30 Nov 2025, Dom

Educar para el trabajo y la solidaridad con San Francisco de Sales

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El chico, una vez crecido, está destinado a integrarse más o menos rápidamente en el tejido social y económico a través de los estudios o el aprendizaje de un oficio. En tiempos de Francisco de Sales, para la gran mayoría de los jóvenes, el aprendizaje «en el lugar de trabajo» comenzaba muy temprano, hasta el punto de que pasaban de la infancia a la edad adulta sin ninguna etapa intermedia. Eran raros aquellos que, como el futuro obispo de Ginebra, seguían un largo currículo de estudios con vistas a la carrera a la que estaban destinados.

Preparación para la vida activa en la sociedad
            El estudio y el trabajo servían primero a quienes se dedicaban a ellos, pero su utilidad se extendía normalmente a la familia y a la sociedad. Como estudiante en París, el joven Francisco expresaba su ideal de vida en términos de servicio. A un amigo de su padre que vino a visitarlo, le escribía:

«Puesto que me encuentro en el mejor período de mis estudios, me sentiré más fuertemente animado a proseguir los estudios emprendidos, los cuales, como oso augurarme (sin lisonjearme), me conducirán al buen fin que deseo con la ayuda de Dios, que es el de poder servirle bien a Él en primer lugar y, secundariamente, de rendir buenos servicios a vosotros, hacia quien tengo tantos deberes de gratitud».

Como se ve, después del servicio a Dios, Francisco de Sales aspiraba a prepararse para el servicio al prójimo.
Convertido en obispo muy integrado en la sociedad de su tiempo, se comprometió, según sus posibilidades, en ayudar a la juventud a formarse. Su ecónomo, Georges Rolland, nos informa que Francisco de Sales mantuvo durante aproximadamente un año «en su casa» a un joven convertido, lo hizo estudiar en el colegio de los jesuitas en Chambéry, «también le dio alimento y ropa»; a otro joven «le hizo aprender, a sus expensas, el oficio de afilador» y a otro más «el oficio de cantero». Le tocaba emplear jóvenes para los servicios domésticos.

En un contexto social en el que la mayoría de las personas abrazaba un estado de vida y una profesión sin poder elegir realmente, Francisco de Sales les enseñaba a hacer de cada tipo de «vacación» una vocación y un servicio. Las dos palabras casi homónimas de vacación y vocación le servían para valorar en cada uno la profesión, el deber o el encargo propio, hasta el punto de convertirlo en un criterio incluso para la devoción. Afirmaba que cada uno debe aprender a «pasar de la oración a todos los diversos tipos de actividades que [sus] compromisos y [su] profesión justa y legítimamente le exigen»; «un abogado debe saber pasar de la oración a la defensa; el comerciante a sus negocios; la mujer casada a sus deberes familiares y al ajetreo doméstico». Todo debía ser conforme al tipo de ocupación de cada persona. También el propósito de la Filotea era enseñar una devoción que fuera «conveniente a toda clase de vocación y de profesión». Incluso la humildad, tan estimada por el autor, debía ser «conforme a la propia vacación».

El valor del trabajo
            El aprendizaje de la «nobleza» del trabajo comienza en la familia. En una carta en latín a los hijos de su amigo Antoine Favre, Francisco de Sales los invitaba a modelarse en su padre jugando con el significado de la palabra latina faber:

Hacéis muy bien en imitar los ejemplos de vuestro ilustre y excelente padre, escribiéndome con un tono tan afectuoso. Imitad con sumo respeto este vuestro modelo; tened, día y noche, vuestra mirada fija en sus excelentes ejemplos, amigos queridísimos. Así, mientras ahora sois excelentes aprendices [de Favre], saldréis de su taller como nobilísimos artesanos (“fabri nobilissimi”).

La vida laboriosa del obispo de Ginebra también podía servir de incitación al trabajo. En sus cartas a menudo se decía «rodeado», «distraído e impedido por un cúmulo de trabajos», «tironeado de aquí para allá por los asuntos», «ocupado y abrumado por los negocios», con el espíritu «tempestuoso por tantos compromisos», inmerso en «un mundo de incumbencias», en un «mar de ocupaciones ordinarias» o en un «gran enredo de asuntos». Sabía por experiencia que «la diversidad y multiplicidad de los asuntos pesan más que su propio peso».
Asimismo, cuando escribió la Filotea, se dirigió con razón a quienes están «apremiados por los asuntos temporales», a personas encargadas de «muchos trabajos mundanos», ocupadas en «asuntos y ocupaciones comunes», tomadas por «múltiples tareas humanas».
Pero en todo esto no hay nada extraordinario. «El hombre nace para trabajar y el pájaro para volar», escribía en un esquema de sermón sobre el tema de la creación. La actividad que la persona realiza juega un papel positivo. Según una posible interpretación que le gustaba referir, no es el hombre quien custodia el jardín del Génesis, sino el jardín quien custodia al hombre a través del trabajo. David «cayó en la tentación que había buscado con la ociosidad y el no hacer nada». El trabajo ahuyenta la tentación. «Como la ociosidad es la madre de todos los vicios, una ocupación necesaria y oportuna libera el alma de mil fantasías». En una vigorosa arenga oratoria subrayaba esta verdad dirigiéndose a los holgazanes:

