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Los santos Joaquín y Ana, óleo sobre lienzo de Guido Guidi, 1914. Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, Roma.
En el cielo no tan concurrido de las devociones de don Bosco –María Auxiliadora ante todo, y luego san José, san Francisco de Sales, san Luis Gonzaga, los ángeles custodios– dos figuras discretas ocupan un lugar que sorprende a quien no las busca: Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús. No aparecen en los títulos de sus congregaciones ni en los nombres de sus obras, y sin embargo don Bosco los quiso por su propia mano en las dos iglesias que marcan los extremos geográficos y espirituales de su vida. En Turín, en la basílica de María Auxiliadora en Valdocco, quiso que sus estatuas fueran colocadas a los lados del presbiterio, orientadas hacia la gran imagen de la Auxiliadora: los padres que contemplan a la hija glorificada. En Roma, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en el Castro Pretorio, se dispuso un altar dedicado a los dos santos, sobre el cual un lienzo representa la educación de la niña María. Dos presencias silenciosas que, mirándolas bien, cuentan mucho de la fe de don Bosco y de su modo de entender la familia, la educación y la transmisión de la fe.
Dos nombres que vienen de lejos
Los Evangelios canónicos no dicen nada de los padres de María. Sus nombres nos llegan de una tradición antiquísima, de un texto del siglo II que la Iglesia no acogió en el canon pero que ha nutrido durante siglos la piedad popular y el arte cristiano. Allí se habla de Joaquín, hombre justo, y de Ana, su esposa, probados por el dolor de la esterilidad –en el antiguo Israel, una deshonra y casi un signo de abandono divino. Su oración perseverante es escuchada: un ángel anuncia a ambos el nacimiento de una hija, y Ana promete consagrarla al Señor. Esa niña es María.
Que el relato sea legendario en los detalles no quita nada a la sustancia teológica que la Iglesia siempre ha leído en él: María no surge de la nada. La Madre del Salvador tiene raíces, tiene un hogar, tiene padres que la han esperado, engendrado, educado. Los nombres mismos son un programa: Ana significa «gracia», Joaquín «Dios prepara». En la pareja de ancianos padres la tradición ha visto el umbral entre la Antigua y la Nueva Alianza, el gozne silencioso entre la larga espera de Israel y el alba de la Redención. El culto a santa Ana florece en Oriente desde los primeros siglos y se convierte en Occidente en una de las devociones populares más amadas; san Joaquín la alcanza más tarde en los honores litúrgicos, hasta que la reforma del calendario reunió a los dos esposos en una única memoria, el 26 de julio: juntos en la vida, juntos en la liturgia.
El Magníficat, fruto de una escuela doméstica
Hay una prueba indirecta, pero elocuente, de la obra educativa de Joaquín y Ana, y está en los mismos labios de María. El Magníficat revela un conocimiento de las Escrituras profundo e interiorizado, de quien las ha respirado desde niña. El cántico de la Virgen recuerda el Cántico de Ana, la madre de Samuel (1 Sam 2,1-10), pero entrelaza también los salmos (34; 35; 69; 98; 103), los profetas (Is 41; 61; Mi 7), los textos sapienciales (Eclo 10,14-15) e incluso el Pentateuco. Nadie improvisa semejante síntesis orante de la historia de la salvación: se recibe, versículo tras versículo, en un hogar donde la Palabra de Dios se reza cada día.
No es casualidad que la iconografía tradicional represente a santa Ana casi siempre en una actitud precisa: mientras enseña a leer a la pequeña María, con el libro de las Escrituras abierto entre las manos. Es la llamada Educación de la Virgen, uno de los temas más difundidos del arte cristiano –el mismo que destaca en el altar romano querido en la iglesia de don Bosco. Ana es, por excelencia, la madre educadora: la que transmite a la hija no solo la vida, sino la fe, la Palabra, la oración. Difícil imaginar un icono más cercano al corazón de don Bosco, que en la figura de Ana podía reconocer el rostro de Mamá Margarita, la campesina analfabeta de I Becchi que había enseñado a sus hijos el catecismo, la oración de la noche, el temor de Dios y la confianza en la Providencia. El Magníficat de María y el sistema preventivo de don Bosco nacen, en el fondo, del mismo manantial: una fe transmitida en familia con religión, razón y amabilidad.
