14 Mar 2026, Sáb

El espíritu de san Francisco de Sales en don Bosco

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Vidriera de San Francisco de Sales, Iglesia de San Nicolás (Église Saint-Nicolas), Combloux, Alta Saboya, Francia. Finales del siglo XIX – principios del siglo XX (shutterstock.com)

 

En 1859, cuando Juan Bosco fundó la Sociedad de San Francisco de Sales —la que el mundo conocería como la Congregación Salesiana—, la elección del patrono no fue casual ni puramente devocional. Era la declaración de una profunda afinidad espiritual, madurada a través de la lectura, la meditación y el estudio de los escritos del obispo de Ginebra. Una afinidad que don Bosco había transformado en estilo de vida, en pedagogía, en método pastoral.

No sabemos con certeza el momento exacto en que Juan Bosco se encontró por primera vez con los escritos de Francisco de Sales. Sin embargo, sí sabemos que los leyó con atención y con esa capacidad tan suya de asentar en la memoria aquello que respondía a las exigencias más auténticas de su vocación.

El punto de convergencia más inmediato entre los dos santos es la centralidad de la caridad, entendida no como un sentimiento vago, sino como un principio operativo. Francisco de Sales había construido toda su teología espiritual en torno al amor de Dios que se convierte en amor por las almas, con una dulzura que no excluye el rigor, sino que lo transforma desde dentro. Su célebre afirmación —que se cazan más moscas con una cucharada de miel que con un barril de vinagre— era para don Bosco mucho más que un aforismo: era la síntesis de toda una visión del ser humano.
En el Sistema Preventivo, elaborado por don Bosco como respuesta concreta a las necesidades de los jóvenes pobres y abandonados de Turín, esta intuición se traduce en un enfoque educativo que previene la culpa en lugar de castigarla, que acompaña en lugar de vigilar, que persuade en lugar de obligar. El educador salesiano no es el guardián de las reglas, sino el testigo de una presencia amorosa. Don Bosco escribía que el joven no solo debe ser amado, sino que debe saber que es amado. Aquí vibra la misma cuerda que había hecho de Francisco de Sales el director espiritual por excelencia de su tiempo: la certeza de que el alma se abre a la gracia cuando se siente acogida, no cuando es juzgada.

Un segundo elemento fundamental de la herencia salesiana que don Bosco hizo suyo es la llamada devotion: la devoción como cualidad de la vida cotidiana accesible a todos, no reservada a monjes y contemplativos. Francisco de Sales había revolucionado la espiritualidad de su tiempo al afirmar que cada estado de vida —el mercader, el soldado, el padre de familia, la esposa— es un lugar de santidad si se vive con amor y recta intención. La santidad no es una huida del mundo, sino una transfiguración del mundo.
Don Bosco asimiló este principio y lo aplicó con genialidad pastoral al entorno juvenil. Sus muchachos no debían llegar a ser santos a pesar del juego, las carreras y los ruidosos patios del oratorio: debían llegar a ser santos a través de todo ello. El modelo de Domingo Savio —un adolescente corriente y, sin embargo, capaz de una vida interior heroica— es la transposición más hermosa de esta intuición salesiana: la santidad como alegría, como plenitud de vida, como respuesta agradecida al amor de Dios en lo concreto de lo cotidiano.

Cuando don Bosco decidió dedicar su congregación a Francisco de Sales, no estaba simplemente rindiendo homenaje a un gran santo. Estaba declarando que aquel espíritu —hecho de humanidad, de optimismo sobrenatural, de confianza en la bondad original del hombre y en la gracia que la restaura— era el espíritu que quería transmitir a sus hijos espirituales. La congregación que llevaba el nombre de Francisco de Sales llevaría también, con el tiempo, su rostro.

Don Bosco publicó en 1885 «El joven instruido» (una especie de manual de formación espiritual destinado a la juventud), en el que incluía unas cuarenta máximas extraídas de los escritos de san Francisco de Sales. No se trataba de un homenaje erudito, sino de un gesto revelador: don Bosco había encontrado en este santo palabras que podían educar el corazón de los muchachos, palabras que ya eran suyas incluso antes de citarlas. Las publicamos a continuación.

1. Es una gran fortuna para la juventud tener a alguien que vele por ella, porque a esa edad el amor propio ciega la razón.
2. Acostumbraos a tener un corazón humilde y dócil, fácil para condescender en las cosas lícitas. Así se adquiere la verdadera caridad.
3. Cuando la cólera te haya arrastrado contra alguna persona, repara cuanto antes esa falta con algún acto exterior de mansedumbre hacia esa misma persona.
4. Ama a todos con caridad; pero que tus amistades sean solo con personas que puedan ayudarte a adquirir las virtudes.
5. Ten cuidado de no bromear, burlarte ni ofender a tu prójimo. Poco se necesita para despreciarlo y odiarlo mortalmente.
6. Toma por regla no censurar jamás la devoción y la conducta ajenas. Este modo de ofender a la caridad es muy perjudicial.
7. Antes de juzgar a tu prójimo, imagina que tú eres él y que él es tú, y te aseguro que juzgarás recta y debidamente.

