14 May 2026, Jue

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El texto que sigue presenta la «Visión de Santo Domingo Savio», narrada por Don Juan Bosco la tarde del 22 de diciembre de 1876 ante los estudiantes y artesanos del Oratorio de Valdocco. En forma de sueño, Don Bosco describe la aparición de su joven alumno Domingo Savio, muerto con fama de santidad, quien lo guía a través de un paisaje paradisíaco, rico en símbolos espirituales y musicales. El relato, denso en imágenes luminosas, mensajes de esperanza y referencias a la pureza, la caridad y la obediencia, concluye con profecías sobre el futuro de la Congregación Salesiana y el destino de algunos de sus miembros. Es un documento valioso de la pedagogía preventiva y del universo místico-simbólico de Don Bosco, capaz de hablar aún hoy al corazón de los lectores.

 

 

Finalmente, la noche del 22 de diciembre fue memorable en los anales del Oratorio. Se anticiparon un poco las oraciones de la noche. En la sala de visitas de los estudiantes se congregaron también los aprendices y todo el personal de la casa. Don Bosco lo había prometido para el día anterior, pero ocupaciones perentorias le impidieron cumplir su promesa. Es, pues, de imaginar la expectación general. Subió a su cátedra, siendo recibido con entusiastas aplausos, como sucedía siempre que daba las «buenas noches» a toda la comunidad. Apenas indicó que iba a comenzar a hablar, se hizo un silencio profundo.

«La noche que pasé en Lanzo, al llegar la hora del descanso, mi imaginación se sintió completamente absorbida por el siguiente sueño. Se trata de un sueño que no tiene relación alguna con los demás. Os he contado ya uno bastante parecido a éste durante los ejercicios espirituales, pero, o porque no estabais presentes todos vosotros, o porque difiere bastante de aquél, he decidido contaros éste. Hay en él cosas muy extrañas. Pero vosotros sabéis que a mis hijos yo siempre les hablo con el corazón abierto; para vosotros yo no tengo secretos. Haced de él el caso que queráis, pero, como dice el apóstol San Pablo: quod bonum est tenete; (mantened lo bueno) si encontráis en este sueño algo que pueda servir de provecho para vuestras almas, no lo desperdiciéis. El que no quiera creer en él, que no crea, esto nada importa; pero que ninguno ponga en ridículo las cosas que os voy a decir. Os ruego una vez más que no contéis lo que os voy a narrar a nadie que no sea de la casa y que mucho menos lo comuniquéis por escrito fuera de aquí. A los sueños se les puede dar la importancia que los sueños se merecen y los que no conocen nuestras cosas íntimas, podrían formular un juicio erróneo y dar a las cosas unos apelativos que no les corresponden. No saben que sois mis hijos y que yo os digo todo cuanto sé y a veces incluso lo que no sé. (Risas generales). Pero lo que un padre manifiesta a sus hijos para su bien, debe quedar entre padre e hijos y nada más. Y, además, por otra razón. Por lo común, si el sueño se cuenta a los de fuera, o se tergiversan los hechos o se expone lo que menos interesa y de esto se origina siempre algún daño y el mundo despreciaría lo que no debe ser despreciado.

Es necesario sepáis que ordinariamente los sueños se tienen durmiendo. Ahora bien, la noche del 6 de diciembre, mientras estaba en mi habitación sin saber positivamente si estaba leyendo o paseando por la misma, o si estaba en el lecho, comencé a soñar. De pronto me pareció encontrarme sobre una pequeña prominencia de terreno, al borde de una inmensa llanura, cuyos confines no se llegaban a alcanzar con la vista. Aquella planicie se perdía en la inmensidad; era azulada como el mar en plena calma, aunque lo que yo contemplaba no era agua precisamente. Parecía como un terso cristal luciente. Bajo mis pies, detrás de mí y a los lados, veía una región a la manera de una playa a orillas del océano.