Levántate de tu cama, oh perezoso, porque es hora, y no te asustes por el trabajo del día, porque es normal que, siendo la noche hecha para descansar, el día siguiente esté destinado al trabajo. Sal, te ruego, de tu cobardía, y pon bien claro en tu espíritu la verdad que no puede ser desmentida: es decir, que todos deben ser tentados, todos deben estar listos para combatir, a fin de obtener la victoria. Como la tentación tiene un extraordinario poder sobre nosotros cuando nos encuentra ociosos, trabajemos pues y no nos cansemos.

En consecuencia, «no hagáis como los perezosos que se turban cuando se despiertan de noche con la preocupación de que pronto será de día y habrá que trabajar. Los perezosos y los cobardes tienen miedo de todo y encuentran todo arduo y difícil». Francisco de Sales, constante predicador de la paz, se preocupa de ser bien comprendido, por lo que precisa que «la verdadera paz no consiste en no combatir, sino en vencer». Ninguna tergiversación: «No hay que perder el tiempo en discurrir cuando hay que correr, ni detenerse a deliberar sobre las dificultades cuando en cambio es necesario resolverlas». La tranquilidad, tan apreciada por él, no es indolencia, porque «la tranquilidad no ejercitada en la tempestad es una tranquilidad holgazana y engañosa» y «la paz no es justa si huye del trabajo requerido para glorificar el nombre de Dios». «No debemos detenernos en el bien cuando podemos alcanzar lo mejor».
«Sigamos trabajando bien –concluye Francisco de Sales con optimismo–, porque no hay terreno tan ingrato que el amor del cultivador no pueda hacer fecundo». Por otro lado, según san Agustín, el amor aligera el trabajo y el sufrimiento: «El cansancio –dice– no tiene lugar donde hay amor, o, si está presente, es amado».

Tratar los asuntos con cuidado, pero sin afán ni ansiedad
            El título de un capítulo de la Filotea dice: «Debemos ocuparnos de nuestros asuntos con cuidado, pero sin afán ni ansiedad». Era una recomendación de las más recurrentes: «El cuidado y la diligencia que debemos poner en todos nuestros asuntos son cosas muy diferentes de la aprensión, la ansiedad o el afán». El trabajo puede ser fuente de «felicidad», pero a condición de ser realizado con «ánimo tranquilo y pacífico». Hay que trabajar con diligencia, con constancia, pero sin precipitación, como hace la señora de Chantal cuando maneja el huso:

Haced siempre así: poned siempre mano a un poco de trabajo; hilad cada día un poco, sea de día […], sea de noche, a la luz de la lámpara […]. Haced que vuestros proyectos se hagan realidad, y sin duda obtendréis fruto. Pero tened cuidado de no ser impacientes; de lo contrario, obtendríais un hilo lleno de nudos y vestiríais muy mal vuestro huso. Caminemos siempre y, por mucho que caminemos despacio, siempre haremos mucho camino.
El «afán», sinónimo de agitación, es un comportamiento malo: «No os lancéis sobre vuestros compromisos: porque todo tipo de prisa perturba la razón y la capacidad de juicio e incluso impide hacer bien las cosas por las que nos afanamos». La sabiduría está bien expresada por el antiguo proverbio: «Hay que apresurarse con calma» y hacer las cosas «con orden, una tras otra». Imitamos al cultivador solícito, pero para nada agitado: «¿No sabes que a ti te corresponde cultivar la tierra, ararla y sembrarla, pero que solo Dios hace llover sobre lo sembrado y lo hace crecer para que puedas tener una buena cosecha?».

Pero ¿de dónde proviene esta agitación que a veces nos abruma? Gran parte del malestar y el descontento que sentimos en el trabajo deriva de deseos y sueños que nos distraen de las ocupaciones presentes, conformes a nuestro estado de vida y a nuestros deberes, para sumergirnos en un mundo irreal, fuera de nuestro alcance y de nuestro encargo. El pensamiento del autor de la Filotea es claro al respecto:

No puedo aprobar en absoluto que una persona con un deber o un compromiso se disperse en desear un tipo de vida diferente al que es conforme a su deber, o actividades incompatibles con su condición actual; porque esto disipa la concentración del corazón y lo distrae en las ocupaciones necesarias.