8. Habla lo menos que puedas de ti mismo, ya sea para bien o para mal; porque el amor propio suele cegar incluso cuando se habla mal de uno.
9. No hables de Dios ni de lo que concierne al servicio divino por recreo o en broma, sino siempre con humilde reverencia y sumisión.
10. Que tu hablar sea poco y dulce, poco y bueno, poco y sincero, poco y amable.
11. Es un acto de caridad gritar «¡que viene el lobo!» cuando se acerca a las ovejas; así, no se debe callar cuando los enemigos de Dios y de su Iglesia pueden hacer daño.
12. Grite el mundo cuanto quiera, critique, murmure; si se obra bien, que todo se escuche, se sufra, no se tema; sino que se siga adelante con firmeza.
13. Aquellas obras que son más contrarias a nuestro carácter e inclinación son las de mayor agrado de Dios; y, por tanto, las más provechosas para nosotros.
14. Cuando te imputen alguna falta de la que no eres culpable, justifícate con dulzura. Si eso no basta, no insistas más; y conténtate con recurrir a la humildad y al silencio.
15. Guárdate de la ansiedad, la melancolía y los escrúpulos; a quien por nada del mundo querría ofender a Dios, eso debe bastarle para vivir alegre.
16. En esta vida, la paciencia debe ser nuestro pan de cada día, y particularmente con nosotros mismos.
17. La manera de hacer bien cada una de nuestras acciones es hacerla en presencia de Dios. Ciertamente no tendremos el corazón de hacerla de cualquier modo, sabiendo que Él nos ve y nos observa.
18. He dicho muchas veces que quien no es humilde, no es casto; y lo he dicho porque Dios suele permitir la caída en pecados más vergonzosos para reprimir y corregir el orgullo del espíritu.
19. Mantengámonos siempre con modestia, incluso cuando estamos solos, porque estamos siempre en presencia de Dios y de sus Santos Ángeles.
20. La tentación nunca tiene tanta fuerza contra nosotros como cuando nos encuentra ociosos.
21. Un gran remedio contra las tentaciones es informar de ellas con santa franqueza al propio confesor, ya que el primer pacto que el demonio procura hacer con el alma es el de callar.
22. Se debe antes morir que pecar deliberadamente; pero después de haber pecado, antes perderlo todo que el valor, la esperanza y la resolución.
23. Al confesor se le debe abrir el interior con toda confianza, de la misma manera que el hijo al padre, y el enfermo descubre sus males al médico.
24. Muchos no progresan nada porque no descubren con sinceridad al padre espiritual aquella pasión que es la verdadera raíz de todas sus faltas.
25. Tened siempre un verdadero pesar por los pecados que confeséis, por pequeños que sean, con una firme resolución de enmendaros en el futuro.
26. Una continua moderación en el comer y en el beber vale mucho más que ciertas abstinencias rigurosas.
27. El demonio no teme las austeridades, sino la obediencia.
28. Dios ama tanto la obediencia que prospera y aprueba incluso los simples consejos que se reciben de otros, y particularmente de los padres espirituales.
29. Nada sirve tanto para iluminar el intelecto y encender la voluntad como la oración, especialmente la mental, hecha de corazón.
30. Aprende a hacer a menudo oraciones jaculatorias y lanzamientos del corazón hacia Dios.
31. Sé fiel en lo poco, y Dios te pondrá sobre lo mucho.
32. No siempre está en tu poder hacer cosas grandes; que te basten las pequeñas cosas que se te ofrecen a todas horas, pero hazlas con fervor y amor.
33. Un solo «Padrenuestro» dicho con atención y de corazón vale mucho más que muchos rezados deprisa y por costumbre.
34. Una sola comunión bien hecha es capaz y basta para haceros santos y perfectos.
35. No descuides la ocasión presente de hacer el bien. A veces, por dejar un bien para buscar uno mejor, se deja el uno y no se encuentra el otro.
36. Vosotros no sois predicadores; pero consolaos, que hay una manera de predicar eficacísima, y esta es el buen ejemplo que se da al prójimo.
37. Haced de modo que vuestra devoción resulte amable, para que todos le tomen amor y se animen a practicarla.
38. Haced como las abejas, que chupan miel de cada flor, procurando imitar lo que observamos de bueno en nuestro prójimo.
39. No seáis tan curiosos que queráis saberlo todo; pero tampoco tan descuidados como para no saber lo que concierne a nuestra salvación eterna.
40. Procurad leer cada día en algún buen libro algo que os instruya y os invite a la devoción.

(Giovanni Bosco, Il giovane provveduto, Turín, Tipografia e libreria salesiana 1885, pp. 139-141)

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