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Las misiones salesianas no son un capítulo de historia: son nombres, rostros, biografías en curso. Con este artículo se abre una serie de cuatro encuentros con misioneros salesianos enviados en los últimos años a los cuatro rincones del mundo. Empezamos por Asia, con don Andre Delimarta, indonesio, de 57 años, responsable de la comunidad de Kuching, en Malasia. El deseo de partir lo llevaba en el corazón desde el noviciado, pero la oportunidad llegó solo a los 53 años: cuando la Congregación pidió un salesiano indonesio para Malasia, su respuesta fue inmediata. Hoy trabaja en una pequeña parroquia sin patio ni campo de juego, junto a los migrantes indonesios y filipinos, y cuenta cómo el carisma de Don Bosco sabe crear familia más allá de cualquier frontera.
Cuatro rostros, una única llamada
Las misiones salesianas se encuentran en todos los rincones del mundo: misioneros y misioneras, jóvenes, laicos y laicas, monjas, miembros de la Familia salesiana, familias y colaboradores gastan cada día sus energías para que el carisma salesiano siga generando vida.
Entre ellos, los misioneros ad gentes, ad vitam, ad exteros toman una decisión totalizadora: dejan su propio país para poner la vida al servicio de pueblos lejanos. Una elección que no se improvisa. El discernimiento, la formación adecuada y el acompañamiento son decisivos: precisamente por esto, desde el año pasado, se ha puesto en marcha a nivel de Congregación un replanteamiento global de la formación misionera, que ha involucrado a muchísimas personas, empezando por los propios misioneros.
Este año los misioneros enviados en los últimos cinco años se han reunido por continente: en Sihanoukville, en Camboya; en Nairobi, en Kenia; en Genzano, en Italia; en Montevideo, en Uruguay. Junto a los miembros del Sector para las Misiones, a los responsables de su formación y a algunos ponentes e invitados, han vivido días de fraternidad, de compartir, de escucha mutua, de formación y de reflexión. Hemos pedido a algunos de ellos que nos cuenten su propia experiencia misionera y los frutos de ese encuentro.
Empezamos por Asia. Don Andre Delimarta, originario de Indonesia, es el encargado de la comunidad de Kuching, en Malasia, adonde los salesianos llegaron en 2017. Su llamada misionera maduró después de los cincuenta años, pero el deseo lo acompañaba desde siempre.
«He crecido con los misioneros salesianos»
Un saludo a todos los lectores del Boletín Salesiano OnLine. Me llamo Andre Delimarta, tengo 57 años, soy originario de Indonesia y actualmente realizo mi servicio en Malasia.
He crecido con los misioneros salesianos desde los tiempos de la escuela secundaria: me hablaban siempre de Don Bosco y de los demás santos salesianos. Al terminar la escuela, entré en la comunidad salesiana de Timor Oriental y compartí con ellos la vida comunitaria. Durante la formación inicial, su amabilidad, el duro trabajo, el compromiso y el espíritu de sacrificio dejaron en mí una huella profunda. Es gracias a ellos que mi vocación y mi amor por Don Bosco se han fortalecido.
«Aquí estoy, voy yo»
Me convertí en misionero ad gentes solo en edad madura, a los 53 años. El deseo ya estaba en mi corazón desde que era novicio, pero la oportunidad se presentó hace solo unos pocos años, cuando la Congregación necesitaba un salesiano indonesio para Malasia. Consulté a mi Inspector y, obtenida su aprobación, me ofrecí sin dudarlo: «Aquí estoy, voy yo».
No tenía una preparación formal ni una formación específica para ser misionero. Mis formadores, sin embargo, eran misioneros: a través de ellos aprendí qué es la misión y cómo uno se convierte en misionero. Luego pasé la mitad de mi vida en la formación, preparando a los hermanos para la misión, y durante varios años trabajé en territorios de misión. Por lo demás, muchas obras salesianas en Indonesia forman todavía parte, ellas mismas, de la misión ad gentes.