Anchos y enormes paseos dividían la llanura en vastísimos jardines de inenarrable belleza, todos repartidos en bosquecillos, prados y parterres de flores, de formas y colores variados. Ninguna de nuestras plantas puede darnos una idea de aquellas otras, aunque guardaban con ellas alguna semejanza. Las hierbas, las flores, los árboles, las frutas eran vistosísimas y de bellísimo aspecto. Las hojas eran de oro, los troncos y ramas de diamante y lo restante hacía juego con esta riqueza. Imposible contar las diferentes especies, y cada especie y cada flor resplandecía con luz propia. En medio de aquellos jardines y en toda la extensión de la llanura contemplaba yo innumerables edificios de un orden, belleza y armonía, de tal magnificencia y de tan extraordinarias proporciones que para la construcción de uno solo de ellos parecía que no habrían bastado todos los tesoros de la tierra. Al contemplar aquello me decía yo a mí mismo: – ¡Si mis muchachos tuvieran un sola de estas casas, ¡cómo gozarían!, ¡qué felices serían!, ¡con cuánto gusto vivirían en ellas!

Y así pensaba sólo al ver aquellos palacios por fuera. ¡Cuál no debería ser su magnificencia interior! Mientras contemplaba extasiado tan estupendas maravillas y el ornato de aquellos jardines, llegó a mis oídos una música dulcísima y de tan grata armonía que no os podría dar una idea de ella. En su comparación, nada tienen que ver las de Cagliero y Dogliani. Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido distinto del otro, mientras todos los sonidos posibles difundían por el aire su sonoridad. A éstos se unían los coros de los cantores.

Vi entonces una multitud de gentes dispersas por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría. Quién tocaba, quién cantaba. Cada voz, cada nota hacía el efecto de mil instrumentos reunidos, todos diversos entre sí. Al mismo tiempo se oían los diversos grados de la escala armónica, desde el más alto al más bajo que se puede imaginar, pero todos en perfecto acorde. Para describir esta armonía no bastan las comparaciones humanas.

En el rostro de aquellos felices moradores del jardín se veía que los cantores no sólo experimentaban extraordinario placer en cantar, sino que al mismo tiempo sentían un inmenso gozo al oír cantar a los demás. Y cuanto más cantaba uno, más se le encendía el deseo de cantar, y cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar. Su canto era éste: Salus, honor, gloria Deo Patri Omnipotenti!… Auctor saeculi, qui erat, qui est, qui venturus est judicare vivos et mortuos, in saecula saeculorum (Salvación, honor y gloria a Dios Padre todopoderoso… Creador del mundo, que era, que es y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos por los siglos de los siglos.).

Mientras escuchaba atónito estas celestes armonías vi aparecer una multitud de jóvenes, muchos de los cuales habían estado en el Oratorio y en algunos otros colegios; a muchos, por consiguiente, los conocía, aunque la mayor parte me era desconocida. Aquella muchedumbre incontable se dirigía hacia mí. A su cabeza venía Domingo Savio, y detrás de él don Víctor Alasonatti, don César Chiala, don José Giulitto y muchos, muchos otros sacerdotes y clérigos, cada uno de ellos al frente de una sección de niños.

Entonces me pregunté a mí mismo: – ¿Duermo o estoy despierto? Y daba palmadas y me tocaba el pecho para cerciorarme de que era realidad cuanto veía. Al llegar toda aquella turba delante de mí, se detuvo a una distancia de unos ocho o diez pasos. Entonces brilló un relámpago de luz más viva, cesó la música y se siguió un profundo silencio. Aquellos muchachos estaban inundados de una grandísima alegría que se reflejaba en sus ojos, y sus rostros eran como un trasunto de la paz interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacía mí, y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas casi tocaban a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza tal de colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Le pendía del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza una corona de rosas; le caía sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador, que parecía… parecía ¡un ángel!

Parecía que don Bosco al pronunciar estas últimas palabras hacía esfuerzos por encontrar expresiones adecuadas; y las concluyó con un gesto indescriptible y un tono de voz que estremeció a todos, cual uno que esté rendido por el esfuerzo hecho para encontrar los términos adecuados para expresar plenamente su idea. Después de breve pausa siguió:

No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quién de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo.

Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: – ¿Qué significa esto?… ¿Cómo he venido a parar a este sitio? Y no sabía explicarme dónde me encontraba. Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos. Finalmente, Domingo despegó los labios para decir:

– ¿Por qué estás aquí mudo y cómo anonadado? ¿No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba, que arrostraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? ¿Dónde está tu valor? ¿Por qué no hablas?

Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras:

-Yo no sé qué decir… ¿Pero, no eres tú Domingo Savio?