En Valdocco: las estatuas que miran a la Madre
Cuando don Bosco construyó, entre 1865 y 1868, la iglesia de María Auxiliadora, siguió personalmente no solo las obras y las finanzas, sino también el programa iconográfico. Nada se dejó al azar: el gran cuadro de la Auxiliadora, que él describió al pintor Tommaso Lorenzone como un espectáculo ya contemplado, debía representar a María Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia. En este diseño global don Bosco quiso que las estatuas de los santos Joaquín y Ana se colocaran a los lados del presbiterio, orientadas hacia la gran imagen de la hija: una elección de rara finura teológica. Los padres no están en el centro, sino al lado; no atraen la mirada hacia sí, sino que la conducen a María. Es la posición misma de todo verdadero educador.
La devoción a la madre de la Virgen estaba, por lo demás, profundamente insertada en la vida espiritual del Oratorio: en la basílica primitiva existía un altar dedicado a santa Ana, sobre el cual se colocó durante años la primera estatua de la Auxiliadora venerada por don Bosco. Y precisamente ese altar fue el escenario de uno de los episodios más conmovedores de los últimos días del santo. Durante la última enfermedad de don Bosco, en el invierno de 1887-1888, algunos jóvenes del Oratorio ofrecieron a Dios su propia vida para que se conservara la de su padre. La hoja con su ofrenda fue depositada sobre el altar de santa Ana mientras se celebraba allí la Misa. En ese gesto está toda la circularidad del amor educativo salesiano: el padre que había gastado la vida por los hijos recibía ahora de los hijos la ofrenda de la vida; y ese pacto de amor era entregado a Dios por las manos de la abuela de Jesús, la mujer que sabía lo que significa esperar, donar y devolver una vida al Señor.
En Roma: el altar del Sagrado Corazón
Veinte años después de Valdocco, ya anciano y consumido por las fatigas, don Bosco llevó a término la última gran empresa de su vida: la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús cerca de la estación Termini. Querida por Pío IX y encallada por falta de fondos, la construcción fue confiada por León XIII a don Bosco en 1880: el santo, con tal de no decir que no al Papa, se echó a cuestas colectas extenuantes en Italia y en Francia. El templo fue consagrado el 14 de mayo de 1887; dos días después don Bosco celebró allí su única Misa, en el altar de María Auxiliadora, interrumpida varias veces por las lágrimas: en aquella celebración comprendió, como le había prometido la Virgen en el sueño de los nueve años, el sentido de toda su vida.
También en el templo romano los altares fueron dispuestos como un padre prepara las habitaciones de su propia casa. Entre ellos, el dedicado a los santos Joaquín y Ana, sobre el cual un lienzo representa la educación de la niña María: los padres que acompañan el crecimiento humano y espiritual de la hija. La elección tenía también un matiz de exquisita gratitud: el Papa que había confiado la iglesia a don Bosco, León XIII, se llamaba en el bautismo Joaquín Pecci y albergaba una devoción particular por su propio santo patrón. Honrar a san Joaquín era, para don Bosco, un modo delicado de honrar a la vez al abuelo de Jesús y al Pontífice que tanto había creído en él.
Los abuelos, depositarios de los valores de la vida
Al ser los padres de María, Joaquín y Ana son tradicionalmente venerados como los abuelos de Jesús, y su memoria recuerda hoy con fuerza el papel de los abuelos en la familia y en la Iglesia. Benedicto XVI recordó que los abuelos son a menudo «depositarios y testigos de los valores fundamentales de la vida» y desempeñan un papel precioso en la educación de las nuevas generaciones; y la Iglesia celebra ya, en las proximidades del 26 de julio, la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Don Bosco, con la intuición de los santos, lo había comprendido con más de un siglo de antelación: ningún joven crece bien sin raíces, y ninguna fe se enciende sin alguien –una madre, una abuela, un viejo catequista– que la entregue con paciencia y amabilidad.
Educar para la libertad del «sí»
Las estatuas de Turín y el altar de Roma conducen, al final, al mismo mensaje: la tarea del educador es preparar a una persona para pronunciar su propio «sí» a Dios. Joaquín y Ana educaron a María, pero fue ella quien tuvo que responder al ángel de Nazaret. Mamá Margarita educó a Juan, pero fue él quien tuvo que acoger la vocación sacerdotal y la misión entre los jóvenes. Don Bosco educó a miles de muchachos, pero cada uno de ellos tuvo que elegir personalmente su propio camino. La auténtica educación no sustituye a la libertad: la hace capaz de orientarse hacia el bien. No produce copias del educador, sino personas responsables, cristianos maduros y ciudadanos honestos.
Las estatuas de Joaquín y Ana en Valdocco siguen mirando a María Auxiliadora. El altar del Sagrado Corazón en Roma sigue mostrando a la niña María educada por sus padres. Son imágenes silenciosas, pero contienen todo un programa salesiano: custodiar la vida, transmitir la fe, acompañar las vocaciones y preparar en el corazón de los jóvenes una respuesta generosa a Dios.

