6 Mar 2026, Vie

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La historia de Matilde Salem es la de una mujer capaz de conjugar una fe profunda, un compromiso social y una extraordinaria fuerza interior. Nacida en Alepo a principios del siglo XX, vivió en un entorno de bienestar económico y de intensa vida social, pero supo transformar los privilegios recibidos en herramientas de servicio a los demás. Esposa afectuosa, colaboradora inteligente en los negocios de su marido y mujer de gran sensibilidad espiritual, atravesó dolorosas pruebas personales que marcaron profundamente su camino. Tras la muerte de su esposo, su vida se orientó cada vez más hacia una dedicación total a los pobres y a los jóvenes de Siria, animada por una caridad concreta y con visión de futuro. Su historia demuestra cómo la santidad puede madurar en la vida cotidiana, entre responsabilidades, sufrimiento y una generosidad sin límites.

Vivir y trabajar políticamente no significa, ante todo, alinearse con un partido o con la ideología de un régimen, significa poner la mirada en la polis, en la comunidad en la que se vive, en sus necesidades concretas y espirituales: Así es como Matilda Salem vivió para su patria, la Siria desgarrada de hoy. Supo impulsar y construir una nueva civilización, no sólo prodigando la riqueza que marcaba a su familia de nacimiento y a la que accedió por matrimonio, sino pagándola con su propia piel. Recorrió un camino que no fue nada fácil ni tranquilo, hasta el punto de que en su última etapa se encontró luchando contra un doloroso y crudo cáncer.
A primera vista, la reacción de Matilde fue un espontáneo acto de fe: “¡Dios mío, gracias!”, pero tuvo que asumir una realidad que se avecinaba cada vez más ardua y ante la que Matilde reaccionó incluso con una violencia incontrolada, porque se trataba de su propia piel, pero se calmó en su oración a Aquella que la acompañó durante toda su vida: María, la Madre de Jesús.
Siria orgullosa y altiva, mujer oriental apegada a las costumbres de su linaje, Matilde Chelhot, nacida en el seno de una familia acomodada en 1904 en Alepo, estudió con las Hermanas Armenias de la Inmaculada Concepción, a las que siempre estuvo agradecida por la educación recibida. Novia de 18 años de Georges Elias Salem, industrial emprendedor, vivió una feliz vida de pareja, de estima mutua y amor sincero.
La gran pena del matrimonio Salem, que llevaba una vida social elevada, viajaba por Europa y frecuentaba los grandes círculos vinculados a sus empresas, era la imposibilidad de tener hijos debido a la grave diabetes de Georges.
Matilde supo consolar a su marido, estar a su lado incluso cuando su carácter sufría los cambios de humor y el cansancio de una vida profesional en la que su ingenio y su olfato comercial no iban acompañados de un estado físico adecuado.

Pues bien, Matilde, mujer siria por costumbres ancestrales y gusto propio, con una legendaria hospitalidad oriental a flor de piel, se convirtió en una gestora de éxito, no desbocada por sí misma sino siempre al lado de su marido, convirtiéndose en su consejera y en la ejecutora de sus proyectos, con rigor técnico y ojo avizor para el desenlace de aventuras empresariales arriesgadas o poco claras.
No faltaron las pruebas que la separaron de la querida familia Chelhot, en la que nunca prevalecieron el rencor ni el resentimiento. El corazón de Matilda permaneció libre y sufrido, atento a las necesidades de sus parientes y nietos de Salem, a quienes apoyó y ayudó en sus respectivas elecciones con afecto tierno y perspicaz.
La acumulación de fortuna, sin embargo, no era el objetivo de los Salem. Demasiado vivo era su sentido social del compartir, animado por una fe cristiana y una intensa vida de oración, que no les distraía de las diversiones propias de su censo, incluido el juego, en el que Matilda destacaba, ganando más que perdiendo
La dolorosa despedida de su amado Georges Elias se convirtió para Matilda, inconsolable pero serena, en un atisbo de una realidad que revelaría su profunda vocación en la vida que le quedaba por delante.
Rechazó excelentes ofertas matrimoniales, incluida la posibilidad de ser madre, dada su corta edad, y en su lugar se abrió a una dedicación sin límites a los pobres, a los necesitados sin distinción de religión o etnia.
La suya fue una caridad moderna, siempre valiosa, constructiva y capaz de autoeducarse, porque, observando la situación de la población siria, se dio cuenta de que el futuro de la juventud estaría marcado por la competencia profesional: sólo un trabajo digno y seguro forjaría de otro modo el futuro de su patria.

Un gran apoyo, en el proyecto que su Georges le había dejado para completar, fue el arzobispo greco-católico de Alepo, monseñor Isidore Fattal, que supo dar vida a la «Fundación Georges Salem», dirigida precisamente a los jóvenes sirios para que pudieran adquirir, a través de escuelas adecuadas, una competencia profesional en la que pudieran destacar y mantener a sus familias.
Matilde, al tiempo que llevaba una intensa vida de oración, sabía combinar las distintas facetas de su personalidad: rica casera, aguda administradora, madre de los pequeños huérfanos a los que lavaba y peinaba, viajera atenta, mujer elegante y anfitriona muy agradable y generosa.
El descubrimiento de la Obra de Amor Misericordioso configuró el deseo interior que impregnó su vida: los sacerdotes, su vida santa y religiosa. Su crecimiento espiritual fue visible y cada vez más transparente, porque Matilde no nació santa, se hizo, afrontando un día a día problemático, pero con una sonrisa en los labios y una indestructible confianza en Dios.
Terciaria franciscana, se despojó de todos sus bienes, después de haber donado sumas fabulosas, y murió en una casa que ya no era suya, libre y desprendida de todos los bienes terrenales. En ella latía el gran ascendiente de las mujeres sirias de los primeros siglos de vida de la Iglesia, mujeres libres y liberadas de toda riqueza en favor de los más necesitados.
Matilde nunca había negado su ayuda a nadie. La lista de sus cargos en organizaciones benéficas es desconcertante: ¿de dónde sacó la capacidad de ser una presencia activa? ¿Cómo percibía las necesidades y echaba una mano?
¿Cómo sabía poner freno a iniciativas que se disolverían en la nada?
La tensión ecuménica que la caracterizaba, en una época en la que el mero discurso podía sonar sospechoso, experimentó un impulso eficaz que contagió, sabiendo establecer relaciones de estima y ayuda con todo el mundo: con sus grandes amigos musulmanes, con los ortodoxos, con los representantes de los ritos cristianos orientales.

En 1947 la “Fundación Georges Salem” pasó a manos de los hijos de Don Bosco, que todavía hoy dirigen la obra educativa y transmiten a sus alumnos lo que Matilde más apreciaba: el amor de Dios que transforma la vida de cada uno.
El último tramo de su vida fue un despojamiento, una kenosis total. Sufriendo mucho por el cáncer que la devoraba, mantuvo una actitud serena y abandonada, en un lúcido don por la unidad de los cristianos y la santificación de los sacerdotes.
Quiso ser enterrada junto a su amado esposo en la “Fundación” en la que había prodigado, con incansable servicio, todas sus energías.
Una mujer siria, oriental, directora indiscutible en su campo y rica en humor, una mujer moderna y “Sierva de Dios” que, pronto, quisiéramos ver beatificada, tal como predijo el arzobispo Fattal el 27 de febrero de 1961, cuando falleció Matilde: “¡Santa Matilde!”

Cristiana Dobner

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