-Sí, lo soy, ¿ya no me reconoces?

– ¿Y cómo te encuentras aquí?, añadí confuso.

Domingo entonces, afectuosamente me dijo:

-He venido para hablar contigo. ¡Cuántas veces hemos conversado juntos en la tierra! ¿No recuerdas cuánto me amabas, cuántas pruebas de estima y de afecto me diste? ¿Y yo no correspondí acaso a tus desvelos? ¡Qué gran confianza puse en ti! ¿Por qué, pues, temes? ¡Ea! Pregúntame algo. Entonces, cobrando un poco de ánimo, le dije:

-Es que… no sé dónde me encuentro, por eso estoy temblando.

-Estás en una mansión de felicidad, me respondió Domingo, en donde se gozan todas las dichas, todas las delicias.

– ¿Es éste, pues, el premio de los justos?

-No, por cierto. Aquí no se gozan los bienes eternos, sino sólo, aunque en grado sumo, los temporales.

-Entonces, ¿todas éstas son cosas naturales?

-Sí; aunque embellecidas por el poder de Dios.

– ¡Y a mí que me parecía que esto era el Paraíso!, exclamé.

– ¡No, no, no!, repuso Savio. No hay ojo mortal que pueda ver las bellezas eternas.

– ¿Y estas músicas, seguí preguntando, son las armonías de que gozáis en el Paraíso?

– ¡No, no, ya te he dicho que no!

– ¿Son armonías naturales?

-Sí, son sonidos naturales perfeccionados por la omnipotencia de Dios.

-Y esta luz que sobrepuja a la luz del sol ¿es luz sobrenatural? ¿Es luz del Paraíso?

-Es luz natural, aunque reavivada y perfeccionada por la omnipotencia divina.

– ¿Y no se podría ver un poco de luz sobrenatural?

-Nadie puede gozar de ella hasta que no llegue a ver a Dios sicut est (tal como Él es). El más ínfimo rayo de esa luz quitaría al instante la vida a un hombre, porque no hay fuerzas humanas que la puedan resistir.

– ¿No puede haber una luz natural más hermosa que ésta?

– ¡Si supieras! Si vieras solamente un rayo de sol, llevado a un grado superior a éste, quedarías fuera de ti.

– ¿Y no se puede ver al menos una partícula de esa luz que dices?

-Sí que se puede ver y tendrás la prueba de lo que digo. Abre los ojos.

-Ya los tengo abiertos, contesté.

-Pues fíjate bien y mira allá al fondo de ese mar de cristal. Tendí la vista y al mismo tiempo apareció de improviso, en el cielo y a una distancia inmensa, una fugaz centella de luz, sutilísima como un hilo, pero tan brillante, tan penetrante que di un grito que despertó a don Juan Bautista. Lemoyne, aquí presente, que dormía en una habitación próxima a la mía. Aquel destello de luz era cien millones de veces más clara que la del sol y su fulgor bastaría para iluminar el universo entero. Un instante después abrí los ojos y pregunté a Domingo:

– ¿Qué es esto? ¿Tal vez un rayo divino?

Savio contestó:

-No es luz sobrenatural, si bien, comparada con la terrestre, le supera mucho en fulgor. No es más que la luz natural elevada a un mayor esplendor por la omnipotencia divina. Y aunque imaginaras una inmensa zona de luz semejante a la centellita que acabas de ver al fondo de esta llanura, rodeando todo el universo, no por eso llegarías a formarte una idea de los esplendores del Paraíso.

-Y vosotros, ¿qué gozáis en el Paraíso?

– ¡Ah! Es imposible querértelo explicar; lo que se goza en el Paraíso no hay mortal alguno que pueda saberlo mientras no abandone esta vida y se reúna con su Creador. Lo único que se puede decir es que se goza de Dios; y esto es todo. Entretanto, recobrado ya plenamente de mi primer aturdimiento, contemplaba absorto la hermosura de Domingo Savio cuando le pregunté en el tono de la mayor confianza:

– ¿Por qué llevas ese vestido tan blanco y reluciente?

Calló Domingo, sin dar muestras de querer contestar a mi pregunta y el coro comenzó a cantar armoniosamente acompañado de todos los instrumentos: Ipsi habuerunt lumbos praecinctos et dealbaverunt stolas suas in sanguine Agni (Estos tenían los lomos ceñidos y blanqueaban sus vestiduras en la sangre del Cordero).