Una parroquia sin patio
Indonesia y Malasia son países vecinos, y sin embargo sigue habiendo diferencias en la forma en que la gente vive el día a día, en la forma de comunicarse, en el enfoque pastoral de la Iglesia. Aquí la obra salesiana no encaja en los contextos tradicionales: escuelas, internados, centros de formación. Se nos ha confiado solamente una pequeña parroquia, que carece incluso de un parque infantil o de un campo de fútbol o de baloncesto. Es allí donde llevamos adelante nuestra misión, para los fieles y para los jóvenes que acuden a nosotros. Poco después de mi llegada se me confió también el servicio a las comunidades de migrantes indonesios, filipinos y de varias otras nacionalidades.
La mayor dificultad, en este nuevo contexto, no ha sido adaptarme a la cultura, a la lengua y a la mentalidad, sino aprender a trabajar junto a las autoridades locales, tanto civiles como eclesiásticas. Y hay una tensión que sigue abierta, sobre todo en el ministerio con los migrantes: entre el deseo de ayudarlos y acompañarlos concretamente y el respeto de los límites legales, de las fronteras institucionales y de las diferentes prioridades dentro de la Iglesia local.
Jóvenes en busca de pertenencia
Malasia es un país multicultural y multirreligioso: conviven etnias, mentalidades, lenguas y religiones diferentes. Una diversidad hermosa y exigente a la vez, porque requiere apertura, respeto y diálogo.
Los jóvenes son enérgicos, tienen talento, están abiertos a la tecnología; pero muchos también tienen que lidiar con la presión de la competencia escolar, con problemas familiares, dificultades económicas, incertidumbre sobre el futuro. Algunos buscan identidad, pertenencia, esperanza. La misión salesiana sigue siendo, por tanto, más actual que nunca: acompañar a los jóvenes, especialmente a los más pobres y necesitados, a través del cuidado pastoral y la presencia personal. El Sistema preventivo de Don Bosco sigue hablando con fuerza a los jóvenes de hoy.
«Me he sentido como en casa»
Fui acogido calurosamente tanto por los salesianos como por la población local. Los hermanos me han apoyado con fraternidad y paciencia, haciéndome sentir parte de la comunidad y de la misión. También la gente del lugar se ha mostrado amable, abierta y generosa: he experimentado hospitalidad, respeto, amistad. A través de los sencillos encuentros cotidianos, las conversaciones, el ministerio en la parroquia y luego con los migrantes, me he sentido gradualmente como en casa en la misión. Ha sido una confirmación: el carisma salesiano crea un espíritu de familia que va más allá de la nacionalidad y la cultura.
El encuentro en Camboya
Este año he podido encontrarme con otros salesianos, más jóvenes que yo, enviados en los últimos años como misioneros a diferentes países de Asia. Lo que más me llamó la atención, en aquel encuentro en Camboya, fue la sencillez, la alegría y el celo misionero de tantos jóvenes hermanos. Escuchar sus experiencias me hizo comprender que, por muy diferentes que sean nuestros contextos, compartimos la misma misión y el mismo amor por Don Bosco, por la Congregación y por los jóvenes. También los momentos de oración, de compartir, de reflexión y de fraternidad fueron muy significativos.
El encuentro ha renovado en mí una convicción: la vida misionera no consiste solamente en trabajar en otro país, sino en entregarse por completo a Dios y a los jóvenes.
«Seguid rezando por los misioneros»
Creo que los misioneros salesianos del futuro deben seguir siendo signos de esperanza, de fraternidad y de alegría, para cualquiera y dondequiera que seamos enviados. Deberán estar preparados también para trabajar en contextos pastorales diferentes a los tradicionalmente salesianos: escuelas, internados, centros de formación. Lo que cuenta es convertirse en signos del amor de Dios en el espíritu de Don Bosco.
Os pido que sigáis rezando por los misioneros de todo el mundo. La vida misionera es hermosa porque nos permite experimentar el amor de Dios a través del servicio a los demás. Que Don Bosco siga inspirándonos a ser testigos gozosos del Evangelio dondequiera que nos encontremos. ¡Gracias de corazón y que Dios os bendiga!
Marco Fulgaro

