18 Oct 2026, Dom

1926-2026: Cien años de Jornada Mundial de las Misiones

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El domingo 18 de octubre de 2026, la Iglesia celebra la centésima Jornada Mundial de las Misiones, instituida por Pío XI en 1926. Tras ella hay un largo recorrido: desde la intuición de una joven laica de Lyon hasta las grandes fundaciones misioneras del siglo XIX, entre ellas las misiones de Don Bosco. En ese camino ocupa un lugar destacado un sacerdote turinés formado en Valdocco, san José Allamano, fundador de los Misioneros y las Misioneras de la Consolata. Ya en 1912 promovió una petición al Papa para conseguir que se dedicara un domingo al año a las misiones. Y su manera de formar a los misioneros lleva la impronta de su antiguo educador, Don Bosco.

 

 

Las raíces: una joven de Lyon y el siglo XIX misionero

            La historia de la Jornada Mundial de las Misiones comienza un siglo antes de su institución, en Lyon. Allí, una joven laica, Pauline Marie Jaricot (1799-1862), organizó pequeños grupos de diez personas, cada una comprometida a rezar por las misiones y a aportar una moneda a la semana. De aquella red nació, el 3 de mayo de 1822, la Obra de la Propagación de la Fe. Pauline Jaricot fue beatificada en Lyon el 22 de mayo de 2022.

La intuición era sencilla y, al mismo tiempo, revolucionaria: la evangelización no concierne solo a los misioneros o a los grandes benefactores, sino a todos los bautizados, mediante la oración y una ofrenda, por pequeña que sea. A lo largo del siglo XIX surgieron otras obras inspiradas por el mismo espíritu: la Obra de la Santa Infancia (1843), que implicaba a los niños, y la Obra de San Pedro Apóstol (1889), destinada a la formación del clero local. Junto con la Unión Misional Pontificia, fundada en 1916 por el beato Pablo Manna, hoy forman las cuatro Obras Misionales Pontificias.

En ese mismo siglo surgieron también en Italia nuevos institutos misioneros: en Milán, en 1850 (el actual PIME); en Verona, con san Daniel Comboni, en 1867; y en Parma, con san Guido María Conforti, en 1895. En ese ambiente, Don Bosco abrió su joven Congregación a la misión ad gentes. El 11 de noviembre de 1875, en la basílica de María Auxiliadora, entregó el crucifijo a los diez primeros misioneros, seis sacerdotes y cuatro coadjutores, encabezados por don Juan Cagliero; el 14 de noviembre partieron de Génova hacia Argentina.

Dos años después, en noviembre de 1877, partieron hacia Uruguay las primeras Hijas de María Auxiliadora. Ese mismo año nació el Boletín Salesiano, que llevó a los hogares de los Cooperadores las cartas de los misioneros. Ya era, a pequeña escala, aquella animación misionera de todo el pueblo de Dios que la Jornada Mundial de las Misiones haría universal.

 

José Allamano, en la escuela de Don Bosco

            José Allamano nació el 21 de enero de 1851 en Castelnuovo d’Asti, hoy Castelnuovo Don Bosco, el mismo pueblo de Juan Bosco. Su madre, Marianna Cafasso, era hermana de san José Cafasso, el sacerdote que había guiado a Don Bosco durante sus años en el Convitto ecclesiastico y que fue su confesor durante mucho tiempo. El vínculo entre Allamano y Don Bosco nace, pues, de una misma tierra y de una misma escuela de santidad sacerdotal.

En octubre de 1862, con once años, José ingresó en el Oratorio de Valdocco para cursar los estudios secundarios. Permaneció allí cuatro años, terminó el primero de su clase y, en el tercer curso, fue también asistente de sus compañeros. Don Bosco fue su confesor durante todo ese tiempo: Allamano recordaba que se lo había confiado todo y que tenía la impresión de que «leía en su corazón».

Don Bosco habría querido que se uniera a sus salesianos, pero el muchacho no se sentía hecho para esa vida. El 19 de agosto de 1866 se marchó de Valdocco sin despedirse, para evitar que insistieran más, y entró en el seminario diocesano de Turín. Cuando Don Bosco se encontró con él más adelante, le reprochó afectuosamente que se hubiera marchado sin despedirse.