Cuando cesó el canto volví a preguntar:

– ¿Y por qué llevas a la cintura esa faja de color rojo?

Tampoco esta vez quiso Savio responder a mi pregunta y, mientras hacía un gesto como de rehusar la contestación, don Víctor Alasonatti cantó solo: – Virgines enim sunt, et sequuntur Agnum, quocumque fuerit (Estos tenían los lomos ceñidos y blanqueaban sus vestiduras en la sangre del Cordero).

Comprendí entonces que la faja de color de sangre era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

Yo, entretanto, atraído por aquellos cantos y al contemplar todas aquellas falanges de jóvenes celestiales que seguían a Domingo Savio, pregunté a éste:

– ¿Y quiénes son ésos que te siguen? Y dirigiéndome a ellos les dije:

– ¿Cómo es que tenéis ese aspecto tan refulgente? Savio continuó callado mientras todos aquellos jóvenes comenzaron a cantar:

Hi sunt sicut Angeli Dei in coelo. (Estos son como los ángeles de Dios en el cielo, Mt 22,30). Por mi parte me di cuenta de que Domingo gozaba de cierta preeminencia entre los demás, que se mantenían a respetuosa distancia detrás de él, como a unos diez pasos; por eso le dije:

-Dime, Domingo, siendo tú el más joven de los que veo aquí y de los que han muerto en nuestras casas, ¿por qué vas delante de ellos y les precedes? ¿Por qué eres tú quien hablas, mientras ellos callan?

-Yo soy el más viejo de todos, me contestó.

-No, le repliqué; muchos te aventajan en edad.

-Yo soy el más antiguo del Oratorio, replicó Domingo, porque he sido el primero en dejar el mundo para ir a la otra vida. Además: Legatione Dei fungor (cumplo una misión de Dios).

Esta respuesta me indicaba el motivo de la visión. Domingo Savio hacía las veces de embajador de Dios.

-Entonces, le dije, hablemos de lo que en este instante más me importa.

-Sí y pregúntame pronto lo que deseas saber. Las horas pasan y se podría acabar el tiempo que se me ha concedido para hablarte y después no me verías más. -Según parece ¿tienes algún asunto de importancia que comunicarme?

– ¿Qué puedo decirte yo, mísera criatura?, dijo humildemente Domingo. He recibido de lo alto la misión de hablarte y por eso he venido.

-Entonces, exclamé, háblame del pasado, del presente y del porvenir de nuestro Oratorio. Háblame de nuestros queridos hijos, háblame de mi Congregación.

-Respecto a ésta tendría muchas que comunicarte.

-Cuéntame, pues, lo que sabes: el pasado…

-El pasado recae todo sobre ti.

– ¿He cometido alguna falta?

-En cuanto al pasado te he de decir que tu Congregación ha hecho ya mucho bien. ¿Ves allá abajo aquel número incontable de jóvenes?

-Sí que los veo. ¡Cuántos son! ¡Qué felicidad se refleja en sus rostros!

-Observa lo que está escrito a la entrada del jardín.

-Ya lo veo. Dice: Jardín Salesiano.

-Pues bien, prosiguió Domingo; todos esos han sido Salesianos o fueron educados por ti o han sido salvados por ti, o por tus sacerdotes o clérigos o por otros que encaminaste por la vía de la vocación. Cuéntalos, si puedes. Su número, empero, sería cien millones de veces mayor si mayor hubiera sido tu fe y confianza en el Señor.

Lancé un suspiro, sin saber qué responder al escuchar semejante reproche; sin embargo, me dije para mis adentros: En lo sucesivo procuraré tener más fe y más confianza en la Providencia. Después añadí:

– Y el presente, ¿qué me dices del presente?

Domingo me presentó un magnífico ramillete que tenía en la mano. Había en él rosas, violetas, girasoles, gencianas, lirios, siemprevivas, y entre las flores, espigas de trigo. Me lo ofreció diciéndome:

– ¡Mira!

-Ya veo, pero no entiendo lo que quieres decir.