¿Cómo hacer para dar calidad a todas nuestras acciones? Esto depende no solo del modo en que las realizamos, sino también de la intención que las guía. Podemos, de hecho, cumplir nuestros compromisos por motivos egoístas o con espíritu de servicio. Podemos hacer que tengan calidad no solo «las empresas importantes y de gran relieve», sino también «las cosas pequeñas y humildes»; es posible valorar «las grandes obras, pero también las menos importantes e incluso las más bajas».
Las «virtudes pequeñas y humildes», como «el servicio a los pobres, las visitas a los enfermos, el cuidado de la familia, con las actividades anexas y conexas, y la fructífera diligencia que no os dejará ociosos», tienen un valor justo que merece ser apreciado. Entre visiones y éxtasis, santa Catalina de Siena no olvidaba «girar humildemente el asador en la cocina, atizar el fuego, preparar la comida, amasar el pan y realizar todos los trabajos más humildes de la casa».
He aquí un consejo muy útil para evitar la agitación: hagamos de vez en cuando una pequeña pausa, a ejemplo de quien tiene un largo viaje que afrontar: «El peregrino que bebe un poco de vino para alegrar el corazón y refrescarse la boca, aunque se demore un momento, no por ello interrumpe su viaje; al contrario, adquiere fuerza para realizarlo antes y más fácilmente, ya que se detiene solo para ir más rápido». En resumen, se trata de combinar ardor y calma, pasión y paz.

Socorrer a los pobres
            Francisco de Sales quiso escuchar «el grito de los pobres y de los necesitados», sabiendo no solo que «existe la obligación de socorrer a los propios vecinos», sino que «hay que cumplirla». Él elaboró una «teología salesiana de la pobreza». Evocando en un sermón las catástrofes naturales que corrían el riesgo de privar a los campesinos de los productos de sus campos, cuando, a raíz de una desastrosa sequía, la tormenta amenazaba con destruir todo, escribía:

He aquí que se acerca un viento cálido e impetuoso, […] acompañado de amenazantes nubes negras; […] con relámpagos, granizo y tormenta destruirá los pocos productos que la sequía ha dejado en los campos y en los prados […]. Entonces estos pobres campesinos […], alzando las manos al cielo sombrío, empuñando candelitas benditas, implorarán al Creador que aparte su ira.

¿Y qué decir de los aún «más pobres pastores que duermen en la tierra desnuda, bajo los puentes y en los bosques?».
La situación personal del obispo no le permitía hacer todo lo que hubiera querido a favor de los necesitados. Como sus predecesores, a raíz de la revuelta protestante, había sido privado de su catedral, de su palacio y de los principales recursos e ingresos. Al convertirse en obispo de la diócesis de Ginebra, «esta miserable barca, toda destrozada y abierta por dentro», no heredó una fortuna. Sin embargo, desde el inicio de su episcopado, Francisco de Sales se había fijado un reglamento en el que la generosidad hacia quienes recurrían a él en sus necesidades ocupaba un lugar destacado:

En cuanto a la limosna […], hay que procurar que sea más consistente en invierno que en verano, especialmente después de la fiesta de los Reyes Magos, porque entonces los pobres la necesitan más; por eso se distribuirán legumbres. No sé si será conveniente que el obispo distribuya la limosna con sus propias manos, cuando vea que se puede hacer cómodamente: como el miércoles de Semana Santa o el jueves y el viernes de la Pasión. El Jueves Santo, con motivo del lavatorio de pies, se ofrecerá un almuerzo a los pobres.

Para un obispo como el de Ginebra, el problema de los pobres constituía una preocupación fundamental y constante, en una época en que los necesitados no tenían «derecho» a ninguna protección o seguridad. Por ello, el medio más ordinario para ayudar a los pobres era la limosna. Así escribía a la esposa del presidente del parlamento de Borgoña:

En cuanto a vuestras limosnas, mi querida hija, extendedlas siempre un poco más y en buena medida, pero con la discreción que en el pasado os he dicho de palabra o por escrito; en efecto, lo que arrojáis en el seno de la tierra produce escasos frutos de su fertilidad, mientras que bien sabéis que lo que arrojáis en el seno de Dios os será devuelto, de un modo u otro, infinitamente más fructífero.

Si todos están obligados a ayudar al prójimo necesitado, es necesario, sin embargo, tener en cuenta las condiciones y posibilidades de cada uno. Un responsable de una familia, como el responsable político, deberán pensar en el futuro de la respectiva institución.