La elección de otro camino no quebró su relación. Ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1873, Allamano fue asistente y, más tarde, director espiritual del seminario. En octubre de 1880, con 29 años, se convirtió en rector del santuario de la Consolata y, en 1882, reabrió el Convitto ecclesiastico, el mismo en el que Cafasso había formado a Don Bosco. Mantuvo un contacto frecuente con Don Bosco, con quien conversaba y a quien invitaba de vez en cuando a comer. Don Bosco le encomendó recopilar los recuerdos sobre Cafasso, que luego permitieron al canónigo Colombero escribir la primera biografía extensa del tío de Allamano. Allamano volvió a visitar a Don Bosco pocos meses antes de su muerte, el 31 de enero de 1888, y asistió a su funeral arrodillado entre la multitud.

En enero de 1900, una grave pleuroneumonía lo dejó al borde de la muerte. La curación, atribuida a la Consolata, le pareció una señal de que había llegado el momento de llevar a cabo un proyecto que llevaba años madurando. El 29 de enero de 1901 nació el Instituto Misiones Consolata; el 8 de mayo de 1902, los cuatro primeros misioneros partieron hacia Kenia; y el 29 de enero de 1910 comenzó el Instituto de las Misioneras de la Consolata. Allamano nunca partió a las misiones, pero les dedicó toda su vida.

 

El estilo de Valdocco en la casa de la Consolata

            Allamano no fue salesiano, y así lo decidió conscientemente. Sin embargo, la impronta de Don Bosco es evidente en su manera de formar a los misioneros. Quiso que su Instituto fuera una familia, no un internado: «Esta casa debe ser la casa del amor», repetía. Se hizo padre de sus misioneros y procuraba que lo quisieran más de lo que lo temieran; corregía con dulzura y sensatez, y recurría a la «palabrita al oído» y a las cartas personales, como había visto hacer en Valdocco.

Sus propias palabras lo confirman: «Siempre admiro a Don Bosco»; «Todavía recuerdo muchas cosas que me dijo Don Bosco cuando era joven». Y les señalaba un modelo concreto: «Sigamos las huellas de los santos: Ven. Cafasso – Don Bosco». Junto a esos dos santos turineses situaba a san Alfonso y a san Francisco de Sales, el mismo patrono que Don Bosco había elegido para su Congregación. También el célebre lema «Primero santos, después misioneros» expresa una convicción muy arraigada en Valdocco: el apostolado nace de la santidad de la vida cotidiana.

 

1912: la propuesta de un domingo dedicado a las misiones

            El 29 de agosto de 1912, catorce años antes de que se instituyera la Jornada, Allamano escribió a los superiores de los demás institutos misioneros italianos, en Parma, Verona, Milán, Génova y Roma; entre ellos estaba san Guido María Conforti, fundador de los Javerianos. En la carta denunciaba el escaso conocimiento de las misiones en Italia, la apatía de muchos sacerdotes y fieles y la falta de vocaciones misioneras, a veces desalentadas por los propios obispos. Su conclusión era tajante: había que implicar al Papa.

Los superiores acogieron la propuesta y enviaron una petición a san Pío X. Entre otras cosas, pedían que se celebrara cada año un domingo misionero, con una predicación obligatoria sobre el deber de colaborar en la difusión de la fe. Sin embargo, la solicitud encontró diversos obstáculos: no contaba con el apoyo oficial de Propaganda Fide, el Papa era ya anciano y estaba enfermo, y Europa se encaminaba hacia la guerra.

Pío X respondió el 31 de enero de 1913 con una carta de elogio por la labor de los misioneros, pero sin mencionar el domingo misionero. Curiosamente, en la respuesta, el nombre de quien promovía la iniciativa pasó a ser «Canónigo Alemanno». Allamano no se desanimó: difundió y comentó la carta papal para mantener viva la atención hacia las misiones.

La semilla no se perdió. En 1916, el padre Pablo Manna, del PIME, fundó la Unión Misional del Clero, con el apoyo decisivo de Conforti, quien presentó sus estatutos al Papa: fueron aprobados el 31 de octubre de 1916.

 

De Benedicto XV a Pío XI: la Jornada nace en 1926

            El 30 de noviembre de 1919, Benedicto XV publicó la carta apostólica Maximum illud. Pedía liberar la evangelización de los intereses políticos y nacionalistas de las potencias coloniales, formar un clero local capaz de guiar a las jóvenes Iglesias y hacer corresponsable de la misión a toda la Iglesia, mediante la oración y el apoyo de los fieles. En el mismo documento, el Papa expresaba su deseo de que la Unión Misional del Clero se estableciera en todas las diócesis.