-Entrega este ramillete a tus hijos, para que puedan ofrecérselo al Señor cuando llegue el momento; procura que todos lo tengan, que a ninguno le falte ni se lo deje arrebatar. Ten la seguridad de que si lo conservan, esto será suficiente para que se sientan felices.

-Pero ¿qué significa este ramillete de flores?

-Consulta la Teología; ella te lo dirá y te dará la explicación.

-La Teología la he estudiado, pero no sabría encontrar en ella el significado del ramo que me ofreces.

-Pues estás obligado a saber todo esto.

-Vamos; calma mi ansiedad; explícamelo.

– ¿Ves estas flores? Representan las virtudes que más agradan al Señor.

-Y cuáles son?

-La rosa es símbolo de la caridad; la violeta, de la humildad; el girasol, de la obediencia; la genciana, de la penitencia y de la mortificación; las espigas, de la Comunión frecuente; el lirio simboliza la bella virtud de la cual está escrito: Erunt sicut Angeli Dei in coelo (Serán como los ángeles de Dios en el cielo): la castidad. La siempreviva quiere indicar que estas virtudes han de ser perennes, simbolizando la perseverancia.

-Bien, Domingo, tú que durante tu vida practicaste todas estas virtudes, dime: ¿qué fue lo que más te consoló a la hora de la muerte?

– ¿Qué crees tú que pudo ser?, contestó Domingo.

– ¿Fue tal vez el haber conservado la bella virtud de la pureza?

– No, eso solo, no.

– ¿Quizás la tranquilidad de conciencia?

-Cosa buena es esa, pero no la mejor.

– ¿Acaso fue la esperanza del Paraíso?

-Tampoco.

-Pues ¿qué entonces? ¿El haber hecho muchas buenas obras?

– ¡No, no!

– ¿Cual fue, pues, tu mayor consuelo en aquella última hora?, le insistí, confuso y suplicante, al ver que no lograba adivinarlo.

-Lo que más me confortó en el trance de la muerte fue la asistencia de la potente y bondadosa Madre de Dios. Dilo a tus hijos; que no se olviden de invocarla en todos los momentos de la vida. Pero… habla pronto, si quieres que te responda.

-En cuanto al porvenir, ¿qué me dices?

-Que el año venidero de 1877 tendrás que sufrir un gran dolor; seis hijos de los que te son más queridos serán llamados por Dios a la eternidad. Pero consuélate, pues han de ser trasplantados del erial de este mundo a los jardines del Paraíso. No temas: serán coronados. El Señor te ayudará y te mandará otros hijos igualmente buenos.

– ¡Paciencia!, exclamé. ¿Y por lo que se refiere a la Congregación?

-Por lo que respecta a la Congregación has de saber que Dios le prepara grandes acontecimientos. El año venidero surgirá para ella una aurora de gloria tan espléndida que iluminará cual relámpago los cuatro ángulos del orbe, de oriente al ocaso y del mediodía al septentrión: una gran gloria le está reservada. Tú debes procurar que el carro en el que va el Señor no sea apartado por los tuyos de sus directrices ni de su sendero. Si tus sacerdotes lo conducen bien y saben hacerse dignos de la alta misión que se les ha confiado, el porvenir será espléndido e infinitas las personas que se salvaran, a condición empero de que tus hijos sean devotos de la Santísima Virgen y conserven la virtud de la castidad, que tan grata es a los ojos de Dios, cuantos viven en tu casa.

-Ahora desearía que me dijeses algo sobre la Iglesia en general.

-Los destinos de la Iglesia están en manos del Creador. Lo que ha determinado en sus infinitos decretos, no lo puedo revelar. Tales arcanos se los reserva El exclusivamente para sí y de ellos no participa ninguno de los espíritus creados.

– ¿Y Pío IX?

-Lo único que puedo decirte es que el Pastor de la Iglesia tendrá que sostener aún duras batallas sobre esta tierra. Pocas son las que le quedan por vencer. Dentro de poco será arrebatado de su trono y el Señor le dará la merecida merced. Lo demás ya es sabido de todos: la Iglesia no puede perecer… ¿Tienes aún algo más que preguntar?

-Y de mí, ¿qué me dices de mí?

– ¡Oh, si supieras por cuantas vicisitudes tendrás todavía que pasar! date prisa, pues apenas me queda tiempo para hablar contigo.

