30 Nov 2025, Dom

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En el sueño que Don Juan Bosco narró a sus jóvenes la noche del 30 de octubre de 1868, el patio del Oratorio de Valdocco se transforma en un sombrío teatro de espera. Al caer el crepúsculo, irrumpen dos sepultureros con un ataúd, lo depositan en el centro, lo abren y, guiados por la luz de la luna, buscan entre los muchachos a quien lleva en la frente la sentencia «Morirás». «Te toca a ti», pronuncian, agarrando al elegido mientras este implora tiempo para arrepentirse. La escena, cargada de tensión, se disuelve en la advertencia de Don Bosco: estar siempre preparados, confesarse, obtener la indulgencia plenaria de Todos los Santos, ya que la muerte llega inesperadamente. Don Gioachino Berto, presente, dejó fiel testimonio de ello. El sueño, acogido con temor y fe, anunció un funeral real pocos meses después.

La noche del 30 de octubre contó un sueño:

El motivo de haberos reunido a todos aquí es porque quiero contaros alguna cosilla, tanto a los estudiantes como a los aprendices. Imaginaos ver a todos los alumnos en el Patio divirtiéndose. De Pronto comienza a oscurecer, cesan los juegos y los gritos; se forman numerosos corrillos esperando que la campana dé la señal para ir al estudio; todavía hay algunos paseando; entretanto la noche avanza y apenas se puede distinguir a un muchacho de otro salvo que uno se acerque mucho. Y he aquí que entran por la portería dos sepultureros que, caminando acompasadamente, llevan a hombros un ataúd. Los muchachos, al verlos pasar, se retiran. Los dos hombres prosiguen adelante y colocan el ataúd en el suelo en medio del patio que está ante la Administración interna del Oratorio. Los muchachos se colocan alrededor en círculo, pero todos tienen miedo de hablar.
Los sepultureros levantan la tapa del ataúd.
En aquel momento aparece la luna con su luz clara y penetrante, da una vuelta lentamente alrededor de la cúpula de la iglesia de María Auxiliadora, da una segunda vuelta y después comienza una tercera, pero no la llega a terminar y se detiene sobre la iglesia, como si estuviera para caer.

Entretanto, apenas la luna comenzó a iluminar el patio, uno de los sepultureros dio una vuelta, después otra ante las filas de los alumnos, mirando fijamente el rostro de cada uno, hasta que, al ver a uno en cuya frente estaba escrita la palabra: Moriréis (morirás), lo tomó para meterlo en la caja.
– A ti te toca, le dijo.
Pero el muchacho comenzó a gritar:
– Soy muy joven; querría prepararme, hacer las obras buenas que aún no he hecho.

– Yo no debo contestar a esto. – Al menos déjeme que pueda ir a ver a mis padres.
– No puedo responder a esto. ¿Ves allí la luna? Pues ya ha dado una vuelta, y después otra y luego un poco más de media. Apenas desaparezca, tendrás que venir conmigo. Poco después, la luna desapareció en el horizonte y el sepulturero tomó al muchacho por la cintura, lo tendió en la caja, puso la tapa y, sin más, se la llevó con ayuda del compañero.

Ya habéis oído mi relato; ahora tomadlo como si fuera una fábula o cosa semejante, o bien un sueño; lo que queráis. En una ocasión conté un sueño en el que había visto el ataúd de un joven colocado allá, bajo los pórticos. Aquel muchacho murió y se observó que, a pesar de que se les había advertido a los sepultureros que tenían que pasar por cierta parte, éstos, al bajar al patio, dijeron que les faltaba algo y, para no dejar la caja en medio del patio, la colocaron bajo los pórticos, en el mismo lugar en que yo la vi durante el sueño.

Que cada uno se pregunte a sí mismo: – No seré yo? Y que viva contento y alegre. Pero estemos todos preparados, para que después de las dos vueltas y media de la luna, esto es, cuando pasen dos meses y un poco más de medio, aquél a quien le toque morir esté preparado. Recordad que la muerte se acerca como un ladrón nocturno. Y por eso aprovechémonos de este aviso celebrando bien la festividad de Todos los Santos. Se puede ganar indulgencia plenaria y, para lograrla, no es necesario confesarse el domingo, con tal de que uno haya recibido este sacramento dentro de los ocho días. Después de ganar la indulgencia plenaria, se está delante del Señor como si se acabara de recibir el Bautismo.
Mañana es también ayuno; haced alguna mortificación.
De este sueño nos dejó testimonio don Joaquín Berto.
Esta predicción debería haberse cumplido hacia la mitad de enero de 1869. Los alumnos, en su inmensa mayoría, así lo creían. Nosotros añadiremos aquí una observación, que hace el mismo Joaquín Berto, y es la siguiente: «Nosotros estábamos ya acostumbrados a comprobar el cumplimiento de tales predicciones, de forma que nos habría causado estupor, considerándolo como una excepción de la regla, el ver que alguna no se realizaba. Me acuerdo de un solo caso en el que sucedió esto y fue en relación con el joven C…, el cual cayó gravemente enfermo, pero después de haber recibido el Santo Viático y quizás también la Extremaunción, mejoró; vive todavía y es sacerdote. El Siervo de Dios me dijo entonces que el tal era uno de los que debían morir, pero añadió: – El Señor ha sido misericordioso con él, debido a las oraciones que se han rezado según su intención y tal vez también porque no estaba preparado».