En febrero de 1922, Achille Ratti ascendió al solio pontificio como Pío XI, que sería recordado como el «Papa de las misiones». En el otoño de 1883, cuando era un joven sacerdote, había pasado dos días en Valdocco junto a Don Bosco, un recuerdo que conservó toda la vida: él sería quien lo beatificaría en 1929 y lo canonizaría el día de Pascua de 1934. El 3 de mayo de 1922, en el centenario de su fundación, mediante el motu proprio Romanorum Pontificum, convirtió en pontificia la Obra de la Propagación de la Fe y trasladó su sede de Lyon a Roma.

Para el Año Santo de 1925, Pío XI quiso organizar en el Vaticano una gran Exposición Misionera, abierta del 24 de diciembre de 1924 al 9 de enero de 1926: más de 100.000 objetos repartidos en veintiséis pabellones y más de un millón de visitantes. También participaron los Salesianos, invitados por el Papa, en respuesta al llamamiento del Rector Mayor, don Felipe Rinaldi. De la Exposición nació el Museo Misionero Etnológico, hoy Museo Anima Mundi de los Museos Vaticanos. El 3 de mayo de ese mismo año, 1925, Pío XI beatificó a José Cafasso, cuya causa había promovido Allamano durante años.

El 11 de diciembre de 1925, con la encíclica Quas primas, Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey, fijada para el último domingo de octubre. El 16 de febrero de 1926, José Allamano murió en Turín, en el santuario de la Consolata. Doce días después, el 28 de febrero, la encíclica Rerum Ecclesiae reiteraba que la misión concierne a todo el pueblo cristiano: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, llamados a sostenerla con la oración, las vocaciones y las ayudas materiales.

En marzo de 1926, la asamblea plenaria del Consejo Superior General de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe decidió pedir al Papa una jornada anual de oración y difusión de la causa misionera, que se celebrara en todas las diócesis, parroquias e instituciones católicas. Según una tradición recogida también por Avvenire, la idea había partido del Círculo Misionero del Seminario de Sassari. La petición solicitaba una predicación misionera, la oración Pro Propagatione Fidei en las misas, la promoción de la Obra, la recogida de donativos y una indulgencia plenaria. Pío XI la aprobó el 14 de abril de 1926, mediante un rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos: apenas dos meses después de la muerte de Allamano, el domingo misionero que había soñado en 1912 se hacía realidad para toda la Iglesia.

 

Por qué se celebra el penúltimo domingo de octubre

            La fecha no se eligió al azar. La Jornada se fijó para el domingo anterior a la nueva fiesta de Cristo Rey, y la petición expresaba el deseo «de que se apresure el reconocimiento universal de su realeza divina». La misión se entendía como el anuncio del Reino de Cristo a todos los pueblos. Con la reforma del calendario de 1969, la solemnidad de Cristo Rey se trasladó al último domingo del año litúrgico, mientras que la Jornada Mundial de las Misiones mantuvo su fecha.

 

El año salesiano de 1926 y la primera celebración

            1926 fue también un año misionero para la Familia Salesiana. Con motivo del cincuentenario de las misiones, en Valdocco se organizó una gran Exposición Misionera de unos 10.500 metros cuadrados; sus materiales dieron origen al Museo Etnológico Misionero que hoy se encuentra en Colle Don Bosco. Además, el 28 de octubre de 1926, Pío XI consagró en San Pedro a los seis primeros obispos chinos, llevando a la práctica el principio de un clero local.

La primera Jornada Mundial de las Misiones se celebró el domingo 23 de octubre de 1927. Por eso, en 2026 coinciden dos aniversarios: los cien años de su institución y la centésima celebración.

 

Un siglo de Jornada: una Iglesia enteramente misionera

            En las décadas posteriores, la Jornada acompañó una profunda maduración de la conciencia misionera. El Concilio Vaticano II, con el decreto Ad gentes del 7 de diciembre de 1965, afirmó que «la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza» (AG 2). Diez años después, san Pablo VI escribió en la exhortación Evangelii nuntiandi (1975) que evangelizar «constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda» (EN 14).