Entonces extendí anhelante las manos para tocar a aquel mi querido hijo, pero sus manos parecían inmateriales y nada pude asir.

– ¿Qué haces, loquillo?, me dijo Domingo sonriendo.

-Es que temo que te vayas, exclamé. ¿No estás aquí con el cuerpo?

-Con el cuerpo no; lo recobraré un día.

– ¿Y qué es, pues, este tu parecido? Yo veo en ti la fisonomía de Domingo Savio.

-Mira: cuando por permisión divina se os aparece un alma separada del cuerpo, presenta a vuestra vista la forma exterior del cuerpo al que en vida estuvo unida con todos sus rasgos exteriores, si bien grandemente embellecidos, y así los conserva mientras con él no vuelva a reunirse en el día del juicio universal. Entonces se lo llevará consigo al Paraíso. Por eso te parece que tengo manos, pies y cabeza; en cambio no puedes tocarme porque soy espíritu puro. Esta es sólo una forma externa por la que me puedes conocer. En otros términos, quiere decir: «Cuando os aparece por voluntad de Dios un alma. -Comprendo, contesté; pero escucha. Una palabra más. ¿Mis jóvenes están todos en el recto camino de la salvación? Dime alguna cosa para que pueda dirigirlos con acierto.

-Los hijos que la Divina Providencia te ha confiado pueden dividirse en tres clases. ¿Ves estas tres listas?

Y me entregó una.

– ¡Examínala!

Observé la primera; estaba encabezada por la palabra: Invulnerati y contenía los nombres de aquellos a quienes el demonio no había podido herir: los que no habían mancillado su inocencia con culpa alguna. Eran muchos y los vi a todos. A muchos de ellos los conocía, a otros no los había visto nunca y seguramente vendrán al Oratorio en años sucesivos. Marchaban rectamente por un estrecho sendero, a pesar de que eran el blanco de las flechas, sablazos y lanzadas que por todas partes les llovían. Dichas armas formaban como un seto a ambos lados del camino y los hostigaban y molestaban sin herirlos.

Entonces Domingo me dio la segunda lista, cuyo título era: Vulnerati, esto es, los que habían estado en desgracia de Dios; pero, una vez puestos en pie, ya se habían curado de sus heridas arrepintiéndose y confesándose. Eran más numerosos que los primeros y habían sido heridos en el sendero de su vida por los enemigos que les asediaban durante el viaje. Leí la lista y los vi a todos. Muchos marchaban encorvados y desalentados.

Domingo tenía aún en la mano la tercera lista. Era su epígrafe: Lassati in via iniquitatis y (cansados en el camino de la iniquidad) contenía los nombres de los que estaban en desgracia de Dios. Estaba yo impaciente por conocer aquel secreto; por lo que extendí la mano, pero Savio me interrumpió con presteza:

-No; aguarda un momento y escucha. Si abres esta hoja saldrá de ella un hedor tal, que ni tú ni yo lo podríamos resistir. Los ángeles tienen que retirarse asqueados y horrorizados, y el mismo Espíritu Santo siente náuseas ante la horrible hediondez del pecado.

– ¿Y cómo puede ser eso, le interrumpí, siendo Dios y los ángeles impasibles? ¿Cómo pueden sentir el hedor de la materia?

-Sí; porque cuanto mejores y más puras son las criaturas, tanto más se asemejan a los espíritus celestiales; y, por el contrario, cuanto peor y más deshonesto y soez es uno, tanto más se aleja de Dios y de sus ángeles, quienes a su vez se apartan del pecador convertido en objeto de náusea y de repulsión. Entonces me dio la tercera lista.

