dejad en paz a este pobre gato.
Entonces, con gran sorpresa mía, aquellos animales abrieron la boca y, dando rienda suelta a sus lenguas, comenzaron a hablar como las personas.
– No podemos; tenemos que obedecer a nuestro dueño, y hemos recibido orden de él de matar a ese gato.
– ¿Y con qué derecho?
– Él se ofreció voluntariamente a servirle. El amo puede disponer de la vida de su esclavo de una manera absoluta. Por tanto, nosotros hemos recibido orden de matarlo y lo mataremos.
– El amo, repliqué, tiene derecho sobre las acciones de su siervo y no sobre su vida, y yo no consentiré nunca que matéis a este gato.
– ¿Que no lo permitirás? ¿Tú?
Y dicho esto los dos animales se lanzaron furiosamente para atrapar al gato. Yo levanté el bastón y comencé a lanzar golpes desesperados contra los asaltantes.
– ¡Ea! ¡Quietos! ¡Atrás!, gritaba.

Pero ellos unas veces avanzaban, otras retrocedían y la lucha se prolongó por mucho tiempo, de forma que yo estaba rendido de cansancio. Habiéndome dejado aquellos animales un momento de tregua, quise observar al pobre gato que continuaba a mis pies, pero con gran estupor comprobé que se había trocado en un corderillo. Mientras pensaba en aquel fenómeno, dirigí la vista a los dos perros.
También habían cambiado ellos de forma: parecían dos osos feroces y seguidamente fueron cambiando de aspecto hasta transformarse en tigres, leones, monos espantosos y adoptar formas cada vez más horribles. Finalmente se trocaron en dos horrendos demonios.
– Lucifer es nuestro dueño, gritaban los demonios, ése, al que tú defiendes, se ha entregado a él; por tanto, debemos arrastrarlo hasta él quitándole la vida.

Entonces me volví al corderillo, pero no lo vi; en su lugar había un pobre jovencito que, fuera de sí por el espanto, repetía con acento suplicante:
– ¡Don Bosco, sálveme! ¡Don Bosco, sálveme!
– No tengas miedo, le dije. ¿Estás decidido a ser bueno?
– Sí, sí, don Bosco; pero ¿qué tengo que hacer para salvarme?
– No temas; arrodíllate, toma en tus manos la medalla de la Virgen. Vamos, reza conmigo.
Y el jovencito era uno de los que yo conozco.
(MB IT XIII, 548-549 / MB ES XIII, 470-471)