San Juan Pablo II impulsó de nuevo la misión ad gentes con la encíclica Redemptoris missio (1990). En Evangelii gaudium (2013), el papa Francisco propuso que toda la Iglesia fuera «en salida», y en octubre de 2019, en el centenario de Maximum illud, convocó un Mes Misionero Extraordinario. Desde hace décadas, los Papas dirigen un mensaje a los fieles con motivo de la Jornada, y las ofrendas recogidas se destinan al fondo universal de solidaridad de las Obras Misionales Pontificias.

En los últimos años, la Jornada ha quedado ligada de manera singular a los santos de la misión. El domingo 20 de octubre de 2024, día de la Jornada Mundial de las Misiones, el papa Francisco canonizó a José Allamano, beatificado por san Juan Pablo II el 7 de octubre de 1990. El milagro reconocido se refiere a Sorino, un indígena yanomami de la Amazonía brasileña que sobrevivió al ataque de un jaguar mientras su comunidad rezaba al beato. La Iglesia celebra su memoria el 16 de febrero, día de su muerte.

Un año después, el domingo 19 de octubre de 2025, también en la Jornada Mundial de las Misiones, el papa León XIV canonizó a sor María Troncatti, Hija de María Auxiliadora. Nacida en Córteno Golgi (Brescia) en 1883, llegó a Ecuador en 1922 y dedicó casi medio siglo al pueblo shuar como enfermera, catequista y «madrecita». Murió en un accidente aéreo en Sucúa el 25 de agosto de 1969. Así, con un año de diferencia, el antiguo alumno de Valdocco y una hija espiritual de Don Bosco y de María Dominga Mazzarello fueron proclamados santos en la misma celebración.

 

El centenario: «Uno en Cristo, unidos en la misión»

            Para la centésima Jornada, que se celebra el domingo 18 de octubre de 2026, el papa León XIV ha elegido el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión». El mensaje lleva fecha del 25 de enero de 2026, fiesta de la Conversión de san Pablo, y se articula en tres partes: «Uno en Cristo», «Unidos en la misión» y «Misión del amor». El Papa recuerda que Pío XI «instituyó en 1926 la celebración de la Jornada Mundial de las Misiones» a propuesta de la Obra de la Propagación de la Fe, que distribuye las ofrendas «en nombre del Papa» para atender las necesidades de las jóvenes Iglesias.

En el centro del mensaje está la misma convicción que impulsó a Pauline Jaricot y a José Allamano: «Ningún bautizado, en efecto, es ajeno ni indiferente a la misión». León XIV recuerda el lema del beato Pablo Manna, «Toda la Iglesia para la conversión de todo el mundo», en el 110.º aniversario de la Unión Misional. Y concluye dando las gracias: «Deseo, por tanto, dar las gracias especialmente a los misioneros y las misioneras ad gentes de hoy».

Para la Familia Salesiana, el centenario llega justo después de los 150 años de la primera expedición misionera. En noviembre de 2025, en la basílica de María Auxiliadora de Valdocco, el Rector Mayor, don Fabio Attard, confirió el mandato a los miembros de la 156.ª expedición y, junto con la madre general de las FMA, madre Chiara Cazzuola, les entregó el crucifijo. En el siglo y medio transcurrido, se ha enviado a tierras de misión a unos diez mil salesianos; hoy la Congregación está presente en 136 países.

 

Primero santos, después misioneros

            Cien años después, la Jornada Mundial de las Misiones mantiene el sentido que tuvo desde sus orígenes: recordar a cada comunidad que el mandato de Jesús concierne a todos. «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).

En su historia se entrelazan la intuición de una laica de Lyon, la pasión de fundadores como Don Bosco y Allamano y la decisión de un Papa que, cuando era un joven sacerdote, había conocido a Don Bosco en Valdocco. Allamano no llegó a ver la Jornada que había pedido, pero preparó el terreno y llevó a la Iglesia de Turín y más allá el estilo que había aprendido en la escuela de Don Bosco. Don Bosco dejó a los misioneros esta consigna: «Buscad almas, no dinero, ni honores, ni dignidades». Allamano, con sus propias palabras, repetía a los suyos: «Primero santos, después misioneros». Sigue siendo, hoy, el camino hacia una Iglesia unida en la misión.

 

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