-Tómala, me dijo, ábrela y aprovéchate de ella en bien de tus hijos; pero no te olvides del ramillete que te he dado: que todos lo tengan y conserven. Dicho esto, y después de entregarme la lista, se retiró en medio de sus compañeros como en actitud de marcha. Abrí entonces la lista; no vi nombre alguno, pero al instante se me presentaron de golpe todos los individuos en ella escritos, como si en realidad estuviera contemplando sus personas. ¡Con cuánta amargura los observé! A la mayor parte de ellos los conocía; pertenecían al Oratorio y a otros colegios. ¡Cuántos de ellos parecen buenos, e incluso los mejores de entre los compañeros, y, sin embargo, no lo son! Mas apenas abrí la lista, se esparció en derredor de mí un hedor tan insoportable, separada del cuerpo, ésta ofrece a vuestros ojos la forma exterior del cuerpo, que fue ya anteriormente informado por ella misma y por esto te parece que yo tengo manos y pies y cabeza, etc., que al punto me vi aquejado de dolores muy intensos de cabeza y de unas ansias tales de vomitar que creía morirme. Entretanto se oscureció el aire; desapareció la visión y nada más vi de tan hermoso espectáculo; al mismo tiempo un rayo iluminó la estancia y un trueno retumbó en el espacio, tan fuerte y terrible que me desperté sobresaltado. Aquel hedor penetró en las paredes, infiltrándose en mis vestidos, de tal forma que muchos días después aún parecía percibir aquella pestilencia. Ahora mismo, con sólo recordarlo, me vienen náuseas, me siento como ahogado y se me revuelve el estómago.

En Lanzo, donde me encontraba, comencé a preguntar a unos y a otros; hablé con varios y pude cerciorarme de que el sueño no me había engañado. Es, pues, una gracia del Señor, que me ha dado a conocer el estado del alma de cada uno de vosotros; pero de esto me guardaré de decir nada en público. Ahora no me queda nada más que auguraros buenas noches.

El ver en el sueño que eran considerados como malos ciertos jóvenes que pasaban por la casa por los mejores, hizo sospechar a don Bosco que se trataba de una ilusión. He aquí el motivo por el cual había llamado precedentemente a algunos ad audiendum verbum (la palabra que debe ser escuchada): quería asegurarse bien sobre la naturaleza del sueño. Por el mismo motivo retrasó quince días su relato. Cuando tuvo la seguridad de que la cosa procedía de lo alto, habló. El tiempo vendría a confirmar la realidad de otras muchas cosas que vio en el mismo y que llegaron a cumplirse.

La primera predicción, la más importante, se refería al número de sus queridos hijos que morirían en el 77, divididos en dos grupos: seis más dos. En la actualidad los registros del Oratorio ofrecen la cruz, señal tradicional de defunción junto a los nombres de seis jóvenes y de dos clérigos. La segunda predicción anunciaba una aurora esplendorosa para la Sociedad Salesiana en el 77, que iluminaría los cuatro ángulos del mundo; en efecto, aquel año apareció en el horizonte de la Iglesia la Asociación de los Cooperadores Salesianos y comenzó a publicarse el Boletín Salesiano, dos instituciones que debían llevar de un extremo a otro de la tierra el conocimiento y la práctica del espíritu de don Bosco. La tercera predicción se refería al fin próximo del Papa Pío IX, que, en efecto, murió catorce meses después del sueño.

La última predicción fue muy amarga para el siervo de Dios: «¡Oh, si supieses cuántas dificultades tienes aún que vencer!»

Y en efecto: en el resto de su vida, que duró todavía once años y dos meses, luchas y fatigas y sacrificios se sucedieron sin tregua hasta el fin de su existencia.

Estaba al frente de la comisaría de seguridad pública en el distrito Dora un señor, que tenía algunos conocidos en el Oratorio. Este tal oyó el sueño y le impresionó el vaticinio de las ocho muertes. Estuvo atento todo el 77, para comprobar la realidad del mismo. Al enterarse del último caso de muerte, que tuvo lugar precisamente el último día del año, dijo adiós al mundo, se hizo salesiano y trabajó mucho no sólo en Italia, sino también en América. Fue don Angel Piccono, de imperecedera memoria.

 

 

1 1. Juan Briatore, 1. de bachillerato, n. 93.

  1. Víctor Strolengo, encuadernador, n. 152.
  2. Esteban Mazzoglio, 4. de bachillerato, n. 187.
  3. Nadal Gatola, 4. de bachillerato, n. 388.
  4. Antonio Bognati, 5. de bachillerato, n. 206.
  5. Luis Boggiatto, barrendero, n. 805.
  6. Miguel Giovannetti, clérigo salesiano, n. 553.
  7. Carlos Becchio, clérigo, n. 248 (muerto en su casa, en Morialdo, el 31 de diciembre de 1877, pero presente en el Oratorio durante el año escolar 1876-77).

Editor BSOL

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