No solo la caridad no permite a los padres de familia vender todo para darlo a los pobres, sino que les manda reunir honestamente lo necesario para la educación y el sustento de la esposa, de los hijos y de los domésticos; como ordena a los reyes y príncipes tener un erario que, fruto de un justo ahorro y no de especulaciones tiránicas, sirva de oportuna defensa contra los enemigos visibles.

En cuanto a él, el obispo de Ginebra estaba dispuesto a ir más allá de ciertas conveniencias. En 1622, durante una estancia en Turín, se enteró de la angustia de los habitantes de Annecy, postrados por la ocupación de las tropas francesas y la escasez de grano de aquel año. Abandonando la corte dijo: «Me marcho de aquí muy contento y firmemente resuelto, cuando llegue a nuestra diócesis, a vender la mitra, la cruz, los hábitos, la vajilla y todo lo que poseo para socorrer a los pobres».

Servir a los pobres
            La solidaridad con los pobres se manifiesta de muchas maneras. Francisco de Sales se hacía portavoz de aquellos que no tenían nada. A raíz de la miseria provocada por una catástrofe natural, escribió al duque para pedirle la supresión del impuesto:

Habiendo visto en Sixt la espantosa e irreparable postración sobrevenida hace algunos años, a raíz del deslizamiento de una ladera de montaña, no he sabido rehusar mi sincero testimonio a favor de la justa petición de los habitantes del lugar, que recurren a la clemencia de vuestra Alteza, para ser exentos, en la justa proporción, de los impuestos. Por ello aseguro que esta desgracia les ha privado de una notabilísima parte de sus bienes, de modo que de miserables que eran se han convertido en la miseria personificada, sobre la cual, como sobre un objeto digno de atención, la caridad de vuestra Alteza derramará su propia limosna, como ellos esperan.

El autor de la Filotea recomendaba a todos también los «trabajos útiles al servicio de Dios y del prójimo», que consistían en particular en «servir a los enfermos», en «socorrer a los pobres», en «recoger las almas perdidas y extraviadas» y también en «promover la paz y la concordia entre las personas». Aprobaba que la baronesa de Chantal preparara con sus manos indumentos destinados «o a los altares o a los pobres».
Pero hay varios grados en la práctica de la limosna; en efecto, «dar en préstamo a los pobres fuera de una grave necesidad es el primer grado del consejo de la limosna; un grado superior es dar simplemente, más arriba aún dar todo y finalmente, aún más arriba, dar también la propia persona, consagrándola al servicio de los pobres». Cuando servimos a los pobres, estos se convierten en personas importantes:

¿Queréis hacer aún más, mi Filotea? Entonces no os contentéis con ser pobre como los pobres, sino sed aún más pobre que los pobres. ¿Cómo podéis hacerlo? El siervo es menos que el amo: haceos, pues, sierva de los pobres; id a cuidarlos en sus camas cuando estén enfermos, y con vuestras manos; sed su cocinera, y a vuestras expensas; sed su costurera y lavandera.

San Vicente de Paúl, su discípulo, recordará estas recomendaciones cuando enseñe que «los pobres son nuestros maestros». Francisco de Sales animará a la señora de Chantal a perseverar en su servicio a los pobres, a pesar del disgusto que sentía: «Estoy contento, Hija mía –le escribía–, de que os ocupéis de las camas de los pobres enfermos; y además, estoy muy contento de que sintáis, en esto, una gran repugnancia, ya que esta repugnancia es un motivo de abyección más fuerte que el hedor y la suciedad que la provocan».
En su libro titulado Utopía, Tomás Moro había soñado con un país en el que se viviría sin el tuyo y el mío. Para Francisco de Sales, tal ideal debía ponerse en práctica en los monasterios de las visitandinas: «Si alguien quisiera tener del tuyo y del mío –les decía francamente–, habría que ir a dárselo fuera de la casa, porque dentro ni se habla de ello».
El gran principio salesiano, según el cual «el amor iguala a los amantes», se aplica de modo particular al caso de la pobreza y de los pobres. Amando a los pobres se llega a ser semejante a ellos, lo que permite a Francisco de Sales dirigir esta recomendación a Filotea:

Amad a los pobres y la pobreza, porque a través de este amor os haréis verdaderamente pobre, ya que, dice la Escritura, somos hechos como las cosas que amamos. El amor iguala a los amantes: ¿quién está enfermo, que no esté enfermo con él también yo? dice san Pablo. Podría haber dicho también: ¿quién es pobre, que no sea pobre con él también yo?

En efecto, concluye el autor de la Filotea con optimismo, «el amor le hacía ser como aquellos a quienes amaba».

P. Wirth MORAND

Salesiano de Don Bosco, profesor universitario, biblista e historiador salesiano, miembro emérito del Centro de Estudios Don Bosco, autor de varios libros.